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63. Quitarse el yugo de Satanás es liberador

Momo    Ciudad de Hefei, provincia de Anhui

Antes de creer en Dios, independientemente de lo que estuviera haciendo, nunca quería quedarme atrás. Estaba dispuesta a aceptar cualquier dificultad mientras eso significara que podía elevarme sobre todos los demás. Después de aceptar a Dios, mi actitud siguió siendo la misma, porque creía firmemente en el dicho “Sin dolor, no hay ganancia” y veía mi actitud como una prueba de mi motivación. Cuando Dios me reveló la verdad, finalmente me di cuenta de que había estado viviendo bajo el yugo de Satanás, bajo su dominio.

No hace mucho, la iglesia planeó enviar a la hermana con la que yo colaboraba a servir en una posición de liderazgo. Al oír la noticia se me hundió el corazón. Ambas solíamos servir en funciones de liderazgo hasta que nos nombraron editoras. Ahora la hermana volvería a una posición de liderazgo y serviría a Dios con un potencial de crecimiento ilimitado, pero yo seguiría pegada a un escritorio, llevando a cabo mi obligación en el anonimato. ¿Qué futuro habría en eso? Tras una segunda reflexión, recordé el viejo dicho “Hay un millón de caminos diferentes hacia el éxito”. Mientras cumpliera adecuadamente con mi obligación también podría tener éxito. Sólo necesitaba redoblar mis esfuerzos en la búsqueda de la verdad. Si me centraba en editar sermones para que estos comunicaran mejor la verdad, quizás un día los líderes verían que yo entendía la misma. Entonces me ascenderían y mi futuro sería igualmente brillante. Después de comprender esto, las oscuras nubes empezaron a retirarse a favor de una determinación renovada. Me metí en mi trabajo, y comí y bebí la palabra de Dios cuando no estaba ocupada, no me atreví a cejar ni un solo momento.

Un día, vi el siguiente pasaje en “Sermones y comunicación acerca de la entrada a la vida”: “Todo lo que te limita de buscar a Dios y la verdad es uno de los grilletes de Satanás. Si estás atado por una sola de las cadenas de Satanás, estás viviendo tu vida bajo su dominio”. Después de oír esto, no pude evitar preguntarme: “¿Bajo cuál de los yugos de Satanás estoy viviendo? ¿Cuál de sus venenos está obstaculizando mi búsqueda de la verdad?”. Cuando trataba de meditar tranquilamente en esta pregunta, recordé mi situación reciente. Después de que enviaran a la hermana a su nuevo puesto, no me quedé pasiva. De hecho, me dediqué incluso más a comer y beber la palabra de Dios, orar a Él y cumplir de forma activa con mi obligación. A simple vista, parecía incluso más diligente que antes en mi búsqueda de la verdad, pero si se abre la cortina y se analiza la situación, sólo fui capaz de aceptar quedarme atrás porque albergaba ambiciones de dar un salto adelante algún día. Mi ardiente deseo de ser la mejor de los mejores fue la razón por la que no me volví pasiva y en su lugar busqué la verdad de forma más activa, pero mi autoproclamada búsqueda de la verdad era simplemente una ilusión, una búsqueda impura. Estaba apropiándome de una búsqueda momentánea de la verdad para lograr mis propios fines egoístas. Al pensar en mis años invertidos siguiendo a Dios, me di cuenta de que todos mis sacrificios se pagaron por el veneno de Satanás “Sin dolor, no hay ganancia”. Así es como me ataba como un grillete invisible y me empujaba a esforzarme por la excelencia. Cuando tenía ya una posición, seguía buscando otra más alta aun; cuando perdí mi posición o fui incapaz de avanzar, no me volví pasiva, seguí pareciendo dispuesta a pagar el precio para buscar la verdad. Sin embargo, esto no se debió a que yo entendiera la verdad y estuviera dispuesta a sacrificarme por ella. Simplemente quería usar la apariencia del sacrificio en un esfuerzo por tener éxito. Ahí es donde entendí finalmente que mi postura de “Sin dolor, no hay ganancia” era realmente uno de los venenos de Satanás que corría por mis venas. Me habían engañado; el veneno me había despojado de toda mi humanidad. Era arrogante y ambiciosa sin ningún sentido de la perspectiva. Todo ocurrió justo delante de mis narices. Pensaba realmente que mi ambición era una prueba de mi aspiración. Pensaba que mi carácter arrogante de renuencia a quedar atrás era una señal de mi motivación. Adoraba las falacias de Satanás como verdad y las veía como una insignia de honor en lugar de una letra escarlata. ¿Cuán estúpido fui haber sido engañada así por Satanás, haber sido incapaz de diferenciar el bien del mal? Finalmente vi cuán patético fui. También conocí cuán malicioso y despreciable es Satanás. Él usa falacias engañosas para engañarnos y corrompernos. Él hace que nos desviemos y juramos fidelidad a sus maquinaciones engañosas. Todo esto se hace sin nuestro conocimiento. Pensamos que estamos buscando la verdad y sacrificándonos por ella, pero estamos realmente viviendo en el autoengaño. ¡Los venenos de Satanás son realmente potentes! Si no fuera por el esclarecimiento de Dios, yo nunca habría visto la verdad de que estaba corrompida por Satanás y sin duda nunca habría descubierto sus planes engañosos. De no ser por el esclarecimiento de Dios, yo habría seguido viviendo bajo el yugo de Satanás hasta que este me consumiera totalmente.

En ese momento, pensé en las palabras de Dios: “Si te sientes contento de ser alguien que es un hacedor de servicio en la casa de Dios, trabajando de forma diligente y concienzudamente en la oscuridad, siempre dando y nunca quitando, entonces Yo te digo que eres un santo leal, porque no buscas ninguna recompensa y estás simplemente siendo un hombre honesto” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me mostraron el camino de la práctica: como una de las creaciones de Dios, yo debería amarlo y satisfacerlo incondicionalmente y cumplir devotamente con mi obligación. Ese es el sentido que una de las creaciones de Dios debería poseer. Esta búsqueda está en sintonía con Su voluntad. De este día en adelante, haré todo lo que pueda para buscar la verdad. Me apoyaré en ella para penetrar en el engaño de Satanás y quitarme su yugo. Ya no buscaré nada de la carne. En su lugar, me esforzaré en el anonimato, cumpliendo con mi obligación para satisfacer a Dios. Aunque al final no me quede nada continuaré adelante sin ningún remordimiento, porque soy sólo una de las insignificantes creaciones de Dios. Satisfacer al Creador es mi único propósito verdadero en la vida.

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