Mi esfuerzo por hablar con honestidad

10 Ene 2022

Por Weniela, Filipinas

Acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días en 2017. Normalmente, el tiempo que pasaba en comunión con los hermanos y hermanas era muy feliz para mí porque siempre lograba aprender más verdades y obtener algo de ello. Al principio todo era por chat de texto; es decir, nos comunicábamos por escrito. Por ello, yo no ocultaba nada y tenía muchas ganas de hablar de mi comprensión de las palabras de Dios. Según los líderes, tenía una buena comprensión, y los hermanos y hermanas me admiraban. Decían que les gustaba lo que compartía y que hablaba bien inglés. Me ilusionaban sus elogios y creía estar haciéndolo bien. Luego, una hermana sugirió las llamadas de voz para las reuniones y emergieron mis problemas.

En una reunión vespertina, tras leer las palabras de Dios, un par de hermanas compartieron lo que habían entendido del pasaje, pero yo estaba nerviosa y en realidad no las había oído. Antes todo era mediante texto, así que no estaba muy acostumbrada a la comunión por voz. La comunión por voz era mi punto débil. Cuando era mediante texto, podía escoger las palabras y suavizarlas, pero en el chat en directo no tenía tiempo de prepararme. Aunque comprendía un poco las palabras de Dios, hablaría de forma caótica y desorganizada, por lo que temía decepcionar a los hermanos y hermanas. Esto me preocupó todo el tiempo. Dudaba si hablar o no. Si no lo hacía, los demás pensarían que no participaba activamente y el líder estaría decepcionado conmigo. Sin embargo, si hablaba, estaría en el punto de mira y, de hacerlo mal, los hermanos y hermanas me despreciarían. Se hundiría mi buena imagen ante ellos. Estos pensamientos me pusieron tan nerviosa que no pude hablar. Estaba avergonzada, sobre todo porque en la reunión estaban las hermanas que me habían convertido. Pensaba que tenían que estar decepcionadas porque en la comunicación por texto exhibía un buen entendimiento y participaba mucho, pero en esa ocasión no decía nada. Flora Shi, una líder, me dijo: “Hermana Weniela, ¿te gustaría compartir algo? El resto lo ha hecho. ¿Se te ha olvidado compartir en comunión?”. Por su tono de voz, creí que estaba decepcionada. Me sentí muy incómoda y avergonzada. Para ocultar este defecto mío y conservar mi imagen ante sus ojos, decidí que, de ahí en adelante, escribiría antes de la reunión lo que quería compartir y simplemente podría leerlo cuando fuera mi turno. Entonces no estaría tan nerviosa. Me creerían buena oradora y lo que compartiera sería perfecto y útil para ellos. Me pareció buena idea.

Una tarde acogieron la reunión un par de hermanas de China. Todos nos comunicábamos en inglés porque nos convenía. Los hermanos y hermanas del lugar eran muy tímidos porque su inglés no era muy bueno, pese a lo cual supieron compartir su entendimiento de las palabras de Dios. Cuando llegó mi turno, me impliqué mucho y sonaba muy confiada porque lo había escrito todo de antemano. Yo fui la última. Había dedicado mucho tiempo a escribir mis palabras y estaba esmerándome para hablar con total naturalidad y que no notaran que estaba leyendo. Después, todos halagaron mis palabras y afirmaron que les resultaban muy útiles y que mi inglés era estupendo. En el fondo, estaba contenta con sus elogios y creía haberme ganado su respeto. Luego, cada vez que los hermanos y hermanas decían que les gustaba lo que compartía y que tenía talento, no podía contener mi alegría. Después me eligieron líder del grupo. Me centré aún más en lo que opinaran los demás de mí. No obstante, con el tiempo empecé a sentirme culpable, algo incómoda cada vez que ellos me elogiaban. Sabía que estaba mal lo que hacía, que no dejaba que vieran mi yo real. No me sentía bien por ello, pero seguí haciendo lo mismo. En las reuniones, realmente no escuchaba lo que compartían los demás. No escuchaba lo más mínimo de corazón, sino que estaba ocupada redactando mi entendimiento y, por consiguiente, era imposible que aprendiera verdaderamente de ellos. Las reuniones no tenían sentido para mí. Siempre me centraba en escribir algo que sonara bien para satisfacer mi vanidad y salvaguardar mi reputación. Eso me impedía aprender más de aquellas reuniones. Quería cambiar, hablar de forma más libre, pero me asustaba dar ese paso. Temía que, si los demás se enteraban de que escribía las cosas de antemano, me despreciaran y pudieran decir que era muy falsa, que mentía y faltaba a la verdad. Quise dejar de hacerlo muchas veces porque no me beneficiaba nada y me dejaba muy inquieta, pero esa ansiedad no tenía tanto peso como mi imagen y la admiración ajena. Me preocupaban más mi imagen y mi reputación. Sin embargo, cada vez que hacía eso, me sentía sumamente culpable. Hasta trataba de convencerme de que solo lo hacía para poder compartir mi entendimiento de forma más clara y precisa y que los demás pudieran comprender mejor lo que decía. No paraba de decirme que estaba bien, pero me seguían atormentando la desazón y la culpa. Imaginaba que, si podía renunciar al orgullo y decirles la verdad a todos, podría salir de aquello. Pero si se enteraban de que mi inglés no era realmente estupendo, pensaba que se reirían de mí. ¿Y cómo podría dar la cara ante ellos? Luché contra esto mucho tiempo, pero todavía no conseguía abrirme. Sin saber qué más hacer, probé a trabajar mis habilidades lingüísticas. Practicaba la comunicación yo sola en casa grabándome y escuchándolo a ver cómo sonaba. Creía que así, poco a poco, podría mejorar la expresión oral y no tendría que seguir escribiendo mis palabras de antemano, sino que podría compartirlas directamente. Entonces no habría necesidad de decirles la verdad a todos. Siempre que, de todos modos, yo supiera comunicarme bien y mi inglés sonara con fluidez, conservaría su respeto hacia mí. Sin embargo, por más que ensayaba, me ponía nerviosa cada vez que estábamos todos en comunión, así que leía mis palabras como había hecho desde el principio. Estaba decepcionada de mí misma y atrapada en un estado negativo. Eso también afectó a mi deber. Al final me destituyeron del puesto de líder del grupo.

Una vez, en una reunión, una hermana compartió este pasaje de las palabras de Dios: “Si deseas que otros confíen en ti, primero debes ser honesto. Como una persona honesta, primero debes desnudar tu corazón de modo que todos puedan mirarlo, ver todo lo que estás pensando y atisbar tu verdadero rostro; no debes tratar de disfrazarte ni encubrirte para verte bien. Solo entonces confiarán las personas en ti y te considerarán honesto. Esta es la práctica más fundamental y es el prerrequisito para ser una persona honesta. Siempre estás fingiendo, aparentando santidad, virtud, grandeza y cualidades morales elevadas. No permites que nadie vea tu corrupción y tus defectos. Presentas una falsa imagen de ti a las personas, para que crean que eres recto, noble, abnegado, imparcial y desinteresado. Esto es engaño. No te pongas un disfraz y no te encubras; más bien, ponte al descubierto y desnuda tu corazón para que los demás lo vean. Si puedes abrir tu corazón para que otros lo vean, y puedes exponer todos tus pensamientos y planes, tanto positivos y negativos, entonces ¿no estarás siendo honesto? Si puedes desnudarte para que otros te vean, entonces Dios también te verá y dirá: ‘Te has desnudado para que otros vean y, por tanto, no cabe duda de que también eres honesto delante de Mí’. Si solo te desnudas delante de Dios, fuera de la vista de los demás, y siempre finges ser noble y virtuoso, o justo y desinteresado cuando estás en su compañía, entonces ¿qué pensará y dirá Dios? Dirá: ‘Eres auténticamente deshonesto; eres totalmente hipócrita y mezquino y no eres una persona honesta’. Así pues, Dios te condenará. Si deseas ser una persona honesta, entonces, independientemente de que estés delante de Dios o de otra gente, deberías poder aportar un relato puro y abierto respecto a lo que se manifiesta en ti y sobre las palabras en tu corazón. ¿Es esto fácil de lograr? Requiere tiempo; requiere una batalla interna, y debemos practicar constantemente. Poco a poco, nuestro corazón se abrirá y podremos exponernos” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). A Dios le agradan los honestos, y no la picardía ni la deshonestidad. Se trate de algo bonito o feo, hemos de abrirnos de corazón en comunión, no fingir ser algo que no somos ni enmascararnos. Eso es ser honestos. Me sentí muy culpable al leer esto porque sabía que no era honesta. Tenía muchas ganas de sincerarme con todos, de renunciar a mi vanidad y a mi deseo de imagen, y aunque lo intenté bastantes veces, no pude. Ansiaba la imagen en exceso. Era presa de mi vanidad. Descubrí que, en realidad, era sumamente corrupta. Me sentí muy culpable y molesta al mismo tiempo. ¿Por qué estaba siempre fingiendo, dando una falsa impresión positiva de mí? ¿Por qué no podía practicar la verdad? ¿Por qué desperdiciaba mi fe en Dios? ¿Eran inútiles aquellas reuniones y aquellos deberes? Creía que jamás me libraría de las ataduras de mi vanidad. Quería dejar el grupo y tomarme un tiempo para conseguir el estado correcto; luego podría volver a las reuniones y dejar de hacer esas cosas. Así, abandoné el grupo y dejé de usar la cuenta que había usado, pues quería estar a solas y hacer introspección. Durante un tiempo estuve muy triste, frustrada y también sola. Estaba decepcionada de mí misma. Hacía dos años que era creyente, pero aún no había conseguido ser honesta y renunciar a la vanidad. Me importaba demasiado la opinión ajena sobre mí. Solo imaginarme la reacción de los demás tras conocer la verdad me hacía sentir muy avergonzada.

Lo único que hacía por entonces era leer las palabras de Dios. Un día vi este pasaje: “Buscar la verdad es lo más importante y practicarla es, de hecho, muy sencillo. Debes empezar siendo una persona honesta y hablando sinceramente, y abriendo tu corazón. Si hay algo acerca de lo cual te sientas muy avergonzado como para hablarlo con tus hermanos y hermanas, entonces debes arrodillarte y decírselo a Dios por medio de la oración. ¿Qué deberías decirle a Dios? Dile a Dios lo que tienes en tu corazón; no des cumplidos vacíos ni intentes engañarlo. Comienza siendo honesto. Si has sido débil, entonces di que has sido débil; si has sido malvado, entonces di que has sido malvado; si has sido mentiroso, entonces di que has sido mentiroso; si has tenido pensamientos viciosos e insidiosos, cuéntale a Dios sobre ellos. Si siempre estás compitiendo por obtener una posición, también díselo a Dios. Permite que Dios te discipline; permítele que Él disponga un ambiente para ti. Permite que Dios te ayude a superar todas tus dificultades y a resolver todos tus problemas. Debes abrir tu corazón; no lo mantengas cerrado. Aun si lo dejas fuera a Él, aun así Él puede ver lo que hay dentro de ti. Sin embargo, si te abres a Él, puedes obtener la verdad. Entonces, ¿qué senda deberías escoger? Comienza siendo honesto y, por ningún motivo, montes una farsa. Durante años, hemos comunicado verdades sobre la honestidad y, sin embargo, hoy en día todavía hay muchas personas que continúan indiferentes, que solo hablan y actúan de acuerdo con sus propias intenciones, deseos y objetivos, y a quienes nunca se les ha ocurrido arrepentirse. ¿Es esta la actitud de las personas que son honestas? (No). ¿Por qué le pide Dios a la gente que sea honesta? ¿Para que sean más fáciles de controlar? (No). Ser honesto es el punto de partida para ser normal, para ser amado por Dios, para obtener la verdad; además es también la indicación primordial de que se posee humanidad y la semejanza de una persona auténtica. Por tanto, cualquiera que nunca haya sido honesto, ni haya considerado serlo, es alguien que no puede entender ni ganar la verdad. Si no me crees, compruébalo tú mismo, ve a experimentarlo por tu cuenta. Tu corazón solo puede abrirse si practicas la honestidad, y solo una vez que tu corazón se ha abierto puede entrar la verdad en ti y, a su vez, puedes entenderla y obtenerla. Si tu corazón está siempre cerrado y nunca hablas sinceramente con nadie y siempre eres evasivo y esquivo, entonces ¿qué vendrá de toda esa evasión tuya? Al final, te arruinarás y serás incapaz de comprender u obtener cualquier verdad” (‘Seis indicadores de crecimiento vital’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Esto me enseñó que comprender la verdad es más importante que nada, más que mi imagen y mi vanidad. Para recibir la verdad, tenía que empezar por ser honesta. Dos y dos son cuatro, no cinco: se acabó fingir o engañar. Durante mucho tiempo había hecho teatro, había engañado a los demás. Escribía aquello de lo que quería hablar para que creyeran que tenía un buen entendimiento y que hablaba bien inglés, y siguieran elogiándome. Me invadían la culpa y la ansiedad, pero no tenía valor para abrirme a los hermanos y hermanas. No quería que vieran mis imperfecciones, me despreciaran y dijeran que era una mentirosa. Hasta preferí dejar el grupo antes que decirles la verdad. Era realmente astuta. Me di cuenta de que estaba tan deprimida por el daño que me hacía Satanás y que, probablemente, eso estaba frenando mi entrada en la vida. Podría llegar a hundirme. Debía tener valor para contarles a los demás lo que realmente pensaba para poder practicar precisamente algo de honestidad. Por muy dificultoso que fuera decir la verdad, sabía que tenía que dejar de hacer las cosas mal. A Dios le agradan los honestos y le repugnan los taimados. Si continuaba haciendo teatro, dando una falsa impresión y no siendo directa, seguiría viviendo en tinieblas y no recibiría la obra del Espíritu Santo. Nunca recibiría la verdad. Tenía que abrirme de par en par a Dios para que pudiera ayudarme a corregir esta falsedad mía. Oré para pedirle a Dios que me guiara para practicar la verdad y ser honesta.

Más tarde, por fin me sinceré con nuestra líder, la hermana Connie. Le conté por qué había dejado el grupo y desactivado mi cuenta. Tras escucharme, la hermana Connie señaló: “Jamás te despreciaría por eso y agradezco mucho tu honestidad”. Me alivió enormemente oír eso. Experimenté de veras lo estupendo que es ser honesta. Esta honestidad me liberó de toda ansiedad y me permitió corregir mis opiniones equivocadas. También me dio un consejo: que, al compartir mi entendimiento de las palabras de Dios, no es preciso que hable con gran elocuencia ni que comparta teorías elevadas de ningún tipo. Basta con que salga del corazón, que sea algo honesto. Eso alegra a Dios. Acepté la sugerencia y me sentí preparada para ponerla en práctica.

Después, otra hermana me mandó un pasaje de las palabras de Dios: “En vez de buscar la verdad, la mayoría de la gente alberga sus propias agendas egoístas. Sus propios intereses, su imagen y el lugar que ocupan a ojos de los demás tienen gran importancia para ellos. Estas son las únicas cosas que aprecian. Se aferran a la vida. Y cómo los vea o los trate Dios tiene para ellos una importancia secundaria. Es algo que, de momento, ignoran. Lo único que les importa es si son el jefe del grupo, si otros los admiran y escuchan lo que dicen. Eso tiene una importancia primordial para ellos. Cuando se encuentran en un grupo, casi todas las personas buscan este tipo de posición, este tipo de oportunidades. Si tienen un gran talento, por supuesto que quieren estar en lo más alto; si tienen una capacidad normal, querrán tener una posición superior a la del resto de normales del grupo; y si están en una posición baja, siendo de calibre y habilidades normales, también desearán que los demás los admiren, no querrán que los miren por encima del hombro. La imagen y la dignidad de estas personas es donde marcan el límite: tienen que aferrarse a tales cosas. Puede que no tengan integridad, y no posean ni la aprobación ni el beneplácito de Dios, pero en un grupo, nunca pierden la oportunidad de competir en pos de la imagen, el estatus y la admiración de los demás. Ese es el carácter de Satanás. La mayoría de las personas no son conscientes de ello. Creen que tienen que aferrarse a ese poquito de imagen hasta el final. No son conscientes de que solo cuando renuncien por completo a estas cosas vanas y superficiales y las den de lado, se convertirán en alguien con determinación. Las personas que basan su vida en el estatus, la pierden. Desconocen lo que está en juego. Y así, cuando actúan, siempre se guardan algo, siempre tratan de proteger su propia imagen y estatus, los colocan en primer lugar, hablan solo para sus propios fines, para su propia defensa espuria. Lo hacen todo para ellos mismos. Se lanzan hacia cualquier cosa que destaque, para hacer saber a todo el mundo que formaron parte de ella. En realidad no tuvieron nada que ver, pero jamás quieren quedar en segundo plano, siempre tienen miedo de que los demás los desprecien, temen siempre que los demás digan que no son nada, que no son capaces, que no tienen aptitudes. ¿Acaso no está todo esto dirigido por sus actitudes satánicas? Cuando seas capaz de deshacerte de todo esto, estarás mucho más relajado y libre por dentro; habrás puesto el pie en la senda de ser honesto. Pero para muchos, no es algo fácil de conseguir. Cuando aparece la cámara, se lanzan a ponerse delante; les gusta que les enfoque, cuanto más lo haga, mejor. Temen que no sea suficiente, y pagarán el precio que sea necesario para tener la oportunidad de que así sea. ¿Y acaso no está todo ello dirigido por sus actitudes satánicas? (Sí). Estas son sus actitudes satánicas. Entonces logras estar en el foco, ¿y ahora qué? La gente piensa bien de ti, ¿y qué? Te idolatran, ¿y qué? ¿Demuestra algo de esto que poseas la verdad? No tiene ningún valor. Cuando puedas superar estas cosas, cuando te vuelvas indiferente hacia ellas y ya no las consideres importantes, cuando la imagen, la vanidad, el estatus o lo que otras personas piensen de ti ya no controlen tus pensamientos y tu comportamiento, y mucho menos la forma en que cumples con tu deber, entonces serás cada vez más eficaz y más puro en el cumplimiento de esos deberes” (‘Solo al practicar la verdad se puede poseer una humanidad normal’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En este pasaje, Dios expone que la gente valora la imagen y el estatus más que su vida y que lo primero en lo que piensa ante cualquier cosa es en su reputación, vanidad y posición, para nada en la voluntad de Dios. Dios no quiere que hagamos teatro ni que prioricemos la reputación o busquemos estatus entre la gente. Eso no nos ayuda a ganarnos la aprobación de Dios, ni a transformar nuestro carácter ni a salvarnos. La reputación y el estatus son lazos con los que nos ata Satanás e ir en pos de ellos nos hace cada vez más vanidosos y astutos. Así perdemos la guía de Dios y terminaremos perdiendo Su salvación. A Dios no le agradan los taimados ni quiere que la gente se haga la lista para ganarse Su aprobación o la admiración ajena. Quiere que renunciemos a la reputación y el estatus, busquemos la verdad y seamos honestos. Sea ante Dios o ante los demás, no podemos ser mentirosos ni falsos. Una vez tras otra, no me había abierto a compartir mis luchas con los demás porque me importaban demasiado mi imagen y mi vanidad. Firmemente enganchada a mi carácter satánico, no podía practicar la verdad. Mi deseo de imagen y estatus era demasiado fuerte.

La hermana me envió después más palabras de Dios con un pasaje especialmente útil para mí: “Ahora que lo estáis viendo, ¿os parece que hacer pequeños favores, lucirse o engañar a la gente con ilusiones es una buena senda, digna de ser tomada pese a los muchos beneficios y la mucha satisfacción que aparentemente obtenga una persona que aplique estos métodos? ¿Es una senda de búsqueda de la verdad? ¿Es una senda que pueda traer consigo la propia salvación? Es muy evidente que no. Todos estos métodos y trucos, por muy brillante que haya sido la forma de concebirlos, no pueden engañar a Dios, y terminan condenados y aborrecidos por Dios, pues a dichas conductas subyacen la ambición personal y una actitud y esencia de desear ponerse en contra de Él. En el fondo, Dios no reconocería absolutamente nunca a una persona así como alguien que cumple con el deber, y la definiría, en cambio, como una malhechora. ¿A qué conclusión llega Dios cuando trata a los malhechores? ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’. Cuando Dios dijo ‘Apartaos de mí’, estaba enviando a la gente a Satanás, a lugares atestados de satanases, y ya no la quiso más. Que no la quisiera suponía que no la salvaría. Si tú no eres del rebaño de Dios, y ni mucho menos uno de Sus seguidores, no estás entre aquellos a los que salvará. Así es como se define a una persona de este tipo” (‘Tratan de ganarse a la gente’ en “Desenmascarar a los anticristos”). En las palabras de Dios descubrí que hay personas hipócritas y falsas que roban un hueco en el corazón de la gente. Parecen ganarse el respeto de los demás y ver satisfechos sus ambiciones y deseos. ¿Pero qué consiguen al final? Pueden engañar a la gente por un instante, pero no a Dios. Dios examina nuestros corazones y mentes y, a la larga, pierden la ocasión de recibir la salvación de Dios y no pueden recibir nunca la verdad ni la aprobación de Dios. Las palabras de Dios son claras. Aborrece a quienes no buscan la verdad, albergan intenciones propias y quieren robar un hueco en el corazón de los demás. Los considera malhechores y no agradece el deber con el que cumplen. Esto me asustó. Temía que Dios me abandonara, que me arrojara a Satanás y yo perdiera Su salvación. Comprendí que realmente había tomado la senda incorrecta. Como todos mis pensamientos y actos estaban dirigidos a ser elogiada y admirada por los demás, no tenía en cuenta la voluntad de Dios ni lo que acabaría consiguiendo actuando así. Aunque me ganara el corazón de algunos, nunca recibiría la verdad, pues iba por una senda contraria a Dios. De seguir en esa senda, al final me hundiría. Al pensarlo, supe que Dios aborrecía lo que hacía y que eso no era lo que Él quería que buscara. No podía calmar mis sentimientos. Sinceramente, quería transformarme y escapar de ese estado, ser yo misma y no volver a ser una mentirosa.

Luego, la hermana Connie me animó a compartir en comunión y abrirme a los demás, a ser honesta para poder sentir paz y gozo. Pero al pensar en sincerarme ante los hermanos y hermanas sobre mi corrupción y mis faltas, dudé mucho. Entonces vi otro pasaje de las palabras de Dios: “Debes buscar la verdad para resolver cualquier problema que surja, sea el que sea, y bajo ningún concepto disfrazarte o poner una cara falsa para los demás. Tus defectos, carencias, fallos y actitudes corruptas… sé totalmente abierto acerca de todos ellos y compártelos. No te los guardes dentro. Aprender a abrirse es el primer paso para entrar en la verdad y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que lo has superado, es fácil entrar en la verdad. Dar este paso significa que estás abriendo tu corazón y mostrando todo lo que tienes, bueno o malo, positivo o negativo; que te estás descubriendo ante los demás y ante Dios; que no le estás ocultando nada a Dios ni estás disimulando ni disfrazando nada, libre de mentiras y trampas, y que estás siendo igualmente sincero y honesto con otras personas. De esta manera, vives en la luz y no solo Dios te escrutará, sino que también otras personas podrán comprobar que actúas con principios y cierto grado de transparencia. No es necesario que ocultes nada, hagas modificaciones ni emplees trucos por el bien de tu reputación, tu dignidad y tu estatus, y esto también es aplicable a cualquier error que hayas cometido; ese trabajo inútil es innecesario. Si no lo haces, vivirás de forma fácil y descansada y totalmente en la luz. Esa es la única clase de personas que pueden ganarse el elogio de Dios. Luego, debes aprender a analizar tus pensamientos e ideas. Cualquier cosa que estés haciendo está mal, y cualquier comportamiento que tengas no le gustará a Dios; debes poder revertirlo de inmediato y rectificarlo. ¿Cuál es el propósito de rectificarlo? Es aceptar y tomar en cuenta la verdad, al tiempo que rechazas las cosas en tu interior que le pertenecen a Satanás y las reemplazas con la verdad. Solías basarte en tus naturalezas satánicas, como la astucia y el engaño, pero ahora no es así; ahora, cuando haces las cosas, actúas con una mentalidad de honestidad, pureza y obediencia. Si no te guardas nada, si no te pones una careta, una impostura, una fachada, si te expones ante los hermanos y hermanas, si no ocultas tus pensamientos y reflexiones más íntimas, sino que permites que los demás vean tu actitud sincera, entonces la verdad echará raíces poco a poco en ti, florecerá y dará frutos, dará gradualmente resultados. Si tu corazón es cada vez más honesto y está cada vez más orientado hacia Dios, y si sabes proteger los intereses de la casa de Dios cuando cumples con tu deber, y tu conciencia se turba cuando no proteges estos intereses, entonces esto es una prueba de que la verdad ha tenido efecto en ti y se ha convertido en tu vida” (‘Solo quienes practican la verdad temen a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Comprobé que las palabras de Dios pueden transformar de veras a la gente. Cuando la gente aprende a sincerarse acerca de su auténtica corrupción y busca la verdad, nuestras ideas equivocadas y nuestro carácter corrupto pueden transformarse gradualmente. Dios desenmascaró mi forma errónea de pensar, reveló mi búsqueda equivocada de reputación y estatus y me guió con Sus palabras hasta hallar la senda correcta de práctica. Tenía que dar el primer paso para abrirme a los demás, dejar de pensar en mi reputación e imagen, dejar de ser astuta, mentirosa y falsa. Tenía que practicar las palabras de Dios y dejar que me mostraran el camino dentro de mí.

Ese domingo por la mañana, me uní a la reunión como de costumbre y me dije que tenía que ser sincera, compartir libremente con todos mi entendimiento. Oré: “Amado Dios, esta vez quiero practicar la verdad, librarme de las ataduras de Satanás y revelar mi hipocresía y falsedad. Me dará igual que me desprecien. Solo quiero ser honesta para satisfacerte a Ti. Te pido ayuda para ser abierta y honesta”. Me sentí más relajada tras esta oración. En la reunión reflexioné en serio sobre las palabras de Dios y escuché detenidamente las palabras de los otros sobre su experiencia y entendimiento. No dediqué ese tiempo a escribir mis propias palabras ni pensé en cuáles agradarían a los demás. Al hacerlo recibí nuevo esclarecimiento de la comunión de los otros. Cuando llegó mi turno, no pensaba en lo buenas o elocuentes que eran mis palabras y, aunque estaba nerviosa, eso no impidió que continuara hablando. Hablé entonces de un pasaje de las palabras de Dios que me había conmovido mucho: “Honestidad significa dar tu corazón a Dios; ser auténtico y abierto con Dios en todas las cosas, nunca esconderle los hechos, no tratar de engañar a aquellos por encima y por debajo de ti, y no hacer cosas solo para ganaros el favor de Dios. En pocas palabras, ser honesto es ser puro en tus acciones y palabras, y no engañar ni a Dios ni al hombre. […] Si tienes muchas confidencias que eres reacio a compartir, si eres tan reticente a dejar al descubierto tus secretos, tus dificultades, ante los demás para buscar el camino de la luz, entonces digo que eres alguien que no logrará la salvación fácilmente ni saldrá de las tinieblas” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”). Relacioné este pasaje de las palabras de Dios con mi experiencia, y al final desnudé mi alma y les revelé a todos mi rostro absolutamente más auténtico. Ni de lejos me preocupaba lo que dijeran de mí. Les comuniqué: “Durante todo este tiempo he hecho un gran teatro y aparentado hablar inglés con fluidez. Lo cierto es que escribía de antemano todas mis palabras y hasta las grababa para ensayar y que sonaran naturales, de modo que todos pensarais mejor de mí. Solo lo hacía por ganarme vuestros elogios y para que me admirarais. Os he engañado…”. Creía que me despreciarían después de mi desahogo, pero me dijeron que no tenía que preocuparme por no comunicar bien, que todos somos parecidos. Dios quiere que seamos sinceros, no poéticos y poco prácticos. Si no hablaba de corazón y era simple doctrina literal, ¿de qué servía eso? Me emocioné mucho. No me despreciaron en absoluto y algunos dijeron que entendían mi punto de vista y que mi experiencia los ayudaba. Fue una agradable sorpresa para mí. Tras abrirme a todos acerca de mi corrupción, me sentía como si me hubiera sacado una espinita. Por fin era libre y podía librarme de las ataduras de mi carácter satánico. Con la vanidad y la reputación, Satanás me impide practicar la verdad, pero, al conocerme por medio de las palabras de Dios, practicar la honestidad y abrirme honestamente, me sentí un paso más cerca de Dios y eliminé estas dudas y barreras entre mis hermanos y hermanas y yo. Durante mucho tiempo, no había sido capaz de renunciar a mi vanidad ni de decir la verdad porque me importaba mucho mi imagen, no la voluntad de Dios. Durante mucho tiempo, había optado por disfrazarme para satisfacer mi vanidad y disfrutar de los elogios ajenos, pero Dios no deseaba eso. De hecho, durante mucho tiempo había lastimado a Dios, pero Él fue siempre misericordioso y paciente y esperaba que yo cambiara. Le estoy sumamente agradecida por Su tremendo amor.

Esta experiencia me enseñó la importancia de buscar la verdad. El único modo de librarnos de las cadenas de un carácter corrupto es ser honestos y practicar la verdad. Elegir la verdad es el único modo de conseguir la felicidad y la paz reales. Yo era muy artera e hipócrita, pero ahora decido practicar la verdad y ser honesta. Eso es lo principal para mí. Lo único que quiero es que Dios siga guiándome para poder poner en práctica más verdad.

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