La Palabra manifestada en carne

Contenido

Obra y entrada (10)

Que la humanidad haya progresado hasta aquí es una situación sin precedente. La obra de Dios y la entrada del hombre avanzan hombro con hombre y, así, la obra de Dios es también una gran ocasión sin paralelo. Hasta la fecha, la entrada del hombre es un prodigio nunca antes imaginado por el hombre. La obra de Dios ha alcanzado su cenit y, posteriormente, la “entrada”[1] del hombre también ha alcanzado su apogeo. Dios se ha rebajado tanto como ha podido, y nunca ha protestado ante la humanidad ni ante todas las cosas del universo. Mientras tanto, el hombre se coloca sobre la cabeza de Dios, y lo oprime hasta lo máximo; todo ha llegado a su máximo nivel, y es hora de que aparezca el día de la justicia. ¿Por qué seguir dejando que la penumbra cubra la tierra, y la oscuridad envuelva a todos los pueblos? Dios ha observado durante varios miles de años —incluso decenas de millares de años—, y hace mucho que Su tolerancia ha llegado a su límite. Ha estado observando cada movimiento de la humanidad, durante cuánto tiempo se desmandaría la injusticia del hombre; a pesar de ello, el hombre, que lleva mucho tiempo ya insensibilizado, no siente nada. ¿Y quién ha observado jamás los hechos de Dios? ¿Quién ha alzado alguna vez sus ojos y ha mirado en la distancia? ¿Quién ha escuchado en algún momento con atención? ¿Quién ha estado jamás en las manos del Todopoderoso? Las personas están todas plagadas de temores imaginarios.[2] ¿Qué uso tiene un montón de heno y paja? Lo único que pueden hacer es torturar al Dios vivo y encarnado hasta la muerte. Aunque no son más que montones de heno y paja, sigue habiendo una cosa que hacen “mejor que nada”: torturar a Dios en carne viva y hasta la muerte, y después gritar que eso “alegra el corazón de las personas”. ¡Qué ejército de gambas y generales cangrejos!* Increíblemente, en medio de un flujo incesante de personas, centran su atención en Dios, lo rodean de un impenetrable bloqueo. Su fervor arde cada vez más,[3] han cercado a Dios en hordas, para que no pueda moverse ni un milímetro. En sus manos, sostienen todo tipo de armas y miran a Dios como si contemplaran a un enemigo, con los ojos llenos de ira; rabian por “descuartizar a Dios”. Qué desconcertante: ¿Por qué se han convertido el hombre y Dios en enemigos tan irreconciliables? ¿Podría ser que hubiera rencor entre el Dios más encantador y el hombre? ¿Podría ser que las acciones de Dios no tengan beneficio alguno para el hombre? ¿Perjudican al hombre? Este fija una mirada inquebrantable en Dios, profundamente temeroso de que traspase el bloqueo del hombre, regrese al tercer cielo y, una vez más, eche al hombre en la mazmorra. El hombre recela de Dios, está en ascuas y se arrastra por el suelo a cierta distancia; sostiene una “ametralladora” apuntando al Dios en medio del hombre. Es como si, a la menor agitación de Dios, el hombre se lo quitara todo: Su cuerpo entero y todo lo que Él viste, sin dejar nada atrás. La relación entre Dios y el hombre está más allá de toda reparación. Dios es incomprensible para el hombre; mientras tanto, este cierra los ojos deliberadamente, se hace el tonto, sin la mejor disposición a ver Mi existencia, y sin perdonar Mi juicio. Así, cuando el hombre no lo espere, Yo me iré volando en silencio, y dejaré de comparar quién es elevado entre los hombres y quién es bajo. La humanidad es el “animal” más bajo de todos, y Yo ya no deseo tenerlo en cuenta. Hace ya mucho que he devuelto la totalidad de Mi gracia al lugar donde Yo resido apaciblemente; dado que el hombre es tan desobediente, ¿qué razón tiene de disfrutar más de Mi preciosa gracia? No estoy dispuesto a conceder Mi gracia en vano a las fuerzas que me son hostiles. Conferiría Mis preciosos frutos a esos agricultores de Canaán, celosos y que acogen fervorosamente Mi regreso. Sólo deseo que los cielos duren toda la eternidad y, más aún, que el hombre no envejezca, que los cielos y el hombre reposen para siempre, y que esos “pinos y cipreses” imperecederos acompañen para siempre a Dios y que para siempre acompañen a los cielos al entrar juntos en la era ideal.

He pasado muchos días y noches con el hombre, he residido en el mundo con él y nunca le he exigido nada más. Simplemente lo guío siempre hacia adelante; no hago más que guiarlo y, por el bien del destino de la humanidad, llevo a cabo incesantemente el trabajo de planificación. ¿Quién ha entendido alguna vez la voluntad del Padre celestial? ¿Quién ha viajado entre el cielo y la tierra? Ya no deseo pasar con el hombre su “vejez”, porque es demasiado anticuado; no entiende nada. Sólo sabe atiborrarse en el banquete que he dispuesto, manteniéndose al margen de todo lo demás, y sin pensar en ningún otro asunto. La humanidad es demasiado mezquina; el clamor, la desesperanza y el peligro entre los hombres son demasiado grandes y, por tanto, no deseo compartir los preciosos frutos del triunfo ganado durante los últimos días. Que el hombre disfrute de las ricas bendiciones que él mismo ha creado, porque no me da la bienvenida. ¿Por qué debería Yo obligarlo a fingir una sonrisa? Cada esquina del mundo está desprovista de calidez, no hay rastro de primavera en sus paisajes porque, como el animal que vive en el agua, el hombre no tiene el más ligero calor. Es como un cadáver, y hasta la sangre que corre por sus venas es como el hielo que congela el corazón. ¿Dónde está la calidez? El hombre clavó a Dios en la cruz sin razón y, después, no sintió los más mínimos reparos. Nadie ha sentido nunca pesar, y esos crueles tiranos siguen planeando una vez más “capturar vivo”[4] al Hijo del Hombre, y ponerlo ante un batallón de fusilamiento, para poner fin al odio que hay en sus corazones. ¿Qué beneficio existe en quedarme en esta tierra peligrosa? Si me quedo, lo único que le acarrearé al hombre es conflicto y violencia, y no el final del problema, porque nunca le he traído paz, sino guerra. Los últimos días de la humanidad deben estar llenos de guerra y el destino del hombre debe caer en medio de la violencia y del conflicto. No estoy dispuesto a “compartir” el “deleite” de la guerra; no acompañaré el derramamiento de sangre y el sacrificio del hombre, porque su rechazo me ha llevado al “abatimiento”, y no tengo corazón para contemplar las guerras del hombre. Que pelee para satisfacción de su corazón. Yo deseo descansar; quiero dormir. ¡Que los demonios sean los compañeros de la humanidad durante sus últimos días! ¿Quién conoce Mi voluntad? El hombre no me ha dado la bienvenida ni me ha esperado jamás; por ello, sólo puedo decirle adiós, otorgarle el destino de la humanidad, y dejarle al ser humano toda Mi riqueza, sembrar Mi vida entre los hombres, plantar la semilla de Mi vida en el campo de su corazón y dejarle recuerdos eternos. Sólo puedo dejarle todo Mi amor a la humanidad, concederle todo lo que el hombre valora en Mí como regalo de amor que anhelamos el uno para el otro. Querría que nos amáramos siempre, que nuestro ayer sea lo bueno que nos damos el uno al otro, porque ya le he otorgado Mi totalidad a la humanidad; ¿qué quejas podría tener el hombre? Ya le he dejado toda Mi vida, y sin una palabra he trabajado duro, y he arado la hermosa tierra del amor para la humanidad. Nunca le he puesto exigencias equitativas al hombre ni he hecho nada más que someterme a sus disposiciones y crear un mañana más hermoso para la humanidad.

Aunque la obra de Dios es rica y abundante, la entrada del hombre es muy deficiente. De la “empresa” conjunta del hombre y Dios, casi toda ella es la obra de Dios; respecto a cuánto ha entrado el hombre, casi no tiene nada de ella que mostrar. El hombre, tan empobrecido y ciego, incluso mide su fuerza contra el Dios de hoy con “armas antiguas” en sus manos. Estos “simios primitivos” apenas son capaces de caminar rectos, y no hallan vergüenza alguna en su cuerpo “desnudo”. ¿Qué los cualifica para evaluar la obra de Dios? Los ojos de muchos de estos monos de cuatro extremidades se llenan de rabia, y se enfrentan a Dios con antiguas armas de piedra en sus manos, intentan iniciar una competición de los hombres simios, cuya semejanza el mundo no ha visto nunca antes; celebrar una competición de los últimos días entre los hombres simios y Dios que se hará famosa por toda la tierra. Además, muchos de estos antiguos hombres monos medio erguidos rebosan de complacencia. Con el pelo enmarañado que cubre sus rostros, están llenos de intenciones asesinas y levantan sus patas delanteras. Todavía tienen que evolucionar por completo y ser un hombre moderno, así que unas veces se yerguen, y otras se arrastran; gotas de sudor cubren su frente como partículas de rocío estrechamente agrupadas. Su avidez es manifiesta. Al contemplar al prístino y ancestral hombre mono, su compañero, que se mantiene sobre los cuatro —sus cuatro— miembros voluminosos y lentos, apenas capaces de evitar los golpes y sin fuerzas para defenderse, escasamente pueden contenerse. En un abrir y cerrar de ojos —antes de que dé tiempo a ver lo sucedido—, el “héroe” se desploma patas arriba en el ring. Esas extremidades, erróneamente plantadas sobre el suelo durante todos aquellos años, de repente han sido puestas del revés, y el hombre mono ya no tiene deseo alguno de resistir. Desde esta vez en adelante, el más antiguo de los hombres monos es borrado de la faz de la tierra; es verdaderamente “penoso”. Este hombre simio antiguo llegó a un final tan repentino. ¿Por qué tuvo que precipitarse tan pronto desde el maravilloso mundo del hombre? ¿Por qué no discutió el siguiente paso de estrategia con sus compañeros? ¡Qué lástima que se despidiera del mundo sin dejar el secreto de medir la fuerza propia contra Dios! ¡Qué desconsiderado por parte de un viejo hombre simio, morir sin un susurro, marcharse sin transmitir la “antigua cultura y las artes” a sus descendientes! No hubo tiempo para que llamara a sus más cercanos a su lado, para hablarles de su amor; no dejó mensaje alguno en tabla de piedra, no discernió sol-cielo ni dijo nada de su indecible dificultad. Cuando expiró su último aliento, no llamó a sus descendientes junto a su cuerpo moribundo para decirles “no subáis al ring para retar a Dios”, antes de cerrar sus ojos, con los cuatro miembros rígidos y alzados para siempre como las ramas del árbol apuntan al cielo. Parecería que su muerte hubiera sido amarga… De repente, una rugiente risotada estalla desde debajo del ring; uno de los hombres mono, medio erguido, está fuera de sí; sostiene un “garrote de piedra” para cazar antílopes u otra presa salvaje más avanzado que el del viejo hombre mono; salta al ring, lleno de rabia, con un plan bien pensado en mente.[5] Es como si hubiera hecho algo meritorio. Con la “fuerza” de su garrote de piedra se las arregla para mantenerse erguido durante “tres minutos”. ¡Qué grande es el “poder” de su tercera “pierna”! Mantuvo al gran hombre mono, torpe, necio y medio erguido, en pie durante tres minutos; no es de sorprender que este viejo hombre simio venerable [6] sea tan dominante. En efecto, el antiguo instrumento de piedra “hace honor a su reputación”: Tiene mango, filo y punta; el único defecto es la falta de brillo del filo; ¡qué lamentable! Contempla de nuevo al “pequeño héroe” de los tiempos antiguos, de pie en el ring, que mira a los que están abajo con ojos desdeñosos, como si fueran impotentes seres inferiores, y él fuera el héroe gallardo. En su corazón, detesta secretamente a aquellos que están delante del escenario. “El país está en apuros, y cada uno de nosotros es responsable; ¿por qué os mantenéis al margen? ¿No será que veis que el país se enfrenta a la catástrofe, pero no tomaréis parte en una batalla sangrienta? El país está al borde de la catástrofe; ¿por qué no sois los primeros en mostrar preocupación, y los últimos en divertiros?[7] ¿Cómo podéis soportar ver malograrse el país y a su gente caer en la decadencia? ¿Estáis deseosos de llevar la vergüenza de la subyugación nacional? ¡Qué pandilla de inútiles!”. Mientras piensa esto, estallan peleas delante del escenario y sus ojos se vuelven cada vez más furiosos, como si estuvieran a punto de lanzar[8] llamas. Ansía que Dios falle antes de la pelea, desesperado por matar a Dios para alegrar a las personas. No tiene la menor idea de que, aunque su herramienta de piedra pueda tener merecida fama, nunca podría confrontar a Dios. Antes de tener tiempo de defenderse, de tumbarse y de volver a ponerse en pie, se balancea hacia adelante y hacia atrás, perdida la vista de ambos ojos. Se desploma junto a su viejo ancestro, y no vuelve a levantarse; aprieta estrechamente al ancestral hombre mono, y no grita más: reconoce su inferioridad y ya no tiene deseo alguno de resistirse. Esos dos pobres hombres simios mueren delante del ring. ¡Qué lamentable que los antepasados de la humanidad, que han sobrevivido hasta el día presente, murieran en la ignorancia el día cuando apareció el Sol de justicia! ¡Qué necio es haber dejado que tan gran bendición pasara de largo por su lado, que el día de su bendición, los hombres monos que han aguardado durante miles de años se hayan llevado las bendiciones al Hades, para “disfrutar” con el rey de los diablos! ¿Por qué no conservar estas bendiciones en el mundo de los vivos para disfrutarlas con sus hijos e hijas? ¡Sólo se buscan problemas! ¡Qué desperdicio! Por amor a un pequeño estatus, reputación y vanidad, sufren el infortunio de ser asesinados; se apresuran por ser los primeros en abrir las puertas del infierno, y convertirse en sus hijos. ¡Semejante precio es tan innecesario! ¡Qué pena que esos viejos ancestros, tan “llenos de espíritu nacional”, pudieran ser tan “estrictos consigo mismos, pero tan tolerantes con los demás”, encerrándose en el infierno y dejando fuera a esos impotentes seres inferiores! ¿Dónde se puede encontrar a “representantes del pueblo” como estos? Por amor al “bienestar de su descendencia” y la “vida apacible de generaciones futuras”, no permiten que Dios interfiera y, por tanto, no prestan atención alguna a sus propias vidas. Sin restricciones, se dedican a la “causa nacional”, y entran al Hades sin una palabra. ¿Dónde puede encontrarse semejante nacionalismo? Batallan contra Dios, no temen a la muerte ni al derramamiento de sangre, y mucho menos se preocupan por el mañana. Sencillamente, se dirigen al campo de batalla. ¡Qué lástima que lo único que consiguen por su “espíritu de entrega” sea el pesar eterno y consumirse en las llamas siempre ardientes del infierno!

¡Qué intrigante! ¿Por qué ha sido siempre rechazada y difamada la encarnación de Dios por las personas? ¿Por qué estas no tienen nunca entendimiento alguno de la encarnación de Dios? ¿Será que Dios ha llegado en el momento equivocado? ¿Podría ser que ha venido al lugar erróneo? ¿Ocurrirá esto, porque Dios ha actuado solo, sin la “firma” del hombre? ¿Será porque Dios decidió sin el permiso del hombre? Los hechos declaran que Dios lo notificó previamente. Dios no hizo mal alguno al hacerse carne; ¿acaso tiene que pedir el consentimiento del hombre? Además, Dios se lo recordó al hombre hace mucho tiempo; ¡tal vez las personas lo han olvidado! No se les puede culpar, porque hace mucho que el hombre ha sido tan corrompido por Satanás, que no puede entender nada de lo que ocurre bajo los cielos, ¡por no hablar de los sucesos del mundo espiritual! ¡Qué lástima que los antepasados del hombre, los hombres simios, murieran en el ring! Pero esto no es de sorprender: el cielo y la tierra no han sido nunca compatibles, ¿y cómo podían los hombres monos, cuya mente está hecha de piedra, concebir que Dios podría volver a hacerse carne? Qué triste que un anciano como este, que está en “su sexagésimo año”, muriera el día de la aparición de Dios, y dejara el mundo sin bendecir en el advenimiento de tan grande bendición; ¿no es una maravilla? La encarnación de Dios ha enviado ondas de choque por todas las sectas y las denominaciones, ha “sumido en el caos” su orden original, y ha sacudido los corazones de todos los que anhelan la aparición de Dios. ¿Quién no está adorando? ¿Quién no ansía ver a Dios? Él ha estado personalmente en medio del hombre durante muchos años, aunque este nunca se haya dado cuenta de ello. Hoy, Dios mismo se ha aparecido y ha demostrado Su identidad a las masas. ¿Cómo podría tal cosa no traer deleite al corazón del hombre? Dios compartió una vez los gozos y las tristezas con el hombre, y hoy se ha reunido con la humanidad, compartiendo historias de los tiempos pasados con él. Después de que Él saliera de Judea, las personas no pudieron hallar rastro de Él. Anhelan, una vez más, encontrarse con Dios; poco saben que hoy ya lo han hecho, y que se han reunido con Él. ¿Cómo no agitaría esto los recuerdos del ayer? Hace dos mil años hoy, Simón Bar-Jonás, descendiente de los judíos, contempló a Jesús el Salvador, comió en la misma mesa que Él, y después de seguirlo durante muchos años, sintió profundo afecto hacia Él: lo amó desde el fondo de su corazón; amó al Señor Jesús profundamente. El pueblo de Judea no supo nada de cómo este bebé de cabello dorado, nacido en un frío pesebre, fue la primera imagen de la encarnación de Dios. Todos pensaron que era lo mismo que ellos; nadie pensó que fuera diferente; ¿cómo podían las personas reconocer a este Jesús normal y corriente? El pueblo de Judea pensaba en Él como un hijo judío de los tiempos. Nadie lo consideró como un Dios amoroso ni hicieron nada, sino exigirle ciegamente, pedirle que les concediera ricas y abundantes gracias, paz y gozo. Lo único que sabían era que, como un millonario, Él poseía todo lo que uno podía desear jamás. Con todo, las personas nunca lo trataron como alguien a quien amaran; las personas de aquel tiempo no lo amaron, sólo protestaban contra Él, y le hicieron exigencias irracionales. Nunca se resistió y dio, constantemente, gracias al hombre, aunque este no lo conociera. No hizo nada, sino darle al ser humano, en silencio, calidez, amor y misericordia, e incluso más, le dio un nuevo medio de práctica, y sacó al hombre de los lazos de la ley. El hombre no lo amaba; sólo lo envidiaba, y reconocía Sus talentos excepcionales. ¿Cómo podía la ciega humanidad saber lo grande que era la humillación sufrida por el amoroso Jesús, el Salvador, cuando vino en medio de la humanidad? Nadie consideró Su sufrimiento, nadie conoció Su amor por Dios Padre, y nadie pudo conocer Su soledad. Aunque María fue Su madre biológica, ¿cómo podía conocer los pensamientos del corazón del misericordioso Señor Jesús? ¿Quién supo del indecible sufrimiento que soportó el Hijo del Hombre? Tras hacerle peticiones, las personas de ese tiempo lo relegaron fríamente al fondo de su mente, y lo echaron fuera, a vagar por las calles, día tras día, año tras año, a la deriva durante muchos años hasta que cumplió treinta y tres años. Esos duros años habían sido largos y breves a la vez. Cuando las personas lo necesitaban, lo invitaban a sus casas con cara sonriente, e intentaban exigirle cosas. Después de que Él les hubiera hecho Su contribución, lo echaban fuera de inmediato. Las personas comían lo que Su boca proporcionaba, bebían Su sangre, disfrutaban de las gracias que Él les concedía; sin embargo, también se oponían a Él, porque nunca habían sabido quién les había dado la vida. En última instancia, lo clavaron en una cruz, y aun así Él no abrió Su boca. Incluso hoy, sigue en silencio. Las personas comen Su carne, comen la comida que Él hace para ellos, caminan por el camino que Él les ha abierto y beben Su sangre, aunque siguen pretendiendo rechazarlo. En realidad, tratan al Dios que les ha dado la vida como enemigo y, en su lugar, se comportan con quienes son esclavos como ellos como el Padre celestial. En esto, ¿no se oponen deliberadamente a Él? ¿Cómo llegó Jesús a morir en la cruz? ¿Lo sabéis? ¿No fue traicionado por Judas, quien estaba cerca de Él, lo había comido, bebido y había disfrutado de Él? ¿No lo traicionó Judas, porque Jesús no era más que un maestrillo normal? Si las personas hubieran visto realmente que Jesús era extraordinario, y Aquel que era del cielo, ¿cómo pudieron haberlo clavado vivo en la cruz durante veinticuatro horas, hasta que no le quedó aliento en Su cuerpo? ¿Quién puede conocer a Dios? Las personas no hacen nada, sino disfrutar de Dios con insaciable avaricia, pero nunca lo han conocido. Se les dio la mano, y se tomaron el brazo, e hicieron a Jesús totalmente obediente a sus mandatos, a sus órdenes. ¿Quién ha mostrado alguna vez misericordia hacia este Hijo del Hombre, que no tenía donde reposar Su cabeza? ¿Quién ha pensado jamás en unir fuerzas con Él para llevar a cabo la comisión de Dios Padre? ¿Quién ha guardado un pensamiento para Él? ¿Quién ha sido considerado con Sus dificultades? Sin el más mínimo amor, el hombre ha tirado de Él de un lado para otro; el hombre no sabe de dónde vino su luz y su vida, y no hace nada sino planear en secreto cómo crucificar, una vez más, al Jesús de hace dos mil años, quien ha experimentado el dolor en medio del hombre. ¿De verdad inspira Él tanto odio? ¿Se ha olvidado ya todo lo que Él hizo? El odio que se aglutinó durante miles de años acabará brotando. ¡Sois crías de judíos! ¿Cuándo ha sido Jesús hostil hacia vosotros, para que lo odiarais tanto? ¡Él ha hecho y hablado tanto! ¿No ha sido nada de esto para beneficio vuestro? Os ha dado Su vida sin pedir nada a cambio; os ha dado Su totalidad. ¿De verdad seguís queriendo coméroslo vivo? Se ha entregado por completo a vosotros sin retener nada, sin tan siquiera disfrutar de la gloria del mundo, de la calidez, el amor y todas las bendiciones en medio del hombre. ¡Las personas son tan malas con Él! Él no ha gozado de todas las riquezas sobre la tierra; dedica la totalidad de Su corazón sincero y apasionado al hombre; ha consagrado Su totalidad a la humanidad. ¿Y quién le ha dado alguna vez afecto? ¿Quién le ha dado consuelo? El hombre ha amontonado toda la presión sobre Él, le ha entregado todo el infortunio. Le ha impuesto las experiencias más desafortunadas entre los hombres; lo culpa por toda la injusticia y Él lo ha aceptado tácitamente. ¿Ha protestado alguna vez ante alguien? ¿Le ha pedido a alguien una pequeña recompensa? ¿Quién ha mostrado alguna compasión hacia Él? Como personas normales, ¿quién de vosotros no tuvo una infancia romántica? ¿Quién no tuvo una colorida juventud? ¿Quién de vosotros no ha tenido el calor de sus seres queridos? ¿Quién no tiene el amor de familiares y amigos? ¿Quién no tiene el respeto de los demás? ¿Quién carece de una cálida familia? ¿A quién le falta el consuelo de sus confidentes? ¿Ha disfrutado Él alguna vez de algo de esto? ¿Quién le ha proporcionado alguna vez un poco de afecto? ¿Una pizca de consuelo? ¿Quién le ha mostrado un poco de moralidad humana? ¿Quién ha sido tolerante con Él? ¿Quién lo ha acompañado durante los tiempos difíciles? ¿Quién ha pasado con Él la vida dura? El hombre no ha relajado nunca los requisitos que le hace; sencillamente, le exige sin ningún escrúpulo como si, habiendo venido al mundo del hombre, tuviera que ser su buey o su caballo, su prisionero, y tuviera que darle Su todo. De no ser así, el hombre no lo perdonará nunca, será siempre duro con Él, jamás lo llamará Dios ni lo tendrá en alta estima. El hombre es demasiado severo en su actitud hacia Dios, como si se propusiera atormentar a Dios hasta la muerte. Sólo después de esto aflojará sus requisitos a Dios. De no ser así, el hombre nunca bajará los estándares de sus exigencias a Dios. ¿Cómo podría Dios no despreciar a este tipo de hombre? ¿No es esta la tragedia de hoy? La conciencia del hombre no se ve por ninguna parte. Sigue diciendo que le devolverá a Dios Su amor, pero lo disecciona, y lo tortura hasta la muerte. ¿No es esta la “receta secreta” de su fe en Dios, transmitida por sus antepasados? No hay lugar donde no se encuentre a los “judíos”. Hoy siguen haciendo lo mismo, continúan oponiéndose a Dios, aunque creen que lo están exaltando. ¿Cómo los propios ojos del hombre podrían conocer a Dios? ¿Cómo podría el ser humano, que vive en la carne, tratar como Dios al Dios encarnado que ha venido del Espíritu? ¿Quién de entre los hombres podría conocerlo? ¿Dónde está la verdad en medio de los hombres? ¿Dónde está la verdadera justicia? ¿Quién es capaz de conocer el carácter de Dios? ¿Quién puede competir con el Dios de los cielos? No es de sorprender que, cuando ha venido entre los hombres, nadie lo ha conocido y ha sido rechazado. ¿Cómo puede el hombre tolerar la existencia de Dios? ¿Cómo puede permitir que la luz eche fuera las tinieblas del mundo? ¿No procede todo esto de la honorable devoción del hombre? ¿No es su virtuosa entrada? ¿Acaso la obra de Dios no está centrada en torno a la entrada del hombre? Me gustaría que combinarais la obra de Dios con la entrada del hombre, que asegurarais la buena relación entre el hombre y Dios, y que llevarais a cabo el deber que debería realizar el hombre, según la mejor de sus capacidades. ¡De esta forma, la obra de Dios llegará posteriormente a su fin, concluyendo con Su glorificación!

Notas al pie:

a.1. “La ‘entrada’ del hombre” indica aquí la conducta desobediente del hombre. En lugar de referirse a la entrada de las personas a la vida —que es positiva—, alude a su comportamiento y sus acciones negativos. Se refiere ampliamente a todos los hechos del hombre que están en oposición con Dios.

a.2. “Plagadas de temores imaginarios” se usa para burlarse de la vida desacertada de humanidad del hombre. Se refiere al desagradable estado de la vida de la humanidad, en la que las personas viven juntas con los demonios.

a.3. “Su fervor arde cada vez más” se dice en tono de burla, y alude al feo estado del hombre.

a.4. “Capturar vivo” alude a la conducta violenta y despreciable del hombre. Este es cruel, ni lo más mínimo compasivo con Dios, y le hace absurdas exigencias.

a.5. “Un plan bien pensado en mente” se dice burlonamente, y se refiere a cómo las personas no se conocen a sí mismas, e ignoran su estatura real.

a.6. “Venerable” se dice en tono de burla.

a.7. “Los primeros en mostrar preocupación, y los últimos en divertiros” se usa en el sentido de ser patriota y esforzarse mucho por el país propio.

a.8. “Lanzar” indica el feo estado del pueblo que echan humo de rabia cuando son derrotados por Dios. Señala hasta qué punto se oponen a Dios.

* Esta es una alegoría de la mitología china.