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67. Los celos, la enfermedad espiritual crónica

He Jiejing Ciudad de Hezhou, provincia de Guangxi

A una hermana y a mí nos emparejaron para revisar artículos juntas. Cuando nos reunimos, me percaté de que daba igual si se trataba de cantar, bailar, recibir la palabra de Dios o comunicar la verdad; ella era mejor que yo en todos los sentidos. Todos los hermanos y hermanas de la familia anfitriona la apreciaban y hablaban con ella. Por eso, mi corazón estaba bastante agitado y yo me sentía como si me estuvieran ignorando, hasta el punto de pensar que mientras ella permaneciera allí, no habría lugar para mí. En mi interior, empecé a estar harta de ella y no quería acompañarla a cumplir con nuestros deberes. Esperaba que se fuera para que los hermanos y hermanas me apreciaran a mí y tuvieran una buena opinión de mi persona.

Un día, una líder se acercó a nosotras. Debido a su estado negativo, la hermana había solicitado que la trasladaran a cumplir funciones diferentes. Al oírla decir esto, me sentí extremadamente entusiasmada. Pensé: “Siempre había esperado que te fueras. Si te vas, saldré de mi difícil situación”. Por tanto, estaba impaciente por que la líder le asignara de inmediato otro deber. Sin embargo, las cosas me salieron mal y la líder no sólo no le asignó un nuevo deber, sino que le comunicó la verdad pacientemente y la ayudó a cambiar su condición. Cuando vi esto, me sentí particularmente ansiosa y esperé aún más que la hermana se fuera. Pensé: “¿Cuándo podré salir de esta difícil situación si no se marcha esta vez? No, tengo que pensar en la manera de hacer que se vaya pronto”. En consecuencia, cuando la hermana no estaba presente, aproveché la oportunidad para darle más detalles a la líder y le dije: “Su estado negativo normalmente le impide concentrarse en sus deberes. Ahora ha perdido la obra del Espíritu Santo y eso ya ha afectado el trabajo de edición y recopilación de artículos de la iglesia. Quizás puedas asignarle un deber nuevo. La hermana X tal vez tenga mejores valores cultivados que la hermana con la que estoy trabajando”. Tan pronto como terminé de decir aquello, la palabra de Dios vino a mí, reprochándome: “¡Humanidad cruel y brutal! La confabulación y la intriga, los empujones entre ellos, la lucha por la reputación y la fortuna, la masacre mutua, ¿cuándo se van a terminar? Dios ha hablado cientos de miles de palabras pero nadie ha entrado en razón. […] ¿Cuántos no oprimen y discriminan a los demás con el propósito de mantener su propio estatus?” (‘Los malvados deben ser castigados’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al enfrentarme a las palabras de juicio de Dios, me sentí como si Él me estuviera reprendiendo cara a cara severamente. Empecé a temblar de miedo al instante y no podía evitar temer debido a las palabras que acababa de pronunciar. ¿Acaso no era igual a las personas reveladas por la palabra de Dios que “oprimen y discriminan a los demás con el propósito de mantener su propio estatus”? Cuando vi que la hermana con la que trabajaba era mejor que yo en todos los aspectos y que todos los hermanos y hermanas la apreciaban, me invadieron los celos. Estaba harta de ella, la discriminaba y esperaba que se fuera pronto para salir de aquella difícil situación. Para que los hermanos y hermanas me prestaran atención a mí y así sentirme como si tuviera estatus entre ellos, aproveché la mala condición de la hermana y la delaté ante la líder con la excusa de proteger los intereses de la iglesia. Era un intento vano de utilizar a la líder para sacarla de raíz. Mi conducta expuso por completo mi verdadero rostro y reveló mi carácter satánico siniestro y malicioso. Con el fin de crear una dictadura, el gran dragón rojo utilizará cualquier medio que sea necesario para arrancar de raíz a los disidentes. Con el fin de estar en el corazón de los hermanos y hermanas, y lograr que quisieran estar conmigo, astutamente fui eliminando de raíz a aquellos que no me resultaban ventajosos. El gran dragón rojo envidia a los que son más grandes que él y destruye a los que tienen aspiraciones nobles. Yo también estaba celosa de esta hermana porque era mejor que yo en todos los sentidos, y utilicé métodos deplorables para expulsarla. El gran dragón rojo condena y masacra gente en pos de sus propios objetivos. Para alcanzar mis metas, exageré deliberadamente en relación con la hermana. Mi conducta fue idéntica a la del gran dragón rojo. La iglesia había establecido que trabajáramos juntas para que pudiéramos ayudarnos y apoyarnos mutuamente, y llevar a cabo un buen trabajo con el corazón y la mente puestos en complacer a Dios. También lo hizo para que pudiéramos utilizar nuestras fuerzas para compensar mutuamente nuestras debilidades y así poder comprender y alcanzar más la verdad y cambiar nuestro carácter. Pero yo no entendía la voluntad de Dios en lo más mínimo. Cuando vi que la hermana estaba en una mala condición, no sólo no me apoyé en el amor para ayudarla, sino que esperaba impaciente que la sustituyeran rápidamente para proteger mi puesto hasta el punto de que estaba dispuesta a utilizar cualquier medio para conseguir mis propios fines. Si no me apresuro a arrepentirme, deberé ser destruida con el gran dragón rojo.

¡Gracias, Dios! Tu juicio y Tu castigo me han hecho despertar a tiempo para hacerme ver claramente mi verdadero rostro que vino de la corrupción de Satanás y, a través de esto, me permitió generar verdadero odio por mis naturaleza satánica. De ahora en adelante, le volveré la espalda a la naturaleza de Satanás que llevo en mi interior. Ya no lucharé por mí misma. Esperaré trabajar mejor con esta hermana para cumplir con nuestros deberes y satisfacer a Dios. Estaré más dispuesta a buscar la verdad y a desechar el veneno del gran dragón rojo, ¡para así vivir como una persona auténtica para consuelo de Dios!

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