25. Viendo claramente mi verdadera cara

Por Shizai, Japón

Dios Todopoderoso dice: “Servir a Dios no es una tarea sencilla. Aquellos cuyo carácter corrupto permanece inalterado no pueden servir nunca a Dios. Si tu carácter no ha sido juzgado ni castigado por las palabras de Dios, entonces tu carácter aún representa a Satanás, lo que prueba que sirves a Dios por tus buenas intenciones, que tu servicio está basado en tu naturaleza satánica. Tú sirves a Dios con tu temperamento natural y de acuerdo con tus preferencias personales. Es más, siempre piensas que las cosas que estás dispuesto a hacer son las que le resultan un deleite a Dios, y que las cosas que deseas hacer son las que son odiosas para Dios; obras totalmente según tus propias preferencias. ¿Puede esto llamarse servir a Dios? En última instancia, tu carácter de vida no cambiará ni un ápice; más bien, tu servicio te volverá incluso más obstinado, haciendo así que se arraigue profundamente tu carácter corrupto, y de esta manera, desarrollarás reglas en tu interior sobre el servicio a Dios que se basan principalmente en tu propio temperamento, y experiencias derivadas de tu servicio según tu propio carácter. Estas son las experiencias y lecciones del hombre. Es la filosofía del hombre de vivir en el mundo. Personas como estas se pueden clasificar como fariseos y funcionarios religiosos. Si nunca despiertan y se arrepienten, seguramente se convertirán en los falsos Cristos y los anticristos que engañan a las personas en los últimos días. Los falsos Cristos y los anticristos de los que se habló surgirán de entre esta clase de personas” (‘La forma religiosa de servicio debe prohibirse’ en “La Palabra manifestada en carne”). Este fragmento de las palabras de Dios me recuerda una experiencia que tuve hace cinco años.

Recién me habían elegido como líder de la iglesia. Estaba muy entusiasmada y tomaba mi deber muy en serio. Estaba decidida a hacer muy bien la obra de la iglesia. Cuando empecé a hacer el balance de la situación del trabajo de los equipos, descubrí que algunos miembros de equipos no eran los correctos para esa tarea, y los líderes de equipos no corregían esto. Algunos no comprendían los principios, y sus líderes nos les enseñaban y ayudaban con rapidez, lo que impactaba en la obra de la iglesia. Esto me preocupaba, y pensé: “Dejan sin resolver problemas tan flagrantes. Está claro que no son responsables en su trabajo. Debo hablarles muy en serio en la próxima reunión y asegurarme de que sepan en qué se equivocan”. En la siguiente reunión, les pregunté por su trabajo a esos líderes de equipo repetidamente y señalé las fallas y los problemas que había visto. Aunque sabían que no hacían obra práctica y estaban dispuestos a cambiar, yo no estaba satisfecha. Pensé que si no era severa, si no lo analizaba profundamente y trataba con ellos, no habría resultados. Con un tono aleccionador, dije que eran indiferentes en sus deberes y que no resolvían los problemas prácticos, lo que alteraba la obra de la iglesia, y cosas así. Cuando terminé, no les pregunté cómo se sentían, solo me felicité, ya que pensaba que había hallado problemas y los había solucionado. Un par de días después, un colega me dijo: “Un líder de equipo dijo que tenía miedo de verte, que cree que tratarás con él si ves problemas en su trabajo”. Oír esto me alteró un poco, Pero de inmediato pensé que había hecho lo necesario, que era descubrir problemas y solucionarlos, y tratar con ellos de modo tal que aprendieran una lección. No pensé más en ello. En la siguiente reunión con los líderes de equipos, seguí preguntando sobre su trabajo severamente, traté con ellos y analicé las cosas profundamente cuando encontré un problema. Muy segura de mí misma, dije: “Algunos hermanos y algunas hermanas temen que se les pregunte por su obra. ¿Qué hay que temer si uno hace la obra práctica? Solo cuando uno aprende sobre su obra, se pueden encontrar los problemas y corregirlos con el tiempo”. Tras la reunión, oí que un líder de equipo decía: “Aún estoy aprendiendo cómo cumplir con mi deber y tengo muchas dificultades. Quería resolverlas a través de la enseñanza en nuestra reunión, pero, en lugar de eso, solo estoy más estresado”. Oír esto me alteró un poco, y sentí que la reunión no había sido fructífera por mi culpa. Pero pensé que, probablemente, solo se debiera a mi baja estatura, que mi enseñanza no había sido clara y que era normal que un nuevo líder de equipo sintiera mucha presión. Solo respondí: “El estrés motiva. No estaría bien que no te sintieras así”. Luego, un colega supo que los líderes de equipo temían verme y que yo tratara con ellos, y me advirtió: “Se trata con la gente así por culpa del temperamento. No es edificante para los hermanos y las hermanas. Deberíamos enseñar más la verdad para resolver sus problemas y dificultades”. Seguí sin darle importancia, creí que mis motivos eran correctos y que, incluso si era un poco dura, solo asumía la responsabilidad por mi obra. A pesar de las repetidas advertencias de mis colegas, nunca fui ante Dios para reflexionar sobre mí misma. Gradualmente, empecé a sentir que una oscuridad crecía en mi espíritu, y no podía percibir la obra del Espíritu Santo. Sufría y sentía dolor. Solo entonces acudí ante Dios y reflexioné sobre mí misma: “¿Por qué no he logrado nada en mi deber, sino que siempre choco contra muros? ¿Por qué los hermanos y las hermanas siempre dicen que yo los limito? ¿Es cierto lo que dicen mis colegas, que trato con la gente por mi temperamento? Pero solo digo las cosas con severidad para que la obra de la iglesia se haga bien. Si no lo hiciera, ¿se darían cuenta los hermanos y las hermanas de cuán serios son estos problemas?”. Incluso en este momento, intentaba justificarme. Sufría de verdad.

Después de orar, leí estas palabras de Dios: “Como líderes y hacedores de obra en la iglesia, si queréis guiar al pueblo escogido de Dios a la realidad de la verdad y servir como testigos de Dios, lo más importante que debéis tener es un entendimiento más profundo del propósito de Dios en la salvación de las personas y el propósito de Su obra. Debes entender la voluntad de Dios y Sus diversas exigencias a las personas. Debes ser práctico en tus esfuerzos; practica tan sólo aquello que entiendes y comunica sólo sobre lo que conoces. No te jactes, no exageres y no hagas observaciones irresponsables. Si exageras, las personas te detestarán y te sentirás reprobado después; sencillamente, esto es demasiado inadecuado. Cuando provees la verdad a otros, no tienes necesariamente que tratarlos o regañarlos con el fin de que alcancen la verdad. Si tú mismo no tienes la verdad, y solo tratas y regañas a los demás, te temerán, pero eso no significa que entiendan la verdad. En alguna obra administrativa, está bien que trates a otros, los podes y los disciplines hasta cierto grado. Pero si no puedes proveer la verdad, sólo sabes ser autoritario y reprender a otros, tu corrupción y tu fealdad se revelarán. Con el paso del tiempo, conforme las personas no puedan obtener de ti provisión de vida ni cosas prácticas, acabarán detestándote y sintiendo repulsión hacia ti. Los que carecen de discernimiento aprenderán cosas negativas de ti; aprenderán a tratar a otros y a podarlos, a enfadarse y a perder los estribos. ¿No equivale esto a guiar a otros hacia la senda de Pablo, hacia la senda que va a la perdición? ¿No es eso una fechoría? Tu obra debería centrarse en comunicar la verdad y proveer vida a las personas. Si lo único que haces es tratar y reprender ciegamente a otros, ¿cómo llegarán a entender la verdad? Conforme pase el tiempo, las personas verán quién eres realmente, y te abandonarán. ¿Cómo puedes esperar traer a otros delante de Dios de esta forma? ¿Cómo se realiza así la obra? Perderás a todo el mundo si sigues obrando de esta manera. ¿Qué obra esperas cumplir en cualquier caso? Algunos líderes no tienen capacidad para comunicar la verdad para resolver los problemas. Por el contrario, tratan a los demás sin reflexionar y hacen alarde de su poder para que los demás lleguen a tenerles miedo y a obedecerlos; esas personas forman parte de los falsos líderes y los anticristos. Aquellos cuyo carácter no se ha transformado son incapaces de llevar a cabo la obra de la iglesia y de servir a Dios” (‘Solo aquellos con la realidad de la verdad pueden liderar’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Las palabras de Dios exponían perfectamente mi propio estado. Exactamente así cumplía yo mi deber. En lugar de concentrarme en enseñar la verdad para solucionar problemas, era temperamental, trataba con otros, les recriminaba y los regañaba. Como consecuencia, se sentían limitados y temerosos, y me evitaban. También había disgustado a Dios, porque vivía dentro de mi carácter corrupto. Había perdido la obra del Espíritu Santo y me había sumergido en la oscuridad. Si analizo esa época, cuando hallaba problemas en los deberes de los hermanos y las hermanas, rara vez buscaba la verdad o hallaba palabras de Dios para enseñar específicamente, y, en verdad, no los dirigía hacia un camino de práctica. Solo los retaba y regañaba con mi carácter arrogante. Cuando vi que se sentían sofocados por mí, no reflexioné sobre mí misma. Pensé que asumía la responsabilidad de mi deber, que consideraba la voluntad de Dios y resolvía problemas prácticos. Dios me advirtió, a través de mis colegas, para que no tratara con la gente según mi temperamento, pero yo lo ignoré. Como consecuencia, algunos hermanos y hermanas se habían vuelto negativos. Me temían y me evitaban. La obra de la iglesia tampoco iba bien. Dios pide claramente que los líderes y los colaboradores hagan su obra principalmente a través de la enseñanza de la verdad. Los hermanos y las hermanas deben comprender la verdad antes de que puedan reconocer sus caracteres corruptos y la verdad de su propia corrupción. Solo entonces son llevados a practicar las palabras de Dios y a cumplir bien con sus deberes. Pero yo aún pensaba que debía ser dura en mi trabajo, que, cuando descubría problemas, debía recriminarles y regañarlos implacablemente, y que esa sería la única forma de que vieran sus problemas y los rectificaran. Pensaba que era la única forma de alcanzar resultados. ¡Entonces vi lo absurdo de esa perspectiva! Al trabajar así, me aprovechaba de mi posición y, de modo arrogante, retaba y limitaba a la gente. No resolvía los problemas ajenos con enseñanzas de la verdad. Dios pide que los líderes usen las enseñanzas de la verdad para resolver los problemas de los hermanos y las hermanas, que estén en pie de igualdad con todos, que enseñen las palabras de Dios basándose en las dificultades reales de las personas, y que compartan enseñanzas sobre su propia experiencia y comprensión para guiar y ayudar a otros. Si tratan con alguien o exponen a alguien, debe ser con base en la enseñanza de la verdad, para resaltar la esencia y los puntos clave de un problema para que la gente comprenda lo que Dios pide, para que puedan ver claramente sus problemas, la naturaleza de sus problemas, las consecuencias peligrosas de sus problemas; y para que sepan qué hacer para seguir la verdad y cómo cumplir con su deber como Dios pide. Pero yo no había cumplido con mi deber como Dios pedía. No escuché los recordatorios de mis colegas, y mucho menos reflexioné sobre la naturaleza y las consecuencias de que recriminara a la gente según mi carácter satánico en mi deber. Me justificaba diciendo que era por su propio bien y por la obra de la iglesia. No estaba en el camino correcto en mi deber, y, además de no beneficiar a otros para nada, los limitaba. Todos se sentían infelices y sofocados. ¿No estaba haciéndoles daño? ¡Estaba haciendo el mal! Nunca pensé que cumplir con mi deber con base en mi carácter satánico tendría consecuencias tan serias. De verdad lamentaba haberlos tratado y recriminado así. Fui rápido ante Dios para orar y buscar, y pensé: ¿Qué fue, exactamente, lo que me hizo hacer el mal sin siquiera saberlo?

Después, leí estas palabras de Dios: “Si realmente posees la verdad en ti, la senda por la que transitas será, de forma natural, la senda correcta. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si albergaras arrogancia y engreimiento, te resultaría imposible evitar desafiar a Dios; sentirías la necesidad de desafiarlo. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; causarían que hagas alarde de ti mismo en todas las cosas, que te exhibas constantemente y que al final te sentaras en el lugar de Dios y dieras testimonio de ti mismo. Finalmente, considerarías tus propias ideas, pensamientos y nociones como si fueran la verdad a adorar. ¡Ve cuántas cosas malas te lleva a hacer esta naturaleza arrogante y engreída!” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Las palabras de Dios revelaron la raíz de mi maldad: me controlaba mi naturaleza arrogante y engreída. Por mi naturaleza arrogante y engreída, siempre pensaba que era más responsable que los demás, por eso, actuaba con prepotencia. Cuando había errores u omisiones en el trabajo de los hermanos o hermanas, los despreciaba, usaba mi posición para recriminarles y tratar con ellos. No era comprensiva ni empática. Como me controlaba esta naturaleza arrogante, también tenía plena confianza en mí misma, pensaba que la única forma de resolver los problemas era tratar con la gente severamente. Presentaba mis nociones y fantasías como la verdad. Incluso cuando vi que mi forma de trabajo sofocaba a otros, seguí firme en mi postura, no estaba dispuesta a escuchar a los hermanos y hermanas. Incluso cuando mis colegas me advirtieron, seguía sin reflexionar sobre mí misma. Pensaba que solo había usado un tono apenas duro, y que ellos no toleraban que tratara con ellos. Había estado cumpliendo con mi deber según mi carácter satánico y arrogante, dañaba a los hermanos y hermanas, y retrasaba la obra de la iglesia. ¡Todo lo que había hecho era la maldad de resistir a Dios!

Después leí estas palabras de Dios: “Tú sirves a Dios con tu temperamento natural y de acuerdo con tus preferencias personales. Es más, siempre piensas que las cosas que estás dispuesto a hacer son las que le resultan un deleite a Dios, y que las cosas que deseas hacer son las que son odiosas para Dios; obras totalmente según tus propias preferencias. ¿Puede esto llamarse servir a Dios? En última instancia, tu carácter de vida no cambiará ni un ápice; más bien, tu servicio te volverá incluso más obstinado, haciendo así que se arraigue profundamente tu carácter corrupto, y de esta manera, desarrollarás reglas en tu interior sobre el servicio a Dios que se basan principalmente en tu propio temperamento, y experiencias derivadas de tu servicio según tu propio carácter. Estas son las experiencias y lecciones del hombre. Es la filosofía del hombre de vivir en el mundo. Personas como estas se pueden clasificar como fariseos y funcionarios religiosos. Si nunca despiertan y se arrepienten, seguramente se convertirán en los falsos Cristos y los anticristos que engañan a las personas en los últimos días. Los falsos Cristos y los anticristos de los que se habló surgirán de entre esta clase de personas. Si aquellos que sirven a Dios siguen su propio temperamento y actúan en base a su propia voluntad, corren el riesgo de ser expulsados en cualquier momento. Aquellos que aplican sus muchos años de experiencia adquirida al servicio de Dios con el fin de ganarse el corazón de los demás para sermonearlos, controlarlos, y enaltecerse a sí mismos, y que nunca se arrepienten, nunca confiesan sus pecados, nunca renuncian a los beneficios de su posición; estas personas caerán delante de Dios. Son de la misma especie que Pablo, presumen de su antigüedad y hacen alarde de sus calificaciones. Dios no traerá a este tipo de personas a la perfección. Este servicio interfiere con la obra de Dios” (‘La forma religiosa de servicio debe prohibirse’ en “La Palabra manifestada en carne”). Leer estas palabras fue devastador, y podía sentir que el carácter de Dios no tolera ninguna ofensa. Vi que, en mis años de fe, no me había concentrado en buscar los principios de la verdad, sino que solo había estado cumpliendo con mi deber a mi manera. Estaba desenfrenada por mi carácter arrogante, recriminaba y limitaba a la gente desde mi posición de poder, y terminé limitando a mis hermanos y hermanas. Estaban sofocados y sufrían. Carecía de humanidad. No solo había fracasado en resolver los problemas prácticos de mis hermanos y hermanas, también había dificultado su entrada a la vida y había retenido la obra de la iglesia. ¿Era eso cumplir con mi deber? ¿No estaba actuando como una secuaz de Satanás? Solía pensar que mis motivos eran correctos, que me importaba la obra de la iglesia, pero luego vi que tener un poco de entusiasmo y conocer un poco de la doctrina no alcanzaba para satisfacer a Dios en mi deber. Si no aceptaba el juicio y el castigo de las palabras de Dios, mi carácter satánico no podía cambiar, y entonces, mi deber no se ajustaría a la voluntad de Dios. Solo haría el mal y resistiría a Dios, a pesar de mí misma. Pensé en los líderes falsos y anticristos que habían sido eliminados. No aceptaban el juicio y el castigo de las palabras de Dios ni practicaban la verdad, sino que cumplían con su deber con sus caracteres satánicos, tan arrogantes, engreídos y altivos; trataban con las personas y les recriminaban arbitrariamente, eran altaneros, tiranos. Su impacto en otros solo era dañino. y no hacían más que destruir y alterar la obra de la iglesia. ¡Su obra solo era hacer el mal y resistirse a Dios! Es justo como dijo el Señor Jesús: “Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘Jamás os conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’” (Mateo 7:22-23). Esto me dejó un poco asustada. Si seguía cumpliendo con mi deber apoyándome en mi carácter satánico, solo alteraría la obra de la iglesia y sería condenada y eliminada por Dios, como los otros que hacían el mal y resistían a Dios. Luego me di cuenta de que la vida de la iglesia y mi deber eran infructuosos porque Dios me estaba exponiendo, y de que debía ir ante Dios para reflexionar sobre mí misma y arrepentirme ante él. Por mi naturaleza arrogante, sin el juicio y la exposición de las palabras de Dios y lo que los hechos revelaron, jamás habría podido someterme. Nunca habría visto las consecuencias peligrosas de cumplir con mi deber con mi carácter satánico. En ese momento, me sentí conmovida, y sentí que no podía seguir así. Debía buscar la verdad para solucionar mi corrupción.

Luego, leí esto en las palabras de Dios: “Cuando te encuentras un problema, debes mantener la cabeza fría, tienes que abordarlo de la forma correcta, y necesitas hacer una elección. Debes aprender a utilizar la verdad para resolver el problema. ¿De qué sirve que te acostumbres a entender algunas verdades? No están ahí para llenar tu vientre solamente ni para hablar simplemente de ellas y nada más, ni están ahí para resolver los problemas de otros. Lo más importante es que están para resolver tus propios problemas, tus propias dificultades, y sólo después de solucionar tus propias dificultades podrás hacer lo propio con las de los demás” (‘Las personas confundidas no pueden ser salvas’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). “Debes tener un entendimiento de las personas con quienes compartes y debes hablar sobre asuntos espirituales de la vida; solo entonces puedes proveer vida a otros y enmendar sus deficiencias. No debes hablarles en tono de reprensión, pues esta es fundamentalmente una postura errónea. En la comunión debes tener un entendimiento de los asuntos espirituales, debes poseer sabiduría y ser capaz de entender qué hay en los corazones de las personas. Si vas a servir a otros, entonces debes ser el tipo de persona adecuado y debes compartir con todo lo que tienes” (‘Capítulo 13’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). A través de las palabras de Dios, comprendí que para resolver los problemas de otras personas, debemos primero practicar y entrar en las palabras de Dios. Debemos buscar la verdad y solucionar nuestra propia corrupción. Eso es lo más importante. Es importante tener discernimiento sobre nuestro carácter corrupto para que, cuando alguien más revele ese tipo de corrupción, sepamos cómo ayudarlo, cómo enseñarle desde nuestra propia experiencia y comprensión para mostrarle el camino de la práctica. También podremos acercarnos a otros correctamente y ver que tenemos la misma corrupción que vemos en otros, que es la misma. Así no pensaremos que somos mejores que los demás, sino que podremos enseñar desde el mismo nivel. Es la única forma de enseñanza que beneficiará a otros. Pero ¿qué estaba haciendo yo? No me concentraba en mi propia entrada ni reflexionaba sobre mis problemas con mi deber. En lugar de eso, solo trabajaba por trabajar, como si estuviera libre de corrupción. Me preocupaba arreglar los problemas de los demás, y, cuando mis enseñanzas no ayudaban, les recriminaba de modo condescendiente. No estaban viviendo como una humana. Vivía como un demonio. Era desagradable y odiosa ante Dios, y repugnante para otras personas. La realidad era que esos hermanos y hermanas querían cumplir bien con su deber, pero no sabían cómo, porque no entendían los principios completamente. Cuando hay errores u omisiones en el trabajo, deberíamos comprender y perdonar, guiar y ayudar de un modo positivo, para que podamos buscar la verdad y resolver las cosas juntos. Solo deberíamos regañar y advertir a quienes son negligentes en su deber a sabiendas, pero no debería ser la regla. Mi corazón se iluminó tras comprender esto, y supe cómo debía cumplir con mi deber en adelante.

Poco después, supe que una líder de equipo de buen calibre, que poseía una comprensión pura de la verdad y que podía resolver problemas prácticos a través de la enseñanza de la verdad, se sentía débil, se retraía al enfrentar problemas y dificultades. En cuanto lo oí, me puse ansiosa por esto, pensaba que no se tomaba su deber en serio, y que debía tratar con ella duramente. De pronto me di cuenta de que otra vez actuaba ciegamente siguiendo mi carácter arrogante. Rápidamente, oré a Dios y estaba decidida a practicar según Sus palabras esta vez. Luego, busqué a esa líder de equipo y tuve una charla sincera con ella para poder entender su estado y sus dificultades. Hallé palabras de Dios relevantes y usé mis experiencias personales en mi enseñanza. Se dio cuenta de que no estaba comprometida con la comisión de Dios, y quería cambiar. Me conmovió ver que mi hermana era capaz de reflexionar sobre sí misma y que estaba dispuesta a cambiar. Llegué a aprender que, como líder de la iglesia, debía concentrarme en enseñar la verdad para poder iluminar a otros. Es la única forma de beneficiar las vidas de otros.

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