Milagros de la vida

15 Sep 2020

Por Yang Li, China

Dios Todopoderoso dice: “La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder extraordinario, y Su fuerza de vida no puede ser aplastada por ningún ser creado ni fuerza enemiga. La fuerza de vida de Dios existe e irradia su reluciente resplandor, independientemente del tiempo o el lugar. El cielo y la tierra pueden sufrir grandes cambios, pero la vida de Dios es la misma para siempre. Todas las cosas pueden pasar, pero la vida de Dios todavía permanecerá porque Él es la fuente de la existencia de todas las cosas y la raíz de su existencia. La vida del hombre proviene de Dios, la existencia del cielo se debe a Dios, y la existencia de la tierra procede del poder de la vida de Dios. Ningún objeto que tenga vitalidad puede trascender la soberanía de Dios, y ninguna cosa que tenga vigor puede eludir el ámbito de Su autoridad. De esta manera, independientemente de quiénes sean, todos se deben someter al dominio de Dios, todos deben vivir bajo el mandato de Dios y nadie puede escapar de Sus manos” (“La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras de Dios son muy conmovedoras para mí. Cuando fui arrestada y brutalmente torturada por la policía del PCCh por difundir el evangelio, las palabras de Dios me guiaron para triunfar sobre los estragos de esos demonios y escapar de su guarida. Realmente experimenté la autoridad de las palabras de Dios y gané más fe para seguirlo.

Fue después de las 7 de la tarde del 23 de noviembre de 2005. Estaba en una reunión con dos hermanas cuando cinco oficiales irrumpieron de repente y nos rodearon. Destrozaron el lugar como una manada de bandidos y confiscaron nuestros bolsos y libros de las palabras de Dios, luego nos esposaron y nos llevaron a la comisaría. Estaba asustada. Le rogué a Dios una y otra vez, pidiéndole que nos protegiera. Pensé en estas palabras de Dios: “Sabes que todas las cosas del entorno que te rodea están ahí porque Yo lo permito, todo planeado por Mí. Ve con claridad y satisface Mi corazón en el entorno que te he dado. No temas, el Todopoderoso Dios de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe y fortaleza. Sabía que todo está en las manos de Dios Todopoderoso, así que con el respaldo de Dios, ¿qué tenía que temer? Esto me dio la confianza para mantenerme firme en el testimonio al confiar en Dios. La policía nos esposó a sillas metálicas después de llegar a la comisaría. Había una docena de oficiales que se turnaban en parejas para interrogarnos. Exigieron saber el nombre y la dirección del líder de la iglesia. Sin importar lo que preguntaran, no dije ni una palabra. Nos llevaron a las tres a un centro de detención la noche siguiente. Nevaba muy fuerte esa noche, pero se llevaron nuestros abrigos, solo nos dejaron usar una fina capa de ropa. Temblamos de frío todo el camino hasta allá.

Nos llevaron a una celda subterránea donde podía oír que golpeaban a los prisioneros y estos gritaban. Estaba muerta de miedo. Era como el infierno en la tierra. La policía nos metió en una celda y le dijo a los otros prisioneros que nos atormentaran, que nos dieran una “buena bienvenida”. Antes de que me diera cuenta, el prisionero principal me pateó al suelo, y luego siguió pateándome. Me dolió tanto que no pude dejar de rodar y de gritar. Luego nos arrancaron toda la ropa y nos arrastraron al baño para una ducha fría. El agua helada cayó sobre mí. Temblaba incontrolablemente y mis dientes castañeteaban. Era tan doloroso que parecía que estuvieran arrancándome la carne del cuerpo. Perdí el conocimiento y me desmayé en poco tiempo. Empezaron a golpearme de nuevo cuando recobré la conciencia, y me tiraron a un lado solo cuando se cansaron. Mi espíritu comenzó a debilitarse y me pregunté qué más me iban a hacer y si podría soportarlo. En mi dolor, Dios me dio esclarecimiento para pensar en este himno de Sus palabras: “Con toda seguridad, bajo la guía de Mi luz, os abriréis paso entre el dominio de las fuerzas de la oscuridad. En medio de la oscuridad, ciertamente no perderéis la luz que os guía. […] Con seguridad permaneceréis firmes e inquebrantables en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis Mis bendiciones, y, con seguridad, irradiaréis Mi gloria por todo el universo” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Me canté este himno en silencio una y otra vez, sintiéndome cada vez más animada. Satanás podía dañarme, pero mientras recurriera a Dios con sinceridad y confiara en Él, Él me guiaría a la victoria sobre la tortura de los demonios y me mantendría firme. Ese fue el intento de Satanás de hacerme negar y traicionar a Dios. Sabía que no podía dejar que su estrategia tuviera éxito, sino que tenía que mantenerme firme en el testimonio de Dios y avergonzar a Satanás.

Después de 21 días allí, la policía me transfirió a la Oficina de Seguridad Pública del Municipio. Me pusieron en una silla de metal para interrogarme. Al ver que no quería hablar, esa noche me esposaron y me colgaron de la reja de la ventana, suspendida para que apenas pudiera alcanzar el suelo con los dedos de los pies. Uno de ellos dijo: “Tengo mucha paciencia. Te haré rogarme y ofrecerme el nombre del líder de tu iglesia”. Después de un rato las muñecas me dolían insoportablemente. Oré una y otra vez, pidiendo la guía de Dios para no doblegarme ante Satanás. Igual me mantuve callada, así que me llevaron a una sala de interrogatorios. En el momento en que entré vi todo tipo de instrumentos de tortura allí. Había una fila de porras de policía de todos los tamaños colgando de la pared y varillas de cuero, látigos y un banco de tortura contra la pared. Algunos policías usaban porras eléctricas y látigos con un hombre de unos 20 años. Su carne estaba lacerada por los golpes hasta el punto de ser prácticamente irreconocible. En ese momento, una mujer policía se acercó y me pateó con violencia sin decir una palabra, luego me agarró del pelo y me golpeó la cabeza contra la pared. Mi cabeza daba vueltas, y sentí que se me iba a partir en dos. Mientras continuaba golpeándome, dijo con maldad: “¡Si no nos dices lo que queremos saber, estás muerta!” Otros dos oficiales se unieron a las amenazas: “Vendrá gente de diferentes estaciones. Tenemos todo el tiempo del mundo. Un mes, dos meses... no nos importa cuánto tiempo. Te interrogaremos hasta que hables”. Escucharlos decir eso y considerar sus tácticas bárbaras contra mí y la forma en que habían estado torturando a ese hombre, me dejó aterrorizada. Mi corazón se aceleró. Tenía mucho miedo de no poder soportar la tortura que me esperaba. Le oré a Dios con urgencia. En ese momento, pensé en estas palabras de Él: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me ayudaron a darme cuenta de que Satanás explota nuestra debilidad de temerle a la muerte para que traicionemos a Dios. Mi vida está en manos de Dios, ¿cómo podría Satanás controlar si vivo o muero? ¡Tenía que ofrecer mi vida, mantenerme firme en el testimonio de Dios y avergonzar a Satanás! Este pensamiento me dio fe y fortaleza. Enfurecido por mi silencio, un oficial gritó: “Te mostraré cómo son las cosas. ¿Crees que no puedo manejarte?” Me colgaron en lo alto de la ventana con esas esposas otra vez y empezaron a pincharme con una porra eléctrica. Me recorrieron el cuerpo intensas olas de electricidad, que me hicieron convulsionar. Cuanto más luchaba, más apretadas estaban las esposas hasta que sentí que mis manos se iban a salir. Todo mi cuerpo estaba en agonía. Dos oficiales se turnaron para usar sus bastones conmigo. Comencé a tener espasmos y empecé a adormecerme por completo. Comencé a perder la conciencia y terminé desmayándome. En algún momento me despertó el frío, congelada por el viento helado que entraba. Empecé a perder la conciencia de nuevo, pero no tenía ninguna duda: no me podía derrumbar. Me mantendría firme en el testimonio incluso si significaba mi muerte. Pensé en cuando el Señor Jesús fue crucificado para redimir a la humanidad. Fue azotado hasta quedar en carne viva, luego lo clavaron en la cruz vivo y lo dejaron allí hasta que derramó Su última gota de sangre. Dios ha dado mucho para la salvación de la humanidad. Pensar en el amor de Dios realmente me conmovió. Dije esta oración: “¡Dios mío! Tú me has dado el aliento. Si quieres que muera, me someteré. Incluso si Satanás me persigue hasta la muerte, me mantendré firme en el testimonio de Ti y avergonzaré a Satanás!” Empecé a sentirme un poco más lúcida, y pensé en cómo los apóstoles como Pedro y Esteban habían sido martirizados. No podía dejar de cantar en silencio un himno que conocía bien: “Por disposición de Dios y por Sus arreglos, me enfrento con la adversidad y me someto a las pruebas. ¿Cómo puedo desanimarme, cómo puedo esconderme? La gloria de Dios es lo primero. En la adversidad, las palabras de Dios me guían y mi fe se perfecciona. A Dios le doy mi mayor devoción; no importa si muero, nada es superior a la voluntad de Dios. Sin atender al futuro, sin calcular ganancias o pérdidas, solo pido que Dios esté satisfecho. Doy un testimonio contundente y avergüenzo a Satanás, para la mayor gloria de Dios” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Cantar esto fue muy conmovedor y alentador para mí. Resolví que tenía que mantenerme firme en el testimonio de Dios por mucho que me torturaran.

A la mañana siguiente, un oficial dijo con tono amenazante: “Tienes mucha suerte de no haber muerto congelada anoche. Si no hablas hoy, ni siquiera tu Dios puede salvarte”. Al oír esto, pensé: “Dios creó y gobierna todas las cosas. Nuestro destino está en Sus manos. Tú no controlas mi vida, ¡eso depende de Dios!” Un oficial me pinchó con su bastón eléctrico otra vez y una fuerte corriente eléctrica me atravesó. Tenía un dolor increíble y no pude evitar revolcarme y gritar, pero todos se reían y decían muchas cosas blasfemas. Estaba indignada. ¡Eran en verdad una manada de demonios de Satanás que se resisten a Dios! Siguieron electrocutándome. Sentí que no podía aguantar mucho más y me sentía muy débil, así que supliqué la protección de Dios con todo mi ser. En ese momento, pensé en las palabras de Dios Todopoderoso: “La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder extraordinario, y Su fuerza de vida no puede ser aplastada por ningún ser creado ni fuerza enemiga. La fuerza de vida de Dios existe e irradia su reluciente resplandor, independientemente del tiempo o el lugar. El cielo y la tierra pueden sufrir grandes cambios, pero la vida de Dios es la misma para siempre. Todas las cosas pueden pasar, pero la vida de Dios todavía permanecerá porque Él es la fuente de la existencia de todas las cosas y la raíz de su existencia” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron un estallido de fortaleza. El Señor Jesús resucitó a Lázaro con una palabra y Lázaro salió caminando de su tumba. Si Dios no quería que muriera ese día, entonces Satanás no podría tocarme, sin importar lo salvaje que fuera. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que le trajera gloria a Dios, incluso si eso significaba mi muerte. Una vez que no pensé en mi propia vida o muerte, ocurrió un milagro. Sin importar cuánto me electrocutaran, no sentía ningún dolor o molestia en absoluto. También me sentí muy alerta. Sabía bien que este era el cuidado y protección de Dios. Personalmente experimenté la autoridad de las palabras de Dios y mi fe se reafirmó.

Esa noche la policía encontró una nueva forma de torturarme. Me esposaron frente a una ventana, y luego se turnaron para asegurarse de que no durmiera. Me golpeaban en cuanto cerraba los ojos. No había comido ni bebido nada durante dos días. Estaba totalmente agotada y tenía los ojos hinchados. El viento cortante que soplaba sobre mí me hacía temblar. Al ver a la policía sentada con las piernas cruzadas en sus abrigos acolchados, mirándome con fiereza, sentía que estaba viendo demonios del Hades. Estaba muy enojada. Dios creó al hombre, así que adorarlo es correcto y natural, pero el PCCh no lo permite. Se opone frenéticamente a Dios y persigue brutalmente a los creyentes de maneras despreciables. Recordé un pasaje de las palabras de Dios: “Durante miles de años, esta ha sido la tierra de la suciedad. Es insoportablemente sucia, la miseria abunda, los fantasmas campan a su antojo por todas partes; timan, engañan, y hacen acusaciones sin razón; son despiadados y crueles, pisotean esta ciudad fantasma y la dejan plagada de cadáveres; el hedor de la putrefacción cubre la tierra e impregna el aire; está fuertemente custodiada. ¿Quién puede ver el mundo más allá de los cielos? […] ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos legítimos y los intereses de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me ayudaron a ver aun más claramente la esencia malvada del PCCh de resistirse a Dios. Juré por mi propia vida que lo abandonaría. Por dentro, gritaba: “¡Malditos demonios! ¿Cómo se atreven a pensar que traicionaría a Dios?” En la quinta noche, mis manos estaban congestionadas de sangre, totalmente entumecidas y muy hinchadas. Era como si todo mi cuerpo se desmoronara. Sentía como si innumerables insectos estuvieran royendo mis entrañas. No hay forma de describir el dolor. Estaba hambrienta y sedienta después de días sin comida ni agua. Temblaba de frío y no tenía fuerzas. Sentía que no podía aguantar mucho más tiempo. Imaginé que moriría de hambre o de sed si eso continuaba. Le oré a Dios sin parar, pidiéndole que me diera fuerza para triunfar sobre la cruel tortura de Satanás. En ese momento, Dios me esclareció con Sus palabras: “La vida del hombre proviene de Dios, la existencia del cielo se debe a Dios, y la existencia de la tierra procede del poder de la vida de Dios. Ningún objeto que tenga vitalidad puede trascender la soberanía de Dios, y ninguna cosa que tenga vigor puede eludir el ámbito de Su autoridad” (“La Palabra manifestada en carne”). “Es verdad”, pensé. “Mi vida viene de Dios y solo Dios puede quitarme el aliento. Ninguna de las torturas de Satanás puede matarme”. Cuando se me ocurrió eso, sentí vergüenza de la poca fe y conocimiento de Dios que tenía. También entendí que Dios quería que aprendiera de ese duro entorno que: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Dije una plegaria en silencio: “Dios Todopoderoso, mi vida está en Tus manos. ¡Deseo someterme a Tus orquestaciones y disposiciones, ya sea que viva o muera!” Sentí que algunas fuerzas volvían después de mi oración, y no me sentía tan hambrienta ni sedienta. La policía regresó a las 8 de la noche. Al ver que todavía no hablaba, me golpearon hasta que se agotaron. Después de eso, me vigilaron más de cerca, trabajando por turnos, así que nunca estuve fuera de su vista. Si mis párpados empezaran a caer, me despertaban a golpes con una revista enrollada. Sabía que estaban tratando de quebrantar mi espíritu así que dejé escapar algo de la iglesia mientras estaba aturdida. Estaba totalmente agotada físicamente y en un estupor. No sabía cuánto tiempo más resistiría. Tenía mucho miedo de no poder soportar el dolor y traicionar a Dios a pesar de mí misma. Le oré en silencio a Dios: “Dios, no creo que pueda aguantar mucho más. Tengo miedo de traicionarte. Por favor, protégeme. Prefiero morir antes que ser un Judas”. Mi mente se estaba volviendo más borrosa. Ni siquiera sabía si estaba viva o muerta. En mi desorientación, sentía que mi cuerpo era más ligero y que las esposas se habían aflojado. Temprano en la mañana del sexto día, la policía me despertó a golpes y me gritó: “Nos estás molestando mucho. Todos estamos aquí contigo, sin siquiera dormir bien. ¡Si no abres la boca hoy, me aseguraré de que nunca más puedas! Te haré perder la cabeza. ¡Le diré a todos que creer en tu Dios te da convulsiones, así todos lo abandonarán!” ¡Estaba muy enojada al oír estas mentiras de un demonio tan siniestro y malvado! Inmediatamente trajeron un tazón lleno de un líquido negro y el corazón me saltó a la garganta. Querían darme una droga para volverme loca. Llamé frenéticamente a Dios, pidiendo Su protección. Pensé en estas palabras de Dios Todopoderoso en ese momento: “Sus actos son omnipresentes, Su poder es omnipresente, Su sabiduría es omnipresente y Su autoridad es omnipresente. […] Todas las cosas existen bajo Su mirada; es más, todas viven bajo Su soberanía” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios una vez más me llenaron de fe y fortaleza. Dios gobierna todas las cosas. Todo en el universo está en Sus manos. Satanás puede dañar nuestra carne, pero nunca puede gobernar nuestras vidas. Cuando Job fue probado, Satanás solo podía dañar su cuerpo. Dios no permitió que pusiera en peligro la vida de Job en absoluto. Satanás quería que tomara esa droga para que me convirtiera en una lunática, una idiota, para hacerme traicionar y rechazar a Dios, avergonzando Su nombre. Pero eso no podría suceder sin el permiso de Dios. Este pensamiento me calmó. Un oficial trastornado me agarró del mentón y vertió todo el tazón de esa poción amarga y agria en mi boca. Hizo efecto rápidamente. Sentí que mis órganos se exprimían y se desgarraban. Era increíblemente doloroso. Me resultaba difícil respirar y jadeaba para recuperar el aliento. No podía mover los ojos. Veía doble. Perdí el conocimiento justo después de eso. No sé cuánto tiempo pasó, pero oí débilmente a alguien decir: “Definitivamente va a perder la cabeza después de tomar eso”. Supe entonces que lo había logrado. Fue una feliz sorpresa para mí que no hubiera tenido convulsiones y que aún estuviera lúcida. Sin duda fue la omnipotencia y el prodigio de Dios. ¡Dios me salvó del peligro una vez más! Realmente sentí la fidelidad de Dios. Dios siempre está ahí para mí. En esa oscura guarida de los demonios, las palabras de Dios Todopoderoso me guiaron y me salvaron de la muerte una y otra vez. En silencio canté un himno de alabanza. Y estaba más decidida a mantenerme firme en el testimonio de Dios.

La policía me torturó durante seis días y noches. Estaba al borde del colapso sin comida ni agua. Me encerraron de nuevo en una celda, al ver que estaba a las puertas de la muerte. Unos días después intentaron sacarme información de la iglesia otra vez, pero me negué. Un oficial gritó con rabia: “¡Pero qué mujer difícil! Apenas he pegado un ojo en seis días, pero no me has dado nada”. Me enviaron de vuelta a la celda. Me emocionó ver que Satanás realmente había sido derrotado. Agradecí y alabé a Dios una y otra vez. Después de cuatro meses de detención, el Gobierno del PCCh me acusó de “usar una organización xie jiao para obstaculizar la aplicación de la ley” y me dieron una sentencia de 18 meses.

Me enviaron a una prisión de mujeres en marzo de 2006 para cumplir mi sentencia. Fue un infierno en la tierra para mí. Me sometieron a una tortura inhumana. Sobreviví a esos duros días en prisión y salí de ese infierno solo gracias al cuidado y la protección de Dios y a la guía de Sus palabras. Después de que fui brutalmente perseguida por el Gobierno del PCCh, realmente vi su esencia demoníaca de resistencia frenética a Dios. También experimenté la autoridad y el poder de las palabras de Dios. En mi dolor y debilidad, fueron las palabras de Dios las que me dieron fe y fortaleza y me guiaron para vencer el daño de esos demonios y mantenerme firme en el testimonio. He experimentado personalmente que Dios es el sustento de nuestras vidas, que Él siempre está ahí para ayudarnos, ¡y mi fe para seguir a Dios es más fuerte que nunca!

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