Declaraciones de Cristo de Los Últimos Días

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Selección de los cuatro pasajes de la palabra de Dios sobre “El misterio de la encarnación”

1. En la Era de la Gracia, Juan allanó el camino para Jesús. No podía llevar a cabo la obra de Dios por sí mismo y simplemente cumplió con la obligación del hombre. Aunque Juan fue el precursor del Señor, no podía representar a Dios; solo era un hombre usado por el Espíritu Santo. Después del bautismo de Jesús, “descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma”. Fue entonces cuando empezó Su obra, esto es, comenzó a desempeñar el ministerio de Cristo. Por esta razón asumió la identidad de Dios, porque vino de Él. No importa cómo fuera Su fe antes de esto —quizás fue débil en ocasiones, o fuerte en otras— en toda Su vida humana normal antes de desarrollar Su ministerio. Después de ser bautizado (ungido), tuvo inmediatamente el poder y la gloria de Dios con Él, y por tanto comenzó a desempeñar Su ministerio. Podía obrar señales y maravillas, realizar milagros, tenía poder y autoridad, porque trabajaba directamente en el nombre de Dios mismo; hacía la obra del Espíritu en Su lugar y expresaba Su voz; así pues, Él era Dios mismo. Esto es indiscutible. El Espíritu Santo usó a Juan. Este no podía representar a Dios ni le era posible hacerlo. Si hubiera deseado hacerlo, el Espíritu Santo no lo habría permitido, porque no podía hacer la obra que Dios mismo pretendía realizar. Quizás había mucho en él de la voluntad o la desviación del hombre; bajo ninguna circunstancia podía representar directamente a Dios. Sus equivocaciones y errores lo representaban solo a él, pero su obra era representativa del Espíritu Santo. Sin embargo, no se puede afirmar que su totalidad representara a Dios. ¿Podían esta desviación y estos errores representar también a Dios? Equivocarse al representar al hombre es normal, pero si se desviaba en la representación de Dios, ¿no sería una deshonra para Él? ¿No sería una blasfemia contra el Espíritu Santo? Este no permite al hombre ocupar el lugar de Dios voluntariamente, aunque otros le exalten. Si no es Dios, sería incapaz de mantenerse firme al final. ¡El Espíritu Santo no le permite al hombre representar a Dios como a él le plazca! Por ejemplo, el Espíritu Santo dio testimonio de Juan y también reveló que era quien allanaría el camino para Jesús, pero la obra realizada en él por Él estaba bien medida. Todo lo que se le pidió a Juan fue que allanase el camino para Jesús, que lo preparara. Es decir, el Espíritu Santo sostuvo su obra de abrir el camino y solo le permitió llevar a cabo dicha obra y ninguna otra. Juan representaba a Elías, el profeta que allanaba el camino. El Espíritu Santo lo sostuvo; como su trabajo consistía en abrir camino, este lo sostuvo. Sin embargo, si hubiera reivindicado ser Dios mismo y venir a terminar la obra de redención, el Espíritu Santo lo habría disciplinado. Por muy grande que fuera la obra de Juan, y por mucho que el Espíritu Santo la sostuviera, esta permanecía dentro de sus límites. Es realmente cierto que el Espíritu Santo sostuvo su obra, pero el poder que se le dio en ese momento se limitó a la tarea de allanar el camino. No podía realizar otra obra en absoluto, porque solo era Juan quien lo hacía, no Jesús. Por tanto, el testimonio del Espíritu Santo es fundamental, pero la obra que este le permite hacer al hombre es aún más crucial.

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

2. Algunos están poseídos por espíritus malignos y claman persistentemente “¡Soy Dios!”. Pero al final, no pueden mantenerse firmes, porque actúan en nombre del ser incorrecto. Representan a Satanás y el Espíritu Santo no les presta atención. Por muy alto que te exaltes o por muy fuerte que clames, sigues siendo un ser creado, que pertenece a Satanás. ¡Yo nunca clamo, soy Dios, soy el amado Hijo de Dios! Pero la obra que hago es la de Dios. ¿Debo gritar? No hay necesidad de exaltación. Dios hace Su obra por sí mismo y no necesita que el hombre le conceda un estatus o un título honorífico, y Su obra es suficiente para representar Su identidad y estatus. Antes de Su bautismo, ¿no era Jesús Dios mismo? ¿No era la carne encarnada de Dios? ¿Es seguro que no puede decirse que Él solo se convirtió en el único Hijo de Dios después de que diese testimonio de Él? ¿Acaso no había un hombre llamado Jesús mucho antes de que Él comenzase Su obra? No puedes traer nuevos caminos o representar al Espíritu. No puedes expresar la obra del Espíritu o las palabras que Él habla. No puedes realizar la obra de Dios mismo ni la del Espíritu. No puedes expresar la sabiduría, la maravilla y lo insondable de Dios ni todo el carácter por medio del cual Él castiga al hombre. Así pues, tus repetidas reivindicaciones de ser Dios no importan; solo tienes el nombre y nada de la esencia. Dios mismo ha venido, pero nadie lo reconoce, y aun así Él sigue en Su obra y lo hace en representación del Espíritu. Independientemente de que lo llames hombre o Dios, Señor o Cristo, o hermana, todo está bien. Pero la obra que Él hace es la del Espíritu y representa la de Dios mismo. No le importa el nombre con el que el hombre la denomine. ¿Puede ese nombre determinar Su obra? Independientemente de cómo lo llames, desde la perspectiva de Dios, Él es la forma encarnada del Espíritu de Dios; representa a este y este lo aprueba. No puedes dejar paso a una nueva era ni finalizar la antigua, ni iniciar la nueva, ni hacer una nueva obra. Por tanto, ¡no se te puede llamar Dios!

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

3. Ni siquiera un hombre usado por el Espíritu Santo puede representar a Dios mismo. Y no solo no puede representar a Dios, sino que su obra no puede representarle directamente. Es decir, la experiencia del hombre no puede colocarse directamente dentro de la gestión de Dios ni puede representar Su gestión. Toda la obra que Dios mismo lleva a cabo es la que Él pretende hacer en Su propio plan de gestión y guarda relación con la gran gestión. La obra realizada por el hombre (el hombre usado por el Espíritu Santo) provee para su experiencia personal. Este encuentra una nueva senda de experiencia a partir de la que caminaron los que fueron delante de él y guía a sus hermanos y hermanas bajo la dirección del Espíritu Santo. Lo que estos hombres proveen es su experiencia individual o sus escritos espirituales de hombres espirituales. Aunque el Espíritu Santo los usa, la obra de estos no tiene relación con la gran obra de gestión en el plan de seis mil años. Simplemente, el Espíritu Santo los levanta en diferentes períodos para guiar a las personas en Su corriente hasta que hayan cumplido su función o su vida llegue a su fin. La obra que hacen es tan solo preparar un camino apropiado para Dios mismo o continuar un elemento en la gestión de Dios mismo en la tierra. Esos hombres son incapaces de hacer la obra más grande en Su gestión, y no pueden abrir nuevas salidas, mucho menos concluir toda la obra de Dios desde la era anterior. Por tanto, la obra que realizan representa solo a un ser creado que cumple su función y no puede representar a Dios mismo llevando a cabo Su ministerio. Esto se debe a que la obra que hacen es diferente a la realizada por Dios mismo. El hombre no puede realizar la obra de introducir una nueva era en lugar de Dios. Nadie aparte de Él mismo puede hacerlo. Toda la obra del hombre cumple su obligación como integrante de la creación, y movido o iluminado por el Espíritu Santo. La dirección que esos hombres proveen es cómo practicar en la vida diaria y cómo actuar en armonía con la voluntad de Dios. La obra del hombre no implica la gestión de Dios ni representa la obra del Espíritu… Así, como la obra de los hombres usados por el Espíritu Santo es diferente de la llevada a cabo por Dios mismo, sus identidades y en nombre de quien actúan son igualmente distintas. Esto se debe a que la obra que el Espíritu Santo pretende hacer es diferente, confiriendo de este modo una identidad y un estatus diferentes a aquellos que obran. Los hombres usados por el Espíritu Santo también pueden hacer alguna obra nueva y eliminar alguna otra llevada a cabo en la era anterior, pero su obra no puede expresar el carácter y la voluntad de Dios en la nueva era. Trabajan solo para quitar la obra de la era anterior, no para hacer la nueva y representar el carácter de Dios mismo. Así pues, independientemente de cuántas prácticas obsoletas abolan o cuántas nuevas introduzcan, siguen representando al hombre y a los seres creados. Sin embargo, cuando el propio Dios lleva a cabo la obra, no declara abiertamente la abolición de prácticas de la era antigua ni declara directamente el comienzo de una nueva. Él es directo y claro en Su obra. Es franco llevando a cabo la obra que pretende; esto es, expresa directamente la obra que realizó, la hace directamente como pretendió en un principio, expresando Su ser y Su carácter. Tal como el hombre lo ve, Su carácter, y por tanto también Su obra, son diferentes a los de eras pasadas. No obstante, desde la perspectiva de Dios mismo, esto es simplemente una continuación y un desarrollo adicional de Su obra. Cuando Dios mismo obra, expresa Su palabra y trae directamente la nueva obra. Por el contrario, cuando el hombre obra, lo hace por medio de la deliberación y el estudio, o el desarrollo del conocimiento y la sistematización de la práctica se edifican sobre el fundamento de la obra de otros. Es decir, la esencia de la obra hecha por el hombre es atenerse a las convenciones y “caminar por sendas antiguas con zapatos nuevos”. Esto significa que incluso la senda transitada por los hombres usados por el Espíritu Santo se edifica sobre la que Dios mismo abrió. El hombre está, pues, detrás del hombre, y Dios es Dios.

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

4. Juan nació por la promesa, y un ángel le dio su nombre. Es ese momento, algunos quisieron llamarlo como su padre, Zacarías, pero su madre habló, diciendo: “Este niño no puede llamarse así. Debe llamarse Juan”. El Espíritu Santo lo ordenó. Entonces, ¿por qué no se llamó Dios a Juan? Jesús también recibió Su nombre por la dirección del Espíritu Santo, y Él nació de este y de Su promesa. Jesús era Dios, Cristo, y el Hijo del Hombre. La obra de Juan también fue grande, ¿pero por qué no se le llamó Dios? ¿Cuál era exactamente la diferencia entre la obra realizada por Jesús y la de Juan? ¿Acaso la única razón fue que Juan venía a allanar el camino para Jesús? ¿O sería porque Dios lo había predestinado? Aunque Juan también anunció: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se acerca”, y predicó también el evangelio del reino de los cielos, su obra no fue profunda y constituía simplemente un comienzo. Por el contrario, Jesús dio entrada a una nueva era y finalizó una antigua, pero también cumplió la ley del Antiguo Testamento. La obra que hizo fue más grande que la de Juan, y completó esta etapa de la misma para redimir a toda la humanidad. Juan simplemente preparó el camino. Aunque su obra fue grande, sus palabras muchas, y los discípulos que lo siguieron numerosos, aquella solo trajo al hombre un nuevo comienzo. Este nunca recibió de él vida, el camino, o verdades más profundas ni tampoco obtuvieron un entendimiento de la voluntad de Dios a través de él. Juan fue un gran profeta (Elías) que exploró un nuevo territorio para la obra de Jesús y preparó a los escogidos; fue el precursor de la Era de la Gracia. Esos asuntos no pueden discernirse simplemente observando su apariencia humana normal. Especialmente, Juan hizo una obra bastante grande; además, nació por la promesa del Espíritu Santo, y este sostuvo su obra. Por tanto, la distinción entre sus respectivas identidades solo puede hacerse por medio de su obra, porque la apariencia externa de un hombre no habla de su esencia, y este es incapaz de determinar el verdadero testimonio del Espíritu Santo. La obra realizada por Juan y la llevada a cabo por Jesús no eran parecidas y su naturaleza era diferente. Esto es lo que debe determinar si él es o no Dios. La obra de Jesús debía comenzar, continuar, concluir, y cumplirse. Jesús llevó a cabo cada uno de estos pasos, mientras la obra de Juan no fue otra que la de un comienzo. Al principio, Jesús difundió el evangelio y predicó el camino del arrepentimiento, después prosiguió bautizando al hombre, curando enfermedades, y expulsando demonios. Al final, redimió a la humanidad del pecado y completó Su obra durante toda la era. Predicó a los hombres y difundió el evangelio del reino del cielo en todas partes. Esto mismo ocurrió con Juan, con la diferencia de que Jesús dio entrada a una nueva era y trajo la Era de la Gracia al hombre. De Su boca salió la palabra sobre qué debería practicar el hombre y la forma en que este debería seguir en la Era de la Gracia y, al final, terminó la obra de la redención. Juan nunca podría haber realizado esa obra. Y así, Jesús fue quien hizo la obra de Dios mismo, Él es Dios mismo y lo representa directamente.

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

5. Si no reconoces que la etapa de la obra actual es la de Dios mismo, es porque careces de visión. Aun así, no puedes negar la misma; tu incapacidad de reconocerla no demuestra que el Espíritu de Santo no esté obrando o que Su obra sea errónea. Algunos incluso comparan la obra del presente con la de Jesús en la Biblia, y usan cualquier incoherencia para negar esta etapa de la misma. ¿No es este el acto de un ciego? Todo lo que se registra en la Biblia es limitado e incapaz de representar toda la obra de Dios. Los Cuatro Evangelios tienen menos de cien capítulos en conjunto en los que hay escritos un número finito de acontecimientos, como la maldición de la higuera, las tres negaciones de Pedro respecto al Señor, la aparición de Jesús a los discípulos después de Su crucifixión y resurrección, enseñanza sobre el ayuno, la oración, el divorcio, el nacimiento y la genealogía de Jesús, la elección de los discípulos por Jesús, etc. Estos son solo unos pocos escritos, pero el hombre los valora como tesoros, verificando incluso la obra actual frente a ellos. Creen incluso que Jesús solo hizo eso en el tiempo posterior a Su nacimiento. Es como si creyeran que Dios solo puede hacer eso, que no puede haber más obra adicional. ¿No es esto absurdo?

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

6. Las personas creen que Dios hecho carne no vive en absoluto como lo hace el hombre; creen que está limpio sin tener que lavarse los dientes o la cara, porque es una persona santa. ¿No son puramente estas ideas humanas? La Biblia no habla de la vida de Jesús como hombre, solo de Su obra, pero esto no demuestra que Él no tuviese una humanidad normal o que no viviese una vida humana normal antes de los treinta años de edad. Oficialmente, Él comenzó Su obra a la edad de 29 años, pero no puedes negar toda Su vida como hombre anterior a la misma. La Biblia simplemente omitió esa etapa de sus relatos; como era Su vida como un hombre ordinario y no la etapa de Su obra divina, no había necesidad de escribirla. Porque antes del bautismo de Jesús, el Espíritu Santo no hizo Su obra inmediatamente, sino que simplemente mantuvo Su vida como un hombre ordinario hasta el día en que debía llevar a cabo Su ministerio. Aunque Él era la carne encarnada, pasó por el proceso de maduración como un hombre ordinario. La Biblia omitió este proceso, porque no podría proveer gran ayuda para el crecimiento del hombre en la vida. Antes de Su bautismo hubo una etapa en la que permaneció sin revelar ni obró señales y maravillas. Solo después de Su bautismo comenzó Jesús toda la obra de redención de la humanidad, obra que fue ricamente abundante en gracia, verdad, amor y misericordia. El inicio de esta obra fue también el comienza de la Era de la Gracia; por esta razón, se escribió y transmitió hasta el presente… Antes de que Jesús llevara a cabo Su ministerio, o como se dice en la Biblia, antes de que el Espíritu descendiese sobre Él, Jesús no era sino un hombre ordinario que no poseía nada sobrenatural. Tras el descenso del Espíritu Santo, esto es, cuando Jesús comenzó a desarrollar Su ministerio, quedó impregnado de lo sobrenatural. Así, el hombre tuvo la creencia errónea de que la carne encarnada de Dios no era un hombre ordinario y que Dios encarnado no tenía humanidad. Sin duda, la obra y todo lo que el hombre ve de Dios sobre la tierra son sobrenaturales. Lo que observas con tus ojos y oyes con tus oídos es todo sobrenatural, porque Su obra y Sus palabras son incomprensibles e inalcanzables para el hombre. Si algo del cielo se trae a la tierra, ¿cómo puede ser cualquier cosa menos sobrenatural? Los misterios del reino del cielo se trajeron a la tierra, misterios demasiado maravillosos y sabios para que el hombre los comprenda o explique; ¿no eran todos sobrenaturales? Sin embargo, debes saber que por muy sobrenaturales que fueran, los llevó a cabo en Su humanidad normal. La carne encarnada de Dios tiene humanidad, de lo contrario no sería tal.

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

7. La obra del Espíritu de Dios en la carne también tiene sus propios principios. Él solo podía acometer la obra y el encargo del Padre sobre la base de que poseía una humanidad normal. Solo entonces pudo comenzar Su obra. En Su niñez, Jesús no podía comprender en absoluto mucho de lo que acontecía en la antigüedad, y solo llegó a entender haciendo preguntas a los rabís. Si hubiera empezado Su obra justo después de haber aprendido a hablar, ¿cómo habría sido posible no cometer ningún error? ¿Cómo podría Dios dar un mal paso? Por tanto, no comenzó Su obra hasta que no fue capaz de ello; no realizó ninguna obra hasta que no fue totalmente capaz de acometerla. A la edad de 29 años, Jesús ya era bastante maduro y Su humanidad suficiente para emprender la obra que debía hacer. Solo entonces, el Espíritu Santo, que había estado escondido durante treinta años, comenzó a revelarse, y el Espíritu de Dios empezó a obrar en Él. En ese momento, Juan había trabajado durante siete años preparando el camino para Él, y tras concluir su obra, fue encarcelado. Toda la carga recayó entonces sobre Jesús. Si Él hubiera emprendido esta obra a la edad de 21 o 22 años, cuando tenía carencias en Su humanidad y acababa de entrar en la edad adulta, aún sin entendimiento en muchas cosas, habría sido incapaz de tomar el control. En ese momento, Juan ya había llevado a cabo su obra durante algún tiempo antes de que Jesús comenzase Su obra en Su madurez. A esa edad, Su humanidad normal era suficiente para acometer la obra que debía hacer.

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

8. La obra de Dios, encarnado en la carne, tiene muchos principios. Hay mucho que el hombre simplemente no entiende, pero este usa constantemente sus propias ideas para medirlo o ponerle excesivas exigencias. Incluso ahora hay muchos que no son conscientes en absoluto de que su conocimiento no contiene más que sus propias ideas. Cualesquiera que sean la era o el lugar en los que Dios se encarne, los principios para Su obra en la carne siguen sin cambiar. Él no puede hacerse carne, sino trascenderla para obrar; además, no puede hacerse carne y no obrar dentro de la humanidad normal de esta. De lo contrario, el sentido de la encarnación de Dios se reduciría a la nada, y la Palabra hecho carne no significaría absolutamente nada. Además, solo el Padre en el cielo (el Espíritu) sabe de la encarnación de Dios; nadie más, ni siquiera la propia carne ni los mensajeros del cielo. Así, la obra de Dios en la carne es aún más normal y más capaz de demostrar que el Verbo se hace carne, la Palabra se hace carne en realidad; la carne es un hombre normal y ordinario.

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

9. Algunos pueden preguntarse, ¿por qué debe dar entrada Dios mismo a la era? ¿No puede hacerlo un ser creado en Su lugar? Todos sabéis que Él se hace carne expresamente con el propósito de dar entrada a una nueva era; por supuesto, cuando hace esto último, la era anterior ha concluido al mismo tiempo. Dios es el principio y el fin; Él mismo lleva a cabo Su obra y por tanto debe ser Él quien concluya la era anterior. Esa es la prueba de que derrota a Satanás y conquista el mundo. Cada vez que Él obra entre los hombres, es el comienzo de una nueva batalla. Sin el comienzo de una nueva obra no habría naturalmente conclusión de la antigua, y por tanto prueba de que la batalla contra Satanás aún no ha llegado a su final. Solo si Dios mismo viene en medio de los hombres y lleva a cabo la nueva obra, puede el hombre liberarse totalmente del dominio de Satanás y obtener una nueva vida y un nuevo comienzo. De otro modo, el ser humano vivirá para siempre en la era antigua y bajo la antigua influencia de Satanás. Con cada era dirigida por Dios se libera una parte del hombre, y así el hombre avanza junto a la obra de Dios hacia la nueva era. La victoria de Dios es una victoria para todos aquellos que le siguen. Si la humanidad de la creación estuviera encargada de concluir la era, desde el punto de vista del hombre o de Satanás, no sería más que un acto que se opone a Él o lo traiciona, y no de obediencia a Él, y la obra del hombre daría así el control a Satanás. Solo si el hombre obedece y sigue a Dios en una era introducida por Él mismo, Satanás se convencería totalmente, porque esa es la obligación de un ser creado. Y por eso digo que solo necesitáis seguir y obedecer, y no se os pide nada más. Eso es lo que se pretende con que cada uno cumpla con su obligación y desempeñe su función. Dios hace Su propia obra y no necesita que el hombre la haga en Su lugar, ni se involucra en la obra de los seres creados. El hombre cumple su propia obligación y no interfiere en la obra de Dios, y eso es verdadera obediencia y la prueba de la derrota de Satanás. Después de haber dado entrada a la nueva era, Dios ya no obra en medio del hombre. Solo entonces entra este oficialmente en la nueva era para cumplir su obligación y llevar a cabo su misión como un ser creado. Estos son los principios de trabajo que nadie puede transgredir. Solo trabajar de esta forma es sensato y razonable. Dios mismo hace Su obra. Él es quien la pone en movimiento, y también quien la concluye. Él es quien planea la obra, y también quien la gestiona, y aún más, Él es quien la hace fructificar. Es como se declara en la Biblia: “Yo soy el principio y el fin; soy el Sembrador y el Segador”. Su mano hace todo lo relacionado con la obra de Su gestión. Él es el Gobernador del plan de gestión de seis mil años; nadie puede hacer Su obra en Su lugar o dar por concluida Su obra, porque Él es quien lo controla todo. ¡Como Él creó el mundo, llevará a este a vivir en Su luz, y concluirá la era para que todo Su plan se materialice!

De ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

10. En la época en que Jesús obraba en Judea, lo hacía abiertamente; pero ahora, obro y hablo entre vosotros en secreto. Los incrédulos lo desconocen totalmente. Mi obra entre vosotros está aislada de otras. Estas palabras, estos castigos y juicios, solo son conocidos para todos vosotros y nadie más. Toda esta obra se lleva a cabo entre vosotros y solo se abre a vosotros; ninguno de esos incrédulos lo sabe, porque el tiempo aún no ha llegado. Estos hombres están cerca de ser hechos completos después de soportar castigos, pero los de fuera no saben nada de esto. ¡Esta obra está muy escondida! Para ellos, Dios hecho carne es hermético, pero para los de esta corriente, se le puede considerar abierto. Aunque en Dios todo está abierto, todo está claro y se ha liberado, esto solo es cierto con aquellos que creen en Él, y nada se ha dado a conocer a esos incrédulos. La obra llevada a cabo aquí y ahora se aísla estrictamente para evitar que sepan de ella. Si lo hicieran, todo lo que espera es condenación y persecución. No creerán. Trabajar en la nación del gran dragón rojo, el más retrógrado de los lugares, no es tarea fácil. Si esta obra tuviera que darse a conocer, sería imposible continuar. Esta etapa de la obra simplemente no puede progresar en este lugar. Si esta obra se llevase a cabo abiertamente, ¿cómo podrían tolerarla? ¿No traería esto un riesgo aun mayor? Si esta obra no se ocultase, y continuase en su lugar como en la época de Jesús cuando Él sanaba espectacularmente a los enfermos y expulsaba demonios, ¿no se habrían “apoderado” de ella los diablos hace mucho? ¿Podrían tolerar la existencia de Dios? Si tuviese que entrar ahora en los salones para predicar y enseñar al hombre, ¿no me habrían hecho añicos hace mucho? Y de ser así, ¿cómo iba a poder seguir realizando Mi obra? La razón por la que señales y maravillas no se manifiestan abiertamente es por causa de la ocultación. Por tanto, los incrédulos no pueden ver, conocer o descubrir Mi obra. Si esta etapa de la obra tuviera que llevarse a cabo de la misma manera que la de Jesús en la Era de la Gracia, no sería tan firme. Por tanto, la obra debe ocultarse de esta forma para vuestro beneficio y el de ella misma. Cuando la misma sobre la tierra llegue a su fin, esto es, cuando concluya esta obra en secreto, esta etapa de la misma volará bien al descubierto. Todos sabrán que hay un grupo de vencedores en China; todos sabrán que Dios hecho carne está en China y que Su obra ha llegado a su fin. Solo entonces amanecerá sobre el hombre: ¿por qué razón tiene que mostrar China declive o colapso? Resulta que Dios está llevando a cabo Su obra personalmente en China y ha perfeccionado a un grupo de personas haciéndolas vencedoras.

De ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

11. Dios hecho carne solo se manifiesta a algunas personas que lo siguen mientras lleva a cabo Su obra personalmente, y no a todas las criaturas. Él solo se hizo carne para completar una etapa de la obra, no para mostrar Su imagen al hombre. Sin embargo, Él mismo debe realizar Su obra, por lo que es necesario para Él hacerlo en la carne. Cuando esta obra concluya, Él se irá de la tierra; no puede permanecer durante mucho tiempo en medio de la humanidad por miedo a permanecer en el camino de la obra venidera. Lo que Él manifiesta a la multitud es únicamente Su carácter justo y todos Sus hechos, y no la imagen de Su cuerpo cuando se hizo carne dos veces, porque la imagen de Dios solo puede mostrarse por medio de Su carácter, y no puede sustituirse por la imagen de Su carne. Esta solo se muestra a un número limitado de personas, solo a aquellos que lo siguen mientras obra en la carne. Esta es la razón por la que la obra que se lleva a cabo ahora se realiza en secreto. Es justo lo que ocurrió con la obra de Jesús que solo se manifestó a los judíos, y nunca a otras naciones de forma pública. Así pues, una vez completada Su obra, partió de inmediato del hombre y no se quedó; en el tiempo posterior, no manifestó Su propia imagen al hombre, sino más bien la obra llevada a cabo directamente por el Espíritu Santo. Una vez que la obra de Dios hecho carne termine por completo, Él parte del mundo mortal, y nunca más hace una obra parecida a la del tiempo en que estuvo en la carne. El Espíritu Santo hace toda obra que sigue. Durante este tiempo, el hombre difícilmente será capaz de ver Su imagen en la carne; no se muestra en absoluto al hombre, y permanece escondido para siempre. Existe un tiempo limitado para la obra de Dios hecho carne, que debe llevarse a cabo en una era, un tiempo, una nación específicos, y entre personas específicas. Esa obra representa únicamente la del tiempo de Dios hecho carne, y es particular a la era, representando la obra del Espíritu de Dios en una era particular, y no la totalidad de Su obra. Por tanto, la imagen de Dios hecho carne no se mostrará a todos los pueblos. Lo que se muestra a la multitud es la justicia de Dios y Su carácter en su totalidad, en lugar de Su imagen cuando se hizo carne en dos ocasiones. Tampoco se muestra al hombre la imagen única, ni las dos combinadas. Así pues, es imperativo que la carne encarnada de Dios se marche de la tierra para terminar la obra que necesita realizar, porque Él solo viene a hacer la que debe hacer, y no a mostrar Su imagen a las personas. Aunque Dios ya ha cumplido el sentido de la encarnación haciéndose carne dos veces, seguirá sin darse a conocer abiertamente a ninguna nación que nunca antes lo haya visto.

De ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

12. Deberíais saber que la obra de Dios hecho carne es abrir una era. Esta obra se limita a unos pocos años, y Él no puede cumplir toda la obra del Espíritu de Dios. Esto es idéntico a cómo la imagen de Jesús como judío solo puede representar la de Dios cuando obraba en Judea, y solo pudo llevar a cabo la obra de la crucifixión. Durante el tiempo que Jesús estuvo en la carne, no pudo hacer la obra de poner fin a una era o destruir a la humanidad. Por tanto, después de haber sido crucificado y de concluir Su obra, ascendió a lo alto y se ocultó del hombre para siempre. Desde entonces en adelante, esos creyentes fieles en las naciones gentiles solo pudieron ver el cuadro del Señor Jesús que pegaban en las paredes, y no Su manifestación. Este cuadro lo pinta el hombre, y no es la imagen que Dios mismo mostró al hombre. Dios no se mostrará abiertamente a la multitud en la imagen en la que se hizo carne dos veces. La obra que realiza en medio de la humanidad es permitir a esta entender Su carácter. Esto lo cumple todo mostrándose al hombre por medio de la obra de diferentes épocas, así como el carácter que ha dado a conocer y la obra que ha hecho, en lugar de a través de la manifestación de Jesús. Es decir, la imagen de Dios no se da a conocer al hombre por medio de la imagen encarnada, sino a través de la obra llevada a cabo por la carne encarnada, un Dios de imagen y forma; y a través de Su obra, Su imagen se muestra y se da a conocer Su carácter. Este es el sentido de la obra que Él desea hacer en la carne.

De ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

13. Una vez que la obra realizada cuando se hizo carne dos veces llega a su fin, Él comienza a mostrar Su carácter justo en las naciones gentiles, permitiendo a la multitud ver Su imagen. Él desea manifestar Su carácter, y a través de ello dejar claro el final de los diversos tipos de hombre, llevando de este modo totalmente a su fin a la era anterior. Su obra en la carne no se extiende por una gran área (del mismo modo que Jesús solo obró en Judea, Yo lo hago hoy solamente entre vosotros), porque Su obra en la carne tiene fronteras y límites. Él está llevando a cabo simplemente un corto período de obra en la imagen de una carne ordinaria y normal, en lugar de hacer la obra de la eternidad por medio de esta carne encarnada, o la de aparecerse a todos los pueblos de las naciones gentiles. Esta obra en la carne debe limitarse en su alcance (al igual que obrar solo en Judea o solo entre vosotros), y después expandirse por medio de la desarrollada dentro de estas fronteras. Por supuesto, el Espíritu de Dios desarrolla directamente la obra de esa expansión, no Su carne encarnada. Porque la obra en la carne tiene límites y no se extiende a todos los rincones del universo. Esto, no lo puede cumplir. Por medio de la obra en la carne, Su Espíritu lleva a cabo la obra que sigue. Así, la obra realizada en la carne es una de iniciación desarrollada dentro de unas fronteras; Su Espíritu continúa posteriormente esta obra, y la amplía.

De ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

14. Dios solo viene a esta tierra para hacer la obra de dirigir la era; para abrir una nueva y poner fin a la antigua. No ha venido para vivir el transcurso de la vida de un hombre en la tierra, para experimentar por sí mismo los gozos y las penas de la vida como un hombre, o a perfeccionar a una cierta persona por Su mano o ver personalmente a alguien mientras crece. Esta no es Su obra; esta es simplemente abrir la nueva era y poner fin a la antigua. Esto es, abrirá una era, pondrá fin a la otra, y derrotará a Satanás llevando a cabo la obra en persona. Cada vez que lo hace, es como si estuviera poniendo un pie en el campo de batalla. En la carne, derrota primero al mundo y prevalece sobre Satanás; obtiene toda la gloria y levanta el telón sobre la obra de dos mil años, dando a todos los hombres sobre la tierra el camino correcto a seguir, y una vida de paz y gozo. Sin embargo, Dios no puede vivir durante mucho tiempo con el hombre sobre la tierra, porque Dios es Dios, y diferente al hombre después de todo. No puede tener la duración de vida de un hombre normal, esto es, no puede residir en la tierra como un hombre que solo es ordinario, porque Él solo tiene una parte mínima de la humanidad normal de los hombres ordinarios para sustentar Su vida como tal. En otras palabras, ¿cómo podría Dios empezar una familia y criar hijos en la tierra? ¿No sería una deshonra? Él solamente posee la humanidad normal para el propósito de llevar a cabo la obra de una manera normal, no de permitirle empezar una familia tal como lo haría un hombre ordinario. Su sentido, Su mente y Su alimentación normales, así como el atavío de Su carne son suficientes para demostrar que tiene una humanidad normal; Él no tiene necesidad de empezar una familia para demostrar que está dotado de una humanidad normal. ¡Esto es completamente innecesario! Dios viene a la tierra, lo que significa que el Verbo se hace carne; simplemente está permitiendo al hombre entender y ver Su palabra, esto es, ver la obra llevada a cabo por la carne. Su propósito no es que las personas traten a Su carne de una cierta forma, sino solo que el hombre sea obediente hasta el final, esto es, que obedezca todas las palabras proclamadas por Su boca, y se someta a toda la obra que Él hace. Él simplemente está obrando en la carne, no pidiendo intencionadamente al hombre que exalte la grandeza y la santidad de Su carne. Él simplemente está mostrando al hombre la sabiduría de Su obra y toda la autoridad que ejerce. Por tanto, aunque tiene una humanidad destacada, no hace anuncios, y solo se centra en la obra que debe hacer. Deberíais saber por qué es que Dios se hizo carne pero no alardea ni da testimonio de Su humanidad normal, y en su lugar lleva a cabo la obra que desea hacer. Esta es la razón por la que solo veis el ser de divinidad en Dios hacerse carne, simplemente porque nunca proclama Su ser de humanidad para que el hombre lo emule. Solo cuando el hombre guía al hombre, habla este de su ser de humanidad, de forma que puede conseguir el liderazgo sobre otros impresionándolos y convenciéndolos. Por el contrario, Dios conquista el hombre a través de Su obra por sí sola (esto es, obra inalcanzable para el hombre). Él no impresiona al hombre ni hace que toda la humanidad lo “adore”, sino que simplemente le inculca un sentimiento de reverencia a Él o hace que sea consciente de Su inescrutabilidad. Dios no tiene necesidad de impresionar al hombre. Todo lo que necesita es que lo veneres una vez hayas sido testigo de Su carácter.

De ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

15. La obra del Dios encarnado es distinta de la de aquellos a los que el Espíritu Santo usa. Cuando Dios hace Su obra en la tierra, solo se preocupa por el cumplimiento de Su ministerio. Como para todos los demás asuntos no relacionados con Su ministerio, Él no toma parte en la práctica, incluso hasta el punto de hacer la vista gorda. Simplemente lleva a cabo la obra que debería hacer, y lo que menos le preocupa es la que el hombre debería realizar. La que Él hace es la única que tiene relación con la era en la que se encuentra y el ministerio que debería cumplir, como si todos los demás asuntos no fueran Su responsabilidad. Él no se dota de más conocimiento básico sobre la vida que un hombre, y no aprende más habilidades sociales ni nada más de lo que el hombre entienda. No se preocupa en absoluto por todo aquello con lo que el hombre debe ser dotado y simplemente hace la obra que es Su obligación. Y así, tal como el hombre lo ve, el Dios encarnado es “deficiente” en demasiadas cosas, incluso hasta el punto de hacer la vista gorda ante mucho de lo que el hombre debería tener, y Él no tiene un entendimiento de tales asuntos. Asuntos como el conocimiento general de la vida, así como principios de conducta y de relación con los demás parecen no tener consecuencias para Él. Independientemente de esto, no puedes sentir la más mínima pizca de comportamiento anormal en el Dios encarnado. Es decir, Su humanidad solo mantiene Su vida como hombre ordinario con el razonamiento normal de Su cerebro, dándole la capacidad de discernir entre lo correcto y lo erróneo. Sin embargo, Él no está dotado de nada más; todo lo demás es solo para el hombre (seres creados). Dios se hace carne tan solo para cumplir Su propio ministerio. Su obra va dirigida a toda una era y no a una persona o un lugar específicos, a todo el universo. Esta es la dirección de Su obra y el principio por el que trabaja. Nadie puede alterar esto, y ningún hombre puede tomar parte en ello.

De ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

16. Dios solo viene a la tierra para completar Su obra, y por ello esta es breve. Él no viene a la tierra con el propósito de que el Espíritu de Dios cultive Su carne para ser un extraordinario líder de la iglesia. Cuando Dios viene a la tierra, es el Verbo que se hace carne; sin embargo, el hombre no conoce Su obra y fuerzas que tal intención tiene sobre Él. Pero vosotros deberíais ser todos conscientes de que Dios es el Verbo hecho carne, no una carne cultivada por el Espíritu de Dios para desempeñar temporalmente el papel de Dios. Dios mismo no es culto, sino que es el Verbo, la Palabra hecho carne, y hoy lleva a cabo personalmente Su obra en medio de todos vosotros.

De ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

17. Dios solo se hace carne para dirigir la era y poner en marcha la nueva obra. Debéis entender esta idea. Esto es muy diferente de la función del hombre, y los dos no pueden mencionarse en la misma frase. El hombre necesita un largo período de cultivación y perfección antes de que se le pueda usar para desempeñar una obra, y se necesita una humanidad especialmente grande. El hombre no solo debe ser capaz de sustentar su sentido humano normal, sino entender además muchos de los principios y normas de conducta delante de otros, y además debe aprender más de la sabiduría y la ética del hombre. Con esto debe ser dotado el hombre. Sin embargo, no es así para Dios hecho carne, porque Su obra no representa al hombre ni es la de este; es, más bien, una expresión directa de Su ser y una puesta en práctica directa de la obra que Él debería hacer. (Naturalmente, Su obra se lleva a cabo cuando debería hacerse, y no de forma aleatoria a voluntad. Más bien, la misma comienza cuando es el momento de cumplir Su ministerio). Él no toma parte en la vida del hombre ni en su obra, esto es, Su humanidad no está dotada de ninguna de estas cosas (pero esto no afecta a Su obra). Él solo cumple Su ministerio cuando es Su tiempo de hacerlo; cualquiera que sea Su estatus, simplemente sigue adelante con la obra que debe hacer. Independientemente de lo que el hombre sepa de Él o de cuáles sean sus opiniones de Él, Su obra no se ve afectada. Esto es justo como cuando Jesús llevó a cabo Su obra; nadie sabía quién era, pero Él simplemente seguía adelante en Su obra. Nada de esto le afectó a la hora de realizar la obra que debía hacer. Así pues, no confesó ni proclamó Su propia identidad al principio, y simplemente los hombres lo siguieron. Desde luego esto no era solo la humildad de Dios; era la forma en la que Él obraba en la carne. Él solo podía obrar de esta manera, porque el hombre no podía reconocerlo a simple vista. E incluso si el hombre lo hacía, no sería capaz de ayudar en Su obra. Además, Él no se hizo carne para que el hombre llegara a conocer Su carne; lo hizo para llevar a cabo Su obra y cumplir Su ministerio. Por esta razón, no dio importancia a dar a conocer Su identidad. Cuando hubo completado toda la obra que debía hacer, el hombre entendió toda Su identidad y Su estatus de forma natural. Dios hecho carne simplemente se mantiene en silencio y nunca hace proclamación alguna. No presta atención al hombre o a cómo se las está arreglando para seguirlo, y simplemente avanza en el cumplimiento de Su ministerio y en llevar a cabo la obra que debe hacer. Nadie puede obstaculizar el camino de Su obra. Cuando llegue el tiempo en que esta concluya, es imperativo que lo haga y se le ponga fin. Nadie puede dictar otra cosa. Solo después de que se marche del hombre tras completar Su obra, entenderá este la obra que Él hace, aunque aún no completamente de forma clara. Y el hombre necesitará mucho tiempo para entender plenamente Su propósito cuando llevó a cabo Su obra por primera vez. En otras palabras, la obra de la era en la que Dios se hace carne se divide en dos partes. Una de ellas es por medio de la obra y las palabras de Dios hecho carne. Una vez que el ministerio de Su carne se cumple completamente, la otra parte de la obra deben llevarla a cabo aquellos que el Espíritu Santo usa; entonces es el momento de que el hombre cumpla con su función, porque Dios ya ha abierto el camino, y el hombre debe caminar ahora por él. Es decir, Dios se hace carne para desempeñar una parte de Su obra, continuada seguidamente por el Espíritu Santo así como por los usados por este. Así pues, el hombre debería conocer la obra principal que Dios hecho carne tiene que realizar en esta etapa de la misma. El hombre debe entender exactamente el sentido de Dios hecho carne y la obra que debe hacer, en lugar de pedir de Dios lo que se le pide del hombre. Esto es un error de este, así como su idea, y además, su desobediencia.

De ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

18. Dios no se hace carne con el propósito de dejar que el hombre acabe conociendo Su carne, o para permitirle distinguir las diferencias entre la carne de Dios encarnado y la del hombre; Dios no se hace carne para entrenar la capacidad de discernimiento del hombre, mucho menos con el propósito de que este adore a la carne encarnada de Dios, de la que recibirá gran gloria. Nada de esto es la voluntad original de Dios de hacerse carne. Él no se hace carne para condenar al hombre, para revelarlo intencionadamente, o para dificultarle las cosas. Nada de esto es la voluntad original de Dios. Cada vez que Él se hace carne, la obra es inevitable, lo hace para Su obra y Su gestión mayores, y no por las razones que el hombre imagina. Dios viene a la tierra únicamente requerido por Su obra, y siempre que sea necesario. Dios no viene a la tierra con la intención de vagar, sino de llevar a cabo la obra que debe hacer. ¿Para qué otra cosa asumiría Él esa carga celestial y tan grandes riesgos por llevar a cabo esta obra? Dios se hace carne solo cuando tiene que hacerlo, y siempre con un sentido único. Si solo dejara que el hombre lo mirase y le abriese sus ojos, entonces, con absoluta certeza, nunca vendría entre los hombres tan frívolamente. Él viene a la tierra para Su gestión y Su obra más grande, y para poder ganar más hombres. Él viene para representar la era y derrotar a Satanás, y lo hace en una carne. Además, viene a guiar a toda la humanidad en sus vidas. Todo esto concierne a Su gestión, y es obra que concierne a todo el universo. Si Dios se hizo carne simplemente para permitir al hombre llegar a conocer Su carne y para abrirle los ojos, ¿por qué no viajaría entonces a toda nación? ¿No es este un asunto tremendamente fácil? Pero Él no lo hizo, y eligió en su lugar un sitio adecuado en el que asentarse y comenzar la obra que debía hacer. Solo esta carne es de gran importancia. Él representa toda una era, y también lleva a cabo la obra de toda una era; pone fin a la anterior y da entrada a la nueva. Todo esto es el importante asunto que concierne la gestión de Dios, y el sentido de una etapa de la obra llevada a cabo por Dios viniendo a la tierra.

De ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

19. Dios mismo comienza la obra de cada era, pero deberías saber que sea cual sea Su obra, Él no viene a empezar un movimiento ni a celebrar conferencias especiales, ni a establecer algún tipo de organización para vosotros. Él solo viene para llevar a cabo la obra que debe hacer. Ningún hombre limita la misma. Él hace Su obra como desea; no importa lo que el hombre piense o sepa, Él solo se centra en llevar a cabo Su obra. Desde la creación del mundo, ya han existido tres etapas de la obra; desde Jehová a Jesús, y desde la Era de la Ley a la de la Gracia, Dios nunca ha convocado una conferencia especial para el hombre ni ha reunido nunca a toda la humanidad para convocar una conferencia de trabajo global especial con el fin de expandir Su obra. Él simplemente lleva a cabo la obra inicial de toda una era cuando el tiempo y el lugar son los correctos, y por medio de ello da entrada a la era para guiar a la humanidad en sus vidas. Las conferencias especiales son las congregaciones del hombre; reunir a las personas para celebrar las festividades es la obra del hombre. Dios no observa las festividades y, además, las aborrece; Él no convoca conferencias especiales y además las aborrece. ¡Ahora deberías entender exactamente cuál es la obra de Dios hecho carne!

De ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

20. Todo el carácter de Dios se ha revelado a lo largo del plan de gestión de seis mil años. No se ha revelado únicamente en la Era de la Gracia, solo en la Era de la Ley, o menos incluso, solo en este período de los últimos días. La obra realizada en los últimos días representa el juicio, la ira y el castigo. No puede reemplazar la obra de le Era de la Ley y la de la Era de la Gracia. Sin embargo, las tres etapas se interrelacionan en una sola entidad y son toda la obra hecha por un Dios. Naturalmente, la ejecución de esta obra se divide en eras independientes. La obra realizada en los últimos días lo concluye todo; lo hecho en la Era de la Ley es el comienzo; y lo hecho en la Era de la Gracia es la redención. En cuanto a las visiones de la obra en todo este plan de gestión de seis mil años, nadie puede obtener perspectiva o entendimiento. Tales visiones siempre han sido misterios. En los últimos días, solo la obra de la palabra se hace para dar entrada a la Era del Reino, pero no representa a todas las eras. Los últimos días no son más que los últimos días y no más que la Era del Reino, que no representa a la Era de la Gracia o la Era de la Ley. Los últimos días son simplemente la época en la que toda la obra del plan de gestión de seis mil años se os revela. Esta es la revelación del misterio, que ningún hombre puede desvelar. Por mucho entendimiento que el hombre tenga de la Biblia, sigue sin ser nada más que palabras, porque el hombre no entiende la esencia de la Biblia. Cuando el hombre lee la Biblia, puede recibir algunas verdades, explicar algunas palabras o escrutar algunos pasajes y citas famosos, pero nunca podrá desenredar el significado contenido en esas palabras, porque todo lo que el hombre ve son palabras muertas, no las escenas de la obra de Jehová y Jesús, y el hombre es incapaz de descifrar el misterio de esa obra. Por tanto, el misterio del plan de gestión de seis mil años es el más grande, el más oculto y totalmente inconcebible para el hombre. Nadie puede entender directamente la voluntad de Dios, a no ser que Él mismo la explique y la abra al hombre, porque de lo contrario seguirá siendo un acertijo y misterios sellados para el hombre. No importan los del mundo religioso; si no se os dijese hoy, ninguno de vosotros sería capaz de entender.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

21. La obra en los últimos días es la última etapa de las tres. Es la obra de otra nueva era y no representa toda la obra de gestión. El plan de gestión de seis mil años se divide en tres etapas de la obra. Ninguna etapa por sí sola representa la obra de las tres eras, sino que solo puede representar una parte de un todo. El nombre Jehová no puede representar todo el carácter de Dios. El hecho de que llevase a cabo la obra en la Era de la Ley no demuestra que Dios solo pueda ser Dios bajo la ley. Jehová estableció leyes para el hombre y entregó mandamientos, pidiendo a este que edificase el templo y altares; la obra que hizo solo representa la Era de la Ley. La obra que hizo no demuestra que Dios es el Dios que pide al hombre guardar la ley, el Dios en el templo, o el Dios delante del altar. Esto no puede decirse. La obra bajo la ley solo puede representar una era. Por tanto, si Dios hizo la obra de la Era de la Ley solo, el hombre lo definiría diciendo: “Dios es el Dios en el templo. Para servirle, debemos ponernos túnicas sacerdotales y entrar en el templo”. Si la obra de la Era de la Gracia nunca se hubiera llevado a cabo y la Era de la Ley hubiera continuado hasta el presente, el hombre no sabría que Dios también es misericordioso y amoroso. Si la obra en la Era de la Ley no se hubiera hecho, y solo se hubiera llevado a cabo la de la Era de la Gracia, el hombre solo sabría que Dios puede redimir al hombre y perdonar sus pecados. Solo sabría que Él es santo e inocente, que puede sacrificarse y ser crucificado por el hombre. Este solo sabría esto y no tendría entendimiento de todo lo demás. Así pues, cada era representa una parte del carácter de Dios. La Era de la Ley representa algunos aspectos, la Era de la Gracia algunos aspectos, y esta algunos aspectos. El carácter de Dios solo puede revelarse plenamente a través de la combinación de las tres etapas. Solo cuando reconoce las tres etapas puede el hombre recibirlo plenamente. Ninguna de las tres etapas puede omitirse. Solo verás el carácter de Dios en su totalidad una vez conozcas estas tres etapas. La finalización de la obra por parte de Dios en la Era de la Ley no demuestra que Él es el Dios bajo la ley, y la finalización de Su obra de redención no muestra que Dios redimirá para siempre a la humanidad. Estas son conclusiones sacadas por el hombre. La Era de la Gracia ha llegado a su fin, pero no puedes decir que Dios solo pertenece a la cruz y que esta representa Su salvación. Si lo haces, estás definiendo a Dios. En esta etapa, Él está haciendo principalmente la obra de la palabra, pero no puedes decir que nunca ha sido misericordioso para con el hombre y que todo lo que ha traído es castigo y juicio. La obra en los últimos días deja al descubierto la de Jehová y la de Jesús así como todos los misterios no entendidos por el hombre. Esto se hace para revelar el destino y el final de la humanidad y concluir toda la obra de salvación en medio de la humanidad. Esta etapa de la obra en los últimos días pone fin a todo. Todos los misterios no entendidos por el hombre deben descifrarse para permitir al hombre obtener una perspectiva de los mismos y tener un entendimiento claro en su corazón. Solo entonces puede el hombre dividirse según sus tipos. Solo después de que el plan de gestión de seis mil años se haya completado, llegará el hombre a entender el carácter de Dios en su totalidad, porque Su gestión habrá llegado entonces a su fin.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

22. Toda la obra llevada a cabo a lo largo del plan de gestión de seis mil años solo ha llegado a su fin ahora. Solo después de que toda esta obra le haya sido revelada y se haya llevado a cabo en medio de él, conocerá el hombre todo Su carácter, Sus posesiones y Su ser. Cuando la obra de esta etapa se haya acabado por completo, todos los misterios no entendidos por el hombre se habrán revelado, todas las verdades no entendidas anteriormente habrán quedado claras, y se le habrá comunicado a la humanidad su senda y su destino futuros. Esta es toda la obra que debe realizarse en esta etapa.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

23. Lo que se le pide al hombre hoy es diferente de lo que se le pedía en el pasado e incluso más de lo que se le requería en la Era de la Ley. ¿Y qué se le pedía al hombre bajo la ley cuando se llevaba a cabo la obra en Israel? Tan solo que guardara el día de reposo y las leyes de Jehová. Nadie debía trabajar en el día de reposo ni transgredir las leyes de Jehová. Pero ahora no es así. En el día de reposo, el hombre trabaja, se reúne y ora como de costumbre, y no se imponen restricciones. Los de la Era de la Gracia debían ser bautizados; y no solo eso, sino que se les pedía que ayunaran, partieran el pan, bebieran vino, cubrieran sus cabezas y lavaran sus pies. Ahora, estas normas se han abolido y se han impuesto más exigencias al hombre, porque la obra de Dios se profundiza continuamente y la entrada del hombre llega incluso más alto. En el pasado, Jesús imponía Sus manos sobre la persona y oraba, pero ahora que se ha dicho todo, ¿cuál es el uso de la imposición de manos? Las palabras pueden lograr resultados por sí solas. Cuando Él imponía las manos en el pasado, lo hacía para bendecir y curar al hombre. Así es como obraba el Espíritu Santo en ese momento, pero ahora no es así. En el presente, utiliza palabras en Su obra para obtener resultados. Él ya ha dejado claras Sus palabras, y vosotros deberíais simplemente ponerlas en práctica. Ellas son Su voluntad y muestran la obra que Él hará. Por medio de Sus palabras, puedes entender Su voluntad y lo que Él te pide que consigas. Simplemente pusiste Sus palabras en práctica directamente sin necesitar la imposición de manos. Algunos pueden decir: “¡Impón Tus manos sobre mí! Impón Tus manos sobre mí de forma que pueda recibir Tu bendición y participar de Ti”. Estas son todas prácticas anteriores obsoletas que ahora están prohibidas, porque la era ha cambiado. El Espíritu Santo obra de acuerdo con la era, no a voluntad o según normas establecidas. La era ha cambiado, y una nueva debe traer con ella obra nueva. Esto es cierto de cada etapa de la obra, y así la misma nunca se repite. En la Era de la Gracia, Jesús hizo mucho de esa obra, como curar enfermedades, expulsar demonios, imponer Sus manos sobre el hombre para orar por él y bendecirlo. Sin embargo, continuar haciéndolo no serviría para nada en el presente. El Espíritu Santo obraba de esa forma en ese momento, porque era la Era de la Gracia, y se mostró suficiente gracia al hombre para su disfrute. Este no tenía que pagar ningún precio y podía recibir la gracia mientras tuviera fe. Todos recibían un trato muy misericordioso. Ahora, la era ha cambiado, y la obra de Dios ha progresado más; a través de Su castigo y Su juicio, la rebeldía del hombre y las cosas inmundas en su interior se echarán fuera. Como era la etapa de la redención, Dios tenía que hacer esa obra, mostrando al hombre suficiente gracia que disfrutar, de forma que pudiera redimir al hombre de pecado, y por medio de la misma perdonar al hombre sus pecados. Esta etapa se realiza para revelar las iniquidades en el hombre por medio del castigo, el juicio, la destrucción de las palabras, así como la disciplina y la revelación de las palabras, de forma que puedan ser salvos después. Esta obra es más profunda que la redención. En la Era de la Gracia, el hombre disfrutaba de suficiente gracia y ya la ha experimentado, y por tanto el hombre ya no debe disfrutarla más. Esa obra ha quedado ahora obsoleta y ya no se hará más. Ahora, el hombre es salvado por medio del juicio por la palabra. Después de que el hombre es juzgado, castigado y refinado, su carácter cambia de este modo. ¿No es así por las palabras que he hablado? Cada etapa de la obra se hace en línea con el progreso de toda la humanidad y con la era. Toda obra tiene su sentido; se realiza para la salvación final, para que la humanidad tenga un buen destino en el futuro, y para que los hombres sean divididos según su tipo al final.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

24. La obra en los últimos días es pronunciar palabras. Estas pueden dar lugar a grandes cambios en el hombre. Los cambios efectuados ahora en estas personas al aceptar estas palabras son mucho mayores que los de las personas en la Era de la Gracia al aceptar aquellas señales y maravillas. Porque, en la Era de la Gracia, los demonios salían del hombre con la imposición de manos y la oración, pero los caracteres corruptos del hombre permanecían. El hombre fue curado de su enfermedad y se le perdonaron sus pecados, pero no se hizo en él la obra para poder expulsar los caracteres satánicos corruptos. El hombre solo fue salvado y se le perdonaron sus pecados por su fe, pero su naturaleza pecaminosa no salió y permaneció en él. Los pecados del hombre fueron perdonados a través del Dios encarnado, pero eso no significa que el hombre no tenga pecado en él. Los pecados del hombre podían ser perdonados por medio de una ofrenda por el pecado, pero el hombre ha sido incapaz de resolver el problema de cómo no pecar más y cómo poder desechar completamente su naturaleza pecaminosa y ser transformado. Los pecados del hombre fueron perdonados gracias a la obra de la crucifixión de Dios, pero el hombre siguió viviendo en el viejo carácter satánico y corrupto. Así pues, el hombre debe ser completamente salvo de este carácter satánico para que la naturaleza pecadora del hombre sea del todo desechada y no se desarrolle más, permitiendo así que el carácter del hombre cambie. Esto requiere que el hombre entienda la senda del crecimiento en la vida, el camino de la vida, y el camino del cambio de su carácter. También necesita que el hombre actúe de acuerdo con su senda, de forma que su carácter pueda ser cambiado gradualmente y él pueda vivir bajo el brillo de la luz y que pueda hacer todas las cosas de acuerdo con la voluntad de Dios, desechar el carácter satánico corrupto, y liberarse de la influencia satánica de las tinieblas, huyendo de este modo totalmente del pecado. Solo entonces recibirá el hombre la salvación completa. Cuando Jesús estaba haciendo Su obra, el conocimiento que el hombre tenía de Él seguía siendo vago y poco claro. Siempre creyó que Él era el descendiente de David y proclamó que era un gran profeta y el Señor benevolente que redimió los pecados del hombre. Algunos, basándose en la fe, fueron curados simplemente tocando el borde de Sus vestiduras; los ciegos podían ver e incluso los muertos ser restaurados a la vida. Sin embargo, el hombre no podía descubrir el carácter satánico corrupto profundamente arraigado en él ni sabía cómo desecharlo. El hombre recibió mucha gracia, como la paz y la felicidad de la carne, la bendición de toda la familia sobre la fe de uno, la curación de las enfermedades, etc. El resto era las buenas obras del hombre y su apariencia piadosa; si este podía vivir en base a eso, se le consideraba un buen creyente. Solo tales creyentes podrían entrar en el cielo tras la muerte, lo que significa que fueron salvos. Pero durante su vida, no entendieron en absoluto el camino de la vida. Simplemente cometían pecados y después confesaban, en un ciclo continuo sin camino alguno hacia un carácter cambiado; así era la condición del hombre en la Era de la Gracia. ¿Ha recibido el hombre la salvación completa? ¡No! Por tanto, después de completar esta etapa, aún queda la obra de juicio y castigo. Esta etapa hace al hombre puro por medio de la palabra al darle una senda que seguir. La misma no sería fructífera ni tendría sentido si continuase con la expulsión de demonios, porque la naturaleza pecaminosa del hombre no sería desechada y el hombre solo se detendría tras el perdón de los pecados. A través de la ofrenda por el pecado, estos se le han perdonado al hombre, porque la obra de la crucifixión ya ha llegado a su fin y Dios ha vencido a Satanás. Pero el carácter corrupto del hombre sigue en él y este puede seguir pecando y resistiendo a Dios; Dios no ha ganado a la humanidad. Esa es la razón por la que en esta etapa de la obra Dios usa la palabra para revelar el carácter corrupto del hombre y pide a este que practique de acuerdo con el camino adecuado. Esta etapa es más significativa que la anterior y también más fructífera, porque ahora la palabra es la que provee directamente vida al hombre y permite que su carácter sea completamente renovado; es una etapa de obra más concienzuda. Así pues, la encarnación en los últimos días ha completado el sentido de la encarnación de Dios y ha terminado por completo el plan de gestión de Dios para la salvación del hombre.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

25. La salvación del hombre por parte de Dios no tiene lugar directamente a través de los medios del Espíritu o como este, porque el hombre no puede tocar ni ver Su Espíritu, ni tampoco acercarse a Él. Si Él tratara de salvar al hombre directamente en la manera del Espíritu, el hombre sería incapaz de recibir Su salvación. Y de no ser porque Dios se puso la forma exterior de un hombre creado, sería incapaz de recibir esta salvación. Porque el hombre no puede acercarse a Él en absoluto, como nadie podría ir cerca de la nube de Jehová. Solo volviéndose un hombre de la creación, esto es, poniendo Su palabra en la carne en la que se convertirá, puede obrar personalmente la palabra en todos los que le siguen. Solo entonces puede el hombre oír por sí mismo Su palabra, verla, recibirla, y a través de esto ser totalmente salvo después. Si Dios no se hubiera hecho carne, ningún hombre carnal recibiría una salvación tan grande ni se salvaría un solo hombre. Si el Espíritu de Dios obrara directamente entre el hombre, sería herido de muerte o Satanás lo llevaría cautivo, porque el hombre es incapaz de relacionarse con Dios.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

26. La primera encarnación fue para redimir al hombre del pecado por medio de la carne de Jesús, esto es, Él salvó al hombre desde la cruz, pero el carácter satánico corrupto permaneció en el ser humano. La segunda encarnación ya no es para que sirva de ofrenda por el pecado, sino para salvar por completo a los que fueron redimidos del pecado. Esto se hace de tal forma que los perdonados pueden ser librados de sus pecados, ser purificados completamente, y alcanzar un cambio de carácter, liberándose así de la influencia de las tinieblas de Satanás y regresando delante del trono de Dios. Solo así puede el hombre santificarse plenamente. Dios comenzó la obra de salvación en la Era de la Gracia, después de que la Era de la Ley llegara a su fin. Hasta los últimos días, cuando Dios haya purificado totalmente a la humanidad, mediante la obra de juicio y castigo del hombre por la rebeldía, que Dios concluirá Su obra de salvación y entrará en el reposo. Por tanto, en las tres etapas de la obra, Dios solo se hizo carne dos veces para llevar a cabo Su obra por sí mismo entre los hombres. Esto se debe a que solo una de las tres etapas de la obra consiste en guiar al hombre en su vida, mientras las otras dos son la obra de salvación. Solo si Dios se hace carne puede vivir junto al hombre, experimentar el sufrimiento del mundo, y vivir en una carne ordinaria. Solo de esta forma puede proveer al hombre de Su creación con la palabra práctica que necesita. El hombre recibe la salvación total de Dios gracias al Dios encarnado, no directamente de sus oraciones al cielo. Porque el hombre es carnal; el hombre es incapaz de ver al Espíritu de Dios y mucho menos de acercarse a Él. Todo aquello con lo que el hombre puede relacionarse es la carne encarnada de Dios; solo a través de Él puede el hombre entender todas las palabras y todas las verdades, y recibir la salvación plena. La segunda encarnación es suficiente para librarse de los pecados del hombre y purificarlo plenamente. Así pues, la segunda encarnación pondrá fin a toda la obra de Dios en la carne y completará el sentido de la encarnación de Dios. A partir de ahí, la obra de Dios en la carne habrá llegado totalmente a su fin. Después de la segunda encarnación, no se hará carne de nuevo por Su obra. Porque toda Su gestión habrá llegado a su fin. En los últimos días, Su encarnación habrá ganado totalmente a Su pueblo escogido, y todo hombre en los últimos días será catalogado según su tipo. Él ya no hará más la obra de salvación ni regresará a la carne para llevar a cabo obra alguna.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

27. En la obra de los últimos días, la palabra es más poderosa que la manifestación de señales y maravillas, y la autoridad de la palabra sobrepasa la de señales y maravillas. La palabra revela todos los caracteres corruptos en el corazón del hombre. Eres incapaz de reconocerlos por ti mismo. Cuando te son revelados por medio de la palabra, llegarás a una comprensión de forma natural; no serás capaz de negarlos, y estarás totalmente convencido. ¿No es esta la autoridad de la palabra? Este es el resultado conseguido por la obra presente de la palabra. Por tanto, el hombre no puede salvarse totalmente de sus pecados por la curación de la enfermedad y la expulsión de demonios, y no puede ser hecho totalmente completo por la manifestación de señales y maravillas. La autoridad para curar y expulsar demonios solo le da al hombre gracia, pero la carne del hombre sigue perteneciéndole a Satanás y el carácter satánico corrupto permanece dentro del hombre. En otras palabras, lo que no se ha limpiado sigue perteneciendo al pecado y la inmundicia. Solo después de que el hombre haya sido limpiado por medio de las palabras puede Dios ganarlo, y es santificado. Si solo echa fuera los demonios del hombre y lo redime, no hace más que arrebatarlo de las manos de Satanás y devolverlo a Dios. Sin embargo, Dios no lo ha limpiado ni cambiado, y sigue siendo corrupto. Dentro del hombre existen la inmundicia, la oposición y la rebeldía; el hombre solo ha vuelto a Dios por medio de la redención, pero no tiene conocimiento de Él y sigue resistiéndose a Él y traicionándolo. Antes de que el hombre fuera redimido, muchos de los venenos de Satanás ya fueron plantados dentro de él. Después de miles de años de corrupción de Satanás, el hombre ya tiene dentro de sí una naturaleza que resiste a Dios. Por tanto, cuando ha sido redimido, no es nada más que una redención en la que se le ha comprado por un alto precio, pero la naturaleza venenosa de su interior no se ha eliminado. El hombre que está tan inmundo debe pasar por un cambio antes de ser digno de servir a Dios. Por medio de esta obra de juicio y castigo, el hombre llegará a conocer plenamente la esencia inmunda y corrupta de su interior, y podrá cambiar completamente y ser purificado. Solo de esta forma puede ser el hombre digno de regresar delante del trono de Dios. Toda la obra realizada este día es tal que el hombre puede ser purificado y cambiado; por medio del juicio y el castigo por la palabra, así como el refinamiento, el hombre puede desechar su corrupción y ser hecho puro. En lugar de considerar que esta etapa de la obra es la de la salvación, sería más apropiado decir que es la obra de purificación. En verdad, esta etapa es la de conquista, así como la segunda etapa es la de la salvación. Dios gana al hombre por medio del juicio y el castigo por la palabra; por medio del uso de la palabra para refinar, juzgar y revelar, todas las impurezas, las ideas, los motivos y las esperanzas individuales dentro del corazón del hombre se revelan completamente. Aunque el hombre ha sido redimido y se le han perdonado sus pecados, solo se considera que Dios no recuerda sus transgresiones y no lo trata de acuerdo con estas. Sin embargo, cuando el hombre vive en la carne y no ha sido liberado del pecado, solo puede continuar pecando, revelando interminablemente el carácter satánico corrupto. Esta es la vida que el hombre lleva, un ciclo sin fin de pecado y perdón. La mayoría de los hombres pecan durante el día y confiesan por la noche. Así, aunque la ofrenda por el pecado siempre es efectiva para ellos, no podría salvarlos del pecado. Solo se ha completado la mitad de la obra de salvación, porque el hombre sigue teniendo un carácter corrupto… este es más profundo que el pecado, plantado por Satanás y profundamente arraigado dentro del hombre. No resulta fácil para el hombre ser consciente de sus pecados; es incapaz de reconocer su propia naturaleza profundamente arraigada. Tales efectos solo pueden conseguirse a través del juicio por la palabra. Solo así puede el hombre ser cambiado gradualmente de ahí en adelante.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

28. Lo que el hombre ha conseguido ahora, la estatura del hombre hoy, su conocimiento, amor, lealtad, obediencia, así como su visión, es el resultado alcanzado a través del juicio por la palabra. Que seáis capaces de tener lealtad y permanecer firmes hasta este día se consigue a través de la palabra. Ahora el hombre ve que la obra de Dios encarnado es realmente extraordinaria. Hay mucho que el hombre no puede alcanzar; hay misterios y maravillas. Por tanto, muchos se han sometido. Algunos nunca se han rendido a ningún hombre desde los días de sus nacimientos, pero cuando ven las palabras de Dios en este día, lo hacen totalmente sin darse cuenta de que lo han hecho. No se atreven a escrutar o decir nada más; todos han caído ante la palabra y el juicio por ella. Si el Espíritu de Dios hablara directamente al hombre, todos se someterían a la voz, cayendo sin palabras de revelación, como cuando Pablo cayó a tierra en medio de la luz durante su viaje a Damasco. Si Dios continuara obrando de esta forma, el hombre nunca sería capaz de reconocer su propia corrupción a través del juicio por la palabra y alcanzar la salvación. Solo haciéndose carne puede Él transmitir Sus palabras a los oídos de todos de forma que todos los que tienen oídos pueden oír Sus palabras y recibir Su obra de juicio por la palabra. Solo ese es el resultado obtenido por Su palabra, en lugar de la emergencia del Espíritu que atemoriza al hombre para que se someta. Solo a través de esa obra práctica y extraordinaria puede el antiguo carácter del hombre, escondido profundamente en su interior durante muchos años, ser revelado plenamente de forma que el hombre pueda reconocerlo y cambiarlo. Esta es la obra práctica de Dios encarnado; Él habla y ejecuta el juicio de una manera práctica para conseguir los resultados del juicio sobre el hombre por la palabra. Así son la autoridad de Dios encarnado y el sentido de Su encarnación. Se hace para dar a conocer la autoridad de Dios encarnado, los resultados obtenidos por la obra de la palabra, y que el Espíritu ha venido en carne; Él demuestra Su autoridad por medio del juicio sobre el hombre por la palabra. Aunque Su carne es la forma externa de una humanidad ordinaria y normal, los resultados conseguidos por Sus palabras muestran al hombre que Él está lleno de autoridad, que es Dios mismo y que Sus palabras son la expresión de Dios mismo. Esto muestra a todos los hombres que Él es Dios mismo, Dios mismo hecho carne, y que nadie puede transgredir contra Él. Nadie puede sobrepasar Su juicio por la palabra, y ninguna fuerza de las tinieblas puede prevalecer sobre Su autoridad.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

29. Él se hace carne, porque esta también puede poseer autoridad, y Él puede llevar a cabo la obra entre los hombres de una manera práctica, visible y tangible para el hombre. Esa obra es mucho más realista que cualquier otra hecha directamente por el Espíritu de Dios que posee toda autoridad, y sus resultados también son evidentes. Esto se debe a que Su carne encarnada puede hablar y obrar de una forma práctica; la forma externa de Su carne no tiene autoridad y los hombres pueden acercarse. Su esencia conlleva autoridad, pero esta no es visible para nadie. Cuando Él habla y obra, el hombre es incapaz de detectar la existencia de Su autoridad; esto es incluso más favorable para Su obra práctica. Y toda ella puede obtener resultados. Aunque ningún hombre es consciente de que Él tiene autoridad ni ve que no se le puede ofender, ni ve Su ira, a través de Su autoridad y Su ira veladas, Su discurso público, Él consigue los resultados pretendidos de Sus palabras. Dicho de otra forma, el hombre se convence totalmente por medio de Su tono de voz, la severidad del discurso, y toda la sabiduría de Sus palabras. De esta forma, el hombre se somete a la palabra de Dios encarnado, que aparentemente no tiene autoridad, alcanzando de esta forma Su objetivo de la salvación del hombre. Este es otro sentido de Su encarnación: hablar de forma más realista y permitir que la realidad de Sus palabras tenga un efecto sobre el hombre de forma que este dé testimonio del poder de la palabra de Dios. Así pues, esta obra, si no se hace por medio de la encarnación, no obtendrá los más mínimos resultados y no sería capaz de salvar totalmente a los pecadores. Si Dios no se hace carne, se queda como el Espíritu invisible e intangible para el hombre. Este es una criatura de carne, y el hombre y Dios pertenecen a dos mundos diferentes y son de distinta naturaleza. El Espíritu de Dios es incompatible con el hombre de carne, y no se pueden establecer relaciones entre ellos; además, el hombre no puede volverse espíritu. Así, el Espíritu de Dios debe pasar a ser una de las criaturas y hacer Su obra original. Dios puede ascender al lugar más elevado y humillarse volviéndose un hombre de la creación, obrando y viviendo entre los hombres, pero estos no pueden ascender hasta el lugar más elevado y volverse un espíritu, y mucho menos descender hasta el lugar más bajo. Por tanto, Dios debe hacerse carne para llevar a cabo Su obra. Como en la primera encarnación, solo la carne de Dios podía redimir al hombre a través de Su crucifixión, mientras no era posible que el Espíritu de Dios fuera crucificado como una ofrenda por el pecado por el hombre. Dios podía hacerse carne directamente para servir como una ofrenda por el pecado para el hombre, pero este no podía ascender directamente al cielo para tomar la ofrenda por el pecado que Dios había preparado para él. Así, Dios debe de aquí para allá entre el cielo y la tierra, en lugar de dejar que el hombre ascienda al cielo para tomar esta salvación, porque el hombre había caído y no podía ascender al cielo, mucho menos obtener la ofrenda por el pecado. Por tanto, era necesario que Jesús viniera entre los hombres y realizara personalmente la obra que estos simplemente no podían cumplir. Cada vez que Dios se hizo carne, fue absolutamente necesario que lo hiciera. Si el Espíritu de Dios hubiera llevado a cabo directamente cualquiera de las etapas, no habría soportado las indignidades de ser encarnado.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

30. En esta etapa final de la obra, los resultados se obtienen a través de la palabra. A través de la palabra, el hombre llega a entender muchos misterios y la obra de Dios a lo largo de generaciones pasadas; el Espíritu Santo ilustra al hombre; este llega a entender misterios nunca antes desvelados por las generaciones pasadas, así como la obra de los profetas y apóstoles de tiempos pasados, y los principios por lo que obraron; el hombre también llega a conocer el carácter de Dios mismo, así como la rebeldía y la resistencia del hombre, y llega a conocer su propia esencia. A través de estos pasos de la obra y todas las palabras habladas, el hombre llega a conocer la obra del Espíritu, de la carne encarnada de Dios, y además, todo Su carácter. Tu conocimiento de la obra de gestión de Dios durante seis mil años también lo obtuviste a través de la palabra. ¿No conseguiste también tu conocimiento de tus antiguas ideas y el éxito al dejarlas de lado a través de la palabra? En la etapa anterior, Jesús obró señales y milagros, pero no es así en esta. ¿No obtuviste también a través de la palabra tu entendimiento de por qué no lo hace? Por tanto, las palabras habladas en esta etapa sobrepasan la obra realizada por los apóstoles y los profetas de generaciones pasadas. Ni siquiera las profecías hechas por los profetas podrían haber conseguido tales resultados. Los profetas solo hablaron de profecías, de lo que acontecería en el futuro, pero no de la obra que Dios debía hacer en ese momento. No hablaron para guiar al hombre en su vida, para conceder verdades al hombre o revelarle misterios, y mucho menos para conceder vida. En las palabras habladas en esta etapa, hay profecía y verdad, pero las mismas sirven principalmente para conceder vida al hombre. Las palabras presentes son diferentes de las profecías de los profetas. Esta etapa de la obra no es para las profecías sino para la vida del hombre, para cambiar su carácter. La primera etapa fue la obra de Jehová allanando el camino para que el hombre adorara a Dios en la tierra. Fue la obra de comienzo para encontrar la fuente de la misma en la tierra. En ese momento, Jehová enseñó a los israelitas a observar el día de reposo, respetar a sus padres y vivir pacíficamente con los demás. Como los hombres de esa época no entendían qué constituía al hombre ni cómo vivir en la tierra, era necesario que Él dirigiese a este en su vida en la primera etapa. La humanidad no había conocido ni poseído previamente todo lo que Jehová le habló. En ese momento, se levantaron muchos profetas para comunicar profecías, todas hechas bajo el liderazgo de Jehová. Esta era simplemente una parte de la obra. En la primera etapa, Dios no se hizo carne, entonces habló a las tribus y naciones por medio de los profetas. Cuando Jesús hizo Su obra en ese momento, no habló como lo hace en el presente. Esta obra de la palabra en los últimos días nunca se ha hecho antes en eras y generaciones pasadas. Aunque Isaías, Daniel y Juan hicieron muchas profecías, estas fueron totalmente diferentes de las palabras habladas ahora. Lo que ellos comunicaron solo eran profecías, pero las palabras actuales no lo son. Si Yo convirtiese en profecía todo aquello de lo que hablo, ¿seríais capaces de entender? Si hablase de asuntos para el futuro, para después de haberme ido, ¿cómo obtendríais entendimiento? La obra de la palabra nunca se llevó a cabo en la época de Jesús ni en la Era de la Ley. Quizás algunos puedan decir: “¿No habló Jehová palabras también en el tiempo de Su obra? Además de curar enfermedades, echar fuera demonios y obrar señales y maravillas, ¿no habló también Jesús palabras en ese tiempo?”. Existen diferencias en cómo se hablan las palabras. ¿Cuál era la esencia de las palabras pronunciadas por Jehová? Él solo estaba guiando al hombre en su vida en la tierra, sin involucrarse en los asuntos espirituales de la misma. ¿Por qué se dice que las palabras de Jehová se proclamaban en todos los lugares? La palabra “proclamar” se refiere a dar explicaciones claras e instrucciones directas. Él no proveyó vida al hombre; en su lugar, lo tomó simplemente de la mano y le enseñó cómo venerarlo. No había parábolas. La obra de Jehová en Israel no era ocuparse del hombre ni disciplinarlo, o ejecutar el juicio y el castigo; era guiar. Jehová le pidió a Moisés que dijese a Su pueblo que recogiera maná en el desierto. Cada mañana antes del amanecer, debían recoger maná, únicamente lo suficiente para comer ese día. El maná no podía guardarse para el día siguiente, porque enmohecería. Él no enseñó al hombre ni reveló su naturaleza, ni tampoco sus ideas y pensamientos. No cambió al hombre, sino que lo dirigió en su vida. En esa época, el hombre era como un niño; este no entendía nada y solo podía realizar movimientos mecánicos básicos; por tanto, Jehová solo decretó leyes para guiar a las personas. Si deseas difundir el evangelio para que todos aquellos que lo busquen con un corazón sincero obtengan conocimiento de la obra hecha este día y se convenzan totalmente, debes entender la historia interior, la esencia y el significado de la obra realizada en cada etapa. Al oír tu exposición, pueden entender la obra de Jehová y de Jesús y, además, toda la que se hace hoy, así como la relación y las diferencias entre las tres etapas de la obra, de forma que, después de haber escuchado, vean que ninguna de estas tres etapas altera a las demás. En realidad, el mismo Espíritu las ha hecho todas. Aunque llevaron a cabo una obra diferente en eras diferentes y hablaron palabras distintas, los principios por lo que obraron fueron uno solo. Estas son las mayores visiones que todas las personas deberían entender.

De ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”