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51. No es tan fácil ser una persona honesta

Por Zixin, provincia de Hubei

Después de aceptar la obra de Dios Todopoderoso del fin de los tiempos, a través de la lectura de las palabras de Dios y de escuchar sermones, llegué a entender la importancia de buscar ser una persona honesta en sus creencias, y que sólo al volverse una persona honesta, se puede obtener la salvación de Dios. Así, comencé a practicar ser una persona honesta en la vida real. Después de un tiempo, descubrí que obtuve cierto acceso a esto. Por ejemplo, mientras oraba o conversaba con alguien, podía hablar la verdad y hacerlo desde el corazón; también podía tomarme en serio el cumplir con mis deberes y, cuando revelaba corrupción, podía abrirme a otras personas. Debido a esto, pensé que ser una persona honesta era algo muy fácil de practicar y no tan difícil como lo hacían parecer las palabras de Dios: “Muchos preferirían ser condenados al infierno que hablar y actuar con honestidad” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”). No fue sino hasta después que pude apreciar, a través de varias experiencias, que realmente no es fácil para nosotros, seres humanos corruptos, ser personas honestas. Las palabras de Dios son en verdad absolutamente ciertas y no son exageradas en absoluto.

Un día, mientras recopilaba un documento, descubrí que una hermana de la iglesia era mejor que yo en recopilar documentos. Entonces pensé: “Debo manejar de una forma rigurosa los documentos que ella recopile, en caso de que los líderes vean que ella es mejor que yo y la promuevan, poniendo mi propio puesto en riesgo”. Después de que surgió este pensamiento, sentí que mi conciencia me acusaba. Después de examinar y analizar minuciosamente esto, reconocí que era una manifestación de la lucha por obtener fama y fortuna y de los celos por el verdadero talento, así que oré a Dios y de inmediato me abandoné. En una reunión, originalmente había querido declarar abiertamente mi corrupción, pero entonces pensé: “Si comunico mis propias intenciones malvadas, ¿cómo me verían la hermana con la que estaba colaborando y la hermana de mi familia anfitriona? ¿Dirían que mi corazón es demasiado malicioso y que mi naturaleza es demasiado perversa? Olvídalo, es mejor no decir nada. Fue sólo un pensamiento y, de cualquier manera, no es que en verdad hubiera hecho eso”. Y, así como así, de una forma casual simplemente mencioné que me sentía muy nerviosa de que pudieran reemplazarme cuando vi que alguien más recopilaba documentos muy bien; escondí mi verdadero lado oscuro. Después de eso, el sentimiento de culpa que había en mi corazón se magnificó. A partir de ahí prometí delante de Dios que esto sólo ocurriría una vez, y que, definitivamente, la próxima pondría en práctica el ser una persona honesta.

Unos días después, mientras platicaba con mi compañera y con la hermana de mi familia anfitriona, escuché a la hermana de mi familia anfitriona hablar sobre lo maravillosas que eran dos hermanas que solían vivir en su casa (yo también las conocía), pero ella nunca dijo una sola palabra acerca de lo buena que era yo. Me sentí muy triste. Para que ella tuviera una mejor opinión de mí, hice una lista de todas las fallas de esas dos hermanas, una por una, para mostrarle que ellas no eran tan buenas como yo. Después de decir esto, me di cuenta de que lo que yo había dicho era inapropiado y de que mi intención y propósito era humillar a otros para ensalzarme yo. Sin embargo, estaba demasiado avergonzada como para abrirme con sinceridad, así que dije a la hermana de la familia anfitriona: “Cuando escuché elogiar a esas dos hermanas, sentí que tenías varios ídolos en tu corazón, así que tenía que dañar su imagen para que ya no las vieras con admiración”. Tan pronto como las palabras salieron de mi boca, la hermana con la que estaba colaborando dijo: “Esto depende de si tenías motivos ulteriores o no. Si es así, eso es verdaderamente siniestro. Si no, entonces lo único que puede decirse es que fue una revelación de corrupción”. Cuando la escuché decir esto, me dio un miedo terrible de que ellas desarrollaran una mala impresión de mí, así que rápidamente traté de justificarme: “No tenía motivo ulteriores. Es sólo que no lo comuniqué de la manera apropiada…”. Después de este razonamiento engañoso, me molesté muchísimo y me sentí particularmente acusada internamente cuando oré: “Eres demasiado astuta. Hablas con rodeos, inventas mentiras y encubres la verdad, siempre escondiendo y ocultando tus intenciones malignas y tus ambiciones arrogantes. ¿No es esto engañar a Dios?”. Aun así, yo, que estaba muy endurecida, todavía no me arrepentía y sólo le rogué a Dios que me perdonara.

Al día siguiente, de repente me dio una fuerte fiebre y me dolían todas las articulaciones del cuerpo. Al principio pensé que me había dado catarro de la noche a la mañana y que mejoraría si tan sólo me tomaba alguna medicina. Pero, ¿quién lo iba a saber? Tomar medicina no me ayudó en nada y dos días después no podía levantarme de la cama siquiera. Es más, mi lengua estaba hinchada y endurecida y mi garganta también estaba inflamada y adolorida, y me dolía tanto que ni siquiera podía hablar. De por sí me costaba muchísimo trabajo tragar y, ya no digamos, comer. Frente a esta repentina enfermedad, me dio miedo y oré a Dios en mi corazón una y otra vez. En ese momento, me di cuenta de que esta enfermedad no estaba ocurriendo por casualidad, así que fui delante de Dios para reflexionar sobre todas las cosas que había dicho y hecho durante este periodo. Mientras reflexionaba, comprendí que había habido varias ocasiones en las que había hablado con evasivas y había ocultado mis propios motivos despreciables. Sabía perfectamente que no había estado diciendo más que mentiras y que había engañado a las hermanas, y que había tenido una sensación de reproche y, sin embargo, no había tenido el valor de decir la verdad. No me había dado cuenta de que mi comportamiento engañoso ya se había vuelto una segunda naturaleza y ya no podía evitarlo. Por el bien de mi propia reputación y estatus, de mi vanidad y prestigio, había tratado desvergonzadamente de engañar a Dios y de engañar a las hermanas una y otra vez. No me había ofrecido para ser abierta sobre mi corrupción y no había buscado la verdad para resolver mis problemas; si hubiera seguido por ese camino, ¿no habría sido yo quien habría perdido al final? Dios escudriña las partes más recónditas del corazón del hombre y, sin importar cuánto intentara ocultarme, no podía cubrir mi despreciable fealdad. Una vez que logré tener cierta comprensión de mí misma, me arrodillé delante de Dios y oré: “¡Dios mío! Apenas ahora veo cuán corrupta soy. Al estar controlada por mi naturaleza engañosa, me cuesta mucho trabajo decir incluso una palabra honesta. ¡Oh, Dios! Te pido que me guíes para abrirme con honestidad y dejar al descubierto mis faltas y para ser una persona honesta delante de Ti”. Bajo la guía de Dios, finalmente me armé de valor y les dije a las hermanas la verdad sobre todo el asunto, de principio a fin. Sólo entonces mi corazón sintió un poco de paz y de calma.

Fue sólo a través de esta experiencia que comprendí profundamente que las palabras de Dios “Muchos preferirían ser condenados al infierno que hablar y actuar con honestidad” son, ciertamente, verdad. Después de ser corrompidos por Satanás, mentir, engañar y participar en artimañas se volvió parte de la naturaleza humana y se arraigó profundamente en el corazón de la humanidad. Además de eso, las personas de verdad atesoran la reputación, el estatus y todo tipo de beneficios: a aquellos que están restringidos por estas cosas les parece muy difícil hablar con honestidad. Así pues, para la gente, ser una persona honesta es más difícil que subir al cielo. Yo solía pensar que ser una persona honesta era fácil. Lo pensaba porque, aquellas cosas sobre las cuales yo me abrí con honestidad, fueron corrupciones intrascendentes que revelé y que todos compartían frecuentemente en las reuniones. No tenían nada que ver con las cosas más profundas en mi alma, de modo que nadie me menospreciaría por hablar sobre ese tipo de cosas. Esa clase de práctica se dio porque se trataba de acciones superficiales y no tocaban mis intereses personales. Si ello tenían un impacto sobre mis intereses vitales, mi estatus y mi rostro, entonces mi naturaleza se revelaría y yo ya no podría mantener mi disfraz. Con la verdad delante de mí, comencé a apreciar profundamente que, en realidad, no es fácil ser una persona honesta. Especialmente para alguien como yo, que considera la reputación y el estatus como cosas muy importantes, si no hago a un lado todas las consideraciones del rostro, si el castigo y el juicio de Dios no me acompañan, seré totalmente incapaz de manifestar la realidad de la verdad de ser una persona honesta en la práctica. De ahora en adelante, buscaré concienzudamente la verdad, aceptaré todas las palabras de Dios y entenderé aun con mayor profundidad mi propia naturaleza engañosa. Haré a un lado mi propia imagen y estatus y seré una persona verdaderamente honesta; manifestaré una verdadera semejanza humana para retribuir el amor de Dios.

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