34. ¿Por qué no he cambiado tras tantos años de fe?

Por Zhongxin, China

Dios Todopoderoso dice: “Mis acciones son mayores en número que los granos de arena sobre las playas y Mi sabiduría mayor que todos esos hijos de Salomón, pero ¡los hombres simplemente me consideran como un médico de poca monta y un desconocido maestro del hombre! Muchos creen en Mí sólo para que pueda sanarlos. Muchos creen en Mí sólo para que use Mis poderes para expulsar espíritus inmundos de sus cuerpos, y muchos creen en Mí simplemente para poder recibir de Mí la paz y el gozo. Muchos creen en Mí sólo para demandar de Mí una mayor riqueza material. Muchos creen en Mí sólo para pasar esta vida en paz y estar sanos y salvos en el mundo por venir. Muchos creen en Mí para evitar el sufrimiento del infierno y recibir las bendiciones del cielo. Muchos creen en Mí sólo por una comodidad temporal, sin embargo no buscan obtener nada en el mundo venidero. Cuando hice descender Mi furia sobre el hombre y le quité todo el gozo y la paz que originalmente poseía, el hombre se volvió confuso. Cuando le di al hombre el sufrimiento del infierno y recuperé las bendiciones del cielo, la vergüenza del hombre se convirtió en ira. Cuando el hombre me pidió que lo sanara, pero Yo no le respondí y sentí aborrecimiento por él, el hombre se apartó de Mí y buscó el camino de los doctores brujos y de la hechicería. Cuando le quité al hombre todo lo que me había exigido, desapareció sin dejar rastro. Por lo tanto, digo que el hombre tiene fe en Mí porque doy demasiada gracia y tiene demasiado que ganar” (‘¿Qué sabes de la fe?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Antes, cuando leía esto, solo decía que todo lo que Dios dice aquí es un hecho, pero nunca lo entendí de verdad. Pensaba que, como hacía años que era creyente, había renunciado a mi empleo y a mi familia, me había entregado y había sufrido mucho por mi deber, cuando llegaran las pruebas, no culparía a Dios ni lo traicionaría. Pero cuando sufrí una prueba de enfermedad, no entendí y culpé a Dios. Mi motivación de ser bendecida y de hacer tratos con Dios quedó expuesta a la luz del día. Solo entonces me convencieron completamente las palabras de Dios que exponen a la gente, y cambiaron mis opiniones sobre la búsqueda en mi fe.

Un día, en julio de 2018, hallé un bulto pequeño y duro en mi pecho izquierdo. No le presté mucha atención y pensé que unos antiinflamatorios lo solucionarían. Pero, durante los siguientes dos meses, empeoró cada vez más. Sufría sudores nocturnos y no tenía energía, y la zona alrededor del bulto dolía mucho. Empecé a preguntarme si sería algo realmente grave, pero me consolé pensando que no sería nada importante. Tenía fe en Dios y estaba ocupada en la iglesia cumpliendo mi deber todos los días. Pensaba que Dios me protegería. Una noche, me despertó un dolor agudo. Un líquido amarillo fluía de mi pecho, y supe que algo estaba mal. Mi esposo y yo corrimos al hospital para que lo revisaran. Llegaron los resultados: tenía cáncer de mama. Mi corazón se paró cuando oí lo que dijo el doctor. Pensé: “¿Cáncer de mama? ¡Apenas tengo más de 30 años! ¿Cómo puede ser?” Seguía diciéndome: “No puede ser. Esto no puede pasarme. Soy creyente, hace años que cumplo con mi deber en la iglesia, Dios me cuidará y me protegerá. El doctor debe haberse equivocado”. Esperaba que no fuera cierto. No recuerdo cómo volví a casa desde el hospital ese día. Mi esposo vio mi expresión confundida e intentó consolarme. Me dijo: “Es un hospital pequeño, los doctores no están muy capacitados. Podrían estar equivocados. Vayamos a que te revisen en un hospital más importante”. Sentí un atisbo de esperanza cuando dijo eso. Lamentablemente, el doctor del hospital más importante confirmó el diagnóstico: era cáncer de mama. También dijo que estaba en etapa media a avanzada, y que debían internarme para quimioterapia y cirugía, si no, podría ser terminal. Mi mente quedó totalmente en blanco, y mi corazón se detuvo. Pensé: “¿Cuánto costará todo esto? ¿Y si muero durante la quimioterapia? ¿Cómo lidiará con tanta deuda mi familia?” Estaba desesperada, me sentía completamente desamparada.

Tras mi primera ronda de quimioterapia, me dolía todo el cuerpo. No quería hacer nada y siempre estaba grogui. Empecé a recuperarme unos días después, cuando pasó el efecto de las drogas. Hacía años que creía en Dios, había hecho sacrificios y me había entregado por mi deber. Siempre cumplía con mi deber, en las buenas y en las malas, y nunca faltaba a las reuniones. Siempre ayudaba a mis hermanos y a mis hermanas con sus problemas. Me había esforzado mucho, y ¿para qué? ¿Por qué no me protegía Dios? Ahora, no podía cumplir con ningún deber. Estaba prácticamente a las puertas de la muerte. ¿Dios quería eliminarme? Me faltaban cinco rondas más de quimioterapia y, luego, una cirugía. ¿Cómo iba a soportarlo? Además del dolor y el sufrimiento, si moría, ¿significaría que todos mis años de fe habían sido una pérdida de tiempo? Ese pensamiento me hizo llorar. Durante esos días, estuve en verdad atormentada. Leía las palabras de Dios, pero no las comprendía, y dejé de orar. Mi espíritu estaba muy oscuro, y yo me alejaba cada vez más de Dios.

Un día, la hermana Li, de la iglesia, vino a verme y amablemente preguntó sobre mi condición. Al ver que sufría tanto y que estaba tan deprimida, compartió su enseñanza. Dijo: “Dios permite que nos enfermemos, y eso es una prueba. Debemos orar y buscar más, y, de seguro, Dios nos guiará a entender Su voluntad…”. Al oírla decir la palabra “prueba”, mi corazón se agitó. Tal vez Dios no quería eliminarme, ¡solo quería que superara esta prueba! Después de que ella se fuera, oré a Dios y dije: “Dios, desde que me enfermé, sufro dolor, te malinterpreté y te culpé. Hoy, mi hermana me ha recordado que esta es Tu prueba, pero aún no sé cómo sobrellevar esta situación. Por favor, guíame para que conozca Tu voluntad”.

Después, fui ante Dios y oré así todos los días. Un día, leí estas palabras de Dios: “La entrada a las pruebas te deja sin amor ni fe, te falta la oración y no puedes cantar himnos; y, sin darte cuenta, en medio de esto llegas a conocerte. Dios tiene muchos medios para perfeccionar al hombre. Emplea toda clase de ambientes para tratar con el carácter corrupto del hombre y usa varias cosas para poner al hombre al descubierto; en un sentido trata con el hombre, en otro pone al hombre al descubierto y en otro revela al hombre, escarbando y revelando los ‘misterios’ en las profundidades del corazón del hombre, y mostrándole al hombre su naturaleza revelando muchos de sus estados. Dios perfecciona al hombre a través de muchos métodos —por medio de la revelación, por medio del trato, por medio del refinamiento y el castigo— para que el hombre pueda saber que Dios es práctico” (‘Sólo los que se enfocan en la práctica pueden ser perfeccionados’ en “La Palabra manifestada en carne”). Mientras sopesaba las palabras de Dios, por fin empecé a entender Su voluntad. Dios obra en los últimos días para perfeccionar a las personas, expone nuestro carácter corrupto a través de todo tipo de situaciones y usa el juicio y las revelaciones de Sus palabras para que comprendamos nuestro carácter satánico, busquemos y practiquemos la verdad y, finalmente, nuestro carácter corrupto sea purificado y cambiado. Entendí que Dios me había permitido enfermarme no porque quisiera eliminarme o dañarme a propósito, sino para purificarme y cambiarme. Ya no podía malinterpretar a Dios o deprimirme. Debía someterme, buscar la verdad en mi enfermedad, reflexionar sobre mí misma y conocerme. Tras comprender la voluntad de Dios, ya no me sentí abatida, ni sufría tanto dolor. Dije una oración de sumisión a Dios

Y, tras terminar, recordé una frase de las palabras de Dios: “Tu búsqueda es sólo para vivir en la comodidad, para que a tu familia no le sucedan accidentes, para que los vientos te pasen de largo, para que el polvillo no toque tu cara […]”. Me apresuré a buscar mi libro de palabras de Dios y hallé este pasaje: “Esperas que tu fe en Dios no acarree ningún reto o tribulación o la más mínima dificultad. Siempre buscas aquellas cosas que no tienen valor, y no le fijas ningún valor a la vida, poniendo en cambio tus propios pensamientos extravagantes antes que la verdad. ¡Eres tan despreciable! […] Lo que buscas es poder ganar la paz después de creer en Dios, que tus hijos no se enfermen, que tu esposo tenga un buen trabajo, que tu hijo encuentre una buena esposa, que tu hija encuentre un esposo decente, que tu buey y tus caballos aren bien la tierra, que tengas un año de buen clima para tus cosechas. Esto es lo que buscas. Tu búsqueda es sólo para vivir en la comodidad, para que a tu familia no le sucedan accidentes, para que los vientos te pasen de largo, para que el polvillo no toque tu cara, para que las cosechas de tu familia no se inunden, para que no te afecte ningún desastre, para vivir en el abrazo de Dios, para vivir en un nido acogedor. Un cobarde como tú, que siempre busca la carne, ¿tienes corazón, tienes espíritu? ¿No eres una bestia? Si sigues teniendo esa clase de experiencia ¿vas a conseguir algo? El camino verdadero se te ha dado, pero que al final puedas o no ganarlo depende de tu propia búsqueda personal” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios expusieron con precisión mi deseo de ser bendecida en mi fe. Rememoré mis años de fe, cuando todo estaba bien en casa, yo estaba sana, y todo era bueno, participaba activamente en mi deber y parecía tener energía infinita. Pero cuando tuve cáncer, me volví negativa, malinterpreté y culpé a Dios por no protegerme. Capitalicé la obra que había hecho y peleé con Dios. Incluso lamenté todos mis años de sacrificio. Vivía en un estado de rechazo y traicionaba a Dios. Solo cuando me refiné y expuse a través de la enfermedad entendí que no cumplía con mi deber ni hacía sacrificios para buscar la verdad o cumplir con el deber de un ser creado, sino que lo hacía para obtener paz y bendiciones. Había estado haciendo tratos con Dios para que me bendijera a cambio de los sacrificios que había hecho. Quería todo en esta vida y vida eterna en la siguiente. Ahora tenía cáncer, y cuando parecía que iba a morir y no sería bendecida, culpé a Dios por ser injusto, yo no tenía nada de humanidad. Pensé en mis años de fe. Había recibido mucha gracia y muchas bendiciones de Dios, y la verdad me había regado y sustentado mucho. Dios me había dado mucho, pero yo nunca había pensado en devolver Su amor. Cuando enfermé, no me sometí a Dios para nada, solo lo malinterpreté y lo culpé. ¡Carecía de conciencia y sentido por completo! Finalmente, entendí que Dios me había permitido enfermarme para exponer y purificar mi motivación de ser bendecida en mi fe y mis opiniones equivocadas sobre la búsqueda; y para hacer que me concentrara en buscar la verdad y un cambio en mi carácter. Sentí mucho remordimiento y me reproché cuando entendí las buenas intenciones de Dios. En silencio, tome esta resolución: “Ya sea que mejore o no, no haré más exigencias sin sentido a Dios. Solo quiero poner mi vida y mi muerte en manos de Dios y someterme a Sus arreglos”. Después de eso, me sentí mucho más tranquila. Ya no estaba ansiosa y angustiada, y podía calmarme para leer las palabras de Dios, orar y buscar con Dios.

Volver la quimioterapia no fue tan doloroso como había sido. Aunque sentía un poco de náuseas, todo estaba bien. Los demás pacientes estaban sorprendidos y envidiosos. Sabía en mi corazón que era, completamente, la piedad y protección de Dios. Me sentí muy agradecida con Dios. Tras varias rondas de quimioterapia, el tumor, del tamaño de un huevo, se había achicado. Ya no dolía tanto, y no supuraba. El doctor dijo que mi recuperación iba bien y que, si las cosas seguían así, tras seis meses de quimioterapia, tal vez no necesitara una cirugía. Oír esto me alegró mucho, y le agradecí mucho a Dios. Mi fe en Dios crecía cada vez más, y pensé que si reflexionaba e intentaba conocerme sinceramente, tal vez me curaría sin necesidad de la cirugía.

Un día de marzo, tuve la última sesión de quimioterapia. Estaba nerviosa y esperanzada a la vez. Cuando terminó, el doctor dijo que aún necesitaría la cirugía, dos rondas más de quimioterapia y luego, radioterapia. Mi corazón se hundió, y mi mente zumbaba. Pensaba: “¿Cómo puede ser?” Reflexioné como debía reflexionar y comprendí lo que debía comprender. ¿Por qué no estoy mejor? Es una cirugía mayor, y, además de que tendré una cicatriz, la quimioterapia y la radioterapia que necesitaré serán muy dolorosas. Aún podría morir…”. Me sentía cada vez más triste, y mi cuerpo estaba inerte. Empecé a llorar por la injusticia. La noche después de la cirugía, cuando había pasado la anestesia, el dolor de la incisión era tal que me hizo llorar. Ni siquiera podía respirar hondo. Me sentía muy desamparada y perjudicada, y empecé a culpar a Dios otra vez. Era demasiado para mí. ¿Cuándo terminaría el dolor? En mi sufrimiento, leí estas palabras de Dios: “Para todas las personas, el refinamiento es penosísimo y muy difícil de aceptar, sin embargo, es durante el refinamiento que Dios deja en claro el carácter justo que tiene hacia el hombre y hace público lo que le exige al hombre y provee más iluminación, y una poda y un trato más reales; por medio de la comparación entre los hechos y la verdad, le da al hombre un mayor conocimiento de sí mismo y de la verdad y le da al hombre una mayor comprensión de la voluntad de Dios, permitiéndole así al hombre tener un amor por Dios más sincero y más puro. Esas son las metas que Dios tiene cuando lleva a cabo el refinamiento. Toda la obra que Dios hace en el hombre tiene sus propias metas y significado; Dios no obra sin sentido ni tampoco hace una obra que no sea benéfica para el hombre. El refinamiento no quiere decir quitar a las personas de delante de Dios ni tampoco quiere decir destruirlas en el infierno, sino que quiere decir cambiar el carácter del hombre durante el refinamiento, cambiar sus intenciones y sus antiguos puntos de vista, cambiar su amor por Dios y cambiar toda su vida. El refinamiento es una prueba real del hombre y una forma de entrenamiento real y sólo durante el refinamiento puede su amor cumplir su función inherente” (‘El propósito de la obra de refinamiento de Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Cada una de las palabras de Dios entró en mi corazón, y me sentí muy conmovida. Sabía que la voluntad de Dios de refinarme de este modo era para que desarrollara verdadero autoconocimiento, para permitirme buscar la verdad, y para purificar y cambiar mi carácter corrupto. Antes, aunque me había dado cuenta de que no debía buscar bendiciones en mi fe, no había abandonado del todo mi motivación de ser bendecida. Aún albergaba extravagantes exigencias a Dios en lo profundo de mi corazón. Como había reflexionado sobre mí misma y me había conocido un poco, pensé que Dios eliminaría mi enfermedad. Mi reflexión sobre mí misma y mi autoconocimiento estaban manchados con motivos personales y solo eran fachadas para mi deseo de hacer un trato con Dios. ¡No me había arrepentido sinceramente para nada! Dios había inspeccionado mis pensamientos y había usado mi enfermedad para exponerme, para hacerme reflexionar más sobre mí misma y que me arrepintiera sinceramente. Era el amor de Dios hacia mí. Después, oré a Dios y dije: “Querido Dios, ahora comprendo Tu voluntad. Deseo abandonar todas mis elecciones y pedidos personales y buscar la verdad en la situación que Tú has organizado. Por favor, guíame”.

Unos días después, leí esto en las palabras de Dios: “Cuando las personas comienzan a creer en Él, ¿quién no tiene sus propios objetivos, motivaciones y ambiciones? Aunque una parte de ellas crea en la existencia de Dios, y la haya visto, su creencia en Él sigue conteniendo esas motivaciones, y su objetivo final es recibir Sus bendiciones y las cosas que desean. […] Toda persona hace, constantemente y con frecuencia, esas cuentas en su corazón, y le ponen exigencias a Dios que incluyen sus motivaciones, sus ambiciones y sus tratos. Es decir, el hombre le está poniendo incesantemente a prueba en su corazón, ideando planes sobre Él, defendiendo ante Él su propio fin, tratando de arrancarle una declaración, viendo si Él puede o no darle lo que quiere. Al mismo tiempo que busca a Dios, el hombre no lo trata como tal. Siempre ha intentado hacer tratos con Él, exigiéndole cosas sin cesar, y hasta presionándolo a cada paso, tratando de obtener mucho dando poco. A la vez que intenta pactar con Dios, también discute con Él, e incluso los hay que, cuando les sobrevienen las pruebas o se encuentran en ciertas circunstancias, con frecuencia se vuelven débiles, pasivos y holgazanes en su trabajo, y se quejan mucho de Él. Desde que empezó a creer en Él por primera vez, el hombre lo ha considerado una cornucopia, una navaja suiza, y se ha considerado Su mayor acreedor, como si tratar de conseguir bendiciones y promesas de Dios fuera su derecho y obligación inherentes, y la responsabilidad de Dios protegerlo, cuidar de él y proveer para él. Tal es el entendimiento básico de la ‘creencia en Dios’ de todos aquellos que creen en Él, y su comprensión más profunda del concepto de creer en Él. Desde la esencia de la naturaleza del hombre a su búsqueda subjetiva, nada tiene relación con el temor de Dios. El objetivo del hombre de creer en Dios, no es posible que tenga nada que ver con la adoración a Dios. Es decir, el hombre nunca ha considerado ni entendido que la creencia en Él requiera que se le tema y adore. A la luz de tales condiciones, la esencia del hombre es obvia. ¿Cuál es? El corazón del hombre es malicioso, alberga traición y astucia, no ama la ecuanimidad, la justicia ni lo que es positivo; además, es despreciable y codicioso. El corazón del hombre no podría estar más cerrado a Dios; no se lo ha entregado en absoluto. Él nunca ha visto el verdadero corazón del hombre ni este lo ha adorado jamás” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al leer esto, me sentí muy avergonzada. Las palabras de Dios revelaron exactamente mi verdadero estado. Hacía muchos años que era creyente, y siempre había querido ser bendecida, siempre hacía tratos con Dios. Como creía en Dios y siempre había cumplido con mi deber y me había entregado en la iglesia, sentía que Dios debía cuidarme y protegerme, mantenerme a salvo de todo daño y enfermedad. Pensé que era lo correcto. Cuando descubrí que tenía cáncer, empecé a quejarme ante Dios de inmediato y quise capitalizar mis años de sufrimiento y sacrificio para discutir con Él. Cuando empecé a mejorar, agradecía a Dios con mi boca, pero, en mi corazón, quería incluso más. Quería que Dios eliminara mi enfermedad por completo para no tener que sufrir más. Cuando mi extravagante deseo no fue satisfecho, mi naturaleza diabólica asomó la cabeza otra vez, y volví a culpar a Dios e intenté pelear con Él. Mi conducta fue justo como lo que Dios revela en Sus palabras: “Los que no tienen una humanidad no pueden amar verdaderamente a Dios. Cuando el ambiente es seguro y fiable, o pueden obtener ganancias, son completamente obedientes a Dios, pero cuando lo que desean está comprometido o finalmente se les niega, de inmediato se rebelan. Incluso, en el espacio de sólo una noche, pueden pasar de ser una persona sonriente y ‘de buen corazón’ a un asesino de aspecto espantoso y feroz, tratando de repente a su benefactor de ayer como su enemigo mortal, sin ton ni son” (‘La obra de Dios y la práctica del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estaba devastada. Aunque hacía años que creía en Dios, no lo adoraba ni me sometía a Él como debía. En cambio, lo trataba como a un doctor poderoso, como un refugio. Usaba a Dios para lograr mis propios fines, intentaba que me diera paz en esta vida y bendiciones futuras. Vi que mi fe en Dios solo se había tratado de hacer tratos descaradamente y que había estado usando a Dios para obtener gracia y bendiciones de Él. ¿No había estado hacienda trampa y resistiendo a Dios? Vi cuán egoísta y deshonesta era, sin un ápice de humanidad, viviendo solo según mi carácter satánico. ¡Dios debe haberme despreciado y odiado!

Luego leí esto en las palabras de Dios: “Job no habló de negocios con Dios, y no le pidió ni le exigió nada. Alababa Su nombre por el gran poder y autoridad de este en Su dominio de todas las cosas, y no dependía de si obtenía bendiciones o si el desastre lo golpeaba. Job creía que, independientemente de que Dios bendiga a las personas o acarree el desastre sobre ellas, Su poder y Su autoridad no cambiarán; y así, cualesquiera que sean las circunstancias de la persona, debería alabar el nombre de Dios. Que Dios bendiga al hombre se debe a Su soberanía, y también cuando el desastre cae sobre él. El poder y la autoridad divinos dominan y organizan todo lo del hombre; los caprichos de la fortuna del ser humano son la manifestación de estos, e independientemente del punto de vista que se tenga, se debería alabar el nombre de Dios. Esto es lo que Job experimentó y llegó a conocer durante los años de su vida. Todos sus pensamientos y sus actos llegaron a los oídos de Dios, y a Su presencia, y Él los consideró importantes. Dios estimaba este conocimiento de Job, y le valoraba a él por tener un corazón así, que siempre aguardaba el mandato de Dios, en todas partes, y cualesquiera que fueran el momento o el lugar aceptaba lo que le sobreviniera. Job no le ponía exigencias a Dios. Lo que se exigía a sí mismo era esperar, aceptar, afrontar, y obedecer todas las disposiciones que procedieran de Él; creía que esa era su obligación, y que era precisamente lo que Él quería” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al contemplar las palabras de Dios, me sentí muy conmovida. Pensé: “Dios es el Creador. Dios puede otorgarnos gracia y bendiciones, y puede juzgarnos, castigarnos, ponernos a prueba y refinarnos. ¿Será que Dios nos pone pruebas solo porque nos ama? Pensé en Job. Dios le otorgó gran riqueza, y él le agradeció y alabó a Dios, pero él no ansiaba riqueza material. Cuando Dios le quitó todo, él aún podía alabar el nombre de Dios durante su prueba, y decía: “¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?” (Job 2:10). Job sabía que todo lo que tenía provenía de Dios, y que Dios era justo, cuando le daba cosas y cuando se las quitaba. La fe de Job en Dios no estaba manchada por motivos personales, y no se preguntaba si sería bendecido o si enfrentaría desastres. Sin importar lo que Dios hiciera, Job no se quejaba. Podía ocupar su lugar como ser creado para alabar y someterse a Dios. Al ver la humanidad y la razón de Job, me sentí muy avergonzada. Miré todo lo que tenía. Dios me lo había dado todo, incluso mi propio aliento. Pero yo no había sido agradecida, al contrario, culpé a Dios cuando me enfermé. ¡No tenía nada de conciencia ni razón! Creía en Dios, pero no lo conocía, ni tampoco conocía mi propio lugar ante Él, ni sabía cómo someterme al Creador. Por creer en Dios según mis nociones y fantasías, y mis ideas sobre hacer tratos, me quejé ante Dios y lo resistí al enfrentar pruebas. Además, siempre quería bendiciones y gracia de Dios y quería entrar en el reino de Dios. ¡De verdad, no tenía vergüenza! Vi que, incluso si moría en ese momento, sería la justicia de Dios por mi rebeldía y corrupción. Encontré el camino de la práctica en las experiencias de Job. Sin importar cuánto durara mi enfermedad o si mejoraba o no, solo deseaba someterme a las decisiones y disposiciones de Dios. Era la razón que debía tener como ser creado. Este pensamiento me aportó una gran sensación de alivio.

Antes de que me diera cuenta, llegó el momento de la radioterapia. Los demás pacientes de cáncer decían que la radioterapia era muy dura para el cuerpo y que me quemaría la carne. Dijeron que estaría mareada y con náuseas todo el tiempo y que no podría sentir sabores. Al oír todo esto, empecé a pedirle a Dios que me ayudara a escapar de esa situación otra vez, pero pronto me di cuenta de mi estado equivocado y oré a Dios. Recordé algunas líneas de un himno de las palabras de Dios: “Como fuiste creado, debes obedecer al Señor que te creó, porque inherentemente no tienes dominio sobre ti mismo ni capacidad para controlar tu destino. Como eres una persona que cree en Dios, debes buscar la santidad y el cambio” (‘La búsqueda que los creyentes deben realizar’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Sabía que Dios me ponía a prueba en esta situación y que no debía pedir cosas a Dios sin razón ni dañarlo más. Sabía que debía someterme a Sus arreglos. Tras someterme, aunque debía recibir radioterapia todos los días, y me dolía el cuerpo, no era tan grave como los demás pacientes me habían dicho. Sabía que era porque Dios me tenía piedad y me cuidaba. Cuando terminé la radioterapia, mi recuperación física fue muy rápida. Me veía y me sentía muy bien. Mis hermanos y mis hermanas de la iglesia decían que no me veía como una paciente de cáncer para nada. Tiempo después, empecé a cumplir con mi deber otra vez. Mi fe en Dios creció por esta experiencia, y empecé a valorar aún más la oportunidad de cumplir con mi deber.

Estos dos últimos años pasaron muy rápido, pero cuando recuerdo los diez meses que estuve enferma, siento que fue solo ayer. A pesar de que mi carne sufrió un poco, llegué a comprender mi motivación por bendiciones y mis opiniones equivocadas sobre qué buscar. Ahora sé que debo buscar la verdad y buscar obedecer a Dios en mi fe. Si soy bendecida o si enfrento el desastre, siempre debo someterme a las orquestaciones, decisiones y disposiciones de Dios. Este es el razonamiento que un ser creado debería poseer. Nunca podría haber ganado todo esto si todo en mi vida hubiera sido tranquilo. Es la riqueza de vida que Dios me ha dado. ¡Gracias, Dios Todopoderoso!

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