75. Mi enfermedad fue la bendición de Dios sobre mí

Por Ouyang, China

Cuando tenía quince años, me diagnosticaron una enfermedad rara llamada hipertensión pulmonar. Al principio, lo único que no podía hacer era ejercicio intenso, pero al poco tiempo, me quedaba sin aliento incluso al caminar, y sentía el pecho increíblemente oprimido. Tuve que dejar la escuela y viajar de un lado a otro buscando tratamiento médico, pero mi estado empeoraba día a día. Llegué al punto en que ni siquiera podía cuidar de mí mismo, y me costaba respirar incluso estando acostado. Cuando se agravaba, tenía que usar oxígeno. El médico dijo que me quedaban, como mucho, tres meses de vida. Pensar que mi vida iba a terminar con solo quince años me hizo sentir completamente desesperanzado. Pensé: “Si tengo que morir, que así sea. La muerte sería una liberación”. Pero tres meses después, milagrosamente, aún estaba vivo. Sin embargo, mi enfermedad seguía siendo muy grave. El más mínimo esfuerzo me causaba palpitaciones y falta de aliento. Cuando estaba mal, no podía recuperar el aliento y sentía que me asfixiaba y estaba a punto de desmayarme. Aunque por ahora había sobrevivido, no podía vivir como una persona normal y mi sueño de ir a la universidad se había vuelto imposible. Me sentía completamente perdido en la oscuridad y la desdicha. En 1999, mi madre y yo aceptamos la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Después de eso, leía con frecuencia las palabras de Dios. A través de Sus palabras, llegué a entender que Dios ha realizado tres etapas de obra para salvar a la humanidad. En los últimos días, Dios se ha hecho carne para expresar la verdad a fin de purificar y salvar a la gente, y, finalmente, salvarlos por completo de la influencia de Satanás y llevarlos a un hermoso destino. Mi corazón comenzó a iluminarse y volví a sentir que había esperanza en la vida. Yo creía que, si era sincero en mi fe en Dios, tendría la oportunidad de ser salvo y entrar en Su reino, y que quizá mi enfermedad incluso se curaría algún día. Seguí leyendo las palabras de Dios y asistiendo a las reuniones, y mi cuerpo se fue fortaleciendo poco a poco. También empecé a realizar un deber en la iglesia.

Más tarde, me fui a otra región a predicar el evangelio y a veces tenía que recorrer decenas de kilómetros en bicicleta. Al principio, estaba muy preocupado y me preguntaba: “¿Puede mi cuerpo soportar esto?”. Pero entonces recordé que yo era creyente. Pensé que, mientras cumpliera con mi deber, Dios vería mi esfuerzo y mi entrega, y me protegería. Mi enfermedad estaba en las manos de Dios, así que no había nada de qué preocuparse. Después de un tiempo, mi enfermedad no empeoró y yo estaba muy agradecido por el cuidado y la protección de Dios. En esa época, no importaba si era el crudo invierno o el verano abrasador, ni si los destinatarios potenciales del evangelio me echaban o incluso me denunciaban a la policía y me perseguían para arrestarme, nunca retrocedí y simplemente seguí haciendo mi deber. En 2005, durante una reunión, escuché que una hermana había sufrido un trastorno hemorrágico grave que el hospital no podía curar. Pero después, ella persistió en realizar su deber y su enfermedad se curó sin que se diera cuenta. Pensé: “La obra de Dios de los últimos días consiste principalmente en expresar la verdad para resolver las actitudes corruptas de la gente, no en sanar a los enfermos y expulsar demonios. No debería pedirle a Dios que me sane, pero mientras cumpla con mi deber, Dios me concederá Su gracia y bendiciones según mi desempeño. La enfermedad de esa hermana era muy grave y, sin embargo, se curó. Si sigo realizando mi deber, quizá mi enfermedad también se cure algún día. Si me curara, ya no tendría que soportar más el tormento de la enfermedad”. Así, me sentí aún más motivado en mi deber.

Más tarde, en 2006, conocí por casualidad a una médica de medicina tradicional china que dijo que había esperanza de curar mi enfermedad. Me emocioné mucho al oír esto y me pregunté si Dios iba a usar a esta médica para sanarme. Así que cooperé activamente con el tratamiento. Pero, después de casi dos meses de tratamiento, mi enfermedad no había mejorado en absoluto. Me sentí increíblemente decepcionado. Me preguntaba: “¿Por qué no se puede curar mi enfermedad? Durante años, he renunciado a mi familia y a mi carrera para hacer mi deber, e incluso he persistido en predicar el evangelio aun estando enfermo. ¿Acaso no he hecho bastante? ¿No lo he hecho lo suficientemente bien? ¿Por qué se curaron algunos hermanos y hermanas, pero yo no? Si mi enfermedad se curara, ¿no podría hacer mi deber aún mejor?”. Cuanto más lo pensaba, más me angustiaba. Ni siquiera tenía fuerzas para caminar. Aunque seguí realizando mi deber, me sentía agotado y no podía reunir ánimos para nada. Más tarde, durante mis prácticas devocionales, leí un pasaje de las palabras de Dios y mi estado comenzó a cambiar. Dios dice: “Si, después de que invertiste en Mí, Yo no satisfago algunas de tus demandas, ¿estarás desalentado y decepcionado de Mí o, incluso, te pondrás furioso y gritarás insultos?”. “Si siempre has sido muy leal y amoroso conmigo, pero sufres el tormento de la enfermedad, las penurias económicas y el abandono de tus amigos y parientes, o soportas cualquier otra desgracia en la vida, ¿aun así continuarán tu lealtad y amor por Mí?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Un problema muy serio: la traición (2)). Ante las preguntas de Dios, sentí algo indescriptible. Dios exige que las personas hagan su deber sin intentar negociar o hacer exigencias, y que sean leales y verdaderamente sumisas a Él, pase lo que pase. Pero como yo había soportado algunas dificultades y me había esforzado y entregado en mi deber, pensé que Dios debía llevarse mi enfermedad. Cuando no se cumplió mi exigencia, malinterpreté a Dios y me quejé de Él, y perdí toda la motivación para mi deber. Aunque nunca había orado explícitamente para que Dios me sanara, albergaba este deseo desmedido en mi corazón. En particular, después de ver a algunos hermanos y hermanas recuperarse de sus enfermedades, me convencí de que el día de mi propia curación no estaba lejos. Realizaba mi deber con esa motivación, incluso pensando que estaba siendo bastante devoto. Pero en realidad, todos mis esfuerzos y entrega tenían como objetivo que mi enfermedad se curara. Estaba intentando negociar con Dios. ¿Dónde estaban mi lealtad o mi amor por Él? Dios me había protegido y me había mantenido con vida hasta hoy, e incluso me había dado la oportunidad de hacer mi deber y perseguir la verdad. Lo que Dios me había dado ya era más que suficiente. Debería haber realizado mi deber con sinceridad para corresponder al amor de Dios; no debería haber hecho exigencias ni haber intentado negociar con Dios. Después de esto, seguí haciendo mi deber y ya no me angustié ni me preocupé por mi enfermedad.

Unos años después, mi familia me compró otro tipo de medicina, diciendo que podría ayudar con mi estado. Al recordar mi última experiencia con el tratamiento, me pregunté: “Si esta medicina tampoco funciona, ¿cómo debería afrontar esta situación?”. Recordé las palabras de Dios: “¿Cómo debes vivir la enfermedad cuando llegue? Debes presentarte ante Dios a orar, buscar y captar Su intención; debes examinarte para descubrir qué has hecho contra la verdad y qué corrupción no se ha corregido en ti. No puede corregirse tu carácter corrupto sin pasar por el sufrimiento. La gente solo puede evitar ser disoluta y vivir ante Dios en todo momento si es atemperada por el sufrimiento. Cuando alguien sufre, está siempre en oración. No piensa en los placeres de la comida, la vestimenta y demás deleites; ora constantemente en su interior, mientras se examina para descubrir si ha hecho algo mal o en qué se ha opuesto a la verdad en tiempos recientes. Normalmente, cuando te enfrentas a una enfermedad grave o a una dolencia rara que te hace sufrir mucho, esto no sucede por casualidad. Tanto si estás enfermo como si gozas de buena salud, la intención de Dios está presente. Cuando el Espíritu Santo obra y estás bien físicamente, habitualmente puedes buscar a Dios, pero dejas de buscarlo cuando enfermas y sufres y tampoco sabes cómo buscarlo. Vives en la enfermedad, estudiando constantemente qué tratamiento te hará mejorar más rápido. En momentos así, envidias a quienes no están enfermos y quieres quitarte la enfermedad y el dolor lo antes posible. Son unas emociones negativas y refractarias(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Al creer en Dios, lo más crucial es recibir la verdad). “La enfermedad está realmente fuera de tu control. Si enfermas y no hay cura posible, ese es el sufrimiento que debes soportar. No intentes librarte de él; primero debes someterte, orar a Dios y buscar Sus deseos. […] Si de verdad eres una persona que lleva a Dios en el corazón, te enfrentes a lo que te enfrentes, no lo pases por alto. Debes orar y buscar, averiguar el deseo de Dios en cada asunto y aprender a someterte a Dios. Cuando vea Dios que eres capaz de someterte y que tienes un corazón sumiso a Dios, aliviará tu sufrimiento. Dios logra esos resultados por medio del sufrimiento y la refinación(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Al creer en Dios, lo más crucial es recibir la verdad). A través de las palabras de Dios, entendí que siempre estaba dándole vueltas a cuándo se curaría mi enfermedad y si la medicina podría sanarme. En lo único que pensaba era en cómo escapar de mi enfermedad. Esta era una emoción negativa. Me di cuenta de que debía buscar las intenciones de Dios en mi enfermedad y aprender a someterme a Él. Eso es tener una actitud positiva. Aunque estar enfermo es doloroso, para mí también fue una forma de protección. Había estudiado mucho desde niño e, incluso después de enfermar, insistí en ir a la escuela, con la esperanza de cambiar mi porvenir a través del conocimiento. Estaba en la senda de perseguir el mundo, de perseguir la fama, el provecho y el estatus. Si no me hubiera enfermado, ciertamente no habría elegido creer en Dios. Habría seguido persiguiendo la fama, el provecho y el estatus, viviendo en este mundo oscuro y perverso y siendo atormentado por Satanás. Fue por mi enfermedad que acepté la obra de Dios de los últimos días. Esta fue la salvación de Dios para mí y Su gran protección para mí. También llegué a apreciar que Dios estaba usando esta enfermedad para purificarme y transformarme. Si no fuera por esta enfermedad, habría pensado que me estaba entregando genuinamente por Dios, sin reconocer nunca las impurezas en mis motivos al realizar mi deber, y no me habría arrepentido ni empezado a cambiar. Al entender esto, oré a Dios: “Dios mío, sé que esta enfermedad es una forma de protección para mí, destinada a purificarme y transformarme. Ya no te pediré que me sanes. Mejore o no esta enfermedad, estoy dispuesto a someterme”. Después de orar, sentí una profunda tranquilidad en mi corazón, una sensación de alivio que nunca antes había experimentado.

Luego, en 2017, escuché al hermano Xu Liang, con quien yo cooperaba, hablar de los problemas de estómago que solía tener. Llevaba mucho tiempo intentando tratarlos sin éxito. Entonces, una vez, sus problemas de estómago se agravaron después de un resfriado, pero después de esa crisis, sorprendentemente desaparecieron. Al escuchar su historia, no pude evitar sentir un ligero abatimiento. Pensé en cómo mi hipertensión pulmonar a menudo me causaba molestias en el corazón y en cómo tenía que tomar medicamentos todos los días para controlarla, lo que traía todo tipo de efectos secundarios: dolores de cabeza, visión borrosa, edema en las extremidades inferiores, náuseas y más. Las enfermedades de otras personas se estaban curando, pero ¿cuándo mejoraría la mía? Me di cuenta de que, en lo más profundo de mi corazón, todavía le estaba haciendo exigencias a Dios, todavía esperaba que Él se llevara mi enfermedad. Me sentí fatal y no sabía por qué siempre me costaba tanto someterme. Más tarde, leí las palabras de Dios y encontré la raíz del problema. Dios Todopoderoso dice: “Muchos de los que siguen a Dios solo se preocupan por cómo obtener bendiciones o evitar el desastre. […] El propósito de estas personas al seguir a Dios es muy simple y tiene un único objetivo: ser bendecidas. Estas personas no se molestan en prestar atención a nada que no tenga nada que ver con este objetivo. Para ellas, no hay meta más legítima que creer en Dios para obtener bendiciones; es la esencia del valor de su fe. Si algo no contribuye a este objetivo, no las conmueve en absoluto. Esto es lo que ocurre con la mayoría de las personas que creen en Dios actualmente. Su objetivo y su intención parecen legítimos porque, al mismo tiempo que creen en Dios, también se esfuerzan por Él, se dedican a Él, y cumplen su deber. Entregan su juventud, renuncian a su familia y su profesión e, incluso, pasan años ocupados lejos de casa. En aras de su meta máxima, cambian sus intereses, su perspectiva de la vida e, incluso, la dirección que buscan, pero no pueden cambiar el objetivo de su creencia en Dios. Van de acá para allá tras la gestión de sus propias aspiraciones; no importa lo lejos que esté el camino ni cuántas dificultades y obstáculos haya a lo largo de él, siguen siendo persistentes y no tienen miedo a la muerte. […] Aparte de los beneficios tan estrechamente asociados con ellos, ¿podría existir alguna otra razón para que las personas, que nunca entienden a Dios, den tanto por Él? En esto descubrimos un problema no identificado previamente: la relación del hombre con Dios es, simplemente, de puro interés personal. Es la relación entre el receptor y el dador de bendiciones. Para decirlo con claridad, es la relación entre un empleado y un empleador. El primero solo trabaja duro para recibir las recompensas otorgadas por el segundo. En una relación basada en los intereses no hay afecto familiar, solo una transacción. No hay un amar y ser amado; solo caridad y misericordia. No hay comprensión; solo engaño, indignación reprimida e impotencia. No hay intimidad; solo un abismo que no se puede cruzar(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Apéndice III: El hombre solo puede salvarse en medio de la gestión de Dios). “‘Enemigos de Dios’ estas tres palabras tienen esencia en sí mismas: no están diciendo que Dios vea al hombre como enemigo, sino que es el hombre quien le ve a Él así. Primero, cuando las personas comienzan a creer en Él, ¿quién de ellas no tiene sus propios objetivos, motivaciones y ambiciones? Aunque una parte de ellas crea en la existencia de Dios y la haya visto, su creencia en Él sigue conteniendo esas motivaciones, y su objetivo final es recibir Sus bendiciones y las cosas que desean. […] Es decir, el hombre incesantemente está examinando a Dios en su corazón, ideando planes sobre Él, defendiendo ante Él su propio final, tratando de arrancarle una declaración y ver si Él puede o no darle lo que quiere. Al mismo tiempo que busca a Dios, el hombre no lo trata como tal. El hombre siempre ha intentado hacer tratos con Él, exigiéndole cosas sin cesar, y hasta presionándolo a cada paso, tratando de tomar el brazo cuando le dan la mano. A la vez que intenta hacer tratos con Dios, también discute con Él, e incluso hay personas que, cuando les sobrevienen las pruebas o se encuentran en ciertas circunstancias, con frecuencia se vuelven débiles, negativas y holgazanas en su trabajo, y están llenas de quejas hacia Él. Desde el momento en que empezó a creer en Él por primera vez, el hombre lo ha considerado una cornucopia, una navaja suiza, y se ha considerado Su mayor acreedor, como si tratar de conseguir bendiciones y promesas de Dios fuera su derecho y obligación inherentes, y las responsabilidades a cargo de Dios fueran protegerlo, cuidar de él y proveer para él. Tal es el entendimiento básico de la ‘creencia en Dios’ de todos aquellos que creen en Él, y su comprensión más profunda del concepto de creer en Él(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II). Lo que Dios desenmascaró fue mi verdadero estado. Vi que mi mentalidad de creer en Dios para obtener bendiciones estaba extremadamente arraigada; no era algo que pudiera cambiarse simplemente después de experimentar unas pocas revelaciones. Cuando me hice creyente, al principio pensé que, si renunciaba a cosas y me entregaba por Dios, Él me concedería gracia y bendiciones, y que mi enfermedad tarde o temprano se curaría. Con esa motivación, estaba dispuesto a soportar cualquier dificultad en mi deber. Pero cuando mi enfermedad no se curó, me quejé de que Dios no era justo e incluso perdí la motivación para mi deber. Ahora, al oír que la enfermedad de otra persona se había curado, se revelaron una vez más las impurezas de mi fe. Vi que todavía le estaba haciendo exigencias a Dios. Mi fe solo se trataba de obtener gracia, de conseguir que Dios me sanara. Estaba tratando a Dios como un gran médico, como a alguien a quien usar, y no como a Dios en absoluto. Cuando Dios no satisfizo mis exigencias, intenté exigirle una recompensa. No tenía un corazón temeroso de Dios en lo más mínimo. ¿Cómo podría llamarse creyente a alguien como yo? Pensé en Pablo. Todo su sufrimiento, entrega y trabajo arduo eran para obtener una corona de justicia. Quería intercambiar el precio que pagó por las bendiciones del reino de los cielos. Pablo no tenía ninguna sumisión a Dios, para nada; la senda que recorrió fue de resistencia a Dios. Yo seguía la misma senda que Pablo. Si continuaba de esta manera, sin importar cuántos años más creyera o cuánto me esforzara y me entregara, nunca podría ganar la verdad ni lograr un cambio en mi carácter. Al final, Dios aun así me descartaría. ¡Vi lo verdaderamente peligroso que es creer en Dios sin perseguir la verdad! Tenía que corregir la perspectiva equivocada que había detrás de mi búsqueda, desprenderme de mis deseos desmedidos y realizar mi deber de acuerdo con los requisitos de Dios. Después de eso, cada vez que oía a alguien decir que su enfermedad se había curado, era capaz de afrontarlo de la manera correcta y ya no le pedía a Dios que se llevara mi enfermedad.

En un abrir y cerrar de ojos, habían pasado más de veinte años desde que contraje esta enfermedad. A veces, todavía sentía molestias en el corazón y me preocupaba que mi estado estuviera empeorando. Si se agrava, significa insuficiencia cardíaca. ¿Moriría si eso sucediera? Entonces, leí más de las palabras de Dios: “Dios ha preordinado la duración de la vida de cada persona. Una enfermedad puede ser terminal desde el punto de vista médico, pero desde la perspectiva de Dios, si tu existencia no ha terminado todavía y aún no ha llegado tu hora, no podrías morir aun si lo quisieras. Si tienes una comisión de Dios y tu misión no se ha completado, entonces no morirás ni aunque contraigas una enfermedad que supuestamente es fatal: Dios no te llevará todavía. Aunque no ores ni busques la verdad ni te ocupes de tratar tu enfermedad o incluso retrases el tratamiento, no vas a morir. Esto es especialmente cierto para aquellos que tienen una importante comisión de Dios. Cuando la misión de tales personas aún no se ha completado, sin importar la enfermedad que les sobrevenga, no van a morir de inmediato, sino que vivirán hasta el momento final del cumplimiento de la misión(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). “Como persona corriente, si en medio de la enfermedad eres capaz de someterte a las disposiciones de Dios, soportar toda clase de sufrimiento y, aun así, ser capaz de hacer tu deber con normalidad, de completar las comisiones que Dios te encarga, entonces ¿es eso bueno o malo? Es bueno, se trata de un testimonio de tu sumisión a Dios, de tu lealtad al realizar tu deber y de un testimonio que avergüenza a Satanás y triunfa sobre él. Y, por tanto, todo ser creado y todos los miembros del pueblo escogido de Dios han de aceptar cualquier sufrimiento y someterse a él. Así es como debes entenderlo, y has de aprender esta lección y alcanzar la verdadera sumisión a Dios. Esto es conforme a Su intención, y es el deseo de Dios. Es lo que dispone para cualquier ser creado. Que Él te coloque en estas situaciones y condiciones equivale a concederte una responsabilidad, una obligación y una comisión, así que deberías aceptarlas(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se resuelven las propias nociones es posible emprender el camino correcto de la fe en Dios (1)). Después de leer las palabras de Dios, mi corazón se iluminó de repente. Aunque el médico me sentenció a muerte hace mucho tiempo, mientras no haya llegado el fin de mi vida y mi misión no esté completa, no moriré, por muy grave que sea mi enfermedad. Cuándo una persona muere está en las manos de Dios; no tiene nada que ver con la gravedad de su enfermedad. Si un día muero por esta enfermedad, significará que ha llegado mi hora y que mi misión está completa. Aun así, debería someterme y agradecer a Dios por Su gracia al darme la oportunidad de hacer mi deber y perseguir la verdad. Él me ha permitido entender muchas verdades y misterios, y conocer el sentido de la vida. Incluso si muero, mi vida no habrá sido en vano. Al entender esto, sentí un gran alivio. Estuve dispuesto a perseguir la verdad y a aferrarme a mi deber en medio de mi enfermedad, y ya no me preocupé por mi propia vida o muerte.

En octubre de 2020, fui a un hospital provincial para una revisión. El médico dijo: “Es imposible que tengas hipertensión pulmonar. La esperanza de vida promedio para esta enfermedad es de solo dos o tres años, y tu estado actual no lo parece en absoluto”. Luego me hizo una serie de pruebas. Después de revisar los resultados, admitió que, en efecto, tenía hipertensión pulmonar, pero que era relativamente leve y que mi función cardíaca todavía estaba bien. Sabía que esta era la protección de Dios. Muchos otros con esta enfermedad han probado varios tratamientos: algunos desarrollan insuficiencia cardíaca en pocos años, mientras que otros mueren cuando su estado empeora. Pero hoy yo estoy vivo y puedo hacer mi deber. ¡Esto es verdaderamente la gracia y la misericordia de Dios! Ahora, aunque esta enfermedad siempre está conmigo, ya no la veo como unos grilletes, ni me siento afligido por ella. En cambio, puedo aceptarla y someterme. También he llegado a apreciar que esta enfermedad es la salvación y protección de Dios para mí. ¡Le doy gracias a Dios desde el fondo de mi corazón!

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