20. Mi sueño de ser directora

Por Bai Xue, Corea del Sur

Dios Todopoderoso dice: “En su vida, si el hombre quiere ser limpiado y lograr cambios en su carácter, si quiere vivir una vida que tenga sentido y cumplir su deber como criatura, entonces debe aceptar el castigo y el juicio de Dios, y no debe dejar que se aparten de él la disciplina de Dios ni los golpes de Dios, para que se pueda liberar de la manipulación y la influencia de Satanás, y pueda vivir en la luz de Dios. Sabes que el castigo y el juicio de Dios son la luz, y la luz de la salvación del hombre, y que no hay mejor bendición, gracia o protección para el hombre” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Yo nunca entendía este pasaje de manera práctica. Creía que la fe simplemente implicaba leer la palabra de Dios a menudo, esmerarme en cumplir con mi deber y practicar como Dios manda, que esto bastaba para ganarme la aprobación de Dios. Me preguntaba por qué tenemos que experimentar el juicio y castigo de la palabra de Dios. Además, cuando Dios juzga a las personas, ¿no las está condenando? ¿Por qué se dice que el juicio y castigo significan salvación y protección? Solo tras experimentar personalmente parte del juicio y castigo de las palabras de Dios por fin comprendí un poco este pasaje por mí misma.

Mi deber era cantar en el coro. Tenía algunas ideas sobre cómo presentar las actuaciones, así que la supervisora me puso a planificar con el grupo de directores. Cuando recibí la noticia, estaba muy emocionada y agradecida porque Dios me había encumbrado. La primera vez que me uní al grupo de directores me sentía muy insuficiente, por lo que oré con fervor a Dios, me amparé en Él y tuve mucha cautela con todo lo que decía y hacía. Pero con el tiempo, cuando mis hermanos y hermanas aprobaron y aceptaron algunas de mis ideas, sentí que lo hacía bien, que quizá era hora de que mi talento brillara. Poco a poco empecé a hablar más y a mostrar confianza. Sobre todo al comentar el trabajo con otras personas, realmente quería lucirme y a veces interrumpía para opinar antes de que hablara mi compañera. Cohibía un poco a la hermana que tenía por compañera. Me enteré, pero, en vez de ayudarla y apoyarla con amor, le dije en tono cuestionador y denigrante que hiciera introspección. Al oír mis palabras, no solo no mejoró su situación, sino que se volvió más negativa e incluso dijo que ya no quería llevar a cabo este deber. pensé: “Mejor así, para poder ocupar tu puesto”. Pero después mejoró su estado poco a poco comiendo y bebiendo de la palabra de Dios. Yo daba gracias a Dios de palabra, pero por dentro no estaba tan contenta. Sentía que había perdido una buena ocasión. Estaba muy frustrada, preguntándome por qué la supervisora no reconocía mi talento ni veía mis capacidades. Para demostrar mi valía, me volví incluso más esforzada y trabajadora y me volqué en mejorar mis habilidades. Más adelante, la mayoría del equipo respaldó algunas de mis ideas y creí que tenía suficientes dotes para ser directora.

Al poco tiempo, la supervisora me mandó seguir al equipo de rodaje. Cuando lo supe, pensé: “¡Esto es justo lo que hacen los directores! ¡Me parece que me van a formar como directora!”. Cuanto más lo pensaba, más feliz estaba. Una vez en el set, no esperé a que me dijeran qué hacer. Agarré el altavoz y, con actitud de directora, les dije a todos lo que debían hacer. Los hermanos y hermanas allí presentes me señalaron algunos problemas de mi concepto del deber, pero no quise hacerles caso. Incluso pensé: “¿Se creen mejores que yo? ¿Se les ha ocurrido alguna idea buena?”. Solo me interesaba expresar mi “visión sin igual”. Solamente quería acabar de rodar ese cántico, creyendo que entonces me harían directora.

La supervisora me buscó tras el rodaje, y pensé: “Debe de querer ascenderme”. Para mi sorpresa, venía a señalarme algunos problemas relativos a mi deber. Me dijo que había sido arrogante, prepotente y dictatorial, que había hecho caso omiso de los consejos de mis hermanos y hermanas y que todos se sentían muy cohibidos por mí. Oírle decir eso fue como un jarro de agua fría sobre mi cabeza. Mi fervor parecía haberse apagado totalmente. Pensé: “¿Arrogante yo? Es evidente que solo me tomo en serio mi deber”. Estaba muy frustrada y disgustada. La supervisora vio que no me esforzaba por comprenderme a mí misma, así que me pidió que volviera al coro. Aquella noticia me irritó especialmente. Apenas un par de días antes, pensaba, mandaba en el escenario, pero ahora me devolvían, cabizbaja, al coro. ¿Qué pensaría la gente? También tenía quejas de la supervisora. Pensaba: “¿Por qué no puedo quedarme en el grupo de directores? ¿No he pagado un precio? He trabajado mucho, aunque no haya sido perfecto”. Cuanto más lo pensaba, más agraviada me sentía. De vuelta en el coro, no tenía energía para ensayar. Me quedaba sin respiración, desafinaba. Creía que podía aceptar no entrar en el grupo de directores, pero me había convertido en la peor integrante del coro. Sentía que nunca había fracasado tanto. Los demás veían mi estado y trataban de ayudarme y apoyarme, pero me daba incluso más vergüenza. Solamente quería encontrar un agujero donde meterme. En aquella época estaba muy indefensa y no sabía qué verdades debía practicar. Únicamente pude presentarme ante Dios a orar: “Dios mío, no sé cómo vivir todo esto y no entiendo Tu voluntad. Soy muy desdichada. Te ruego que me guíes para comprender Tu voluntad en esto”.

Después de orar, leí un pasaje de la palabra de Dios. “Aunque habéis llegado hoy hasta esta etapa, seguís sin renunciar al estatus, y en su lugar estáis luchando constantemente para buscarlo y cuidarlo a diario, con el profundo temor de que un día vuestro estatus se pierda y se arruine vuestro nombre. Las personas nunca han dejado a un lado su deseo de comodidad. […] Ahora sois seguidores, y habéis obtenido cierto entendimiento de esta etapa de la obra. Sin embargo, todavía no habéis dejado a un lado vuestro deseo de estatus. Cuando este es alto, buscáis bien, pero cuando es bajo, dejáis de buscar. Las bendiciones del estatus siempre están en vuestra mente. ¿Por qué la mayoría de las personas no pueden desprenderse de la negatividad? ¿Acaso la respuesta invariable no es que se debe a las perspectivas sombrías?” (‘¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Sentí que la palabra de Dios describía mi estado exacto. Tras reincorporarme al coro, mi negatividad, mis quejas y mis malentendidos, ¿no provenían exclusivamente de mi disgusto por no alcanzar aquella posición? También recordé que, estando en el grupo de directores, mi capacidad de expresarme activamente, trasnochar, sufrir y pagar un precio no era por consideración hacia la voluntad de Dios ni por ejecutar bien mi deber para satisfacerlo, sino porque mi único objetivo era alcanzar la posición de directora. Cuando la hermana que tenía por compañera se sintió cohibida y en un estado adverso, no solo no traté de ayudarla y apoyarla con amor, sino que no veía la hora de deshacerme de ella para ocupar su puesto. Durante el rodaje, en un momento tan importante, fui prepotente y dictatorial y me negué a escuchar los consejos de los hermanos y hermanas, por lo que tuvimos que repetir muchas tomas, lo que retrasó considerablemente el progreso de la obra de la casa de Dios. De vuelta en el coro, como no había alcanzado la posición que quería, estaba negativa, tenía quejas y malentendidos y hasta pensé en dejar el trabajo al no cumplir adecuadamente con mi deber. Cuanto más lo pensaba, más cuenta me daba de que era totalmente irracional. La casa de Dios me había dado una oportunidad de practicar asignándome al grupo de directores, pero, en vez de valorarla, me centré en mi reputación y posición. Trasnoché, sufrí y pagué un precio nada más que por la posición, e incluso convertí mi deber en un teatro para lucirme. Esforzándome así solamente conseguiría que Dios me aborreciera y detestara. También reparé en que no tenía competencias profesionales, pero había recibido el esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo con el solo deseo de prosperar. Sin embargo, cuando lograba algunos pequeños éxitos, en lugar de pensar en cómo dar gracias a Dios, me los apropiaba y le robaba descaradamente la gloria a Dios. Cuanto más reflexionaba, más sentía que carecía de toda conciencia y razón. Me preguntaba en qué se diferenciaba mi mentalidad de la de los incrédulos. Al percatarme de esto, me arrodillé ante Dios y me arrepentí: “Dios mío, no ejecuté adecuadamente mi deber. Buscaba reputación y un cargo, entorpecí considerablemente la obra de la casa de Dios y perjudiqué enormemente a mis hermanos y hermanas. ¡Dios mío! Me equivoqué y no quiero seguir buscando esto. Quiero cumplir con el deber con los pies firmes en la tierra”.

Después, gracias a que Dios me encumbró, el trabajo de la iglesia hizo necesario que, al poco tiempo, volviera al grupo de directores para seguir trabajando con aquellos hermanos y hermanas. En esta ocasión en el grupo de directores, me recordaba constantemente que tenía que mantenerme en mi lugar, que no podía ir buscando reputación y posición otra vez. Pero como apenas comprendía mi propia naturaleza y aún no había descubierto la esencia y las consecuencias de buscar reputación y estatus, poco después, cuando algunas ideas mías recibieron nuevamente la aprobación y aceptación de todos, dentro de mí resurgieron tales ansias de estatus que pensaba: “Quiero reaparecer a lo grande y hacer algo importante, que todos vean lo capaz que soy”.

Posteriormente, en un ensayo, mientras todos formaban una fila siguiendo mis órdenes, en aquel momento me sentí de nuevo directora, encargada de todo, y comenzaron a crecer mis ansias de estatus hasta tal punto que ya no deseaba orar a Dios ni ampararme en Él y me perdí de lleno en el placer de dirigir. No tardaron en producirse problemas respecto a mi deber. Siempre aparecían obstáculos en mis planes y, de pronto, me quedaba perpleja sin saber cómo resolver estos problemas. Parecía haber llegado a un punto muerto y no percibía nada del esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo. Especialmente cuando mis hermanos y hermanas me señalaban algunos problemas de mi manera de cumplir con el deber, me ponía muy sensible y me preguntaba si no les parecía apta para ello. Cuando la supervisora venía a hablar conmigo, tenía el alma en vilo. Pensaba: “¿Me van a trasladar? ¿Significa esto que ya no podré llevar a cabo este deber?”. Cuando los hermanos y hermanas tenían ideas mejores que las mías, me sentía aún más incómoda. ¿Ascenderían a otra persona en mi lugar? Me pasaba los días en un constante estado de alarma extremadamente agotador. No me afanaba nada en mi deber. Continuaban las dificultades en él, pero estaba totalmente perdida y no me atrevía a contárselo a mis hermanos y hermanas por miedo a que, cuando supieran mi verdad, pensaran que no era apta para este deber. Así pues, me reprimía, disimulaba y fingía, por lo que no podía realizar mi función. Vivía buscando el estatus, preocupada por lo que podía perder, y mi estado se deterioró hasta que, al final, afectó directamente el trabajo de la casa de Dios, y acabaron trasladándome. El día que me trasladaron sentí que de nuevo pasaba del papel de dirigir al de ser dirigida. De la noche a la mañana me habían vuelto a derribar de una posición de estatus. En aquel momento, simplemente no lo entendía. Me preguntaba por qué me hallaba constantemente en esa situación. Quería ser directora. ¿Realmente era tan difícil? ¿Realmente era imposible que me dieran una oportunidad? Dándole vueltas a la cabeza, me quedaba más negativa y acongojada. El resto de los hermanos y hermanas cantaban himnos de alabanza a Dios. Pero a mí, ante la pérdida de la posición, la humillación, el cambio de deber y, sobre todo, ante aquel tormento de anhelar algo que no puedes conseguir, aquellos pocos días de ensayo me parecieron años de agonía. Incluso comencé a pensar en traicionar a Dios, en que ya no quería cumplir con mi deber en aquel lugar. Me sentía atrapada en una especie de desdicha extrema que era incapaz de superar.

Entonces, una noche me torcí el tobillo bajando las escaleras. En aquella época, todos mis hermanos y hermanas participaban con entusiasmo en los ensayos, mientras que lo único que podía hacer yo era estar acostada sin moverme. No podía cumplir con ningún deber. Básicamente estaba inútil. que quería reaparecer para hacer algo muy importante; pero ahora había caído tan vergonzosamente bajo… Me angustiaba recordarlo y no podía evitar preguntarme por qué era tan desdichada mi vida, por qué no podía dejar de perseguir la reputación y el estatus.

Luego me vino a la mente un pasaje de la palabra de Dios. “Satanás usa fama y ganancia para controlar los pensamientos del hombre hasta que todas las personas sólo puedan pensar en ellas. Por la fama y la ganancia luchan, sufren dificultades, soportan humillación, y sacrifican todo lo que tienen, y harán cualquier juicio o decisión en nombre de la fama y la ganancia. De esta forma, Satanás ata a las personas con cadenas invisibles y no tienen la fuerza ni el valor de deshacerse de ellas. Sin saberlo llevan estas cadenas y siempre avanzan con gran dificultad. En aras de esta fama y ganancia, la humanidad evita a Dios y le traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, así, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y la ganancia de Satanás” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Cuando leí este pasaje de la palabra de Dios, entendí que Satanás engaña y controla a la gente utilizando la fama y la ganancia y que, cuanto más busca la gente la fama y la ganancia, más desdichada y corrupta es. Antes no pensaba que hubiera nada de malo en ello y que filosofías satánicas como “Es un deber honrar a tus antepasados”, “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”, y “Hazte fama y échate a dormir” eran cosas que consideraba lemas de vida. Creía que eso debían buscar las personas y que solo así tendrían empuje, por lo que, en clase y en mis deberes en la casa de Dios, vivía según estas filosofías satánicas, buscando de cabeza la reputación, el estatus y la admiración. Procuraba destacar, sobresalir. Como no soportaba ser una persona normal, cuando tuve ocasión de volver a trabajar en el grupo de directores, estaba obsesionada por conseguir un puesto de directora porque creía que era la única manera de que me admiraran y podría dar órdenes. Por eso disfrutaba tanto cuando de nuevo estaba dando órdenes ante el monitor. Sentía que valía la pena soportar cualquier sufrimiento o pagar cualquier precio por la reputación y la ganancia, pero sin ellas era desdichada, como si no valiera la pena vivir. En realidad creía que la idea de tener reputación me había encadenado a unos grilletes invisibles y quería quitármelos, pero no podía. No podía trabajar armónicamente con mis hermanos y hermanas en ese estado. Solo podía perturbar y entorpecer el trabajo de la casa de Dios. Cada vez me resultaba más evidente que buscar la reputación y la ganancia no es realmente el camino correcto. Dios aborrece a quienes viven en este estado, que también indigna a los demás. Pensando en mi doble auge y caída, entiendo que, en realidad, esa fue la gran salvación de Dios para mí. Mis ansias de estatus eran demasiado fuertes. Tenía que experimentar estas pruebas y refinaciones para obligarme a presentarme ante Dios con el fin de hacer introspección, conocerme y arrepentirme. Solo entonces podría buscar la verdad y escapar de estas corruptas actitudes satánicas. Esta fue la salvación de Dios para mí. Experimenté personalmente que el juicio, el castigo, la poda, el trato, las pruebas y la refinación de Dios son, en verdad, ¡Su máxima salvación y protección para las personas! Aunque estos procesos fueron un tanto dolorosos, me resultaron muy útiles para transformar mi carácter de vida. Una vez que me di cuenta, me postré en oración y me arrepentí: “¡Dios mío! Me equivoqué, me equivoqué de verdad. He conocido la desdicha y el tormento de vivir bajo la influencia de Satanás persiguiendo la reputación, la ganancia y el estatus. Tú me has juzgado y disciplinado para despertarme. Todo esto ha sido Tu gran salvación y amor por mí. Dios mío, ya no quiero perseguir la reputación, la ganancia y el estatus. No lucharé más. Me someteré a cualquier comisión o deber que me llegue en lo sucesivo. Solo deseo cumplir con el deber de toda criatura”.

Poco después, la iglesia me informó que podía volver a ensayar si ello no afectaba la recuperación de mi tobillo. Esta noticia me emocionó mucho y quería mi oportunidad de cumplir con este deber. Aunque solo fuera una mínima participación, para mí era muy valiosa y difícil de conseguir. En concreto, salió esto en una escena en que trabajé: “Un grupo de creyentes lleva una vida desdichada, perseguidos por el gran dragón rojo, rodeados de toda clase de venenos satánicos, oprimidos hasta casi no poder respirar. Gritan, luchan, pero nada les ayuda, y solo cuando la luz de Dios cae sobre esa tierra tenebrosa pueden liberarse todos de la esclavitud de las fuerzas de las tinieblas, pues oyen la voz de Dios y reciben Su salvación”. Me resultó muy emocionante trabajar en esa escena porque me sentía en un estado similar. Había pasado tanto tiempo esclavizada en un lugar tenebroso y había sufrido tanto con los grilletes de la reputación, la ganancia y el estatus que, cada vez que caía aquel rayo de luz, estaba muy emocionada y agradecida a Dios por guiarme para que escapara de la esclavitud de la reputación, la ganancia y el estatus.

La supervisora vino a verme más adelante para pedirme que le planificara una escena a una hermana. Al principio pensé: “Está bien que no pueda subirme al escenario, pero ahora tengo que planificar una escena a otra persona”. Pero entonces me percaté de que estaban reapareciendo mis ansias de estatus. Así pues, oré a Dios y se me ocurrió la letra de un himno. “¡Oh, Dios! Tenga estatus o no, ahora me entiendo a mí mismo. Si mi estatus es alto, se debe a Tu elevación; y si es bajo, se debe a Tu ordenación. Todo está en Tus manos. No tengo ninguna elección ni ninguna queja. Tú ordenaste que yo naciera en este país y entre esta gente, y lo único que debería hacer es ser absolutamente obediente bajo Tu dominio, porque todo está incluido en lo que Tú has ordenado” (‘Sólo soy un pequeño ser creado’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Me dediqué de lleno a los siguientes ensayos e hice muchas sugerencias a esta hermana. Para mis adentros pensaba que quizá no iba a causar un gran impacto, pero me sentía muy segura cumpliendo así con el deber. Posteriormente, la supervisora me ordenó planificar una escena a otra hermana. No solo tenía que acertar con el posicionamiento, sino también crear los movimientos. Cuando recibí este deber lo percibí como una prueba de Dios. No había reputación, ganancia ni estatus. Dios quería ver si me aplicaría por completo en el deber. Por tanto, le oré ardientemente y, guiada por Él, todo salió muy bien y muy rápido. Cuando le pasé mi deber a mi hermana, me di cuenta de que jamás me había sentido tan segura en mis deberes. No negocié nada para mí ni aquello estuvo viciado por mis intenciones. Todo se basó en mi entendimiento de la palabra de Dios y, como quería practicar la verdad, acepté ese deber. Me parecía muy justo ejecutar mi deber de ese modo.

Poco después, unos hermanos y hermanas me dijeron: “Pareces mucho más centrada en tus deberes. No eres tan soberbia ni arrogante como antes”. Estas palabras me hicieron profundamente consciente de que esos eran los resultados del juicio y castigo de Dios en mí. Fue Dios quien me guio paso a paso para que escapara de los grilletes de la reputación, la ganancia y el estatus. No mucho después, la supervisora me notificó que me iban a conceder el deber de directora. No puedo describir cuánto me emocionó la noticia. Noté que no estaba tan orgullosa ni complacida conmigo misma como un año antes, cuando me asignaron ese deber; entendí que era una comisión, una responsabilidad que me daba Dios, y comprendí mejor Sus buenos propósitos. Entendí que no me había hecho pasar por todo aquello para complicarme la vida ni para destruirme, sino para purificar mi naturaleza corrupta y mis motivaciones viciadas. Por medio de lo revelado por la palabra de Dios y los hechos, vi realmente hasta qué punto me había corrompido Satanás y que sin el juicio, el castigo, el trato y la disciplina de las palabras de Dios nunca habría podido escapar de estas actitudes corruptas, sobre todo de las oscuras fuerzas y la esclavitud de Satanás. Fue entonces cuando verdaderamente experimenté que el juicio, el castigo, las pruebas y la refinación de Dios son, en realidad, Su máxima protección y salvación para mí.

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