84. La fe inquebrantable

Por Meng Yong, China

En diciembre de 2012, fui con varios hermanos y hermanas en coche a un lugar para difundir el evangelio y terminamos siendo delatados por personas malvadas. Poco después, el gobierno del condado movilizó agentes de la brigada de policía criminal, las fuerzas de seguridad nacional, la brigada antinarcóticos, las fuerzas de la policía armada y la comisaría de policía local en más de diez vehículos policiales para que vinieran a arrestarnos. Cuando un hermano y yo estábamos preparándonos para irnos en un automóvil, cuatro agentes de policía vinieron rápidamente a bloquear nuestro auto. Uno de ellos tomó la llave del auto y nos ordenó que permaneciéramos en el auto y que no nos moviéramos. Para entonces, vi que siete u ocho policías blandiendo porras golpeaban furiosamente a otro hermano, y que ese hermano había sido golpeado hasta el punto en que no podía moverse. No pude evitar sentir una indignación justa y salí corriendo del automóvil para intentar detener esa violencia, pero los policías me sujetaron. Más tarde, nos llevaron a la comisaría, y también confiscaron nuestro auto.

Después de las nueve de la noche, vinieron dos policías a interrogarme. Cuando vieron que no podían obtener ninguna información útil de mi parte, se enfurecieron y se exasperaron, rechinaron los dientes de ira mientras echaban maldiciones: “¡Maldita sea, ya nos ocuparemos de ti más tarde!”. Luego, me encerraron en el cuarto de interrogatorio. A las 11:30 de la noche, me llevaron a una habitación sin cámaras de vigilancia. Tuve la sensación de que iban a hacer uso de violencia contra mí, así que empecé a orar a Dios repetidamente en mi corazón, rogándole que me protegiera. En ese momento, un policía de apellido Jia vino a interrogarme: “¿Has estado en un Volkswagen Jetta en estos últimos días?”. Respondí que no, y él gritó con furia: “Te han visto otras personas, ¿y aun así lo niegas?”. Después de eso, me dio una terrible bofetada en el rostro. Todo lo que sentí fue un dolor ardiente en la mejilla. Luego gritó fuerte: “¡Veamos lo duro que eres!”. Levantó un cinturón ancho mientras hablaba y me dio latigazos en toda la cara, no sé cuántas veces, pero no pude evitar gritar de dolor una y otra vez. Al ver esto, me colocó el cinturón alrededor de la boca. Unos cuantos policías me taparon con una manta antes de golpearme salvajemente con sus garrotes, deteniéndose solo a recuperar el aliento cuando estaban demasiado cansados. Me golpearon tanto que me daba vueltas la cabeza y me dolía tanto el cuerpo que parecía que cada hueso se había desprendido. En ese momento no sabía por qué me estaban pegando de esa manera, pero luego supe que me habían colocado la manta para evitar que los golpes dejaran marcas en mi cuerpo. Ponerme en una habitación sin vigilancia, taparme la boca y cubrirme con una manta era todo porque tenían miedo de que sus actos maléficos quedaran expuestos. ¡La policía del Partido Comunista de China es tan traicionera y brutal! Cuando los cuatro se cansaron de pegarme, cambiaron de método de tortura: dos policías me retorcieron uno de los brazos hacia atrás y lo estiraron hacia arriba, mientras otros dos levantaban mi otro brazo por encima del hombro hacia la espalda y lo bajaban con toda su fuerza. Llamaban a este tipo de tortura “llevar una espada en la espalda”, algo que la gente normal no podría soportar. Pero mis dos manos no podían juntarse sin importar qué hicieran, por lo que pusieron una rodilla encima de mi brazo. Todo lo que oí fue un “clic”, y sentí como si me hubieran arrancado los brazos. Me dolió tanto que casi me muero. No tardé mucho en dejar de sentir las manos. Esto no fue suficiente para que se dieran por vencidos, así que me ordenaron ponerme de cuclillas en el suelo para que mi sufrimiento fuera mayor. Sentí tanto dolor que todo mi cuerpo se bañó de un sudor frío, mi cabeza zumbaba y mi consciencia comenzó a estar algo borrosa. Pensé: “Durante todos estos años de mi vida, nunca sentí que no iba a poder controlar mi propia consciencia. ¿Me estoy muriendo?”. Más tarde, realmente no lo soportaba más, entonces pensé en buscar alivio por medio de la muerte. En ese momento, la palabra de Dios me esclareció desde mi interior: “En la actualidad la mayoría de las personas no tienen ese conocimiento. Creen que sufrir no tiene valor […]. El sufrimiento de algunas personas llega al extremo y piensan en la muerte. Este no es el verdadero amor hacia Dios; ¡esas personas son cobardes, no perseveran, son débiles e impotentes!” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me hicieron despertar súbitamente y darme cuenta de que mi forma de pensar no estaba alineada con la voluntad de Dios y que solo entristecería y desilusionaría a Dios. Porque en medio de este dolor y de esta tribulación, lo que Dios quería no era verme buscando la muerte, sino ver que era capaz de confiar en la guía de Dios para luchar contra Satanás, dar testimonio de Dios, y avergonzar y vencer a Satanás. Buscar la muerte sería caer justo en la trampa de Satanás, por lo que no podría dar testimonio y en cambio me convertiría en una señal de vergüenza. Luego de comprender las intenciones de Dios, oré en silencio: “¡Oh, Dios! La realidad ha demostrado que mi naturaleza es muy débil. No tengo la voluntad ni el valor para sufrir por Ti y quise morir solo por un poco de dolor físico. Ahora no quiero escapar de ello y debo mantenerme firmemente en el testimonio de Ti y satisfacerte sin importar cuánto sufrimiento deba soportar. Pero en este momento, mi cuerpo está sufriendo un enorme dolor y una gran debilidad, y sé que es muy difícil superar los golpes de estos demonios por mi propia cuenta. Por favor, dame más confianza y fuerza para poder confiar en Ti y poder derrotar a Satanás. Juro por mi vida que no te traicionaré ni venderé a mis hermanos y hermanas”. Al orar repetidas veces a Dios, mi corazón se fue calmando lentamente. La policía malvada vio que casi no respiraba y temió que sería responsable de mi muerte, así que me soltó las esposas. Pero mis brazos ya se habían puesto rígidos, y las esposas estaban tan apretadas que les costó mucho trabajo quitármelas. Los cuatro policías perversos tuvieron que dedicar varios minutos a quitarme las esposas antes de arrastrarme de nuevo al cuarto de interrogatorio.

A la tarde siguiente, la policía arbitrariamente me echó la culpa de haber cometido un “delito penal” y me llevó a mi hogar para hacer una redada, y luego me envió a un centro de detención. Tan pronto como entré allí, cuatro funcionarios de prisión confiscaron mi chaqueta de algodón, mis pantalones, mis botas y mi reloj, así como también los 1.300 yuanes que llevaba encima. Me hicieron vestir el uniforme estándar de la prisión y me obligaron a gastar 200 yuanes en comprar una manta de ellos. Más tarde, los funcionaros me encerraron junto a ladrones a mano armada, homicidas, violadores, y narcotraficantes. Cuando ingresé en mi celda, vi a doce prisioneros calvos mirándome con hostilidad. La atmósfera era sombría y aterradora, y sentí que se me había subido el corazón en la boca. Dos de los jefes de la celda se me acercaron y me preguntaron: “¿Por qué estás aquí?”. Dije: “Por difundir el evangelio”. Sin pronunciar otra palabra, uno de ellos me dio dos bofetadas y dijo: “Eres un líder religioso, ¿no?”. Todos los demás prisioneros comenzaron a reírse frenéticamente y a burlarse de mí, preguntando: “¿Por qué no dejas que tu Dios te saque de aquí?”. En medio de las burlas y del ridículo, el jefe de la celda me volvió a dar varias cachetadas más. A partir de allí, me pusieron como apodo “líder religioso” y con frecuencia me humillaban y se burlaban de mí. El otro jefe de la celda vio las zapatillas que tenía puestas y gritó con arrogancia: “No tienes ni idea de dónde has venido. ¿Eres digno de usar ese calzado? ¡Quítatelo!”. Tal como me dijo, me obligó a quitármelas y a colocarme un par suyo, muy desgastado. También me quitó mi manta y se la dio a los otros prisioneros. Esos prisioneros se pelearon por mi manta, y al final me dejaron una vieja que era delgada y que estaba rota, sucia y hedionda. Instigados por los oficiales de correcciones, estos prisioneros me sometieron a todo tipo de dificultades y tormentos. La luz siempre estaba encendida por la noche en la celda, pero un jefe me dijo con una sonrisa maléfica: “Apaga esa luz”. Como no podía hacerlo (ni siquiera había un interruptor), comenzaron a reírse y a mofarse nuevamente de mí. Al día siguiente, unos cuantos prisioneros juveniles me obligaron a quedarme de pie en un rincón y a memorizar las reglas de la cárcel, bajo la amenaza: “¡Te vas a enterar si no las memorizas en un par de días!”. No pude evitar sentirme aterrorizado, y cuanto más pensaba en lo que me había ocurrido en los últimos días, más temeroso me volvía. Así que seguí clamando a Dios e implorándole que me protegiera para poder superarlo. En ese momento, pensé en un himno de las palabras de Dios: “Cuando lleguen las pruebas, sigue amando a Dios. Estés enfermo o en prisión, frente a burlas o calumnias, o en tu camino no haya salida, sigue amando a Dios. Así tendrás un corazón vuelto a Dios” (‘¿Se ha vuelto tu corazón a Dios?’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). La palabra de Dios me dio poder y me señaló una senda para practicar: ¡buscar amar a Dios y volcar mi corazón en Él! En ese momento, de repente eso se volvió más claro que el agua dentro de mi corazón: Dios permitió que este sufrimiento recayera sobre mí, no para atormentarme ni para hacerme sufrir intencionalmente, sino para entrenarme a volcar mi corazón en Dios en ese ámbito, de manera tal que pudiera resistir el control de las oscuras influencias de Satanás y entonces mi corazón pudiera seguir estando cerca de Dios y amarlo, sin quejarme nunca, siempre aceptando y obedeciendo Sus orquestaciones y designios. Al tener esto presente, ya no tuve miedo. No importaba cómo la policía y los prisioneros me trataron, todo lo que me importaba era entregarme a Dios; nunca me rendiría ante Satanás.

La vida en prisión es prácticamente el infierno en la tierra. Los guardias instigaban a los prisioneros para que utilizaran varios tipos de tortura conmigo: cuando dormía por la noche, se apiñaban contra mí y casi no podía darme la vuelta y me obligaban a dormir pegado al baño. Luego de ser capturado, no dormí durante varios días y estaba tan somnoliento que no podía soportarlo y me adormitaba. Los prisioneros que montaban guardia venían a acosarme, me golpeaban en la cabeza intencionadamente hasta que me despertaba antes de que se fueran. Hubo un prisionero que deliberadamente me despertó y trató de quitarme mis calzoncillos largos. Después del desayuno del día siguiente, el jefe de la celda me obligó a fregar los suelos todos los días. Eran los días más fríos del año y no había agua caliente, entonces solo podía usar agua fría para el trapo de limpiar. Entonces, varios ladrones a mano armada me hicieron memorizar las normas de la prisión. Si no lograba hacerlo, iban a golpearme y patearme. Recibir una cachetada era incluso algo más común. Enfrentado a tal entorno, me sentí muy miserable. En la noche, me tapé la cabeza con la manta y oré en silencio: “Oh, Dios, Tú permitiste que estuviera en este ámbito, entonces Tus buenas intenciones deben estar aquí. Por favor, revélame Tus intenciones”. En ese momento, me esclarecieron las palabras de Dios: “Yo admiro los lirios que florecen en las colinas. Las flores y la hierba se extienden por las laderas, pero los lirios añaden brillo a Mi gloria en la tierra antes de la llegada de la primavera; ¿puede el hombre conseguir tales cosas? ¿Podría él dar testimonio de Mí en la tierra antes de Mi retorno? ¿Podría consagrarse por causa de Mi nombre en el país del gran dragón rojo?” (‘Capítulo 34’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Mientras contemplaba las palabras de Dios, pensé para mis adentros: “Tanto las flores y el césped como yo mismo, todos somos creaciones de Dios. Él nos creó para que lo manifestemos, para que lo glorifiquemos. Los lirios pueden agregar brillo a la gloria de Dios en la tierra antes de que llegue la primavera, lo que significa que han desempeñado su responsabilidad como creación de Dios. Mi deber hoy es obedecer la orquestación de Dios y dar testimonio de Dios ante Satanás. Hoy estoy siendo perseguido y humillado por mi fe, pero este sufrimiento es por la justicia y es glorioso. Cuanto más me humilla Satanás, más tengo que estar al lado de Dios y amarlo. De ese modo, Dios puede obtener gloria, y yo habré llevado a cabo el deber que debía realizar. Si Dios está feliz y complacido, mi corazón también recibirá consuelo. Estoy dispuesto a soportar el sufrimiento final para satisfacer a Dios y someterme a las orquestaciones de Dios en todas las cosas”. Cuando comencé a pensar de este modo, sentí que mi corazón se conmovía especialmente, y nuevamente no pude contener las lágrimas. Oré a Dios en silencio: “¡Oh, Dios! ¡Eres tan digno de amor! Te he seguido durante muchos años, pero nunca sentí tu tierno afecto como lo siento hoy, ni nunca me había sentido tan cerca de Ti como hoy”. Olvidé por completo mi sufrimiento y me sumergí en este sentimiento conmovedor durante mucho, mucho tiempo…

La temperatura era muy baja el sexto día en el centro de detención. Como la policía maléfica había confiscado mi chaqueta rellena de algodón, solamente tenía puestos mis calzoncillos largos y terminé resfriándome. Terminé con fiebre muy alta y tampoco podía parar de toser. De noche, me envolvía en una manta gastada, y soportaba el tormento de la enfermedad mientras también pensaba en el infinito maltrato y abuso que me propiciaban los prisioneros. Me sentía muy desolado y desamparado. Cuando mi desgracia alcanzó un nivel muy alto, pensé en la oración genuina y sincera de Pedro ante Dios: “Si me haces caer enfermo y me quitas mi libertad, puedo seguir viviendo, pero si Tu castigo y juicio me dejaran, no tendría manera de seguir viviendo. Si estuviera sin Tu castigo y juicio, habría perdido Tu amor, un amor que es demasiado profundo para que lo exprese con palabras. Sin Tu amor viviría bajo el campo de acción de Satanás y no podría ver Tu glorioso rostro. ¿Cómo podría seguir viviendo?” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras me dieron fe y fuerza. Pedro no le daba importancia al sufrimiento físico. Lo que atesoraba, lo que realmente le importaba, era el juicio y el castigo de Dios. Lo que perseguía era experimentar el juicio y el castigo de Dios para poder ser purificado y finalmente lograr la obediencia incluso hasta la muerte, y el amor definitivo a Dios. Sabía que tenía que adoptar la misma búsqueda que Pedro, que Dios había permitido que me pusieran en esa situación. Aunque estaba experimentando sufrimiento físico, era el amor de Dios el que venía sobre mí. Dios quería perfeccionar mi fe y mi resolución frente al sufrimiento. Me conmovió mucho una vez que entendí las serias intenciones de Dios, y odié lo débil, lo egoísta que era. Sentía que tenía una enorme deuda con Dios por no ser considerado con Su voluntad, y juré que por más grande que fuera mi sufrimiento, sería testigo y satisfaría a Dios. Al día siguiente, mi fiebre alta descendió milagrosamente. Le di gracias a Dios en mi corazón.

Una noche, vino un vendedor a la ventana y el jefe de la celda compró mucho jamón, carne de perro, muslos de pollo, y otras cosas más. Al final, me ordenó que pagara. Le dije que no tenía dinero, y entonces me dijo ferozmente: “¡Si no tienes dinero, te torturaré lentamente!”. Al día siguiente, me hizo lavar la ropa de cama, su ropa y sus calcetines. Los oficiales de prisión en el centro de detención también me hicieron lavar sus calcetines. En el centro, tuve que soportar golpizas prácticamente todos los días. Cuando ya no podía soportar más, pensaba en las palabras de Dios: “Durante tu tiempo en la tierra debes llevar a cabo tu deber final por Dios. En el pasado, Pedro fue crucificado cabeza abajo por Dios, pero tú debes satisfacer a Dios al final y agotar toda tu energía por Él. ¿Qué puede hacer por Dios una ser creado? Por tanto, debes entregarte a Dios más temprano que tarde para que Él disponga de ti como lo desee. Mientras Él esté feliz y complacido, permítele hacer lo que quiera contigo. ¿Qué derecho tienen los hombres de quejarse?” (‘Capítulo 41’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fuerzas. Aunque de vez en cuando estuviera sometido a los ataques, el maltrato, la condena y los golpes de los prisioneros, con la guía de las palabras de Dios, sentí consuelo en mi interior y ya no sentí dolor.

En una ocasión, un carcelero me llevó a sus oficinas. Vi a más de una docena de personas observándome con una mirada peculiar. Una de ellas sostenía una videocámara frente a mí, a mi izquierda, mientras que otra se me acercó con un micrófono y me preguntó: “¿Por qué crees en Dios Todopoderoso?”. En ese momento me di cuenta de que se trataba de una entrevista para los medios de comunicación, así que contesté con orgullosa humildad: “Desde niño, con frecuencia era sometido a los acosos de la gente y a que me ignoraran, y he visto gente que se engaña mutuamente y que se aprovecha uno del otro. Pensé que esta sociedad era demasiado sombría, demasiado peligrosa. Las personas llevaban vidas vacías y desoladas, sin ninguna expectativa y sin proyectos de vida. Más tarde, cuando alguien me predicó el evangelio de Dios Todopoderoso, comencé a creer en él. Luego de creer en Dios Todopoderoso, sentí que otros creyentes me trataban como si fuera un miembro de su familia. Nadie en la Iglesia de Dios Todopoderoso conspira contra mí. Todos son mutuamente comprensivos y afectuosos. Se cuidan entre sí, y no temen decir lo que piensan. En la palabra de Dios Todopoderoso he encontrado el propósito y el valor de la vida. Pienso que creer en Dios es muy bueno”. El periodista preguntó después: “¿Sabes por qué estás aquí?”. Respondí: “Después de creer en Dios Todopoderoso, vi cómo la palabra de Dios puede verdaderamente salvar y purificar a la gente y conducirla a tomar la senda correcta en la vida. Por lo tanto, decidí contarles estas buenas nuevas a otras personas, pero nunca pensé que una buena acción así estaría prohibida en China. Y entonces me arrestaron y me trajeron aquí”. El reportero vio que mis respuestas no eran favorables para ellos, así que de inmediato detuvo la entrevista y se fue. En ese momento, el subdirector de la Brigada de Seguridad Nacional estaba tan furioso que no paraba de dar patadas en el suelo. Me miró con saña, rechinó los dientes y dijo: “¡Espera y verás!”. Pero yo no tenía ningún miedo a sus amenazas o a su intimidación. Por el contrario, me sentí profundamente honrado de haber podido dar testimonio de Dios en tal ocasión, y además di gloria a Dios por la exaltación del nombre de Dios y la derrota de Satanás.

Más tarde, el agente de policía a cargo de mi caso me volvió a interrogar. Esta vez no utilizó ningún método de tortura para intentar forzar una confesión, sino que hizo uso de un rostro “amable” para preguntarme: “¿Quién es tu líder? Te daré otra oportunidad. Si nos lo dices, vas a estar bien. Seré muy clemente contigo. En primer lugar, eras inocente, pero otras personas te delataron. Entonces, ¿por qué encubrirlos? Pareces una buena persona. ¿Por qué dar tu vida por ellos? Si hablas, podrás irte a casa. ¿Para qué vas a quedarte aquí y sufrir?”. Esos hipócritas de doble cara vieron que el método de la fuerza bruta no había funcionado, entonces decidieron utilizar un enfoque afable. ¡Realmente están llenos de trucos astutos y son maestros en maquinaciones y artimañas! El hecho de ver ese rostro hipócrita llenó mi corazón de odio hacia ese montón de demonios. Respondí: “Les he dicho todo lo que sé. No sé nada más”. Al advertir mi actitud firme, supo que no me podría sacar ninguna información, así que se retiró desanimado.

Al cabo de medio mes de estar detenido en el centro, me liberaron después de que la policía le pidiese a mi familia que pagara 8.000 yuanes como fianza. Pero me advirtieron que no fuera a ningún lado y que debía quedarme en casa y garantizarles que me podían localizar. Más tarde, en una acusación infundada de “perturbar el orden social”, el PCCh me sentenció a un año fijo de prisión, suspendido por dos años.

Luego de vivir esta persecución y tribulación, entendí y pude discernir el rostro diabólico y la esencia malvada del Partido Comunista ateo de China, y generé un odio profundamente arraigado hacia él. Utiliza la violencia y la mentira para proteger su propia posición de dominación; suprime y persigue desenfrenadamente a las personas que creen en Dios. Utiliza todos los trucos posibles para obstaculizar e interrumpir la obra de Dios en la tierra, y odia la verdad hasta el extremo. Es el mayor enemigo de Dios y también el enemigo de aquellos de nosotros que somos creyentes. Después de pasar por esta tribulación, puedo ver que solo la palabra de Dios puede dar vida a las personas. Cuando estaba más desesperado o al borde de la muerte, fue la palabra de Dios la que me dio fe y valor, y me permitió aferrarme tenazmente a la vida. Gracias a Dios por protegerme en esos días tan oscuros y difíciles. ¡Su amor por mí es inmensamente grande!

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