Lecciones que aprendí de la jactancia

23 Feb 2022

Por Lin Jie, China

En mayo de 2021, todas las iglesias de las que soy responsable iban a celebrar elecciones. En las reuniones, los hermanos y hermanas planteaban muchos problemas en torno a las elecciones y yo los resolvía amparándome en Dios. Todas las elecciones fueron sobre ruedas. Me sentía muy satisfecha de mí misma por haber gestionado estas elecciones sin ayuda. Creía tener una gran aptitud y competencias para el trabajo.

Y en una reunión, la hermana que tengo por compañera dijo que una líder, de nombre Li, estaba sembrando la discordia y sumiendo la iglesia en el caos. Dudaban de su esencia y no se atrevían a destituirla tranquilamente. Yo tampoco sabía qué clase de persona era, así que oré a Dios para pedirle esclarecimiento y guía. Otra hermana añadió que Li no había dejado cumplir con un deber a la hermana Liu, a quien le habíamos asignado por compañera, y que alegaba que no sabía qué debía hacer la hermana Liu. Al oírlo, pensé que a Li se le había dicho claramente que la hermana Liu iba a asumir el trabajo de la iglesia con ella. ¿Cómo podía alegar no saberlo? No dejaba que la hermana Liu participara en el trabajo. ¿Esto no significaba que no quería repartirse el poder? Y recordé que, una vez, una hermana fue a esa iglesia a hacer un proyecto. Li se negó a cooperar y, por el contrario, la convirtió en una figurante. Luego reflexioné que Dios dijo que los anticristos tienden a fundar su propio imperio, y cuanto más lo reflexionaba, más me percataba de cómo se comportaba Li. Así pues, con referencias a las palabras de Dios, les enseñé a estas dos hermanas las motivaciones y tácticas de Li y la naturaleza y consecuencias de estas. También les dije que había que discernir a Li y comprobar que fuera un anticristo y les enseñé algunas verdades relacionadas. Esto les aportó discernimiento acerca de Li. Al principio creí que todo era fruto del esclarecimiento y la guía de Dios, pero más adelante pensé que yo había sido la que había resuelto un problema tan dificultoso y había dado a mis hermanas una senda que seguir. Sin mi comprensión de la verdad, Dios no habría podido darme esclarecimiento. Al llegar a casa, exultante, le conté a otra hermana cómo me había amparado en Dios para reconocer que Li era un anticristo y había enseñado a las otras algunas claves para discernir a los anticristos. Vi que me escuchaba atentamente y pensé que podía resolver cualquier problema, por difícil que fuera, con mi enseñanza. Realmente debía de tener discernimiento y bastante aptitud. Empecé a ir con la cabeza muy alta, a creerme mejor que los demás, perspicaz. A menudo me vanagloriaba. Luego, ella me consultaba siempre que no estaba segura de algo relativo al discernimiento y yo sentía una confianza aún mayor en mi comprensión de la verdad, que era un talento indispensable. Estaba verdaderamente en la gloria. Posteriormente dispusieron que gestionara otras elecciones. En una reunión, la hermana Luo preguntó por un problema que nadie podía resolver ni llegar al fondo de él. La enseñanza de otra hermana me aportó entonces perspectiva y, de acuerdo con esta, le enseñé a la hermana Luo a hacer introspección y el problema terminó por resolverse. A mi parecer, yo entendí un problema mejor que nadie. Con mi enseñanza resolví un problema que nadie más supo resolver, así que debía de tener mucha aptitud. Iniciado el proceso electoral, algunas hermanas plantearon preguntas que ningún candidato supo afrontar. Para mí, ninguno sabía encargarse de los problemas, por lo que me correspondía a mí enseñarles a hacerlo. Me puse a hablar uno por uno de los problemas de esas hermanas y a decirles qué debían hacer. Admirada, una hermana comentó: “Ninguno entendíamos esto ni sabíamos qué hacer. ¿Cómo lo hiciste?”. Me alegró oí aquello y, satisfecha de mí misma, respondí: “Como he tenido más experiencia, puedo entender estas cosas”. Después, cuando los hermanos y hermanas planteaban problemas, hacía como que quería que los candidatos trataran de resolverlos, pero al ver que les costaba encontrar las palabras de Dios adecuadas, pensaba que no estaban a la altura de las circunstancias. Quería mostrarles lo bien que sabía resolver las cosas con las palabras de Dios. En comuniones posteriores, solo me centraba en lo que tenía que decir y no pedía a los demás que hablaran. Poco a poco, los candidatos dejaron de hablar del todo y yo era la única que hablaba. Era mi tribuna personal. Luego me percaté de que algo iba mal, de que, por lo general, los candidatos deben tener la palabra para que la gente vea si tienen discernimiento y aptitud, si saben encargarse de los problemas reales, y decida qué votar. Sin embargo, como los candidatos no hablaban, nadie podía apreciar si sabían enseñar la verdad para resolver los problemas. ¿Cómo podrían votar entonces? ¿Eso no haría fracasar las elecciones? Empecé a buscar qué había conducido a aquello y pedí opinión a los demás. Según algunos candidatos, yo solamente presumía de cuánta verdad comprendía, hacía que sintieran que no estaban a la altura y ellos eran reacios a hablar. Cuando dijeron eso, pensé que no podía evitar presumir y alardear, y me sentí algo culpable. Dejé de fanfarronear por temor a invalidar la opinión de otras personas y limitarlas y a entorpecer las elecciones.

Tras la reunión, busqué inmediatamente la verdad relativa a mi problema y descubrí esto en las palabras de Dios: “Las personas que no comprenden la verdad tienden a tener un alto concepto de sí mismas, y cuando empiezan a pensar demasiado en ellas mismas de esa manera, ¿acaso resulta fácil volverlas a bajar de ahí? (No). La gente normal con un poco de sentido común, no tiene un alto concepto de sí misma sin motivo. Cuando todavía no han conseguido nada, no tienen nada que ofrecer a la gente y nadie del grupo les presta atención, no tienen un alto concepto de sí mismas. Puede que sean un poco arrogantes y narcisistas, o que les parezca que tienen algo de talento y son mejores que los demás, pero no tienden a tener un alto concepto de sí mismas; tienen más los pies en la tierra que la mayoría de la gente. ¿Bajo qué circunstancias tienen las personas un alto concepto sobre sí mismas? Cuando otros les elogian por algún logro menor. Creen que son mejores que el resto, que los demás son corrientes y carecen de importancia, que son ellos los que poseen estatus, y que no están en la misma clase, al mismo nivel, que las otras personas, que se encuentran por encima de ellas. Y de esta manera, se enaltecen. Creen justificada su elevada opinión sobre sí mismos. ¿Cómo se juzgan a sí mismos? Lo que creen es: ‘Tengo puntos fuertes, calibre y cerebro, y estoy dispuesto a buscar la verdad. Además, ahora he logrado algo: me he hecho un nombre, mi reputación y mi valor son más altos que los de otras personas, así que debo destacar entre el resto, debo ser alguien a quien todos admiren, y por eso es adecuado que tenga un alto concepto de mí mismo’. Esto es lo que tienen en mente, y en última instancia se convierte en algo obvio y normal para ellos que deban pensar tan bien de sí mismos. Les parece lógico. Si no tienen un alto concepto de sí mismos, se sienten desequilibrados, como si no fueran dignos de su identidad y de la aprobación de los demás, por lo que es natural que se valoren tan alto” (‘Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios nos enseñan que en cuanto los corruptos logran algo, están exultantes y se creen mejores que nadie, que tienen estatus y son superiores. No pueden evitar presumir y alardear, es algo realmente superficial. Comprobé que yo era así. Había logrado algunas cosas y discernía a los anticristos, por lo que me creía una maravilla, que tenía agudeza y aptitud, que era un talento indispensable. Al ver que los candidatos no sabían abordar algunos problemas en las elecciones, los desprecié. En realidad no estaba atenta al esclarecimiento del Espíritu Santo en lo que compartían. No pude callarme y presumí de mi capacidad para comprender la verdad y resolver problemas, lo que perturbó el proceso electoral. Mi función era dirigir las elecciones, así que debía haber guiado a los demás para que expresaran sus ideas y se pudieran entender entre sí, y luego elegir un buen líder según los principios. Ese era mi deber. Sin embargo, fui tan arrogante que perdí la razón y simplemente presumí y monté un espectáculo. ¿Qué tenía eso de cumplir con el deber? ¿No estaba desbaratando las elecciones? Era tan presuntuosa que tuve algunos éxitos y luego estaba exultante porque me creía mejor que nadie.

Más adelante vi un pasaje de las palabras de Dios que me abrió realmente los ojos. “Como persona usada por Dios, cada hombre es digno de trabajar para Él; es decir, todos tienen la oportunidad de ser usados por el Espíritu Santo. Sin embargo, hay algo que debéis entender: cuando el hombre lleva a cabo la obra encargada por Dios, se le ha dado la oportunidad de ser usado por Él, pero lo que dice y lo que sabe no corresponde del todo a su estatura. Lo único que podéis hacer es conocer mejor vuestras deficiencias en el transcurso de vuestra obra y llegar a poseer un mayor esclarecimiento por parte del Espíritu Santo. De esta manera, se os permitirá obtener una mejor entrada en el transcurso de vuestra obra. Si el hombre considera la guía que viene de Dios como su propia entrada y como algo que es inherente a sí mismo, entonces no hay potencial para que la estatura del hombre crezca. El esclarecimiento que el Espíritu Santo lleva a cabo en el hombre ocurre cuando este se encuentra en un estado normal; en momentos así, las personas a menudo confunden el esclarecimiento que reciben con su propia estatura real, porque la forma como el Espíritu Santo esclarece es excepcionalmente normal, y Él utiliza lo que es inherente al hombre. Cuando las personas obran y hablan, o cuando están orando y llevando a cabo sus devociones espirituales, una verdad se les aclarará de forma repentina. Sin embargo, lo que el hombre ve en realidad es tan solo el esclarecimiento del Espíritu Santo (naturalmente, este esclarecimiento está conectado con la cooperación del hombre) y no representa su verdadera estatura. Después de un periodo de experiencia en el que el hombre se encuentra con algunas dificultades y pruebas, la verdadera estatura del hombre se pone de manifiesto bajo tales circunstancias. Solo en ese momento el hombre descubre que su estatura no es tan grande y surge su egoísmo, surgen sus consideraciones personales y su avaricia. Solo después de varios ciclos de experiencias como esta, muchos de los que son despertados en su espíritu se dan cuenta de que lo que experimentaron en el pasado no fue su propia realidad individual, sino una iluminación momentánea del Espíritu Santo, y que el hombre solo había recibido esta luz” (‘La obra y la entrada (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me enseñaron que lograr cosas en un deber no implica que comprenda la verdad ni que tenga una gran estatura. Todo logro proviene del esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo, no de que yo comprenda la verdad. Al recordar a la anticristo Li, yo tampoco vi su imagen real al principio ni supe cómo lidiar con ella. El comentario de una hermana fue lo que me hizo pensar y el Espíritu me dio esclarecimiento. Así fue como tuve discernimiento y comprobé que era un anticristo. No fue por mi estatura real ni porque la conociera a ella. Y al principio no sabía tampoco qué pasaba con la hermana Luo, sino que, hasta que no recibí esclarecimiento de otra hermana, no entendí su estado real y resolví sus problemas. Eso también vino del Espíritu Santo. Todo fue por la guía de Dios. Sin el aporte de aquella hermana, sin el esclarecimiento del Espíritu Santo, no habría descubierto ni entendido nada. Pero yo reclamaba desvergonzadamente todo el mérito por la obra realizada y creía tener discernimiento y una excelente comprensión de la verdad. Era verdaderamente muy arrogante. No comprendía la obra del Espíritu Santo ni tenía clara mi propia estatura. Me equivocaba al creer que, por saber hacer algo de trabajo, tenía la realidad de la verdad. Era presuntuosa y vivía en estado de autocomplacencia. Me atribuía todo el mérito de la obra del Espíritu Santo, y de las enseñanzas y los comentarios útiles de los hermanos y hermanas. Siempre creía hacerlo muy bien y me volví cada vez más arrogante y desvergonzada. No podía dejar de jactarme para que me admiraran los hermanos y hermanas. Iba por una senda contraria a Dios y ofendía Su carácter sin tener la menor idea. Era enormemente patética e ignorante. Es clave distinguir la obra del Espíritu Santo de la estatura real de uno. Así no consideraría la obra del Espíritu Santo mi realidad de la verdad ni me regodearía en mi misma. Después me volví más discreta. En las reuniones, cuando tenía perspectiva y una senda de práctica que compartir, daba gracias a Dios por guiarme. Dejé de pensar que todo era logro mío y de jactarme.

No obstante, al poco tiempo, como no comprendía verdaderamente mi naturaleza corrupta, empecé a alardear de nuevo cuando surgía la situación adecuada. En una reunión de colaboradores, la hermana Zhang dijo que, en una iglesia, un líder llamado Chen no estaba eliminando a algunos incrédulos y malhechores que eran sus propios parientes. La hermana Zhang dudaba de Chen y no sabía cómo manejar aquello. Eso me recordó que Dios dijo que los anticristos suelen practicar el nepotismo y vi que eso era lo que tramaba Chen. Por ello, usé las palabras de Dios para enseñar a los hermanos y hermanas la esencia de la conducta de Chen. Todos coincidieron y, emocionados, afirmaron que era una reunión estupenda y que los ayudaba a comprender la verdad para resolver el problema. Esto se me subió directamente a la cabeza. Además, pensé que, la última vez, había descubierto acertadamente que Li era un anticristo, que tenía esa esencia. Esta vez había reconocido los problemas de Chen, por lo que creía comprender realmente la verdad. Pensé que, si visitaba cada iglesia y enseñaba un poco, tal vez los hermanos y hermanas adquirieran discernimiento. Tras esta conclusión estaba de nuevo exultante. En una reunión al día siguiente, me puse a hablar del discernimiento de la gente que había tenido últimamente y de lo importante que es tener un buen líder en una iglesia, de que solo cuando los líderes saben hacer un trabajo práctico es posible deshacerse de esas personas perturbadoras. En ese momento me di cuenta de que, si hablaba de esa forma, quizá los demás pensaran que me jactaba de mi discernimiento, de que sabía trabajar de verdad. Me apresuré entonces a señalar que discerní a ese anticristo gracias a la guía de Dios. Entonces dijo un hermano: “Eso se debió verdaderamente a la guía de Dios, no a tu labor”. No me hizo gracia aquello y no estaba del todo de acuerdo con él. Pensaba: ¿Por qué no se debió a mi labor? Claro que se debió a la guía de Dios, pero yo también participé. Si no, ¿por qué fui la única en detectar los problemas de Chen? Era la única con una carga, con aptitud, y por eso Dios me dio esclarecimiento. Después de esa reunión, me dolía tanto el estómago que no podía ingerir alimentos y esa noche tuve fiebre alta. Me di cuenta de que esa era la disciplina de Dios sobre mí. Esos días había empezado de nuevo a jactarme y a valorarme. Enseguida me presenté ante Dios a hacer introspección.

Luego leí esto en Sus palabras: “Mientras cumplís con vuestro deber, ¿sois capaces de sentir la guía de Dios y el esclarecimiento del Espíritu Santo? (Sí). Si podéis percibir la obra del Espíritu Santo, seguís teniendo tan alto concepto de vosotros mismos y creyendo que poseéis la realidad, ¿qué está pasando entonces? (Cuando el cumplimiento de nuestro deber ha dado algún fruto, poco a poco empezamos a pensar que una mitad del mérito es de Dios y la otra nuestra. Magnificamos nuestra cooperación hasta un punto ilimitado, pensamos que nada es más importante que esta, y que el esclarecimiento de Dios no habría sido posible sin ella). Entonces, ¿por qué te esclareció Dios? ¿Puede Dios esclarecer también a otras personas? (Sí). Cuando Dios esclarece a alguien, es la gracia de Dios. ¿Y en qué consiste esa pequeña cooperación por tu parte? ¿Es algo por lo que mereces reconocimiento, o es acaso tu deber, tu responsabilidad? (Es el deber y la responsabilidad). Al reconocer que se trata de tu deber y responsabilidad, te hallas en el estado mental correcto, y no te plantearás tratar de apuntarte el tanto. Si siempre crees: ‘Este es mi capital. ¿Habría sido posible el esclarecimiento de Dios sin mi cooperación? Es necesaria la cooperación humana, ya que esta supone la parte principal de todo esto’, entonces es un error. ¿Cómo podrías haber cooperado si el Espíritu Santo no te hubiera esclarecido, y si Dios no hubiera hecho nada y nadie te hubiera comunicado los principios de la verdad? Tampoco sabrías lo que Dios requiere; ni siquiera conocerías la senda de práctica. Aunque quisieras obedecer a Dios y cooperar en Su obra, no sabrías cómo hacerlo. ¿Acaso esta ‘cooperación’ tuya no son palabras vacías? Sin una verdadera cooperación, solo actúas según tus propias ideas, en cuyo caso, ¿podría el deber que realizas estar a la altura del estándar? (No). No, lo cual indica un problema. ¿Qué problema es ese? Sea cual sea el deber de una persona, depende de la actuación de Dios para lograr resultados que lo satisfagan y reciban Su aprobación y para cumplir con el deber de forma óptima. Si cumples con tus responsabilidades, cumples con el deber, pero Dios no actúa ni te dice lo que tienes que hacer, entonces no conocerás tu senda, tu rumbo ni tus metas. ¿Cuál es el resultado último de eso? Sería un desperdicio de esfuerzo, no ganarías nada. Por lo tanto, ¡depende por completo de Dios que cumplas con el deber de forma óptima y sepas mantenerte firme en la casa de Dios, edificando a los hermanos y hermanas y recibiendo la aprobación de Dios! La gente no puede hacer más que aquello que personalmente es capaz de hacer, lo que debe hacer y lo que está dentro de sus propias capacidades, nada más. Por consiguiente, los resultados que finalmente cosechas de tu deber vienen determinados por la guía de las palabras de Dios y el esclarecimiento del Espíritu Santo, que te hacen entender la senda, las metas, el rumbo y los principios que provee Dios” (‘Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Cuando Dios te gana, no solo posees la obra del Espíritu Santo; principalmente, eres capaz de vivir las exigencias del Dios práctico. Tener simplemente la obra del Espíritu Santo no significa que tengas vida. Lo fundamental es si eres capaz de actuar según los requisitos del Dios práctico para ti, y esto guarda relación con que puedas ser ganado por Dios. Este es el mayor significado de la obra del Dios práctico en la carne” (‘Deberías saber que el Dios práctico es Dios mismo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer aquello, me sentí muy avergonzada. Pude entender que todo lo que logramos en un deber es por la guía de Dios. Sin Su esclarecimiento, sin las verdades que expresa, por más que nos esforcemos, nunca conseguiremos nada. Además, resolver los problemas que surjan en el trabajo es el deber de todo líder, su responsabilidad. No hacerlo es un fracaso y llevarlo a cabo, sencillamente, hacer tu trabajo. No es nada de lo que haya que alardear. Sin embargo, yo creía equivocadamente que todo era logro mío, así que presumía y alardeaba. Era tremendamente irracional. Mi capacidad de discernir a un anticristo, ¿no era fruto únicamente de las palabras de Dios? Si Dios no expresara verdades ni revelara su esencia y sus conductas, por más que me esforzara o me devanara los sesos, no detectaría nunca a ninguno. Comprendí que no tenía de qué alardear. La guía y las palabras de Dios fueron las que me enseñaron una senda de práctica y los principios, con lo que sabía qué debía hacer. Si no, jamás comprendería la verdad ni lograría nada. No obstante, estaba ciega, era necia y no me guiaba por las palabras de Dios, sino que trataba de robarle la gloria y me jactaba para que los hermanos y hermanas me idolatraran. Para colmo, cuando un hermano dijo que eso se debía a la guía de Dios, no a mi labor, me sentí molesta, pues creía que mi labor era importantísima. ¡Qué arrogante e irracional! La senda por la que iba era la de un anticristo, contraria a Dios. Asimismo, creía equivocadamente que recibía la obra del Espíritu Santo porque comprendía la verdad, pero ahora sé que tener la obra del Espíritu no significa tener la verdad ni la vida, sino que la clave es si una persona es capaz de practicar las palabras de Dios. Experimentar las palabras de Dios y vivir de acuerdo con ellas es lo único que realmente supone comprender la verdad y tener su realidad. Durante mucho tiempo me eché flores y siempre creía que, si yo no cooperaba, el Espíritu Santo no obraría en mí, que podía atribuirme la mitad del mérito. Sin ninguna vergüenza, le robaba la gloria a Dios. ¿Cómo podía tener la realidad de la verdad alguien tan arrogante e irracional como yo? Siempre había creído saber discernir a los anticristos, pero no tenía conciencia de que mi senda me llevaba a convertirme en uno. Era sumamente arrogante e ignorante. Entonces me presenté ante Dios a orar: “Oh, Dios mío, no me conozco y te he estado robando la gloria. Voy por una senda contraria a Ti. Dios mío, te ruego que me salves”.

Tras esa oración leí este pasaje de las palabras de Dios: “La palabra ‘gloria’ no se aplica a las personas, sino solo a Dios, al Creador; no tiene ninguna relación con las personas. Estas pueden hacer un esfuerzo, y pueden cooperar, pero aun así eso sucede bajo la guía de la obra del Espíritu Santo; ¿qué podrían hacer sin la obra del Espíritu Santo? Es lo mismo con la palabra ‘testimonio’, ya sea ‘testimonio’ como verbo o como sustantivo, ninguna de las dos tiene relación con los humanos creados. Solo el Creador es digno del testimonio de las personas y de ser atestiguado. Viene determinado por la identidad, el estatus y la esencia de Dios, y le corresponde a Él por todo lo que hace y por todos los sacrificios que ha hecho. La capacidad de las personas es muy limitada, un mero producto de ser guiadas por el esclarecimiento del Espíritu Santo. La naturaleza de las personas es tal que cuando entienden un poco de la verdad, y son capaces de hacer algo de trabajo, se vuelven insolentes. Sin el juicio y el castigo de Dios, nadie es capaz de obedecer y dar testimonio de Él. Al haber sido predestinados por Dios para tener algunos dones o puntos fuertes, o para aprender alguna profesión o habilidad, o ser un poco inteligentes, las personas se vuelven presumidas y tratan constantemente de recibir un pedazo de la gloria y el testimonio de Dios, lo cual es irracional, ¿verdad? Es completamente irracional; es una muestra de que sobrepasan los límites y se ven a sí mismos como algo diferente de lo que realmente son. La humildad humana no es resultado de que los humanos se hayan humillado. Los humanos siempre han sido humildes e insignificantes. La humildad de Dios se debe a que Él mismo se humilla. Decir que una persona es humilde equivale a elevar a esa persona, cuando en realidad, el hombre es insignificante. La gente siempre quiere rivalizar con Dios. Esto los coloca en el papel de Satanás; tal es la naturaleza de Satanás. Son ciertamente los descendientes de Satanás” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Esta lectura fue muy esclarecedora. Dios es el Creador que nos hizo a todos. Dios se hizo carne y lo ha dado todo para salvarnos del poder de Satanás. Ha realizado una grandísima obra, pero jamás ha presumido lo más mínimo. Tampoco ha sentido que haya hecho algo tan asombroso ni encomiable, sino que es humilde y oculto y realiza Su obra serenamente. La esencia de Dios es sumamente amable y benevolente. Solo Dios merece gloria, nuestra alabanza y adoración eternas. Soy un simple ser creado, un ser humano corrupto. Dios me otorgó algunos dones, cierta capacidad de entender Sus palabras, para que comprendiera la verdad y tuviera perspectiva. Esa fue la gracia de Dios. Había recibido mucho de Dios, pero nunca daba testimonio de Él ni lo gloriaba. En cambio, era insufriblemente arrogante, me creía importante y quería robarle la gloria a Dios para atraer a los hermanos y hermanas ante mí. Era verdaderamente desvergonzada. Sin embargo, después me di cuenta de que Satanás me había infundido un carácter satánico y de que no poseía ninguna verdad. Todos mis logros habían sido gracias a la guía de Dios, así que toda la gloria debía ser para Él y yo debía cumplir con el deber desde la posición de un ser creado.

Después me pregunté por qué era tan irracional. Leí un par de pasajes de las palabras de Dios que me ayudaron a entenderlo. Dios Todopoderoso dice: “La arrogancia es la raíz del carácter corrupto del hombre. Cuanto más arrogante es la gente, más propensa es a oponerse a Dios. ¿Hasta dónde llega la gravedad de este problema? Las personas de carácter arrogante no solo consideran a todas las demás inferiores a ellas, sino que lo peor es que incluso son condescendientes con Dios. Aunque algunas personas, por fuera, parezcan creer en Dios y seguirlo, no lo tratan en modo alguno como a Dios. Siempre creen poseer la verdad y tienen buen concepto de sí mismas. Esta es la esencia y la raíz del carácter arrogante, y proviene de Satanás. Por consiguiente, hay que resolver el problema de la arrogancia. Creerse mejor que los demás es un asunto trivial. La cuestión fundamental es que el propio carácter arrogante impide someterse a Dios, a Su gobierno y Sus disposiciones; alguien así siempre se siente inclinado a competir con Dios por el poder sobre los demás. Esta clase de persona no venera a Dios lo más mínimo, por no hablar de que ni lo ama ni se somete a Él. Las personas que son arrogantes y engreídas, especialmente las que son tan arrogantes que han perdido la razón, no pueden someterse a Dios al creer en Él e, incluso, se exaltan y dan testimonio de sí mismas. Estas personas son las que más se resisten a Dios. Si las personas desean llegar al punto en que veneren a Dios, primero deben resolver su carácter arrogante. Cuanto más minuciosamente resuelvas tu carácter arrogante, más veneración tendrás por Dios, y solo entonces podrás someterte a Él y serás capaz de obtener la verdad y conocerle” (La comunión de Dios). “Sería mejor que dedicarais más esfuerzo a la verdad de conocer el ser. ¿Por qué no habéis encontrado el favor de Dios? ¿Por qué vuestro carácter es abominable para Él? ¿Por qué vuestro discurso despierta Su odio? Tan pronto como demostráis un poco de lealtad, os elogiáis a vosotros mismos y exigís una recompensa por una pequeña contribución; despreciáis a los demás cuando habéis mostrado una pizca de obediencia y desdeñáis a Dios después de llevar a cabo alguna tarea insignificante. Por recibir a Dios, pides dinero, regalos y halagos. Te duele el corazón cuando das una o dos monedas; cuando das diez, deseas bendiciones y ser tratado con distinción. Resulta extremadamente ofensivo hablar u oír hablar de una humanidad como la vuestra. ¿Hay algo digno de alabanza en vuestras palabras y acciones? Quienes cumplen su deber y quienes no; quienes lideran y quienes siguen; quienes reciben a Dios y quienes no; quienes donan y quienes no; quienes predican y quienes reciben la palabra, etcétera: todos esos hombres se alaban a sí mismos. ¿Acaso no os parece esto risible? Aunque sabéis perfectamente que creéis en Dios, no podéis ser compatibles con Él. Aunque sois plenamente conscientes de que no tenéis ningún mérito, de cualquier modo persistís en alardear. ¿Acaso no sentís que vuestro sentido se ha deteriorado al punto de ya no tener autocontrol?” (‘Quienes son incompatibles con Cristo indudablemente se oponen a Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios exponen la raíz de la jactancia de la gente. Se deriva, sobre todo, de una naturaleza arrogante, de no conocerte a ti mismo. Cuando lograba algo en el trabajo, no podía evitar sentirme orgullosa de mí y de alardear sin conocerme. Hice algunas cosas y me ensimismé totalmente, sin pensar para nada en Dios. Creía que todo logro era mío propio y me atribuía desvergonzadamente el mérito de la obra de Dios para que otros me adularan. Creía tener la realidad de la verdad y tuve la absurda idea de ir a todas las iglesias para que todos aprendieran algunas verdades de mí. Vi que era sumamente arrogante. No me conocía en absoltuo ni conocía mi esencia ni quién era, pero me consideraba fuente de la verdad. ¿No trataba de ocupar, de palabra y obra, el lugar de Dios, de hacer de Él mismo? Cuanta más introspección hacía, más miedo me daba lo que había revelado en mí. Esto había ofendido gravemente a Dios. Es un estado peligrosísimo. Anteriormente, nunca consideré importante la jactancia, pero ya veo que es una forma de extraviar y controlar a la gente, la senda de un anticristo. De no haber sido por la disciplina inmediata de Dios, realmente no sé hasta dónde habría llegado mi arrogancia. Luego habría sido demasiado tarde para arrepentirme del mal que hubiera hecho. Tras percatarme de todo esto, sentí temor y asco por mi naturaleza arrogante. Además, le imploré a Dios que me guiara para arrepentirme de veras y comportarme con conciencia.

Después leí estas palabras de Dios: “A los ojos de Dios, siempre serás una pequeña criatura, e independientemente de lo grandes que sean tus habilidades y capacidades, de los dones que tengas, estás totalmente bajo el dominio del Creador. […] Como una de las criaturas, el hombre debe mantener su propia posición y comportarse concienzudamente. Debes guardar con sumisión aquello que el Creador te ha confiado. No hagas nada fuera de lugar ni cosas más allá de tu capacidad o que le resulten aborrecibles a Dios. No trates de ser grandioso, ni de convertirte en un superhombre ni de estar por encima de los demás o de buscar convertirte en Dios. No es así como las personas deberían desear ser. Buscar ser grandioso o un superhombre es absurdo. Procurar convertirse en Dios es incluso más vergonzoso; es repugnante y despreciable. Lo que es elogiable, y a lo que las criaturas deberían aferrarse más que a cualquier otra cosa, es a convertirse en una verdadera criatura; este es el único objetivo que todas las personas deberían perseguir” (‘Dios mismo, el único I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron una senda de práctica. Solo soy una persona normal y, sin importar qué dones me conceda Dios o lo que logre en el deber, nunca seré nada más que un ser creado ante Dios. Mi identidad y estatus no cambiarán jamás. No debo tener ambiciones ni deseos, solamente conocer mi sitio y cumplir con el deber. Fue un gran alivio para mí comprender esto y ya sabía cómo avanzar.

En nuestras reuniones posteriores, cuando resolvía los problemas de la gente, cuando lograba cosas, no lo atribuía a mi capacidad, sino que daba toda la gloria a Dios. Una vez, debatiendo el trabajo con una hermana, le di una sugerencia concreta y vi que me escuchaba atentamente. Yo me preguntaba si me admiraba y creía que comprendía la verdad y sabía resolver problemas. Sin embargo, luego comprendí que yo era capaz de compartir una senda de práctica gracias al esclarecimiento de Dios. Además, era mi deber como líder, nada de lo que alardear. Toda la gloria debía ser para Dios. Después rectifiqué mi actitud y me centré en enseñarle a abordar su problema y en procurar cumplir bien con el deber. Me sentí mucho mejor tras aquello. Este entendimiento y esta transformación se deben únicamente al juicio y castigo de las palabras de Dios. ¡Gloria a Dios Todopoderoso!

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