Dios mismo, el único III

La autoridad de Dios (II) Parte 1

Hoy continuaremos con nuestra enseñanza sobre el tema de “Dios mismo, el único”. Ya hemos tenido dos enseñanzas sobre este tema, la primera de ellas concerniente a la autoridad de Dios, y la segunda referente a Su carácter justo. Tras escucharlas, ¿habéis obtenido un nuevo entendimiento de la identidad, el estatus y la esencia de Dios? ¿Os han ayudado estas perspectivas a conseguir un conocimiento más sustancial y una certeza de la verdad de la existencia de Dios? Mi plan hoy consiste en desarrollar el tema de la “autoridad de Dios”.

Entender la autoridad de Dios desde las perspectivas macro y micro

La autoridad de Dios es única. Es la expresión característica y la esencia especial de la identidad de Dios mismo. Ningún ser creado o no creado posee dicha expresión característica ni dicha esencia especial; sólo el Creador tiene esta clase de autoridad. Es decir, sólo el Creador —Dios, el único— se expresa de esta forma y tiene esta esencia. ¿Por qué hablar de la autoridad de Dios? ¿En qué difiere la autoridad de Dios mismo de la autoridad existente en la mente del hombre? ¿Qué difiere de especial? ¿Por qué es particularmente importante hablar aquí de ella? Cada uno de vosotros debe considerar detenidamente este asunto. Para la mayoría de las personas, la “autoridad de Dios” es una idea vaga que cuesta entender con claridad, y todo debate al respecto acaba, probablemente, siendo confuso. Así pues, habrá invariablemente una brecha entre el conocimiento de la autoridad de Dios que el hombre es capaz de poseer, y la esencia de la misma. Para cerrar esta brecha, uno debe llegar a conocer gradualmente la autoridad de Dios por medio de personas, acontecimientos, cosas o fenómenos de la vida real dentro del alcance humano, que los hombres son capaces de entender. Aunque la expresión “la autoridad de Dios” pueda parecer insondable, la autoridad de Dios no es en absoluto abstracta. Él está presente con el hombre cada minuto de su vida, dirigiéndolo a través de cada día. Así, en la vida cotidiana de cada persona, el hombre verá y experimentará necesariamente el aspecto más tangible de la autoridad de Dios. Esta tangibilidad es prueba suficiente de que la misma existe de verdad y permite por completo que uno reconozca y comprenda la realidad de que Dios posee esta autoridad.

Dios lo creó todo, y por haberlo hecho, tiene dominio sobre todas las cosas. Además de tener dominio sobre todas las cosas, Él está en control de todo. ¿Qué significa esto, la idea de que “Dios está en control de todo”? ¿Cómo puede explicarse? ¿Cómo se aplica a la vida real? ¿Cómo se puede llegar a conocer la autoridad de Dios mediante la comprensión de que “Dios está en control de todo”? En esta expresión deberíamos ver que lo que Dios controla no es una parte de los planetas, o de la creación, y mucho menos de la humanidad, sino todo: desde las perspectivas macro y micro, desde lo visible a lo invisible, desde las estrellas en el universo a las cosas vivientes en la tierra, así como los microorganismos que no pueden verse a simple vista o los seres que existen de otras formas. Esta es la definición precisa del “todo” de lo que Dios “está en control”, y es el ámbito sobre el que Él ejerce Su autoridad, el alcance de Su soberanía y gobierno.

Antes de que esta humanidad naciese, el cosmos —todos los planetas, todas las estrellas en los cielos— ya existía. En el macronivel, estos cuerpos celestiales han estado orbitando regularmente, bajo el control de Dios, durante toda su existencia, por muchos años que hayan sido. Qué planeta va a qué lugar, en qué momento particular; qué planeta realiza qué tarea, y cuándo; qué planeta gira por qué órbita, y cuándo desaparece o es reemplazado; todas estas cosas tienen lugar sin el más mínimo error. Las posiciones de los planetas y las distancias entre ellos siguen todas patrones estrictos, que pueden describirse con datos precisos; los caminos por los que viajan, la velocidad y los patrones de sus órbitas, los tiempos que permanecen en las diversas posiciones, pueden cuantificarse con precisión y describirse por medio de leyes específicas. Durante eones, los planetas han seguido estas leyes sin desviarse lo más mínimo. Ningún poder puede cambiar, o interrumpir, sus órbitas o los patrones que siguen. Debido a que las leyes especiales que gobiernan su movimiento y los datos precisos que los describen están predestinados por la autoridad del Creador, estos obedecen estas leyes por sí mismos, bajo Su soberanía y Su control. En el macronivel no le resulta difícil al hombre encontrar algunos patrones, algunos datos y algunas leyes o fenómenos extraños e inexplicables. Aunque la humanidad no admite que Dios exista ni acepta que el Creador hiciera y domine todas las cosas, además de no reconocer la existencia de Su autoridad, los científicos, astrónomos y físicos humanos están viendo cada vez más que la existencia de todas las cosas en el universo, los principios y patrones que dictan sus movimientos, están todos gobernados y controlados por una inmensa e invisible energía oscura. Esto obliga al hombre a afrontar y reconocer que existe un Todopoderoso en medio de estos patrones de movimiento, que lo orquesta todo. Su poder es extraordinario y, aunque nadie puede ver Su verdadero rostro, Él lo gobierna y lo controla todo en todo momento. Ningún hombre o fuerza puede ir más allá de Su soberanía. Frente a esta realidad, el hombre debe reconocer que las leyes que gobiernan la existencia de todas las cosas no pueden ser controladas por los humanos, nadie puede cambiarlas; al mismo tiempo, el hombre debe admitir que los seres humanos no pueden entender del todo estas leyes, que no ocurren de manera natural, sino que son dictadas por un Señor y Amo. Todas estas son expresiones de la autoridad de Dios que la humanidad puede percibir en un macronivel.

En el micronivel, todas las montañas, lagos, mares y masas continentales que el hombre observa sobre la tierra, todas las estaciones que experimenta, todas las cosas que habitan la tierra, incluidas plantas, animales, microorganismos y seres humanos, están sujetos a la soberanía de Dios y son controlados por Él. Bajo la soberanía y el control de Dios, todas las cosas nacen o desaparecen de acuerdo con Sus pensamientos, sus vidas están gobernadas por ciertas leyes, crecen y se multiplican según ellas. Ningún ser humano o cosa está por encima de estas. ¿Por qué ocurre esto? La única respuesta es: por la autoridad de Dios. O, dicho de otro modo, por Sus pensamientos y palabras; porque Dios mismo lo hace todo. Es decir, son la autoridad y la mente de Dios las que dan lugar a estas leyes; cambiarán y se transformarán de acuerdo con Sus pensamientos, y estos cambios y transformaciones ocurren o desaparecen por causa de Su plan. Por ejemplo, consideremos las epidemias. Se producen sin avisar, nadie conoce su origen ni las razones exactas por las que ocurren, y siempre que una epidemia alcanza un lugar, los que están condenados no pueden escapar a la calamidad. La ciencia humana entiende que las epidemias son causadas por la propagación de microbios violentos y dañinos, y no puede predecir ni controlar su velocidad, alcance ni método de transmisión. Aunque la humanidad las resiste con todos los medios posibles, no puede controlar qué personas o animales se ven inevitablemente afectados cuando brotan. Lo único que los seres humanos pueden hacer es intentar prevenirlas, resistirlas e investigarlas. Pero nadie conoce las causas principales que explican el comienzo o el final de ninguna epidemia particular, y nadie las puede controlar. Frente al brote y a la propagación de una epidemia, la primera medida que toman los seres humanos es desarrollar una vacuna; sin embargo, con frecuencia la epidemia se extingue por sí sola antes de que la vacuna esté lista. ¿Por qué desaparecen las epidemias? Algunos dicen que se han controlado los gérmenes, otros dicen que mueren por los cambios estacionales… En cuanto a si estas especulaciones descabelladas se sostienen, la ciencia no puede ofrecer explicación ni dar una respuesta precisa. El hombre no sólo se enfrenta a estas especulaciones, sino a la falta de entendimiento de las epidemias y al miedo a las mismas por parte de la humanidad. Nadie sabe, en el análisis final, por qué empiezan o terminan. La humanidad nunca hallará respuesta, porque sólo tiene fe en la ciencia y se basa por completo en ella, sin reconocer la autoridad del Creador ni aceptar Su soberanía.

Bajo la soberanía de Dios, todas las cosas existen y perecen debido a Su autoridad, a Su gestión. Algunas cosas vienen y van silenciosamente, y el hombre no puede decir de dónde vinieron ni comprender las reglas que siguen, y mucho menos entender las razones por las que vienen y van. Aunque el hombre puede presenciar, oír o experimentar todo lo que acaba pasando entre todas las cosas; aunque todas repercuten en el hombre, y aunque el hombre comprende subconscientemente la excepcionalidad, la regularidad, o incluso la extrañeza de los diversos fenómenos, este sigue sin saber nada respecto a la voluntad del Creador y Su mente, que subyacen a todas esas cosas. Detrás de estas hay muchas historias, muchas verdades ocultas. Al haberse alejado el hombre del Creador, al no aceptar que Su autoridad gobierna todas las cosas, nunca conocerá ni comprenderá todo lo que ocurre bajo Su soberanía. En su mayor parte, el control y la soberanía de Dios exceden los límites de la imaginación humana, del conocimiento humano, del entendimiento humano, de lo que la ciencia humana puede lograr; las capacidades de la humanidad creada no pueden rivalizar con ellos. Algunas personas dicen: “Si no has presenciado por ti mismo la soberanía de Dios, ¿cómo puedes creer que todo está sujeto a Su autoridad?”. Ver no siempre implica creer, ver no siempre implica reconocer y entender. ¿Entonces, de dónde viene la creencia? Puedo afirmar con seguridad que “La creencia viene del grado y de la profundidad de la comprensión y la experiencia de la realidad y las causas fundamentales de las cosas por parte de las personas”. Si crees que Dios existe, pero no puedes reconocer y mucho menos percibir la realidad del control y de la soberanía de Dios sobre todas las cosas, nunca admitirás en tu corazón que Él tiene este tipo de autoridad y que esta es única. Nunca aceptarás realmente que el Creador es tu Señor, tu Dios.

El destino de la humanidad y el destino del universo son inseparables de la soberanía del Creador

Vosotros sois todos adultos. Algunos de vosotros sois de mediana edad; otros habéis entrado en la vejez. De ser incrédulos a ser creyentes, y desde el principio de creer en Dios hasta llegar a aceptar la palabra de Dios y experimentar Su obra, ¿cuánto conocimiento teníais de Su soberanía? ¿Qué perspectivas del destino humano obtuvisteis? ¿Puede uno conseguir todo lo que desea en la vida? ¿Cuántas cosas habéis sido capaces de cumplir como deseabais en las pocas décadas de vuestra existencia? ¿Cuántas cosas no ocurren como se espera? ¿Cuántas vienen como sorpresas agradables? ¿Cuántas siguen esperando las personas que den fruto, aguardando inconscientemente el momento correcto, y la voluntad del cielo? ¿Cuántas cosas hacen que las personas se sientan desamparadas y frustradas? Todo el mundo está lleno de esperanzas respecto a su destino, y espera que todo en su vida vaya como desea, no tener escasez de alimentos o ropa, que su fortuna aumente de forma espectacular. Nadie quiere una vida pobre y oprimida, llena de dificultades, sitiada por las calamidades. Pero las personas no pueden prever ni controlar estas cosas. Quizás, para algunos, el pasado no es más que un revoltijo de experiencias; nunca saben cuál es la voluntad del cielo ni se preocupan de ella. Viven su vida sin pensar, como los animales, día a día y sin preocuparse de cuál es el destino de la humanidad, de por qué están vivos los seres humanos ni de cómo deberían vivir. Estas personas alcanzan la vejez sin haber obtenido un entendimiento del destino humano, y hasta el momento de su muerte no tienen ni idea de en qué consiste la vida. Estas personas están muertas; son seres sin espíritu; son bestias. Aunque viven entre todas las cosas, hallan su disfrute en las muchas formas en las que el mundo satisface sus necesidades materiales; aunque ven que este mundo material avanza constantemente, su propia experiencia —lo que sus corazones y espíritus sienten y experimentan— no tiene nada que ver con las cosas materiales, y nada de esto la sustituye. Es un reconocimiento en lo profundo del corazón, algo que no se puede ver a simple vista. Este reconocimiento se encuentra en el entendimiento y el sentimiento propios de la vida y del destino humanos. A menudo lleva a la comprensión de que un Amo invisible está organizando todas las cosas, y que está orquestándolo todo para el hombre. En medio de todo esto, uno no puede sino aceptar las disposiciones y orquestaciones del destino y, al mismo tiempo, admitir el camino que el Creador ha puesto por delante, Su soberanía sobre el destino propio de uno. Este es un hecho indiscutible. No importa qué profundo conocimiento y actitud se tenga sobre el destino, nadie puede cambiar este hecho.

Dónde irás cada día, qué harás, con quién o con qué te encontrarás, qué dirás, que te ocurrirá… ¿puede predecirse algo de esto? Se puede decir que las personas no pueden prever todos estos sucesos y mucho menos controlar su desarrollo. En la vida, estos acontecimientos imprevisibles ocurren todo el tiempo, y son un hecho cotidiano. Estas vicisitudes cotidianas y su forma de desarrollarse, o los patrones por los cuales evolucionan, son recordatorios constantes para la humanidad de que nada ocurre aleatoriamente, de que la voluntad humana no puede cambiar las ramificaciones de estas cosas ni su inevitabilidad. Todo acontecimiento transmite una amonestación del Creador a la humanidad, y también envía el mensaje de que los seres humanos no pueden controlar sus propios destinos; al mismo tiempo, cada suceso es una refutación de la ambición y el deseo descabellados y fútiles de la humanidad de tomar su destino en sus propias manos. Son como fuertes bofetadas cerca de los oídos de la humanidad, una tras otra, que obligan a las personas a reconsiderar quién gobierna y controla su destino al final. Y, como sus ambiciones y deseos son frustrados y destrozados repetidamente, los seres humanos llegan, de forma natural, a una aceptación inconsciente de lo que el destino les tiene preparado, de la realidad, de la voluntad del cielo y de la soberanía del Creador. Desde estas vicisitudes diarias a los destinos de vidas humanas completas, no hay nada que no revele los planes del Creador y Su soberanía; no hay nada que no envíe el mensaje de que “la autoridad del Creador no puede ser superada”, que no transmita la verdad eterna de que “la autoridad del Creador es suprema”.

Los destinos de la humanidad y del universo están íntimamente entretejidos con la soberanía de Dios, inseparablemente vinculados con las orquestaciones del Creador; al final, no pueden desenredarse de Su autoridad. A través de las leyes de todas las cosas el hombre llega a comprender la orquestación del Creador y Su soberanía; a través de las normas de supervivencia percibe Su gobierno; a partir de los destinos de todas las cosas saca conclusiones sobre las formas en las que Él ejerce Su soberanía y Su control sobre ellas; y en los ciclos de vida de los seres humanos y de todas las cosas el hombre experimenta realmente las orquestaciones y disposiciones del Creador para todas las cosas y seres vivos, y presencia realmente cómo las mismas sobrepasan a todas las leyes, reglas, e instituciones terrenales, y a todos los demás poderes y fuerzas. A la luz de esto, la humanidad se ve empujada a reconocer que ningún ser creado puede violar la soberanía del Creador, que ninguna fuerza puede meterse en medio de los acontecimientos y las cosas predestinados por Él ni alterarlos. Bajo estas leyes y normas divinas, los seres humanos y todas las cosas viven y se propagan, generación tras generación. ¿No es esta la verdadera materialización de la autoridad del Creador? Aunque en las leyes objetivas el hombre ve Su soberanía y Su ordenación de todos los acontecimientos y cosas, ¿cuántas personas son capaces de comprender el principio de la soberanía del Creador sobre el universo? ¿Cuántas personas pueden saber, reconocer, aceptar, y someterse realmente a la soberanía y la organización de su propio destino por parte del Creador? ¿Quién, habiendo creído la realidad de la soberanía de Dios sobre todas las cosas, creerá y reconocerá realmente que el Creador también dicta el destino de una vida humana? ¿Quién puede comprender realmente el hecho de que el destino del hombre reposa en la palma del Creador? La clase de actitud que debe adoptar la humanidad respecto a Su soberanía, cuando se enfrenta al hecho de que Él gobierna y controla el destino de la humanidad, es una decisión que debe tomar por sí mismo todo ser humano que se enfrente a esta realidad.