Por qué motivos no se adopta una postura

20 Abr 2022

Por Mu Xi, Corea del Sur

Hace algún tiempo era muy ineficiente en el deber. Cada vez que hacía un proyecto de video, lo modificaba muchas veces, lo que repercutía gravemente en el progreso del trabajo en general. Al principio creía que era por carecer de opiniones propias, ya que, cada vez que mis hermanos y hermanas sugerían correcciones, yo no evaluaba si eran necesarias según los principios y simplemente hacía los cambios que sugerían. Algunas sugerencias no eran muy razonables, por lo que había que repetir el trabajo constantemente. Después, tras ser podada y tratada, y al aplicar lo revelado por la palabra de Dios y hacer introspección, me percaté de que me faltaba asertividad por mis actitudes satánicas y mis intenciones despreciables.

Eso fue hace varios meses. Entonces había unos hermanos y hermanas que siempre se aferraban arrogantemente a sus opiniones y que no aceptaban sugerencias ajenas, lo que repercutía gravemente en el progreso del trabajo. Nuestra líder habló con ellos varias veces para revelarlos, pero no cambiaron y fueron destituidos. Yo pensé: “Si otras personas me dan consejos en lo sucesivo, no puedo aferrarme a mis opiniones”. Así, cada vez que terminaba un proyecto de video, cuando todos me daban consejos, casi siempre los aceptaba aunque se tratara de problemas pequeños y opcionales que no hacía falta cambiar. De hecho, creía que ciertos cambios no eran acordes con los principios y que algunos eran meras correcciones triviales, pero me preocupaba que, de no aceptarlos, mi supervisora y mis hermanos y hermanas pensaran mal de mí. ¿Les parecería arrogante e incapaz de aceptar consejos de nadie? Si a la gente le daba una mala impresión, de no aceptar la verdad, ¿sería inminente mi destitución? Además, no estaba segura al 100 % de mis opiniones. Si estaba equivocada, no hacía un cambio necesario y descubrían el problema una vez publicado el video en internet, yo sería la responsable. Tras pensarlo, y para mayor seguridad, hacía todas las correcciones sugeridas. A veces escuchaba distintas sugerencias, con lo que hacía varias versiones y pedía a mi supervisora que se decidiera por la mejor, o, al debatir el trabajo, lo hablaba con los hermanos y hermanas y ultimábamos juntos la decisión. Pensaba: “Mi supervisora y la mayoría de los hermanos y hermanas tomaron esta decisión. Como es la opinión mayoritaria, no debería haber grandes problemas. Es el método más seguro. Si algo falla en un futuro, no será solo responsabilidad mía”. En ocasiones recibía muchas sugerencias y dudaba de cómo corregir el trabajo, así que llamaba a la supervisora y le pedía que me ayudara a decidir qué dirección tomar. De vez en cuando escuchaba demasiados consejos y, al final, no sabía qué hacer, por lo que era muy ineficiente. En los debates de trabajo, mis constantes peticiones a los hermanos y hermanas para que me ayudaran a decidirme entre varias sugerencias les quitaban tiempo de su deber y ralentizaban el progreso del trabajo.

Una vez hice una imagen de fondo de video. Tenía que reflejar el sufrimiento de quienes viven en pecado, así que la hice en tono oscuro a contraluz. A unos hermanos y hermanas les pareció demasiado oscura y fea y me sugirieron que aclarara un poco la foto y añadiera luz y efectos de sombra. Yo tenía dudas acerca de estas sugerencias. A tenor del tema, una imagen con demasiado brillo no se ajustaba al ambiente de la gente que vive en tinieblas y añadir brillo vulneraría la objetividad, así que no me pareció una sugerencia razonable. Sin embargo, luego pensé que, como lo habían sugerido varias personas, si no lo hacía y eso repercutía en el video una vez publicado en internet, yo sería la responsable. Mientras me debatía, vi que la líder también aceptaba la corrección, por lo que empecé a transigir. Si proponía mi opinión y mostraba mi desacuerdo con la corrección, ¿pensarían todos que estaba empeñada en mis opiniones? ¿Que estaba poniendo excusas para no cambiarlo porque era un problema? Así pues, decidí modificarlo. Si había algún problema, no sería solo responsabilidad mía, pues hice el cambio en función de las sugerencias de todos. Tenía claro que ese cambio no procedía, pese a lo cual dediqué mucho tiempo a modificar la imagen. Me asombró que, una vez que terminé, la supervisora la evaluara según los principios pertinentes y el efecto, y dijera que no era realista y que tenía que modificarla otra vez. Añadió que últimamente era pasiva en el deber, que no opinaba sobre las sugerencias ajenas y que entorpecía el progreso del trabajo, y me pidió que hiciera introspección. Después de aquello, no pude calmarme durante un buen rato y me sentía muy culpable. Me había pasado tanto tiempo modificando la imagen, y ahora tenía que volver a modificarla, lo que, efectivamente, demoraba el progreso del trabajo. Me di cuenta de que, en esa época, cada vez que me enfrentaba a distintas sugerencias, en realidad tenía opiniones propias, pero, para que no me llamaran arrogante, no las expresaba. Ante la incertidumbre, no buscaba los principios de la verdad, esperaba a que otros decidieran por mí y hacía las cosas por orden de otras personas. Esa forma de cumplir con el deber era realmente demasiado pasiva y demoraba la labor de la casa de Dios. Me presenté ante Dios a orar para pedirle que me guiara al hacer introspección.

Luego miré una lectura en video de la palabra de Dios. “Para poder cumplir con un deber en la casa de Dios, hay que ser personas cuya carga sea el trabajo de la iglesia, que asuman la responsabilidad, que defiendan los principios de la verdad, sufran y paguen el precio. La ausencia de estos aspectos supone no ser apto para cumplir con un deber y no estar en condiciones para ello. Hay muchas personas con miedo a asumir la responsabilidad de cumplir con un deber. Su miedo se manifiesta de tres maneras básicas. La primera es que eligen deberes que no exigen asumir responsabilidades. Si un líder de la iglesia les ordena un deber, primero preguntan si deben responsabilizarse de él; si es así, no lo aceptan. Si no exige que se responsabilicen de él, lo aceptan a regañadientes, pero aun así deben comprobar si el trabajo es agotador o incómodo y, pese a su aceptación a regañadientes del deber, no están motivadas para cumplir bien con él y siguen prefiriendo ser descuidadas y superficiales. Su principio es: ocio, no negocio, y ninguna penalidad física. En segundo lugar, cuando les acontece una dificultad o se encuentran con un problema, su primer recurso es informar a un líder para que se ocupe y lo resuelva, con la esperanza de que ellas puedan conservar la tranquilidad. No les importa cómo se ocupe el líder del asunto y no le dan importancia; mientras ellas no sean las responsables, todo bien. ¿Es leal a Dios esta forma de cumplir con el deber? A esto se le llama escurrir el bulto, incumplir con el deber, holgazanear. Es un mero esfuerzo sin ánimo detrás. Dicen: ‘Si tengo que ocuparme de esto, ¿qué pasa si termino cometiendo un error? ¿No seré yo del que se ocupen luego? ¿No recaerá la responsabilidad sobre mí primero?’. Esto es lo que les preocupa. Sin embargo, ¿crees tú que Dios puede examinar estas cosas? Todo el mundo comete errores. Si una persona de intención correcta carece de experiencia y no se ha ocupado anteriormente de algún tipo de asunto, pero lo ha hecho lo mejor posible, eso es visible para Dios. Debes creer que Dios escudriña todas las cosas y el corazón del hombre. Si uno ni siquiera cree esto, ¿no es un incrédulo? ¿Qué puede significar que alguien así cumpla con un deber? Hay otra forma en que se manifiesta el miedo de alguien a asumir responsabilidades: solo hace un poco de trabajo superficial y sencillo, un trabajo que no conlleva asumir responsabilidades. Descarga sobre otros el trabajo que conlleva dificultades y responsabilidad, y si algo va mal, culpa a esa gente y no se mete en líos. […] ¿Y cuál será la consecuencia si los líderes y obreros siguen pidiéndole que cumpla con un deber? Que llevará el trabajo de la iglesia a la ruina. La gente así no es fiable ni formal; solo cumple con el deber para poder comer. ¿Hay que descartar a estos pordioseros? Sí. La casa de Dios nunca querría a esa gente” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). La palabra de Dios revelaba mi estado. Recordé mi desempeño en el deber durante esa época. Cuando recibía tantos consejos, me daba cuenta de que algunos no procedían. Algunas correcciones iban en contra de los principios y otras eran innecesarias. No obstante, me daba miedo no escuchar los consejos de todos porque, si algo fallaba, tendría que asumir yo sola la culpa. También me daba miedo que aferrarme a mi punto de vista le diera a la gente la impresión negativa de que era arrogante e incapaz de aceptar la verdad, por lo que satisfacía los gustos y opiniones de todos, hacía todos los cambios que sugirieran los demás, hasta los corregía reiteradamente y hacía varias versones, y esperaba a que decidieran la supervisora y mis hermanos y hermanas. Nunca buscaba los principios de la verdad ni tomaba decisiones propias por temor a cargar con las culpas. Esta manera de hacer las cosas me parecía más segura porque, cuando las cosas eran una decisión grupal, los problemas eran menos probables, y aunque hubiera alguno, yo no estaría sola. Aparentemente, siempre estaba ocupada en el deber y protegía el trabajo de la casa de Dios, pero en realidad pensaba en mis intereses en todo. Pensaba en cómo protegerme y eludir la responsabilidad. Con ello, ¿no hacía trampa? Al cumplir así con el deber, aparentemente solo aportaba mi trabajo y hacía lo que me decían. Nunca me preocupaba ni inquietaba por las cosas. Era irresponsable en el deber y no tenía en cuenta para nada los intereses de la casa de Dios. Ciertamente, carecía de toda humanidad. Los que cumplen sinceramente con el deber tienen en cuenta los intereses de la casa de Dios en todo, y ante problemas que no entienden, buscan la voluntad de Dios y los principios de la verdad y se sienten unidos a Dios en el deber. ¿Pero yo? Era absolutamente falsa y absurda en el deber. Como una empleada, esperaba que me mandaran hacer algo. Para nada procuraba resolver los problemas con los principios de la verdad. Con esta forma de cumplir con el deber, yo no tenía nada que ver con Dios ni con la verdad. Hacía las cosas sin interés, ni siquiera a la altura de una hacedora de servicio.

Recordé otro pasaje de la palabra de Dios: “¿Cuál es el estándar a través del cual las acciones de una persona son juzgadas como buenas o malvadas? Depende de si en tus pensamientos, expresiones y acciones posees o no el testimonio de poner la verdad en práctica y de vivir la realidad de la verdad. Si no tienes esta realidad o no vives esto, entonces, sin duda, eres un hacedor de maldad. ¿Cómo considera Dios a los hacedores de maldad? Tus pensamientos y tus acciones externas no testimonian para Dios, no ponen a Satanás en vergüenza ni lo derrotan; en cambio, ellos hacen que Dios se avergüence, en todo son la señal de provocar que Dios se avergüence. No estás testificando para Dios, no te estás entregando a Dios y no estás cumpliendo tu responsabilidad y obligaciones hacia Dios, sino que más bien estás actuando para ti mismo. ¿Cuál es la implicación de ‘para ti mismo’? Para Satanás. Así que, al final Dios dirá: ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’. A los ojos de Dios tus acciones no han sido buenas, sino que tu comportamiento se ha vuelto malvado. En lugar de obtener la aprobación de Dios, serás condenado. ¿Qué busca obtener alguien con una fe así en Dios? ¿Acaso no se quedaría esta fe en nada al final?” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me dieron entendimiento. Él observa el corazón de todos. No se fija en cuánto trabajamos ni en cuánto sufrimiento soportamos. Se fija, en cambio, en si los propósitos de la gente en el deber son para Él o para sí misma y en si tiene testimonio de práctica de la verdad en el deber. Si siempre tratas de satisfacerte a ti mismo en el deber, a ojos de Dios, eso es iniquidad, y Él la aborrece. Con la palabra de Dios vi que, en el cumplimiento del deber, pensaba en mí misma. Para no asumir responsabilidades, por más que tardara en solucionar aquellos problemas irrelevantes, corregía la imagen una y otra vez. Contra mi voluntad, hacía correcciones que no procedían, con lo que los videos eran cada vez peores. Demoraba el trabajo de la casa de Dios, pero nunca me preocupaba ni tenía sensación de urgencia, ni tampoco trataba de ser más eficiente buscando los principios de la verdad. En el deber me limitaba a hacer las cosas sin interés y creía que, mientras terminara la corrección y todos dieran su visto bueno, estaba bien. Mi conducta irresponsable no tenía nada de cumplimiento del deber y no me servía para acumular buenas acciones; era iniquidad. Este es el momento crucial para que la casa de Dios difunda el evangelio y para eso había que publicar urgentemente esos videos en internet, de modo que, tras mirarlos, reciba esclarecimiento más gente que anhela la aparición de Dios y, así, estudie Su obra en los últimos días. Sin embargo, yo, por mi carácter corrupto, repetía el trabajo y demoraba la subida de archivos. Por proteger mis intereses, entorpecía una y otra vez el trabajo de la casa de Dios, era una mera sierva de Satanás, ¡y perturbaba la labor de la casa de Dios! Me aterró darme cuenta de esto. Me apresuré a orar a Dios para pedirle que me guiara para cambiar de actitud hacia el deber y corregir mis actitudes corruptas.

Después, frente a distintas sugerencias en el deber, primero me presentaba ante Dios a orar y buscar, analizaba qué cambios de los sugereridos hacían falta y cuáles no y pensaba en cómo mejorar mi eficiencia para un mejor resultado. Sobre los cambios sugeridos que no eran necesarios, exponía mis opiniones en función de los principios que comprendía, buscaba y hablaba con todos y aceptaban algunas de mis opiniones. Esta práctica me hizo un poco más eficiente en el deber. Creía haber cambiado algo, pero cuando llegaba nuevamente la hora de responsabilizarme, empezaba a ser pasiva otra vez.

Una vez hice una viñeta en video y cada cual tenía una opinión distinta de algunos detalles de la imagen. Tras debatirlo y comunicarnos, aún no habíamos decidido cómo modificarla y estuvimos atascados bastante tiempo. En realidad sabía que, en una viñeta, siempre que luzca bien y las proporciones de los personajes y la imagen no vulneren la realidad objetiva, no hace falta atascarse en los detalles. No obstante, después de oír tantas sugerencias distintas, no sabía qué hacer. Si cambiaba cosas de acuerdo con mis ideas, ¿qué pasaría si había algún problema una vez que se subiera el archivo del video? Sería responsabilidad mía. Como me daba miedo ser responsable de algún error, me puse a hacer varias versiones según las sugerencias de todos y esperé a que me transmitieran una decisión definitiva, pero al final nadie me dio una respuesta clara. Conforme pasaban los días, me puse muy nerviosa. ¿No estaba demorando de nuevo el progreso del video? Preocupadísima, me pregunté: “¿Por qué es tan difícil tomar una decisión? ¿Por qué siento que tengo las manos atadas y no las puedo desatar?”. Me presenté ante Dios a orar y buscar, y le pedí que me guiara para reflexionar y conocerme a mí misma.

Más tarde leí un pasaje de la palabra de Dios. “Cuando surgen problemas en el cumplimiento del deber, es probable que los ignoréis y hasta busquéis diversos pretextos y excusas para eludir la responsabilidad; hay problemas que sabéis resolver, pero no lo hacéis, y de los problemas que no sabéis resolver tampoco informáis a vuestros superiores, como si no tuvieran nada que ver con vosotros. ¿Eso no es un incumplimiento del deber? ¿Es inteligente o estúpido considerar así el trabajo de la iglesia? (Estúpido). ¿No son esos líderes y obreros unas víboras, no están desprovistos de todo sentido de responsabilidad? Alguien que ignora el problema que tiene delante, ¿no es alguien insensible y artero? La gente artera es las más estúpida. Debéis ser honestos y tener sentido de la responsabilidad hacia los problemas que afrontéis; si sois arteros, cuando os enfrentéis a los problemas los ignoraréis y trataréis de eludir la responsabilidad. Si tú eres artero en medio de los incrédulos y te ocurre algo, no podrás mantenerte firme; si eres artero en la casa de Dios, ¿cómo no va a despreciarte Dios? ¿Podría la casa de Dios dejar pasar esto? A Dios le agradan los honestos, no los arteros. No hay nada que temer por ser un poco ignorante, pero, ciertamente, uno ha de ser honesto. Los honestos asumen su responsabilidad; no piensan en sí mismos; son puros de pensamiento y tienen honestidad y benevolencia en sus corazones, como cuencos de agua clara cuyo fondo es visible a simple vista. Aunque siempre estés de postureo, ocultándote y tapándote, arropándote tan estrechamente que los demás no ven lo que hay en tu corazón, Dios puede escudriñar las cosas más profundas que hay en él. Si Dios ve que no eres una persona honesta, sino astuta, que nunca le entregas tu corazón y que siempre tratas de jugar con Él, no le agradarás y no te querrá. Todos los que prosperan entre los incrédulos ─gente con pico de oro e ingenio─, ¿qué clase de personas son? ¿Lo veis claro? ¿Cuál es su esencia? Se puede afirmar que todos ellos son individuos extremadamente escurridizos y astutos, sumamente taimados, maliciosos, son el auténtico diablo, Satanás. ¿Es posible que esa gente agrade a Dios? (No). Dios odia sobre todo a los demonios; hagáis lo que hagáis, no debéis ser personas de este tipo. Os digo que aquellos que están siempre alerta y tienen en cuenta todos los ángulos en su discurso, que esperan a ver por dónde van los tiros y son insidiosos en el manejo de sus asuntos son aquellos a los que más aborrece Dios. ¿Y daría Dios gracia o esclarecimiento de todos modos a una persona así? No. Dios considera a esas personas de la calaña de los animales. Llevan piel humana, pero su esencia es la del diablo, Satanás. Son cadáveres andantes a quienes, por supuesto, Dios no salvará. ¿Os parecen las personas de este tipo realmente inteligentes o necias? Son las personas más necias que hay. Son arteras. Dios no quiere esta clase de gente. La condena. Para una persona así, ¿qué esperanza hay en creer en Dios? Su fe carece de significado y ella está destinada a no recibir nada. Si, a lo largo de su fe en Dios, la gente no busca la verdad, entonces da igual cuántos años lleve siendo creyente; al final no recibirá nada” (“Cómo identificar a los falsos líderes (8)”). Las palabras de Dios revelaban mi estado. Siempre estaba indecisa frente a distintas sugerencias por miedo a responsabilizarme de los errores, y siempre trataba de protegerme porque me controlaban venenos satánicos como “cada hombre para sí mismo”, “protégete y trata solamente de librarte de la culpa” y “no está mal violar las leyes si todos lo hacen”. Ante distintas sugerencias, tenía opiniones propias, pero no las exponía y buscaba oportunamente, y me empeñaba con obstinación en seguir los consejos ajenos para que los problemas no fueran responsabilidad mía y nadie tratara conmigo. Aparentemente era receptiva a los consejos de otras personas y capaz de aceptar y aplicar sugerencias, lo que representaba la ilusión de que podía aceptar la verdad. A decir verdad, a ello subyacían mis propósitos siniestros, astutos y despreciables. Recordé cómo me había comportado y que, cada vez que podría ser responsable de algo, miraba por mí. En ocasiones, cuando otros tenían problemas y me pedían consejo, primero averiguaba sus ideas y opiniones, y si coincidían con las mías, me basaba en ellas y añadía mis propios consejos; pero si sus opiniones diferían, yo no quería compartir las mías por temor a tener que responsabilizarme si me equivocaba y surgían problemas, así que decía algo impreciso y superficial. Descubrí que, por vivir según estas filosofías satánicas, me había vuelto especialmente maliciosa y astuta, que nunca era capaz de exponer claramente mi punto de vista, que no tenía principios ni una postura, y que hablaba y actuaba de tal forma que confundía a la gente y mis opiniones eran inescrutables. Hasta pensaba que esto era lo más inteligente para no tener que sufrir las consecuencias, no ser tratada ni tampoco destituida. No sabía que estaba engañando a Dios y a mis hermanos y hermanas, que era una persona sumamente astuta. Estaba haciendo que Dios abominara de mí y me aborreciera, y Dios no salva a gente como yo. Aunque pudiera engañar a mis hermanos y hermanas, Dios observa mi interior. Si continuaba engañando así a Dios, siendo irresponsable en el deber, haciendo las cosas sin interés y negándome a centrarme en buscar los principios de la verdad, al final jamás la alcanzaría y seguro que sería condenada y descartada. Comprobé que me pasaba de lista en mi beneficio. ¡Qué ignorante! Fue al darme cuenta de esto cuando sí empecé a tener miedo. Realmente quería arrepentirme ante Dios. No podía seguir así.

Luego leí un pasaje de la palabra de Dios: “En la casa de Dios, debes captar el principio de cada deber que realices, sea cual sea. Ser capaz de practicar la verdad significa actuar según los principios. Si no tienes algo claro, si no estás seguro de qué es lo apropiado, utiliza la comunicación para lograr el consenso. Una vez que se haya determinado lo que es más beneficioso para la obra de la iglesia y para los hermanos y hermanas, hazlo. No te atengas a las normas, no te demores, no esperes, no seas un observador pasivo. Si eres siempre un observador y jamás tienes tu propia opinión, si siempre esperas a que otro tome la decisión antes de hacer algo y, cuando nadie toma una decisión, te limitas a dar largas y esperar, entonces ¿qué consecuencias tiene eso? Los trabajos que haces son todos desastrosos, no logras nada. Si es algo que tienes claro, y todo el mundo dice que está bien, está de acuerdo en hacerlo así y dice que tal trabajo debe hacerse, y no hay duda de que tiene la guía de Dios, entonces es así como debes hacerlo. No tengas miedo de asumir la responsabilidad por ello o de ofender a los demás, ni de cuáles puedan ser las consecuencias. Si la gente no hace nada real, siempre está calculando y con miedo de asumir responsabilidades, si no hace un trabajo real, entonces evidencia que tiene demasiados planes diabólicos. Qué inicuo es desear disfrutar de la gracia y las bendiciones de Dios y, sin embargo, no hacer nada real. No hay nadie a quien Dios desprecie más que a esas personas astutas y confabuladoras. Independientemente de lo que pienses, no practicas la verdad, no tienes lealtad y siempre se ven implicadas tus propias consideraciones personales, y siempre albergas tus propios pensamientos e ideas. Dios observa, Dios sabe, y si no te arrepientes inmediatamente, Él te abandonará” (‘La parte más importante de creer en Dios es poner la verdad en práctica’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “¿Cuáles son las expresiones de una persona honesta? Primero, no tener dudas acerca de las palabras de Dios. Esta es una de las expresiones de una persona honesta. La expresión más importante de una persona honesta, además, es buscar y practicar la verdad en todos los asuntos; esto es lo más fundamental de todo. Si dices que eres honesto, pero siempre pasas por alto las palabras de Dios y haces lo que te parece, ¿acaso es esa la expresión de una persona honesta? Dices: ‘Mi calibre es bajo, pero tengo por dentro soy honesto’. Sin embargo, cuando te llega un deber te da miedo sufrir o que, si no lo puedes cumplir bien, tendrás que cargar con la responsabilidad y por eso pones excusas para evadirlo y recomiendas a otros para que lo hagan. ¿Es esta la expresión de una persona honesta? Claramente, no lo es. ¿Cómo, entonces, debería comportarse una persona honesta? Debe aceptar y obedecer y, luego, dedicarse completamente a realizar sus deberes de la mejor manera posible, esforzándose por cumplir la voluntad de Dios. Esto se expresa de diferentes maneras. Una de ellas es que debes aceptar tu deber con honestidad, no pensar en tus intereses carnales y no ser desganado. No conspires por tu propio bien. Esta es una expresión de honestidad. Otra manera es cumplir con tu deber de todo corazón y con todas tus fuerzas, haciendo las cosas en forma adecuada, poniendo tu corazón y tu amor en el cumplimiento del deber a fin de satisfacer a Dios. Esto es lo que debe expresarse cuando las personas honestas cumplen con su deber” (‘Las personas solo pueden ser verdaderamente felices si son honestas’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En la palabra de Dios descubrí que Dios ama a los honestos. Da igual si eres ignorante y tienes poca aptitud. La clave es tener un corazón decente y honesto, no guardarte las cosas, hablar abiertamente de lo que piensas, buscar y hablar con los demás de lo que no entiendas, actuar según los principios, hacer aquello que beneficie el trabajo de la casa de Dios y ser leal en el deber. Hazlo, y satisfarás a Dios. Dios observa el corazón de la gente. Si nos empleamos a fondo, aunque a veces cometamos errores por tener poca aptitud o no comprender la verdad, aún aprenderemos lecciones. Siempre que seamos capaces de aceptar la verdad, buscarla e informar de los problemas oportunamente, nos extraviaremos cada vez menos con el paso del tiempo y poco a poco dominaremos los principios y cumpliremos bien con el deber. La casa de Dios no condena a nadie ni lo culpa por una única falta. Una vez que lo entendí, me sentí mucho más aliviada.

Más adelante, me sinceré con una hermana, le hablé de mi estado en esa época y ella me ayudó muy pacientemente. Al buscar y compartir juntas, modifiqué una opinión equivocada que siempre había tenido. Antes siempre me preocupaba que, si no aceptaba consejos ajenos y daba unos puntos de vista y unas opiniones diferentes, los demás creerían que era arrogante y no aceptaba la verdad. De hecho, no distinguía la arrogancia de la defensa de los principios. Mediante la búsqueda de la verdad, defender los principios implica decidir unas prácticas acordes con ellos que protejan los intereses de la iglesia y continuar defendiéndolos sin transigir cuando otros se opongan o planteen problemas. Aunque aparentemente sea similar a la arrogancia, eso es defender la verdad y una cosa positiva, mientras que la arrogancia siempre implica sentirse superior a otros y creer correctas las opiniones e ideas propias; cuando otros exponen puntos de vista distintos, la obstinación está presente en el modo de pensar de uno, sin buscar ni meditar, y se insiste en afirmar que lo incorrecto es correcto. Todas estas opiniones se derivan del propio juicio y no se basan en los principios. Aun así, la persona exige que la escuchen y hagan lo que diga. Este es un carácter satánico, una manifestación de arrogancia. Me acordé de varios hermanos y hermanas destituidos anteriormente. Algunos se empeñaban en hacer las cosas a su manera, no se tomaban en serio las sugerencias de sus hermanos y hermanas ni las meditaban, siempre se defendían y no estaban por la labor de corregir y mejorar. Aquello en lo que se empeñaban nunca coincidía con los principios; tan solo eran sus ideas y preferencias personales. Esta es la manifestación de la arrogancia. Ante opiniones distintas, a mí me parecía que algunas sugerencias no procedían, pero si era capaz de evaluarlas según los principios y de plantear opiniones propias, eso no sería arrogancia, sino defender los principios de la verdad. A veces, cuando no entienda del todo los problemas o no capte las cosas, si soy capaz de expresar mis opiniones, buscar y hablar con otros, eso no será insistir arrogantemente en hacer las cosas a mi modo, sino averiguar los principios antes de actuar y ser seria y responsable en el deber. Cuando comprendí estas verdades, tuve una gran sensación de alivio.

Posteriormente, cuando recibía demasiadas sugerencias en el deber, oraba a Dios para pedirle calma, buscaba los principios pertinentes de la verdad y evaluaba si, de acuerdo con ellos, eran necesarias las correcciones. También tomaba la iniciativa de comunicarme y hablar con todos sobre mis ideas. Una vez, terminé una imagen de fondo de video y mi líder me dijo que el color no era adecuado y me recomendó cambiarlo. Pensé: “Si hago estos cambios, será mucho trabajo y, desde luego, eso demorará la subida del archivo de video. Realmente no es una cuestión de principios, sino una preferencia personal, así que no hace falta cambiarlo. Sin embargo, si no lo hago, ¿le pareceré a mi líder arrogante e incapaz de aceptar sugerencias ajenas?”. Cuando empecé a dudar de nuevo, me presenté ante Dios a orar para pedirle que me guiara para practicar según los principios. Tras orar, encontré unos materiales de consulta y trabajé con mi líder y supervisora en la búsqueda de los principios pertinentes. Además, intercambié con ella mi entendimiento y mis opiniones. Después, la líder y supervisora aceptó mi punto de vista y pronto se publicó el video en internet. Me sentí especialmente feliz y segura.

Al recordar mi experiencia de esa época, me di cuenta de que, para protegerme y eludir la responsabilidad, me ataba de manos en el deber con toda clase de preocupaciones. Era cansado vivir así y yo no era muy eficaz. No obstante, al comprender la voluntad de Dios y practicar según los principios de la verdad, los problemas eran fáciles de resolver y mi deber se sentía mucho más sencillo y relajado. Luego de esta experiencia, percibí realmente que vivir según las filosofías satánicas solo hace a la gente cada vez más maliciosa y astuta, indigna de la confianza de nadie y desagradable para Dios. Solamente recibes bendiciones si practicas la verdad y cumples con el deber según sus principios. Al hacerlo hallas certeza y seguridad, y sientes una paz y un gozo auténticos.

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