Mi esfuerzo por hablar con honestidad

10 Ene 2022

Por Weniela, Filipinas

Acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días en 2017. El tiempo que pasaba en comunicación con los hermanos y hermanas era muy feliz para mí porque siempre lograba aprender más verdades y obtener algo de cada reunión. Al principio todo era por chat de texto; es decir, nos comunicábamos online por escrito. Por ello, yo no ocultaba nada y era muy activa al hablar sobre mi comprensión de las palabras de Dios. Los líderes decían a menudo que tenía una buena comprensión, y los hermanos y hermanas me admiraban. Decían que les gustaba lo que compartía y que hablaba bien inglés. Me ilusionaban sus elogios y creía estar haciéndolo bien. Luego, una hermana sugirió las llamadas de voz para las reuniones y empezaron a surgir los problemas.

En la primera llamada de voz, tras leer las palabras de Dios, un par de hermanas compartieron primero lo que habían entendido del pasaje. Yo estaba nerviosa y en realidad no había oído la comunicación. Antes todo era mediante texto, así que no estaba muy acostumbrada a la comunicación directa por voz. La comunicación por voz es mi punto débil. Cuando era mediante texto, podía escoger las palabras y perfeccionar las cosas, pero en el chat en directo no tenía tiempo de prepararme. Aunque comprendía un poco las palabras de Dios, temía que mi comunicación fuera caótica y desorganizada, que mi inglés no fuera fluido, y temía decepcionar a los hermanos y hermanas. Estos problemas me preocuparon durante toda la reunión. Dudaba si debía hablar o no. Si no lo hacía, los demás pensarían seguramente que no participaba activamente en la comunicación y los líderes estarían decepcionados conmigo. Sin embargo, si hablaba, tenía que encender el micrófono, y me daba miedo de que, de hacerlo mal, los hermanos y hermanas me despreciarían. Se hundiría mi buena imagen ante ellos. Estos pensamientos me pusieron tan nerviosa que no pude hablar. Las dos hermanas que me habían convertido estaban presentes en la reunión, y pensé que se sentirían decepcionadas si no comunicaba bien. Flora Shi, una líder, me dijo entonces: “Hermana Weniela, ¿puedes compartir? El resto lo ha hecho. ¿Se te ha olvidado compartir la comunicación?”. Por su tono de voz, creí que estaba decepcionada. Me sentí muy incómoda y avergonzada. Para ocultar este defecto mío y conservar mi imagen ante sus ojos, decidí que, de ahí en adelante, escribiría antes de la reunión lo que quería compartir y luego simplemente podría leerlo cuando fuera mi turno. Entonces no estaría tan nerviosa. Creerían que era una oradora fluida y que mi comunicación era acertada. Me pareció que era buena idea.

Una tarde condujeron la reunión un par de hermanas de China. Todos nos comunicábamos en inglés porque era lo más conveniente. Algunos hermanos y hermanas eran muy tímidos porque su inglés no era muy bueno, pese a lo cual supieron compartir su entendimiento de las palabras de Dios. Cuando llegó mi turno, estuve muy activa en la comunicación y sonaba muy confiada porque había escrito todo lo que iba a decir de antemano. Yo fui la última en comunicar. Me esmeré mucho para hablar con total naturalidad y que no notaran que estaba leyendo. Después, todos halagaron mis palabras y afirmaron que les resultaban muy útiles y que mi inglés era estupendo. En el fondo, estaba contenta con sus elogios y creía habérmelos ganado. Después me eligieron líder del grupo y me centré aún más en lo que opinaran los demás de mí. No obstante, empecé a sentirme culpable y algo incómoda cada vez que ellos me elogiaban, pues sabía que estaba mal lo que hacía, que no dejaba que vieran mi yo real. No me sentía bien por ello, pero seguí haciendo lo mismo. En las reuniones, realmente no escuchaba lo que compartían los demás porque estaba ocupada redactando mi propia comprensión. Siempre me centraba en escribir algo que sonara bien para satisfacer mi vanidad y salvaguardar mi reputación. Eso me impedía aprender más de aquellas reuniones y perdieron para mí su significado. Sabía que actuar de esta manera estaba mal, y quería cambiar, decirles a los otros la verdad, pero no me atrevía a dar ese paso. Temía que, si los demás se enteraban de que escribía mi comunicación de antemano, me despreciaran y podrían decir que era muy deshonesta, que mentía y era astuta. Quise dejar de hacerlo muchas veces porque no me beneficiaba en nada y me dejaba muy inquieta, pero esa ansiedad no tenía tanto peso como mi imagen y la admiración ajena, porque me preocupaba más eso y lo que pensaran de mí los demás. Sin embargo, cada vez que hacía esas cosas, me sentía sumamente culpable. Hasta trataba de convencerme de que solo lo hacía para poder compartir mi entendimiento de forma más clara y precisa y que los demás pudieran comprender mejor lo que decía. No paraba de decirme que estaba bien, pero me seguían atormentando la desazón y la culpa. Pensé que: “Si puedo renunciar al orgullo y decirles la verdad a todos, podré salir de esto. Pero me da miedo que si se enteran de que mi inglés no es realmente estupendo, se reirán de mí. Entonces, ¿cómo podré dar la cara ante ellos?”. Luché contra esto mucho tiempo, pero todavía no conseguía abrirme. Sin saber qué más hacer, probé a trabajar mis habilidades lingüísticas. Practicaba la comunicación yo sola en casa grabándome y escuchándolo a ver cómo sonaba. Pense: “Si puedo mejorar la expresión oral de esta manera, no tendré que seguir escribiendo mis palabras de antemano, y podré compartirlas directamente. Entonces no habrá necesidad de decirles la verdad a todos. Siempre que, de todos modos, yo sepa comunicarme bien y mi inglés suene con fluidez, se mantendrá su respeto hacia mí”. Sin embargo, por más que ensayaba, me ponía nerviosa cada vez que comunicaba en las reuniones, así que leía mis palabras como había hecho desde el principio. Estaba muy decepcionada conmigo misma y, como estaba atrapada en un estado negativo, eso también afectó a mi deber. Al final acabaron por destituirme.

Una vez, en una reunión, una hermana compartió este pasaje de las palabras de Dios, que me conmovieron mucho, decían lo siguiente: “Si deseas que otros confíen en ti, primero debes ser una persona honesta. Para ser una persona honesta, primero debes exponer tu corazón de modo que todos puedan mirarlo, ver todo lo que estás pensando y contemplar tu verdadero rostro. No debes tratar de disfrazarte ni encubrirte a ti mismo. Solo entonces confiarán los demás en ti y te considerarán una persona honesta. Esta es la práctica más fundamental y un prerrequisito para ser una persona honesta. Si siempre estás fingiendo, aparentando santidad, nobleza, grandeza y una gran calidad humana, ocultando tu corrupción y tus fallos a los demás, presentándoles una falsa imagen de ti y haciéndoles creer que eres honorable, grande, abnegado, justo y desinteresado, ¿acaso no hay falsedad y engaño en ello? ¿No será capaz la gente de calarte, con el tiempo? Así que no seas hipócrita ni exhibas una falsa imagen. En su lugar, sé sencillo y abierto y aprende a ponerte al descubierto: desnuda tu corazón para que los demás lo vean. Si puedes poner al descubierto todos tus pensamientos y todas las cosas que quieres hacer, ya sean positivos o negativos, para que los demás los vean, entonces ¿no estás siendo honesto? Cuando te pones al descubierto ante los demás, Dios te está observando. Dirá: ‘Ya que te has puesto al descubierto ante los demás, no cabe duda de que también eres honesto delante de Mí’. Pero si solo te pones al descubierto delante de Dios en secreto, y aun así finges siempre ser grande, noble y desinteresado delante de los demás, ¿qué pensará Él de ti? ¿Qué dirá? Dirá: ‘Eres una persona falsa, de los pies a la cabeza. Eres un completo hipócrita y un canalla, y no eres una persona honesta’. Dios te condenará de esta manera. Ser una persona honesta significa que, ya estés delante de Dios o de otra gente, puedes abrirte de forma pura y simple acerca de tu estado interno y de las palabras en tu corazón. ¿Es fácil hacer esto? Requiere un periodo de formación, así como oración frecuente a Dios y confianza en Él. Debes formarte para decir las palabras en tu corazón de un modo sencillo y sincero en todas las cosas. Con este tipo de formación, puedes progresar. Si te topas con una dificultad importante, debes orar a Dios y buscar la verdad; tienes que luchar dentro de ti y triunfar sobre la carne hasta que puedas poner en práctica la verdad. Al prepararte de este modo poco a poco, tu corazón se abrirá gradualmente. Te volverás cada vez más puro y simple, y tus palabras y acciones tendrán un efecto distinto que antes. Mentirás y engañarás cada vez menos y podrás vivir ante Dios. Entonces te habrás vuelto, en esencia, una persona honesta(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La práctica más fundamental de ser una persona honesta). En las palabras de Dios vi que a Él le agradan los honestos, y no le gustan la picardía ni la deshonestidad. Se trate de algo bonito o feo, hemos de abrirnos de corazón en la comunicación, hablar sin mentir y no tener picardia en nuestros corazones. No debemos fingir ser algo que no somos delante de los demás, ni tampoco enmascararnos. Eso es ser honestos. Me sentí muy culpable al leer estas palabras de Dios porque sabía que no era honesta. Tenía muchas ganas de sincerarme con todos, de renunciar a mi vanidad y reputación, pero aunque lo intenté bastantes veces, no pude lograrlo. Ansiaba la imagen en exceso. Era presa de mi propia vanidad. Descubrí que, en realidad, era sumamente corrupta. Me sentía muy culpable y molesta al mismo tiempo. Pensaba para mí misma: “¿Por qué estoy siempre fingiendo, dando una falsa impresión positiva de mí? ¿Por qué no puedo practicar la verdad y dejar de mentir? ¿Era mi fe en Dios para nada? ¿Eran inútiles aquellas reuniones y toda esa búsqueda de la verdad?”. Creía que no podría librarme de las ataduras de mi vanidad. Quería dejar el grupo y tomarme un tiempo para recuperar el estado correcto; una vez hecho eso, podría volver a las reuniones y dejar de hacer esas cosas. Así, abandoné el grupo y dejé de usar mi cuenta, pues quería estar a solas y hacer introspección. Durante un tiempo estuve muy triste, frustrada y también sola. Estaba muy decepcionada conmigo misma. Hacía dos años que era creyente, pero me seguía costando ser honesta y renunciar a la vanidad. Me importaba demasiado la opinión ajena sobre mí. Solo imaginarme la reacción de los demás tras conocer la verdad me hacía sentir muy avergonzada.

Lo único que podía hacer entonces era leer las palabras de Dios. Un día vi este pasaje: “Para perseguir la verdad hay que centrarse en practicarla, pero ¿por dónde hay que empezar a practicarla? No hay preceptos para esto. Debes practicar cualquier aspecto de la verdad que comprendas. Si has empezado en un deber, debes comenzar a practicar la verdad a la hora de hacerlo. En la ejecución del deber hay muchos aspectos de la verdad que practicar, y debes practicar cualquier aspecto de la verdad que comprendas. Por ejemplo, puedes empezar por ser una persona honesta, hablar con honestidad y abrir tu corazón. Si hay algo acerca de lo cual te sientas muy avergonzado como para hablarlo con tus hermanos y hermanas, entonces debes arrodillarte y decírselo a Dios por medio de la oración. ¿Qué deberías decirle a Dios? Dile a Dios lo que tienes en tu corazón; no des cumplidos vacíos ni intentes engañarlo. Comienza siendo honesto. Si has sido débil, entonces di que has sido débil; si has sido perverso, entonces di que has sido perverso; si has sido falso, entonces di que has sido falso; si has tenido pensamientos malévolos e insidiosos, cuéntale a Dios sobre ellos. Si siempre estás compitiendo por estatus, también díselo a Dios. Permite que Dios te discipline; permítele que disponga ambientes para ti. Permite que Dios te ayude a superar todas tus dificultades y a resolver todos tus problemas. Debes abrir tu corazón a Dios; no lo mantengas cerrado. Aun si lo dejas fuera a Él, aun así Él puede escrutarte. Sin embargo, si le abres tu corazón, puedes alcanzar la verdad. ¿Y qué senda debes escoger? Debes abrir tu corazón y contarle a Dios lo que hay en él. Bajo ningún concepto debes decir nada falso ni disfrazarte. Debes empezar por ser honesto. Durante años hemos compartido la verdad que concierne a ser una persona honesta y, sin embargo, hoy en día todavía hay muchas personas que continúan indiferentes, que solo hablan y actúan de acuerdo con sus propias intenciones, deseos y objetivos y a quienes nunca se les ha ocurrido arrepentirse. Esta no es la actitud de las personas honestas. ¿Por qué le pide Dios a la gente que sea honesta? ¿Para que sea más fácil entenderla acabadamente? En absoluto. Dios exige que la gente sea honesta porque Él ama a los honestos y los bendice. Ser una persona honesta implica ser una persona con conciencia y razón. Implica ser alguien digno de confianza, alguien al que Dios ama y capaz de practicar la verdad y amar a Dios. Ser una persona honesta es la manifestación más fundamental de una humanidad normal y de vivir con auténtica semejanza humana. Si alguien no ha sido nunca honesto ni ha pensado serlo, es una persona que no puede comprender la verdad, y ni mucho menos obtenerla. Si no me crees, compruébalo tú mismo, ve a experimentarlo por tu cuenta. Solo si practicas el ser una persona honesta puede estar tu corazón abierto a Dios, puedes aceptar tú la verdad, puede convertirse esta en tu vida dentro de tu corazón y puedes tú comprender y alcanzar la verdad. Si tu corazón está siempre cerrado, si no te abres ni le dices a nadie lo que hay en él, y nadie puede descifrarte, entonces tu maquinación oculta es sumamente profunda y eres la persona más falsa. Si crees en Dios, pero no puedes ser simple y abrirte a Él, si eres incapaz de hablarle desde el corazón y todavía eres capaz de hablar con rodeos y albergar tus propios motivos ocultos, o incluso de mentirle a Dios o fanfarronear para engañarlo, te perjudicarás a ti mismo, y Dios te ignorará y no obrará en ti. No comprenderás nada de la verdad ni alcanzarás nada de ella(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Seis indicadores de crecimiento vital). Este pasaje me enseñó que comprender la verdad es más importante que nada, más que mi imagen y mi vanidad. Para obtener la verdad, tenía que empezar por ser honesta. Las cosas como son: basta de fingir o engañar. Durante mucho tiempo había hecho teatro, había engañado a los demás. Escribía aquello de lo que quería hablar para que creyeran que tenía un buen entendimiento y que hablaba bien inglés, y siguieran elogiándome y admirándome. Aunque me invadían la culpa y la ansiedad, no tenía valor para abrirme a los hermanos y hermanas. No quería que vieran mis imperfecciones, me despreciaran y dijeran que era una mentirosa. Hasta preferí dejar el grupo antes que decirles la verdad. Era realmente retorcida. Me di cuenta de que estaba tan deprimida por el daño que me hacía Satanás y que vivir de esta manera estaba frenando mi entrada en la vida. Podría llegar a hundirme. Debía reunir el valor para contarles a los demás lo que había realmente en mi corazón para poder practicar precisamente algo de honestidad. Por muy vergonzoso que fuera decir la verdad, sabía que tenía que dejar de hacer las cosas mal. A Dios le agradan los honestos y le repugnan los taimados. Si continuaba haciendo teatro, dando una falsa impresión y no siendo directa, seguiría viviendo en tinieblas y no podría recibir la obra del Espíritu Santo. Nunca recibiría la verdad. Tenía que abrirme de par en par a Dios para que pudiera ayudarme a corregir esta falsedad en mi interior. Así que oré para pedirle a Dios que me guiara para practicar la verdad y ser honesta.

Más tarde, por fin me sinceré y comuniqué con nuestra líder, la hermana Connie. Le conté por qué había dejado el grupo y desactivado mi cuenta. Tras escucharme, la hermana Connie señaló: “Jamás te despreciaría por eso y valoro mucho tu honestidad”. Me alivió enormemente abrirme y comunicar con ella. Experimenté de veras lo estupendo que es ser honesta, porque practicar la verdad me liberó de toda ansiedad. La hermana Connie también me dio un consejo: que, al compartir mi entendimiento de las palabras de Dios, no es preciso que hable con gran elocuencia ni que comparta teorías elevadas de ningún tipo. Basta con que salga del corazón, que sea algo que de verdad siento y que conozco. Acepté la sugerencia y me sentí preparada para ponerla en práctica.

Después, otra hermana me mandó un pasaje de las palabras de Dios que era muy esclarecedor. Las palabras de Dios decían: “En lugar de buscar la verdad, la mayoría de la gente recurre a pequeños trucos. Dan gran importancia a sus propios intereses, a su orgullo y al lugar o posición que ocupan en la mente de otras personas. Estas son las únicas cosas que aprecian. Se aferran a ellas con uñas y dientes y las consideran su propia vida; en cuanto a cómo Dios ve y trata estas cosas, no les preocupa. Primero consideran si son los jefes del grupo, si pueden asegurarse una posición en la que los demás los tengan en alta estima y si alguien escucha lo que dicen. Primero se dedican a ocupar esa posición. Casi todas las personas, cuando están en un grupo, buscan este tipo de posición, esta clase de oportunidad. Si son muy capaces, por supuesto intentan conseguir el primer lugar. Aunque sean solo promedio, también intentan mantener una posición prominente en el grupo. Y si forman parte de los rangos inferiores de este, con un calibre y una capacidad normales, también intentan que los demás los tengan en alta estima; no pueden permitir que los menosprecien. Su orgullo y su dignidad son el límite que no están dispuestos a traspasar; piensan que deben aferrarse a ellos. Incluso si pierden su integridad, o si Dios está descontento con ellos y no los reconoce, aun así tienen que luchar por su orgullo y estatus; deben evitar la humillación a toda costa. Este es un carácter satánico. Y, sin embargo, no se dan cuenta de esto. Piensan que no pueden perder el poco orgullo que les queda. No saben que solo cuando renuncien por completo a estas cosas superficiales y las abandonen, se convertirán en personas reales, y que si guardan como su vida estas cosas que deberían ser descartadas, su vida se perderá. Simplemente no saben lo que está en juego. Por lo tanto, en todo lo que hacen, siempre se reservan algo, siempre actúan para proteger su propio orgullo y estatus, y ponen estas cosas en primer lugar. Hablan y presentan argumentos falaces solo por su propio bien; harán cualquier cosa por ellos mismos. Se lanzan hacia cualquier cosa que destaque, para hacer saber a todo el mundo que formaron parte de ella. En realidad no tuvieron nada que ver, pero jamás quieren quedar en segundo plano, siempre tienen miedo de que los demás las desprecien, temen siempre que los demás digan que no son nada, que no son capaces, que no tienen aptitudes. ¿Acaso no dirige todo esto su carácter satánico? Cuando seas capaz de desprenderte de cosas como la imagen y el estatus, estarás mucho más relajado y libre; habrás puesto el pie en la senda de ser honesto. Pero para muchos, no es algo fácil de conseguir. Cuando aparece la cámara, por ejemplo, las personas se lanzan a ponerse delante; les gusta que las enfoque, cuanto más lo haga, mejor; temen que su protagonismo no sea suficiente, y pagarán el precio que sea necesario para tener la oportunidad de que así sea. ¿Y acaso no dirige todo esto su carácter satánico? Este es su carácter satánico. Entonces logras estar en el foco, ¿y ahora qué? La gente piensa bien de ti, ¿y qué? Te idolatran, ¿y qué? ¿Demuestra algo de esto que poseas la realidad-verdad? No tiene ningún valor. Cuando puedas superar estas cosas, cuando te vuelvas indiferente hacia ellas y ya no las consideres importantes, cuando la imagen, la vanidad, el estatus y la admiración de las personas ya no controlen tus pensamientos y tu comportamiento, y mucho menos la forma en que realizas tu deber, entonces la ejecución de tus deberes será cada vez más eficaz y más pura(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Dios expone que la gente valora la imagen y el estatus más que su vida y que lo primero en lo que piensa ante cualquier cosa es en su reputación, vanidad y posición, y para nada en la voluntad de Dios. Dios no quiere que hagamos teatro ni que prioricemos la reputación o busquemos estatus entre la gente. Estas cosas no son las que nos ayudan a hacernos ganar la aprobación de Dios, ni pueden hacernos transformar nuestro carácter ni salvarnos. La reputación y el estatus son métodos que usa Satanás para corrompernos y atarnos, para ir en pos de ellos nos vuelve cada vez más vanidosos y retorcidos. Así acabamos perdiendo la salvación de Dios. A Dios no le agradan los retorcidos ni quiere que la gente se haga la lista para ganarse alabanzas o admiración ajena. Quiere que renunciemos a la reputación y el estatus, busquemos la verdad y seamos honestos. Sea ante Dios o ante los demás, no podemos ser astutos ni falsos. No me había abierto de manera consistente para compartir mis luchas con los demás porque me importaban demasiado mi imagen y mi vanidad. Firmemente enganchada a mi carácter satánico, no podía practicar la verdad. Mi deseo de imagen y estatus era demasiado fuerte.

Luego leí otro pasaje de las palabras de Dios: “Al margen de si usan pequeños favores para comprar y atrapar a las personas, o de si alardean de sí mismas o se sirven de fachadas para desorientar a la gente, y por muchos beneficios y satisfacción que parezca que obtienen al hacer esas cosas, si lo analizamos ahora, ¿se trata de una senda correcta? ¿Es la senda de la búsqueda de la verdad? ¿Es una senda que pueda llevar a la salvación? Está claro que no. Independientemente de lo inteligentes que sean esos métodos y trucos, no pueden engañar a Dios, y al final Él los condena y detesta, ya que, detrás de tales comportamientos se esconden la ambición extravagante del ser humano y una actitud y esencia de antagonismo hacia Dios. De ninguna manera Dios reconocería jamás en Su corazón a esas personas como aquellas que cumplen con su deber, sino que las calificaría de malhechores. ¿Qué veredicto dicta Dios cuando trata con malhechores? ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’. Cuando Dios dice ‘apartaos de mí’, ¿dónde quiere que vayan esas personas? Se las está entregando a Satanás, a los lugares habitados por hordas de satanases. Al final, ¿qué consecuencia sufren? Los espíritus malignos las atormentan hasta la muerte, lo que equivale a decir que Satanás las devora. Dios no quiere a esas personas, lo que significa que no las salvará, no son las ovejas de Dios y menos aún Sus seguidores, por lo que no se hallan entre aquellos a los que Él salvará. Así es como Dios define a esas personas(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 1: Tratan de ganarse el corazón de la gente). En las palabras de Dios descubrí que las personas se vuelven hipócritas y falsas con tal de robar un hueco en el corazón de la gente. Aunque se ganen el respeto de los demás y vean satisfechos sus ambiciones y deseos. ¿qué consiguen al final? Actuando de esta manera pueden engañar a la gente por un instante, pero no a Dios. Al final serán desdeñados y descartados por Él. Como Dios es santo, aborrece a quienes no buscan la verdad, albergan intenciones propias y quieren ocupar un hueco en el corazón de los demás. Los considera hacedores de maldad y Él no reconoce el deber que cumplen. Reflexioné sobre mi comportamiento y me di cuenta de que realmente había tomado la senda de oposición a Dios, porque todos mis pensamientos y acciones tenían como fin ser alabada y admirada por los demás. Si seguía así, al final me arruinaría. Ante este pensamiento tuve varios temores: temía ser abandonada por Dios, temía que Dios me entregara a Satanás, y temía perder la salvación de Dios. Yo quería realmente cambiar y escapar de ese estado, ser mi verdadero yo, y dejar para siempre de mentir o ser astuta.

Pero cuando llegó el momento de la verdadera práctica, al pensar en sincerarme ante los hermanos y hermanas sobre mi corrupción y mis defectos, dudé mucho. Entonces vi otro pasaje de las palabras de Dios que me dio valor. La palabra de Dios dice: “No importa a qué problemas te enfrentes, debes buscar la verdad para resolverlos; no debes en absoluto fingir ni presentar una imagen falsa ante los demás. Ya se trate de tus deficiencias, tus carencias, tus defectos o tus actitudes corruptas, debes abrirte y compartir sobre todas estas cosas. No las mantengas en secreto. Aprender a abrirse es el primer paso para la entrada en la vida y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que hayas superado este obstáculo, será fácil entrar en la verdad. Cuando des este paso, ¿qué significará? Significará que estás abriendo tu corazón, que te estás sincerando y abriendo sobre cada parte de ti —ya sea buena o mala, positiva o negativa— y la estás sacando a la luz para que otras personas y Dios la vean, sin ocultar ni esconder nada a Dios, sin recurrir a ningún fingimiento, mentira o engaño hacia Él, y siendo igualmente sincero con otras personas. De esta manera, vivirás en la luz; no solo Dios te escrutará, sino que otras personas también verán que hay principios y transparencia en tus acciones. No necesitas ningún método para proteger tu reputación, imagen y estatus, ni necesitas ocultar ni encubrir tus errores. No es necesario que hagas estos esfuerzos inútiles. Si puedes dejar de lado estas cosas, tu vida se volverá muy relajada, libre de limitaciones y de dolor, y vivirás completamente en la luz. Aprender a abrirse y compartir es el primer paso hacia la entrada en la vida. Después de eso, has de aprender a diseccionar y entender tus pensamientos y actos, y reflexionar, efectuar correcciones y revertir el rumbo de inmediato respecto de aquellos que vayan en contra de la verdad y no agraden a Dios. ¿Cuál es el propósito de rectificarlos? Es aceptar y asumir la verdad, al tiempo que te deshaces de las cosas en tu interior que son propias de Satanás y las reemplazas con la verdad. Antes, hacías todo según tu carácter falso, que es mentiroso y engañoso; sentías que no podías lograr nada sin mentir. Ahora que entiendes la verdad y desdeñas la forma de hacer las cosas que tiene Satanás, ya no te comportas de ese modo, actúas con una mentalidad de honestidad, pureza y sumisión. Si no te guardas nada, si no te pones una careta, una impostura, si no encubres las cosas, si te expones ante los hermanos y hermanas, si no ocultas tus ideas y pensamientos más íntimos, sino que permites que los demás vean tu actitud sincera, entonces la verdad echará raíces poco a poco en ti, florecerá y dará frutos, dará gradualmente resultados. Si tu corazón es cada vez más honesto y está cada vez más orientado hacia Dios, y si sabes proteger los intereses de la casa de Dios cuando haces tu deber, y tu conciencia se turba cuando no proteges estos intereses, entonces esto es una prueba de que la verdad ha tenido efecto en ti y se ha convertido en tu vida(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). A partir de las palabras de Dios, entendí que estas pueden transformar de veras a la gente. Cuando aprendemos a sincerarnos acerca de nuestra auténtica corrupción y buscamos la verdad, nuestras ideas equivocadas y nuestras actitudes corruptas pueden transformarse poco a poco. Dios desenmascaró mi forma errónea de pensar, reveló mi búsqueda equivocada de reputación y estatus y me guio con Sus palabras hasta hallar la senda correcta de práctica. Tenía que dar el primer paso para abrirme a los demás, dejar de pensar en mi reputación e imagen, dejar de ser retorcida, astuta y falsa. Tenía que practicar las palabras de Dios y dejar que tuvieran vía libre dentro de mí.

Ese domingo por la mañana, me uní a la reunión como de costumbre y me dije que tenía que ser sincera. Oré: “Amado Dios, esta vez quiero practicar la verdad, librarme de las ataduras de Satanás y revelar mi hipocresía y falsedad. Aunque me desprecien. Solo quiero ser honesta para satisfacerte a Ti. Te pido ayuda para ser abierta y honesta”. Me sentí más relajada tras esta oración. En la reunión reflexioné con diligencia sobre las palabras de Dios y escuché detenidamente las palabras de los otros sobre su experiencia y entendimiento, y no dediqué ese tiempo a escribir mis propias palabras ni pensé en cuáles agradarían a los demás. Al hacerlo recibí nuevo esclarecimiento de la comunicación de los otros sobre sus experiencias. Cuando estaba a punto de comunicar, aunque estaba bastante nerviosa, no pensé en lo buena o elocuente que era mi comunicación y no me importaba lo que dijeran después de que la conocieran. Hablé sobre un pasaje de las palabras de Dios que me había conmovido mucho: “Honestidad significa dar tu corazón a Dios, no ser falso con Dios en nada y ser abierto con Él en todas las cosas, nunca esconder los hechos, no tratar de engañar a aquellos que están por encima de ti ni ocultar cosas a los que están por debajo, y no hacer cosas que son meros intentos para ganarte el favor de Dios. En pocas palabras, ser honesto es ser puro en tus acciones y palabras, y no engañar ni a Dios ni al hombre. […] Si tienes muchos asuntos privados de los que es difícil hablar, si eres tan reticente a dejar al descubierto tus secretos —tus dificultades— ante los demás para buscar el camino de la luz, entonces digo que eres alguien que tendrá gran dificultad para lograr la salvación y tendrá dificultad para salir de las tinieblas(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Tres advertencias). Relacioné este pasaje de las palabras de Dios con mi experiencia, y les revelé a mis hermanos y hermanas mi rostro absolutamente más auténtico. Les dije: “Durante todo este tiempo he hecho un gran teatro y he aparentado hablar inglés con fluidez. Lo cierto es que escribía de antemano todas mis palabras y hasta las grababa para ensayar y que sonaran naturales, de modo que todos pensarais que podía comunicar bien. Solo lo hacía por ganarme vuestros elogios y para que me admirarais. Os he engañado…”. Creía que estarían decepcionados conmigo, pero no fue ese el caso, me dijeron que no tenía que preocuparme por no comunicar bien. Dios quiere que seamos sinceros, no poéticos y poco prácticos. Si no hablaba de corazón y eran simples palabras y doctrinas, ¿de qué servía eso? Me emocioné mucho. No me despreciaron en absoluto y algunos dijeron que entendían mi situación y que mi experiencia los ayudaba. Fue una agradable sorpresa para mí. Tras abrirme a todos acerca de mi corrupción, me sentí liberada. Con la vanidad y la reputación, Satanás me ata y me impide practicar la verdad, pero, al conocerme por medio de las palabras de Dios, practicar la honestidad y abrirme con sinceridad, me sentí un paso más cerca de Dios y eliminé estas dudas y barreras entre mis hermanos y hermanas y yo. Durante mucho tiempo, había optado por disfrazarme para satisfacer mi vanidad y disfrutar de los elogios ajenos, pero Dios no deseaba eso. De hecho, durante mucho tiempo había lastimado a Dios, pero Él fue siempre misericordioso y paciente y esperó que yo cambiara. Le estoy sumamente agradecida por Su amor.

Esta experiencia me enseñó la vital importancia de buscar la verdad. El único modo de librarnos de las cadenas de un carácter corrupto es ser honestos y practicar la verdad. Practicar la verdad es el único modo de conseguir la felicidad y la paz reales. Yo era muy ladina e hipócrita, pero ahora he decidido practicar la verdad y ser honesta. Eso es lo principal para mí. Lo único que quiero es que Dios siga guiándome para poder poner en práctica más verdad.

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