La luz de Dios me guía a través de la adversidad

2 Ene 2020

Por Zhao Xin, provincia de Sichuan

De niña vivía en las montañas. No había visto mucho mundo y no tenía grandes aspiraciones. Me casé y tuve hijos, dos chicos que crecieron sensatos y obedientes, y mi esposo era muy trabajador. Aunque nunca tuvimos mucho dinero, vivíamos juntos en armonía como una familia y me sentía muy feliz y contenta. De repente, en 1996, desarrollé una grave enfermedad que me llevó a tener fe en el Señor Jesús. A partir de entonces, leí la Biblia con frecuencia y asistí activamente a las reuniones de la iglesia. Para mi sorpresa, comencé a mejorar poco a poco de mi enfermedad, y así mi fe al seguir al Señor Jesús se volvió aún más fuerte.

Sin embargo, en 1999 ocurrió algo imposible de prever: la policía me arrestó a causa de mi fe en el Señor Jesús. Pasé encerrada un día entero y me multaron con 240 yuanes. Aunque no parezca mucho dinero, para nosotros, modestos campesinos de una región montañosa empobrecida, no es una suma pequeña. Para reunir suficiente dinero, vendí todos los cacahuetes que había plantado con esmero en mi parcela. Lo que de verdad era incapaz de entender era por qué el gobierno del PCCh me catalogó como una delincuente que “participó en organizaciones contrarrevolucionarias”. Amenazaron también a toda mi familia, me dijeron que aunque mis hijos se graduaran en la universidad nunca podrían conseguir un trabajo. Por tanto, mi esposo, mis padres, mis parientes y amigos comenzaron a presionarme, trataron de reprimir y obstaculizar mi fe. Me obligaron a hacer el trabajo más duro y agotador, y mi única opción era soportarlo en silencio.

En 2003, tuve la suerte de aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. A través de la lectura de las palabras de Dios, llegué a estar segura de que Dios Todopoderoso es el Señor Jesús retornado. Estaba absolutamente emocionada, y sentía que poder reunirme con Dios en vida era sin duda la mayor bendición de todas. A partir de entonces, sin embargo, la presión ejercida sobre mí, tanto por el gobierno del PCCh como por mi propia familia, se volvió aún mayor. Enfrentada a una situación así, tomé una determinación frente a Dios: “No importa lo duro que sea o lo mucho que sufra, ¡te seguiré hasta el final!”. La policía del PCCh acudió más tarde a mi casa y me amenazó diciendo: “¿Sabías que tu fe en Dios es ilegal, que no está permitida en este país? Si sigues creyendo, acabarás cumpliendo condena”. Cuando mi marido oyó aquello, empezó a presionarme cada vez más. A menudo me golpeaba y me regañaba, ni siquiera me dejaba quedarme en nuestra casa. Sin otra opción, lo único que podía hacer era reprimir el dolor que sentía dentro y marcharme de casa para evitar la persecución y el arresto por parte del gobierno del PCCh. En ese momento, aunque me había visto obligada a dejar mi ciudad y a llevar una vida de vagabunda a causa de la persecución del PCCh, todavía carecía de discernimiento sobre la siniestra mano que había causado la desintegración de mi familia. Solo cuando experimenté personalmente la vida en prisión y los ataques desenfrenados y las falsas acusaciones presentadas contra mí por el gobierno del PCCh, llegué a tener una verdadera comprensión de su esencia perversa y reaccionaria, y me di cuenta de que el PCCh es el principal culpable de la destrucción de la felicidad de las familias y el que desencadena terribles desastres a la gente.

El 16 de diciembre de 2012, cinco hermanos y hermanas y yo estábamos predicando el evangelio cuando, de repente, cuatro policías aceleraron hacia nosotros en un coche y nos arrestaron. Nos llevaron a la comisaría y, tras esposarme, uno de ellos gritó: “Dejadme deciros algo: podéis robar y atracar, cometer asesinatos o provocar incendios y vender vuestros cuerpos, no nos importa. ¡Pero creer en Dios es lo único que no está permitido! Al hacerlo, os oponéis al Partido Comunista y hay que castigaros”. Me propinó una fuerte bofetada y una cruel patada mientras hablaba. Sentí que no sería capaz de aguantar mucho más después de aquel golpe, así que llamé a Dios en mi corazón una y otra vez: “¡Oh, Dios! No tengo ni idea de cuánto tiempo me torturarán estos policías malvados, y me parece que no puedo aguantar mucho más. Pero prefiero morir antes que convertirme en una Judas, no te traicionaré. Por favor, cuídame, protégeme y guíame”. Después de orar, decidí en silencio en mi corazón: “¡Seré leal a Dios hasta mi último aliento, lucharé hasta el final contra Satanás y seré testigo para satisfacer a Dios!”. Después, uno de los policías me registró y encontró 230 yuanes que tenía en efectivo. Sonriendo con malicia, dijo: “Este dinero es mercancía robada y debe ser confiscada”. Mientras hablaba, se metió el dinero en el bolsillo para quedárselo. Entonces empezaron a interrogarnos. “¿De dónde sois? ¿Cómo os llamáis? ¿Quién os envió aquí?”. Cuando les dije mi nombre y dirección, enseguida encontraron información sobre toda mi familia en su ordenador. Solo les proporcioné mis datos personales básicos, pero me negué a responder ni una sola pregunta relacionada con la iglesia.

Entonces, la policía usó una de sus artimañas. Buscaron a más de diez personas en la calle que no eran creyentes en Dios y les hicieron testificar que yo había estado predicando el evangelio del reino de Dios Todopoderoso. Luego les contaron un montón de mentiras y falsas acusaciones sobre mí. Toda esa gente se burló de mí, me calumnió y me insultó; me sentí muy mal. No tenía ni idea de cómo se suponía que debía superar esta situación, así que seguí clamando a Dios en mi corazón para que me diera fe y fuerza. En ese momento, parte de un himno de las palabras de Dios me vino a la mente: “El Dios encarnado pasa por toda clase de burla, desprecio, juicio y condenación. El diablo también lo persigue, y los círculos religiosos lo rechazan y se oponen a Él. ¡Nadie puede compensar este dolor en Su corazón! Él salva a la humanidad corrupta por medio de una paciencia extrema; Él ama a las personas con un corazón magullado. Esta es la obra más dolorosa. La resistencia feroz de la humanidad, sus condenaciones y difamaciones, sus falsas acusaciones, sus persecuciones, su cacería y matanza provocan que la carne de Dios se enfrente a peligros extremos al hacer esta obra. Él sufre estos dolores, ¿pero quién puede entenderlo y consolarlo?” (‘Con un corazón herido Dios ama al hombre’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Antes, apenas comprendía en teoría el dolor que sufre Dios para salvar a la humanidad; solo entonces, al encontrarme en una situación real como aquella, comencé a apreciar por fin cuán grande debe ser el sufrimiento de Dios. Él, justo y santo, se ha hecho carne para vivir junto a nosotros, gente sucia y corrupta; para salvarnos ha soportado toda clase de burlas e insultos, condenas y calumnias, el acoso y la persecución. Hasta los que creemos en Dios a menudo no lo entendemos, e incluso lo malinterpretamos y culpamos. Todos estos golpes son muy dolorosos para Dios y, sin embargo, Él todavía lleva Sus cicatrices y ama a la humanidad; ¡Su carácter es tan grande, tan honorable! Aunque en el pasado había leído esto en la Biblia: “Porque como el relámpago al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro extremo del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día. Pero primero es necesario que Él padezca mucho y sea rechazado por esta generación” (Lucas 17:24-25). ¡Recién entonces vi que esas palabras se habían hecho realidad! Aquello me entristeció mucho, y me arrepentí de no haber tenido nunca en cuenta la voluntad de Dios... Antes de poder recuperar la compostura, la policía me colgó del cuello un cartel que decía “miembro de Xie Jiao” y me sacó una foto. Luego me ordenaron que me pusiera en cuclillas y señalara algunos materiales evangélicos mientras tomaban varias fotos más. Me dolían tanto las piernas que apenas podía mantenerme en esa posición. Justo en aquel momento, mi teléfono comenzó a sonar y, sorprendida, pensé: “Debe ser un hermano o hermana de la iglesia. ¡No puedo implicarlos de ninguna manera!”. Enseguida, cogí el teléfono y lo estampé con fuerza contra el suelo para romperlo en pedazos. Esto enervó de inmediato a los policías. Parecían haber perdido la cabeza: me levantaron del cuello y me golpearon con fuerza varias veces en la cara. Inmediatamente empezó a arderme la cara por el dolor y me zumbaban tanto los oídos que no podía oír nada. Entonces procedieron a patearme las piernas con todas sus fuerzas, pero esos policías malvados no habían terminado de desahogar su rabia; me arrastraron a una habitación oscura y me hicieron poner de pie con la espalda contra la pared mientras me golpeaban en la cara. Entonces me dieron otra buena paliza. Me las arreglé para contener las lágrimas mientras esto sucedía, y oré en silencio a Dios: “Oh, Dios Todopoderoso, creo que Tu buena voluntad está detrás de todo lo que me está sucediendo ahora. No importa cómo me torturen estos policías malvados, siempre seré testigo por Ti y no me rendiré a Satanás”. Para mi sorpresa, tras orar de esta manera, de repente recuperé la audición y lo primero que oí fue a uno de los malvados policías diciendo: “Esta mujer es realmente testaruda. No ha derramado ni una lágrima ni ha dicho ni pío. Tal vez no le hemos dado suficiente. ¡Trae la pistola eléctrica y ya veremos si hace ruido!”. Otro policía cogió una porra eléctrica y me atizó con ella en el muslo. Un intenso dolor me recorrió todo el cuerpo, tanto que caí inmediatamente al suelo. Me golpeé la cabeza con la pared y empecé a sangrar. Los policías me señalaron y gritaron: “Deja de fingir. ¡Levántate! Te daremos tres minutos. Si no te pones de pie, te volveremos a dar. ¡Ni se te ocurra hacerte la muerta!”. No importaba cuánto gritaran, yo de verdad no podía moverme, así que me dieron otra terrible ronda de patadas antes de parar por fin.

Ya no podía resistir más la brutal e inhumana tortura de la policía. Oré a Dios con fervor: “¡Oh, Dios Todopoderoso! No puedo aguantar mucho más. ¡Por favor, dame fe y fuerza!”. En mitad de mi intenso sufrimiento, me vino a la mente un himno de las palabras de Dios: “Como crees en Dios, debes entregar tu corazón delante de Dios. Si ofreces y pones tu corazón delante de Dios, entonces durante el refinamiento va a ser imposible que niegues a Dios o que dejes a Dios. […] Cuando el día venga y las pruebas de Dios de repente caigan sobre ti, no sólo podrás permanecer al lado de Dios sino que también podrás dar testimonio de Dios. En ese momento vas a ser como Job y Pedro. Después de haber dado testimonio de Dios, en verdad lo vas a amar y con gusto vas a dar tu vida por Él; vas a ser testigo de Dios y alguien a quien Dios ama. El amor que ha experimentado el refinamiento es fuerte y no débil. Independientemente de cuándo o cómo Dios te someta a Sus pruebas, no te preocupa si vives o mueres, con gusto desechas todo por Dios y todo lo aguantas contento por Dios, y de esta manera tu amor será puro y tu fe real. Sólo entonces serás alguien a quien Dios verdaderamente ama y a quien Dios verdaderamente ha perfeccionado” (‘Entrega tu corazón ante Dios si crees en Él’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). El esclarecimiento de Dios me permitió entender Su voluntad, y también me concedió una fe y una fuerza inagotables. Le oré a Dios de nuevo: “¡Oh, Dios! Creo que todo lo que me está sucediendo ahora es con Tu consentimiento y detrás de todo esto está Tu buena voluntad. Mediante la actuación de estos demonios, por fin me doy cuenta de que las agencias de la ley que trabajan bajo el gobierno del PCCh son organizaciones violentas y no puedo rendirme a ellas. Solo deseo darte mi corazón y estar de Tu lado. ¡Oh, Dios! Sé que mi amor por Ti solo puede ser fortalecido a través de la experiencia de tales pruebas y refinamiento. Si Satanás me quita hoy la vida, no soltaré ni una palabra de queja. Ser capaz de dar testimonio por Ti es mi honor como ser creado. En el pasado no he cumplido bien con mi deber y te debo tanto. Tener la oportunidad de morir hoy por Ti es algo muy significativo. Deseo obedecerte”. Me sentí muy conmovida después de esta oración, y me pareció que sufrir este dolor por seguir a Dios era algo increíblemente significativo y que valía la pena, aunque muriera.

Quizás algo más de diez minutos después, una mujer policía vino a ayudarme y, fingiendo amabilidad, me dijo: “Mírate, a tu edad, con tus hijos en la universidad. ¿Vale la pena sufrir todo esto? Solo dinos lo que queremos saber y podrás irte de inmediato”. Al ver que no respondía, continuó: “Eres madre, así que deberías pensar en tus hijos. Ahora vivimos bajo el dominio del Partido Comunista, y el Gobierno del PCCh se opone y reprime toda creencia religiosa. Odia especialmente a los que creéis en Dios Todopoderoso. Si insistes en ir en contra del Gobierno, ¿no te preocupa incriminar a toda tu familia? En algún momento, tus padres y tu marido acabarán implicados, y tus hijos y nietos pueden olvidarse de unirse al ejército, convertirse en cuadros o ser funcionarios públicos. Nadie los contrataría ni siquiera para ser guardias de seguridad. ¿Quieres que cuando tus hijos crezcan sean simples obreros que hacen trabajos esporádicos como tú y sean pobres toda su vida?” Justo cuando Satanás estaba llevando a cabo su astuto plan contra mí, las palabras de Dios resplandecieron en mi mente: “De todo lo que acontece en el universo, no hay nada en lo que Yo no tenga la última palabra. ¿Qué existe que no esté en Mis manos? Todo lo que Yo digo es ley, y entre los hombres, ¿quién hay que pueda cambiar Mi mente?” (‘Capítulo 1’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me permitieron descubrir el astuto plan de Satanás, y me di cuenta de que estaban tratando de coaccionarme para que hablara usando el futuro de mis hijos como medida de presión. Sin embargo, sabía que nuestro destino como seres humanos no está en nuestras manos ni en las de la policía, sino en las manos de Dios. Los trabajos que mis hijos iban a tener en el futuro y si iban a ser ricos o pobres, dependía por entero de Dios. Al pensarlo bien, no me sentí limitada por la policía en lo más mínimo. La guía de las palabras de Dios me permitió percibir que Él de verdad estaba a mi lado, protegiéndome, y comencé a confiar en Dios con mayor firmeza. Y así, giré la cabeza hacia un lado y permanecí en silencio. La agente me lanzó una buena reprimenda y luego se marchó.

Se acercaba la noche. Al ver que no podían sacarnos nada ni a mí ni a mis hermanas de la iglesia, lo único que podían hacer era enviarnos al Centro de Detención del Condado. Pero la policía afirmó que nuestro caso era muy grave y debíamos ir al Centro de Detención Municipal. Cuando llegamos allí, ya era más de la una de la madrugada y lo único a la vista era fila tras fila de puertas enormes de barras de metal; todo tenía un aspecto muy sombrío y aterrador. En la primera puerta, tuvimos que quitarnos toda la ropa y someternos a un registro corporal. Luego me cortaron todos los botones y las cremalleras y tuve que ponerme la ropa destrozada; me sentí como una mendiga. En la segunda puerta, tuvimos que someternos a un examen físico. Notaron los moretones en las piernas causados por los golpes de la policía y que me costaba mucho caminar, pero se me quedaron mirando fijamente y dijeron mentiras: “Todo esto es perfectamente normal. Nada de lo que preocuparse”. En el reglamento de la prisión se establece claramente que se debe prescribir tratamiento si se descubre alguna enfermedad o lesión durante el examen físico, pero en realidad no les importa que las reclusas vivan o mueran. Me dijeron con sarcasmo: “Vosotros los creyentes en Dios Todopoderoso tenéis a Dios para protegeros. Lo lleváis bien”. Me condujeron a una celda, y una prisionera asomó la cabeza desde debajo de sus sábanas y me gritó: “¡Quítate toda la ropa!”. Le supliqué que no me hiciera quitarme la ropa interior, pero ella me sonrió maliciosa y me dijo: “Si vienes aquí, tienes que seguir las reglas”. Todas las demás reclusas levantaron la cabeza de las sábanas y comenzaron a hacer todo tipo de ruidos terribles. Había dieciocho presas encerradas en una celda de poco más de veinte metros cuadrados. Eran traficantes de drogas, asesinas, malversadoras y ladronas. El trabajo de la “jefa” del lugar, la que mandaba, era castigar a diario a las demás de todas las maneras posibles; su labor era solo la de atormentar a la gente por diversión. Por la mañana, su segunda al mando me explicó las reglas y me dijo que tenía que fregar el suelo dos veces al día. Me buscaba cosas que hacer constantemente, me dijo que siempre tenía que cumplir con mi cuota de producción y hacerlo rápido, o de lo contrario sería castigada. Los guardias de la prisión actuaban como bestias salvajes y a menudo castigaban a las reclusas sin razón alguna. Uno de ellos me amenazó diciendo: “Aquí vale lo que yo digo. No me importa si me denuncias. ¡Ve a poner una denuncia si quieres, te vas a enterar entonces!”. Los malvados funcionarios de prisiones eran totalmente desenfrenados y despóticos. Allí dentro, el dinero hace girar el mundo, y mientras se les diera dinero a los funcionarios de prisiones, no estaban sujetos a la “ley”. Una de las reclusas era la esposa de un funcionario que había malversado una gran suma de dinero. A menudo le daba dinero a los guardias de la prisión y todos los días le compraba a la “jefa” unos aperitivos fritos. Gracias a eso, no tenía que trabajar en todo el día y otras lavaban sus platos y doblaban sus sábanas. Aunque vivía en esta celda infernal, sin dinero ni derechos, y tenía que soportar todo tipo de intimidaciones y torturas todos los días, lo único que me reconfortaba era que dos hermanas de la iglesia estaban allí conmigo. Éramos como una familia. A lo largo de esta época difícil, comunicábamos entre nosotras cuando teníamos oportunidad; nos apoyábamos y ayudábamos las unas a las otras. Confiábamos en Dios todo el tiempo, pidiéndole que nos diera fe y fuerza. Nos proporcionamos ayuda y apoyo y juntas superamos aquellos terribles momentos.

La policía me interrogó cuatro veces más mientras estaba en el centro de detención. Una de ellas, los hombres que vinieron a interrogarme se presentaron como miembros de la Oficina Municipal de Seguridad Pública y del Equipo de Seguridad Nacional. Pensé para mis adentros: “Alguien de la Oficina Municipal de Seguridad Pública seguramente será de mayor calibre y más educado que los policías de mi comisaría local. Deben hacer cumplir la ley de manera justa”. Pero la realidad no era como yo la había imaginado. En cuanto el hombre de la Oficina Municipal de Seguridad Pública entró en la habitación, se recostó en una silla poniendo los pies sobre la mesa. Todo en él rezumaba orgullo, y me dedicó una mirada de desprecio. Luego se levantó y caminó hacia mí. Dio una profunda calada a su cigarrillo y luego me echó el humo en la cara. Ante aquello, al fin me di cuenta de que los policías del PCCh eran todos de la misma calaña, y no pude evitar reírme de mí misma por pensar que aquel hombre iba a ser diferente. No sabía qué tácticas iban a usar conmigo a continuación, así que le oré a Dios en silencio: “Oh, Dios Todopoderoso. Por favor, concédeme la sabiduría para derrotar a Satanás y permitir que te glorifique y sea testigo por Ti”. En ese momento, el policía del Equipo de Seguridad Nacional dijo: “Ya sabemos todo sobre ti. Coopera con nosotros y te dejaremos ir”. Le miré y solté una risa sin humor. Pensando que estaba dispuesta a ceder, dijeron: “¿Ahora estás dispuesta a cooperar?”. Respondí: “Dije todo lo que tenía que decir hace mucho tiempo”. Esto provocó un arrebato de rabia inmediato en los malvados policías, que empezaron a gritarme obscenidades. “¡Intentamos darte una salida digna y te niegas! Si no hablas hoy, tengo todo el tiempo del mundo para pasarlo contigo. Sacaré a tus hijos de la escuela y me aseguraré de que no puedan terminar su educación”. Entonces me mostraron mi propio teléfono y me amenazaron: “¿De quién son los números de tu tarjeta SIM? Si no nos lo dices ahora, te condenarán a siete u ocho años de prisión. Haremos que los otros prisioneros te atormenten constantemente y desearás estar muerta”. No importaba cuánto me presionaba para obtener respuestas, yo no respondía. Ni siquiera tenía miedo, porque las palabras de Dios me esclarecían en lo más hondo: “Porque debes resistir ese sufrimiento para ser salvo, sobrevivir, y esto está predestinado. Así pues, que te sobrevenga este sufrimiento es tu bendición. […] el significado subyacente es demasiado profundo, demasiado importante” (‘Los que han perdido la obra del Espíritu Santo corren mayor riesgo’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Aquel interrogatorio duró dos horas y media. Al ver que no me sacaban nada, me lanzaron más amenazas y luego se marcharon con gesto abatido.

El 6 de enero de 2013, la policía cambió su juego y me dijeron que me iban a llevar a casa. Me obligaron a ponerme la ropa y las esposas de reclusa y me llevaron de vuelta a la comisaría de policía local en una furgoneta de la prisión. Cuando llegué allí, me contaron que aquellos policías malvados habían encontrado a mis hijos y a mis suegros, habían registrado nuestra casa, y habían preguntado por ahí y comprendido bien lo que había estado haciendo durante los últimos años. Uno de los policías presentes dijo: “Hemos pasado años cazando a esta mujer y nunca la atrapamos. Cuando su marido murió, solo se quedó una noche en casa. Desperdiciamos días en su casa esperándola. Cuando su hijo fue operado del corazón, fuimos al hospital a buscarla, pero nunca apareció. Ella cree con tal fuerza en Dios que ha abandonado a toda su familia. Ahora que la tenemos, hemos de resolver su situación de una vez por todas”. Cuando le oí decir esto, mi corazón empezó a gritar: “¿Cómo que no quise volver a casa? La muerte de mi esposo fue devastadora, y yo estaba terriblemente preocupada cuando mi hijo fue operado del corazón. Tenía muchas ganas de estar al lado de mi hijo. No es que los hubiera abandonado, sino que el gobierno del PCCh me acosaba y perseguía sin descanso, lo que me imposibilitaba regresar a mi hogar”. La furgoneta avanzó rápidamente por la carretera hacia mi casa, y lloré en silencio en mi corazón. Le oré a Dios sin parar: “¡Oh, Dios! He pasado años fuera de mi hogar debido a la persecución del PCCh. Pronto veré a mi familia, y temo volverme débil cuando los tenga delante y caer presa de las astutas maniobras de Satanás. Por favor, ayúdame y permíteme vivir con la dignidad y la entereza de una fiel de Dios, incluso ante Satanás. No permitas que me engañen. ¡Solo pido ser testigo de Ti para satisfacerte!”. Cuando terminé de orar, me sentí mucho más relajada y me invadió una sensación de liberación. Sabía que era Dios que me acompañaba y me daba fuerzas. Cuando estábamos cerca de mi casa, la policía se detuvo a un lado de la carretera. Con la ropa y las esposas de reclusa, me obligaron a ir caminando delante de ellos hasta la casa. Todos mis vecinos me miraban desde lejos y hacían gestos en mi dirección; los podía oír insultarme y burlarse de mí a mis espaldas. Cuando entramos por la puerta que daba al patio, enseguida vi allí a mi hijo lavando la ropa. Me oyó entrar pero no levantó la cabeza, y supe entonces que me odiaba. El cabello de mis suegros se había vuelto gris. Mi suegra salió a saludar a los malvados agentes, pero luego se quedó callada. Un malvado policía le preguntó: “¿Esta mujer es su nuera?” Ella asintió ligeramente. Entonces empezó a amenazar a mis suegros, diciendo: “Si ella no coopera con nosotros, tendremos que llamar a la escuela y muy pronto expulsarán a sus hijos. Incluso cancelaremos los pagos del seguro social, además de cualquier otro beneficio que reciban”. Los rostros de mis ancianos suegros se volvieron cenicientos mientras los amenazaba, y les tembló la voz cuando hablaron. Reconocieron apresuradamente que había pasado fuera seis o siete años y que había estado practicando mi fe en otro lugar. La policía les gritó: “El Partido y el pueblo han cuidado muy bien de ustedes todos estos años. Dígannos, ¿es bueno el Partido Comunista?”. Mi suegra estaba tan asustada, que contestó inmediatamente: “Sí, es bueno”. La policía preguntó entonces: “¿Y son buenas sus políticas actuales?” Ella respondió: “Sí, son buenas”. “Y todas las catástrofes que han ocurrido en su familia -continuó el policía-, y la muerte de su hijo, ¿acaso no las provocó todas su nuera? ¿No ha sido la portadora de la mala suerte de su familia?”. Mi suegra bajó la cabeza y asintió ligeramente. Viendo que su plan había funcionado, la policía me arrastró dentro y me hizo ver todos los premios que mi hijo había ganado y estaban colgados en la pared. Uno de ellos se dio aires y me señaló, regañándome y diciendo: “Nunca en mi vida me he encontrado con alguien tan desprovisto de humanidad como tú. ¡Un hijo tan bueno y lo abandonas y huyes para creer en Dios! ¿Qué ganas haciendo eso?”. Al ver todos los premios que mi hijo había ganado ocupando toda la pared, pensé en cómo mi fe estaba afectando ahora a sus estudios, y en cómo mis suegros estaban siendo intimidados y amenazados, ¡habían destrozado a mi familia! ¿Pero quién tenía la culpa de todo esto? ¿Solo era a causa de mi fe? Mi creencia en Dios consiste en buscar la verdad y caminar por la senda correcta en la vida. ¿Qué hay de malo en ello? Si no hubiera sido por la caza y persecución del PCCh, ¿habría tenido que permanecer lejos de mi propia casa y esconderme durante todos estos años? Y sin embargo, me acusaban falsamente de no preocuparme por mi familia y de no vivir mi vida. Al hacerlo, ¿acaso no estaban distorsionando claramente los hechos y dándole la vuelta a la verdad? Justo en ese momento, despertó el odio que sentía en mi interior hacia estos demonios de Satanás y estuvo a punto de salir de mí como un volcán en erupción, quería gritar: “¡Demonios de Satanás! ¡Os odio! ¡Os odio hasta la médula! ¿Acaso no ha sido la persecución del Gobierno del PCCh lo que me ha mantenido alejada de mi propio hogar todos estos años? ¿Acaso no quería estar al lado de mi hijo para darle el amor y el calor de una madre? ¿No quería vivir en paz y felicidad con mi propia familia? Y sin embargo, vosotros, demonios de Satanás, ahora de repente os transformáis y fingís ser buenas personas, rememorando con nosotros y cargando las culpas de todo lo malo que le ha pasado a nuestra familia en la puerta de Dios, y echando la responsabilidad de todo esto sobre mis hombros. Le dais la vuelta a la verdad y decís tonterías. Vosotros, espíritus malignos, sois muy perversos y os hacéis los inocentes cuando sois los peores criminales de todos. ¡Vosotros sois los verdaderos portadores de mala suerte, de malos augurios, de mala fortuna! ¡El Gobierno del PCCh es el principal responsable de la destrucción de mi familia! ¿De qué felicidad puede hablar la gente que vive en este país?”. Una vez terminada la farsa, me gritaron: “¡Muévete!” y me sacaron de la casa. ¡Doy gracias a Dios Todopoderoso por protegerme y permitirme reconocer los astutos planes de Satanás, ver claramente la maldad reaccionaria del malvado PCCh y mantenerme firme en mi testimonio!

El 12 de enero, la policía me interrogó por última vez. Dos policías trataron una vez más de obligarme a vender a mis hermanos y hermanas, pero por mucho que me amenazaron y coaccionaron, yo solo dije que no sabía nada. Cuando me oyeron decir aquello, se enfurecieron al instante, comenzaron a abofetearme y me tiraron del pelo como si se hubieran vuelto locos. Se colocaron a ambos lados de mí, me empujaron de un lado a otro y me patearon las piernas lo más fuerte que pudieron. Entonces me golpearon en la cabeza con un tubo de cobre, mientras gritaban: “¿Crees que no te voy a pegar? ¿Acaso vas a hacer algo al respecto? ¡Veamos lo dura que eres!”. Gracias a Dios Todopoderoso por protegerme. Aunque me torturaron mucho, lo único que pude sentir fue que mi cuerpo se adormecía; apenas sentía dolor. Los dos malvados policías me torturaron durante cuatro horas hasta que quedaron agotados, sudando profusamente, y solo entonces se detuvieron. Se sentaron en un sofá, jadeando y diciendo: “Bien, espera pasar el resto de tu vida en la cárcel. ¡Entonces no volverás a ser libre, aunque te mueras!”. No sentí nada cuando les oí decir eso, pues ya había endurecido mi corazón y jurado no capitular jamás ante estos demonios, ni siquiera a costa de mi propia vida. Hice una oración silenciosa a Dios: “Oh, Dios, deseo entregarme a Ti. Aunque la malvada policía me encierre durante el resto de mi vida, te seguiré hasta el final. ¡Te alabaré aunque me lleven al infierno!”. Cuando regresé a mi celda, esperaba que me enviaran a prisión por lo que me quedaba de vida, así que fue una sorpresa cuando Dios me facilitó una salida. La tarde del 16 de enero, de manera inesperada, la policía me dejó ir sin cargos.

Esta desgarradora experiencia fue como una pesadilla que no soporto recordar. Ni en mis sueños más descabellados podría haber imaginado que una mujer tan normal como yo se convertiría en “objeto de interés” para la policía simplemente por creer en Dios, o que sería considerada una enemiga del gobierno del PCCh y me vería expuesta a tal peligro mortal. Una vez, durante un interrogatorio, les pregunté: “¿Qué he hecho mal? ¿Qué ley he infringido? ¿Qué cosas he dicho contra el Partido o contra el pueblo? ¿Por qué me han arrestado?”. La policía no pudo responder a mis preguntas, así que me gritaron: “Puedes atracar y robar, puedes cometer asesinatos o provocar incendios, puedes vender tu cuerpo, no nos importa. Al creer en Dios, te enfrentas al Partido Comunista y debes ser castigada”. Tales palabras, prepotentes, tiránicas y que distorsionaban la verdad, provenían directamente de la boca del diablo. Creer en Dios y adorarlo es un principio inalterable; va en consonancia con la voluntad del Cielo y de acuerdo con los corazones de la gente. El Gobierno del PCCh se opone a Dios y prohíbe que la gente siga el camino correcto. En cambio, culpa a sus víctimas y afirma descaradamente que somos sus enemigos, exponiendo así completamente su esencia demoníaca. El Gobierno del PCCh no solo se resiste frenéticamente a la obra de Dios y arresta a los fieles, sino que también inventa rumores con el fin de engañar al pueblo para que todo el mundo crea sus mentiras y niegue y se oponga a Dios. También destruye las posibilidades de la gente de alcanzar la verdadera salvación. En realidad, las cosas malas que ha hecho el PCCh son demasiadas como para enumerarlas, y ha incurrido en la ira tanto del hombre como de Dios. Después de padecer el sufrimiento causado por esos demonios, llegué a ver con absoluta claridad la esencia reaccionaria y opuesta a Dios del PCCh, que va en contra de la voluntad del Cielo, y realmente llegué a apreciar el amor y el cuidado de Dios. Me di cuenta de que la esencia de Dios es la belleza y la bondad; cada vez que sentía mucho dolor o me resultaba más difícil soportar el sufrimiento, las palabras de Dios estaban dentro de mí, guiándome y esclareciéndome, dándome fuerza y fe, y permitiéndome descubrir los planes astutos de Satanás y adoptar una postura firme. Sentí de verdad la presencia y la guía de Dios, y solo entonces pude superar todas las dificultades y mantenerme firme en mi testimonio: ¡el amor de Dios es tan grande! De ahora en adelante, dedicaré todo mi esfuerzo a retribuir el amor de Dios, y buscaré obtener la verdad y vivir una vida llena de sentido.

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