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Al borde de la muerte, Dios Todopoderoso acudió en mi ayuda

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de Wang Cheng, provincia de Hebei

A lo largo de mis años de fe en el Señor Jesucristo, he sido perseguido por el gobierno del PCCh. El gobierno usó el “delito” de mi creencia en el Señor Jesús como motivo para maltratarme y oprimirme. Incluso ordenaron a los cuadros de la aldea hacer visitas frecuentes a mi casa para indagar sobre mis prácticas de fe. En 1998 acepté la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días. Cuando escuché las palabras del Creador pronunciadas en persona, me emocioné y me conmoví de una manera que ni siquiera puedo describir. Con el aliento del amor de Dios, tomé una decisión: seguiría a Dios Todopoderoso hasta el final, pasara lo que pasara. Durante ese tiempo, asistí con entusiasmo a las reuniones y difundí el evangelio, lo que una vez más atrajo la atención del gobierno del PCCh. Esta vez, su persecución hacia mí fue peor que nunca. La situación era tan mala que no podía practicar mi fe en mi propia casa con normalidad y me vi obligado a abandonarla para cumplir con mis deberes.

En 2006, era el responsable de las operaciones de impresión de los libros de las palabras de Dios. Una vez, mientras transportaba libros, algunos hermanos y hermanas y el conductor de la imprenta fueron detenidos por la policía del PCCh, lamentablemente. Confiscaron todas las diez mil copias de La Palabra manifestada en carne que había en la furgoneta. Más tarde, el conductor delató a más de diez hermanos y hermanas y todos fueron detenidos uno tras otro. Este suceso causó un gran revuelo en dos provincias y el caso fue supervisado directamente por las autoridades centrales. Cuando el gobierno del PCCh se enteró de que yo era el líder, no escatimaron gastos y desplegaron fuerzas policiales armadas para investigar todas las áreas de operación relacionadas con mi labor. Confiscaron dos coches y una camioneta de la imprenta con la que trabajábamos y también se apropiaron indebidamente de 65.500 yuanes de la empresa, aparte de los más de 3.000 yuanes que les robaron a las hermanas y los hermanos que estaban en la furgoneta ese día. Además, la policía también vino a registrar mi casa dos veces. Cada vez que venían, derribaban la puerta principal, destrozaban y rompían mis pertenencias y ponían toda la casa patas arriba. ¡Eran peores que una banda de bandidos errantes! Después, cuando al gobierno del PCCh le resultó imposible encontrarme, reunieron a todos mis vecinos, amigos y parientes y les interrogaron sobre mi paradero.

Me vi obligado a refugiarme en casa de un pariente lejano para evitar ser arrestado y perseguido por el gobierno del PCCh. Ni en mis más descabellados pensamientos hubiera pensado que la policía del PCCh me seguiría a una distancia tan enorme con el fin de arrestarme. Sin embargo, la noche del tercer día que pasaba en casa de mi pariente, un grupo de unos cien agentes de policía de mi ciudad natal, en cooperación con la policía criminal local y la policía armada, rodearon completamente la casa y procedieron a detener y arrestar a todos mis parientes. Estaba rodeado de más de diez policías armados que me apuntaban a la cabeza, gritando enfadados: “Si te mueves, estás muerto”. Luego, algunos de los agentes de policía saltaron sobre mí y trataron de esposarme los brazos a la espalda. Me tiraron de la mano derecha para ponérmela detrás del hombro y acto seguido me colocaron el brazo izquierdo tras la espalda a la fuerza y tiraron hacia arriba con saña. Como no podían esposarme las dos manos, me pisaron la espalda y tiraron aún más fuerte hasta que al fin lograron su objetivo. Aquel punzante e insufrible dolor me resultaba insoportable, pero dio igual que gritara: “No aguanto el dolor”, a los agentes no les preocupaba en absoluto y lo único que me quedaba era orarle a Dios para que me diera fuerzas. Se apropiaron de 650 yuanes y luego me interrogaron sobre dónde guardaba la iglesia el dinero, exigiendo que les entregara todos los fondos. Sentía una enorme ira y pensé para mí, con desprecio: “Se llaman a sí mismos ‘policía del pueblo’ y ‘protectores de la vida y la propiedad del pueblo’ y, sin embargo, la razón por la que han desplegado un destacamento de esta magnitud para hacer una cacería tan lejos con el fin de arrestarme no se limita a obstruir la obra de Dios, sino que también pretenden saquear y apropiarse de los fondos de la iglesia. Estos policías malvados tienen un deseo insaciable de dinero. Se devanan los sesos y no se detienen ante nada para llenar sus arcas. ¿Quién sabe cuántos actos desmedidos han cometido en busca de riquezas o cuántas vidas inocentes han arruinado para enriquecerse?”. Cuanto más lo pensaba, más me enojaba y me prometía a mí mismo que moriría antes que traicionar a Dios. Me juré que lucharía contra estos demonios hasta mi amargo final. Cuando uno de los agentes vio cómo los miraba en silencio, se acercó y me abofeteó dos veces en la cara, lo que provocó que mis labios se hincharan y sangraran profusamente. Sin embargo, no satisfechos con eso, los malvados policías me patearon salvajemente las piernas mientras me insultaban, hasta que caí al suelo. Continuaron pateándome como a una pelota de fútbol mientras yacía en el suelo hasta que, pasado un tiempo indeterminado, finalmente me desmayé. Cuando me desperté, ya estaba en un coche que se dirigía a mi ciudad natal. Me habían encadenado con una enorme cadena de acero que me unía el cuello a los tobillos de modo que no podía sentarme erguido y me obligaba a mirar hacia abajo, acurrucado en posición fetal, apenas apoyando el pecho y la cabeza. Cuando los agentes notaron que mi dolor era evidente, se rieron a carcajadas y comentaron con sarcasmo: “A ver si tu Dios puede salvarte ahora”, junto con otros comentarios humillantes. Entendí claramente que la razón por la que me trataban de esa manera era porque yo creía en Dios Todopoderoso. Era igual que cuando Dios dijo en la Era de la Gracia: “Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros” (Juan 15:18). Cuanto más me humillaban, más claramente veía su esencia demoníaca como enemigos de Dios y su naturaleza malvada que odiaba a Dios, lo que me hacía despreciarlos con mayor intensidad. Al mismo tiempo, continuamente lo llamaba a Él, orando: “¡Querido Dios Todopoderoso! Sin duda, que hayas permitido que la policía me capture se debe a Tus buenas intenciones y estoy dispuesto a someterme a Ti. Ahora, aunque mi cuerpo natural está sufriendo, estoy dispuesto a dar testimonio para que avergüences al viejo diablo. No me someteré bajo ninguna circunstancia. Oro para que me des fe y sabiduría.” Después de terminar mi oración, pensé en este pasaje de las palabras de Dios: “Guarda silencio en Mí, porque Yo soy tu Dios, vuestro único Redentor. Debéis acallar vuestros corazones en todo tiempo, vivir dentro de Mí; Yo soy vuestra roca, vuestro fiador” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me proporcionaron aún más fuerza y determinación. Dios gobierna soberano sobre todas las cosas y la vida y la muerte del hombre están en Sus manos. Con Dios Todopoderoso como mi apoyo incondicional, no tenía nada que temer. Después de esto, se renovó mi fe y tuve un camino de práctica, estaba preparado para enfrentarme a la cruel tortura que me esperaba.

Durante las dieciocho horas en la comitiva de regreso a mi ciudad natal, perdí la cuenta de cuántas veces me desmayé por el dolor, pero ninguno de esos matones de la policía mostró la menor preocupación. Cuando llegamos por fin, eran más de las dos de la mañana. Sentí como si se me hubiera congelado toda la sangre del cuerpo; tenía los brazos y piernas hinchados, entumecidos, y no podía moverme. Oí a uno de los policías decir: “Creo que está muerto”. Uno de ellos agarró la cadena de acero y tiró de ella con una fuerza brutal, de tal modo que los bordes dentados se hundieron en mi carne. Salí a trompicones del coche y me desmayé una vez más a causa del dolor. Los policías me patearon hasta despertarme y me gritaron: “¡Maldita sea! Haciéndote el muerto, ¿eh? ¡En cuanto descansemos, te vas a enterar!”. Luego me arrastraron violentamente a una celda en el corredor de la muerte y, al salir, dijeron: “Hemos preparado esta celda especialmente para ti”. Varios reclusos se despertaron sobresaltados cuando me arrastraron dentro y sus miradas despiadadas me tenían tan asustado que me acobardé en un rincón, temeroso de hacer cualquier movimiento. Me pareció haber entrado en algún tipo de infierno en la tierra. Al amanecer, los demás presos se apelotonaron a mi alrededor, mirándome como si fuera una especie de extraterrestre. Todos se abalanzaron sobre mí, asustándome tanto que inmediatamente me acurruqué en el suelo. La conmoción despertó al prisionero principal: me miró y dijo con frialdad: “Haced lo que queráis con él, pero no lo matéis a golpes”. Los reclusos respondieron al prisionero principal como si hubiera emitido un decreto imperial. Se adelantaron, prestos para darme una paliza. Me dije a mí mismo: “Ahora te vas a enterar. La policía me ha entregado a estos presos del corredor de la muerte para que hagan su trabajo sucio, me están enviando intencionadamente a la muerte”. Me sentía completamente aterrorizado e indefenso, y lo único que podía hacer era confiar mi vida a Dios y aceptar sus disposiciones. Justo cuando me preparaba para la paliza, sucedió algo increíble. Oí a alguien gritar con urgencia: “¡Espera!” El prisionero principal vino corriendo, me levantó y me miró durante lo que parecieron ser un par de minutos. Estaba tan asustado que ni siquiera me atreví a mirarlo. “¿Cómo es que un buen tipo como tú se encuentra en un lugar como éste?”, preguntó. Cuando lo escuché hablar, lo miré con atención y me di cuenta de que era amigo de un amigo que conocí una vez en el pasado. Entonces se dirigió a los demás reclusos, diciendo: “Este hombre es mi amigo. ¡Si alguien lo toca, tendrá que responder ante mí!” Luego, se apresuró a invitarme a comer y me ayudó a conseguir varios artículos de tocador y de uso diario que necesitaría en la cárcel. Después de eso, ninguno de los otros reclusos se atrevió a meterse conmigo. Sabía que todo lo que había pasado era el resultado del amor de Dios y Su sabio arreglo. La intención original de la policía era usar a los otros prisioneros para torturarme sin piedad, pero nunca imaginaron que Dios actuaría a través del prisionero principal para ayudarme a esquivar esa bala. Me conmoví hasta las lágrimas y no pude evitar gritar alabando a Dios en mi corazón, diciendo: “¡Querido Dios! ¡Gracias por mostrarme Tu misericordia! Fuiste Tú quien vino en mi ayuda a través de este amigo cuando me sentía más temeroso, indefenso y débil, permitiéndome ser testigo de Tus obras. Eres Tú quien moviliza todas las cosas para que te presten servicio, para que se beneficien los que creen en Ti”. En ese momento, mi fe en Dios creció aún más, pues había experimentado personalmente Su amor. Aunque había sido arrojado al vientre de la bestia, Dios no me abandonó. Con Dios a mi lado, ¿qué había que temer? Mi amigo me consoló diciendo: “No estés triste. No importa lo que hayas hecho, no les digas ni una palabra, aunque te mate. Pero debes prepararte mentalmente y saber que, dado que te han metido aquí con un montón de presos condenados a muerte, no te lo van a poner fácil para salir”. A partir de las palabras de mi amigo sentí aún más que Dios me guiaba a cada momento y hablaba a través de mi compañero de celda para advertirme de lo que estaba por venir. Preparé mi mente a conciencia y me juré en silencio: no importa cuánto me torturen esos demonios, ¡nunca traicionaré a Dios!

El segundo día, llegaron más de diez policías armados y me escoltaron desde el centro de detención como si fuera un prisionero condenado a muerte hasta un lugar remoto en el campo. La instalación a la que me llevaron era un complejo de paredes altas con un gran patio que estaba fuertemente custodiado por la policía armada. Un cartel en la puerta principal decía, “Base de entrenamiento de perros policía”. Sus salas estaban llenas de todo tipo de instrumentos de tortura. Parecía que me habían llevado a una de las instalaciones secretas de tortura e interrogatorios del gobierno del PCCh. Al mirar a mi alrededor, se me pusieron los pelos de punta y temblé de miedo. Los malvados policías me hicieron detenerme en medio del patio y luego liberaron a cuatro perros de aspecto despiadado y anormalmente grandes de una jaula de acero, me señalaron y ordenaron a los bien entrenados canes de la policía, diciendo: “¡A matar!”. Inmediatamente, los perros vinieron corriendo hacia mí como una manada de lobos. Estaba tan aterrorizado que cerré mucho los ojos. Comenzaron a zumbarme los oídos y se me quedó la mente en blanco; el único pensamiento en mi cabeza era: “¡Oh, Dios! ¡Por favor, sálvame!”. No cesé de pedirle ayuda a Dios y, pasados diez minutos, lo único que sentí fue a los perros mordiendo mi ropa. Un sabueso particularmente grande se apoyó sobre mis hombros, me olfateó y luego me lamió la cara, pero no me mordió. De repente recordé una historia bíblica en la que el profeta Daniel fue arrojado a un pozo de leones hambrientos porque adoraba a Dios, pero los leones no le hicieron daño. Como Dios estaba con él, le envió a un ángel para cerrar las mandíbulas de los leones. De repente, un profundo sentido de fe se apoderó de mí y disipó todo el miedo en mi corazón. Tuve la profunda convicción de que todo está dispuesto por Dios y que la vida y la muerte del hombre están en manos de Dios. Además, si unos perros despiadados tenían que matarme a mordiscos por mi creencia en Dios y así moría como un mártir, sería un gran honor y no tendría ninguna queja en absoluto. Cuando ya no me constreñía el temor a la muerte y estaba dispuesto a entregar mi vida para dar testimonio de Dios, una vez más presencié Su omnipotencia y Sus actos milagrosos. Esta vez los policías corrieron en dirección a los perros en plena histeria, gritando: “¡A matar! ¡A matar!”. Sin embargo, de repente era como si aquellos sabuesos tan entrenados no pudieran entender las órdenes de sus amos. Lo único que hicieron fue rasgarme un poco la ropa, lamerme la cara y luego dispersarse. Algunos de los malvados policías intentaron detener a los perros y enviarlos a atacarme de nuevo, pero de repente los animales se asustaron y se diseminaron en varias direcciones. Cuando la policía vio lo que había pasado, todos se quedaron atónitos y dijeron: “¡Qué extraño, ninguno de los perros lo mordía!” De repente, recordé las siguientes palabras de Dios: “El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios y toda la vida del hombre es contemplada a los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, cualquiera de todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se moverán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios gobierna sobre todas las cosas” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Dios creó todas las cosas y por ende hace que toda la creación venga bajo Su dominio y se someta al mismo; Él ordenará todas las cosas para que todas estén en Sus manos. Toda la creación de Dios, incluyendo los animales, las plantas, la humanidad, las montañas, los ríos y los lagos, todo debe venir bajo Su dominio. Todas las cosas en los cielos y sobre la tierra deben venir bajo Su dominio” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). Según mi propia experiencia, en la vida real había visto que todas las cosas —da igual que estén vivas o muertas— están sujetas a las disposiciones de Dios y todas se mueven y cambian con Sus pensamientos. Pude sobrevivir ileso al ataque de los perros de la policía porque Dios Todopoderoso había sellado sus bocas para que no se atrevieran a morderme. Era profundamente consciente de que eso había ocurrido a través del inmenso poder de Dios y que Él había revelado uno de sus milagrosos actos. Ya fueran esos matones de la policía o los perros policía entrenados, todos tenían que someterse a la autoridad de Dios. Nadie puede reemplazar Su soberanía. El hecho de haber caído en las manos diabólicas del gobierno del PCCh y haber experimentado una prueba similar a la del profeta Daniel se debía sin duda a que Dios había hecho una excepción conmigo exaltándome y otorgándome Su gracia. A través del testimonio de los actos todopoderosos de Dios, llegué a tener una fe aún mayor en Él y prometí luchar contra el diablo hasta el final. ¡Juré creer y adorar a Dios por siempre y darle gloria y honor!

Cuando la policía no pudo alcanzar el objetivo deseado con los perros de presa, me llevaron a la sala de interrogatorios. Me colgaron de la pared por las esposas y al instante sentí un dolor abrasador en las muñecas, como si estuviera a punto de perderlas por completo. Gruesas gotas de sudor comenzaron a resbalarme por la cara. Sin embargo, los matones de la policía aún no habían terminado y empezaron a lloverme patadas y puñetazos salvajes. Mientras me pegaban, gritaban airadamente: “¡Veamos si tu Dios puede salvarte ahora!”. Se turnaban para golpearme, cuando uno de ellos se cansaba, otro le sustituía. Cuando pararon estaba cubierto de pies a cabeza de heridas y moretones y sangraba profusamente. Llegada la noche todavía no me habían bajado de la pared y no me permitían cerrar los ojos. Habían asignado a dos subordinados con pistolas paralizantes para vigilarme. Cada vez que cerraba los ojos, me daban electricidad para evitar que me quedara dormido. Me torturaron toda la noche de esa manera. Mientras uno de los subordinados me estaba golpeando, me miró con ojos brillantes y gritó: “Cuando te desmayes por los golpes, te volveré a pegar hasta que te despiertes”. Debido al esclarecimiento de Dios, era totalmente consciente de lo que estaba pasando: Satanás estaba tratando de usar todo tipo de técnicas de tortura para comprometerme. La idea era torturarme hasta que se me quebrara el espíritu y perdiera el control de mis facultades mentales, momento en el cual divulgaría la información que estaban buscando. Entonces podrían arrestar a los elegidos de Dios, interrumpir Su obra de los últimos días y saquear y apoderarse de los bienes de la Iglesia de Dios Todopoderoso para enriquecer sus propias arcas; esas eran las brutales ambiciones de su naturaleza de bestias. Apreté los dientes y resistí el dolor. Me juré que no haría ningún trato con ellos aunque eso significara morir allí colgado. A la mañana siguiente, al amanecer, seguían sin dar señales de que me fueran a bajar y yo ya estaba completamente exhausto; pensaba que estaría mejor muerto y ya no me quedaba fuerza de voluntad para seguir adelante. Lo único que podía hacer era pedirle ayuda a Dios, orando: “¡Oh, Dios! Sé que merezco sufrir, pero mi cuerpo está muy débil y de verdad no podré durar mucho más. Mientras aún respiro y estoy consciente, quiero pedirte que escoltes mi alma fuera de este mundo. No quiero convertirme en Judas y traicionarte”. Justo cuando estaba a punto de desmoronarme, la palabra de Dios me esclareció y me guio una vez más: “‘Venir esta vez a la carne es como caer en la guarida del tigre’. Lo que esto significa es que, al ocurrir que en esta ronda de la obra de Dios Él haya venido en carne y haya nacido en la morada del gran dragón rojo, Su venida a la tierra esta vez está acompañada por peligros extremos. Se enfrenta a cuchillos, pistolas y porras; a la tentación; a multitudes con miradas asesinas. Se arriesga a que lo maten en cualquier momento” (‘Obra y entrada (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Dios es el supremo soberano de toda la creación, descender entre los más profundamente corruptos de toda la humanidad para salvarnos ya fue una humillación increíble, pero Él también tuvo que soportar toda clase de persecuciones a manos del gobierno del PCCh. El sufrimiento por el que ha pasado Dios es realmente inmenso. Si Dios ha soportado todo este dolor y sufrimiento, ¿por qué no podía yo sacrificarme por Él? La única razón por la que aún estaba vivo era la protección y cuidado de Dios, sin Él habría sido torturado hasta la muerte por esta banda demoníaca hace mucho tiempo. En esta guarida de demonios, aunque estos desalmados usaban todos los métodos a su disposición para infligirme crueles torturas, Dios estaba conmigo y en cada ronda de tortura yo era testigo de los milagrosos actos de Dios, así como de su salvación y protección. Me dije: “Dios ha hecho mucho por mí, ¿cómo puedo consolar Su corazón? Dado que Dios me ha concedido hoy esta oportunidad, ¡debo seguir viviendo para Dios!”. En ese momento, el amor de Dios despertó mi conciencia y sentí en lo más hondo que debía satisfacer a Dios fuera como fuera. Me afirmé a mí mismo: “¡Es un honor sufrir hoy junto a Cristo!”. Al ver que seguía sin hablar y no había suplicado misericordia, pero temiendo que pudiera morir en aquel lugar sin revelar ninguna información, algo que les causaría problemas con sus superiores, los malvados policías dejaron de golpearme. Después de eso, me colgaron de una pared con las esposas y me dejaron allí otros dos días con sus respectivas noches.

Hizo mucho frío durante ese periodo y estaba calado hasta los huesos, mi ropa era demasiado fina para aislarme de la temperatura. Llevaba varios días sin comer y tenía hambre y frío; ya no podía soportarlo más. Justo cuando estaba a punto de desmoronarme, aquella banda de matones de la policía se aprovechó de mi decadente estado para urdir otro plan. Trajeron a un psicólogo para tratar de lavarme el cerebro. Me dijo: “Todavía eres joven y tienes que mantener a tus padres e hijos. Después de que te trajeran aquí, ni tus compañeros creyentes ni especialmente los líderes de tu iglesia han mostrado la más mínima preocupación por ti; sin embargo, aquí estás tú sufriendo por ellos. ¿No crees que estás siendo un poco idiota? Estos policías no han tenido más remedio que torturarte…” Al escuchar sus mentiras, me dije: “Si mis hermanos y hermanas vinieran a verme aquí, ¿no sería eso igual a entregarse? Lo dices para engañarme, para sembrar discordia entre mis hermanos y yo, para hacerme malinterpretar, culpar y abandonar a Dios. ¡No voy a caer en la trampa!” Después de eso, me trajeron comida y bebida, tratando de cortejarme con su aparente generosidad. Ante la repentina “bondad” de estos matones de la policía, mi corazón se aferró aún más a Dios, porque sabía que en ese momento estaba en mi punto más débil y Satanás estaba dispuesto a abalanzarse sobre mí en cuanto se presentara la oportunidad. Mis experiencias durante aquellos días me permitieron conocer a fondo la esencia del gobierno del PCCh. Daba igual que fingieran ser amables y bondadosos, su esencia malvada, reaccionaria y demoníaca no cambiaba. La estrategia del diablo de “conversión a través de la compasión amorosa” no hizo más que exponer las profundidades de su traición y engaño. Gracias a Dios por guiarme a ver el trasfondo de la astuta trama de Satanás. Al final, el psicólogo no logró ningún avance y meneó la cabeza, diciendo: “No puedo sacarle nada. Es terco como una mula, un caso perdido”. Con eso, se marchó abatido. Viendo a Satanás huir derrotado, mi corazón se llenó de una alegría indescriptible.

Cuando aquellos malvados policías vieron que sus tácticas suaves habían fracasado, revelaron de inmediato su verdadero rostro y me volvieron a colgar de la pared durante otro día entero. Aquella noche, allí colgado temblando de frío, con las manos tan doloridas que parecía que se me iban a romper, en mitad de mi delirio pensé que tal vez no lo lograría. En ese momento, varios agentes entraron y me volví a preguntar qué tipo de tormento tenían reservado para mí. Impotente, volví a orarle a Dios, diciendo: “Oh, Dios, sabes que soy débil y que ya no puedo soportarlo más. Por favor, toma mi vida ahora mismo. Prefiero morir antes que ser un Judas y traicionarte. ¡No permitiré que la astuta conspiración de estos demonios tenga éxito!”. Los policías blandieron sus palos, de poco menos de un metro de largo, y comenzaron a golpearme en las articulaciones de piernas y pies. Algunos de ellos se reían como maníacos mientras me golpeaban, otros trataron de tentarme, diciendo: “Vaya, te encanta recibir castigos. No has cometido ningún delito grave, no has asesinado a nadie ni has provocado un incendio. Dinos lo que sabes y te bajaremos”. Al ver que seguía sin hablar, retorcieron el gesto y gritaron: “¿Crees que las docenas de policías que están frente a ti ahora mismo son todos unos incompetentes? Hemos interrogado a un sinnúmero de presos condenados a muerte y siempre les hemos sacado una confesión, aunque no hayan hecho nada malo. Cuando les decimos que hablen, hablan. ¿Qué te hace pensar que eres diferente?”. Algunos de ellos se me acercaron y empezaron a pellizcarme y a retorcerme las piernas y la cintura hasta que me cubrieron de moretones. En algunos sitios me pellizcaron tan fuerte que me hicieron sangrar. Después de pasar tanto tiempo colgado de la pared, estaba increíblemente débil y eso agravó el dolor de sus palizas sin sentido, hasta el punto de que anhelaba mi propia muerte. En ese momento, estaba completamente destrozado, no podía aguantar más y al final me quebré en llanto. Mientras las lágrimas fluían, pensamientos de traición surgieron en mi mente: “Tal vez debería decirles algo. Mientras no meta a ninguno de mis hermanos y hermanas en problemas, aunque me acusen o me ejecuten, ¡que así sea!”. Cuando aquella panda de policías malvados me vio llorar, se rieron a carcajadas y, muy satisfechos de sí mismos, dijeron: “Si hubieras dicho algo antes, no tendríamos que haberte pegado así”. Me soltaron de la pared y me tumbaron en el suelo. Me dieron un poco de agua y me dejaron descansar un momento. Luego tomaron el bolígrafo y el papel que habían tenido listos todo el tiempo y se prepararon para registrar mi declaración. En el momento exacto que estaba cayendo presa de la tentación de Satanás y a punto de traicionar a Dios, Sus palabras aparecieron claramente en mi mente una vez más: “No daré más misericordia a los que han sido totalmente desleales a Mí en tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega sólo hasta allí. Además, no me siento complacido hacia aquellos quienes alguna vez me han traicionado, y mucho menos deseo asociarme con los que venden los intereses de los amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona. Debo deciros esto: cualquiera que quebrante Mi corazón no volverá a recibir clemencia, y cualquiera que me haya sido fiel permanecerá por siempre en Mi corazón” (‘Deberías preparar suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). En las palabras de Dios vi Su carácter, que no tolera ofensa, y las consecuencias de traicionarlo. También me di cuenta de mi propia rebeldía. Mi fe en Dios era demasiado endeble y no tenía un entendimiento real de Él, y mucho menos le era verdaderamente obediente. Por tanto, seguro traicionaría a Dios. Pensé en que Judas había vendido a Jesús por solo treinta monedas de plata y cómo, en aquel momento, yo estaba dispuesto a traicionar a Dios por apenas un rato de comodidad y descanso. Si no hubiera sido por el oportuno esclarecimiento de Sus palabras, me habría convertido en un traidor más de Dios, destinado a ser condenado para siempre. Después de entender Su voluntad, alcancé a ver que Él había hecho los mejores arreglos posibles. Pensé: “Si Dios permite que sufra o muera, estoy dispuesto a someterme y poner mi vida y mi muerte en sus manos. No tengo voz en el asunto. Aunque solo me quede un respiro, debo esforzarme por satisfacer a Dios y dar testimonio de Él”. En ese momento, un himno de la iglesia me vino a la mente: “Antes preferiría perder la vida. Guardaré mi dignidad como un pueblo de Dios. Con la exhortación de Dios en mente, avergonzaré a Satanás” (‘Deseo ver el día en que Dios gane la gloria’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Mientras tarareaba el himno en mi mente, mi fe se revigorizó y decidí que, si moría, sería por Dios. Pasara lo que pasara, no podía ceder ante aquel viejo diablo que era el gobierno del PCCh. Al verme tendido en el suelo sin moverme, los policías malvados comenzaron a tentarme, diciendo: “¿Vale la pena todo este sufrimiento? Te estamos dando la oportunidad de hacer una buena obra. Dinos todo lo que sabes. Aunque no digas nada, tenemos todos los testimonios de los testigos y las pruebas que necesitamos para condenarte”. Viendo cómo estos demonios devoradores de hombres intentaban hacerme traicionar a Dios y vender a mis hermanos y hermanas para arruinar Su obra, ya no pude contener la ira que bullía dentro de mí y les grité: “Si sabéis tanto, entonces supongo que no hay motivo para interrogarme. ¡Aunque lo supiera todo, nunca os lo diría!”. La policía respondió gritando, furiosa: “¡Si no confiesas, te torturaremos hasta matarte! ¡No creas que saldrás vivo de aquí! Hacemos hablar a todos esos presos del corredor de la muerte, ¿crees que eres más duro que ellos?”. Yo respondí diciendo: “¡Ahora que me tenéis cautivo, no pienso salir vivo!”. Sin decir una palabra más, el policía se me acercó y me dio una patada en el estómago. Me dolió tanto que me pareció que me hubieran seccionado los intestinos. Entonces los demás agentes se abalanzaron sobre mí y me golpearon hasta que me desmayé de nuevo… Cuando volví en mí, me di cuenta de que me habían vuelto a colgar, pero esta vez aún más alto. Tenía todo el cuerpo hinchado y no podía hablar, pero gracias a la protección de Dios, no sentía el menor dolor. Aquella noche, la mayoría de los agentes se habían ido y los cuatro asignados para vigilarme se habían quedado dormidos. De repente, mis esposas se abrieron milagrosamente y caí al suelo como una pluma. En ese momento, volví a recuperar la conciencia y de repente pensé en cómo el ángel del Señor salvó a Pedro durante su encarcelamiento. Las cadenas cayeron de las manos de Pedro y la puerta de hierro de su celda se abrió sola. Debido a la gran exaltación y gracia de Dios, pude experimentar Sus milagrosos actos, igual que Pedro. De inmediato, me arrodillé en el suelo y le ofrecí una oración de agradecimiento a Dios, diciendo: “¡Dios mío! Gracias por tu misericordia y tu tierno cuidado. Gracias por la incesante vigilia que realizas sobre mí. Cuando mi vida estaba en juego y la muerte se acercaba, Tú me protegías en secreto. Fue Tu gran poder el que me protegió y me ser testigo otra vez de Tus maravillas y de Tu todopoderosa soberanía. Si no lo hubiera experimentado yo mismo, nunca habría creído que era real”. A través de mi sufrimiento, una vez más había sido testigo de la salvación de Dios y estaba profundamente conmovido y lleno de una calidez infinita. Quería irme de aquel lugar, pero estaba tan magullado que no podía moverme, así que me eché en el suelo y dormí hasta que me desperté al amanecer. Cuando los malvados policías me vieron allí tirado, empezaron a discutir entre ellos, tratando de averiguar quién me había bajado. Los cuatro policías responsables de vigilarme durante la noche decían que no tenían las llaves de mis esposas. Se arremolinaron alrededor de las esposas con la mirada perdida; las examinaron uno a uno, pero no pudieron encontrar nada roto en ellas. Me preguntaron cómo se habían abierto las esposas y yo contesté: “¡Se abrieron solas!” No me creyeron, pero yo lo sabía en mi corazón. Había sido el gran poder de Dios y uno de sus actos milagrosos.

Más tarde, al ver que estaba tan débil que podría morir en cualquier momento, la policía malvada ya no se atrevió a colgarme, así que cambiaron su método de tortura. Me arrastraron a una habitación y me hicieron sentarme en una silla. Me sujetaron la cabeza y el cuello con una abrazadera de metal y me ataron brazos y piernas para que no pudiera mover ni un músculo. Oré a Dios en mi corazón: “¡Oh, Dios! Todo está bajo tu control. Ya he pasado por varias pruebas de vida o muerte y ahora me encomiendo de nuevo a Ti. Estoy dispuesto a cooperar contigo para dar testimonio y humillar a Satanás”. Después de concluir mi oración, me sentí tranquilo, sereno y sin el más mínimo rastro de temor. En ese momento, uno de los agentes apretó un interruptor y todos los subordinados contuvieron la respiración para ver cómo me electrocutaba. Cuando no reaccioné en lo más mínimo, comprobaron la conexión. Seguía sin suceder nada y lo único que pudieron hacer fue mirarse con incredulidad, incapaces de creer lo que veían. Finalmente, uno de los subordinados dijo: “Tal vez haya una conexión defectuosa en la silla”. Dicho esto, se acercó a mí y en cuanto me tocó con la mano, soltó un grito: la descarga eléctrica le hizo retroceder un metro y cayó al suelo, gritando de dolor. Cuando la docena de lacayos presentes vieron lo que había sucedido, les invadió el miedo y salieron corriendo de la habitación. Uno de ellos estaba tan asustado que se resbaló y se estrelló contra el suelo. Pasó bastante tiempo antes de que dos subordinados entraran para desatarme, temblando ante la posibilidad de recibir una descarga. Durante la media hora que pasé atado a la silla de tortura, no sentí ninguna corriente eléctrica. Era como si estuviera sentado en una silla normal. Una vez más había sido testigo del gran poder de Dios y obtuve un profundo conocimiento de Su hermosura y bondad. Aunque perdiera todo lo que tenía, incluyendo mi propia vida, mientras tuviera a Dios conmigo, tenía todo lo que necesitaba.

Después de aquello, la malvada policía me llevó de vuelta al centro de detención. Estaba cubierto de pies a cabeza por cortes, moretones y magulladuras, tenía los brazos y piernas terriblemente hinchados; mi debilidad era absoluta y ni siquiera podía mantenerme en pie, sentarme o siquiera comer. Estaba al borde del colapso. Cuando los otros presos de la celda se enteraron de que no había vendido a nadie, me miraron con otros ojos y dijeron con aprobación: “Tú eres el verdadero héroe, nosotros somos falsos héroes”. Incluso compitieron entre ellos para darme comida y ropa que ponerme… Cuando los malvados policías vieron cómo Dios había obrado dentro de mí, ya no se atrevieron a torturarme e incluso me quitaron las esposas y los grilletes. Desde entonces, nadie se atrevió a interrogarme de nuevo. A pesar de ello, la policía aún no se había dado por vencida y, para obtener información sobre la iglesia, intentaron incitar a los demás reclusos a que me hicieran ceder. Trataron de instigar a los otros internos diciendo: “Los que creen en Dios Todopoderoso han de ser golpeados”. Sin embargo, para su sorpresa, uno de los presos, un asesino, dijo: “No haré lo que me pedís. No es que no lo vaya a golpear, ¡es que nadie en esta celda va a hacerlo! Todos estamos aquí porque alguien nos vendió. Si todos fueran tan leales como este tipo, ninguno de nosotros habría sido condenado a muerte”. Otro de los condenados dijo: “A todos nos arrestaron por hacer cosas realmente malas, y por eso merecemos sufrir. Pero este tipo es un creyente en Dios que no ha cometido ningún delito, sin embargo, lo habéis dejado casi irreconocible con vuestra tortura”. Uno por uno, los presos se pronunciaron contra las injusticias que yo había sufrido. Al ver lo que estaba sucediendo, la policía no quiso arriesgarse a que las cosas escaparan a su control, así que entre ellos cundió el desaliento y no dijeron nada más. En ese momento, pensé en un pasaje de la Biblia que dice: “El corazón del rey está en las manos de Jehová como los ríos de agua: Él lo dirige a donde sea que Él quiera” (Proverbios 21:1).* Al ser testigo de cómo Dios había incitado a los otros reclusos a acudir en mi ayuda, tuve la profunda convicción de que eran actos de Dios y mi fe en Él se volvió aún más fuerte.

Como su primera estrategia no funcionó, los policías malvados tramaron otro plan. Esta vez, el alcaide del centro de detención me asignó el trabajo más agotador. Me obligaban a fabricar dos rollos enteros de papel moneda al día (el papel moneda es parte de una tradición china en la que la gente quema dinero como ofrenda a sus antepasados fallecidos. Un rollo de papel moneda se compone de 1.600 hojas de papel de aluminio y 1.600 hojas de papel inflamable pegadas entre sí). Mi carga de trabajo era el doble que la de los otros reclusos y, en aquel momento, tenía los brazos y piernas tan doloridos que apenas podía levantar ni sostener nada. Así que, aunque trabajara toda la noche, resultaba imposible que pudiera acabar mi tarea. La policía se excusó en mi incapacidad para completar el trabajo para infligirme castigos corporales de todo tipo. Me obligaban a tomar duchas frías cuando la temperatura era de veinte grados bajo cero; me hacían trabajar hasta altas horas de la noche o hacer guardia y, a consecuencia de ello, nunca dormía más de tres horas por noche. A menudo no podía completar mi tarea, y entonces reunían a todos los presos de mi celda, nos sacaban fuera, nos rodeaban con sus armas en la mano y nos obligaban a agacharnos con las manos detrás de la cabeza. Si alguien no podía mantener esa postura, lo electrocutaban con una porra eléctrica. Aquellos policías malvados usaron todos los métodos a su alcance para hacer que los otros reclusos me odiaran y maltrataran. Ante esa situación, lo único que podía hacer era acudir ante Dios en oración: “Querido Dios, sé que estos policías malvados están provocando a los demás presos con el fin de hacer que me odien y me torturen para que te acabe traicionando. ¡Esta es una guerra espiritual! ¡Oh, Dios! No importa cómo me traten los otros reclusos, estoy dispuesto a someterme a Tus disposiciones y arreglos y te pido que me concedas la determinación para soportar este sufrimiento. ¡Deseo dar testimonio de ti!”. Después de aquello, fui testigo una vez más de los actos de Dios. Los presos no solo no me odiaban, sino que incluso organizaron una huelga en mi nombre y exigieron que los agentes redujeran a la mitad mi carga de trabajo. En última instancia, la policía no tuvo más remedio que ceder a las demandas de los reclusos.

A pesar de que se vieron obligados a reducir a la mitad mi carga de trabajo, la policía todavía se reservaba otros trucos bajo la manga. Pocos días después, un nuevo “recluso” llegó a la celda. Fue muy amable conmigo, me compraba todo lo que necesitaba, me invitaba con comida, se preocupaba por mi bienestar y también por el motivo de mi arresto. Al principio, no le di importancia y le conté que creía en Dios y que había sido arrestado por imprimir materiales religiosos. No paraba de preguntarme sobre los detalles de mi operación de impresión de libros y, cuando noté que me presionaba con sus preguntas, empecé a sentirme incómodo y le oré a Dios diciendo: “Querido Dios, todas las personas, cosas y situaciones que nos rodean son permitidas por Ti. Si este hombre es un informante enviado por la policía, te ruego que me reveles su verdadera identidad”. Finalizada mi oración, permanecí en silencio ante Dios y un fragmento de Sus palabras me vino a la mente: “Mantente tranquilo en Mi presencia y vive según Mi palabra, y permanecerás realmente vigilante y ejercerás discernimiento en el espíritu. Cuando Satanás llegue, serás capaz de protegerte inmediatamente de él y sentirás su venida; sentirás una intranquilidad real en tu espíritu” (‘Capítulo 19’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Reflexioné una y otra vez sobre las preguntas que el supuesto “nuevo recluso” me había hecho y me di cuenta de que todas se habían referido exactamente a lo que la policía quería saber de mí. En ese momento, fue como si hubiera despertado de un sueño: todo había sido otro de los planes de la malvada policía y aquel hombre era un soplón. El “recluso” vio que de repente guardaba silencio y me preguntó si me sentía bien. Le dije que me sentía muy bien y luego, de forma severa y justa, le dije: “Déjame ahorrarte la molestia y hacerte saber que estás perdiendo el tiempo. ¡Aunque lo supiera todo, no te lo diría!”. Todos los demás reclusos alabaron mi comportamiento, diciendo: “Todos deberíamos aprender de vosotros los creyentes. ¡Tenéis unas enormes agallas!”. Al soplón no se le ocurrió ninguna respuesta a aquello y dos días después desapareció.

Sobreviví un año y ocho meses en ese centro de detención. Aunque los matones de la policía pensaron en todas las maneras posibles para hacerme la vida difícil, Dios instó a los presos del corredor de la muerte para que me cuidaran. El prisionero principal fue transferido más tarde y los internos me eligieron en su lugar. Cuando alguno de los presos se metía en problemas, yo hacía todo lo que podía para ayudarlo. Les decía: “Soy uno de los fieles de Dios. Dios exige que vivamos con humanidad. A pesar de que hemos sido encarcelados, mientras estemos vivos, debemos vivir con semejanza humana”. Después de hacer esta declaración, los presos del corredor de la muerte dejaron de intimidar a los nuevos. El nombre “celda número 7” antes infundía temor en los corazones de los reclusos, pero bajo mi mandato se había convertido en una celda civilizada. Todos los presos decían: “Esta gente de la Iglesia de Dios Todopoderoso son muy buenos. Si alguna vez salimos de aquí, sin duda pondremos nuestra fe en Dios Todopoderoso”. Mi experiencia en el centro de detención me recordó la historia de José. Durante su encarcelamiento en Egipto, Dios estuvo con él, le concedió Su gracia y todo le fue muy bien. Durante este tiempo, lo único que había hecho era actuar de acuerdo con los requerimientos de Dios y someterme a Sus disposiciones y arreglos. Por lo tanto, Dios estuvo conmigo y me permitió esquivar el desastre en todo momento. ¡Agradecí a Dios desde el fondo de mi corazón la gracia que me había concedido!

Más tarde, sin la más mínima prueba, el gobierno del PCCh inventó unos cargos falsos y me sentenció a tres años fijos de prisión; no fui finalmente liberado hasta 2009. Tras salir de la cárcel, la policía local me vigilaba muy de cerca y exigía que estuviera a su disposición. Cada uno de mis movimientos estaba sometido al control del gobierno del PCCh y no tenía libertad personal alguna. Me vi obligado a huir de mi ciudad natal y cumplir con mis deberes en otro lugar. Es más, al ser creyente en Dios, el gobierno del PCCh se negó a procesar los registros de mi domicilio familiar (a día de hoy, los registros de mis dos hijos todavía están en proceso). Esto me dejó aún más claro que la vida bajo el gobierno del PCCh es un infierno. Nunca jamás olvidaré el cruel tormento que me infligió el gobierno del PCCh. Lo desprecio con todo mi ser, y preferiría morir antes de someterme a su servidumbre. ¡Renuncio completamente a él!

Esta experiencia me ha proporcionado una comprensión mucho mayor de Dios. He sido testigo de su omnipotencia y sabiduría y de la esencia de Su bondad. También me he dado cuenta de que no importa cuánto persiga el gobierno demoníaco del PCCh al pueblo escogido de Dios, no es más que un instrumento y un envoltorio para la obra de Dios. El gobierno del PCCh es y siempre será el enemigo vencido de Dios. Muchas veces, la milagrosa protección de Dios me salvó en momentos de desesperación, permitiéndome liberarme de las garras de Satanás y recobrar la vida cuando estaba al borde de la muerte; muchas veces, las palabras de Dios me consolaron y revivieron, se convirtieron en mi pilar y apoyo cuando me sentía más débil y desesperanzado, me permitieron trascender mi carne y me arrancaron de las garras de la muerte; y muchas veces, en mi último suspiro, la vitalidad de Dios me sostuvo y me dio fuerzas para seguir viviendo. Como dicen las palabras de Dios, “La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder extraordinario, y Su fuerza de vida ningún ser creado o fuerza enemiga la puede aplastar fácilmente. La fuerza de vida de Dios existe e irradia su reluciente resplandor, independientemente del tiempo o el lugar. La vida de Dios permanece inmutable para siempre a través de la agitación del cielo y la tierra. Todas las cosas pasan, pero la vida de Dios todavía permanece porque Dios es la fuente de la existencia de todas las cosas y la raíz de su existencia” (‘Sólo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna’ en “La Palabra manifestada en carne”). ¡Sea toda la gloria para el todopoderoso Dios verdadero!

Nota al pie:

*. The Bible quotation here is translated from AKJV.

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