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34. ¿Por qué no he cambiado tras tantos años de fe?

Jinru Ciudad de Nanyang, provincia de Henan

Cuando un hermano o hermana señalaba mis fracasos o no prestaba atención a mi opinión, bien no me sentía convencida o discutía con ellos. Después lamentaba mis acciones, pero cuando me enfrentaba con estas cosas, no podía evitar revelar mi carácter corrupto. Estaba profundamente atribulada por esto y pensé: ¿Por qué es que las palabras de otros pueden avergonzarme y llevarme a la ira? ¿Y por qué no he cambiado ni un poco a pesar de los ocho años de seguir a Dios? Me preocupé y en repetidas ocasiones busqué a Dios, le pedí que me iluminara para así ser capaz de conocer la razón de que mi carácter corrupto no hubiera cambiado.

Un día, durante mis devociones, vi un pasaje de un sermón: “Todo el mundo detesta su propia arrogancia y soberbia, su torcida y artería. La mayoría de las personas cambian en alguna medida; ciertas personas que son arrogantes y engreídas y les falta razonamiento, que son ruines y arteras por naturaleza, apenas cambian y así sus expresiones y comportamiento permanecen casi inmutables: su arrogancia, soberbia, torcida y artería siguen siendo evidentes. Y esto se relaciona con sus experiencias. Nunca buscan un cambio en su carácter, sólo observan cómo los demás entran en la vida. Y como resultado, ellos mismos se ponen trabas porque sólo ven la arrogancia y soberbia de los demás y creen que sólo los otros deben ser juzgados y castigados por Dios. Piensan que ellos no se han resistido a Dios y que el juicio y castigo de Dios sólo es para los demás. Si leen la palabra de Dios desde esta peculiar perspectiva, no es de extrañar que no cambien” (La comunión de los de arriba). Llegado este momento tuve un despertar. Me di cuenta de que la razón por la que no había cambiado a pesar de seguir a Dios por tantos años era porque había creído en Dios, pero no había buscado cambiar mi carácter; sólo había puesto atención a cómo los demás entraban a la vida y no a mi propia entrada a la vida. Y llegado ese momento no pude evitar pensar en las escenas de mí corriendo de acá para allá “trabajando” con urgencia; cuando comía y bebía las palabras de Dios nunca las usé para considerar mis propias circunstancias. Siempre les enseñé a los demás y los medía contra las palabras de Dios. En las reuniones, cuando comunicaba la verdad, sólo era para resolver los problemas y dificultades de los demás y nunca busqué en lo que yo misma debía entrar. Cuando comunicaba las palabras de la revelación de Dios sobre la esencia corrupta del hombre, mis ejemplos se referían a otros hermanos y hermanas, usaba a los demás como advertencia y rara vez me servía de las palabras de Dios para entender mis propias circunstancias y encontrar mi entrada… Y así, pasaron los años y mi propia entrada a la vida se quedó casi en blanco. Sin embargo todavía pensaba que era una persona compasiva, que estaba llevando la carga de la vida de mis hermanos y hermanas. En particular, desde el año pasado hasta ahora, la iglesia arregló para que hiciera equipo con una joven hermana para cumplir nuestros deberes juntas y yo seguí llevando mi “carga” y puse atención en su entrada a la vida. Cuando esa hermana se reveló arrogante y testadura, me apresuraba a usar la palabra de Dios para comunicarme con ella, pero por dentro pensaba: eres tan arrogante. Cuando esa hermana no se pudo liberar de la negatividad porque estaba condicionada por sus preocupaciones respecto a su futuro y destino, encontré las palabras apropiadas de Dios para comer y beber con ella y comunicarle que Dios quiere salvarnos, pero por dentro la despreciaba: queda poco tiempo y ¿todavía buscas las bendiciones tan fervientemente? Cuando esa hermana se abrió y me dijo cómo con frecuencia sospechaba de las personas, hablé sobre la verdad de ser una persona honesta, pero por dentro ella me molestaba: eres muy problemática. Cuando esa hermana estuvo en una mala situación, pero no podía decir porqué, le dije que se examinara a sí misma, que analizara minuciosamente su naturaleza, pero cuando se trataba de mí misma, no prestaba atención a usar la palabra de Dios para entenderme y analizarme de lo que yo revelaba… ¿No era que pensaba que sólo los demás eran demasiado corruptos y que Dios los debía juzgar y castigar, mientras me colocaba más allá de la palabra de Dios? ¿No estaba sólo poniendo atención a la entrada a la vida de los demás y me estaba dejando atrás? Sólo en ese momento llegué a darme cuenta de que era pobre y digna de compasión, como un mendigo de la calle sin un centavo, y mi corazón se llenó de remordimiento.

Bajo la guía de Dios, vi que Su palabra dice: “Las personas dicen cosas como esta: Deja a un lado tus perspectivas, sé más realista. Pides que las personas prescindan de los pensamientos de ser bendecidas pero, ¿qué hay de ti mismo? ¿Niegas las ideas de las personas de ser bendecidas pero tú mismo buscas bendiciones? No permites que los demás reciban bendiciones pero en secreto tú mismo piensas en ellas, ¿qué te hace eso? ¡Un estafador! Cuando actúas así, ¿tu conciencia no está acusada? En tu corazón, ¿no te sientes en deuda? ¿No eres un defraudador? Escarbas las palabras en los corazones de los demás, pero no dices nada de aquellas en el tuyo, ¡qué despreciable pedazo de basura eres!” (‘Capítulo 42’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). La palabra de Dios atravesó mi corazón y me dejó profundamente avergonzada. Pensé en todo lo que había hecho. ¿No era yo un fraude, como lo reveló Dios? En la superficie estaba haciendo mi deber, pero realmente estaba usando mi entusiasmo para defraudar a Dios de Su confianza. En la superficie estaba ayudando a mis hermanos y hermanas, pero realmente estaba usando palabras y doctrinas para defraudarlos de su estima y admiración, con el objetivo de tener un lugar en sus corazones. Les decía a los demás que no codiciaran el estatus, que no fueran arrogantes, pero a menudo yo menospreciaba a los demás y era incapaz de considerar correctamente los fracasos de mis hermanos y hermanas, y hasta me negaba a someterme a nadie. Hacía que los demás renunciaran a las intenciones de obtener bendiciones, que no se dejaran controlar por su futuro y su destino, mientras que yo con frecuencia hacía planes para mi futuro y hasta me preocupaba profundamente por esto. Me enojaba la artería y sospecha de los demás, mientras que yo muchas veces observaba sus expresiones y me preocupaba por cómo pensaran de mí. Les dije a los demás que se entendieran a sí mismos, que comprendieran sus pensamientos más íntimos para analizar minuciosamente su naturaleza, mientras yo escondía mis intenciones maliciosas y mis palabras y mis acciones no eran supervisadas por Dios… Durante muchos años he hablado a menudo con grandilocuencia y me contentaba con soltar doctrinas literales, pero nunca me centré en vivir la realidad de las palabras de Dios. A consecuencia de ello, no tengo todavía entendimiento de mí misma ni ha cambiado mucho mi carácter de vida. En vez de eso, se ha vuelto cada vez más arrogante. Como dice Dios: “Cuanto más entienden de las doctrinas, más arrogante se vuelve su carácter” (‘Las personas le ponen demasiadas exigencias a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Consideraba las doctrinas que sostenía como mi propio capital, pero no ponía atención en entenderme a mí misma, en buscar la entrada, en ganar la verdad. Y así, ¿cómo podía tener algún cambio en mi carácter de vida? La obra práctica y las palabras de Dios nos proveen de toda la verdad que necesitamos y Él desea que entendamos esa verdad y que, por medio de cumplir nuestro deber, traigamos la luz y el esclarecimiento que obtengamos en nuestras experiencias diarias y entrada, y proveer eso a nuestros hermanos y hermanas. Pero sólo me enfoqué en armarme con doctrinas y consideraba el hablar de doctrinas como mi deber, ofreciendo desinteresadamente a los demás el esclarecimiento del Espíritu Santo, haciendo que los demás practicaran la verdad mientras yo misma no entraba. Y como resultado me quedé atrás y también dañé a mis hermanos y hermanas. ¡Soy un verdadero Pablo contemporáneo!

Dios, gracias por Tu esclarecimiento e iluminación que me permitieron ver mi fracaso en cambiar mi carácter a pesar de los muchos años de creer en Dios, que ello se debió a que sólo puse atención al trabajo, a armarme con doctrinas y a alardear en vez de poner atención a mi entrada a la vida. Odio ser tan arrogante e ignorante y que no amo la verdad y, así, he perdido muchas oportunidades para entrar a la verdad y buscar el cambio. Ahora estoy dispuesta a entender la verdad mejor a través de Tus palabras, a buscar un entendimiento más profundo de mí misma, a practicar sincera y pragmáticamente la palabra de Dios y entrar en la verdad, a usar el vivir de forma práctica para retribuirte.

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