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Las bendiciones de la enfermedad: un ensayo acerca del amor de Dios

Dujuan (Japón)

Nací en una aldea rural, en el seno de una familia pobre. Desde pequeña tuve una vida dura y los demás me despreciaban. A veces ni siquiera sabía si tomaría la próxima comida, y ni mucho menos tenía golosinas ni juguetes. Como mi familia era pobre, de pequeña me ponía la ropa que había utilizado mi hermana mayor. Su ropa solía quedarme demasiado grande. Por ello, cuando iba a la escuela los demás niños se reían de mí y no jugaban conmigo. Mi infancia fue muy amarga. A partir de entonces solía decirme a mí misma en secreto: cuando me haga mayor seré alguien y ganaré mucho dinero. No permitiré que los demás me vuelvan a despreciar. Como mi familia no tenía dinero me vi obligada a dejar los estudios en mitad de secundaria. Me fui a la capital de la comarca a trabajar en una fábrica de medicamentos. Para ganar más dinero solía trabajar hasta las 9 o 10 de la noche. Sin embargo, el dinero que ganaba no era suficiente para alcanzar mis objetivos. Después, cuando me enteré de que mi hermana podía ganar en cinco días vendiendo verduras lo que yo ganaba en un mes, dejé el trabajo en la fábrica de medicamentos y me fui a vender verduras. Después de un tiempo me di cuenta de que podía ganar aún más dinero vendiendo fruta, así que decidí abrir un negocio de venta de fruta. Tras casarme con mi marido abrimos un restaurante. Pensaba que ahora que tenía un restaurante podría ganar incluso más dinero. Naturalmente, en cuanto pudiera obtener unos ingresos considerables, conseguiría la admiración y el respeto de los demás. Otras personas empezarían a admirarme y, a su vez, yo podría llevar una vida mejor. Sin embargo, tras llevar el negocio durante un tiempo descubrí que, en realidad, no ganaba mucho dinero. Empecé a ponerme nerviosa. ¿Cuándo iba a poder llevar una vida que admiraran los demás?

En 2008, por casualidad, le oí decir a un amigo que trabajar un día en Japón equivalía a trabajar diez días en China. Me puse muy contenta cuando me enteré de esto. Me parecía que por fin había encontrado una gran oportunidad de ganar dinero. Pensé que debía asegurarme el máximo beneficio sacrificando lo mínimo. Tan sólo tenía que ir a trabajar a Japón y podría recuperar los gastos. A fin de cumplir nuestros sueños, a mi marido y a mí no nos importaba a cuánto ascendiera la tarifa del agente. Decidimos irnos a Japón inmediatamente. Tras llegar a Japón pudimos encontrar empleo muy rápido. Mi marido y yo trabajábamos 13 o 14 horas al día. El estrés del trabajo era bastante considerable. Estaba completamente agotada todo el día. Después del trabajo lo único que quería hacer era acostarme y descansar. Ni siquiera quería comer. Me resultaba difícil soportar un modo de vida tan acelerado. Sin embargo, me animaba en cuanto pensaba en el dinero que tendría tras unos años de esfuerzo: aunque ahora mismo esto es difícil y agotador, luego mi vida será maravillosa. Debo continuar. Por eso, cada día me dejaba la piel, como si fuera una máquina de hacer dinero. En 2015 me desmayé por la pesada carga de trabajo. Fui al hospital a revisión y el médico me dijo que tenía una hernia discal que estaba presionando un nervio. Si seguía trabajando como lo hacía, acabaría encamada e incapaz de valerme sola. Esa noticia me golpeó como un trueno caído de un cielo despejado. Pronto me quedé sumamente débil. Mi vida acababa de empezar a mejorar y estaba cada vez más cerca de mi sueño. Nunca habría pensado que enfermaría. Me negaba a rendirme. Pensaba: “Aún soy joven. Sólo tengo que apretar los dientes y superar esto. Si no gano más dinero ahora, cuando me vaya a casa no tendré mucho dinero. ¿No sería eso aún más vergonzoso?”. Por lo tanto, apreté los dientes y arrastré mi débil cuerpo de vuelta al trabajo. Sin embargo, unos días después estaba tan enferma que literalmente no podía levantarme.

Me sentía muy desgraciada tumbada en una cama de hospital sin nadie que me cuidara. ¿Cómo he acabado en esta situación? ¿Puede ser que de verdad no vaya a salir nunca de la cama? Realmente esperaba que alguien estuviera a mi lado. Desafortunadamente, mi marido estaba en el trabajo y mi hijo estaba en la escuela. A mi jefe y mis compañeros sólo les importaban los beneficios. Básicamente, yo no les importaba en absoluto. La sala estaba llena de todo tipo de enfermos. No pude evitar reflexionar: ¿Con qué propósito vive la gente? ¿Cómo se puede vivir con sentido? ¿Realmente puede el dinero comprar la felicidad? Reflexioné sobre lo que tenía después de treinta años de esfuerzo. Trabajé en una fábrica de medicamentos, vendí fruta, llevé un restaurante y vine a Japón a trabajar. Aunque había ganado algo de dinero todos estos años también soporté mucha tristeza. Había pensado que en cuanto llegara a Japón podría cumplir mis sueños muy rápidamente. Tras unos años en Japón, cuando regresara a China podría comenzar una nueva vida de rica y ser envidiada por otras personas. Sin embargo, ahora estaba encamada y me enfrentaba a la posibilidad de no volver a poder valerme sola y pasar amargamente la segunda mitad de mi vida en una silla de ruedas… Al pensar esto empecé a lamentar haber arriesgado incluso mi propia vida para ganar dinero y avanzar en la vida. Cuanto más pensaba en esto más lágrimas amargas me caían por la cara. Angustiada, no pude evitar gritar: ¡Dios! ¡Sálvame! ¿Por qué es tan cruel la vida?

Justo cuando estaba dolorida y desamparada, me llegó la salvación de Dios Todopoderoso y mi “enfermedad” se convirtió en mi “bendición”. ¡Qué gran coincidencia que conociera a tres hermanas de la Iglesia de Dios Todopoderoso! Desde que comunicaron conmigo entendí de dónde venía mi enfermedad y supe de dónde venía mi sufrimiento. Antes nunca había tenido fe, ahora yo era una persona cuya vida tenía sentido y sabía para quién debía vivir. La hermana me recitó un pasaje de las palabras de Dios Todopoderoso: “¿De dónde proceden el dolor del nacimiento, la muerte, la enfermedad y la vejez presentes a lo largo de la vida del hombre? ¿A causa de qué comenzaron las personas a tener estas cosas? ¿Tenía el hombre estas cosas cuando fue creado en el principio? No las tenía, ¿verdad? Entonces, ¿de dónde vinieron? Estas cosas llegaron después de la tentación de Satanás, después de que la carne del hombre se degenerara. El dolor de la carne, sus dificultades y su vacío, así como la extrema desdicha del mundo, se iniciaron cuando Satanás atormentó al hombre, después de haberlo corrompido. En ese momento, el hombre se volvió cada vez más degenerado, sus enfermedades se profundizaron, su sufrimiento fue cada vez más grave y el hombre sintió más y más el vacío, la tragedia y la incapacidad de seguir viviendo en el mundo. El hombre sintió cada vez menos esperanza para el mundo, y todas estas cosas surgieron después de que Satanás hubiera corrompido al hombre” (‘Lo que significa que Dios experimente el dolor del mundo’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Una de las hermanas me dijo que en el principio, cuando fue creado, el hombre no sufría dolor por el nacimiento, la muerte, la enfermedad o la vejez ni tenía ansiedad ni angustia. Por el contrario, llevaba una vida despreocupada en el jardín del Edén, disfrutando de todas las cosas buenas que Dios le había otorgado. Sin embargo, la humanidad traicionó a Dios y ya no le escuchó después de que Satanás la tentara y pervirtiera. Dios ya no cuidaba, protegía ni bendecía al hombre y este vivía bajo el dominio de Satanás. Vivía según las leyes de Satanás. Empezó a vivir por la fama, el estatus, el dinero. De este modo, los seres humanos conspirábamos unos contra otros. Nos peleábamos ferozmente. Nos engañábamos e incluso nos matábamos unos a otros. De esto provenían nuestras enfermedades, las dificultades de nuestra vida y el dolor y la tristeza de nuestros corazones. Este dolor y esta angustia hacen que todas y cada una de las personas sientan que la vida en la tierra es sumamente amarga, agotadora y difícil. Todas estas cosas surgieron después de que Satanás hubiera pervertido al hombre. Es Satanás el que nos hace daño. Tras escuchar lo que la hermana tenía que decirme, llegué a entender que en el principio vivíamos bajo las bendiciones de Dios. Nuestras vidas eran felices y no había enfermedad ni angustia. Después de que Satanás nos pervirtiera perdimos la protección de Dios y empezamos a enfermar y soportar todo tipo de sufrimiento. En ese momento, realmente me pareció que Satanás era muy despreciable. También comprendí que el dolor que había estado sufriendo todos estos años se derivaba de Satanás.

La hermana siguió comunicándome: “Dios no puede soportar ver que Satanás sigue pervirtiendo y haciendo daño a la humanidad. Incluso se encarnó de nuevo, vive entre los hombres y manifiesta la verdad para salvarnos de la perversión. Si escuchamos a Dios y entendemos la verdad de Su palabra, podremos distinguir y ver claramente todos los métodos y formas en que Satanás pervierte a la humanidad. Entenderemos la malvada esencia de Satanás y tendremos la fuerza para abandonarle, liberarnos de su daño, regresar ante Dios, recibir Su salvación y al final ser llevados por Él a un hermoso destino”. Cuando oí que Dios había venido personalmente a salvar a la humanidad me emocioné mucho. Como realmente no quería que Satanás siguiera haciéndome daño, les conté mi dolor y mi duda a las hermanas: “Es que no lo entiendo. ¿Por qué siento tanto dolor por buscar ser mejor que los demás? ¿Podría ser que esto también se deba a Satanás?”. La hermana me leyó más palabras de Dios: “Cualquier persona importante o famosa y, en realidad, todas las personas, todo lo que siguen en la vida sólo se relaciona con estas dos palabras: ‘fama’ y ‘ganancia’. ¿Acaso no es así? (Sí.) Las personas piensan que una vez han obtenido la fama y la ganancia, pueden sacar provecho de ellas para disfrutar de un alto estatus y de una gran riqueza, y disfrutar de la vida. Una vez tienen fama y ganancia, pueden sacar partido de ellas en su búsqueda del placer y su disfrute sin escrúpulos de la carne. De buena gana, aunque sin saberlo, las personas toman su cuerpo, su mente, todo lo que tienen, su futuro y su destino y se los entregan a Satanás para obtener la fama y la ganancia que desean. Los seres humanos hacen esto sin un momento siquiera de vacilación, ignorando siempre la necesidad de recuperarlo todo. ¿Pueden las personas seguir teniendo algún control sobre sí mismos una vez que pasan del lado de Satanás, de esta forma, y se vuelven leales a él? Desde luego que no. Están total y completamente controlados por Satanás. También son incapaces de liberarse a sí mismos de un modo completo y total del cenagal en el que se han hundido […]. De modo que Satanás usa fama y ganancia para controlar los pensamientos del hombre hasta que sólo puedan pensar en ellas. Por la fama y la ganancia luchan, sufren dificultades, soportan humillación, y sacrifican todo lo que tienen, y por obtener y mantener la fama y la ganancia harán cualquier juicio o decisión. De esta forma, Satanás ata al hombre con cadenas invisibles. Las personas las llevan en su cuerpo y no tienen la fuerza ni el valor de deshacerse de ellas. Por tanto, los seres humanos se mueven siempre hacia adelante con gran dificultad, cargando con esos grilletes sin saberlo” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne (Continuación)”). La revelación de la palabra de Dios me provocó un repentino momento de inspiración. Yo era un ejemplo clásico de alguien que había sido esclavizada por Satanás, alguien que se estaba destruyendo por buscar fama y ganancia. Me había perdido mientras aspiraba a ser mejor que nadie y ganar mucho dinero para ser envidiada. Básicamente me había convertido en una máquina de hacer dinero. Por la fama y la fortuna había llegado a sacrificar la salud. De hecho, era esclava de la fama y la ganancia. Guiada por la perspectiva errónea de ganar dinero y convertirme en objeto de envidias, me esforcé mucho para alcanzar mis objetivos hasta que mi cuerpo básicamente no pudo más. Estos deseos de fama y ganancia me causaron mucho sufrimiento físico y emocional. De no haber sido por la revelación de las palabras de Dios Todopoderoso nunca habría sabido que estaba buscando las cosas equivocadas. De hecho, esa era una de las formas que tenía Satanás de hacer daño al hombre.

Poco a poco, como esas hermanas venían con frecuencia a visitarme y comunicarme las palabras de Dios Todopoderoso, me fui convenciendo de Su obra. Al mismo tiempo empecé a distinguir mejor los métodos y las formas en que Satanás hace daño al hombre. Durante ese tiempo me di cuenta de la situación de una de mis compañeras. Ella y su marido habían venido a Japón a trabajar para ganar dinero. A pesar de que ambos habían ganado algo de dinero, su marido comenzó a tener problemas físicos. No tuvo más remedio que volver a casa a recibir tratamiento. El resultado fue que le encontraron un cáncer en fase avanzada. Cuando lo supieron ya no quisieron volver a Japón para ganar dinero. Toda la familia vivía con miedo y tristeza. Dios Todopoderoso dijo: “Las personas gastan su vida persiguiendo el dinero y la fama; se agarran a un clavo ardiendo, pensando que son sus únicos medios de subsistencia, como si teniéndolos pudiesen seguir viviendo, eximirse de la muerte. Pero sólo cuando están cerca de morir se dan cuenta de cuán lejos están estas cosas de ellas, cuán débiles son frente a la muerte, cuán fácilmente se hacen añicos, cuán solas y desamparadas están, sin ningún lugar adónde ir. Son conscientes de que la vida no puede comprarse con dinero o fama, que no importa cuán rica sea una persona, no importa cuán elevada sea su posición, todas las personas son igualmente pobres e intrascendentes frente a la muerte. Se dan cuenta de que el dinero no puede comprar la vida, que la fama no puede borrar la muerte, que ni el dinero ni la fama pueden alargar un solo minuto, un solo segundo, la vida de una persona” (‘Dios mismo, el único III’ en “La Palabra manifestada en carne (Continuación)”). La desgracia de mi compañera hizo que la vida me pareciera realmente más valiosa si cabe. Al mismo tiempo vi la forma en que Satanás usaba la “fama” y la “ganancia” para hacer daño en la vida de muchas personas. En ese mismo momento me sentí sumamente afortunada de poder recibir la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Si no leyera la palabra de Dios Todopoderoso, nunca habría podido entender la verdad de cómo Satanás le hace daño al hombre. Tarde o temprano, Satanás me habría devorado viva.

Después, las hermanas de la iglesia solían venir a casa a verme. Como no podía mover las caderas, las hermanas me ayudaban a darme masajes y me ponían ventosas. Una de las hermanas, que tenía formación médica, me dijo que si presionaba un punto de acupuntura específico se aliviaría mi patología. También tomaban la iniciativa y me ayudaban con las tareas domésticas. Me cuidaban como si fueran de mi familia. Como emigrante en un país extranjero no tenía amigos en el mundo. Ese día realmente me emocionó que estas hermanas me cuidaran mejor de lo que lo harían mis parientes. Les di las gracias una y otra vez. Pero las hermanas me dijeron: “Hace miles de años, Dios nos predestinó y eligió. Ahora ha dispuesto que nazcamos en los últimos días y aceptemos Su obra de los últimos días. Vamos juntas por este camino. Esta es la autoridad de Dios. En realidad, ya éramos una familia hace mucho tiempo, pero es que nos separaron y no nos hemos encontrado hasta ahora”. Cuando las hermanas dijeron esto ya no pude controlar mis emociones y las abracé llorando a lágrima viva. En ese momento sentí una cercanía con las hermanas que no puedo describir. Mi corazón estaba aún más agradecido a Dios Todopoderoso.

Me estaba recuperando poco a poco, inconscientemente. Tras experimentar el dolor y el tormento de esta situación de enfermedad, reflexioné sobre cómo me había controlado la errónea perspectiva vital de Satanás de “esforzarme por ser mejor que nadie”. Intentaba todo el tiempo destacar entre mis compañeros y llevar una vida de abundancia para que los demás me admiraran y envidiaran. Sin embargo, nunca pensé que lo que recibiría, por el contrario, sería dolor y tristeza. Ni siquiera logré un poco de paz y felicidad. He experimentado este proceso de dolor y ya no estoy dispuesta a luchar contra el destino ni a buscar fama ni ganancia. Esa no es la vida que quiero. Ya no soy una especie de máquina de hacer dinero a toda velocidad. Por el contrario, llevo una vida cotidiana normal. Aparte de ir a trabajar, habitualmente asisto a reuniones, leo la palabra de Dios y comparto mis experiencias y mi entendimiento con los hermanos y hermanas. También aprendo a cantar himnos de la palabra de Dios y vivo feliz. He adquirido una seguridad y una paz que nunca antes había experimentado mi corazón. Un día leí el siguiente pasaje de las palabras de Dios: “Cuando uno no tiene a Dios, cuando no puede verlo, cuando no puede reconocer claramente la soberanía de Dios, cada día carece de sentido, es vano, miserable. Allí donde uno esté, cualquiera que sea su trabajo, sus medios de vida y la persecución de sus objetivos no le traen otra cosa que una angustia infinita y un sufrimiento que no se pueden aliviar, de forma que uno no puede soportar mirar atrás. Sólo cuando uno acepta la soberanía del Creador, se somete a Sus orquestaciones y disposiciones, y busca la verdadera vida humana, se librará gradualmente de toda angustia y sufrimiento, se deshará de todo el vacío de la vida” (‘Dios mismo, el único III’ en “La Palabra manifestada en carne (Continuación)”). Por las palabras de Dios entendí que el significado de la existencia del hombre es vivir de acuerdo con las palabras de Dios y obedecer la autoridad y las disposiciones del Creador. Esta es una verdadera vida humana. Las cosas que el hombre puede conseguir en la vida no dependen de que se afane en andar con prisas ni en trabajar frenéticamente. Por el contrario, se fundamentan en la autoridad y la predestinación de Dios. Al mismo tiempo también comprendí que no importa cuánta riqueza se acumule, pues no son más que posesiones mundanas. No las trajiste al nacer ni puedes llevártelas al morir. Tras comprender eso estaba dispuesta a obedecer la autoridad y las disposiciones de Dios. Le había encomendado plenamente a Él la segunda mitad de mi vida. Ya no buscaba la admiración de los demás. Por el contrario, intentaba ser una persona obediente a Dios. Ahora trabajo de tres a cuatro horas al día. Mi jefe es japonés. Aunque no podamos comunicarnos con palabras, mi jefe se ocupa de mí. Cada vez que me pide que haga algo usa palabras sencillas para transmitirme el mensaje. Nunca me estresa. Ahora incluso me doy más cuenta de que mientras el hombre obedezca a Dios podrá llevar una vida relajada y feliz.

Cuando estoy sola suelo acordarme del proceso por el que llegué a Dios. De no haber sido por la enfermedad que me impidió buscar fama y ganancia todavía sería una máquina de hacer dinero en el mundo. Habría sido ajena a ello hasta que la destrucción de Satanás me hubiera matado. Satanás me hizo daño utilizando la fama, la ganancia y la enfermedad. Dios Todopoderoso se empeñó en utilizar mi enfermedad para llevarme ante Él. A través de Sus palabras vi claramente que Satanás es el responsable de la perversión del hombre. También vi claramente lo malvado y despreciable que era que Satanás usara la fama y la ganancia para devorar a la gente. Por fin estaba en condiciones de deshacerme de los grilletes de la fama y la ganancia y de fijarme una perspectiva vital adecuada. Mi espíritu estaba liberado. ¡Qué todopoderoso y sabio es Dios! Estoy agradecida porque Dios me ha amado y salvado. ¡Toda la gloria a Dios Todopoderoso!