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Un despertar en medio del sufrimiento y la dificultad Una experiencia real de persecución a un cristiano de 17 años

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Wang Tao (provincia de Shandong)

Soy un cristiano de la Iglesia de Dios Todopoderoso. Fui el más afortunado de los niños de mi edad, ya que, siguiendo a mis padres, acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días cuando tenía ocho años. Aunque entonces era pequeño, era muy feliz por creer en Dios y leer Su palabra. Tras varios años en los que seguí leyendo la palabra de Dios y hablando con miembros más mayores de la iglesia, llegué a entender un poco la verdad. Para mí, aquellos tiempos fueron los más felices y alegres, especialmente cuando veía que todos mis hermanos y hermanas buscaban la verdad, se esforzaban por ser honestos y se llevaban bien. Más adelante oí en un sermón: “En la China continental, creer en Dios, buscar la verdad y seguir a Dios supone poner tu vida en verdadero peligro. Esta no es ninguna exageración” (‘Respuestas a preguntas’ en “Sermones y enseñanzas sobre la entrada a la vida III”). En aquel instante no entendí lo que quería decir esto, pero hablando con mis hermanos y hermanas me enteré de que la policía detiene a los creyentes en Dios y de que, dado que China es un país ateo, no hay libertad de culto. Sin embargo, en su momento no me creí estas palabras. Pensé que, siendo menor, aunque fuera detenido, la policía no me haría nada. Eso cambió el día en que sufrí personalmente la detención y la crueldad a manos de la policía; acabé teniendo claro que la policía, a la que admiraba como a mis mayores, ¡era en realidad una manada de ruines demonios!

Cuando tenía 17 años, en la tarde del 5 de marzo de 2009, un hermano mayor y yo volvíamos a casa de predicar el evangelio, cuando de pronto un vehículo policial nos bloqueó el paso. Cinco policías salieron inmediatamente del coche y sin decir nada nos arrebataron la moto eléctrica como unos bandidos, nos empujaron al suelo y nos esposaron por la fuerza. Me quedé aturdido por la brusquedad de lo que acababa de ocurrir. Con frecuencia había oído a mis hermanos y hermanas hablar de cómo detenían a los creyentes en Dios, pero jamás imaginé que eso me llegaría a suceder a mí aquel día. El pánico se apoderó de mí; parecía que el corazón se me iba a salir del pecho de lo fuerte que latía. En mi interior invocaba continuamente a Dios: “¡Dios Todopoderoso! La policía me ha detenido y tengo mucho miedo. No sé qué hacer ni qué planean hacerme, así que te ruego que ampares mi corazón”. Me sentí mucho más tranquilo después de orar. Pensé que la policía no le haría nada a un chico como yo, por lo que no estaba muy nervioso. No obstante, la situación no fue tan sencilla como esperaba. Cuando la policía descubrió que llevábamos unos libros sobre la fe en Dios, los usó como prueba para justificar nuestro traslado a comisaría.

A principios de primavera, en el norte de China seguía haciendo mucho frío, con temperaturas que descendían de noche hasta los 3-4 grados centígrados bajo cero. El comisario nos quitó por la fuerza los abrigos, los zapatos y hasta los cinturones y nos esposó las manos firmemente a la espalda. Nos dolió mucho. Ordenó a varios agentes que nos pisaran contra el suelo, tras lo cual nos azotaron brutalmente la cara y la cabeza con unas correas de cuero y eso me provocó inmediatamente un dolor de cabeza que me volvía loco: tenía la sensación de que estaba a punto de estallarme y sin querer se me empezaron a caer las lágrimas. Estaba furioso en ese momento, pues en la pared estaba claramente escrita la consigna “Encárguense civilizadamente de los casos”, ¡pero nos trataban como a unos bandoleros o asesinos salvajes! ¡Eso no tenía nada de civilizado! Enfadado, pregunté: “¿Qué delito hemos cometido? ¿Por qué nos detienen y nos pegan?”. Mientras continuaba azotándome, uno de esos malvados policías me dijo maliciosamente: “¡Desgraciado, no me hables en ese tono! ¡Estamos aquí para capturar a creyentes en Dios Todopoderoso! Eres un joven que podría haber hecho cualquier cosa; ¿por qué esto? ¿Quién es tu líder? ¿De dónde has sacado estos libros? ¡Respóndeme! ¡Si no respondes, te mato a golpes!”. Entonces me di cuenta de que mi hermano mayor estaba apretando los dientes y se negaba a decir una sola palabra, así que me juré a mí mismo: “¡Yo también me niego a ser un judas! ¡Aunque me maten a golpes, no hablaré! Mi vida está en las manos de Dios y Satanás y sus demonios no tienen poder sobre mí”. Al ver que ninguno de los dos hablaba, el comisario montó en cólera y gritó, señalándonos: “¡Pues vale! ¿Queréis haceros los duros? ¿No vais a hablar? ¡Dadles una buena paliza! ¡Enseñadles bien lo que hay y dadles duro!”. Los malvados policías se abalanzaron sobre nosotros al instante, agarrándonos por la barbilla mientras nos golpeaban brutalmente la cara con tal fuerza que veía las estrellas y me ardía de escozor. Mis padres me habían mimado y cuidado desde la infancia; jamás había vivido una violencia semejante. Me sentí tan humillado que no pude evitar llorar, y pensé: “¡Qué crueles e irracionales son estos policías!” En la escuela, los maestros siempre nos decían que acudiéramos a la policía si teníamos algún problema. Decían que la policía ‘servía al pueblo’ y que eran ‘héroes que protegían a la buena gente de la violencia’, pero ahora, sólo porque creemos en Dios Todopoderoso y vamos por la senda correcta en la vida, nos detienen arbitrariamente y nos golpean sin piedad. ¿Cómo va a ser esta la ‘Policía Popular’? ¡No son más que una manada de demonios! No me extraña que un sermón afirme: ‘Algunos dicen que el gran dragón rojo es un espíritu maligno; otros, que es una banda de malhechores, pero ¿cuál es la naturaleza y esencia del gran dragón rojo? La de un malvado demonio. ¡Son una manada de malvados demonios que se oponen y atacan a Dios! Estas personas son una manifestación física de Satanás, Satanás hecho carne, ¡la encarnación de unos malvados demonios! No son sino Satanás y sus malvados demonios’ (‘El verdadero significado de abandonar al gran dragón rojo para recibir la salvación’ en “Sermones y enseñanzas sobre la entrada a la vida III”). Antes me engañaban con sus mentiras y creía que la policía era “buena gente” que trabajaba en pro de los ciudadanos de a pie. No me daba cuenta de que aquella era una imagen falsa, ¡pero hoy por fin veo que realmente son una manada de malvados diablos que se oponen a Dios!. No pude evitar empezar a odiarlos desde el fondo de mi corazón. Cuando el comisario comprobó que seguíamos sin hablar, gritó: “¡Dadles otra buena paliza!”. Dos de sus lacayos corrieron hacia nosotros. Nos mandaron sentarnos en el suelo con las piernas extendidas y entonces nos dieron unas brutales patadas en las piernas con la punta de los zapatos, se pusieron de pie sobre nuestras piernas y las pisotearon con todas sus fuerzas. Me dolían tanto que parecía que estaban a punto de partirse y no pude evitar gritar, pero cuanto más gritaba, con mayor brutalidad me golpeaban. No me quedaba más remedio que soportar el dolor mientras en mi interior invocaba a Dios Todopoderoso: “Dios mío, ¡estos demonios son muy crueles! La verdad es que no soporto esto. Por favor, dame fe y protégeme para que no te traicione”. En ese preciso momento se me pasó por la cabeza este pasaje de las palabras de Dios: “Deberías saber que todas las cosas del entorno que te rodea están ahí porque Yo lo permito, Yo lo dispongo todo. Ve con claridad y satisface Mi corazón en el entorno que te he dado. No temas, el Todopoderoso Dios de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios fueron para mí una fuente de enorme fe y fuerza. Comprendí que las circunstancias que estaba experimentando tenían lugar con la aprobación del trono de Dios y que ese era el momento en que se me exigía firmeza para dar testimonio de Él. Aunque era joven, tenía el gran apoyo de Dios, ¡así que no tenía nada que temer! Estaba decidido a mantenerme firme para dar testimonio de Dios, a no ser cobarde en absoluto ¡y a no someterme a Satanás! Aleccionado y guiado por la palabra de Dios, hallé la confianza y el tesón para soportar el sufrimiento y mantenerme firme en el testimonio de Dios.

Pasadas las 7 de aquella tarde, el comisario vino a interrogarme de nuevo. Me mandó sentarme en el gélido suelo de cemento, en un intento deliberado de congelarme. Hasta que no me quedé tan frío que se me habían adormecido ambas piernas y me temblaba todo el cuerpo, no ordenó a sus lacayos que me levantaran y me apoyaran contra la pared, tras lo cual me aplicó despiadadamente descargas en las manos y la barbilla con una porra eléctrica. Las descargas me llenaron las manos de ampollas y me insensibilizaron los dientes del dolor; aún hoy me duelen los dientes al masticar. Sin embargo, ni siquiera eso le pareció suficiente a ese demonio, todavía furioso de rabia, y se puso a darme con la porra eléctrica en las extremidades inferiores. La tortura me dejó un dolor incalificable, pero él echó la cabeza hacia atrás y se rió. En aquel momento odiaba hasta el tuétano a ese demonio completamente desprovisto de humanidad. No obstante, ante cualesquiera preguntas o torturas de los malvados policías, apretaba los dientes y me negaba a decir una sola palabra. Aquello continuó hasta las dos o tres de la madrugada, momento en que tenía todo el cuerpo entumecido y no sentía nada en ninguna parte. Finalmente, cansados de golpearme, me llevaron a rastras a un cuchitril y me esposaron al hermano mayor al que habían detenido conmigo. Nos mandaron sentarnos en el suelo helado y luego asignaron a dos de ellos para vigilarnos y asegurarse de que no durmiéramos. En cuanto uno de nosotros cerraba los ojos, nos daban puñetazos y patadas. Posteriormente aquella noche necesitaba ir al baño, pero esos malvados policías me gritaron: “¡Pedazo de mierda, hasta que no nos cuentes lo que queremos saber no vas a ninguna parte! ¡Tendrás que mearte en los pantalones!”. Al final no pude aguantar más y tuve que orinarme encima. Con la temperatura bajo cero, tenía los pantalones acolchados empapados de orina, lo que me dio tanto frío que no podía dejar de tiritar.

Después de aguantar tan cruel tortura por parte de esos demonios, tenía un dolor insoportable en todo el cuerpo y no podía evitar comenzar a sentirme débil y negativo: “Realmente no sé qué torturas me van a aplicar mañana. ¿Las resistiré?”. Pero en ese momento, el hermano mayor, preocupado por que no pudiera soportar el sufrimiento y porque me sentía negativo, me susurró con preocupación: “Tao, ¿qué te parece cómo nos han torturado esos malvados demonios hoy? ¿Te arrepientes de creer en Dios Todopoderoso y cumplir con el deber?”. Le dije: “No, simplemente me siento humillado por las palizas de estos demonios. Pensaba que no me harían nada porque no soy más que un menor. No sabía que en realidad estaban dispuestos a matarme”. El hermano mayor me habló con seriedad: “Hemos emprendido la senda de la fe en Dios y vamos por la senda correcta en la vida guiados por Él, pero Satanás no quiere que sigamos a Dios ni que nos salvemos completamente. Pase lo que pase, es preciso que nos mantengamos firmes en la fe. Jamás debemos someternos a Satanás; no podemos partirle el corazón a Dios”. Las palabras de este hermano fueron muy alentadoras. Me sentí reconfortado y no pude evitar pensar en las palabras de Dios: “¿Qué es un vencedor? Los buenos soldados de Cristo deben ser valientes y depender de Mí para ser espiritualmente fuertes; deben pelear para volverse guerreros y combatir hasta la muerte a Satanás” (‘Capítulo 12’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). En aquel momento comprendí la voluntad de Dios y sentí fuerza interior. Ya no me sentía humillado ni desgraciado, sino que estaba dispuesto a afrontar esa prueba con valentía. Fuera cual fuera la manera en que me torturara Satanás, el diablo, me ampararía en Dios para vencerlo; le mostraría a Satanás que todos los creyentes en Dios Todopoderoso somos Sus soldados de élite, guerreros inquebrantables hasta el fin.

A la mañana siguiente, esos malvados policías me devolvieron a la sala de interrogatorios y de nuevo aquel diabólico comisario intentó sonsacarme una confesión. Golpeando la mesa mientras apuntaba directamente a mi rostro, me agredió verbalmente, diciendo: “¿Recapacitaste anoche, muchacho? ¿Desde cuándo crees en Dios Todopoderoso? ¿A cuánta gente has predicado? Si no respondes a nuestras preguntas, ¡sentirás mucho más dolor!”. Pensé: “Ya no puedo tenerle miedo a Satanás. ¡He de ser un hombre y tener valor!”. Entonces le dije decididamente: “¡No sé nada!”. El malvado comisario montó en cólera y gritó: “Chico, ¿quieres morir? Porque yo te mato en menos que canta un gallo ¡y entonces sí que callarás como una tumba!”. Mientras gritaba esto, se me echó encima, me agarró violentamente del pelo y me partió la cabeza contra la pared. Enseguida me empezaron a zumbar los oídos y el dolor era tan intenso que no pude evitar gritar y que se me cayeran las lágrimas. Al final, cuando aquellos demonios se dieron cuenta de que no obtendrían lo que querían de mí, no tuvieron más remedio que enviarme de vuelta al cuchitril. Luego se llevaron al hermano mayor para interrogarlo. Poco después lo oí gritar de dolor y supe que le habían hecho algo horrible. Yo estaba acurrucado en el cuchitril como un cordero afligido y desamparado entre violentos lobos y, mientras se me caían las lágrimas, rogaba a Dios que protegiera a este hermano de aquellos malvados demonios que estaban tratando de forzarlo a confesar por medio de torturas. Así nos interrogaron tres días y tres noches, sin darnos ni un bocado de comida ni una gota de agua. Tenía frío y hambre, estaba aturdido y tenía la cabeza hinchada y tremendamente dolorida. Por temor a matarnos, no les quedó más remedio que dejar de torturarnos.

Con la tortura brutal e inhumana del Gobierno del PCCh experimenté realmente lo que había oído en un sermón: “En las cárceles del gran dragón rojo, seas hombre o mujer, pueden maltratarte como quieran. Son unos sinvergüenzas y unos bestias. Maltratan caprichosamente a la gente con porras eléctricas y te hacen lo que más temas. Bajo el dominio del gran dragón rojo, las personas dejan de ser humanas y son incluso menos que los animales. El gran dragón rojo es precisamente así de cruel e inhumano. Son bestias, demonios completamente desprovistos de razón. No hay forma de razonar con ellos porque no tienen cordura” (‘El verdadero significado de abandonar al gran dragón rojo para recibir la salvación’ en “Sermones y enseñanzas sobre la entrada a la vida III”). En aquel momento por fin tuve clara la esencia reaccionaria del Gobierno del PCCh como enemigo de Dios. Es, en verdad, una manifestación de Satanás, ¡un demonio que asesina sin pestañear! No tienen moral ni escrúpulos; ni siquiera para conmigo, un menor de edad. Están especialmente dispuestos a asesinarme simplemente porque creo en Dios y voy por la senda correcta en la vida. No son más que unos monstruos crueles sin principios, ética ni humanidad. Ya no abrigaba falsas esperanzas de que la policía se apiadara de mí por mi edad; sólo rogaba a Dios Todopoderoso que me protegiera y guiara para superar la cruel tortura de Satanás y aquellos demonios, poder soportar todo el sufrimiento y ser capaz de dar rotundo testimonio de Dios.

En la tarde del 9 de marzo, viendo que realmente no nos sonsacarían nada, los malvados policías literalmente nos agarraron las manos y nos forzaron a firmar unas confesiones falsas, acusándonos de los delitos de “vulneración de la legislación nacional, alteración del orden público y subversión del poder estatal”, y después nos enviaron al centro de detención. Nada más llegar nos raparon completamente la cabeza, nos quitaron la ropa y luego nos la devolvieron casi hecha jirones. Ya no tenía cinturón, así que tuve que atar unas bolsas de plástico a una cuerda para sujetarme los pantalones. Pese al frío, la policía ordenó a otros detenidos que nos lavaran vertiéndonos sobre la cabeza una palangana tras otra de agua fría. Me quedé tan helado que temblaba de la cabeza a los pies y parecía que la sangre se me hubiera congelado en las venas. Ni siquiera me podía sostener en pie después. Los presos de aquella cárcel eran todos violadores, ladrones, atracadores y asesinos… a cual de ellos con un aspecto más siniestro. La idea de estar atrapado con ellos en ese lugar infernal me hacía temblar de miedo. De noche dormíamos juntos más de treinta sobre un banco duro de cemento y las mantas apestaban a un repugnante olor que hacía casi imposible dormir. Las comidas que nos daban esos malvados policías no consistían más que en un bollito baozi y un poco de papilla caldosa de maíz, que distaban de ser suficientes para alimentarnos, y de día nos sobrecargaban de trabajo físico agotador. Si no terminábamos las tareas del día, nos castigaban haciéndonos pasar la noche en el turno de vigilancia de celdas, lo que implicaba que tuviéramos que estar cuatro horas de pie y sólo durmiéramos dos horas. A veces estaba tan cansado que me quedaba dormido de pie. Los malvados policías también le dijeron al cabecilla de la celda que buscara maneras de fastidiarme, como darme más carga de trabajo de la que me tocara o mandarme hacer noche. Estaba al borde del colapso. Tantas veces torturado y maltratado por aquellos demonios, parecía tener menos libertad que un perro callejero y ni siquiera comía tan bien como un cerdo o un perro. Acordándome de estas cosas, echaba terriblemente de menos mi hogar y a mis padres y pensaba que el centro de detención no era un lugar apto para vivir las personas. No quería quedarme allí ni un minuto más. No quería más que marcharme inmediatamente de aquel horrible lugar. En plena desventura y debilidad, lo único que pude hacer fue orar fervientemente a Dios, momento en que las palabras de Dios Todopoderoso me dieron esclarecimiento y guía: “No te desanimes ni seas débil; Yo te haré revelaciones. El camino al reino no es tan fácil. ¡Nada es tan simple! Quieres que las bendiciones lleguen fácilmente, ¿verdad? Hoy todos tendréis que enfrentar pruebas amargas; de otro modo, el corazón amoroso que tenéis por Mí no se hará más fuerte […] Los que participan en Mi amargura con certeza compartirán Mi dulzura. Esa es Mi promesa y Mi bendición para vosotros” (‘Capítulo 41’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios fueron una gran fuente de consuelo y aliento. Me ayudaron a comprender que el sufrimiento y las dificultades que estaba padeciendo eran una bendición de Dios. Dios estaba utilizando esas circunstancias difíciles para refinarme, perfeccionarme y hacer de mí una persona cuyo amor y lealtad a Él fueran dignos de Su promesa. Recordando cómo me habían mimado desde la infancia y que nunca había podido tolerar el sufrimiento ni el más mínimo insulto, entendí que, a fin de recibir la verdad y la vida, necesitaba tesón para soportar el sufrimiento y una fe decidida. Si no experimentaba ese sufrimiento, mi corrupción interior jamás se purificaría. Mi sufrimiento era, efectivamente, una bendición de Dios y por eso debía tener fe, cooperar con Dios y dejar que obrara Su verdad en mí. Una vez que comprendí la voluntad de Dios, me salió una oración espontánea hacia Él: “Dios mío, ya no estoy débil y negativo. Me mantendré fuerte, me ampararé con firmeza en Ti, lucharé contra Satanás hasta el final y procuraré amarte y satisfacerte. Te pido fe y fortaleza”. En mis días de abuso y humillación en el centro de detención, oré y me amparé en Dios más que en ningún otro momento desde que había recibido la fe en Dios Todopoderoso y estuve más cerca de Dios que nunca. En esa época, mi corazón no abandonó a Dios ni por un momento y siempre lo sentí conmigo. Por más que sufriera, no me daba la más mínima sensación de que aquello fuera sufrir y entendí claramente que todo eso significaba que Dios me cuidaba y protegía.

Un mes después, los guardias de la prisión nos llamaron repentinamente al hermano mayor y a mí una mañana. Me desbordó la emoción al oír que nos llamaban, pensando que a lo mejor nos soltaban y no tendría que sufrir más en aquel infierno. Mis esperanzas no podían estar más alejadas de la realidad. El comisario nos recibió con una sonrisa siniestra y unos escritos de sentencia, diciendo: “Ambos habéis sido condenados a un año de reeducación por medio del trabajo por creer en Dios Todopoderoso. Aunque no confesarais, podemos condenaros igualmente. El Partido Comunista gobierna la nación ¡y ningún pleito lleva a ninguna parte!”. Me enfureció ver lo que se alegraba de nuestra desventura: el Gobierno del PCCh no sigue ninguna ley ni ética y, además de torturar cruelmente a un menor de edad como yo, ¡me condenaba sin haber cometido ningún delito! Ese día nos llevaron al otro hermano y a mí al campo provincial de trabajo. En el reconocimiento médico, el doctor descubrió que el hermano padecía hipertensión, una afección cardíaca y otros problemas de salud. Los guardias del campo de trabajo temían que los hicieran responsables si moría en sus instalaciones, por lo que se negaron a admitirlo; la policía no tuvo más remedio que llevárselo de vuelta, con lo que me quedé allí solo. Entonces empecé a llorar; lloré amargamente. Echaba de menos mi hogar y a mis padres y, habida cuenta de que me había quedado sin el hermano con el que podía hablar, ¿cómo iba a pasar un año tan largo? El mes previo a la tortura y la brutalidad de esos demonios, siempre que me sentía negativo y débil por no poder soportar su crueldad, él me hablaba de la palabra de Dios para animarme y consolarme, ayudándome a fortalecerme por medio de la comprensión de la voluntad de Dios. Además, ver su tesón me daba la fe y la fuerza para luchar y vencer con él a aquellos demonios. Sin embargo, en ese momento me había quedado solo en esa batalla. ¿De verdad podría mantenerme fuerte?… Cuanto más lo pensaba, más desgraciado me sentía y más arraigaban en mi corazón la negatividad, la soledad, la amargura y la humillación. Cuando la desdicha me llevó al borde de la desesperanza, invoqué con urgencia a Dios: “Dios mío, mi estatura es demasiado pequeña. ¿Cómo podré soportar una prueba tan grande? ¿Cómo sobrevivo a este largo año de reeducación por medio del trabajo? Dios mío, te ruego que me guíes, me ayudes, me des fe y fuerza…”. Se me caían las lágrimas mientras lloraba sin hacer ruido. Orando, de repente recordé la experiencia de José cuando fue vendido para que se lo llevaran a Egipto con diecisiete años de edad. Aunque estaba solo en Egipto y soportó la humillación y el sufrimiento, jamás abandonó al Dios verdadero ni se rindió a Satanás. Aunque en aquel momento los demonios de la cárcel me hicieran sufrir, eso estaba teniendo lugar con el permiso de Dios y, siempre y cuando confiara sinceramente en Dios y me negara a ceder ante Satanás, Dios también me guiaría a mí para vencer a Satanás y salir de la guarida de los demonios. En aquel instante volví a recordar las palabras de Dios: “No te subestimes porque eres joven; debes ofrecerte a Mí. No veo lo que las personas son en la superficie o cuántos años tienen. Sólo veo si me aman con sinceridad o no y si siguen Mi camino o no y si practican la verdad ignorando todas las otras cosas. No te preocupes por cómo será el mañana o cómo será el futuro. En tanto que dependas de Mí para vivir cada día, entonces Yo con toda seguridad te guiaré” (‘Capítulo 28’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me animaron el corazón como un día de verano. Con ellas entendí que Dios no privilegia a nadie y que, aunque fuera joven, siempre que amara sinceramente a Dios de corazón y fuese capaz de vivir según Su palabra, Él me guiaría. Pensé en cómo Dios, desde el momento de mi detención, había estado conmigo a cada instante, ayudándome a superar todas las dificultades y permitiendo que me mantuviera fuerte. Sin la presencia y guía de Dios, ¿cómo podría haber soportado las violentas palizas y la brutal tortura de aquellos demonios? Había sobrevivido a semejante adversidad amparándome en Dios y me enfrentaba a un año de reeducación por medio del trabajo, así que ¿por qué me faltaba fe? ¿No era Dios lo único en lo que necesitaba apoyarme? Dios estaba conmigo y me guiaría en todo momento; entonces, ¿por qué debería sentirme solo o amedrentado? Esas circunstancias eran mi oportunidad de vivir por mi cuenta y madurar. Ya no podía considerarme un niño ni apoyarme siempre en otras personas sin mirar hacia Dios. Debía madurar, ampararme en Dios a lo largo de mi propio camino y confiar en que, ciertamente, sería capaz de seguir avanzando por él apoyándome en Dios. ¡Satanás nunca puede derrotar a quienes se empeñan en confiar en Dios y amarlo! Había llegado la hora de tener la valentía de un hombre y glorificar a Dios con mis actos. Una vez que entendí la voluntad de Dios, tuve la sensación de que había una fuerza poderosa que me sostenía y, en lo más hondo de mi corazón, resolví enfrentarme a mi vida en la cárcel.

Cuando los guardias del campo de trabajo se enteraron de que creía en Dios Todopoderoso, empezaron a fastidiarme deliberadamente. Me encomendaban un duro trabajo físico que consistía en llevar pesados sacos de más de 50 kg del tercer piso al primero desde las cinco de la mañana hasta más de las once de la noche y, si no terminaba el trabajo que me correspondía, tenía que hacer horas extras hasta bien entrada la noche. Nunca antes había realizado trabajos físicos y no podía alimentarme bien, así que siempre estaba agotado. Al principio no podía levantar los sacos de ninguna manera, pero después, amparándome fervientemente en Dios, poco a poco fui capaz. El trabajo pesado me agotaba lo indecible todos los días y me dejaba la cintura y las piernas doloridas. Los guardias solían ordenar a los otros detenidos que me golpearan brutalmente, lo que a menudo me dejaba todo herido y magullado. En una ocasión, los guardias ordenaron al cabecilla de los presos que me diera una paliza porque tardé en traer agua. La paliza me perforó y rompió el tímpano y este se infectó, lo que estuvo a punto de dejarme sordo. Apreté los dientes con resentimiento por tener que soportar esta clase de acoso y maltrato, pero no pude oponer resistencia. Era desdichado y estaba resentido, pero no tenía adónde recurrir. Únicamente podía presentarme ante Dios y compartir mi desdicha con Él en oración. En esa prisión oscura aprendí a estar cerca de Dios, a ampararme en Él y contar con Él en todo; mi mayor gozo en la vida era orar a Dios para compartir con Él mis más ocultos pensamientos. Cada vez que estaba triste o débil, el himno que más me gustaba cantar era “Estoy decidido a amar a Dios”: “¡Oh, Dios! He visto que Tu justicia y Tu santidad son muy hermosas. Decido buscar la verdad, y estoy decidido a amarte. Deseo que abras los ojos de mi espíritu, deseo que Tu Espíritu toque mi corazón, para que ante Ti sea despojado de todos los estados pasivos y no esté limitado por ninguna persona, asunto o cosa; desnudo por completo mi corazón ante Ti, de tal manera que todo mi ser esté consagrado a Ti y Tú puedas probarme como desees. Ahora, no pienso en mis perspectivas ni estoy atado por la muerte. Usando mi corazón que te ama, deseo buscar el camino de la vida. Toda cosa y suceso está en Tus manos, mi destino está en Tus manos y, además, mi vida está controlada por Tus manos. Ahora busco amarte, y da igual si Tú me permites amarte, da igual cómo interfiera Satanás, estoy decidido a amarte” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Cantar y cantar me conmovía hasta el llanto, lo que me producía inmenso consuelo y aliento en mi corazón. Dios Todopoderoso me había ayudado y sostenido en reiteradas ocasiones, de modo que había podido experimentar realmente el verdadero amor de Dios por mí. Como una madre misericordiosa, Dios velaba a mi lado, consolándome y sosteniéndome en todo momento, dándome fe y fuerza y guiándome a lo largo de aquel año que jamás olvidaré.

Tras sufrir la oscuridad de mi condena de cárcel, maduré mucho más en la vida y, además, aprendí mucho de la verdad. Ya no era un chico ingenuo e inocente. Fueron las palabras de Dios Todopoderoso las que una y otra vez me guiaron para superar la tortura y el hostigamiento de los malvados policías, y las que en reiteradas ocasiones me permitieron salir de la debilidad y la negatividad, levantarme y mantenerme fuerte. Con ellas aprendí a tener en consideración y reconfortar el corazón de Dios, a ampararme en Él, a mantenerme firme y dar testimonio de Él para devolverle Su amor. También me dejaron en claro la brutalidad y depravación de Satanás y sus demonios, así como su malvada esencia reaccionaria de enemigos de Dios. Me aportaron discernimiento acerca de la falsa imagen de la “Policía Popular que ama al pueblo”. Las mentiras de Satanás no me han vuelto a engañar nunca más. La persecución y el sufrimiento que soporté no sólo no me destrozaron, sino que llegaron a cimentar mi senda de fe. Estoy agradecido a Dios Todopoderoso por guiarme por esta senda ardua y pedregosa y permitirme aprender a sobrellevar un cruel suplicio siendo tan joven. Gracias a esto entendí la omnipotencia y soberanía de Dios ¡y que esa fue la salvación especial de Dios para mí! Percibí íntimamente que, en un mundo malvado gobernado por demonios, sólo Dios puede salvar a la gente, sólo Dios puede ser nuestro apoyo y ayudarnos siempre que lo necesitemos y sólo Dios ama verdaderamente a las personas. La persecución y las dificultades que padecí se convirtieron en un valioso tesoro de crecimiento vital para mí y fueron muy útiles para poder alcanzar la salvación plena. Aunque sufrí en aquella época, ese sufrimiento fue sumamente valioso y relevante. Tal como dice la palabra de Dios: “Si estás dispuesto a estar en esta corriente y disfrutar de este juicio y esta salvación inmensa, de toda esta bendición que no puede encontrarse en ninguna parte del mundo humano, y de este amor, mantente sumisamente en esta corriente para aceptar la obra de conquista de forma que puedas ser perfeccionado. Aunque ahora estás sufriendo algún dolor y refinamiento debido al juicio, este dolor es valioso y significativo” (‘La verdad interna de la obra de conquista (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”).

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