37. Las palabras de Dios han despertado mi espíritu

Por Nannan, Estados Unidos

Dios Todopoderoso dice: “En el estado actual de la obra de Dios en estos, los últimos días, Él ya no otorga solo gracia y bendiciones al hombre como hacía antes, ni tampoco persuade al hombre para seguir adelante. Durante esta etapa de la obra, ¿qué ha visto el hombre de todos los aspectos de la obra de Dios que ha experimentado? El hombre ha contemplado el amor de Dios y Su juicio y Su castigo. Durante este periodo, Dios provee, respalda, esclarece y guía al hombre, para que poco a poco llegue a conocer Sus intenciones, las palabras que pronuncia y la verdad que Él le confiere. […] El juicio y el castigo divinos permiten que las personas lleguen a conocer gradualmente la corrupción y la esencia satánica de la humanidad. Lo que Dios provee, Su esclarecimiento y Su guía del hombre, todo permite que el ser humano conozca más y más la esencia de la verdad y que sepa cada vez más lo que el hombre necesita, qué camino debería tomar, para qué debería vivir, el valor y el significado de su vida y cómo recorrer la senda que tiene por delante. […] Cuando el corazón del hombre ha revivido, ya no desea vivir con un carácter degenerado y corrupto, en lugar de eso desea buscar la verdad para satisfacer a Dios. Cuando el corazón del hombre ha despertado, entonces es capaz de arrancarse por completo del lado de Satanás. Ya no volverá a ser perjudicado, controlado ni engañado por él. En su lugar, el hombre puede colaborar proactivamente en la obra de Dios y en Sus palabras para satisfacer el corazón de Dios, y alcanzar así el temor de Dios y apartarse del mal. Este es el propósito original de la obra de Dios” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Yo tengo experiencia en este pasaje de las palabras de Dios.

En junio de 2016 me asignaron mi deber en el equipo de recitación en inglés y estaba muy contenta porque por fin iba a poner en práctica mis conocimientos de inglés. ¡Se iban a poner de manifiesto! No veía la hora de contárselo a los hermanos y hermanas de mi localidad para darles la buena noticia. Hasta me imaginé sus caras de envidia cuando se enteraran.

Cuando comencé en el deber, reparé en que los demás hermanos y hermanas leían en inglés con mucha fluidez y tenían buena pronunciación. Solían hablar entre ellos en inglés, e incluso en las reuniones y mientras cumplían con el deber se comunicaban en inglés. Mi inglés no era tan bueno como el suyo. Sentía envidia y ansiedad, pero me dije: “Si estudio mucho, ¡algún día se me dará igual de bien, o incluso mejor, que a ellos!”. Así pues, empecé a madrugar y trasnochar más para estudiar inglés y memorizar vocabulario. Pensaba constantemente en cómo mejorar mi desempeño en el trabajo. Cada vez que alguien compartía su experiencia de trabajo, sacaba el bolígrafo y me ponía a tomar apuntes. No obstante, enseguida pasaron muchos meses y aún progresaba más despacio y lo hacía peor que el resto del equipo. Saber que no estaba cumpliendo con el deber y que a menudo tenía que recibir consejos y ayuda de mis hermanos y hermanas más jóvenes, más el hecho de que en esa época el líder del equipo me asignaba con frecuencia trabajos rutinarios de poca importancia, me hizo sentir totalmente prescindible para el equipo. Me quedé muy abatida y disgustada. Más adelante vino una nueva hermana a trabajar en nuestro equipo. Como no conocía los deberes del equipo, me pidieron que la ayudara. Me alegré en mi fuero interno de dejar de ser la menos competente del equipo. Sin embargo, para mi sorpresa, esta hermana tenía talento y estudiaba rápido, así que pronto mejoró su inglés. En dos o tres meses ya era mejor que yo. Esto me alarmó: “A este ritmo, pronto volveré a ser la peor del equipo. Es comprensible que no lo haga tan bien como otros integrantes que llevan más tiempo trabajando. Ahora ha entrado esta novata y me piden que la ayude, pero en un santiamén ya es mejor que yo. ¡Ha sido humillante!”. Vivía compitiendo día a día por el estatus y el prestigio y me sentía permanentemente incómoda. Me pasaba los días en la más absoluta desdicha. Comencé a extrañar aquellos tiempos en que cumplía con el deber en mi ciudad natal. Era la que dirigía las deliberaciones y la planificación. Todos mis hermanos y hermanas estaban de acuerdo con mis puntos de vista y estaba muy bien considerada por los líderes de la iglesia. Era alguien importante, pero ahora había caído muy bajo. Cuanto más lo pensaba, más agraviada y ofendida me sentía. Una vez terminé escondiéndome en el baño a llorar. Aquella noche no paraba de dar vueltas en la cama y no podía dormir. No podía dejar de pensar: “Soy la peor del equipo desde el primer día. ¿Qué deben de pensar de mí los demás hermanos y hermanas? No quiero seguir aquí”. No obstante, luego pensé que le había jurado solemnemente a Dios esforzarme por Él para corresponder Su amor mientras viviera. Si, en efecto, abandonaba el deber, ¿no rompería mi promesa? ¿No engañaría y traicionaría a Dios? Me sentía tan mal que oré a Dios, diciéndole: “Amado Dios, no sé cómo salir de esta situación ni qué aprender de ella. Te ruego que me guíes y des esclarecimiento”.

Después leí en el teléfono este pasaje de las palabras de Dios: “En vuestra búsqueda tenéis demasiadas nociones, esperanzas y futuros individuales. La obra presente es para tratar con vuestro deseo de estatus y vuestros deseos extravagantes. Las esperanzas, el estatus y las nociones son, todos ellos, representaciones clásicas del carácter satánico. La razón de que estas cosas existan en el corazón de las personas se debe, por completo, a que el veneno de Satanás siempre está corroyendo los pensamientos de las personas, y estas no son nunca capaces de sacudirse esas tentaciones satánicas. Viven en medio del pecado, sin embargo, no creen que sea pecado y siguen pensando: ‘Creemos en Dios, así que Él debe concedernos bendiciones y disponerlo todo para nosotros de forma adecuada. Creemos en Dios, así que debemos ser superiores a los demás, y tener más estatus y más futuro que cualquier otro. Dado que creemos en Dios, Él debe proporcionarnos bendiciones ilimitadas. De otro modo, no lo denominaríamos creer en Dios’. Durante muchos años, los pensamientos en los que se han apoyado las personas para sobrevivir han corroído sus corazones hasta el punto de volverse astutas, cobardes y despreciables. No solo carecen de fuerza de voluntad y determinación, sino que también se han vuelto avariciosos, arrogantes y obstinados. Carecen absolutamente de cualquier determinación que trascienda el yo, más aun, no tienen ni una pizca de valor para sacudirse la esclavitud de esas influencias oscuras. Los pensamientos y la vida de las personas están tan podridos que sus perspectivas de creer en Dios siguen siendo insoportablemente horribles, e incluso cuando las personas hablan de sus perspectivas de la creencia en Dios, oírlas es sencillamente insufrible. Todas las personas son cobardes, incompetentes, despreciables y frágiles. No sienten repugnancia por las fuerzas de la oscuridad ni amor por la luz y la verdad, sino que se esfuerzan al máximo por expulsarlas” (‘¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?’ en “La Palabra manifestada en carne”). ¡Las palabras de Dios explicaban mi situación a la perfección! ¿No estaba tan dolida, y hasta me resistía a cumplir con el deber y quería abandonarlo y traicionar a Dios, porque no se habían cumplido mis deseos de estatus? Desde que me incorporé al equipo, había estudiado tanto inglés para mejorar mi desempeño en el trabajo porque simplemente quería demostrar mis cualidades y destacar en el equipo. Al ver mejorar tan rápido a la nueva hermana, me preocupaba que fuera mejor que yo y volver a ser la peor del equipo. Me pasaba el día entero estresada por el estatus y vivía en la más absoluta desdicha. Estudiando las palabras de Dios “los pensamientos en los que se han apoyado las personas para sobrevivir han corroído sus corazones”, me pregunté: “¿Por qué me esfuerzo por el estatus? ¿Qué pensamientos me provocan toda esta desdicha?”. Al meditar las palabras de Dios fue cuando comprendí que vivía según aforismos satánicos como “Destacar entre los demás y honrar a los antepasados”, “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”, y “Yo soy mi propio señor en todo el cielo y la tierra”. Desde pequeños, nuestros maestros nos enseñan a sobresalir, a ser los mejores entre los mejores. Siempre admiré y envidié de verdad a las personas prestigiosas y famosas, y quería ser como ellas. Allá donde estuviera, siempre quería que la gente tuviera buena opinión de mí, y si todos me admiraban, apoyaban y elogiaban, mejor todavía. Creía que esta era la vía para tener una vida placentera y que valiera la pena. Cuando no me ganaba la admiración y el elogio de los demás, mi vida era triste y estaba muy deprimida. Cuando empecé a cumplir con el deber en la casa de Dios, aún iba en pos de estas cosas. Sin embargo, al no apreciar mucha mejoría ni conseguir la admiración y el elogio de los demás, me volví pesimista, abatida y desanimada. Hasta pensé en abandonar el deber y traicionar a Dios. Mi obsesión por el prestigio me había consumido por completo. Padecía cualquier sufrimiento y peleaba cualquier batalla para conseguirlo, hasta el punto de que todo mi mundo giraba únicamente en torno a esto. Me di cuenta entonces de que me afanaba por lo que no debía. No cumplía con el deber para buscar la verdad y corresponder el amor de Dios, sino exclusivamente para satisfacer mis deseos de prestigio y estatus.

Las revelaciones de las palabras de Dios me mostraron lo desencaminado de mi búsqueda. Luego leí este pasaje de las palabras de Dios: “Para cada uno de vosotros que cumplís con vuestro deber, no importa cuán profundamente entendáis la verdad, si queréis entrar en la realidad-verdad, entonces la manera más sencilla de practicar es pensar en los intereses de la casa de Dios en todo lo que hagáis y dejar ir vuestros deseos egoístas, vuestras intenciones, motivos, prestigio y estatus individuales. Poned los intereses de la casa de Dios en primer lugar; esto es lo menos que debéis hacer. […] Además, si puedes cumplir con tus responsabilidades, llevar a cabo tus obligaciones y deberes, dejar de lado tus deseos egoístas y tus propias intenciones y motivos, tener consideración de la voluntad de Dios y poner primero los intereses de Dios y de Su casa, entonces, después de experimentar esto durante un tiempo, considerarás que esta es una buena forma de vivir: es vivir sin rodeos y honestamente, sin ser una persona vil o un bueno para nada, y vivir justa y honorablemente en vez de ser de mente estrecha y perverso. Considerarás que así es como una persona debe vivir y actuar. Poco a poco disminuirá el deseo dentro de tu corazón de gratificar tus propios intereses” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Al leer las palabras de Dios comprendí que la admiración de los demás no es importante. Lo realmente importante es someterse a la soberanía y los planes de Dios, defender el trabajo de la casa de Dios, practicar la verdad y cumplir con el deber propio, y así es como se vive sincera y honestamente. Cuando comprendí la voluntad de Dios tuve una gran sensación de liberación. Seguía siendo la que peor lo hacía en nuestro equipo, pero ya no me sentía tan mal por ello. Y cuando algo perjudicaba mi prestigio y estatus, no era tan débil como antes. De manera consciente, oré a Dios, renuncié a mis motivaciones equivocadas y fui capaz de sentar cabeza y cumplir con el deber. Sin embargo, el veneno de Satanás había arraigado hondamente en mí y se había vuelto mi propia naturaleza. No bastaba con comprenderlo para arrancármelo. Aún me hacía falta experimentar más juicio y refinación para purificarme y transformarme.

El líder del equipo asignó a las hermanas Liu y Zhang la supervisión de nuestro trabajo porque ambas tenían sólidas competencias profesionales. Yo tenía envidia y celos. Parecía toda una señal de prestigio preparar a otros hermanos y hermanas. ¿Por qué no podía ser como ellas? Lo único que sabía hacer era el trabajo duro que no requería ninguna habilidad. Posteriormente me recomendaron para el deber de riego en el equipo, ayudando a otros a resolver sus dificultades. No obstante, no me ilusionaba nada esta posibilidad, e incluso despreciaba este deber. A mi parecer, solo se lo asignaban a gente sin verdaderas habilidades. Si nuestro equipo lo hacía bien, todos dirían que fue gracias a esas dos hermanas. ¿Quién advertiría mi trabajo, entre bambalinas, de hablar de la verdad para resolver problemas? Como tenía la mentalidad equivocada y no podía recibir la obra del Espíritu Santo, no podía sentirme motivada para cumplir con el deber, y a veces pensaba para mí: “¿Por qué mi aptitud no está a la altura del resto? ¿Qué se me da bien? ¿Cuándo podré poner de manifiesto mis habilidades?”. De forma gradual, empecé a sentirme cada vez más reticente e inquieta. Poco después, cada vez que la hermana Zhang me pedía de pasada que cerrara una puerta o abriera una ventana, sentía que iba a perder los estribos. Pensaba: “¿Cuánto tiempo hace que eres creyente? Solamente eres mejor en algunas competencias, no hay más. ¿Eso te da derecho a darme órdenes?”. Acabé ignorando a la hermana Zhang cuando hablaba conmigo. A veces, cuando me hacía una pregunta, fingía no haberla oído. Si respondía, no lo hacía amablemente. Cuando la veía cohibida por ello, sí me sentía mal; ahora bien, en cuestiones de estatus y prestigio, todavía dejaba que me afectaran mis emociones.

Una mañana vi que la hermana Liu y la hermana Zhang salían a trabajar. Iban muy elegantes y a la moda; disgustada, sentí envidia de ellas. Pensé para mí: “Os lleváis toda la gloria mientras yo me quedo aquí, trabajando ingratamente entre bambalinas. Nunca sabrá nadie cuánto trabajo”. Cuando las hermanas regresaron aquella noche, el resto del equipo se apresuró a saludarlas y algunos hasta les prepararon la cena. Al principio yo también quise ir a saludarlas y preguntarles cómo les había ido en el trabajo, pero cuando vi cómo reaccionaban todos ante ellas, sentí envidia de nuevo, y pensé: “Esas dos se están llevando toda la gloria otra vez y ahora parezco todavía más inútil”. Mientras lo pensaba, me di la vuelta y regresé a mi habitación. No podía calmarme y oré a Dios. Le dije: “Amado Dios, mi obsesión por el estatus ha vuelto a mostrar su abominable rostro. Quiero renunciar a mis deseos de prestigio y estatus, pero no puedo. Te ruego que me enseñes a liberarme de las ataduras de la reputación y el estatus”.

Al día siguiente, una hermana vio que me hallaba en un estado negativo y me leyó este pasaje: “Tan pronto como involucre posición, prestigio o reputación, el corazón de todos salta de emoción y cada uno quiere siempre sobresalir, ser famoso y ser reconocido. Nadie está dispuesto a ceder; en cambio, todos quieren siempre competir, aunque competir sea vergonzoso y no se permita en la casa de Dios. Sin embargo, si no hay controversia, no te sientes contento. Cuando ves que alguien sobresale, te pones celoso, sientes odio, te quejas y sientes que es injusto. ‘¿Por qué yo no puedo sobresalir? ¿Por qué siempre es aquella persona la que logra sobresalir y nunca es mi turno?’ Luego surge el resentimiento en ti. Tratas de reprimirlo, pero no puedes. Oras a Dios y te sientes mejor por un rato, pero, después, tan pronto como te encuentras nuevamente con este tipo de situación, no puedes superarla. ¿No muestra esto una estatura inmadura? ¿No es una trampa la caída de una persona en tales estados? Son los grilletes de la naturaleza corrupta de Satanás que atan a los humanos” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me demostraron que realmente no había cambiado de aspiraciones. Todavía iba en pos de la reputación, del estatus y del éxito por encima de los demás. Poseída por estas cosas, siempre quería destacar, ser apreciada y llevar a cabo deberes importantes o que requirieran talento. Creía que esta era la única manera de ser respetada y valorada por los demás, y de recibir la aprobación de Dios y, a la larga, Su bendición. Despreciaba cualquier trabajo que no me pareciera importante y hasta miraba con desdén mi deber de riego. Al ver que a las dos hermanas les asignaban deberes importantes, mientras a mí únicamente me mandaban tareas insignificantes que no llamaban la atención, sentía envidia y resentimiento, hasta el punto de quejarme y culpar a Dios por no haberme dado una aptitud ni unas habilidades mejores. ¡Qué irracional! Como no se habían cumplido mis deseos de estatus, no me esforzaba mucho en el deber y llegué a explotar ante mis hermanas para descargar mi insatisfacción. Esto, sin duda, cohibió e hirió a mis hermanas. Cuanto más recapacitaba al respecto, más culpable me sentía. Me di cuenta de lo egoísta e inhumana que había sido.

Después me encontré con este pasaje de las palabras de Dios: “La gente siempre quiere tener prestigio o ser famosa; desea obtener mucha fama y prestigio y honrar a sus antepasados. ¿Son positivas estas cosas? No concuerdan en absoluto con las cosas positivas; es más, son contrarias al hecho de que la ley de Dios tiene dominio sobre el destino de la humanidad. ¿Por qué digo esto? ¿Qué tipo de persona quiere Dios? ¿Quiere una persona con grandeza, famosa, noble o increíble? (No). Entonces, ¿qué tipo de persona quiere Dios? Quiere una persona que tenga los pies bien puestos en la tierra y busque ser una criatura de Dios capacitada, que pueda cumplir el deber de una criatura y pueda atenerse al sitio que debe ocupar un ser humano” (‘El carácter corrupto solo se puede corregir al buscar la verdad y confiar en Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Al reflexionar sobre las palabras de Dios, me di cuenta de que Dios no quiere personas de alcurnia ni talentos del otro mundo, sino personas con los pies en el suelo que sepan cumplir con su deber de criaturas de Dios. Dios no me exige una gran aptitud ni unas competencias profesionales de primer nivel; solo me pide que conozca mis límites y cumpla con el deber de la mejor forma posible. Esto era algo que podía hacer. Dios le da a cada persona una aptitud y unos talentos distintos. Mientras saquemos el máximo partido a nuestras habilidades, nos ayudemos unos a otros y trabajemos juntos, cumpliremos con el deber y satisfaremos a Dios.

También leí estas palabras de Dios: “Yo decido el destino de cada persona, no en base a su edad, antigüedad, cantidad de sufrimiento ni, mucho menos, según el grado de compasión que provoca, sino en base a si posee la verdad. No hay otra decisión que esta. Debéis daros cuenta de que todos aquellos que no hacen la voluntad de Dios serán también castigados. Este es un hecho inmutable” (‘Prepara suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Dios es un Dios justo; no determina a quién elogia ni el final y el destino de cada persona en función de si esta tiene prestigio o renombre, de cuántas personas la respaldan y miran con buenos ojos ni de aquello a lo que pueda recurrir. Lo determina todo, en cambio, en función de si practica la verdad, se somete a Dios y cumple con su deber de criatura de Dios. Pongamos por caso a los sumos sacerdotes, los escribas y los fariseos. Tenían estatus e influencia, muchos los idolatraban y seguían, pero cuando el Señor Jesús vino a realizar Su obra, no buscaron la verdad ni aceptaron la obra de Dios en modo alguno. Llegaron a condenar y oponerse frenéticamente al Señor Jesús a fin de conservar su estatus y sus rentas, para acabar crucificándolo y padeciendo la maldición y el castigo de Dios. También pensé en Noé, que construyó el arca como Dios le ordenó. En ese momento todos creyeron que estaba loco, pero como escuchó y obedeció a Dios, recibió Su elogio y sobrevivió al diluvio. Luego estaba la viuda pobre de la Biblia. Las dos monedas que dio podrían no parecerle mucho a nadie, pero Dios la elogió porque le dio todo lo que tenía. Reflexionando sobre estas historias comprobé que Dios es verdaderamente justo. Dios valora la sinceridad de la gente. Solo es posible vivir con sentido escuchando la palabra de Dios, sometiéndose a Él, practicando Sus palabras y cumpliendo con el deber de criaturas suyas. Esforzarse por recibir el elogio de los demás únicamente nos conducirá a hacer el mal, a oponernos a Dios y a recibir Su castigo. Comprendí que Dios no había dispuesto que cumpliera con el deber en ese ambiente porque quisiera que sufriera o que me humillaran, sino porque tenía un plan para mí. Simplemente estaba demasiado obsesionada con el estatus, así que tenía que ser desenmascarada y refinada para poder conocerme realmente, despojarme de las cadenas del prestigio y el estatus y tener una vida libre y sin restricciones ante Dios. Esta era la mejor manera de que Dios me transformara y purificara: el amor y la salvación de Dios. Con esta idea, oré a Dios, “Oh, Dios mío, gracias por disponer al detalle estos ambientes para salvarme y purificarme. Ya no quiero vivir por el prestigio y estatus; sea cual sea el deber que me asignen, por muy humilde que sea a ojos de los demás, estoy dispuesta a someterme y trabajar con mis hermanos y hermanas en el cumplimiento del deber”.

Más adelante fue preciso que algunas personas del equipo salieran por unos asuntos de la iglesia. Cuando me enteré, el deseo volvió a brotar dentro de mí. Pensé que tal vez por fin tendría la oportunidad de exhibirme. Mientras mis hermanos y hermanas decidían quiénes irían, esperaba que me eligieran, pero al final decidieron enviar a la hermana Liu y a la hermana Zhang. Me sentí un poco decepcionada. Parecía que nunca tendría mi momento de gloria. Me di cuenta de que de nuevo estaba compitiendo por la reputación, por lo que oré a Dios y renuncié a mis motivaciones equivocadas. Pensé que en todo este tiempo no me había centrado en el trabajo, sino que había malgastado todo este valioso tiempo y esta energía compitiendo por el estatus y no había cumplido con el deber en absoluto. Luchaba a diario por la reputación y el estatus y era una sensación realmente horrible. Me sentía engañada por Satanás. El estatus y el prestigio pueden hacer mucho daño a la gente. En realidad, cada hermano y hermana de nuestro equipo tiene unas habilidades y aptitudes. Dios dispuso que trabajáramos juntos porque quería que cada cual pusiera en práctica sus habilidades, aprendiéramos unos de otros, nos complementáramos y trabajáramos bien juntos en el cumplimiento del deber. Dios decidió mi aptitud y estatura hace mucho tiempo. Dios también predestinó el papel que desempeño en el equipo y la función que cumplo. Así pues, debo ser feliz donde estoy, esmerarme por cumplir con el deber y ser una persona sensata capaz de someterse a Dios. Una vez que me di cuenta de esto, estaba mucho más relajada. Cuando las dos hermanas salían a cumplir con su deber, oraba por ellas y me empleaba a fondo en el trabajo rutinario para que las demás hermanas se pudieran centrar en sus respectivos deberes. Asimismo, instaba a mis hermanos y hermanas a prestar atención a sus devocionales espirituales para que también ellos encontraran tiempo para entrar en la vida aparte del trabajo. Cuando empecé a hacer las cosas con cuidado, noté que tenía más los pies en el suelo y estaba más tranquila. Me sentía más cerca de Dios y las relaciones con mis hermanos y hermanas también se normalizaron. Ya no daba tanta importancia al prestigio y al estatus y me abrí más. Mi corazón rebosaba gratitud a Dios por esta pequeña transformación. El juicio y el castigo de las palabras de Dios fueron lo que había despertado mi corazón, me había mostrado el vacío y el sufrimiento de ir en pos de la reputación y el estatus, y me había ayudado a entender que solo es posible vivir con sentido creyendo en Dios, buscando la verdad ¡y cumpliendo con nuestro deber de seres creados!

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