Registros de las Pláticas de Cristo

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Capítulo 45: Las personas le ponen demasiadas exigencias a Dios

Dios pide a las personas que lo traten como tal, porque la mayoría de ellas lo tratan como a una persona, no como a Dios. ¿Qué problema hay con que las personas siempre le pongan exigencias a Dios? ¿Y qué problema hay con que siempre tengan conceptos sobre Dios? ¿Qué contiene la naturaleza de las personas? He descubierto que, independientemente de lo que les ocurra, o de aquello con lo que estén tratando, las personas siempre protegen sus propios intereses, prestan atención a su propia carne, y siempre buscan razones o excusas que les sirvan. No poseen la más mínima verdad, y todo lo que hacen tiene como fin el justificar su propia carne y es en consideración de sus propias perspectivas. Todas reclaman la gracia de Dios, y tratan de sacar todo el provecho posible. ¿Y por qué le ponen a Dios unas exigencias excesivas? Esto demuestra que las personas son codiciosas por naturaleza. No poseen sentido alguno ante Dios; en todo lo que hacen —ya sea que oren, tengan comunión o prediquen—, en lo que buscan, y en sus pensamientos internos y sus deseos, ponen exigencias a Dios y reclaman cosas de Él, con la esperanza de ganar algo de Él. Algunas personas dicen que esto tiene que ver con la naturaleza humana. ¡No están equivocadas! Además, que las personas le pongan demasiadas exigencias a Dios y tengan demasiados deseos extravagantes con respecto a Él demuestra que en ellos no hay ninguno de los sentidos que la humanidad debería poseer. Ponen estas exigencias y reclamaciones por su propio bien, o tratan de justificar y buscar excusas por su propio beneficio; en muchas cosas se puede ver que todo lo que hacen carece de sentido, está totalmente desprovisto de sentido, y esto es una prueba plena de la lógica satánica de “Cada cual para sí mismo y el resto que se las arregle como pueda”. ¿Qué problema demuestran las exigencias excesivas de las personas hacia Dios? Manifiestan hasta qué punto las ha corrompido Satanás, y esto significa que, en su creencia en Dios, las personas no lo tratan en absoluto como tal. Algunas personas afirman: “Si no tratamos a Dios como tal, ¿no resulta incomprensible que lo estamos siguiendo? ¿Cómo podríamos seguir a alguien que no es Dios? Él es Dios. Si no lo tratamos como tal, ¿podríamos haberlo seguido hasta hoy? ¿Podríamos haber resistido todo este sufrimiento?”. En apariencia, lo sigues como Dios, pero en tu forma de tratarlo, en tu actitud hacia Él, y en muchos asuntos y muchas de tus opiniones, no lo tratas en absoluto como al Creador. Si trataras a Dios como tal, como Creador, deberías mantenerte firme en tu posición y, por tanto, te sería imposible ponerle más exigencias a Dios, o tener deseos extravagantes en relación con Él. En tu corazón, serías capaz de tener una sumisión verdadera, y creerías por completo en Dios conforme a Sus exigencias y obedecerías toda Su obra.

Hoy, cuando a las personas les ocurren cosas —cuando tienen que resistir siete años de pruebas, por ejemplo—, algunas de ellas se preguntan: “¿Cómo es posible que tengamos que seguir resistiendo otros siete años de pruebas? ¡Es mucho tiempo! Hasta tres estaría bien, de lo contrario no seríamos capaces de resistirlo”. ¿No ponen las personas tales exigencias? También están quienes dicen: “Dios, si Tú sabías que serían tantos años, no deberías habernos dejado abandonarlo todo para erogar por Ti; deberías habernos esclarecido, y haber mantenido una salida para nosotros; deberías habernos impedido hacer esas cosas estúpidas, no deberías haber dejado que nos arrastraran, deberías habernos mantenido en la sensatez. Además, es bastante justo que nos hayas hecho seguirte, pero tienes que preparar unos ingresos suficientes y bastante comida para nosotros, de forma que podamos seguir con confianza”. Después de esto, oran a Dios y dicen: “¡Oh Dios! Puedo aceptar siete años de pruebas, pero sólo quiero que me ayudes a superar todo lo que me acontezca; no puedo hacerlo por mí mismo. Durante estos siete años bien puedo volverme débil y pasivo, pero pido que me ayudes, que seas mi retaguardia y mi fuerza, que me esclarezcas y me guíes, que no me dejes ser pasivo ni débil, que no me permitas rebelarme contra Ti ni oponerme a Ti…”. Le ponen incluso más exigencias a Dios. Cada vez que les sucede algo a las personas, éstas siempre tienen la reacción siguiente: “¿Por qué hizo Dios esto?”. Las personas siempre están descontentas con lo que Dios hace, siempre le echan la culpa; en resumen, son siempre demasiado exigentes con Dios, y no son suficientemente obedientes a Él.

Cuando empezó el testimonio del Dios encarnado, las personas se quejaron todas, y decían: “Antes de hacerse carne, Dios debería habernos esclarecido para que pudiéramos estar mentalmente preparados, y así no nos rebelaríamos contra Ti ni nos opondríamos a Ti, y te aceptaríamos. ¿No eres todopoderoso? Nos rebelamos contra Ti y nos oponemos a Ti, porque hemos sido corrompidos por Satanás; no podemos evitarlo. ¿Acaso no puedes hacer algo para evitar que nos opongamos a Ti, para permitirnos pasar suavemente?”. ¿No es así como piensan? Muchas de ellas ponen condiciones: no hay nada que podamos hacer en cuanto a oponernos a Ti. Tu encarnación está demasiado en conflicto con nuestros conceptos; si fueras un poco más imponente físicamente; si poseyeras un gran conocimiento, o Tu aspecto fuera un poco más distintivo; si fueras más elocuente, más capaz de aparecer y desaparecer a tu antojo; si pudieras llevar a cabo señales y milagros, o Tu encarnación fuera más como las personas imaginaron. Tales fueron las exigencias que muchas personas pusieron en el momento; sin embargo, Dios no actuó conforme a la imaginación o las concepciones de ellos, sino que dio la espalda a sus conceptos, e hizo precisamente lo contrario. ¿Y qué demuestra esto? Que los conceptos y las exigencias de las personas no son razonables. Hay personas a las que he tratado y podado que, tras la poda, estaban tan angustiadas que derramaron lágrimas de amargura y se volvieron negativas. En sus corazones, pensaron: Dios, después de que acabaras de tratarme, ¡estaba tan molesto! ¿Por qué no me ofreciste un poco de consuelo, aunque hubieran sido tan sólo algunas palabras corteses? Tales son las exigencias que las personas le ponen a Dios. También están llenas de razones: ¿Acaso no es Dios misericordioso y compasivo? Yo estaba tan molesto después de que me trataras; deberías haberme dado un poco de consuelo y confianza. ¡Dios no tiene amor! Algunos han difundido el evangelio, convertido a muchas personas, y en sus corazones piensan: Yo he convertido a todas estas personas, pero Dios no me ha dado recompensa alguna, sino que me sigue podando y tratando; he sufrido mucho, pero siempre acabo siendo tratado. ¿Qué decís? ¿Está la verdad en el corazón de estas personas? ¿Son justas sus exigencias? Si, después de tratar a alguien, los consuelo, pensarán: ¡Ah! ¡Dios es tan bueno! Él es tan bueno; yo no esperaba que me consolara. Si después trato a alguien más por algo, y están atravesando un tiempo verdaderamente duro pero Yo los ignoro, pensarán: ¿Por qué consuela Dios a los demás, y a mí no, cuando estoy en medio de semejante dolor? Dios no es justo… Ellos albergan conceptos en su corazón, de los cuales se ocupan y dicen: no No debo tener conceptos; todo lo que Dios hace es correcto. Pero después tienen un pensamiento e, independientemente de la forma en que lo contemplen, Dios está equivocado: entonces, ¿por qué no me consuela Dios? Se sienten incómodos, no pueden superarlo. Las personas tienen muchas exigencias irrazonables, y albergan muchas fantasías y deseos poco razonables en su interior. Tarde o temprano, cuando las circunstancias sean las correctas, estas cosas aparecerán. Esto se debe a que ninguno de los pensamientos e ideas producidos en las personas o las cosas que éstas exigen son compatibles con Dios. La naturaleza del hombre rebosa de la naturaleza de Satanás; los hombres se centran por completo en sí mismos; son egoístas, codiciosos, y extravagantes. ¿Tienes claras estas cosas? Fíjate cómo las personas ponen exigencias independientemente de su estado. Cuando están contentas, y se sienten cómodas, orarán a Dios y dirán: “Dios, protégeme, permíteme vivir en este estado todo el tiempo”. Cuando están tristes, o se sienten deprimidas, también tienen exigencias: “Dios, ¿por qué no me das Tu gracia? ¿Por qué no me esclareces? ¿Por qué les están yendo tan bien las cosas a otras personas? ¿Y por qué estoy atravesando un tiempo tan duro?”. Cuando las personas se ven rodeadas por la adversidad, le imploran a Dios que cambie su entorno; y cuando todo va sin contratiempos, es un caso en el que te dan un dedo e intentas tomarte el brazo. Cuando las personas han ganado algo, codician aún más; cuando no han ganado nada, se desesperan cada vez más. ¿Y qué desean ganar? Anhelan ganar las cosas que les gustan, y las que exigen los intereses de la carne. Y así, ninguna de sus exigencias es apropiada ni le corresponde. Cuando algunas personas están en mi compañía, les doy algo para vestir o usar, porque proceden de una familia pobre. Al ver esto, algunas personas se disgustan, y piensan en su corazón: ¿Cómo es que Dios siempre cuida de él, pero no hace nada por mí? ¡Dios no es justo! Algunas personas son capaces de entenderlo: Que yo haya tomado esta senda hoy en mi creencia en Dios, y haya sido capaz de seguir hasta hoy de forma segura, es la gracia de Dios; yo no debería buscar las cosas materiales. Pero después de meditarlo más adelante, se quedan insatisfechos; y cuando no pueden superar realmente estos pensamientos oran; no piensan en ellos por el momento, pero estas cosas siguen existiendo en su interior. Independientemente de cómo lo sopesen, no pueden encontrar la paz, y piensan para sí mismos: ¿dónde está la justicia de Dios? ¿Por qué no la he visto? Él no es justo ni razonable en Su gestión de estas cosas externas; ¿dónde se manifiesta, pues, la justicia de Dios? Y entonces piensan: La justicia no es equidad ni razonabilidad; no puedo confundir ambas cosas. Pero, en resumen, siguen sin poder dejarlo correr. Cuando las personas no son claras sobre muchas verdades, aparecen muchos pensamientos conflictivos; pero cualquiera que sea el caso, estas son las cosas de sus naturalezas.

Mira las exigencias de las personas: exigen esto y aquello de Dios, le piden tal o cual cosa, hacen planes de esta forma y de aquella. En resumen, los planes de las personas son todos ajenos a la verdad, todos incompatibles con la obra y la voluntad de Dios, y Él no ama ninguno de ellos, los aborrece y los desprecia todos. No hay relación entre aquello que exigen las personas y aquello en lo que deberían entrar. Algunas personas creen lo siguiente: yo he realizado todos estos años de obra, y no puedo volver a casa. Dios debería ocuparse de lo que necesito vestir y comer; y si estoy enfermo debería preocuparse más por mí. Conforme transcurre el tiempo, esto da lugar a muchas cosas que, según ellos sienten, es su deber pedirle a Dios. Cuando sólo ha pasado un poco de tiempo, creen que son indignos; pero con el paso del tiempo, sienten que es su deber. Así son las personas; esta es su naturaleza, y nadie está exento. Algunas personas dicen: “Yo nunca le he puesto exigencias extravagantes a Dios, porque soy una criatura suya, y no soy adecuado para ponerle exigencias”. Descansa tranquilo: el tiempo lo revelará todo, y llegará el día en que la naturaleza y las motivaciones de las personas se revelarán y quedarán al descubierto. Que las personas no le pongan exigencias a Dios se debe a que creen que no hay necesidad, que no es el momento correcto; o, además, porque ya le has puesto muchas exigencias a Dios, y simplemente no has sido consciente de que le estás exigiendo cosas a Dios. En resumen, es imposible que una naturaleza como ésta no germine en su interior. ¿Por qué he mencionado esto hoy? Para que las personas puedan conocer qué cosas hay en su naturaleza. Las personas no deberían pensar que, después de creer en Dios durante varios años, y haber dedicado algunos días a la obra en la iglesia, han erogado mucho por Dios, le han entregado mucho, y han soportado un gran sufrimiento. No deberían pensar que se les deben cosas como disfrutes materiales o nutrición carnal, que los demás deberían respetarlas más y considerarlas bien, que las palabras que Dios les dirige deberían ser más tiernas, o que Él debería preocuparse más por ellas, y preguntar a menudo si han comido lo suficiente, si han conseguido lo suficiente para vestir, cómo es su salud, etc. Cuando las personas se han erogado por Dios durante mucho tiempo, estas cosas aparecen en ellas sin que se den cuenta, y sienten que todo lo que piden es correcto y apropiado. Cuando sólo ha sido un poco de tiempo, creen que no son aptas; pero conforme el tiempo pasa, sienten que tienen el capital para hacerlo y, por tanto, empiezan a poner exigencias, y se revelan las cosas de su naturaleza. ¿No son así las personas? Cuando sólo ha sido un poco de tiempo, las personas no se atreven a ponerle exigencias a Dios o se sienten demasiado incómodas al hacerlo, pero conforme el tiempo pasa, empiezan a pensar: otras personas compran esas cosas, y visten esas cosas; ¿qué visto yo? ¿Qué he comprado? ¡No he comprado nada! ¿Por qué no piensan estas personas si es correcto ponerle tales exigencias a Dios? ¿Acaso te pertenecen estas cosas? ¿Te las prometió Dios? Si algo no te pertenece, pero lo pides de todos modos, estás en conflicto con la verdad, y tu naturaleza es totalmente satánica. ¿Cómo se comportó el arcángel en el principio? Tenía un gran estatus, y se le había dado mucho; finalmente, creyó que debía conseguir todo lo que quisiera —quiero esto, quiero aquello— y, al final, dijo: “Deseo sentarme con Dios de igual a igual”. Hasta ese punto llegó. Y así, en su creencia en Dios, las personas tienen demasiadas exigencias, y desean demasiadas cosas. Si no se reflexiona sobre uno mismo, si se es incapaz de conocer la gravedad de este problema, un día se dirá: “Dios, desciende; yo puedo ser Dios”. La cosa habrá llegado a tal punto que dirás: “Dios, vestiré lo que Tú vistes, y comeré lo que Tú comes”. Cuando se ha llegado tan lejos, ya se habrá empezado a tratar a Dios como persona. No importa que, en lo que sale de la boca, se le llame Dios; sólo son palabras superficiales; no hay la más mínima obediencia o reverencia en el corazón. Cuando la creencia de las personas en Dios ha llegado a ese punto, están en problemas, y la catástrofe caerá probablemente sobre ellas.

Tratar realmente a Dios como tal no sólo significa tratarlo como a Dios en términos de estatus, sino tener un conocimiento real, una reverencia y una obediencia absolutas a la esencia de Dios. Hay varias sendas para practicar: en primer lugar, en la compañía de Dios eres piadoso, tienes una actitud sincera, no tienes conceptos ni fantasías, y tienes un corazón de obediencia. En segundo lugar, has reflexionado y orado ante Dios sobre las motivaciones subyacentes a todo lo que dices, a todas las preguntas que planteas, y a todo lo que haces, y sabes cómo hacerlo de la forma adecuada. De no ser así, después de un tiempo no tendrás conocimiento de Dios, tus concepciones se habrán multiplicado, y te habrás convertido en un anticristo. Cuando tratas a Dios como persona, el Dios en quien crees es un Dios impreciso en el cielo, niegas por completo al Dios encarnado, y en tu corazón no reconoces al Dios práctico. En este momento, te habrás convertido en el anticristo, y habrás caído en las tinieblas. Cuanto más sean tus exigencias a Dios y tus razones y tus conceptos sobre Él, en mayor peligro estarás. Cuantas más sean tus exigencias a Dios, mayor será la prueba de que no lo tratas como Dios en absoluto; poco a poco llegarás a verte como Dios y, al final, cuando estés obrando en la iglesia, darás testimonio de ti mismo, y dirás: “Una vez, Dios hizo esto o aquello”. Tu implicación será que Dios es inferior a ti, que se le debería tratar con desprecio. En tu corazón no habrá reverencia, el tono de tu discurso cambiará, tu carácter será cada vez más arrogante, y acabarás exaltándote gradualmente a ti mismo. Esto es lo que ocurre cuando las personas van cuesta abajo, y todo esto lo provoca por completo el no buscar la verdad. Todos los que van cuesta abajo se exaltan a sí mismos, y dan testimonio de sí mismos; van por ahí jactándose de sí mismos, autoengrandeciéndose, y no han tomado a Dios en serio en absoluto. ¿Tenéis alguna experiencia de lo que estoy diciendo? Muchas personas dan testimonio de sí mismas ciegamente: he sufrido de esta forma y de aquella; he hecho esta obra y aquella; Dios me ha tratado de esta forma y de aquella, y me ha pedido finalmente que haga tal y tal cosa; Él piensa en mí de una forma especialmente elevada; ahora soy de esta forma y de aquella. Hablan en un tono determinado, y adoptan determinadas posturas; en última instancia, algunas personas acaban pensando que son Dios. Cuando hayan llegado a ese punto, ya hará mucho tiempo que el Espíritu Santo los ha abandonado. Aunque, entretanto, son ignorados, y no expulsados, su destino está establecido, y lo único que pueden hacer es esperar su castigo. En algunos lugares ha aparecido la siguiente situación: un nuevo miembro de la iglesia exalta a una determinada hermana, se aferra a sus piernas y clama: “¡Oh Dios! ¡No te vayas! ¡Oh Dios! Te echo de menos...”. Y la hermana ni siquiera detiene al recién llegado ni declara su posición. ¿No ha ocurrido esto? Yo mismo he oído de tres o cuatro episodios. Sin embargo, no hay nada bueno en estas personas. Las personas de rango inferior están confundidas y son estúpidas; tratan a esas personas como a Dios. ¡Cuán terrible es eso! ¡Y cuán irremediablemente insensato aferrarse a sus piernas y clamar! ¡Cómo podría considerarse creer en Dios el tratar a ciertas personas corruptas y pertenecientes a Satanás como a Dios! ¿No es esto creer en Satanás? Si no se busca la verdad ni el conocimiento de Dios en su creencia en Él, es fácil ser desviados. ¡Las personas insensatas e ignorantes están realmente en peligro!

Las personas siempre le ponen exigencias a Dios, le exigen que haga esto o aquello, de acuerdo con sus propias concepciones. Le pides que te salve, que tenga misericordia de ti, que te ame y te dé gracia conforme a tu propio pensamiento. Le pones exigencias a Dios y usas tus propios pensamientos y medios; le pides que Él te obedezca. ¿Cuál es el problema aquí? ¿Es esto lo que significa creer en Dios? Sólo crees en ti mismo. No hay Dios en tu corazón ni verdad alguna de la que hablar. En un momento de fervor —que también puede atribuirse a buenos propósitos—, algunas personas compran zapatos y me los traen. Cuando estos no me quedan bien, se los devuelvo; sin embargo, pienso que algunos se molestarían si les devolviera los zapatos y, por tanto, busco a quiénes les queden bien y se los doy a ellos. En ese momento, las personas no pueden soportarlo, y dicen: “¿Sabes cuánto esfuerzo y dinero gasté? ¿Sabes cuánto anduve de un lugar a otro? Los has regalado con tanta facilidad. ¿Acaso me resultó fácil ganar el dinero? Si no te los quieres poner, devuélvemelos; ¿cómo has podido dárselos a otra persona? …”. Yo respondo: “¿Te dijo alguien que los compraras? Los adquiriste, no me quedaban bien y, por tanto, no los quise. En los países del mundo, las personas hablan de derechos humanos y de libertad; ¿por qué no tengo Yo elección? ¿Tengo que usar todo lo que compres para Mí?”. ¿Es correcto que las personas me traten así? Se diría que siguen sin entender la verdad de ofrendar: cuando le ofreces algo a Dios, ya le pertenece a Él y no a ti; por tanto, Dios lo asignará como Él desee; lo que haga con ello es asunto suyo. ¿Saben esto las personas? Alguien compra para Mí un par de zapatos o de calcetines ¿y me los tengo que poner pase lo que pase? Hasta me vigilan, y dicen: “¿Qué ocurrió con esos calcetines? ¿Qué les sucedió a esos zapatos?”. Pasan todo el día estudiándome e investigándome de esta manera. Otros preguntan siempre: “¿Se han tomado esas cosas que compré para Dios? ¿Las lleva Él?”. Otros dicen: “No. No las lleva”, y entonces preguntan: “Eran de buena calidad, ¿por qué no las lleva?”. Mira cómo aparecen de nuevo sus exigencias; ¡las personas son tan irrazonables! Cuando compran estas cosas parecen tan amorosos y que aman tanto a Dios. Me tiene que gustar todo lo que las personas compran para Mí y, si no es así, se quejan y siempre intentan controlarme. He descubierto que la boca de las personas siempre dice: “¡Debo amar bien a Dios! ¡Debo corresponder a Su amor!”. ¿Cómo podría decirse que tienen amor? Son tan corruptas que ni siquiera poseen el sentido de una persona normal; y sin humanidad, ¿cómo pueden decir que aman a Dios? Lo único que hay en ellos es odio, resentimiento, deseos extravagantes y exigencias humanas. No hay amor. Para ellos, el amor no es sino el objetivo de la búsqueda, los requerimientos para las personas. ¿Cuántas personas han conseguido el amor a Dios? Hoy, todos están dispuestos a buscar la verdad y a que se produzcan cambios en su carácter; cuando le pones exigencias a Dios, ¿cómo reflexionas sobre ti mismo? ¿Qué clase de actitud deberías tener hacia Dios? Cuando han dirigido algunas iglesias, algunas personas se vuelven arrogantes, piensan que la casa de Dios no puede funcionar sin ellos, que deberían disfrutar de un trato especial por parte de Dios. En realidad, cuanto más elevado es su estatus, más elevadas son sus exigencias a Dios; cuanto más entienden las doctrinas, más furtivas y sigilosas son sus exigencias. Su boca no lo dice, pero está escondido en su corazón, y no es fácil de descubrir. Con toda probabilidad, habrá un tiempo en que estallen sus quejas y su resistencia, y eso es aún más problemático. ¿Por qué cuantas más personas son líderes y figuras religiosas, se convierten en anticristos más peligrosos? Porque cuanto mayor es su estatus, mayor es su ambición; cuanto más entienden de las doctrinas, más arrogante se vuelve su carácter. Si, en la creencia en Dios, no se busca la verdad, sino el estatus, se está en peligro. ¿Veis la necesidad del juicio de Dios y de Su castigo de las personas? Cuanto más cerca estés de entender muchas verdades en tu entrada en la vida, más sentirás que estás en peligro y, en ese momento, percibirás la esencia de la naturaleza del hombre. Hoy, las personas no tienen el más mínimo conocimiento de su naturaleza. Pueden poseer algún conocimiento rudimentario, pero es doctrina, y no han obtenido la verdad. Como consecuencia, no sienten que están en peligro, no saben tener miedo ni están preocupados por ellos mismos. Hoy, los recién llegados no son diferentes de cómo eran al principio los veteranos de la iglesia: se atreven a decir y a hacer cualquier cosa. En general, quienes más buscan, y han sido juzgados y castigados por Dios, no se atreven a ser tan descuidados en sus palabras; aunque piensen algo en su corazón, no se atreven a decirlo y, cuando lo piensan, se apresuran a orar, y dicen: “Dios, te he ofendido…”. Entre los recién llegados están los que se atreven a soltar un torrente de blasfemia: “¿Dios ha sufrido? ¿Cómo ha sufrido? Él come bien, viste buena ropa, las personas lo acogen allí donde va; Él no ha sufrido en absoluto. Pero ignoraremos esto; creemos en el Espíritu de Dios, no en una persona”. ¿Entonces? Se atreven a negar al Dios hecho carne; estas personas son imprudentes, no tienen reverencia hacia Dios, no tienen temor, y se atreven a decir cualquier cosa; son bestias. Cuando lo de arriba tiene una buena impresión de alguien o lo tiene en alta estima, algunos de entre los de abajo dicen que reciben un favor especial, y que son muy populares en la casa de Dios. ¿Poseen la verdad quienes dicen esto? En su corazón sólo hay cosas mundanas. Sus opiniones sobre las cosas nos indican que su perspectiva no es diferente de las opiniones y de los gustos de las personas del mundo. ¿Qué efecto podría producirse cuando personas como éstas creen en Dios y leen Sus palabras? En el corazón de tales personas, no hay nada de las palabras de Dios. Sus opiniones sobre las cosas son las mismas que las de las personas mundanas; son, en realidad, incrédulos.

Las personas siempre ponen exigencias a Dios. En base a las palabras de Dios, debéis poner a prueba y examinar esta naturaleza de las personas. De las exigencias que las personas ponen a Dios, debéis poner a prueba y examinar todas y cada una de ellas: Por qué ponen tales exigencias, qué las empuja a poner tales exigencias, cuál es el objetivo ‒debéis poner a prueba y examinar todas estas cosas‒. Mientras más serio seas en tu análisis, más conocimiento tendrás de tu naturaleza, y más específico se volverá este conocimiento; si tu análisis no es detallado, si todo lo que piensas es que las personas no deberían poner exigencias a Dios, y si sólo sabes que no hay sentido en esto, y eso es todo, finalmente, no crecerás, y no cambiarás. Algunas personas dicen: “Ponemos todas estas exigencias a Dios porque nuestras naturalezas son muy egoístas. ¿Qué puede hacerse?”. Cuando conozcas realmente la esencia de la naturaleza del hombre, sabrás lo que te falta; lo que es aterrador es que no sepas esto. En ocasiones, las personas piensan que sus exigencias son bastante razonables, y como sientes que son razonables, piensas que haces lo correcto si actúas de esta forma; como otros ponen también esas exigencias, parece que las tuyas no podrían considerarse excesivas, y que son legítimas. Cuando se trata de exigencias que son claramente extravagantes o irrazonables, y que crean problemas de la nada, no tienes problemas en saber hacer análisis, y eres capaz de detestarte a ti mismo. Pero si piensas que tus exigencias son razonables y legítimas, y sientes que es correcto y apropiado poner tales exigencias, ello muestra que sigues sin tener la verdad, y eres por tanto incapaz de conocer con claridad. Te daré un ejemplo: Había un hermano o una hermana que había seguido durante muchos años, que había pasado por muchos altibajos y soportado mucho. Externamente, su conducta era siempre bastante buena; en su humanidad, sufrimiento, y lealtad a Dios, lo habían hecho bien. También eran bastante concienzudos, y habitualmente, cuando trabajaban, sabían tener cuidado, y estaban dispuestos a devolver el amor de Dios. Finalmente, descubrí que no tenían obediencia y los envié a casa, y ordené que no fueran usados más. Habían trabajado para la iglesia durante varios años y sufrido mucho, y tuvieron algunas dificultades reales que Yo no había resuelto para ellos. ¿Qué pensarían otros bajo tales circunstancias? La primera cosa que muchos harían sería saltar en su defensa y decir: “Eso es incorrecto, Dios debería mostrar una gran misericordia y gentileza hacia su situación, porque ellos aman a Dios y han gastado mucho por Él. Si alguien como ellos puede ser eliminado ‒alguien que ha seguido a Dios durante muchos años‒ ¿no ha acabado todo entonces para nosotros?”. Las exigencias de las personas vienen de nuevo; estas piden que Dios les dé más bendiciones y les permita permanecer. “Ellos hicieron mucho por Dios, ¡Dios no debería ser injusto con ellos!”. Mira cuántas exigencias en las personas tienen lugar porque miden la actitud de Dios hacia las personas de acuerdo con los estándares de sus propias conciencias, y de acuerdo con sus propias opiniones éticas y morales. Qué debería dar Dios a las personas, cómo debería tratar Él a las personas. Ellas miden a Dios por los estándares justos y razonables de conciencia entre los hombres… ¿Y cómo podría corresponderse esto con la verdad? ¿Por qué se dice que, cuando las personas ponen esas exigencias, están creando problemas de la nada? Porque sus exigencias tienen lugar conforme a los estándares que piden de otras personas. ¿Cómo podrían ellos poseer la verdad? ¿Pueden las personas ver a través de la esencia de otros? Algunos exigen que Dios trate a las personas de acuerdo con los estándares de la conciencia, imponen los estándares del hombre sobre Dios cuando le ponen exigencias y, por tanto, son incompatibles con la verdad, y están creando problemas de la nada. Mira, las personas son capaces de resistir en algunos problemas pequeños, pero cuando su fin está establecido de forma definitiva, bien pueden ser incapaces de resistir; entonces aparecerán sus exigencias. En ese momento, surgirán palabras de queja y de condenación; las personas empezarán a mostrar sus verdaderos colores, y ahí será cuando conocerás su naturaleza. Las exigencias de las personas hacia Dios siempre han sido según sus conceptos y sus propios deseos. En realidad, las personas tienen muchas exigencias así; por lo general, es posible que no lo notes, y sientas que, en ocasiones, cuando oras a Dios, lo que pides no cuenta como una exigencia. En realidad, si lo analizas con detalle, muchas exigencias no tienen sentido, son irracionales e incluso ridículas. Antes eras inconsciente de la gravedad de esto. En el futuro te darás cuenta gradualmente y, en ese momento, tendrás un conocimiento sustancial. En tus experiencias, conocerás y discernirás poco a poco; esto, combinado con la comunión de la verdad, te permitirá conocer con claridad, y entrarás en la verdad a este respecto. Cuando hayas conocido real y claramente la esencia de la naturaleza del hombre, tu carácter habrá cambiado y, en ese momento, poseerás la verdad.

Hoy no necesito hablar con vosotros de esto en detalle. Nada es más duro de abordar que las exigencias de las personas hacia Dios. Si nada de lo que Él hace se conforma a tu pensamiento, y si Él no actúa de acuerdo con tu forma de pensar, es probable que te resistas; esto demuestra que, en su naturaleza, el hombre se opone a Dios. Debes usar la búsqueda de la verdad para conocer y resolver este problema. Quienes no tienen la verdad le ponen muchas exigencias a Dios, mientras que quienes entienden realmente la verdad no las tienen; ellos sólo sienten que no han satisfecho bastante a Dios, que no son suficientemente obedientes. Que las personas siempre le pongan exigencias a Dios, cuando creen en Él, refleja su naturaleza corrupta. Si no tratas esto como un problema grave, como algo importante, habrá riesgo y peligros ocultos en tu senda. Eres capaz de superar la mayoría de las cosas, y los pequeños problemas no te hacen descarrilar. Pero cuando tu sino, tu perspectiva y tu destino se ven involucrados, eres incapaz de vencer. En ese momento, si no tienes la verdad, bien puedes caer de nuevo en tus viejos caminos, y te convertirás así en uno de los que son destruidos. Muchas personas siempre han seguido así; se han comportado bien durante el tiempo en el que han seguido, pero esto no determina lo que acontecerá en el futuro: como nunca has sido consciente de tu talón de Aquiles ni de las cosas que tu naturaleza revela y que pueden oponerse a Dios, cuando aún tienen que acarrear el desastre sobre ti, sigues sin saber. Con toda probabilidad, cuando tu viaje acabe y la obra de Dios termine, harás lo que más se oponga a Dios y lo que constituya la blasfemia más grave contra Él. En el momento final, en el más peligroso de los tiempos, Pedro huyó una vez. En ese momento, no entendió la voluntad de Dios, y planeó quedarse y hacer la obra de las iglesias. Más adelante, Jesús se le apareció y le dijo: “¿Harías que me crucificaran por ti una vez más?”. Y así, Pedro se apresuró a obedecer. Si, en ese momento, hubiera tenido sus propias exigencias, habría dicho: “No quiero morir ahora, temo al dolor. ¿No fuiste crucificado por nuestra causa? ¿Por qué pides que yo sea crucificado? ¿Qué tal si no soy crucificado, sí…?”. De haber puesto él tales exigencias, la senda que transitó habría sido en vano. Pero Pedro siempre había sido alguien que obedeció a Dios y buscó Su voluntad; por fin entendió la voluntad de Dios y le obedeció por completo. Si Pedro no hubiera buscado la voluntad de Dios y hubiera actuado de acuerdo con su propio pensamiento, habría tomado la senda errónea. Las personas carecen de las facultades para entender directamente la voluntad de Dios, pero si no obedeces después de entender la verdad, estarás traicionando a Dios. Es decir, que las personas siempre le pongan exigencias a Dios guarda relación con su naturaleza, y es un problema que concierne a las verdades de varios ámbitos. La medida de si las personas son capaces de obedecer a Dios depende de las exigencias que le pongan a Dios. Si se las pones, careces de obediencia, y esto demuestra que estás haciendo un trato, que escoges tus propios pensamientos, y actúas conforme a ellos. En esto traicionas a Dios, y no tienes obediencia. No tiene sentido ponerle exigencias a Dios; si creyeras de verdad en Él y que Él es realmente Dios, no te atreverías a ponerle exigencias ni estarías cualificado para hacerlo, fueran éstas razonables o no. Si tu creencia es verdadera, y crees que Él es Dios, no tendrás otra elección que adorarlo y obedecerle. Hoy, las personas no sólo tienen una elección, sino que incluso exigen que Dios actúe de acuerdo con sus propios pensamientos, escogen sus propios pensamientos y le piden a Dios que actúe de acuerdo con ellos, y no requieren de sí mismas actuar según el propósito de Dios. Así pues, no hay una creencia verdadera en ellas ni la esencia contenida en esta creencia. Cuando eres capaz de ponerle menos exigencias a Dios, tu creencia verdadera y tu obediencia se incrementarán, y tu sentido también se volverá comparativamente normal. Ocurre a menudo que, cuanto más inclinadas estén las personas a razonar, y más justificación dan, más difíciles son de tratar. No sólo ponen muchas exigencias, sino que también se toman el brazo cuando se les da un dedo: cuando están satisfechas en un ámbito, presentan exigencias en otro; tienen que estar satisfechas en todos los ámbitos y, de no ser así, empiezan a quejarse, y se dan a sí mismas por abandonadas. Más adelante se sienten en deuda y arrepentidas, lloran lágrimas amargas, y quieren morir. ¿De qué sirve esto? ¿Puede resolver esto el problema? Así pues, antes de que ocurra algo, debes examinar tu propia naturaleza, las cosas que hay en ella, qué te gusta, y qué exiges. Algunas personas, que creen poseer alguna medida de calibre y talento, siempre quieren ser líderes, y elevarse por encima de otros; por tanto, le ponen exigencias a Dios, y dicen: “Úsame, Dios”. Y si Dios no las usa, dicen: “Dios, ¿por qué no me favoreces? Haz un gran uso de mí; garantizo que me erogaré por Ti”. ¿Son correctas tales motivaciones? Es una cosa buena erogarse por Dios, pero su disposición a hacerlo está en segundo lugar; lo que les gusta en su corazón es el estatus; en eso se centran. Si de verdad eres capaz de obedecer, seguirás a Dios con un solo corazón y una mente, independientemente de que Él te use o no, y serás capaz de erogar por Él tengas o no algún estatus. Sólo entonces poseerás sentido, y serás alguien que obedece. No es erróneo estar dispuesto a erogar por Dios, y Él está dispuesto a usarte; pero sólo eres adecuado para el uso si estás equipado con la verdad. Tendría que haber un período de preparación.

En la naturaleza de las personas, las cosas no son como su comportamiento externo ni sus formas de actuar, ni como algunos de sus pensamientos más internos, que se pueden tratar. Las cosas en la naturaleza de las personas deben desenterrarse poco a poco. Además, a las personas les resulta muy difícil identificarlas, e incluso cuando las personas las han identificado, son difíciles de cambiar, y exigen un conocimiento de una profundidad suficiente. ¿Por qué sigo examinando la naturaleza de las personas? ¿Habéis comprendido Mi propósito al hacerlo? ¿Dónde se revela su carácter corrupto? En su naturaleza. Su naturaleza lo dirige, y todo su carácter corrupto, cada uno de sus pensamientos e ideas, cada una de sus motivaciones, todas tienen relación con su naturaleza. Por tanto, si las personas erradican la fuente, ¿no será más fácil de resolver su carácter corrupto? Lo será. Aunque es imposible cambiar su naturaleza, las personas son capaces de conocer la revelación de su carácter corrupto, de combinar esto con la verdad para lograr el conocimiento total, con el resultado de que su carácter puede cambiar gradualmente. Y cuando esto ocurra, su oposición a Dios disminuirá. Examinar la fuente de la naturaleza de las personas tiene el fin de provocar un cambio en su carácter. No tenéis comprensión de este principio; creéis que si examináis vuestra naturaleza seréis capaces de obedecer a Dios y de recuperar vuestro sentido. ¡Qué buenos sois aplicando ciegamente la doctrina! ¿Por qué no digo simplemente que las personas son demasiado arrogantes y farisaicas? ¿Por qué examino siempre su naturaleza? Decir simplemente que las personas son santurronas y arrogantes no resolverá el problema. Examinar la naturaleza provee un ámbito combinado más amplio, e incluye todo el carácter corrupto de las personas; la naturaleza cubre más que el corto alcance de la santurronería, la soberbia, y la arrogancia de las personas; por tanto, en las exigencias de las personas a Dios, se revela mucho de su carácter corrupto: el ámbito que se cubre es mayor. Así pues, si conocéis vuestra naturaleza, será más fácil resolver vuestro carácter corrupto, y tendréis una senda. Si no, nunca seréis capaces de desenterrar la fuente. Si sólo decís que esto es santurronería, arrogancia, orgullo, y nada de lealtad —si sólo habláis de tales cosas superficiales—, ¿se puede resolverse el problema? ¿No es necesario hablar de la naturaleza? ¿Cuál era en el principio la naturaleza de Adán y Eva? No había oposición deliberada en ellos, y menos aún franca traición; ellos no sabían qué significaba oponerse a Dios, por no mencionar lo que quería decir obedecerle, y aceptarían en ellos cualquier cosa que viniera a ellos. Hoy, Satanás ha corrompido a las personas hasta tal punto que asumen la iniciativa de oponerse a Dios, y tienen la misma naturaleza que Satanás. ¿Y por qué se dice que tienen la naturaleza de Satanás? Las personas no hacen algo deliberadamente para oponerse a Dios; incluso si se sientan ahí sin hacer nada, también se están oponiendo a Dios, porque la esencia en ellos ha cambiado, y ha pasado a ser algo que se opone a Dios. Por tanto, hoy, las personas son diferentes de la humanidad cuando esta acababa de ser creada: antes, no había oposición ni traición en la humanidad, esta era algo vital, nada la controlaba, y no había ninguna cosa establecida en las personas que se opusiera o no se opusiera a Dios.

¿Qué es la naturaleza? Es la esencia del hombre. El carácter es las cosas que salen de la naturaleza de las personas, y los cambios en el carácter significan que tus cosas originales, corruptas, nunca más aparecerán, y serán sustituidas por la verdad. No es que hayan cambiado las cosas en la raíz de la naturaleza, sino que se han revelado las cosas corruptas. Las cosas de los caracteres de las personas que se revelan en su naturaleza han cambiado. Satanás ha corrompido a las personas, y éstas se han convertido en Satanás, en cosas que se oponen a Dios, y son capaces de traicionar por completo a Dios. ¿Por qué se pide que cambie el carácter de las personas? En las personas que finalmente han sido hechas completas se ha añadido mucho del conocimiento de Dios, y mucho que se corresponde con Su voluntad. En el pasado, cuando las personas tenían un carácter corrupto, todo lo que hacían era erróneo, todo se oponía a Dios. Ahora tienen la verdad, son capaces de hacer mucho que se corresponde con la voluntad de Dios, pero esto no quiere decir que no traicionen a Dios; siguen siendo capaces de hacerlo. Es posible cambiar parte de lo que la naturaleza de las personas revela, y lo que se modifica es la parte suya que es capaz de practicar según la verdad; pero ser capaz de poner en práctica la verdad hoy no significa que tu naturaleza haya cambiado. Por ejemplo, siempre solías ponerle exigencias a Dios y, hoy, aunque has cesado de actuar así en muchas áreas, sigues poniéndole exigencias, y traicionándolo. Quizás digas: “Soy capaz de obedecer todo lo que Dios hace. Si es en esto o aquello, o en otra cosa, en todo ello yo obedezco, sin quejas ni exigencias”. Y, sin embargo, en algunas cosas sigues siendo capaz de traicionar a Dios; aunque tu oposición no es deliberada, cuando no entiendes la voluntad de Dios sigue siendo posible que violes Su propósito. ¿A qué se refiere, pues, cambiar? Cuando entiendas la voluntad de Dios, serás capaz de obedecer. Si no entiendes la voluntad de Dios, seguirás actuando según tus propios deseos, creyendo ser conforme a Su corazón; esto es traición, y lo que hay en tu naturaleza. Por supuesto, no hay límites para los cambios en el carácter. Cuantas más verdades se obtengan —que también es como decir que cuanto más profundo sea tu conocimiento de Dios— menos te opondrás a Dios y lo traicionarás. La búsqueda de cambios en el carácter se resuelve principalmente con la búsqueda de la verdad. El conocimiento de la esencia de la naturaleza de las personas también se logra si se entiende la verdad. Cuando las personas han obtenido realmente la verdad, todos los problemas se resuelven.