8. Así conocí la autoridad y soberanía de Dios en la vida

Por Xinxin, Estados Unidos

Dios Todopoderoso dice: “El conocimiento de la autoridad y del poder de Dios, de Su propia identidad y de Su esencia no puede lograrse basándote en tu propia imaginación. Al no poder apoyarte en tu imaginación para conocer la autoridad divina, ¿de qué forma puedes lograr un verdadero conocimiento de ella? Se hace comiendo y bebiendo las palabras de Dios a través de la comunión y de la práctica de estas. Así tendrás una experiencia y una verificación graduales de Su autoridad y conseguirás un conocimiento progresivo y cada vez mayor de ella. Esta es la única forma de lograr el conocimiento de la autoridad de Dios; no hay atajos. Pediros que no imaginéis no es lo mismo que obligaros a que os sentéis pasivamente para esperar la destrucción, o que dejéis de hacer algo. No usar tu cerebro para pensar e imaginar significa dejar de utilizar la lógica para deducir, dejar de utilizar el conocimiento para analizar, dejar de usar la ciencia como base, y apreciar, verificar, y confirmar en su lugar que el Dios en el que tú crees tiene autoridad; confirmar que Él tiene soberanía sobre tu destino, y que Su poder demuestra en todo momento que Él es el verdadero Dios mismo, a través de Sus palabras, de la verdad, de todo lo que encuentras en la vida. Es la única forma en que cualquiera puede conseguir un entendimiento de Dios” (‘Dios mismo, el único I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Creía que pasar por algo grave o presenciar milagros eran las únicas formas de conocer la autoridad de Dios. Mi entendimiento de la autoridad de Dios era muy limitado. En las palabras de Dios he comprobado que lo más decisivo para conocer Su autoridad es experimentar Sus palabras en la vida normal, y que al experimentarlas percibiremos Su autoridad y soberanía sobre todas las cosas. Así aumenta nuestra fe en Dios.

El año pasado hubo una repentina y densa plaga de insectos en casi mil metros cuadrados de tomateras plantadas por mi familia y se lo comieron todo: frutas, flores y hojas. Muy preocupado, hablé con mi familia acerca de cómo eliminarlos. Los pesticidas estropearían la tierra y dejarían sustancias cancerígenas que convertirían lo plantado en alimentos peligrosos. Tratamos de cogerlos a mano, pero se reproducían muy rápido. Trabajamos tres o cuatro días, pero no los redujimos. Cada vez había más. Me apresuré a probar otras maneras de eliminarlos. Aunque en ese momento oré a Dios, no entendía Su autoridad y Su gobierno, por lo que Él no tenía hueco en mi corazón. No sabía ampararme verdaderamente en Dios y buscar Su voluntad. Nunca antes me había topado con ese insecto en concreto, pero llevaba décadas cultivando alimentos y tenía mucha experiencia en control de plagas. Creí que podría acabar con ello si seguía investigándolo. Una por una, probé todas las soluciones que conocía, seis o siete, sin resultado. En todas mis décadas en los cultivos, jamás había visto un insecto tan difícil de eliminar. Antes siempre había sabido eliminar las plagas, pero esta vez no surtía efecto ninguno de mis métodos, creados con mucho trabajo. Después, un amigo me comentó que un profesor universitario de Agricultura decía que el aceite de nim era un buen pesticida, así que enseguida compré, pero tampoco funcionó. Me había quedado sin ideas y aún no había encontrado una solución. Los dos días siguientes fui por las mañanas a mirar y me encontré todas esas tomateras arrasadas por los insectos. A algunas no hacían más que caérseles las flores, se habían marchitado las puntas de algunas hojas y parte de los frutos se estaban pudriendo. Estaba triste. Unos hermanos y hermanas me habían ayudado a plantar esos tomates todos los días. Trabajaron mucho levantando rejas, podando y apuntalando plantas, pero justo cuando estaban creciendo los tomates y se vislumbraba una gran cosecha, de repente los invadieron estos insectos. Supuse que perdería la cosecha del año. Al ver las plantas todas llenas de insectos, me quedé totalmente desconcertado. Mi vecino Wang tenía mucha experiencia en cultivos y sabía mucho de plagas, así que pensé que quizá tendría una solución. Fui a preguntarle, pero me dijo: “En mis 30 años como agricultor, nunca he visto nada semejante. Pulverizo pesticidas tres veces diarias y lo que matan son mis tomates, no los insectos”. Otro vecino, Zhang, me dijo con impotencia: “¡Hasta he mezclado tres o cuatro pesticidas, pero nada los mata!”. Estas palabras me sumieron en una profunda desesperación. Era una plaga de insectos y no había modo de eliminarlos. Parecía que iban a destrozarme todos los tomates. Impotente, oré a Dios: “¡Oh, Dios! No sé qué hacer con este brote. Estoy desconcertado. Te pido esclarecimiento y guía para saber cómo pasar por esto y qué lección he de aprender”.

Una vez leí estas palabras de Dios en una reunión: “Bajo la soberanía y el control de Dios, todas las cosas nacen o desaparecen de acuerdo con Sus pensamientos; surgen ciertas leyes que gobiernan su existencia, crecen y se multiplican según ellas. Ningún ser humano o cosa está por encima de estas leyes. ¿Por qué ocurre esto? La única respuesta es: por la autoridad de Dios. O, dicho de otro modo, por Sus pensamientos y palabras; por las acciones personales de Dios mismo. Es decir, son la autoridad y la mente de Dios las que dan lugar a estas leyes; que cambian y se transforman de acuerdo con Sus pensamientos, y todos estos cambios y transformaciones ocurren o desaparecen por causa de Su plan. Por ejemplo, consideremos las epidemias. Se producen sin avisar. Nadie conoce su origen ni las razones exactas por las que ocurren, y siempre que una epidemia alcanza un lugar, los que están condenados no pueden escapar de la calamidad. La ciencia humana entiende que las epidemias son causadas por la propagación de microbios violentos y dañinos, y no puede predecir ni controlar su velocidad, alcance ni método de transmisión. Aunque las personas resisten las epidemias por todos los medios posibles, no pueden controlar qué personas o animales se ven inevitablemente afectados cuando brotan. Lo único que los seres humanos pueden hacer es intentar prevenirlas, resistirlas e investigarlas. Pero nadie conoce las causas principales que explican el comienzo o el final de ninguna epidemia particular, y nadie las puede controlar. Frente al brote y a la propagación de una epidemia, la primera medida que toman los seres humanos es desarrollar una vacuna; sin embargo, con frecuencia la epidemia se extingue por sí sola antes de que la vacuna esté lista. ¿Por qué desaparecen las epidemias? Algunos dicen que se han controlado los gérmenes, otros dicen que mueren por los cambios estacionales… En cuanto a si estas especulaciones descabelladas se sostienen, la ciencia no puede ofrecer explicación ni dar una respuesta precisa. La humanidad no solo debe lidiar con estas especulaciones, sino también con la falta de entendimiento de las epidemias y al miedo a las mismas por parte de la humanidad. Nadie sabe, en el análisis final, por qué empiezan o terminan. La humanidad nunca hallará respuesta, porque solo tiene fe en la ciencia y se basa por completo en ella, sin reconocer la autoridad del Creador ni aceptar Su soberanía” (‘Dios mismo, el único III’ en “La Palabra manifestada en carne”). Dios gobierna todas las cosas. Todo está en Sus manos. Sea algo grande o pequeño, visible o invisible, vivo o muerto, todo existe o desaparece por voluntad de Dios. Todo desastre está gobernado por Dios. La gente no sabe de dónde vienen las plagas y epidemias ni cómo evitarlas. No sabemos cuándo desaparecerán. Dios gobierna todo esto, pero yo no entendía realmente la autoridad y soberanía de Dios, así que, cuando esos insectos infestaron mis tomateras, no me presenté ante Dios a buscar y ampararme en Él en primer lugar, sino que intenté hallar una solución por mis propios medios. Fue inútil, pero seguí sin acudir a Dios y sin confiar en Él. Estaba desesperado e impotente al ver que ni los pesticidas surtían efecto. Tenía fe en Dios y le oraba de palabra, pero Él no tenía hueco en mi corazón. Creía poder eliminar esos insectos yo solo. ¡Qué arrogante e ignorante! Luego comprendí que Dios decide cuándo aparecen y desaparecen. Eso está fuera de nuestro control. Aún no conocía la voluntad de Dios en esa plaga, pero sabía que solo tenía que poner mi granito de arena y dejarle los insectos a Dios. Tenía que someterme a las disposiciones de Dios. Sentí paz cuando lo comprendí. Oré a Dios dispuesto a someterme y experimentar lo que hubiera dispuesto.

Un par de días después, fui al campo y vi muchas telarañas en las tomateras. Me pregunté de dónde habían salido. Miré más de cerca, vi muchas palomillas en las telarañas y recordé que a las arañas les gusta comérselas. Sin palomillas no habría huevos, así que, obviamente, habría menos insectos. Me di cuenta de que había muchos menos insectos que dos días antes. Sabía que lo había hecho Dios, que había traído las arañas para que se comieran los insectos. ¡Le estaba muy agradecido a Dios! Siete u ocho días después, vi que habían desaparecido todos aquellos insectos de los frutos, ramas, flores y hojas de las tomateras. Estaba contentísimo. Jamás imaginé que, en unos pocos días, las arañas se comerían todos esos insectos. ¡Dios es omnipotente de veras! De no haberlo visto con mis propios ojos, me habría costado creerlo. Rebosaba agradecimiento y alabanzas a Dios. Los incrédulos no comprenden el gobierno y la autoridad de Dios. Solo creen y confían en la ciencia a la hora de conocer y evitar los desastres, pero no los entienden del todo. No tienen nada en qué ampararse, están impotentes ante los desastres, por lo que su producción agrícola sufre mucho. Sin embargo, cuando yo acudí a Dios dispuesto a someterme y confiar en Él, utilizó unas tristes arañas para que se comieran todos los insectos, así que eliminó la plaga con gran facilidad. Esto me mostró verdaderamente que Dios gobierna y consigue todo. ¡Qué sabio y omnipotente es! En la época de maduración de los tomates, pensé que tendría una cosecha terrible por la plaga, pero, para mi sorpresa, fue abundante. ¡Dios obra maravillas! Tal como dicen las palabras de Dios Todopoderoso: “Sus actos son omnipresentes, Su poder es omnipresente, Su sabiduría es omnipresente y Su autoridad es omnipresente. Cada una de estas leyes y normas es la personificación de Sus actos, y cada una de ellas revela Su sabiduría y Su autoridad. ¿Quién puede eximirse de Su soberanía? ¿Y quién puede liberarse de Sus designios? Todas las cosas existen bajo Su mirada; es más, todas viven bajo Su soberanía. Sus actos y Su poder no le dejan a la humanidad otra opción más que reconocer el hecho de que Él existe realmente y tiene soberanía sobre todas las cosas” (‘El hombre sólo puede salvarse en medio de la gestión de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Con esto experimenté verdaderamente que la autoridad y sabiduría de Dios están en todas partes. Dios gobierna sobre el tiempo, el sol y la lluvia, al igual que sobre cada variedad de insecto. Ningún ser creado podría controlar nada de eso. En cada pequeño detalle de la creación y gestión de Dios sobre todas las cosas podemos apreciar realmente Su inigualable autoridad. ¡Qué sabio y omnipotente es! Pensé para mis adentros que, pase lo que pase en el futuro, he de ampararme en Dios y entender mejor Sus obras.

Dos meses después plantamos un montón de amaranto, y dos semanas más tarde salió una hermosa mata verde. Pensé que tendríamos una gran cosecha. Sin embargo, una mañana me dijo mi mujer que había larvas de palomilla en las plantas y me pidió que me ocupara. Me quedé aterrado al oír esto. Esas larvas son muy activas y difíciles de coger a mano y se reproducen a lo loco. Maduran en solo uno o dos días. Habían crecido en unos melones ya plantados y había probado más de doce cosas, pero ninguna funcionó. Se comieron toda la verdura en solo un par de días y nuestra floreciente huerta se había convertido en un erial. Estaba algo preocupado y me preguntaba si se comerían todo el amaranto en un par de días. No sabía qué hacer. Me apresuré a orar a Dios para pedirle que me ayudara a entender Su voluntad.

Luego leí estas palabras de Dios: “Job poseía y buscaba estas cosas aunque fuera incapaz de ver a Dios u oír Sus palabras; aunque nunca le había visto, había llegado a conocer los medios por los que Él domina todas las cosas, y entendió la sabiduría con la que Él lo hace. Aunque nunca había oído las palabras habladas por Dios, Job sabía que el recompensar al hombre y el quitarle cosas, todo procede de Él. Aunque los años de su vida no fueron diferentes de los de una persona ordinaria, no permitió que lo poco destacado de su existencia afectase a su conocimiento de la soberanía de Dios sobre todas las cosas, o a seguir el camino de temer a Dios y apartarse del mal. A sus ojos, las leyes de todas las cosas estaban llenas de Sus hechos, y Su soberanía podía contemplarse en cualquier parte de la vida de la persona. No había visto a Dios, pero era capaz de darse cuenta de que Sus hechos están por todas partes, y durante su tiempo común y corriente sobre la tierra, fue capaz de ver y de ser consciente de los hechos extraordinarios y maravillosos de Dios, y Sus maravillosas disposiciones, en cada rincón de su vida. Que Dios estuviese escondido y en silencioso no le estorbó para tomar consciencia de Sus hechos ni afectó a su conocimiento de Su soberanía sobre todas las cosas. Su existencia fue la comprensión, durante su vida diaria, de la soberanía y de las disposiciones de Dios, quien está escondido entre todas las cosas. En ella también oyó y entendió la voz del corazón de Dios y las palabras de Dios, quien permanece callado entre todas las cosas, pero que expresa la voz de Su corazón y Sus palabras al gobernar las leyes de todas las cosas. Ves, pues, que si las personas tienen la misma humanidad y búsqueda que Job, pueden obtener la misma conciencia y conocimiento, y adquirir el mismo entendimiento y conocimiento de la soberanía de Dios sobre todas las cosas que él” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). En las palabras de Dios vi que Job se centró en entender la autoridad de Dios en su vida diaria y en experimentar Su gobierno y omnipotencia. Así comprobó que todo proviene de Dios y que Él gobierna y controla todas las cosas y el destino de la humanidad. Job supo sin dudar que tenía toda aquella riqueza gracias a las bendiciones y el gobierno de Dios y que no provenía de su propio esfuerzo. Cuando le arrebataron la riqueza, también creyó que Dios lo había permitido íntegramente. Dios gobierna y decide sobre lo que se nos da y lo que se nos quita. Por eso Job no se quejó, sino que alabó a Dios. Sin embargo, cuando a mí me sucedía algo difícil o que no me gustaba, no sabía aceptarlo y someterme a Dios. Vi que no había hueco para Dios en mi corazón y que me faltaba fe. Esta idea me avergonzó y comprendí que Dios estaba permitiendo que todo esto ocurriera. Dios quería que conociera Su omnipotencia y Su gobierno y que me sometiera sinceramente a Él en la vida diaria. Eliminar los insectos y que el amaranto creciera estaba en las manos de Dios. Como en el viejo refrán, “El hombre siembra y el cielo decide qué cosecha”. Sabía que debía dejar que las cosas siguieran su propio curso, aprender a buscar la voluntad de Dios y someterme a Sus disposiciones. Me sentí mucho mejor con esa idea y oré en silencio a Dios: “Oh, Dios mío, creo que lo que crezca el amaranto está en Tus manos. Me olvidaré de mis planes y preocupaciones, experimentaré Tus palabras en esta coyuntura y te obedeceré”. Después probamos algunas cosas para eliminar las larvas, pero no funcionaron. Estaba tranquilo, no obstante. Sabía que todo estaba en las manos de Dios y que, aunque al final no tuviéramos una buena cosecha, sería por voluntad de Dios. Me sometí a lo que Él había dispuesto. Dos días después, fui a la huerta, donde unas bandadas de gorriones se estaban comiendo los insectos del amaranto. Me maravillé al contemplar que, de nuevo, Dios estaba abriéndome paso y solucionando un problema que yo no sabía solucionar. ¡Estaba muy agradecido a Dios! Dos días más tarde, los gorriones se habían comido todas las larvas. Emocionados, dimos gracias y alabamos a Dios una y otra vez. ¡Dios es omnipotente de veras!

Luego leí estas palabras de Dios: “Cuando Dios creó todas las cosas, usó toda clase de métodos y formas para equilibrarlas, para equilibrar las condiciones de vida de las montañas y los lagos, de las plantas y todo tipo de animales, pájaros e insectos. Su objetivo fue permitir que todas las clases de seres vivos vivan y se multipliquen bajo las leyes que Él estableció. Ninguna de las cosas de la creación puede salirse de estas leyes, y estas no se pueden quebrantar. Sólo dentro de este tipo de entorno básico pueden los humanos sobrevivir y multiplicarse de forma segura, generación tras generación” (‘Dios mismo, el único IX’ en “La Palabra manifestada en carne”). En las palabras de Dios comprobé que, al crear todas las cosas, equilibró sus condiciones de vida en todos los aspectos para que los organismos gobernados por Él vivan y se reproduzcan de forma muy metódica, mientras se ayudan y controlan unos a otros como Él ha determinado. Nada puede contravenir estas normas de Dios. Dios creó todos los animales, plantas e insectos para que hubiera equilibrio ambiental, a fin de preservar el medio ambiente y darle estabilidad. Sin estas disposiciones de Dios, sin Sus normas, los animales e insectos se sumirían en el caos, lo que también sumiría nuestra vida en el caos. No sobreviviríamos. Los planteamientos de Dios son meticulosos. Todas las cosas revelan Su gran poder, sabiduría y excelsitud, y más aún, Su amor a la humanidad. A nuestro parecer, no había solución para los insectos que nos habían salido en las verduras, pero Dios utilizó gorriones y arañas para que se los comieran, de modo que pudiéramos disfrutar de los alimentos que Él nos proveyó. Todo lo creado por Dios tiene un propósito, hasta unos tristes gorriones y arañas tienen una misión. Dios los usa para equilibrar el medio ambiente. Dios relaciona todas las cosas para que vivamos mejor. En unas verduras que plantamos después salieron unos insectos negros y chinches, y oré a Dios; entonces me acordé del enemigo natural de esos insectos, el sapo. Soltamos cinco sapos en el campo y, en solo dos meses, ya habían pasado a ser 30. Cada vez hubo menos insectos y tuvimos una gran cosecha. Le estaba agradecidísimo a Dios. Recordé unas palabras de Dios: “Aunque la expresión ‘la autoridad de Dios’ pueda parecer insondable, la autoridad de Dios no es en absoluto abstracta. Él está presente con el hombre en cada minuto de su vida, guiándolo a través de cada día. Así, en la vida real, cada persona necesariamente verá y experimentará el aspecto más tangible de la autoridad de Dios. Este aspecto tangible es prueba suficiente de que la misma existe de verdad y permite que uno reconozca y comprenda totalmente la realidad de que Dios posee tal autoridad” (‘Dios mismo, el único III’ en “La Palabra manifestada en carne”). Pensaba que tendría que pasar por acontecimientos graves para entender la autoridad de Dios, por lo que no estaba atento a experimentarla en las pequeñas cosas de la vida diaria. Con aquello vi que la autoridad de Dios no es tan difícil de entender como creía. Su autoridad y poder son siempre evidentes y están con nosotros en la vida diaria. Tanto en lo grande como en lo pequeño, si nos centramos en experimentar las palabras de Dios, percibiremos Su autoridad.

Ahora que recuerdo esos pocos meses en que afronté aquellas plagas, al principio solamente supe confiar en mi experiencia y mis conocimientos científicos, lo que no me llevó a ningún lado. Cuando me sometí y experimenté las palabras de Dios, vi Sus actos y comprendí de forma práctica Su autoridad y soberanía. Además, aumentó mi fe en Él. ¡Demos gracias a Dios!

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