Ya sé cómo dar testimonio de Dios

1 Feb 2022

Por Xu Lu, China

En abril de 2021 trabajaba compartiendo el evangelio con la hermana Chen. Ya tenía cierta experiencia en ello, por lo que, al poco tiempo, comencé a tener mejores resultados que ella. Alardeaba delante de ella de cómo hacía las cosas, de cómo respondía las preguntas de los conversos potenciales. Era muy concreta. La hermana Chen estaba asombrada. En una ocasión no aparecieron unos hermanos y hermanas a una reunión. Luego hablé con ellos y empezaron a asistir como de costumbre. Sabía que Dios los guiaba y había conmovido sus corazones, pero me echaba flores porque creía haber puesto mi granito de arena. Y no pude evitar presumir ante la hermana Chen: “Me amparé en Dios, les hablé un poco y luego quisieron unirse a las reuniones”. Admirada, contestó: “¡Gracias a Dios! Se te da muy bien resolver las cosas hablando”. Me encantó oírle afirmar aquello. Y una vez, cuando no supo contestar las preguntas de alguien a quien estaba predicando, estaba muy abatida. Le pregunté qué le había estado diciendo y me puso al tanto. Pensé entonces que le faltaba experiencia. Eran preguntas de fácil respuesta y yo las atendería en un segundo. Tenía que enseñarle, demostrarle cómo compartía yo el evangelio. Le hablé de cómo enseñar más eficazmente. A la hermana Chen le gustaba lo que le decía, alegó que tenía muchas carencias y me pidió más ayuda. Yo decía que teníamos que confiar en Dios, pero en el fondo estaba demasiado satisfecha de mí misma. Creía estar haciéndolo bien.

En una reunión, una líder nos preguntó qué habíamos aprendido últimamente en el deber. La hermana Chen dijo que había descubierto sus muchas carencias, que había muchas preguntas que no sabía responder. Según ella, yo encontraba enseguida palabras de Dios que enseñar. La líder me sonrió y asintió con la cabeza. Yo sabía que había tenido algunos éxitos en nuestro trabajo reciente y deseaba demostrarle a la líder cuanto sabía, que sabía contestar las preguntas de la gente. Interrumpí adrede: “Es muy difícil contestar sus preguntas”. La líder preguntó: “¿Cuáles?”. Intenté que se me ocurriera algo rápidamente, pensar en qué preguntas exhibirían mejor mis habilidades. Elegí las más complicadas para que la líder me creyera capaz de contestar las más difíciles y yo pareciera muy inteligente. Hablé y hablé, gesticulando radiante de alegría, de cómo había respondido las preguntas de la gente y cómo había terminado convenciéndola. Exageré describiendo las cosas más difíciles de lo que eran, como si los demás nunca pudieran resolver estos problemas y yo fuera la única que sí. Quería que la líder creyera que tenía cierta realidad de la verdad, que era la mejor de todos los que compartíamos el evangelio. La líder y otros hermanos y hermanas me elogiaban y yo lo disfrutaba. Tras preguntar por nuestro trabajo predicando el evangelio, la líder nos enseñó los principios. Apenas hubo dicho unas palabras, pensé que yo tenía experiencia relevante que realmente debía compartir. Una vez avanzada la comunión, no tendría ocasión de hablar de ello. Como no veía la hora de acaparar toda la atención, dije: “Es mucho más que eso”. Resumí entonces mi experiencia y hablé de cómo había logrado conseguir conversos. Todos asentían con la cabeza y yo me animaba más conforme hablaba. Los hermanos y hermanas intervinieron con sus opiniones, pero realmente no escuchaba nada. Me parecía que no tenían agudeza real ni ideas de valor. No hice más que compartir mis opiniones sin dar a nadie la oportunidad de hablar. Solo quería soltar toda mi experiencia para que la líder viera que tenía un don, que sabía buscar los principios en el deber, que tenía talento. Mientras hablaba, sí pensé que tal vez estuviera presumiendo. Por ello, intenté frenarme, controlar el tono y hablar un poco de mi corrupción y mis errores. Sin embargo, también pensaba que había que enseñar estos métodos prácticos en aras de un bien mayor, que esa era toda mi experiencia práctica. No podía dejar de enseñar por temor a presumir. Al pensarlo, seguí divagando. Luego vi que la líder asentía con la cabeza y los demás parecían dar su visto bueno. Lo disfruté mucho. Así pues, en esa reunión, todo el mundo estaba, básicamente, escuchándome hablar. No solo eso, sino que en las reuniones casi nunca contaba mis estados negativos ni ejemplos de mis fracasos. Creía que eso hundiría mi imagen, así que seleccionaba cuidadosamente mis éxitos. Después de algunas reuniones, todos creían que se me daba genial compartir el evangelio y otras personas en ese deber empezaron a confiar en mí. Me pedían que hablara directamente con gente muy atascada en sus nociones. Eso me encantaba aún más y disfrutaba de la sensación de ser admirada.

Cuando me sentía muy satisfecha de mí misma, me sobrevino la disciplina de Dios. Empecé a toparme con muchos obstáculos y no terminaba nada. Pensaba que tendía a alardear y presumir en comunión con otros y ahora estaba luchando en vano. ¿Estaba Dios disgustado conmigo y ocultándose de mí? Me sinceré con la hermana Chen acerca del estado en que me hallaba, y comentó: “Desde que te conozco, he notado que tiendes a jactarte. Hablaste todo el tiempo cuando la líder se incorporó a una reunión. La cortaste sin darle tiempo a que acabara de hablar y yo ni siquiera pude hacer una pregunta. Me he sentido muy inferior a ti por toda tu experiencia predicando el evangelio”. Eso me sentó fatal. Nunca había imaginado que, por presumir yo, ella se sentiría limitada. ¿Eso no era cometer el mal? Me presenté ante Dios a hacer introspección en serio y recordé estas palabras Suyas: “Todos los que van cuesta abajo se exaltan a sí mismos, y dan testimonio de sí mismos. Van por ahí jactándose de sí mismos, autoengrandeciéndose y no han tomado a Dios en serio en absoluto. ¿Tenéis alguna experiencia respecto a lo que estoy diciendo? Muchas personas dan constantemente testimonio de sí mismas: ‘he sufrido de esta o aquella forma, he hecho tal y cual obra, Dios me ha tratado de esta forma y de aquella, me pidió que hiciera esto o lo otro; Él me tiene una estima especial; ahora soy de esta forma y de aquella’. Hablan deliberadamente en un tono concreto y adoptan determinadas posturas. En última instancia, alguna gente acaba creyendo que estas personas son Dios. Una vez han llegado a ese punto, ya hace mucho tiempo que el Espíritu Santo las habrá abandonado. Aunque, por ahora, son ignoradas y no expulsadas, su destino está definido y lo único que pueden hacer es esperar su castigo” (‘Las personas le ponen demasiadas exigencias a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me resultaron muy incisivas. Me topaba con muchos obstáculos y no percibía la guía de Dios. Eso se debía a que había disgustado a Dios con mi jactancia. El carácter justo de Dios no tolera ofensas del hombre. Sentí un poco de miedo. Sabía que, de seguir así, Dios me abandonaría indignado. Tenía que buscar la verdad para resolver este problema.

Leí un pasaje de las palabras de Dios sobre los anticristos: “La humanidad corrupta es capaz de enaltecerse y dar testimonio de sí misma, de pavonearse, de intentar que la tengan en gran estima, etc. Así reacciona instintivamente la gente cuando la gobierna su naturaleza satánica, lo cual es común a toda la humanidad corrupta. Normalmente, ¿cómo se enaltece y da testimonio de sí misma la gente? ¿Cómo logra este objetivo? Una manera consiste en dar testimonio de cuánto ha sufrido, de cuánto trabajo ha realizado y de cuánto se ha esforzado. Habla de estas cosas como una forma de capital personal. Es decir, emplea estas cosas como el capital con el que se enaltece, lo cual le da un lugar superior, más firme y más seguro en la mente de las personas, de modo que son más las que la estiman, admiran, respetan y hasta la veneran, idolatran y siguen. Ese es el efecto último. ¿Son razonables las cosas que hace la gente —enaltecerse y dar testimonio de sí misma— para lograr este objetivo? No. Se salen del ámbito de la racionalidad. Esta gente no tiene vergüenza: da testimonio descaradamente de lo que ha hecho por Dios y de cuánto ha sufrido por Él. Incluso presume de sus dones, talentos, experiencias y habilidades especiales o de sus métodos inteligentes de conducta y de los medios por los que juega con las personas. Su método de enaltecimiento y testimonio de sí misma consiste en pavonearse y menospreciar al prójimo. Además, disimula y se camufla para ocultar sus debilidades, defectos y fallos a los demás y que estos solo lleguen a ver su brillantez. Ni siquiera se atreve a contárselo a otras personas cuando se siente negativa; le falta valor para abrirse y hablar con ellas, y cuando hace algo mal, se esfuerza al máximo por ocultarlo y encubrirlo. Nunca habla del daño que ha ocasionado a la casa de Dios en el cumplimiento del deber. Ahora bien, cuando ha hecho una contribución mínima o conseguido un pequeño éxito, se apresura a exhibirlo. No ve la hora de que el mundo entero sepa lo capaz que es, el alto calibre que tiene, lo excepcional que es y hasta qué punto es mucho mejor que las personas normales. ¿No es esta una manera de enaltecerse y dar testimonio de sí misma?” (‘Se enaltecen y dan testimonio de sí mismos’ en “Desenmascarar a los anticristos”). ¿Yo no presumía y me enaltecía tal como lo describía Dios? No daba testimonio de Dios, sino que solo presumía para que me admiraran. Usaba mi experiencia evangelizadora a modo de capital personal, me creía inteligente y elocuente y hacía un espectáculo. Cuando tenía éxitos, me jactaba ante la hermana con quien trabajaba de mi capacidad de resolver problemas, y cuando ella afrontaba fracasos, le contaba toda mi experiencia. Presumía constantemente delante de ella y exhibía mis habilidades. Hacía como que la ayudaba, pero en realidad era para lucirme. Quería que me creyera mejor que ella, y por eso terminó limitándose a sí misma y sintiéndose negativa. En el deber confiaba en mí, no en Dios. Cuando vino la líder a nuestra reunión, fanfarroneé todo el tiempo acerca de los difíciles problemas que había resuelto para exhibir mis capacidades y que la líder me apreciara, creyera que tenía habilidades y que sabía resolver problemas reales. Cuando la líder estaba enseñando los principios, ni esperé a que terminara de hablar para meter baza, ensalcé mi forma de compartir el evangelio según los principios y alardeé de mis habilidades para que me estimaran los demás. Vi que era realmente despreciable y astuta. Como siempre interrumpía a la gente y presumía en las reuniones sin dar a nadie la ocasión de hablar, aquellas se volvieron mi espectáculo personal, en el que robaba a los demás la oportunidad de que se resolvieran sus preguntas. Y no podía sosegar el corazón para meditar las palabras de Dios y escuchar las experiencias de otros, sino que no pensaba más que en cómo hablar para que me admiraran. No aprendía mucho en las reuniones. Sabía que tenía muchos fallos y faltas, pero temía dañar la imagen que tenían los demás de mí, así que ocultaba esos defectos y solo hablaba de mis éxitos. Entonces, el resto del equipo evangelizador me admiraba y confiaba en mí. Los atraía a mí y no solo no tenía miedo, sino que lo disfrutaba. Con mi conducta vi que no trataba de satisfacer a Dios en el deber, sino que engañaba y atrapaba a la gente.

Leí este pasaje de las palabras de Dios, que me ayudó a entender mi naturaleza y esencia. “Algunas personas idolatran de manera particular a Pablo: les gusta salir a pronunciar discursos y hacer obra, les gusta reunirse y hablar; les gusta que las personas las escuchen, las adoren y las rodeen. Les gusta tener estatus en el corazón de los demás y aprecian que otros valoren la imagen que muestran. Analicemos su naturaleza a partir de estos comportamientos: ¿Cuál es su naturaleza? Si de verdad se comportan así, entonces basta para mostrar que son arrogantes y engreídos. No adoran a Dios en absoluto; buscan un estatus elevado y desean tener autoridad sobre otros, poseerlos, y tener estatus en sus mentes. Esta es la imagen clásica de Satanás. Los aspectos de su naturaleza que más destacan son la arrogancia y el engreimiento, la negativa a adorar a Dios, y un deseo de ser adorados por los demás. Tales comportamientos pueden darte una visión muy clara de su naturaleza” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con esto me di cuenta de que jactarse constantemente es estar controlado por una naturaleza arrogante. Desde niña me encantaba la sensación de ser admirada y apoyada, así que era algo que siempre buscaba en la vida. Seguí haciéndolo incluso tras recibir la fe: jactarme y presumir en cuanto tuviera ocasión. Lo disfrutaba, estaba encantada cada vez que veía la mirada de admiración de alguien. Difundir el evangelio era mi responsabilidad, mi deber, y los éxitos eran fruto de la guía de Dios. Pero me controlaba la arrogancia y usaba mis dones o mi experiencia a modo de capital personal. Me creía un talento indispensable y era despectiva con los demás. Además, aprovechaba toda ocasión de jactarme ante los hermanos y hermanas de mi éxito al predicar el evangelio, pero jamás comentaba mis defectos ni mis fracasos. Por ello, los hermanos y hermanas empezaron a recurrir a mí en vez de a Dios y no lo llevaban en el corazón. Dios debería ocupar el lugar sagrado del corazón de las personas, pero yo atraía a los demás ante mí, con lo que yo era la única que tenía un lugar en su corazón. ¿No rivalizaba con Dios por el estatus? Me acordé de Pablo, tan arrogante en la Era de la Gracia. Jamás enalteció al Señor Jesucristo en sus epístolas ni dio testimonio de lo que hizo la obra del Señor Jesús por la humanidad. Era un ególatra respecto a sus dones y su aptitud, y atrapaba a los demás para que lo admiraran y siguieran. Dio testimonio de que él no era inferior a ningún apóstol y acabó diciendo que vivía como Cristo, lo que ofendió gravemente el carácter de Dios. El constante enaltecimiento de Pablo hizo que otros lo adularan hasta el punto de que, durante 2000 años, los creyentes han considerado sus palabras palabras de Dios, fundamento de su fe y principios que hay que poner en práctica. Para ellos, sus palabras superan las de Dios, lo que convierte a Dios en un mero figurante. Pablo terminó por ser el primer anticristo y Dios lo corrigió. Me percaté de que era como Pablo. No enaltecía a Dios en el deber, sino que presumía y atrapaba el corazón de las personas. ¿Qué tenía eso de cumplir con un deber? Sencillamente, llevaba mi propia empresa, me resistía a Dios y peleaba con Él por un lugar. Eso ofende gravemente a Dios. En ese punto sentí auténtico miedo y vi lo peligroso que era aquello. Me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, no quiero vivir contra Ti, inmersa en mi carácter corrupto. Por favor, disciplíname si vuelvo a presumir. Dios mío, te pido que me guíes para comprenderme más a fondo”.

Luego leí un pasaje de las palabras de Dios que me hizo avergonzarme mucho de mí misma. “No pienses que lo entiendes todo. Yo te digo que todo lo que has visto y experimentado es insuficiente para que entiendas siquiera una milésima parte de Mi plan de gestión. ¿Por qué actúas, pues, con tanta arrogancia? ¡Esa pequeña porción de talento y el conocimiento exiguo que tienes son insuficientes para ser usados por Jesús siquiera en un solo segundo de Su obra! ¿Cuánta experiencia posees realmente? ¡Lo que has visto y todo lo que has oído durante tu vida y lo que has imaginado, es menos que la obra que Yo hago en un momento! Será mejor que no seas quisquilloso ni busques fallas. Puedes ser todo lo arrogante que quieras, pero ¡no eres más que una criatura que no puede compararse siquiera con una hormiga! ¡Todo lo que hay en tu barriga es menos que lo que hay en la barriga de una hormiga! No pienses que, porque tienes algo de experiencia y antigüedad, esto te da derecho a gesticular salvajemente y hablar con grandilocuencia. ¿No son tu experiencia y tu antigüedad un resultado de las palabras que Yo he pronunciado? ¿Crees que fueron a cambio de tu trabajo y esfuerzo? Hoy, ves que me he hecho carne y, como consecuencia de ello, en ti hay una sobreabundancia de conceptos y nociones sin fin. De no ser por Mi encarnación, por muy extraordinarios que fueran tus talentos, no tendrías tantos conceptos. ¿No es de aquí de donde surgieron tus nociones?” (‘Las dos encarnaciones completan el sentido de la encarnación’ en “La Palabra manifestada en carne”). No tenía la realidad de la verdad, sino que solo sabía algo de doctrina. Adquirí cierta experiencia, hice algo de trabajo, y entonces ignoré a todos los demás, incluso a Dios. Le robaba la gloria a Dios. Era irracionalmente arrogante. Mientras compartía el evangelio, en realidad era muy consciente de que Dios sustentaba Su propia obra. A veces me hacían una pregunta que no sabía responder, así que oraba a Dios. Luego sabía cómo abordarla tras recibir esclarecimiento del Espíritu Santo. En ocasiones no había dicho mucho, sino solamente leído unas palabras de Dios, y la gente reconocía inmediatamente la voz de Dios y estaba dispuesta a buscar Su obra de los últimos días. Comprobé que todo eso se logró con la guía de las palabras de Dios, que Él conmovía el corazón de la gente. Una vez le prediqué el evangelio al hermano de una hermana de la iglesia. Bastantes personas habían hablado con él antes, pero estaba limitado por sus nociones y no lo estudiaba. Yo no tenía demasiada confianza, pero me preparé un poco a partir de mi experiencia previa. Cuando le hablé de lo que yo ya había reflexionado, no solo permaneció indiferente, sino que sacó a colación más nociones que tenía. Al no saber cómo enseñarle, oré a Dios y me amparé en Él pidiéndole que me guiara. Después miramos un video de testimonio, y la enseñanza lo conmovió mucho y tuvo muchas ganas de estudiar la nueva obra de Dios. Estaba muy sorprendida. Había cambiado por completo en poco más de 30 minutos. Supe que eso no sucedió por lo bien que le hubiera enseñado yo, sino porque Dios lo había conmovido. Cuando mis motivaciones en el deber estaban equivocadas, por muy persuasiva que fuera, nadie quería aceptar el evangelio. La experiencia me enseñó que, en el deber, nuestros talentos y nuestra aptitud solo desempeñan un papel secundario y no son el factor decisivo. Las ovejas de Dios oyen Su voz. Los predestinados por Dios oyen Su voz en Sus palabras y desean estudiar el camino verdadero. Con una persona no escogida por Dios, no hay persuasión que valga. Incluso sin ningún don, si una persona es de buena fe y se ampara sinceramente en Dios, puede recibir Su guía y eso dará resultado de todos modos. Cualquier logro en mi deber realmente proviene del esclarecimiento del Espíritu Santo y de la guía de las palabras de Dios. Si no, por mucho que hable por mi cuenta, no conmoveré a un creyente potencial. Contribuyo lo mínimo y voy por ahí jactándome y robándole la gloria a Dios. Es absurdo. Sentí que había estado muy ciega. Me atribuía toda la gloria por el más mínimo logro y me jactaba con esa excusa. Era realmente desvergonzada. Al recordar las formas en que había presumido, me sentí muy innoble. Era una auténtica bufona y hacía ciegamente un espectáculo. Si Dios no me hubiera dispuesto situaciones difíciles y las críticas de una hermana, habría permanecido dormida, sin conocerme a mí misma. Al darme cuenta, me presenté ante Dios y oré, con deseos de arrepentirme, para dejar de enaltecerme y de presumir.

Después busqué conscientemente el modo de enaltecer a Dios y dar testimonio de Él. Leí un pasaje de las palabras de Dios. “Cuando deis testimonio de Dios, principalmente debéis hablar más de cómo Él juzga y castiga a las personas, de las pruebas que utiliza para refinar a las personas y cambiar su carácter. También debéis hablar de cuánta corrupción se ha revelado en vuestra experiencia, de cuánto habéis soportado y cómo Dios os conquistó finalmente; debéis hablar de cuánto conocimiento real de la obra de Dios tenéis y de cómo debéis dar testimonio de Dios y retribuirle Su amor. Debéis poner sustancia en este tipo de lenguaje, al tiempo que lo expresáis de una manera sencilla. No habléis sobre teorías vacías. Hablad de una manera más práctica; hablad desde el corazón. Esta es la manera en la que debéis experimentar. No os equipéis con teorías vacías aparentemente profundas en un esfuerzo por alardear; hacerlo de esa manera hace que parezcáis arrogantes e insensatos. Debéis hablar más de cosas reales desde vuestra experiencia real, que sean auténticas y que provengan del corazón; esto es lo más beneficioso para los demás y es lo más apropiado de ver” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me enseñaron que enaltecer y dar testimonio de Dios es dar testimonio de Su obra, de Su carácter, hablar de nuestra corrupción y rebeldía y de cómo nos hemos conocido gracias al juicio de Sus palabras. Los demás pueden adquirir entonces discernimiento y contemplar la justicia de Dios, así como Su amor por nosotros. Pero yo solo había hablado de mis éxitos al compartir el evangelio, casi nunca de la corrupción que había exhibido ni de cómo me había resistido a Dios. No daba testimonio de Dios y era preciso que mostrara mi auténtico yo, que revelara lo ególatra que había sido, lo que había presumido, mis luchas y carencias al predicar el evangelio, y compartiera cómo me había guiado el Espíritu. Era preciso que hablara de todo eso para que los demás me vieran de forma clara y también vieran cómo obra Dios. Entonces tendrían fe para ampararse en Dios en el deber, para recibir Su guía. Cuando me sinceré de ese modo, todos comprendieron que realmente no llevaban a Dios en el corazón. Querían cambiar, ampararse en Dios en el deber.

Miré después un video de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “¿Cuál es tu comprensión del carácter de Dios, de lo que Él tiene y es? ¿Cuál es tu comprensión de Su autoridad y de Su omnipotencia y sabiduría? ¿Alguien sabe cuántos años lleva obrando Dios entre toda la humanidad y todas las cosas? Nadie sabe el número exacto de años que Dios lleva obrando y gestionando a toda la humanidad; Él no la informa sobre tales cosas. Sin embargo, si Satanás hiciera algo de esto, ¿lo anunciaría? Desde luego que sí. Satanás quiere llamar la atención, para así poder engañar a una mayor cantidad de gente y que más le den crédito. ¿Por qué no informa Dios sobre esta empresa? Hay un aspecto de la esencia de Dios que es humilde y oculto. ¿Qué cosas se oponen a la humildad y a lo oculto? La arrogancia, la insolencia y la ambición. […] Los anticristos no son diferentes de Satanás: alardean delante de todos de cada pequeña cosa que hacen. Al oírlos, parece que están dando testimonio de Dios, pero si escuchas con atención descubrirás que no lo hacen, sino que se exhiben y se establecen. La motivación y la esencia detrás de lo que dicen, además del estatus, son las de disputarse con Dios a los escogidos. Dios es humilde y está oculto, mientras que Satanás hace alarde de sí mismo. ¿Existe alguna diferencia? ¿Podría describirse a Satanás como humilde? (No). A juzgar por su naturaleza y esencia malvadas, es una basura sin valor. Lo raro sería que Satanás no hiciera alarde de sí mismo. ¿Cómo iba calificarse a Satanás como ‘humilde’? La ‘humildad’ es cosa de Dios. La identidad, la esencia y el carácter de Dios son elevados y honorables, pero Él nunca hace alarde. Dios es humilde y está oculto, no deja que la gente vea lo que ha hecho, pero mientras obra en la oscuridad, la humanidad no cesa de ser provista, alimentada y guiada, y todo ello es dispuesto por Dios. El hecho de que Él nunca divulgue ni mencione estas cosas, ¿se debe a la ocultación y la humildad? Dios es humilde precisamente porque es capaz de hacer tales cosas, pero no las menciona ni las divulga, no las discute con la gente. ¿Qué derecho tienes tú a hablar de humildad cuando eres incapaz de hacer tales cosas? No has hecho nada de eso, y sin embargo insistes en atribuirte el mérito. Eso es ser un desvergonzado. Al guiar a la humanidad, Dios lleva a cabo una obra muy grande y preside todo el universo. Su autoridad y Su poder son enormes, pero Él nunca ha dicho: ‘Mi destreza es extraordinaria’. Él permanece oculto entre todas las cosas, presidiendo todo, alimentando y proveyendo a la humanidad, permitiendo que esta continúe generación tras generación. Pensemos en el aire y el sol, por ejemplo, o en todas las cosas materiales visibles necesarias para la existencia humana: todas ellas fluyen sin cesar. Que Dios provee al hombre es indiscutible. Entonces, si Satanás hiciera algo bueno, ¿lo mantendría en silencio y seguiría siendo un héroe sin reconocimiento? Jamás. Es como algunos anticristos en la iglesia que anteriormente llevaron a cabo un trabajo peligroso o que fue perjudicial para sus propios intereses, puede que incluso acabaran en la cárcel; otros también contribuyeron alguna vez en algún aspecto de la obra de la casa de Dios. Nunca olvidan estas cosas, creen que merecen crédito por ellas durante toda su vida, creen que son un capital que les durará siempre, lo cual demuestra lo pequeñas que son las personas. La gente es pequeña, y Satanás un desvergonzado” (‘Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Que Dios sea tan humilde y oculto me hizo sentir avergonzada de veras. Dios es realmente supremo, pese a lo cual se hizo carne, vino a la tierra y expresó verdades para salvar a la humanidad. Por muy grande que sea Su obra o por muchas verdades que exprese, jamás se jacta. Simplemente vela por la humanidad en silencio. La esencia de Dios es sumamente benévola. Pero yo soy una mota de polvo, nada de nada, me moría por recibir admiración y me peleaba con Dios por un lugar. Alardeaba de cualquier cosilla que hiciera por si los demás no la veían. Evidentemente, Dios realiza toda la obra y yo solo coopero un poco. Le robaba sin vergüenza la gloria a Dios y hacía gala constantemente de mis dones y mi aptitud. Quería engañar a la gente y apartarla de Dios. Cuanto más lo pensaba, más vergüenza sentía: eso era muy aborrecible para Dios. Ya no quería ser esa clase de persona.

En las reuniones posteriores, dejé de hablar de mis éxitos como antes y, en cambio, enaltecía a Dios y daba testimonio de Él adrede hablando más de mi corrupción y rebeldía, que habían provocado mis fracasos, y de la disciplina y guía de Dios para poder aprender principios y una senda de práctica. También analizaba y me sinceraba sobre mis motivaciones para que los demás descubrieran la justicia de Dios, que era una persona corrupta, y aprendieran una lección de mis fracasos. En ocasiones aún tengo un pequeño deseo de presumir, pero, al darme cuenta, oro y renuncio de inmediato a mí misma. Me siento mucho mejor después de poner eso en práctica. He experimentado verdaderamente cómo el juicio y el castigo de Dios benefician mi vida más de lo que puedo expresar. También he probado el amor y la salvación de Dios para conmigo. ¡Demos gracias a Dios!

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