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79. Siete años de pruebas han revelado mi verdadera naturaleza

Por Chen Hui, provincia de Heilongjiang

En 1994, junto con mi madre, acepté la obra de Dios de los últimos días. Cuando me enteré de cómo había reaparecido Dios en la carne para hacer la obra de salvación, me alegré sobremanera y, en particular, me sentí honrado de ser beneficiario de la salvación de Dios. Posteriormente, a menudo asistía a reuniones y cantaba himnos de alabanza a Dios con mis hermanos y hermanas. Cuando tenía tiempo, leía la palabra de Dios y, tras haber ganado algo de entendimiento de Sus intenciones, dividí mi tiempo entre el trabajo y el cumplimiento de tantos deberes como podía cumplir dentro de la iglesia. Un tiempo después, oí que la obra de Dios llegaría muy pronto a su fin. Con gran emoción, pensé para mis adentros: “Será mejor que trabaje duro en mi búsqueda de la verdad y que haga más buenas obras antes de que termine la obra de Dios. No debo perder esta oportunidad que solo se da una vez en la vida”. Acto seguido, tomé la firme decisión de dejar mi trabajo y dedicarme por completo a la obra de difusión del evangelio del reino. Decidí dedicar el resto de mi vida completamente a Dios con la creencia de que solo haciéndolo podía recibir Su elogio y Su bendición. En esa época, todos los días, me mantenía constantemente ocupado, desde la mañana temprano hasta altas horas de la noche, aunque hubiera lluvia o viento. Incluso si tenía que recorrer decenas de kilómetros en bicicleta, nunca me sentía cansado ni saturado de trabajo. Hubo momentos en los que sentía dolor y debilidad al enfrentarme a la calumnia de gente mundana o al abandono por parte de seres queridos, pero apenas me di cuenta de que no sólo me salvaría cuando las grandes calamidades descendieran sobre la Tierra y que ganaría la vida eterna, sino que también disfrutaría de las abundantes bendiciones materiales de Dios, un sentimiento de exaltación inundó todo mi ser, junto con la sensación de que todos mis esfuerzos valían la pena. De este modo, me sentí confiado en que, si podía entregarlo todo para Dios, eso significaba que yo era alguien que amaba a Dios y que merecía Sus bendiciones, y que ciertamente habría un lugar para mí en el reino. Desde ese momento, aun cuando seguí esforzándome y contribuyendo, esperaba con ansias el día en el que la obra de Dios llegaría a su fin para poder reclamar mi parte en el reino lo antes posible.

Un día, a finales de 1999, justo cuando me estaba preparando con confianza para entrar en el reino y disfrutar sus maravillosas bendiciones, una hermana me dijo: “El hermano desde lo alto ha comunicado que si deseamos recibir la salvación y ser hechos perfectos, primero debemos experimentar siete años de pruebas”. Al oír esto, casi no podía creer lo que estaba escuchando. Como quería asegurarme de que no había oído mal, le pedí a la hermana que lo repitiera. Una vez que había confirmado que eso era realmente lo que ella había dicho, mi cabeza empezó a dar vueltas y me sentí muy confundido. Por mi propia vida, no podía aceptar como cierto lo que la hermana había dicho. De repente, mi cabeza empezó a llenarse de pensamientos: “¿Por qué aún tengo que pasar siete años de pruebas? Cuando dijeron que la obra de Dios terminaría en los próximos dos años, lo dejé todo ¿Cómo se supone que tengo que seguir ahora que me quedan otros siete años por delante? ¿Debería buscar un trabajo para hacer algo de dinero? En siete años, tendré treinta años; ¿qué pasa con todo ese asunto de casarse? […]”. Al principio, pensaba que estaba a punto de entrar en el reino de Dios, y que todas mis aflicciones carnales terminarían pronto. Sin embargo, ahora parecía que no sólo no iba a entrar en el reino de Dios, sino que también tenía que experimentar siete años de pruebas y refinamientos. Cuando pensé esto, me dio un vuelco el corazón y una tristeza inexpresable invadió todo mi ser. Empecé a culpar a Dios inconscientemente, y pensaba: “¡Dios! ¿Por qué no me dijiste antes que aún tengo que experimentar siete años de refinamiento? Al principio, pensé que independientemente de lo malas que se pusieran las cosas, todo terminaría en dos o tres años, y que luego podría entrar en el reino y disfrutar maravillosas bendiciones para siempre. Ahora, sin embargo, aún tengo por delante siete años de pruebas y refinamiento. Pero ¿cómo se supone que tengo que pasar por ellos?”. Cuanto más pensaba, más negativo me ponía. Empecé a arrepentirme de las decisiones que había tomado, e incluso consideré regresar al mundo secular para buscar un trabajo y hacer dinero, y solo participar en la vida de la iglesia cuando el tiempo me lo permitiera. Por tanto, vivía en la pura miseria y me sentía constantemente desanimado: me quedaba dormido en las reuniones y sólo cumplía mi deber con desgano. No sentía que tenía la misma energía como había tenido en el pasado, pero tampoco me atrevía a dar un paso atrás; estaba verdaderamente entre la espada y la pared. Por aquella época, había algunas personas que, incapaces de resistir las penurias de siete años de pruebas, habían dado la espalda a Dios y habían perdido su fe. Al oír estas noticias, me sentí impactado y era como si en mi cabeza hubiese saltado una alarma. Al considerar mi posición actual, me di cuenta de que si no hacía algo para cambiar, entonces yo también correría un gran riesgo; pero ¿cómo iba a cambiar mis circunstancias para salir de la negatividad en la que me había sumido?

No mucho tiempo después, vi el siguiente pasaje de las palabras de Dios: “Cada vez que se mencionan las pruebas de los siete años, hay bastantes personas que se sienten especialmente incómodas y abatidas, y hay algunas se quejan y hay todo tipo de reacciones. De estas reacciones es evidente que las personas necesitan ahora tales pruebas, necesitan esta clase de adversidad y refinamiento. Lo que las personas buscan es obtener bendiciones para el futuro; esta es su meta al creer en Dios. Todo el mundo tiene esta intención y esta esperanza, pero la corrupción en su naturaleza debe resolverse por medio de pruebas. En los aspectos en los que no estás purificado, en esos aspectos debes ser refinado: este es el arreglo de Dios. Dios crea un entorno para ti y te fuerza a ser refinado en ese entorno para que puedas conocer tu propia corrupción. Finalmente, llegas a un punto en el que preferirías morir y renunciar a tus planes y deseos, y someterte a la soberanía y el arreglo de Dios” (‘Cómo satisfacer a Dios en medio de las pruebas’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Las palabras de Dios fueron una exposición perfecta de mi dilema del momento. En cuanto escuché que aún tendría que experimentar siete años de pruebas, me había hundido en un pozo de negatividad y, lleno de quejas, me había rebelado contra Dios. Previamente, había pensado que como había dejado mi trabajo, había abandonado mi vida familiar y había invertido mucho más que los seguidores promedio, era el que amaba a Dios más que ninguna otra persona y el más merecedor de Sus bendiciones. Solo entonces me di cuenta de que mi búsqueda era impura. Dios examina el corazón y la mente de las personas, y Él usó pruebas y refinamientos para revelar que mi creencia en Él se basaba realmente en un deseo de bendiciones. Él me permitió obtener entendimiento verdadero del enfoque erróneo de mi búsqueda y abandonar mi deseo de bendiciones. Más tarde, vi otro pasaje de las palabras de Dios: “¿Acaso no seguís cultivando una falsa imagen para engañarme, por amor a vuestro destino, para que este sea hermoso y feliz? Soy consciente de que vuestra devoción y vuestra sinceridad no son sino temporales; ¿no son vuestras aspiraciones y el precio que pagáis sólo para ahora y no para después? Sólo queréis hacer un esfuerzo final para aseguraros un hermoso destino. Vuestro propósito consiste tan sólo en hacer un trato; no es que no os sintáis en deuda con la verdad, y en particular, no es para compensarme por el precio que Yo he pagado. En pocas palabras, sólo estáis dispuestos a emplear vuestra sagacidad, pero no queréis luchar por él. ¿Acaso no es este vuestro más sentido deseo? No debéis disfrazaros, y menos aún romperos la cabeza respecto a vuestro destino, hasta el punto de ser incapaces de comer o dormir. ¿No es cierto que vuestro destino habrá sido determinado al final?” (‘Acerca del destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). El juicio y el castigo en las palabras de Dios hicieron que me sintiera avergonzado y que reflexionara sobre mis pensamientos y acciones, y me di cuenta de que eran idénticos a los que Dios había expuesto. Pensaba en cuando había entrado por primera vez en la iglesia y seguía teniendo un trabajo mientras cumplía mis deberes. Cuando me enteré de que la obra de Dios llegaría pronto a su fin, pensé para mis adentros que para ganar Sus bendiciones y ganar recompensas solo debía dedicarme por completo a Él por un tiempo. Para asegurarme de que podía entrar en el reino de Dios una vez que la obra de Dios hubiera concluido, abandoné todos los placeres físicos y me volqué de lleno al cumplimiento de mis deberes. Sin embargo, al escuchar que aún tenía que experimentar siete años de pruebas, sentí que me habían dado un revés del que no podía recuperarme, y me puse tan negativo que ni siquiera tenía fuerzas para cumplir mis deberes. Mi corazón estaba lleno de culpa y resistencia contra Dios. Sentía arrepentimiento por todo lo que había abandonado y todo el duro trabajo que había hecho; incluso consideré traicionar a Dios y darle la espalda ¡Me convertí en una persona completamente diferente a quien era antes! Fue solo a través de la revelación de la prueba que me di cuenta de que nunca había adorado verdaderamente a Dios como el Creador de todos los seres. También me di cuenta de que no me había gastado ni había abandonado cosas mundanas para cumplir mi deber como un ser creado para buscar amar a Dios y satisfacerlo a Él. En cambio, había hecho todos estos esfuerzos solamente por mi propio destino futuro. Todo lo que había hecho era para hacer un trato con Dios; por lo tanto, yo lo había estado engañando y usando para alcanzar mi objetivo final de entrar en el reino para recibir abundantes bendiciones ¡Qué egoísta, despreciable y feo fui! Era justo como habían revelado las palabras de Dios: “No importa cómo sean probados, la lealtad de los que tienen a Dios en su corazón se mantiene sin cambios; pero para los que no tienen a Dios en su corazón, una vez que la obra de Dios no sea favorable para su carne, cambian su opinión de Dios y hasta se apartan de Dios. Así son los que no se mantendrán firmes al final, que sólo buscan las bendiciones de Dios y no tienen el deseo de consumirse por Dios y dedicarse a Él. Todas estas personas tan viles serán expulsadas cuando la obra de Dios llegue a su fin y no son dignas de ninguna simpatía. Los que no tienen una humanidad no pueden amar verdaderamente a Dios. Cuando el ambiente es seguro y fiable, o pueden obtener ganancias, son completamente obedientes a Dios, pero cuando lo que desean está comprometido o finalmente se les niega, de inmediato se rebelan. Incluso, en el espacio de sólo una noche, pueden pasar de ser una persona sonriente y ‘de buen corazón’ a un asesino de aspecto espantoso y feroz, tratando de repente a su benefactor de ayer como su enemigo mortal, sin ton ni son. Si estos demonios no son desechados, demonios que matarían sin pensarlo dos veces, ¿no se convertirían en la fuente de más sufrimiento?” (‘La obra de Dios y la práctica del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). A partir de las palabras de Dios, era evidente que las personas egoístas y traicioneras carecen de humanidad y viven solamente para sacar beneficio, faltando a la fidelidad y la confianza para provecho personal. Quienes viven según la naturaleza de Satanás no pueden ser compatibles con Dios de ninguna manera; tales personas se resisten y traicionan constantemente a Dios, e incluso consideran a Dios como su enemigo. Dios odia y detesta a estas personas, y si siguen negándose a buscar la verdad, al final serán eliminadas. Pensé en la forma en la que, en las dos ocasiones en las que Dios encarnado había venido a la Tierra para realizar la obra de la salvación de la humanidad, Él sufrió una humillación increíble y pagó el precio definitivo con el fin de liberarnos de la influencia de las tinieblas de Satanás; y, sin embargo, no nos ha pedido nunca nada. Por el contrario, yo no solo no había reconocido el amor de Dios o sido mínimamente agradecido, ni me había dedicado genuinamente a Él, sino que solo me había preocupado por obtener bendiciones. Cuando la obra de Dios no cuadraba con mis conceptos y fantasías, o no implicaban un beneficio para mí físicamente, me alejaba instantáneamente de Él, e incluso me arrepentía de todos mis esfuerzos y de todo lo que había abandonado, y deseaba abandonar a Dios por completo. Pude ver que no poseía ni un ápice de humanidad; mi naturaleza era tal que me había resistido a Dios y lo había traicionado, y semejante rebeldía sólo era digna de las maldiciones de Dios. Tras darme cuenta de todo esto, me llené de culpa y de autorreproches, y me hice la promesa de no volver a ser tan deshonesto nunca más. Sabía que debía arrepentirme y esforzarme por buscar la verdad lo antes posible para satisfacer a Dios.

Más tarde, leí las siguientes palabras en un sermón: “Hoy, hay muchos cuyos corazones albergan quejas y que actúan con una falta de fe malévola cuando se enfrentan a los siete años de pruebas. Esto es muy sorprendente y ha hecho que me dé cuenta de que los que están en la familia de Dios ahora no son mejores que los israelitas del pasado. Se puede decir que la obra de Dios en el presente es, por lejos, la más apropiada y necesaria para la humanidad corrupta. Si Dios no actuara de esta manera, la humanidad nunca llegaría a conocerlo, adquirir fe real o alabarlo verdaderamente. Los humanos actualmente están empobrecidos, son miserables y están ciegos. No tienen conocimiento real de Dios. Antes de que comenzaran las pruebas, la naturaleza de rebelión, resistencia y traición a Dios de mucha gente fue expuesta a plena luz del día para que todos lo vieran ¿Cómo podría esa gente esperar entrar en el reino? ¿Cómo podrían ser considerados dignos de recibir las promesas de Dios? Si el hombre entendiera de verdad sus propias faltas, su propia pobreza y miseria, si pudiera ver cómo su naturaleza fue rebelde y se resistió a Dios, entonces se sometería a los distintos sufrimientos y refinamientos que Dios ha arreglado, y estaría dispuesto a someterse por voluntad propia a las orquestaciones de Dios y a toda Su obra. Tras leer tan solo algunos pasajes de la palabra de Dios, solo los más arrogantes podrían suponer haber comprendido la verdad, poseer humanidad, o pensar que no necesitan experimentar pruebas y refinamientos y que deberían ser elevados directamente al tercer cielo. Cualquiera con experiencia de vida se habría dado cuenta de que si uno solo lee la palabra de Dios, pero no experimenta los refinamientos de todo tipo de pruebas y sufrimientos, no podrá alcanzar un cambio de carácter. Que alguien haya entendido muchas doctrinas no significa necesariamente que posee estatura verdadera. Por lo tanto, en el futuro, el hombre tiene que pasar por muchas pruebas: esto es la gracia y la exaltación de Dios y, aún más, Su salvación, y todos deben dar las gracias y alabar a Dios por ello” (La comunión de los de arriba). Tras leer este sermón, obtuve un mayor entendimiento de las intenciones de Dios. Enfrentarme a esas pruebas y refinamientos era exactamente lo que mi vida necesitaba; si no hubiese sido expuesto de esta manera, nunca hubiera escrutado las malas intenciones que habían motivado mi fe ni reconocido mi naturaleza satánica, egoísta y despreciable. Hasta había pensado que tenía verdadera fe en Dios, y me había coronado a mí mismo como alguien que amaba a Dios genuinamente. Había estado engañándome y mintiéndome a mí mismo. La maravillosa obra de Dios me había expuesto por completo, permitiéndome ver claramente la verdadera naturaleza de mi resistencia a Él y mi maldad y fealdad. Me había mostrado que yo era un oportunista y un descendiente vivo de Satanás. Mi fe en Dios había sido completamente impura y había estado marcada por las transacciones. Si seguía practicando mi fe de esa manera, nunca recibiría el elogio de Dios y terminaría siendo un fracaso. Experimentar el juicio y el castigo me ayudó a darme cuenta de que la fe en Dios no es tan simple como había imaginado; uno no recibe las bendiciones de Dios inmediatamente tras poner su fe en Dios, ni tampoco llega automáticamente a ningún destino feliz solamente por haber trabajado e invertido tiempo y energía. Si mi naturaleza satánica no era purificada y cambiada, podría practicar la fe en Dios por cien años y seguiría sin obtener la salvación. Esto viene determinado por el carácter justo de Dios, y nadie puede cambiarlo. También me di cuenta de que experimentar pruebas y refinamientos es un paso esencial en el camino para obtener la salvación de Dios. Ahora ya no culpo ni malinterpreto a Dios, sino que, en cambio, me someto felizmente a Su obra. He decidido empezar de nuevo y trabajar duro en mi búsqueda de la verdad para que algún día no muy lejano pueda alcanzar un cambio de carácter y ser compatible con Dios.

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