La trascendencia y grandeza de la fuerza vital de Dios

2 Ene 2020

Por Lin Ling, provincia de Shandong

Nací en el seno de una familia rural pobre y, como no teníamos poder ni estatus, la gente me menospreció desde pequeña y muchas veces sufrí acoso. Cada vez que esto sucedía, me sentía especialmente humillada y desgraciada y anhelaba el día en que un salvador viniera a cambiar mi destino. Después de casarme, como la vida era difícil y mi hijo se enfermaba con frecuencia, mis vecinos me hablaron sobre creer en Jesús. Cuando me enteré de que el Señor Jesús podía salvar a quienes padecían sufrimiento y dificultades, me conmoví mucho. Sentí que finalmente había encontrado a mi Salvador y, a partir de allí, empecé a creer en Jesús y a asistir a las reuniones con entusiasmo y escuchaba los sermones siempre que podía. Pero, más tarde, me di cuenta de que las iglesias estaban cada vez más vacías, y que los celos, las peleas y las intrigas entre los creyentes se tornaban cada vez más graves. Lo mismo sucedía en la sociedad en general. No pude evitar sentirme muy decepcionada; la fe que tenía al principio de a poco fue menguando y dejé de ir a las reuniones.

En el año 2000, una hermana me predicó el evangelio de Dios Todopoderoso de los últimos días. No hay palabras que puedan expresar la alegría que sentí en el corazón cuando supe que Dios Todopoderoso es el Señor Jesús retornado. Todos los días, siempre que tenía tiempo, sostenía la palabra de Dios en mi mano y la leía con la misma ansia con que come un hombre hambriento. La sinceridad de las palabras de Dios me reconfortó y me consoló. Sentí el cuidado, la misericordia y la salvación del Creador para conmigo, y mi espíritu sediento recibió riego y provisión. Después de eso, viví entre la gran familia de la Iglesia de Dios Todopoderoso, donde asistía a las reuniones y cumplía con mis deberes junto a mis hermanos y hermanas. Todos nos esforzábamos por buscar la verdad en medio del riego y la provisión de la palabra de Dios Todopoderoso. Entre mis hermanos y hermanas existía el amor y todos nos ayudábamos mutuamente. No había intrigas ni engaño, ni desdén por los pobres o amor por la riqueza; mucho menos existía el maltrato o la opresión. En la Iglesia de Dios Todopoderoso, gocé genuinamente de una felicidad y alegría que jamás había experimentado. Sin embargo, como creía en Dios Todopoderoso, fui detenida y torturada brutalmente por el Gobierno del PCCh y, luego, estuve en prisión durante un año. En esa oscura guarida del demonio, fue la palabra de Dios Todopoderoso la que me dio fe y fortaleza, y la que, paso a paso, me guio para vencer a Satanás y superar las limitaciones de la muerte.

La noche del 24 de agosto de 2009, recién me había ido a dormir, cuando, de repente, me despertaron unos golpes furiosos en la puerta. Antes de que pudiera reaccionar, 7 u 8 policías destrozaron la puerta e ingresaron. En cuanto entraron, gritaron: “¡No se mueva! ¡Salga de la cama y venga con nosotros!”. Antes de que tuviera tiempo de vestirme siquiera, oí el clic del obturador de una cámara cuando me tomaron una fotografía. Luego, la policía puso la casa de cabeza mientras la registraba, sin omitir ni un solo trozo de papel. Al poco rato, la casa quedó hecha un desastre, como si hubiera sido saqueada por ladrones. Estaba todo tirado en el piso y no había por dónde caminar. Más tarde, tres policías me llevaron por la fuerza a una camioneta que esperaba afuera.

Tras llevarme a la comisaría, me obligaron a pararme de cara a una pared. Un oficial de policía me interrogó con tono adusto, diciendo: “¡Dinos la verdad sobre tu fe en Dios Todopoderoso! ¿Qué función tienes en la Iglesia? ¿Quién es tu líder? ¿Dónde está? ¡Cuéntanos todo!” Sin miedo, respondí: “¡Yo no sé nada!”. Su frustración de inmediato se transformó en ira. Me patearon mientras me insultaban y me amenazaron de forma despiadada: “Si nos dices, te dejaremos ir, pero si no, ¡te mataremos a golpes!” Mientras hablaban, me sentaron a empujones en una silla de metal que tenía una barra de contención grande, la cual aseguraron. Al ver la manera en que estos policías malvados me detuvieron con semejante despliegue de fuerza, así como las expresiones diabólicas y las miradas con odio que me lanzaban, y cómo me trataban a mí, una mujer indefensa, como si hubiera cometido un crimen horrendo, no pude evitar sentir pánico y temor. Pensé: “¿Cómo planean torturarme? Si de verdad me torturan o me golpean, ¿qué voy a hacer?” No pude más que orar desesperadamente a Dios en mi corazón: “¡Dios Todopoderoso! Mi estatura es realmente muy pequeña y, rodeada por las fuerzas del mal de Satanás, me ha dado temor. Te ruego que me des fe y fortaleza. ¡Protégeme, para que no incline la cabeza ante Satanás y estos demonios, y para que pueda mantenerme firme y dar testimonio de Ti!”. En ese momento, recordé las palabras de Dios: “Deberías saber que todas las cosas del entorno que te rodea están ahí porque Yo lo permito, Yo lo dispongo todo. Ve con claridad y satisface Mi corazón en el entorno que te he dado. No temas, el Todopoderoso Dios de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Sí, todo lo que me pasó ese día fue con el permiso del trono de Dios, así que, aunque estaba atrapada en una guarida del demonio y enfrentaba una manada de demonios diabólicos y brutales, no estaba luchando sola: Dios Todopoderoso estaba conmigo. Podía confiar en Él y Él era mi fuerte apoyo, así pues ¿qué podía temer? Al pensar en estas cosas, ya no sentí miedo ni temor; tenía la fortaleza para luchar contra Satanás hasta el final, ¡y juré que me mantendría firme y daría testimonio de Dios aunque me costara la vida!

Después de eso, la policía comenzó a tratar de sacarme una confesión por medio de la tortura. La mañana del primer día, me esposaron, y cuando los policías me llevaron a hacerme una prueba de sangre, me arrastraron a la fuerza, lo que hizo que los bordes afilados de las esposas se me clavaran en la carne. Al poco tiempo, la piel alrededor de mis muñecas estaba perforada y el dolor era lacerante e intenso. Después de eso, me esposaron a un radiador y, como temían que me escapara, ajustaron tanto las esposas que las muñecas me quedaron completamente ensangrentadas. Estos oficiales de policía malvados me interrogaron una y otra vez, intentando, en vano, forzarme a divulgar información de la Iglesia, pero como siempre respondía que no sabía nada, se pusieron furiosos y perdieron los estribos. Uno de ellos se adelantó con rabia y me golpeó fuerte en la cara. Al instante vi estrellas, casi me desmayé, los dientes me castañeteaban e involuntariamente se me empezaron a salir las lágrimas. Cuando el oficial de policía vio que lloraba pero que, aun así, me negaba a hablar, hizo una mueca de rabia, cruelmente agarró varios mechones de mi cabello y los enroscó en su mano y, luego, me golpeó con fuerza la parte posterior de la cabeza contra la pared. Este golpe violento me aturdió y me hizo zumbar los oídos. Como no había saciado su rabia, me golpeó varias veces seguidas y gritó, enfadado: “¡Te voy a hacer llorar! ¡Esto te pasa por no hablar!” Mientras hablaba, me pisó el pie brutalmente con su zapato. Después de estar sometida a las salvajes palizas y torturas de estos demonios, estaba toda dolorida y caminaba con dificultad. Me quedé en el piso, sin moverme, como si estuviera a punto de morir. Al verme en ese estado, los policías me lanzaron una serie de insultos y se fueron, dando un portazo al salir. Por la tarde, me sometieron a más de las mismas palizas salvajes mientras intentaban obligarme a divulgar información de la Iglesia. Tras varias rondas, me sentí mareada y con náuseas, y el cuerpo me dolía tanto que parecía que se me iba a romper. Sentía que podía morir en cualquier momento. Pero esos policías malvados no cesaron de interrogarme en lo más mínimo. Con una evidente falta de humanidad, usaron un encendedor para quemarme los pies, lo que hizo que se formaran dos grandes ampollas de inmediato. Me dolía tanto que no podía dejar de llorar. Con el cuerpo adolorido, me senté en el piso y miré a estos malvados policías; todos ellos me veían con una ira bestial, como demonios del inframundo que solo querían desgarrarme a pedazos, y no pude evitar empezar a sentirme débil. En silencio, me quejé con Dios: “Dios Todopoderoso, ¿cuándo dejarán de torturarme estos malvados policías? En verdad ya no resisto más...”. Me sentía tan débil que estaba a punto de colapsar y no pude más que pensar: “¿Y si les digo algo? Así no tendré que sufrir...”. Pero enseguida pensé: “Aunque solo diga algo, soy un judas, lo que significa que estoy traicionando a Dios”. Una amarga lucha se desató en mi corazón, y fue entonces que recordé las palabras de Dios: “Debéis hacer lo que es agradable a todos y que beneficie a todos los hombres y a vuestro propio destino, de lo contrario, quien sufra en el desastre no será otro más que tú mismo” (‘Deberías preparar suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). “No daré más misericordia a los que han sido totalmente desleales a Mí en tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega sólo hasta allí. Además, no me siento complacido hacia aquellos quienes alguna vez me han traicionado, y mucho menos deseo asociarme con los que venden los intereses de los amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona” (‘Deberías preparar suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios fueron un destello repentino de conciencia. No pude evitar sorprenderme por mis pensamientos anteriores. Reflexioné: “Hoy soy objeto de la persecución de Satanás y, en lugar de pensar en cómo confiar en Dios para vencer a estos demonios y mantenerme firme y dar testimonio de Él, me preocupé por mi propia carne. ¿Acaso eso no me hace egoísta y despreciable? Dios es justo y santo, y si yo delatara a mis hermanos y hermanas y me convirtiera en un judas deplorable, ¿no estaría ofendiendo el carácter de Dios y, así, enviándome a mí misma a la destrucción? La voluntad de Dios al permitir que estos policías malvados me torturen hoy consiste en permitirme ver con claridad la esencia demoníaca del gobierno del PCCh de resistirse salvajemente a Dios y hacerlo su enemigo, para que yo sea más capaz de entregar mi corazón a Dios, conservar mi lealtad hacia Él y mantenerme firme y dar testimonio de Dios”. Al llegar a estas conclusiones, me lamenté y sentí culpa por mi desobediencia. Deseé arrepentirme ante Dios. Sin importar cuánto me lastimara o me torturara la policía, me rehusaría a ceder ante la carne. Solo quería obedecer las orquestaciones y arreglos de Dios, soportar todo el sufrimiento y mantenerme firme y dar testimonio de Dios para probar mi lealtad a Él a través de mis actos. Aunque me costara la vida, ¡no me convertiría en un judas ni traicionaría a Dios! Mientras tuviera al menos un último aliento, ¡jamás me rendiría ni sucumbiría ante Satanás! Esa tarde, esos policías malvados me ordenaron sentarme en el piso con las piernas extendidas y después me levantaron con fuerza los brazos, me los esposaron por la espalda, me los alzaron y, de inmediato, sentí un dolor intenso en los brazos y las muñecas, que ya estaban lastimadas. Los policías, furiosos de rabia, pusieron un ventilador en lo alto en dirección hacia mí, que soplaba una corriente de aire frío sobre mi cuerpo. Tenía tanto frío que temblaba sin parar y me castañeteaban los dientes. En ese momento estaba menstruando y, en lugar de permitirme cambiar la compresa, estos policías malvados me exigieron que “me las arreglara” con los pantalones. Pero ni siquiera con eso se detuvieron. Trajeron una vara de una rama de árbol flexible y me azotaron con ella por todas partes; cada golpe me dejaba una marca sangrante. Era tan doloroso que traté de zafarme, pero cuando vieron que esquivaba los azotes, los policías me golpearon aun con mayor violencia, mientras decían: “¡Veamos si hablas ahora! ¡Esta noche te dejo lisiada!”. La crueldad y brutalidad de estos oficiales de policía malvados eran abominables, pero, gracias a la guía y la protección de Dios, no me sometí ante ellos, y no lograron nada con esa ronda de interrogatorios.

En medio de varios días de interrogatorios brutales, un oficial de la Brigada de Seguridad Nacional siempre simulaba ser un “policía bueno”, e intentaba en vano hacerme delatar a la Iglesia con tácticas sutiles. Tenía una expresión dulce y amable; me sirvió agua, me trajo una manzana, y con falsa amabilidad dijo: “Es una pena sufrir así siendo tan joven. Simplemente dinos lo que queremos saber y esto se termina. Puedes irte a casa. ¡Tu esposo y tu hijo están ansiosos por verte!”. Al principio pensé que parecía amable, pero era más brutal y siniestro que cualquiera de ellos. Cuando vio que no hablaría, su expresión se transformó en un gruñido feroz, revelando completamente su verdadera naturaleza bestial, y comenzó a torturarme de forma aún más cruel y despiadada. Me llevó al salón central de la comisaría, donde me obligó a sentarme sola en una esquina durante dos horas en el aire helado. Luego, cuando volvió y me gritó, le pareció que había respondido en voz demasiado baja, así que me obligó a extender las piernas y me pisoteó brutalmente las rótulas; después, bruscamente, me levantó las manos que tenía esposadas a la espalda. Oí que me crujió la cintura y luego sentí un dolor lacerante y grité; después de eso, perdí toda sensibilidad en la cintura. Jamás imaginé que mi grito enfurecería a este demonio. Gritó con furia a uno de sus lacayos: “¡Ve por un trapo y pónselo en la boca para que no vuelva a gritar!”. Trajeron un trapo sucio y maloliente y me lo pusieron en la boca, lo que me hizo querer vomitar. Me gritó: “¡Sostenlo con los dientes! ¡No te atrevas a soltar el trapo!”, mientras seguía metiéndomelo en la boca. Frente a estos animales despreciables, en mi corazón no había más que un amargo odio. Los odié tan profundamente que ya no me quedaron lágrimas. A continuación, este diabólico oficial continuó interrogándome y, cuando vio que de todos modos no hablaría, volvió a pisotearme las piernas mientras me levantaba en el aire los brazos esposados. Era tan doloroso que me sobrevino un sudor frío e, involuntariamente, grité otra vez. Al ver que aun así no hablaba, les dijo a sus lacayos: “¡Llévensela!”. Dos policías malvados me levantaron del piso, pero para entonces ya no podía mantener la cintura derecha. Tuve que caminar lentamente, con la espalda encorvada, un paso a la vez. El terrible dolor hizo que la debilidad, la desesperanza y la impotencia nuevamente invadieran mi mente. No sabía cuánto más podría resistir, así que una y otra vez oré a Dios en mi corazón, clamando por la protección de Dios Todopoderoso para que, aunque tuviera que morir, no lo traicionara.

Después de eso, vi que Dios Todopoderoso entendió mi debilidad en todo sentido y que había sido misericordioso y me había protegido en secreto todo el tiempo. Cuando esos policías malvados vinieron de nuevo a interrogarme, me amenazaron: “Si no hablas, te llevaremos a otro lugar y te pondremos en una silla eléctrica. Cuando activemos la corriente, te desmayarás y, aunque no te mueras, ¡quedarás lisiada!” Al oír las palabras de los policías malvados no pude evitar sentir miedo. Pensé que realmente no podría soportar semejante trato inhumano, así que, de inmediato, oré a Dios y, en ese momento, recordé Sus palabras: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida?” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Sí, mi vida estaba en manos de Dios. Dios la controla y la gobierna, y si vivía o moría no dependía de la policía. Si de verdad arriesgaba la vida, podía vencer a Satanás. En ese momento, me llené de fe y estuve dispuesta a arriesgar mi vida, a ponerla en manos de Dios y a obedecer Sus orquestaciones y arreglos. Jamás imaginé que, justo entonces, escucharía a uno de esos policías malvados decir que la silla eléctrica estaba descompuesta y que no podía activarse la corriente. En ese instante, sentí profundamente que Dios Todopoderoso estaba conmigo en todo momento. Si bien estaba en una guarida de demonios, Dios seguía a mi lado. Me permitía experimentar el sufrimiento, pero no permitía que esos demonios satánicos me quitaran la vida. Agradecí a Dios Todopoderoso por Su protección milagrosa ¡y por permitirme escapar! Mi fe se hizo más fuerte y estaba dispuesta a soportar cualquier sufrimiento para mantenerme firme y dar testimonio de Dios. Esos policías malvados y enloquecidos me torturaron y me interrogaron durante seis días y cinco noches, sin permitirme comer, beber agua o dormir. Esto me permitió ver claramente que el Gobierno del PCCh no es más que un grupo de matones y mafiosos. Estar bajo su control significaba estar bajo el control de demonios crueles y violentos, y sin el cuidado y la protección de Dios Todopoderoso me habrían torturado hasta matarme. A pesar de que estos policías malvados no me permitieron comer, beber ni dormir durante varios días, y de que me torturaron de todas las maneras posibles, nunca sentí sed, hambre o cansancio. Los oficiales de la Brigada de Seguridad Nacional dijeron que jamás habían visto a alguien joven soportar tantos días. Entendí totalmente que esta era la inmensa fuerza vital de Dios Todopoderoso que sostenía mi envoltura corporal, proveyéndome vida y dándome la fuerza para soportar hasta el final. Tal como lo dijo el Señor Jesús: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Las palabras de Dios Todopoderoso dicen: “Dios usa Su vida para proveer a todas las cosas, tanto vivientes como sin vida, llevando todo a buen orden en virtud de Su poder y autoridad. Esta es una verdad que nadie puede concebir o comprender fácilmente y estas verdades incomprensibles son la manifestación y el testimonio de la fuerza vital de Dios” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”).

Después de eso, cuando la policía vio que la táctica dura no estaba funcionando, decidieron probar con la blanda. El jefe de la Brigada de Seguridad Nacional vino en persona a interrogarme. Intentando congraciarse conmigo, me quitó las esposas con delicadeza, me invitó a sentarme y dijo con tono “amable”: “Eres muy tonta. No eres ninguna clase de funcionaria ni autoridad de la Iglesia. Te delataron, y tú estás aquí resistiéndote con nosotros a causa de ellos. ¿De verdad vale la pena? Además, si crees en Dios Todopoderoso, en el futuro tu hijo tendrá limitaciones para hacer la prueba de ingreso a la universidad, enlistarse en el ejército o convertirse en funcionario público. Y a tu esposo no le importas. Quizás ya haya encontrado a otra persona y te haya abandonado… El hecho es que ya sabemos todo sobre tu situación. Aunque no nos digas nada, podemos acusarte de un delito de todos modos, porque este es el país del PCCh. Nosotros decidimos qué sucede. También decidimos cuántos días detenerte. Incluso si mueres aquí, a nosotros no nos pasará nada, así que ¡te conviene confesar! China es diferente de otros países. Aunque no nos digas nada, de todos modos podemos culparte de un delito y condenarte”. Al oír todas las formas diferentes en las que intentó tentarme con amabilidad, mi corazón por momentos se aceleraba y me sentí especialmente desgraciada. No sabía qué hacer, así que dentro de mi corazón clamé: “¡Dios Todopoderoso! Tú sabes que mi estatura es muy pequeña y que tengo muchas carencias. No sé cómo experimentar o enfrentar tales circunstancias. Te ruego que me guíes”. Fue entonces que, una vez más, encontré la guía en las palabras de Dios: “En todo momento, Mi pueblo debe estar en guardia contra las astutas maquinaciones de Satanás, […] lo que os detendrá de caer en la trampa de Satanás, momento en el que será demasiado tarde para los arrepentimientos” (‘Capítulo 3’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). “Por Mi bien, tampoco debes ceder a ninguna de las fuerzas oscuras. Confía en Mi sabiduría para caminar el camino perfecto; no permitas que las conspiraciones de Satanás se apoderen de ti” (‘Capítulo 10’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me esclarecieron el corazón y encontré un camino de práctica. Pensé: “¡Por supuesto! Este fue Satanás que usó anzuelos emocionales para confundirme y engañarme. Debo detectar sus trucos, derrotarlo con sabiduría y no permitir que me engañen. Todas las cosas y todos los asuntos están en manos de Dios. Aunque permanezca en la cárcel hasta que los barrotes se oxiden por el paso del tiempo, ¡jamás debo someterme a Satanás y traicionar a Dios!” Ahora, tenía mucho más claro qué hacer. Ante sus provocaciones y tentaciones, me senté en silencio, oré y calmé mi corazón en presencia de Dios. Después, le dije, enojada: “¡Los voy a demandar! No solo me han torturado para tratar de que confiese, ¡sino que me han acusado de un delito falso!” Con una risita siniestra respondió: “Bueno, yo no te golpeé. Adelante con tu demanda. Este es el país del PCCh. Nadie alzará la voz por ti”. Sus palabras me hicieron despreciar profundamente al malvado Gobierno del PCCh. Y a este viejo demonio de verdad no le importaba la ley ni la moral. Después, sacó una gran pila de identificaciones de mis hermanos y hermanas para que yo los reconociera; me preguntó si los conocía, esperando, en vano, que los delatara. Respondí con amargura: “¡No conozco a ninguno de ellos!” Al oír eso, la cara se le puso roja de la ira. Vio que de verdad no le iba a decir nada, así que se marchó enojado. Esa tarde, me llevaron al centro de detención y me amenazaron brutalmente diciendo: “En el centro de detención te haremos ponerte en cuclillas junto al agua y pelar ajos, ¡y después de algunos días de hacer eso se te pudrirán las manos por completo!”. Se burlaban y se reían con orgullo mientras hablaban y, en sus expresiones bestiales, ¡vi el rostro demoníaco de Satanás, cruel y brutal!

Tras estar retenida un mes en el centro de detención, la policía afirmó que si pagaba 20 000 yuanes podría irme a casa. Yo dije que no los tenía y, como si trataran de regatear, dijeron que con 10 000 estaba bien. Cuando les dije que no tenía un centavo, su molestia de inmediato se transformó en enojo, y me dijeron con sorna: “Si no tienes dinero, ¡pasarás por la reeducación a través del trabajo! Cuando salgas, ¡ni tu esposo te querrá!” Respondí con determinación: “¡Está bien, no me importa!” Entonces, sin dudarlo, me acusaron de los delitos de “alteración del orden público” y “obstrucción de la justicia” y me condenaron a un año de reeducación a través del trabajo. ¡Esto me demostró con aún mayor claridad que el Gobierno del PCCh es un demonio satánico al que no le importan las vidas humanas y que tiene a Dios como su enemigo! En este infierno en la tierra gobernado por demonios, donde Dios es visto como un enemigo mortal, el partido gobernante es la palabra y la ley divina, y quienes viven bajo su poder no tienen ninguna clase de derechos humanos ni libertad, ¡por no hablar de la libertad religiosa! En ese momento, no pude evitar recordar las palabras de Dios Todopoderoso: “Es para desahogar, sin reservas, el odio que hincha vuestro pecho; para erradicar esos gérmenes mohosos, para permitiros que dejéis esta vida que no es distinta a la de un buey o un caballo; que no seáis más esclavos, que el gran dragón rojo deje de pisotearos y de daros órdenes de manera arbitraria; ya no perteneceréis a esta nación fracasada ni al abyecto gran dragón rojo; ya no os esclavizará más. Con seguridad, Dios hará pedazos el nido de los demonios, y estaréis al lado de Dios; le pertenecéis a Él y no a este imperio de esclavos. Hace mucho que Dios aborrece a esta oscura sociedad con todas Sus fuerzas. Rechina los dientes, desesperado por plantar Sus pies sobre esta perversa y odiosa serpiente antigua, para que nunca más se levante y no vuelva a maltratar más al hombre. No disculpará sus actos del pasado, no tolerará que engañe al hombre, ajustará cuentas por cada uno de sus pecados a lo largo de los siglos; Dios no será benévolo en lo más mínimo hacia este cabecilla de todo mal;[1] lo destruirá por completo” (‘Obra y entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). En ese momento, me llené de pena y de ira, porque vi realmente cuán insidioso, astuto y engañoso era el Gobierno chino. Sostiene que se guía por lemas como “la libertad de culto, la protección de los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos” pero, en realidad, altera y destruye sin escrúpulos la obra de Dios; detiene, golpea, multa y mata a quienes creen en Dios Todopoderoso cuando se le place, y de forma despiadada obliga a la gente a rechazar y traicionar a Dios y a someterse a su oscuro control. La humanidad fue creada por Dios y es natural y justo creer en Él y venerarlo, pero el Gobierno reaccionario del PCCh va en contra del Cielo y de la naturaleza e intenta ahuyentar la llegada del Dios verdadero. En forma inhumana, persigue a los creyentes en Dios, usando amenazas, incentivos, acusaciones falsas, confesiones bajo presión y tortura. ¡Sus crímenes son atroces, terribles y detestables! Su bajeza y su maldad me hicieron aborrecerlo profundamente y me decidí más que nunca a morir antes de seguirlo; mi fe y mi determinación de seguir a Dios Todopoderoso y de andar por el camino correcto en la vida estaban más firmes que nunca.

En agosto de 2010 fui liberada tras cumplir mi condena. Al volver a casa, me enteré de que, mientras cumplía mi sentencia, mi esposo también estuvo bajo vigilancia policial por un año. Durante ese año, por las tardes muchas veces había policías vestidos de civil que monitoreaban sus movimientos desde detrás de nuestra casa, lo espiaban y vigilaban la casa, lo que hacía imposible que mi esposo pudiera volver a ella o tener un lugar donde poder sentirse a salvo. Durante el día, tenía que trabajar fuera y, por la noche, tenía que dormir en la pila de leña que estaba cerca de nuestra casa, lo cual hacía imposible que pudiera dormir bien. Después de ser liberada, descubrí que estos lacayos de la policía también difundieron rumores sobre mí en la villa, incitaron a toda la gente a abandonarme y enviaron a la directora del Grupo de Mujeres local a vigilarme. También me pidieron que redactara una declaración donde prometía que no me iría de la ciudad. Me negaron todo tipo de libertad individual. Después de quedarme en casa durante un mes, nuevamente 3 o 4 oficiales de policía me obligaron a ir a la Brigada de Seguridad Nacional para un interrogatorio. Otra vez me ataron a una silla de metal y trataron de obligarme a darles información sobre la Iglesia de Dios Todopoderoso. Cuando mis familiares fueron a sacarme, les dijeron con arrogancia: “Si quieren que salga, tendrán que pagar una multa de 20 000 yuanes o hacer que nos dé información sobre la Iglesia de Dios Todopoderoso. De lo contrario, será condenada a cinco años de reeducación a través del trabajo”. Mis familiares no tenían ese dinero, así que tuvieron que volver a casa frustrados de impotencia. Entendí muy bien que estos demonios otra vez querían utilizar la detención para obligarme a traicionar a Dios, así que oré con urgencia clamando a Dios en mi corazón: “¡Dios Todopoderoso! Satanás está empleando sus trucos hoy otra vez, esperando en vano obligarme a traicionarte, pero no dejaré que me engañe. Sin importar cuántos años de trabajo deba cumplir, me mantendré firme en el testimonio para satisfacerte”. Justo cuando hacía la promesa en mi corazón de mantenerme firme en el testimonio sin importar cuánto tuviera que sufrir, vi las obras milagrosas de Dios: cuando estos policías malvados vieron que no lograrían nada con el interrogatorio, me liberaron esa tarde. Agradecí a Dios Todopoderoso por abrir un camino para mí y por volver a salvarme de las garras de Satanás.

Mientras estuve en medio de la cruel persecución del Gobierno del PCCh, jamás me atreví a imaginar que saldría con vida. Sin la guía de la palabra de Dios Todopoderoso, sin Su cuidado y protección y sin la fortaleza infinita que Dios me dio, estos demonios inhumanos podrían haber extinguido y haberse tragado mi frágil vida en cualquier momento, y jamás habría podido mantenerme firme ante Satanás. ¡Esto me hizo comprender de verdad la autoridad y el poder de las palabras de Dios Todopoderoso; me permitió sentir la trascendencia y la grandeza de la fuerza vital de Dios Todopoderoso y experimentar el amor verdadero y el generoso suministro de vida de Dios para mí! Fue Dios Todopoderoso quien me guio una y otra vez para superar las tentaciones de Satanás, sobreponerme al temor a la muerte y salir de ese infierno en la tierra. Experimenté profundamente que solo el amor de Dios Todopoderoso por la humanidad es genuino, que Dios Todopoderoso es el Único en quien puedo confiar y que Él es mi única salvación. ¡He jurado a muerte abandonar y rechazar a Satanás, buscar la verdad y seguir eternamente a Dios Todopoderoso y andar por el camino correcto y esclarecido en la vida!

Nota al pie:

1. “Cabecilla de todo mal” se refiere al viejo diablo. Esta frase expresa una extremada aversión.

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Tal como Él dijo: “Él hace que el hombre vuelva a nacer y le permite vivir con constancia en cada función de su vida. Gracias a Su poder y Su fuerza de vida inextinguible, el hombre ha vivido generación tras generación, a través de las cuales el poder de la vida de Dios ha sido el pilar de la existencia del hombre, […]La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder extraordinario, y Su fuerza de vida ningún ser creado o fuerza enemiga la puede aplastar fácilmente” (“Sólo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna” en La Palabra manifestada en carne).