36. Ahora sé cómo tratar a mi hija adecuadamente

Por Su Xin, China

Mis padres no recibieron mucha educación y solo podían hacer trabajos pesados, así que les dieron gran importancia a mi educación y a la de mi hermano y economizaron y ahorraron para mandarnos a la escuela. Mi mamá solía decir que su papá no la había dejado ir a la escuela, así que no tuvo más remedio que pasarse la vida como ama de casa y nos dijo que no acabáramos como ella. Estaba dispuesta a sacrificarlo todo para mandarnos a la universidad, de modo que tuviéramos un buen empleo en el futuro. Después de que mi hermano entrara en una de las mejores escuelas secundarias, aunque en casa pasábamos algunas estrecheces económicas, mis padres les seguían pidiendo a otros que compraran toda clase de materiales de estudio y suplementos para mi hermano. En cuanto a mí, estaba a pocos puntos de acceder a la escuela secundaria, así que mis padres gastaron más de 7 000 yuanes para mandarme a estudiar. Después de graduarme, aprendí un oficio y abrí una tienda pequeña. Al ver todas las tiendas similares que me rodeaban, sentí mucha presión. Pensaba que, en realidad, no era nada fácil afianzarse en el mercado. Llegué a entender un poco por qué mis padres estuvieron dispuestos a trabajar duro para costear nuestra educación. Era para que pudiéramos afianzarnos mejor en la sociedad. Pensé que sería una madre entregada si tuviera hijos, trabajaría duro para ganar dinero y cultivaría a mis hijos para que estudiaran bien.

Después de casarme, tuve una hija y pensé: “No puedo permitir que mi hija pierda en la línea de salida. Ya que la traje al mundo, tengo que cumplir con mi responsabilidad como madre, cultivarla adecuadamente y esforzarme al máximo para abrirle un camino y planear su futuro. De esta manera, podrá conseguir un buen trabajo y llevar una vida sin preocupaciones económicas. Si no la preparo ahora para el futuro, por mi parte, sería una irresponsabilidad como madre”. Cuando mi hija estaba empezando a hablar, le contaba historias, le leía poemas clásicos y le enseñaba a reconocer los caracteres e incluso le reproducía programas infantiles para aprender inglés. Mi hija empezó a hablar pronto y, desde pequeña, era capaz de leer cuentos ella sola. Al ver lo inteligente que era, tenía más confianza de que iba a cultivarla adecuadamente, pensaba que, si tenía éxito, estaría orgullosa de ser su madre.

Cuando mi hija empezó el jardín de infantes, pensé que la educación temprana era muy importante para desarrollar la inteligencia de una niña, así que puse mucho cuidado en elegir para ella una escuela infantil centrada en la aritmética mental. Para asegurarme de que mi hija tuviera porte y belleza física, la inscribí en clases de baile a los cinco años. Cuando estaba a punto de empezar la primaria, le pedí a alguien que me buscara la mejor escuela para ella y me aseguré de que tuviera un tutor con buenas cualificaciones que impartiera clases de alta calidad. Trabajaba duro para ganar dinero a fin de mandar a mi hija a la escuela. Mis jornadas duraban de la mañana a la noche y a menudo comía en horarios irregulares. A veces solo me alimentaba una vez al día. Cada vez que mi hija volvía a casa de la escuela, la apuraba para que terminara las tareas y luego las comprobaba; si encontraba un solo error, la obligaba a hacer diez problemas más como castigo. A veces, cuando caminaba con mi hija por la calle y veíamos a gente levantando la basura, le decía en voz baja: “Si no estudias bien, eso es lo que acabarás haciendo. ¿Es lo que quieres?”. Y ella se limitaba a sacudir la cabeza. Luego, descubrí que a mi hija le gustaba mucho la música y que, fuera la canción que fuera, la podía cantar tras escucharla un par de veces. Pensé: “Todavía tiene voz de niña, así que puede que sea pronto para aprender técnica vocal. Primero que aprenda un instrumento para que sepa leer música. De ese modo, si luego quiere continuar con la música, será más fácil”. Así que, cuando estaba en segundo, la apunté a tomar clases de guzheng. Al principio, mi hija aceptó aprender el instrumento por curiosidad, pero al sentarse todos los días delante del guzheng para practicar diversas técnicas de digitación y tocar notas monótonas, se volvió reticente. A menudo hacía pucheros y me miraba con lágrimas en los ojos, y decía: “Mamá, no quiero practicar más. Quiero jugar un rato”. Pero yo la persuadía para seguir practicando y no le quedaba otra elección que continuar practicando entre lágrimas. Al notar que a ella le parecía un trato muy injusto, yo también me sentía mal. En especial, al ver los delicados dedos de mi hija cubiertos de padrastros, me sentía desolada y dividida. Además, quería dejar que mi hija jugara libremente, pero la sociedad está muy centrada en la realidad y es tan cruel que sin una buena educación ni habilidades, ¿cómo lograría triunfar? Todos los chicos trabajaban duro, así que no podía dejar que mi hija holgazaneara. Si luego no quería ser el último de la fila, ahora tenía que trabajar duro y yo debía llevar un control estricto por ella y asumir la responsabilidad. Solo esperaba que mi hija pudiera entender mis meticulosas consideraciones como madre. Luego, a menudo le decía: “La competencia ahora en la sociedad es intensa y, si no tienes una buena educación ni habilidades especiales, solo recibirás menosprecio por estar en el último de la fila. Mamá quiere que aprendas el guzheng para que tengas más opciones de empleo en el futuro. Puede que ahora no me entiendas, pero lo harás cuando seas mayor”. Con resignación, mi hija dijo: “Mamá, ¿puedes dejar de fastidiarme? Nunca puedo elegir por mi cuenta. Tengo que hacer todo lo que me dices y ya está”. Cuando veía a mi hija así, a veces me preguntaba: “¿De veras es esto lo adecuado?”. En ese momento, ya había encontrado a Dios y una hermana también compartió conmigo. Me dijo que no deberíamos ser tan exigentes con nuestros hijos, sino limitarnos a cumplir con nuestro papel como padres. En cuanto a si nuestros hijos tendrían éxito o una buena carrera profesional, eso no depende de los padres, todo forma parte de las ordenaciones de Dios y deberíamos encomendárselo todo a Él. Me parecía que, con una competencia tan intensa en la sociedad, si una persona no tiene una buena educación ni talentos especiales, es realmente difícil afianzarse. Mi hija era bastante talentosa y, si no la cultivaba adecuadamente, ¿acaso no me culparía cuando fuera mayor por haber sido irresponsable como madre? No me tomé en serio el consejo de mi hermana y seguí cultivando a mi hija de acuerdo con mi propio plan.

Mientras aprendía el guzheng, también la inscribí en clases de inglés y de escritura. Los fines de semana y las vacaciones eran los momentos más atareados para mi hija y daba la impresión de ir todos los días apurada de un lado a otro; acababa una clase y se apresuraba a ir a la siguiente. Cada vez que mi hija veía jugar a los niños abajo, los miraba con una envidia enorme, y decía: “Mamá, quiero salir a jugar como los demás niños. ¿No se supone que los domingos son para descansar? Pero ahora estoy más ocupada que los días de escuela. ¿Cuándo voy a poder dejar de extenuarme y hacer lo que me apetezca?”. Dije con resignación: “Sé que estás cansada y quieres relajarte y pasarlo bien, pero mientras te pones a jugar, otros pueden estar trabajando duro, y esto podría atrasarte mucho. Si quieres un buen futuro, tienes que trabajar duro ahora. Aún eres pequeña y no entiendes lo intensa que es la competencia en la sociedad. Lo entenderás cuando seas mayor”. Utilizaba todo tipo de métodos para animarla a estudiar. Mi hija trabajaba duro para estar a la altura de mis expectativas y sus escritos se publicaban en el periódico local. Aprendió a tocar bien el guzheng y con frecuencia actuaba y participaba en competencias e igualmente actuaba a menudo en espectáculos de baile. Yo me sentía gratificada con los éxitos de mi hija y creía que mis esfuerzos estaban justificados. Me parecía que, si ella tenía un buen futuro, yo habría cumplido bien con mis responsabilidades como madre.

Más tarde, mi hija empezó la escuela media y le busqué un tutor con una alta tasa de éxito académico. Para garantizar que no se retrasaran sus estudios, revisaba a todos los compañeros de clase con los que mi hija interactuaba en la escuela, por miedo a que se asociara con compañeros menos estudiosos y esto afectara su aprendizaje. Mi hija a menudo me expresaba sus quejas: “Soy como un pájaro en una jaula. No tengo ninguna libertad. Lo único que hago a diario es ir de la escuela a casa y clases particulares. Solo estudio, estudio y estudio. Mamá, ¿sabes lo que se siente? Quiero ser libre. Hasta los peces en nuestro acuario tienen más libertad que yo. Al menos pueden nadar por su enorme pecera. Yo ni siquiera tengo tanto espacio”. Cada vez que mi hija se quejaba así, me sentía dividida. Sabía que era infeliz, pero con semejante competencia encarnizada en la sociedad, ¿qué otra cosa podía hacer? Solo podía tratar de persuadirla con paciencia: “No es que no quiera darte libertad, es que ¿cómo vas a avanzar en la vida si no trabajas duro ahora? Todavía no te has adentrado en la sociedad, así que no entiendes lo dura que es la competencia. Yo he pasado por ello y lo estoy haciendo por tu propio bien”. Cada vez que mi hija oía esto, se limitaba a guardar silencio. Poco a poco, noté que hablaba cada vez menos y, cuando llegaba a casa de la escuela, se encerraba en su cuarto sin más. Pensé que tal vez estaba atravesando por una fase rebelde de la adolescencia y que se le pasaría con el tiempo.

No esperaba que, un día, cuando estaba en el tercer año de la escuela media, tras unas cuantas palabras, nuestra conversación se quebrara por completo. A veces veía a mi hija con su teléfono, así que le dije: “Ahora mismo tus clases son muy intensas y se acercan los exámenes de acceso al bachillerato. ¡Deberías usar menos el teléfono!”. Mi hija dijo: “Solo lo miro un poco mientras descanso”. Continué: “¡De qué te va a servir mirar el teléfono! ¡Solo está interfiriendo en tus estudios!”. Guardó silencio durante un rato y entonces gritó de repente, entre lágrimas: “¿Por qué tengo que hacer caso a todo lo que digas? ¿Lo has pensado alguna vez? ¿Me has dado algo de libertad desde que era pequeña hasta ahora? Lo has controlado y manipulado todo en mi vida entera. ¡Elegiste mi escuela, escogiste a mis tutores de la primaria y escuela media, me hiciste estudiar baile, guzheng, escritura, inglés y todo tipo de clases extracurriculares y tengo que hacer caso a todo lo que me dices! ¿Has considerado siquiera alguna vez mis sentimientos? ¿De verdad me quieres siquiera? ¡No quiero verte!”. Esa noche, mi hija se escapó de casa. En ese momento, estuve a punto de derrumbarme. Simplemente no podía entenderlo, ¿acaso todo lo que había hecho no era por su propio bien? ¿Por qué mi hija no entendía lo que albergaba en mi corazón? Estaba muerta de preocupación de que le pasara algo, así que llamé enseguida a sus compañeras de clase cercanas para averiguar dónde estaba. Todas dijeron que no lo sabían. Tenía el corazón en la boca. ¿Dónde se habría metido? ¿Habría hecho algo temerario? Si algo le ocurriera, ¿cómo podría perdonármelo? Lloré con desesperación y oré a Dios: “Dios, mi hija está enfadada y se ha escapado, temo que le ocurra algo. Dios, por favor, ayúdame a mantener la calma en mi corazón. Sé que Tú permites esta situación, pero no entiendo qué lección debería aprender de ella. Por favor, guíame para que entienda Tu intención”.

Tres o cuatro días después, mi hija me hizo saber que no quería volver a casa y que a la última persona que quería ver era a mí. Cuando oí eso, me pareció que me estaban apuñalando el corazón y cayeron lágrimas por mi rostro. Siempre me había considerado una madre responsable y entregada y, desde que nació mi hija, lo había planeado todo para ella, quería que creciera sin problemas y que tuviera un buen empleo en el futuro. Pero después de todo lo que había hecho por ella, lo único que recibí a cambio fue su rechazo y su odio. Sentí que había fallado por completo como madre. Solía llorar a solas y en secreto y, en los momentos de mayor desesperación, desahogaba mi dolor interior y la confusión con Dios. Entonces, leí las últimas palabras de Dios, en las que compartía las seis coyunturas en la vida humana y, al instante, estas desenredaron el nudo en mi corazón. Leí las palabras de Dios: “Además de dar a luz y criarlo, la responsabilidad que los padres tienen en la vida de uno es solo proporcionarle externamente un entorno en el que crecer, y eso es todo, porque solo la preordinación del Creador influye en el sino de cualquier persona. Qué tipo de futuro tendrá alguien no es algo que ninguna persona pueda controlar; está preordinado con mucha antelación, y ni siquiera los padres de uno pueden cambiar su sino. En lo que respecta al sino, todo el mundo es independiente; cada uno tiene su propio sino. Por tanto, nadie tiene padres que puedan frustrar en absoluto su sino en la vida, ni que puedan hacer nada para ayudarlo en lo que respecta al papel que desempeña en la vida. Se puede decir que, sin importar en qué familia esté preordinado que uno nazca y en qué entorno crezca, estas no son más que las condiciones previas para completar su misión en la vida. No determinan en modo alguno la suerte de una persona en la vida ni el tipo de sino dentro del cual completa su misión. Por tanto, nadie tiene padres que puedan ayudarlo a completar su misión en la vida, ni ningún pariente puede ayudarlo a cumplir con su papel en la vida. Cómo completa uno su misión y en qué tipo de entorno de vida asume su papel depende enteramente de su sino en la vida. En otras palabras, ninguna condición objetiva puede influir en la misión de nadie tal como la preordinó el Creador. Todo el mundo alcanza la madurez en el entorno particular en el que crece; luego, paso a paso, se embarca en su propia senda en la vida y cumple el sino que le ha dispuesto el Creador. De forma natural y automática, entra en el vasto mar de la humanidad y asume su puesto en la vida y, por el bien de la preordinación del Creador y de Su soberanía, empieza a cumplir con sus responsabilidades como un ser creado(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). “Cuando una persona deja a sus padres y pasa a ser independiente, el entorno social que enfrenta y los tipos de trabajos y profesiones con los que se encuentra están todos predeterminados y no tienen nada que ver con sus progenitores. Algunas personas eligen una buena especialización en la universidad y acaban encontrando un puesto excelente después de graduarse; se puede decir que empiezan con muy buen pie en la senda de la vida. Otras aprenden y dominan muchas habilidades diferentes y, sin embargo, nunca encuentran un trabajo que les convenga ni el puesto adecuado para ellas, y mucho menos construyen una carrera propia; se puede decir que el primer paso de estas personas en la vida está marcado por contratiempos y dificultades, sus perspectivas son desoladoras y sus vidas, inciertas. Otras se aplican diligentemente a sus estudios, pero por escaso margen pierden todas las oportunidades de recibir una educación superior. Parecen condenadas a no alcanzar nunca el éxito; se puede decir que sus primeras esperanzas en la senda de la vida se hacen humo. Sin saber si el camino que tienen por delante es llano o rocoso, sienten por primera vez lo impredecible que es el sino humano, y así afrontan la vida con una mezcla de pavor y expectación. Otras no tienen una gran formación, pero pueden escribir libros y alcanzar cierta fama. Y otras más son casi totalmente analfabetas, pero pueden ganar dinero en los negocios y, por tanto, son capaces de mantenerse a sí mismas. […] Sin importar las diferencias en sus capacidades e inteligencia, y tengan o no determinación, todas las personas son iguales ante el sino, donde no se distingue entre grandes y pequeñas, altas y bajas, eminentes e insignificantes. La ocupación que uno desempeña, lo que uno hace para ganarse la vida y cuánta riqueza tiene en la vida no depende de sus padres, sus talentos o sus esfuerzos y ambiciones; depende de la preordinación del Creador(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). Después de leer las palabras de Dios, entendí que entre las responsabilidades de los padres se incluye dar a luz y criar a sus hijos. En cuanto a su porvenir, a su carrera profesional o a si van a ser pobres o ricos, estas no son cosas que los padres puedan cambiar. El porvenir que ha ordenado Dios para una persona es el que es, y nadie puede cambiarlo. No entendía la soberanía de Dios y pensaba que, ya que la competencia en la sociedad es tan intensa, una persona debe contar con educación o con una habilidad para afianzarse en la sociedad, de lo contrario, acabará estancada en una vida de dificultades, y que, si no cultivaba a mi hija adecuadamente, no habría cumplido con mi responsabilidad como madre. Al aferrarme a este punto de vista incorrecto, empecé a planear su futuro cuando era muy joven. Elegí el mejor jardín de infantes para ella y la puse a tomar clases para diversas habilidades; mientras otros niños jugaban fuera, mi hija corría de una clase a otra. A una edad temprana, ya estaba encadenada y pasaba sus días como un robot. El plan que yo había fijado para ella la empujó paso a paso y esto hizo que se perdiera la felicidad de la infancia que le correspondía tener. Como trabajaba de la mañana a la noche para ganar dinero, me pasé mucho tiempo comiendo a deshoras y eso me llevó a sufrir problemas estomacales. No solo sufría en silencio, sino que incluso empujé a mi hija a escapar de casa. Todo esto fue a causa de mi fracaso a la hora de entender la soberanía de Dios. Aunque creía en Él, en Su soberanía, solo creía de palabra y, de hecho, no creía de veras las palabras de Dios. No contemplaba a las personas ni las cosas de acuerdo con los requerimientos de Dios ni actuaba o me comportaba conforme a estos, lo que nos dejaba exhaustas a mí y a mi hija, tanto que nuestro cuerpo y nuestra mente lo sufrían. Nunca reflexioné sobre si mi manera de educar a mi hija era realmente la correcta. ¿De veras podía cambiar su futuro? Recordé que mis notas no eran terribles en la escuela y pensaba que podía estudiar en la universidad para formarme como maestra y asegurarme un trabajo estable en el futuro, pero reprobé inesperadamente mi examen de ingreso a la universidad y no entré en ningún lado. Después de graduarme, aprendí un oficio y mi plan original era abrir una fábrica de ropa, pero a esa industria no le iba muy bien, así que tuve que cambiar de carrera y abrí una peluquería. Consideré ampliar el negocio, pero lo dejé pasar por diversos motivos. Poco a poco, había llegado a donde estaba y nada había sucedido conforme a mis planes. No podía cambiar siquiera mi propio sino, así que, ¿cómo iba a cambiar el de mi hija? Eso ya lo había ordenado Dios cuando nació, así como qué clase de empleo tendría en el futuro y si iba a tener o no una buena vida; todo eso lo había ordenado Dios. Por muy bien que lo planeara o por muy exhaustivamente que la cultivara y educara, no podía cambiar su porvenir. No reconocía la soberanía ni las ordenaciones de Dios y pensaba que podía cambiar su sino por medio de mis propios esfuerzos al cultivarla y educarla. Era realmente lamentable e ignorante. Todo lo que estaba haciendo por mi hija era en apariencia correcto y estaba planeando su futuro, pero, de hecho, eso iba más allá de las responsabilidades de un progenitor. ¡Me estaba oponiendo a la soberanía y los arreglos de Dios!

Entonces, leí Sus palabras: “A dónde irá una persona, qué hará, qué personas o qué situaciones encontrará, qué cosas dirá y qué le sucederá cada día, ¿son cosas que puede predecir? Se puede decir que las personas no solo no pueden prever todos estos sucesos, sino que mucho menos pueden controlar cómo se desarrollan las cosas. En la vida diaria de la gente, estas cosas imprevisibles no son excepcionales; son hechos comunes. El acontecimiento de estos ‘asuntos triviales de la vida cotidiana’ y los medios y las leyes de su desarrollo son recordatorios constantes para la gente: nada de lo que ocurre es una coincidencia; el proceso del desarrollo y la inevitabilidad de todo lo que ocurre no pueden ser alterados por la voluntad humana. El acontecimiento de todo lo que ocurre transmite una amonestación del Creador a la especie humana, y envía el mensaje de que los seres humanos no pueden controlar su propio sino. Al mismo tiempo, es un contraataque a la vana ambición y el deseo de la especie humana de tomar las riendas de su sino. Es como una fuerte bofetada que golpea una y otra vez el rostro de la especie humana y que obliga a las personas a reflexionar sobre quién tiene exactamente la soberanía sobre su sino y lo gobierna. Y, mientras sus ambiciones y deseos son frustrados y destrozados constantemente, la gente no puede evitar aceptar inconscientemente las disposiciones del sino y asumir la realidad, la voluntad del Cielo y la soberanía del Creador(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). “La tragedia del hombre no es que persiga una vida feliz ni que persiga fama y provecho o que luche contra su propio sino a través de una neblina, sino que después de haber visto la existencia del Creador y haber conocido la realidad de que Él tiene soberanía sobre el sino humano, siga sin volver de la senda equivocada, sin poder sacar los pies del fango, y endurezca su corazón persistiendo tozudamente en sus errores. Preferiría quedarse luchando en el barro, peleando obstinadamente contra la soberanía del Creador, resistiéndose a ella hasta el final, sin la más mínima actitud de remordimiento. Solo cuando yace quebrantado y sangrando decide finalmente rendirse y darse la vuelta. Esta es la auténtica tragedia del hombre. Así pues, digo que aquellos que deciden someterse son sabios, mientras que aquellos que deciden liberarse son necios y testarudos(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). Después de leer las palabras de Dios, empecé a reflexionar. Al recordar cómo había cultivado a mi hija, siempre creí que, mientras yo planeara su futuro y llevara a cabo ese plan, seguro que tendría éxito en su carrera. Después de encontrar a Dios, los hermanos y hermanas compartieron conmigo que el futuro de un hijo está determinado por Dios y que los padres no pueden controlarlo, y que deberíamos someternos a las instrumentaciones y los arreglos de Dios. Pero yo me seguí aferrando a mis propias opiniones al creer que el éxito en la carrera profesional de mi hija dependía de que trabajara duro. Las personas del mundo no creen en la soberanía de Dios y piensan que el porvenir de una persona está en sus propias manos. Creen que, solo si se soportan grandes adversidades, puede uno estar por encima de los demás y se resisten ciegamente a las ordenaciones y a la soberanía del Creador. Aunque creía en Dios, no creía en Su soberanía sobre el porvenir humano y tenía la misma perspectiva que los no creyentes, la de querer cambiar el porvenir de mi hija mediante el esfuerzo humano. ¿Acaso era una creyente? Mis opiniones eran las mismas que las de los incrédulos. ¡Realmente era indigna de vivir ante Dios! Era bien consciente de que Dios es el Creador y tiene soberanía y control sobre todo, pero, motivada por mis propios deseos egoístas, quería liberarme con terquedad de la soberanía de Dios y cambiar el futuro de mi hija. Esto nos causó mucho dolor y perjuicio a mí y a mi hija, es más, suponía resistirse a las ordenaciones de Dios. Al darme cuenta de esto, ya no quise seguir resistiéndome a la soberanía de Dios y estuve dispuesta a dejar a mi hija en Sus manos; ya le fuera bien o mal en los estudios, estaría dispuesta a someterme. Después de orar, me sentí más en paz en mi corazón.

No mucho después, mi hija regresó. Dijo que estaba trabajando en un restaurante. Al notar que había perdido peso, le pregunté con tristeza: “¿Vas a volver a marcharte?”. Asintió, mientras se aguantaba las lágrimas. Yo misma me controlé para contener el llanto y dije: “Las cosas son duras ahí afuera. ¿Por qué no vuelves a casa?”. Mi hija lloró y dijo: “Aquí no tengo ninguna libertad”. Su respuesta fue como si me entrara un cuchillo en la carne y me pareció que se me rompía el corazón. ¿Acaso todo esto no se debía a mis presiones? Privé a mi hija de su libertad y su felicidad, hasta el punto de que prefería marcharse y sufrir a regresar a casa. ¿Acaso era una madre responsable? Ya no pude contener las lágrimas y abracé a mi hija, llorando sin control. Mi hija también lloraba amargamente y le dije: “Me equivoqué. No fui una buena madre; no debería haberte presionado tanto. Te privé de toda tu libertad en casa y te causé mucho dolor… Vuelve, por favor. Ya no te voy a presionar para que estudies todas esas cosas”. Una vez que regresó, ya no la presioné como antes para estudiar. Dejé que se desarrollara con naturalidad, me centré más en cuidar de sus necesidades y de su vida cotidiana, en hablar con ella sobre la fe. Poco a poco, mi hija habló más, se volvió mucho más alegre y la casa se llenó de risas. Un día, me dijo: “Mamá, has cambiado; ya no me presionas como antes en los estudios”. Dije: “Este pequeño cambio se debe a la guía de la palabra de Dios. A partir de esta, he llegado a entender que mi responsabilidad es criarte de una manera saludable y brindarte una educación adecuada del pensamiento. Que tengas éxito académico o consigas afianzarte en la sociedad en el futuro está todo dispuesto y determinado por Dios. Me equivoqué al presionarte. Eso nos causó mucho dolor a las dos, pero no te preocupes, no volveré a hacerlo”. Las dos lloramos. Más adelante, mi hija empezó en una escuela vocacional y siempre estaba entre los mejores estudiantes en los exámenes. Me llamaba casi todas las noches para contarme todo lo que había pasado ese día en la escuela y nuestra relación se convirtió en la de dos amigas. En mi corazón, sentía lo bueno que es en realidad practicar conforme a las palabras de Dios.

Más tarde, leí más de Su palabra y obtuve algo de discernimiento respecto a si las expectativas hacia mi hija habían sido razonables. Dios Todopoderoso dice: “Todos los padres depositan ciertas expectativas en sus hijos. Con independencia de si estas expectativas son grandes o pequeñas y, con independencia de si pueden o no materializarse, realmente todas personifican una actitud y unos requerimientos específicos que los padres tienen hacia aspectos tales como la conducta propia, las acciones y las vidas de sus hijos, o la manera en que los tratan sus hijos. Desde la perspectiva de los hijos, tales requerimientos específicos son cosas que deben hacer porque, según las nociones tradicionales, no pueden contradecir las órdenes de sus padres. Si lo hacen, no son buenos hijos. Por tanto, mucha gente acarrea pesadas cargas derivadas de esta cuestión. Así pues, hay principios-verdad que se deberían entender y observar en lo que respecta a si las expectativas concretas que los padres tienen hacia su descendencia son razonables y si siquiera debieran tenerlas; además de cuáles de estas expectativas son razonables o irrazonables, cuáles legítimas, cuáles son ilegítimas y forzadas; cómo debería abordar la gente las expectativas parentales y cómo debería decidir si aceptarlas o rechazarlas; así como la perspectiva y la actitud con las que debería afrontar y manejar tales asuntos. La mayoría de los padres creen que es su responsabilidad y obligación depositar expectativas en sus hijos y en su descendencia; consideran que si no depositaran expectativas en sus hijos, sería lo mismo que no cumplir con sus responsabilidades u obligaciones y equiparable a no hacer lo que les corresponde hacer a los padres. Piensan que esto los convertiría en malos padres, en padres irresponsables. Por tanto, la gente genera involuntariamente diversas expectativas y requerimientos para sus hijos. Tienen diferentes requerimientos para diferentes hijos en diferentes momentos. Como padres, puesto que tienen esta clase de punto de vista, idea y carga a la hora de tratar a sus hijos, hacen las cosas que deben hacer en virtud de estas normas no escritas, sin que importe si son correctas o no. Los padres exigen requerimientos a sus hijos al tiempo que tratan estos planteamientos como una especie de obligación y responsabilidad; al mismo tiempo, imponen estos requerimientos a sus hijos, obligándolos a alcanzarlos(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (18)). “Independientemente de lo grandes que sean las expectativas que los padres tienen para sus hijos, y por muy justificadas y naturales que los padres las consideren, si van en contra de las intenciones de Dios, van en contra de Su soberanía y arreglos y no implican una sumisión genuina a Dios, es necesario desprenderse de ellas. Se podría decir que dichas expectativas son cosas negativas; no son apropiadas y mucho menos son positivas. Más bien van en contra de las responsabilidades parentales y exceden su ámbito. Son expectativas y exigencias respecto de los hijos que resultan irreales y van en contra de la humanidad. […] algunas acciones y manifestaciones anormales, y sobre ciertos comportamientos extremos que muestran los padres hacia los hijos que no han alcanzado la edad adulta, que conducen a toda clase de influencias negativas y presiones que causan cierto daño al bienestar espiritual, físico y mental de los niños pequeños. A partir de estos hechos, podemos ver que no es apropiado y va en contra de los principios requeridos por Dios respecto de los humanos. Cualquier persona que sea sensata debería desprenderse de tales pensamientos y formas de actuar. Esto se debe a que, desde la perspectiva de la humanidad, son una manera cruel e inhumana de destrozar el bienestar físico y mental de la gente que aún no ha alcanzado la edad adulta(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (19)). Dios deja en evidencia que, cuando los padres tratan sus expectativas y exigencias irracionales respecto a sus hijos como responsabilidades y obligaciones que los padres deben cumplir y luego los obligan a hacerlo, esto daña y arruina a los niños. Reflexioné. Desde mi infancia, había visto lo mucho que sacrificaron mis padres para asegurarse de que tuviéramos buenos empleos en el futuro. Yo los admiraba de veras, pensaba que eran entregados y que, cuando yo tuviera hijos, haría lo mismo que ellos y sería una madre responsable y buena. Después de que naciera mi hija, pensaba que, como era tan pequeña, desconocía la dura realidad y la brutalidad de la competencia social y, como yo había pasado por eso, tenía que planear su futuro y allanarle el camino. Aunque implicara un poco de sufrimiento o agotamiento, tenía que economizar y ahorrar dinero y hacer todo lo posible por educarla y cultivarla, de modo que poseyera muchos talentos y tuviera un futuro brillante. Pensaba que esta era mi responsabilidad y obligación como madre. Seguí mi plan para educar y cultivar a mi hija, la hice tomar diversas clases extracurriculares e incluso revisaba sus interacciones con compañeros de clase para que no se retrasara en los estudios. Le daba a menudo consejos desde mi propia experiencia e, incluso cuando se quejaba del cansancio y la falta de libertad, trataba de convencerla y de persuadirla para que se esforzara durante esta adversidad temporal. Nunca pensé que hubiera nada de malo en ello. Creía que lo estaba haciendo por su propio bien y responsabilizándome de ella. No lo reconsideré ni siquiera cuando mis hermanos y hermanas compartieron conmigo ni tuve en cuenta para nada los sentimientos de mi hija. No pensé en que era una niña ni en las necesidades de su edad, nomás le impuse mis propias expectativas, lo que supuso una enorme presión, una gran atadura y un profundo dolor para su joven corazón y su mente. No estaba cumpliendo bien con mis responsabilidades ni obligaciones como madre y mis acciones se basaban por completo en expectativas humanas irracionales. Traté todas mis expectativas como la responsabilidad de una madre y presioné a mi hija hasta tal punto que se escapó de casa. Mi supuesta “responsabilidad” nos trajo dolor a mí y a mi hija.

Un día, una hermana con la que colaboraba me preguntó: “Siempre pensabas que cultivar a tu hija era cumplir con la responsabilidad de una madre, pero nunca le dejaste hacer lo que disfrutaba y, en cambio, exigías que cumpliera con tus expectativas. ¿Acaso no hay un tipo de carácter corrupto detrás de esto?”. Le planteé esta pregunta a Dios en oración y leí Sus palabras: “¿En qué se basan estas expectativas de los padres? ¿De dónde provienen? De la sociedad y del mundo. La finalidad de todas estas expectativas de los padres es permitir a los hijos adaptarse a este mundo y a esta sociedad, impedir que sean arrancados de ambos y posibilitar su consolidación en la sociedad y el acceso a un empleo seguro, a una familia y a un futuro estables y, de este modo, los padres tienen diversas expectativas subjetivas para su descendencia. Por ejemplo, ahora mismo está muy de moda ser ingeniero informático. Algunos dicen: ‘Mi hijo debe ser ingeniero informático en el futuro. ¡La gente que trabaja en este campo puede ganar mucho dinero, y eso también hace quedar bien a sus padres!’. Cuando los hijos no tienen un entendimiento profundo de la sociedad o del trabajo, los padres se adelantan y eligen carreras o planean el futuro por ellos. ¿No está mal eso? (Sí). Estos padres depositan expectativas en sus hijos basándose totalmente en sus propias preferencias y deseos. ¿No es esto subjetivo? (Sí). Decir que es subjetivo es decirlo de forma amable; ¿qué es en realidad? ¿Qué otra interpretación tiene esa subjetividad? ¿Acaso no es egoísmo? ¿No es coacción? (Sí). Te gusta cierta ocupación, te gustaría ser funcionario, hacerte rico, ser glamuroso y exitoso en la sociedad, así que haces que tus hijos busquen también ser esa clase de persona y caminen por esa senda. Pero es difícil decir si podrán hacer ese trabajo en el futuro, o si ese trabajo realmente es adecuado para ellos. Y entonces, ¿cuál es exactamente su porvenir? ¿Cómo tendrá Dios soberanía sobre ellos y qué dispondrá para ellos? ¿Sabes estas cosas? Algunos dicen: ‘No me importan esas cosas. Mientras sea algo que a mí, como padre, me guste, está bien. Como me gusta, deposito expectativas de este tipo en ellos’. ¿No es eso demasiado egoísta? (Sí). Por decirlo amablemente, es muy subjetivo, es solo escucharse a uno mismo, pero ¿qué es, en realidad? ¡Muy egoísta! Estos padres no tienen en consideración el calibre o los talentos de sus hijos, y no les importan los arreglos que Dios dispone para el porvenir y la vida de cada persona. No toman en cuenta nada de eso, se limitan a imponer sus propias preferencias y planes a sus hijos a causa de pensamientos ilusorios. Algunos dicen: ‘Si no hago estos arreglos, su futuro se verá afectado. Son jóvenes e ingenuos y, para cuando lo entiendan, ya será demasiado tarde. Como padre, tengo que preocuparme por mis hijos y arreglarlo todo para ellos. ¡Esta es la responsabilidad de un padre!’. No hay nada malo en esta afirmación, pero si tus planes y arreglos no son lo que tus hijos necesitan, sino cosas que les impones, entonces no es apropiado. Los planes y arreglos de muchos padres para sus hijos acaban en nada. ¿Cuál es la razón de esto? Es porque los padres no entienden de verdad a sus hijos; no saben qué senda recorrerán estos en la vida ni en qué clase de persona se convertirán. En ese caso, ¿no son tales arreglos unos arreglos a ciegas? Muchas personas eligen buenas especialidades cuando estudian, pero ¿por qué son incapaces de trabajar en un campo relacionado después de graduarse? Esto lo determina por completo el porvenir de una persona; en eso consisten la soberanía y los arreglos de Dios. En cuanto a qué clase de carrera debería elegir una persona, qué clase de senda de vida debería escoger, nadie puede desentrañar estas cosas —el porvenir de cada persona tiene su propio ritmo y sus propias leyes— y tales cuestiones no tienen nada que ver con sus padres. […] Haces que tus hijos soporten esta presión de forma prematura para que puedan padecer menos de esas adversidades en el futuro, haciéndolos soportar esta presión desde una edad en la que todavía no entienden nada. ¿De verdad llegarán a ser algo por haber soportado esta presión? Si no logran adquirir verdaderas habilidades o conocimientos, ¿no será todo inútil? Hacerlos soportar presión desde una edad temprana no es beneficioso para su salud física y mental. Si eso trae consigo algunas enfermedades y consecuencias, ¿no los estará perjudicando? ¿De verdad estás haciendo esto por su propio bien? Que no entiendan no es necesariamente algo malo. Al menos pueden vivir unos años de una manera cómoda, sencilla y feliz. Si desde una edad temprana pudieran desentrañar estas cosas y empezaran a soportar estas presiones, no sería necesariamente algo bueno para ellos(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (18)). A partir de las palabras de Dios, comprendí que las tendencias malvadas y la sociedad influyen sobre las expectativas irracionales que tienen los padres hacia sus hijos y que todas estas cosas provienen de Satanás. Era igual en mi caso: recibí poca educación, no tenía habilidades especiales y apenas podía arreglármelas para vivir mediante mis propios esfuerzos en la sociedad; en cambio, los que poseen educación superior o habilidades especiales sufren menos y pueden vivir sin preocuparse por lo esencial con solo usar su cerebro y sus palabras. Me influían las filosofías satánicas desorientadoras y engañosas: “Los libros son superiores a todo afán”, “El conocimiento puede cambiar tu destino” y “Los que se esfuerzan con su mente gobiernan al resto, y los que se esfuerzan con sus manos son los gobernados”. Pensaba que solo el conocimiento y las habilidades especiales podrían cambiar el porvenir de una persona y llevarla a una buena vida, así que, con mi experiencia, decidí por mi cuenta hacer planes para mi hija pequeña, la obligué a adquirir conocimientos y habilidades sin considerar lo más mínimo si eran cosas que le gustaran. Solo me concentraba en cultivar a mi hija para que se convirtiera en una persona talentosa y destacada. Satanás usa estas filosofías para desorientar a las personas, lo que me hizo creer erróneamente que solo el conocimiento podía cambiar el propio porvenir. En lo único que era capaz de pensar era en cómo cultivar a mi hija para cambiar su porvenir. Al echar la vista atrás, me di cuenta de que lo que hacía no significaba nada en realidad, que Dios ya ha ordenado en qué se convertirá mi hija y eso nadie puede cambiarlo. No tenía discernimiento de los métodos corruptos ni de las intenciones malévolas de Satanás y, con terquedad, obligué a mi hija a actuar según mis deseos. Por consiguiente, mi hija cargaba desde muy pequeña con mucha presión y dolor y su una vez inocente y despreocupada infancia se vio arruinada a causa de mi egoísmo. ¿Es que no le estaba haciendo daño a mi hija? Por fuera, parecía que tenía consideración por su futuro, pero, en realidad, estaba imponiéndole mis propias preferencias y deseos, todo a causa de mis propios deseos egoístas y para traerme gloria. ¡Fui muy egoísta! Me es insoportable pensar que, si no fuera por la guía de las palabras de Dios, ¿qué le habría ocurrido a mi hija si la hubiera seguido limitando y reprimiendo? Al darme cuenta de esto, le agradecí a Dios con sinceridad que me esclareciera y guiara para permitirme entender un poco más mi naturaleza corrupta.

Leí más de las palabras de Dios: “Al diseccionar la esencia de las expectativas de los padres hacia sus hijos, nos damos cuenta de que todas ellas son egoístas, que van en contra de la humanidad y que no tienen nada que ver con las responsabilidades propias de los padres. Cuando estos les imponen todo tipo de expectativas y exigencias a sus hijos, ejercen una gran cantidad de presión adicional sobre ellos; esto no es cumplir con sus responsabilidades. Entonces, ¿cuáles son las responsabilidades que los padres deberían cumplir? Como mínimo, deberían enseñar a sus hijos a ser personas honestas que dicen la verdad y hacen las cosas de manera honesta, y enseñarles a ser bondadosos y a no hacer cosas malas, guiándolos en una dirección positiva. Estas son sus responsabilidades más básicas. Además, deberían guiar a sus hijos para que estudien conocimientos y habilidades prácticos, etcétera, en función de su calibre y sus condiciones. Si los padres creen en Dios y entienden la verdad, deberían hacer que sus hijos lean las palabras de Dios y acepten la verdad, para que lleguen a conocer al Creador y entiendan que las personas son creadas por Dios y que Dios existe en este universo; deberían guiar a sus hijos para que oren a Dios y coman y beban Sus palabras a fin de que puedan entender algunas verdades, de modo que, después de que crezcan, sean capaces de creer en Dios, seguirlo y hacer el deber de un ser creado, en lugar de perseguir las tendencias mundanas, quedar atrapados en diversas relaciones interpersonales complicadas y ser seducidos, corrompidos y devastados por las diversas tendencias malvadas de este mundo. Estas son realmente las responsabilidades que los padres deberían cumplir. Las responsabilidades que deberían cumplir son, en su papel de padres, proporcionar a sus hijos una guía positiva y una ayuda apropiada antes de que alcancen la edad adulta, así como atenderlos con prontitud en su vida física en lo que respecta a las necesidades diarias(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (18)). Las palabras de Dios me indicaron una senda de práctica y ahora sabía cómo tratar adecuadamente a mis hijos. Los padres deberían proporcionar una crianza y una educación adecuadas conforme a las necesidades del niño a medida que crece. Cuando son pequeños, necesitan que los padres les enseñen a comportarse, a tener pensamientos humanos normales, a ser personas amables. Los padres deben cuidar bien de la salud de sus hijos, de modo que puedan crecer saludables hasta la edad adulta. No deberían imponerles pensamientos incorrectos, presiones ni cargas. Cuando sea posible, pueden decirles cómo creó Dios los cielos y la tierra y todas las cosas, cómo obra para guiar y salvar a las personas, así como guiarlos para que crean en Él y proporcionarles un rumbo positivo y ayuda. Esta es además la responsabilidad y la obligación de un progenitor. Mi hija no está trabajando ahora en un campo relacionado con su especialidad, y mi hermana mayor me pidió que la persuadiera para que buscara un empleo acorde a esta, pero sé que, sea cual sea el empleo al que se dedique mi hija, Dios ya lo ha ordenado. Yo puedo darle consejos, pero ella es libre de elegir lo que desee. Entonces, compartí mis pensamientos con ella. Mi hija me dijo: “Me gusta mi trabajo actual”. Yo respondí: “Ya que lo dices, respeto tu elección”. Fue una conversación fácil de tener con ella y no existió coacción ni presión alguna. Llegué a experimentar que practicar de acuerdo con las palabras de Dios es realmente liberador. ¡Gracias a Dios por Su guía!

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