Dios mismo, el único I

La autoridad de Dios (I) parte 2

En el cuarto día nacen las estaciones, los días, y los años de la humanidad, al ejercer Dios una vez más Su autoridad

El Creador usó Sus palabras para cumplir Su plan, y así pasó los tres primeros días de Su plan. Durante ellos, no se ve que Dios estuviera ajetreado ni agotado; por el contrario, pasó tres maravillosos primeros días de Su plan, y logró la gran tarea de la transformación radical del mundo. Ante Sus ojos apareció un mundo totalmente nuevo y, poco a poco, la bella imagen que se había sellado en Sus pensamientos se reveló finalmente en las palabras de Dios. La aparición de cada nueva cosa fue como el nacimiento de un bebé recién nacido, y al Creador le agradó esa imagen que había estado una vez en Sus pensamientos, pero que ahora había cobrado vida. En ese momento, un asomo de satisfacción inundó Su corazón, pero Su plan no había hecho más que comenzar. En un abrir y cerrar de ojos había llegado un nuevo día, ¿cuál era la página siguiente en el plan del Creador? ¿Qué dijo Él? ¿Cómo ejerció Su autoridad? Y, al mismo tiempo, ¿qué nuevas cosas llegaron a este nuevo mundo? Siguiendo la dirección del Creador, nuestra mirada recae en el cuarto día de la creación de todas las cosas por parte de Dios, un día que suponía otro nuevo comienzo. Para el Creador, era indudablemente otro día maravilloso y de máxima importancia para la humanidad de hoy. Era, por supuesto, un día de inestimable valor. ¿En qué era maravilloso, tan importante, y de inestimable valor? Escuchemos primero las palabras pronunciadas por el Creador…

“Y Dios dijo: Que haya luces en el firmamento del cielo para separar el día de la noche; y que sean signos para las estaciones, los días y los años; y que ellas estén en el firmamento del cielo para que den luz a la tierra” (Génesis 1:14-15). Esto fue otro ejercicio de la autoridad de Dios mostrado por las criaturas una vez creada la tierra seca y las plantas dentro de ella. Para Él fue un acto igualmente fácil, porque Él tiene ese poder; Dios es tan bueno como Su palabra, y esta se cumplirá. Dios ordenó que aparecieran luces en el cielo, y estas no solo brillaron en él y sobre la tierra, sino que también sirvieron como señales para el día y la noche, para las estaciones, los días y los años. De esta forma, cuando Dios pronunció Sus palabras, todo acto que Dios deseó realizar se cumplió de acuerdo con el significado divino y de la manera designada por Él.

Las luces del cielo son materia celeste que puede irradiar luz; pueden iluminar el cielo, y alumbrar la tierra y los mares. Giran según el ritmo y la frecuencia ordenados por Dios, y alumbran diferentes períodos de tiempo sobre la tierra; de esta forma, los ciclos de rotación de las luces hacen que se produzca el día y la noche en el este y en el oeste de la tierra. No son tan solo señales para la noche y el día, sino que a través de estos distintos ciclos también se señalan las fiestas y los diversos días especiales de la humanidad. Son el complemento y el acompañamiento perfectos para las cuatro estaciones —primavera, verano, otoño, e invierno— dictadas por Dios, junto a las cuales las luces sirven armoniosamente como marcas regulares y precisas para los términos, los días, y los años lunares de la humanidad. Aunque no fue hasta la aparición de la agricultura cuando la humanidad comenzó a entender y a encontrarse con la separación de los términos, los días y los años lunares causada por las luces que Dios creó, que en realidad son los que el hombre entiende hoy, estos empezaron a producirse hace mucho tiempo, en el cuarto día de la creación de todas las cosas por parte de Dios. Del mismo modo, los ciclos alternos de la primavera, el verano, el otoño y el invierno, experimentados por el hombre, comienzan hace mucho, en el cuarto día de la creación de todas las cosas por parte de Dios. Las luces creadas por Dios le permitieron al hombre diferenciar con regularidad, precisión y claridad entre la noche y el día, contar los días, y seguir con nitidez los términos y los años lunares. (El día de la luna llena era la compleción de un mes, y a partir de ahí el hombre sabía que la iluminación de las luces comenzaba un nuevo ciclo; el día de la media luna era la compleción de una mitad del mes, y le señalaba al hombre que empezaba un nuevo término lunar del cual podía deducirse cuántos días y noches había en un término lunar, cuántos términos lunares había en una estación, y cuántas estaciones había en un año; y todo esto se manifestaba con regularidad.) De este modo, el hombre pudo seguir fácilmente los términos, los días y los años lunares marcados por las rotaciones de las luces. Desde ese momento en adelante, la humanidad y todas las cosas vivieron inconscientemente en medio del ordenado intercambio de la noche y el día, y la alternancia de las estaciones producidas por las rotaciones de las luces. Esta era la importancia de las luces que el Creador creó el cuarto día. De forma parecida, los objetivos y el significado de esta acción Suya seguían siendo inseparables de Su autoridad y Su poder. Y así, las luces creadas por Dios y el valor que pronto traerían al hombre fueron otra obra maestra en el ejercicio de la autoridad del Creador.

En este nuevo mundo en el que la humanidad aún tenía que hacer su aparición, el Creador había preparado “noche y día”, “el firmamento”, “tierra y mares”, “pasto, hierbas y diversos tipos de árboles”, y “las luces, las estaciones, los días y los años” para la nueva vida que pronto Él crearía. La autoridad y el poder del Creador se expresaron en cada nueva cosa que creó, y Sus palabras y logros se produjeron simultáneamente, sin la más mínima discrepancia ni intervalo. La aparición y el nacimiento de todas estas nuevas cosas eran la prueba de la autoridad y el poder del Creador: Él es tan bueno como Su palabra, y esta se cumplirá; y lo que se consuma dura para siempre. Esta realidad nunca ha cambiado: así fue en el pasado, así es hoy, y así será por toda la eternidad. Cuando miráis una vez más esas palabras de las Escrituras, ¿estas os resultan nuevas? ¿Habéis visto un nuevo contenido, y hecho nuevos descubrimientos? Esto es así, porque los hechos del Creador han despertado vuestro corazón, y guiado la dirección de vuestro conocimiento de Su autoridad y poder; han abierto la puerta de vuestro entendimiento del Creador, y Sus hechos y autoridad han concedido vida a estas palabras. Y así, el hombre ha percibido en ellas una expresión real y vívida de la autoridad del Creador, ha presenciado de verdad la supremacía del Creador, y contemplado lo extraordinario de Su autoridad y Su poder.

La autoridad y el poder del Creador producen milagro tras milagro, y Él atrae la atención del hombre; este no puede evitar limitarse a mirar fijamente los asombrosos hechos nacidos del ejercicio de Su autoridad. Su fenomenal poder provoca un deleite tras otro, y el hombre se queda sorprendido y encantado, y grita de admiración, está atónito y vitorea; más aún, el hombre se conmueve visiblemente, y en él se ocasionan respeto, reverencia, y apego. La autoridad y los hechos de Dios tienen un gran impacto sobre el espíritu del hombre, lo purifican, y, además, lo satisfacen. Cada uno de Sus pensamientos, cada una de Sus afirmaciones, y cada revelación de Su autoridad son una obra maestra entre todas las cosas, y una gran tarea sumamente digna del profundo entendimiento y conocimiento de la humanidad creada. Cuando contamos cada criatura nacida de las palabras del Creador, nuestros espíritus son atraídos por la maravilla del poder de Dios, y nos encontramos siguiendo Sus pisadas hasta el siguiente día: el quinto día de la creación de todas las cosas por parte de Dios.

Continuemos leyendo las Escrituras pasaje por pasaje, mientras echamos un vistazo a otros hechos más del Creador.

En el quinto día, de formas diversas y variadas la vida manifiesta la autoridad del Creador de diferentes maneras

Las Escrituras declaran: “Y Dios dijo: Que las aguas produzcan las criaturas que se mueven y que tienen vida de manera abundante, y aves que vuelan por encima de la tierra en el firmamento abierto del cielo. Y Dios creó grandes ballenas y cada una de las criaturas que se mueven, las cuales las aguas produjeron de manera abundante según su especie, y cada ave según su especie. Y Dios vio que esto era bueno” (Génesis 1:20-21). Las Escrituras dicen claramente que, en ese día, Dios hizo las criaturas de las aguas y las aves del cielo, es decir, creó los distintos peces y aves, y clasificó a cada uno de ellos según su especie. De esta forma, la tierra, los cielos y las aguas fueron enriquecidos por la creación de Dios…

Conforme Dios pronunció Sus palabras, nueva vida fresca, cada una con una forma diferente, cobró vida al instante, en medio de las palabras del Creador. Vinieron al mundo abriéndose paso a empujones para conseguir una posición, saltando, retozando de gozo… Peces de todas las formas y tamaños nadaron por las aguas, crustáceos de todo tipo crecieron de las arenas, criaturas escamosas, con caparazón e invertebradas se desarrollaron a toda prisa en distintas formas, grandes o pequeñas, largas o cortas. Asimismo variadas clases de algas comenzaron a crecer rápidamente, balanceándose con el movimiento de la vida acuática diversa, ondulando, urgiendo a las aguas estancadas, como diciéndoles: ¡Sacude una pierna! ¡Trae a tus amigos! ¡Porque no volverás a estar sola! Desde el momento en que las diversas criaturas vivientes creadas por Dios aparecieron en el agua, cada nueva y fresca vida aportó vitalidad a las aguas que habían estado estáticas durante tanto tiempo, y dieron comienzo a una nueva era… Desde ese instante, se arrellanaron unos contra otros, y mantuvieron la compañía de los demás, sin conferirse distinción sobre ellos. El agua existía para las criaturas que albergaba, alimentando cada vida que residía dentro de su abrazo, y cada una de ella existía a causa del agua, por su alimentación. Cada una confería vida sobre la otra, y al mismo tiempo, cada una daba testimonio del mismo modo de lo milagroso y lo grandioso de la creación del Creador, y del poder insuperable de Su autoridad…

Como el mar ya no estaba en silencio, la vida empezó también a llenar los cielos. Una por una, aves grandes y pequeñas volaron hacia el cielo desde la tierra. A diferencia de las criaturas del mar, tenían alas y plumas que cubrían sus figuras finas y elegantes. Agitaban sus alas, desplegando con orgullo y altivez su espléndido manto de plumas y las funciones y habilidades especiales que el Creador les había concedido. Se elevaban libremente, y se desplazaban con habilidad entre el cielo y la tierra, sobre praderas y bosques… Eran las preferidas del aire, las favoritas de todas las cosas. Pronto se convertirían en el vínculo entre el cielo y la tierra, y transmitirían los mensajes a todas las cosas… Cantaban, bajaban gozosamente en picado, traían vítores, risa, y vitalidad a este mundo una vez vacío… Usaban su canto claro, melodioso, las palabras de sus corazones, para alabar al Creador por la vida concedida. Danzaban alegremente para exhibir la perfección y lo milagroso de la creación del Creador, y dedicarían toda su vida a dar testimonio de la autoridad del Creador a través de la vida especial que Él les había concedido…

Independientemente de que estuvieran en el agua o en los cielos, por el mandato del Creador, esta plétora de cosas vivientes existía en las diferentes configuraciones de la vida, y por el mandato del Creador, se reunían según su respectiva especie y ninguna criatura podía alterar esta ley, esta norma. Nunca se atrevían a ir más allá de los límites establecidos para ellas por el Creador, ni eran capaces de hacerlo. Tal como Él lo ordenó, vivían, se multiplicaban y se ceñían estrictamente al curso vital y a las leyes que Él estableció para ellas; vivían conscientemente por Sus mandatos no orales y los edictos y preceptos celestiales que Él les dio, desde entonces hasta hoy. Conversaban con el Creador en su propia forma especial, y llegaron a apreciar Su sentido y a obedecer Sus mandatos. Ninguna de ellas transgredió jamás la autoridad del Creador, y Su soberanía y dominio sobre ellas se ejercía dentro de Sus pensamientos; no se emitieron palabras, sino que la autoridad que era exclusiva del Creador controlaba en silencio todas las cosas que no poseían la función del lenguaje, y que diferían de la humanidad. El ejercicio de Su autoridad de este modo especial obligaba al hombre a obtener un nuevo conocimiento, y a hacer una nueva interpretación de Su autoridad única. Aquí debo deciros que, en este nuevo día, el ejercicio de la autoridad del Creador demostraba una vez más Su singularidad.

A continuación, echemos un vistazo a la última frase de este pasaje de las escrituras: “Y Dios vio que esto era bueno”. ¿Cómo entendéis esta frase? En esta frase se ven las emociones de Dios. Vio nacer y permanecer por Sus palabras todo aquello que había creado, y vio cómo empezaba a cambiar gradualmente. En ese tiempo, ¿estaba Dios satisfecho con las diversas cosas que había hecho mediante Sus palabras, y los diversos actos que había logrado? La respuesta es “Dios vio que esto era bueno”. ¿Qué veis aquí? ¿Qué representa que “Dios vio que esto era bueno”? ¿Qué simboliza? Significa que Dios tenía el poder y la sabiduría para cumplir aquello que Él había planeado y prescrito, para conseguir los objetivos que Él había establecido cumplir. Cuando Dios hubo completado cada tarea, ¿sintió arrepentimiento? La respuesta sigue siendo “Dios vio que esto era bueno”. En otras palabras, no solo no sintió arrepentimiento, sino que quedó satisfecho. ¿Qué quiere decir que no sintió arrepentimiento? Significa que el plan de Dios es perfecto, que Su poder y Su sabiduría son perfectos, y que solo por Su autoridad puede cumplirse tal perfección. Cuando el hombre lleva a cabo una tarea, ¿puede él, como Dios, ver que es bueno? ¿Puede todo lo que el hombre hace lograr la perfección? ¿Puede el hombre completar algo de una vez por todas, para toda la eternidad? Del mismo modo que el hombre dice: “nada es perfecto, solo mejor”, nada de lo que el hombre hace puede alcanzar la perfección. Cuando Dios vio que todo lo que había hecho y logrado era bueno, todo lo que Él hizo quedó establecido por Sus palabras, es decir, cuando “Dios vio que esto era bueno”, todo lo que Él había hecho adoptó una forma permanente, fue clasificado de acuerdo a un tipo, y se le dio una posición, un propósito y una función fijos, de una vez y por toda la eternidad. Más aún, su papel entre todas las cosas y el viaje que estas deben emprender durante la gestión de todo por parte de Dios, ya habían sido ordenados por Él, y eran inmutables. Esta fue la ley celestial que el Creador dio a todas las cosas.

“Dios vio que esto era bueno”, estas palabras simples, subestimadas, tan a menudo ignoradas, son las palabras de la ley y el edicto celestiales que Dios dio a todas las criaturas. Son otra materialización de la autoridad del Creador, una más práctica y más profunda. A través de Sus palabras, el Creador no solo fue capaz de obtener todo lo establecido para ser obtenido, y de conseguir todo lo establecido para ser conseguido, sino que también pudo controlar con Sus manos todo lo que Él había creado, y gobernar todas las cosas que Él había hecho bajo Su autoridad; además, todo fue sistemático y regular. Todas las cosas también vivían y morían por Su palabra; más aún, por Su autoridad existían en medio de la ley que Él había establecido, ¡y nadie estaba exento! Esta ley comenzó en el mismo instante que “Dios vio que esto era bueno”, ¡y existirá, continuará, y funcionará por el plan de gestión de Dios justo hasta el día en que el Creador la derogue! Su autoridad única no solo se puso de manifiesto en Su capacidad de crear todas las cosas y ordenar que todas vieran la luz, sino también en Su capacidad de gobernar y tener soberanía sobre la totalidad de ellas; de conceder vida y vitalidad sobre todas las cosas, y, además, en Su capacidad de hacer que, de una vez y por toda la eternidad, todo lo que Él creara en Su plan apareciera y existiera en el mundo que Él creó, de una forma perfecta, en una estructura de vida perfecta y con un papel perfecto. Así también se manifestó en el modo en que los pensamientos del Creador no estaban sujetos a ninguna restricción ni limitados por el tiempo, el espacio, o la geografía. Como Su autoridad, la identidad única del Creador permanecerá inmutable desde la eternidad hasta la eternidad. ¡Su autoridad será siempre una representación y un símbolo de Su identidad única, y ambas existirán por siempre una al lado de la otra!

En el sexto día, el Creador habla, y cada especie de criatura viviente en Su mente hace su aparición, una tras otra

Imperceptiblemente, la obra del Creador de hacer todas las cosas había continuado durante cinco días, tras los cuales dio inmediatamente la bienvenida al sexto día de Su creación. Ese día era un nuevo comienzo, y otro día extraordinario. ¿Cuál fue entonces el plan del Creador en la víspera de este nuevo día? ¿Qué nuevas criaturas produciría, crearía? Escucha, es la voz del Creador…

“Y Dios dijo: Que la tierra produzca criaturas vivientes según su especie, ganado, y cosas que repten, y bestias según su especie; y así sucedió. Y Dios hizo las bestias de la tierra según su especie y el ganado según su especie, y todo lo que repta en la tierra según su especie. Y Dios vio que era bueno” (Génesis 1:24-25). ¿Qué criaturas vivientes se incluyen aquí? Las Escrituras detallan: ganado, y cosas que se arrastran, y bestias de la tierra según su especie. Es decir, en este día no solo había todo tipo de criaturas vivientes sobre la tierra, sino que fueron todas clasificadas según su especie; de igual manera, “Dios vio que era bueno”.

Como en los cinco días anteriores, con el mismo tono, el Creador ordenó en el sexto día el nacimiento de las criaturas vivientes que Él deseó, y que aparecieron sobre la tierra, cada una según su especie. Cuando Él ejerce Su autoridad, ninguna de Sus palabras se pronuncia en vano; así, en el sexto día, cada criatura viviente que Él había pretendido crear apareció en el momento escogido. Cuando el Creador mandó: “Que la tierra produzca criaturas vivientes según su especie”, la tierra se llenó inmediatamente de vida, y sobre ella emergió de repente el aliento de toda clase de criaturas vivientes… En la verde naturaleza herbosa aparecieron robustas vacas, una detrás de otra, sacudiendo sus rabos de un lado a otro; ovejas que balaban se reunían en rebaños, y caballos que relinchaban y comenzaban a galopar… En un instante, las vastas extensiones de prados silenciosos estallaron de vida… La aparición de este ganado diverso fue un bello panorama sobre los prados tranquilos, y trajo con ella una vitalidad sin límites… Serían los compañeros de los pastizales, y los amos de los prados, interdependientes entre sí; también se convertirían en los guardianes y los cuidadores de estas tierras, que serían su hábitat permanente, y que les proveería todo lo necesario, una fuente de alimentación eterna para su existencia…

El mismo día en que nació ese ganado diverso, por la palabra del Creador también surgió una plétora de insectos, unos detrás de otros. Aunque eran los más pequeños de los seres vivientes entre todas las criaturas, su fuerza vital seguía siendo la milagrosa creación del Creador, y no llegaron demasiado tarde… Algunos agitaban sus pequeñas alas, mientras otros reptaban lentamente; unos saltaban y rebotaban, otros se tambaleaban; unos salían disparados hacia delante, mientras otros retrocedían rápidamente; unos se movían de costado, otros saltaban arriba y abajo… Todos estaban ocupados tratando de encontrar un hogar para sí: unos se dirigían a la hierba, otros se disponían a cavar hoyos en la tierra, algunos volaban hasta los árboles, escondidos en los bosques… Aunque pequeños en tamaño, no estaban dispuestos a resistir el tormento de un estómago vacío, y después de encontrar sus propios hogares, se apresuraban a buscar comida para alimentarse. Unos trepaban por el pasto para comer sus tiernas hojas, algunos se llenaban la boca de polvo y se lo proporcionaban a su estómago, comiendo con mucho gusto y placer (para ellos, incluso el polvo es un sabroso lujo); algunos estaban escondidos en los bosques, pero no se detuvieron para descansar, ya que la savia de las lustrosas hojas verde oscuro proveían una comida suculenta… Tras quedar satisfechos, los insectos no cesaban aún su actividad; aunque pequeños en estatura, poseían una tremenda energía y un entusiasmo ilimitado, y por eso son los más activos y laboriosos de todas las criaturas. Nunca perezosos, tampoco se complacieron en el descanso. Una vez saciados, seguían esforzándose en sus labores por el bien de su futuro, ocupándose y corriendo para su mañana, para su supervivencia… Canturreaban suavemente baladas de melodías y ritmos diversos para animarse y alentarse. También añadían gozo al pasto, a los árboles, y a cada pulgada de suelo, haciendo que cada día y cada año fueran únicos… Con sus propios lenguajes y sus propios caminos, pasaban información a todas las cosas creadas sobre la tierra. Y usando su propia trayectoria vital especial, marcaban todas las cosas, dejando huellas sobre ellas… Mantenían una estrecha relación con el suelo, el pasto y los bosques, y les aportaban vigor y vitalidad; trajeron las exhortaciones y los saludos del Creador a todas las cosas vivientes…

La mirada del Creador recorrió todas las cosas que había creado, y en ese momento Sus ojos se detuvieron en los bosques y las montañas, cavilando. Al pronunciar Sus palabras, en los densos bosques y sobre las montañas apareció un tipo de criaturas diferente a todas las que habían venido antes: eran los “animales salvajes” que la boca de Dios había ordenado. Con mucho retraso, movieron sus cabezas y sacudieron sus rabos, cada uno de ellos con su rostro único. Unos tenían abrigos peludos, otros estaban acorazados, algunos enseñaban los colmillos; unos lucían sonrisas, otros tenían el cuello largo, algunos un rabo corto; unos los ojos desorbitados, otros una mirada tímida, algunos se inclinaban a comer pasto; unos con sangre alrededor del hocico, otros rebotaban sobre dos patas, algunos avanzaban sobre cuatro pezuñas; unos miraban en la distancia sobre los árboles, otros se echaban esperando en los bosques, algunos buscaban cuevas para descansar; unos corrían y retozaban sobre las llanuras, otros merodeaban a través de los bosques…; rugiendo, aullando, ladrando, dando alaridos…; unos eran sopranos, otros barítonos; unos a pleno pulmón, otros claros y melodiosos…; unos eran sombríos, otros bellos, algunos repugnantes; unos eran adorables, otros aterradores, algunos encantadoramente ingenuos… Llegaron uno a uno. Mira cómo se pavonean, con un espíritu libre, distraídamente indiferentes hacia los demás, sin molestarse en guardar una mirada unos para otros… Llevando cada uno la vida particular que el Creador les había concedido, su propio estado salvaje y su brutalidad, aparecían en los bosques y sobre las montañas. Desdeñándolo todo, tan sumamente imperiosos, ¿quién los convirtió en los verdaderos amos de montes y bosques? Desde el momento en que el Creador ordenó su aparición, “reclamaron” los bosques y los montes, porque Él ya había sellado sus límites y determinado el alcance de su existencia. Solo ellos eran verdaderos señores de montes y bosques, y por eso eran tan salvajes y desdeñosos. Los denominaron “animales salvajes” sencillamente porque, de todas las criaturas, eran verdaderamente salvajes, brutales e indomables. No podían ser domesticados, por lo que no podían criarse ni vivir en armonía con la humanidad, ni trabajar por el bien de esta. Siendo esto así, tenían que vivir distanciados de la humanidad, y el hombre no podía acercarse a ellos; por ello, eran capaces de cumplir la responsabilidad que el Creador les había otorgado: guardar las montañas y los bosques. Su salvajismo protegía las montañas y guardaba los bosques, siendo así la mejor protección y garantía de su existencia y propagación. Al mismo tiempo, su salvajismo mantenía y aseguraba el equilibrio entre todas las cosas. Su llegada trajo un apoyo y un anclaje a las montañas y los bosques; inyectó un vigor y una vitalidad sin límites a los montes y los bosques inmóviles y vacíos. Desde ese instante en adelante, estos pasaron a ser su hábitat permanente; nunca perderían su hogar, porque las montañas y los bosques aparecieron y existían para los animales salvajes, y ellos cumplirían con su obligación, harían todo lo que pudiesen para guardarlos. Asimismo, vivirían estrictamente según las exhortaciones del Creador para aferrarse a su territorio, y seguir usando su naturaleza bestial para mantener el equilibrio de todas las cosas establecidas por el Creador, ¡y mostrar Su autoridad y Su poder!

Bajo la autoridad del Creador, todas las cosas son perfectas

Todas las cosas creadas por Dios, las que podían moverse y las que no, las aves y los peces, los árboles y las flores, el ganado, los insectos y los animales salvajes creados el sexto día, todas estaban bien para Dios; además, a Sus ojos y según Su plan, todas estas cosas habían alcanzado el apogeo de la perfección y los estándares que Él deseaba lograr. Paso a paso, el Creador hizo la obra que pretendía hacer de acuerdo con Su plan. Una tras otra aparecieron las cosas que Él pretendía crear, y la aparición de cada una de ellas fue un reflejo de la autoridad del Creador, y la cristalización de Su autoridad. Debido a estas materializaciones, ninguna de las criaturas podía evitar estar agradecida por la gracia y la provisión del Creador. Cuando los hechos milagrosos de Dios se manifestaron, este mundo creció poco a poco, con todas las cosas que Él creó, y pasó del caos y de las tinieblas a la claridad y la luminosidad, de la quietud sepulcral a la vivacidad y la vitalidad sin límites. Entre todas las cosas de la creación, desde las grandes a las pequeñas, y desde estas a las microscópicas, no había ni siquiera una que no hubiese sido creada por la autoridad y el poder del Creador, y existía una necesidad y un valor únicos e inherentes a la existencia de cada criatura. Independientemente de las diferencias de forma y estructura, sólo tenía que hacerlas el Creador para que existieran bajo Su autoridad. En ocasiones, las personas verán un insecto, uno muy feo, y dirán: “Ese insecto es tan horrible; es imposible que Dios haya podido hacer algo tan feo; no puede haber creado algo tan desagradable”. ¡Qué punto de vista más necio! Lo que deberían decir es: “Aunque este insecto sea tan feo, lo hizo Dios y, por tanto, debe tener su propósito propio y único”. En Sus pensamientos, Dios pretendió dar a las diversas cosas vivientes que creó todas y cada una de las apariencias, todos los tipos de funciones y usos; por tanto, ninguna de ellas fue cortada por el mismo patrón. Desde su composición externa a la interna, desde sus hábitos de vida a la ubicación que ocupan, cada una es diferente. Las vacas tienen aspecto de vacas, los burros la apariencia de los burros, los ciervos el de los ciervos y los elefantes el de los elefantes. ¿Puedes decir cuál es el más bonito, y cuál el más feo? ¿Puedes decir cuál es el más útil, y la existencia de cuál es la menos necesaria? A algunas personas les gusta la apariencia de los elefantes, pero nadie los utiliza para plantar campos; a algunas personas les gusta el aspecto de los leones y los tigres, porque su apariencia es la más impresionante de todas, ¿pero puedes tenerlos como mascotas? En resumen, cuando se trata de todas las cosas, el hombre debería deferir a la autoridad del Creador, es decir, adherirse al orden escogido por Él Creador para todas las cosas; es la actitud más sabia. Solo una disposición de búsqueda de los propósitos originales del Creador, y la obediencia a ellos es la verdadera aceptación y la certeza de Su autoridad. Si para Dios está bien ¿qué razón tiene el hombre para encontrar fallos?

Así, bajo la autoridad del Creador, todas las cosas interpretarán una nueva sinfonía por Su soberanía; iniciarán un brillante preludio por Su obra del nuevo día, ¡y en ese momento, Él también abrirá una nueva página en la obra de Su gestión! Según la ley de los brotes de primavera, la maduración del verano, la cosecha del otoño, y el almacenamiento del invierno asignados por el Creador, todas las cosas harán eco de Su plan de gestión, y darán la bienvenida a su propio nuevo día, nuevo comienzo, y nueva trayectoria vital; y pronto se reproducirán en una sucesión infinita a fin de recibir cada nuevo día bajo la soberanía de la autoridad del Creador…

Ninguno de los seres creados y no creados puede reemplazar la identidad del Creador

Desde que comenzó la creación de todas las cosas, el poder de Dios empezó a expresarse y a revelarse, porque Él usó las palabras para crearlas. Independientemente de cómo y por qué las creó, todas las cosas nacieron, permanecieron y existieron gracias a Sus palabras, y esta es la autoridad única del Creador. En el tiempo anterior a la aparición de la humanidad en el mundo, Él utilizó Su poder y autoridad para crear todas las cosas para ella, y empleó Sus métodos únicos para prepararle un entorno de vida adecuado. Todo lo que hizo fue en preparación para la humanidad, que pronto recibiría Su aliento. Es decir, en el tiempo anterior a la creación del hombre, la autoridad de Dios se mostró en todas las criaturas diferentes de la humanidad, en cosas tan grandes como los cielos, las luminarias, los mares y la tierra, y en aquellas tan pequeñas como los animales y las aves, todas las clases de insectos y microorganismos, incluidas diversas bacterias invisibles a simple vista. Cada uno recibió vida, proliferó, y vivió por las palabras del Creador y bajo Su soberanía. Aunque no recibieron Su aliento, seguían mostrando la vida y la vitalidad que Él les concedió a través de sus diferentes formas y estructuras; aunque Él no les otorgó la capacidad de hablar que le dio a la humanidad, cada uno recibió de Él una forma de expresar su vida que difería del lenguaje del hombre. La autoridad del Creador no solo proporciona la vitalidad de la vida a objetos materiales aparentemente estáticos, para que nunca desaparezcan, sino que, además, le da a todo ser viviente el instinto de reproducirse y multiplicarse para que nunca se extinga y que, generación tras generación, transmita las leyes y los principios de supervivencia que el Creador les ha otorgado. La forma en que el Creador ejerce Su autoridad no se adhiere con rigidez a un macropunto o micropunto de vista ni se limita a forma alguna; Él es capaz de ordenar las operaciones del universo, y tener soberanía sobre la vida y la muerte de todas las cosas; además, es capaz de manejar todas las cosas para que le sirvan; puede gestionar todo el funcionamiento de las montañas, los ríos, y los lagos, y gobernarlo todo dentro de ellos. Y, lo que es más, es capaz de proveer lo necesario para todas las cosas. Esta es la manifestación de la autoridad única del Creador entre todas las cosas aparte de la humanidad. Semejante manifestación no es para una vida solamente; nunca cesará ni descansará; nadie ni nada puede alterarla ni dañarla, añadirle ni deducirle, porque nadie puede reemplazar la identidad del Creador. Por tanto, ningún ser creado puede reemplazar Su autoridad, que es inalcanzable para todo ser no creado. Tomemos, por ejemplo, a los mensajeros y los ángeles de Dios. No poseen Su poder, y mucho menos la autoridad del Creador, y la razón es que no tienen Su esencia. Aunque los seres no creados, como los mensajeros y los ángeles de Dios, pueden hacer algunas cosas en Su nombre, no pueden representarle. Aunque poseen algún poder que el hombre no tiene, no ostentan la autoridad de Dios, no cuentan con Su autoridad para crear todas las cosas, mandar y ser soberanos sobre ellas. Por tanto, la unicidad de Dios no puede ser reemplazada por ningún ser no creado, y, de forma parecida, Su autoridad y Su poder no pueden ser sustituidos por ningún ser no creado. ¿Has leído en la Biblia sobre algún mensajero de Dios que creara todas las cosas? ¿Y por qué no envió Dios a cualquiera de Sus mensajeros o ángeles a crearlas? Porque ellos no poseían Su autoridad y, por lo tanto, no tenían la capacidad de ejercerla. Como todas las criaturas, ellos están bajo la soberanía y la autoridad del Creador; por tanto, y del mismo modo, el Creador es también su Dios y su Soberano. Entre todos y cada uno de ellos —nobles o modestos, de mayor o menor poder— no hay uno que pueda superar la autoridad del Creador. Por consiguiente, entre ellos no hay ni uno que pueda reemplazar Su identidad. Nunca se les llamará Dios ni serán capaces de ser el Creador. ¡Estas son verdades y realidades inmutables!

A través de la enseñanza anterior, podemos afirmar lo siguiente: ¿solo el Creador y Gobernador de todas las cosas, aquel que posee la autoridad y el poder únicos puede denominarse el único Dios mismo? En este punto, vosotros podéis sentir que esta pregunta es demasiado profunda. Por el momento sois incapaces de entenderla, y no podéis percibir la esencia que contiene; por ello, ahora sentís que es difícil de responder. En ese caso, proseguiré con Mi enseñanza. A continuación os permitiré contemplar los hechos reales de muchos aspectos de la autoridad y el poder que solo Dios posee y, así, que entendáis, apreciéis y conozcáis verdaderamente Su unicidad, y lo que se entiende por Su autoridad única.