¿Es correcto el punto de vista de que “Un padre nunca se equivoca”?

12 Jun 2026

Por Anxin, China

Mi mamá sufrió mucho al criarnos a mi hermano menor y a mí. Ella solía decir que, mientras mi hermano y yo tuviéramos una buena vida, toda adversidad valía la pena. Estaba convencida de que mi mamá era quien más me quería en el mundo y que todo lo que hacía era por mi bien. A medida que crecía, mi matrimonio se convirtió en la mayor preocupación de mis padres. Cuando tenía veintitrés, mi mamá no dejaba de insistirme: “Ya eres toda una mujer. Es hora de buscar una buena pareja. Si esperas más, ya no quedarán hombres buenos”. Yo sentía que el matrimonio era un compromiso para toda la vida que debía tomarse con prudencia; no quería casarme tan a la ligera. Además, no era tan mayor en ese entonces, así que le daba largas diciéndole: “No hay prisa. Ya saldré con alguien cuando encuentre a la persona indicada”. Justo ese fue el año en que acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Al leer las palabras de Dios, descubrí que esta es la etapa final de Su obra para salvar a la humanidad, y una oportunidad única e increíblemente rara para ser perfeccionada por Dios. Sentía la urgencia de hacer mi deber y perseguir la verdad con sinceridad. Casarme en un momento así podría arruinar fácilmente mi oportunidad de ser salva. Por eso, me volví aún más precavida con el matrimonio y seguí posponiendo buscar pareja. Mi mamá estaba muy ansiosa. Cada vez que intentaban emparejarme con algún hombre, ella me insistía para que lo conociera. Detestaba eso. Sentía que intentaba venderme como si fuera un producto. Además, soy bastante introvertida y odiaba esa forma de conocer gente, así que no quería ir a esas citas arregladas para nada. Pero me sentía impotente cuando mi mamá me presionaba para casarme. Ella había sufrido mucho para criarnos a mi hermano y a mí, y solía contarnos lo difícil que había sido. Debido a dichos como “El amor de un padre es encomiable” y “Un padre nunca se equivoca”, sentía que todo lo que ella hacía era por mi propio bien. Para no herirla, la obedecía e iba a las citas que me arreglaba, aunque tuviera pocas ganas. Pero sabía que era una etapa crucial en la obra de Dios, y que salir con alguien y casarme interferiría con mi fe en Él. Así que, la mayoría de las veces, iba a esas citas arregladas y luego buscaba una excusa para decir que no éramos compatibles. Así era como me libraba del asunto. Luego, en 2013, a los veinticinco años, en una cita a ciegas conocí a un hombre que era justo mi tipo. Era serio y bueno con sus padres, y a mi mamá le cayó muy bien. Pensé: “Puedo intentar salir con él. Le predicaré el evangelio, y luego podremos creer en Dios juntos”. Le hablé de creer en Dios tres veces, pero solo me escuchaba a medias y me decía sonriendo: “Creer en Dios es algo bueno. No te lo voy a impedir”. Me decepcionó mucho y me hizo temer que, si realmente terminábamos juntos, él podría oponerse y perseguirme igual que los esposos de otras hermanas lo hacían con ellas. Salimos durante más de cuatro meses, y cuanto más tiempo pasábamos juntos, más me gustaba. Pensaba: “Llevamos juntos solo unos meses, pero mi mente ya está llena de estas cosas. No puedo hacer mi deber adecuadamente, asisto a las reuniones de forma superficial y no pongo el corazón al leer las palabras de Dios. Si realmente nos casamos, ¿no me consumirán los asuntos familiares diarios y seré incapaz de centrarme por completo en mi deber? No puedo precipitarme ciegamente al matrimonio sin más”. Pero mis padres querían que nos casáramos apenas cuatro meses después. Me aterrorizaba que el matrimonio arruinara de veras mi oportunidad de ser salva en mi fe en Dios. Pero no soportaba la idea de terminar la relación. Era muy difícil encontrar a alguien que me gustara y no quería dejarlo ir. Además, él les caía muy bien a mis padres y a mi abuela. Si no me casaba con él, mis padres se llevarían una gran decepción y no dejarían de preocuparse por mi matrimonio. Se libraba una batalla constante en mi corazón, y no sabía qué hacer. En medio de mi dolor, le oré a Dios y le pedí que me guiara para tomar la decisión correcta. Más tarde, leí estas palabras del Señor Jesús: “Pero, ¡ay de las que estén encinta y de las que estén criando(Mateo 24:19). También leí estas palabras de Dios Todopoderoso: “Las familias de algunas personas las oprimen de tal modo que no pueden creer en Dios a no ser que se casen. De esta manera, el matrimonio en realidad les resulta de ayuda. A otras personas el matrimonio no les reporta beneficios, sino que les cuesta lo que alguna vez tuvieron. Tus circunstancias reales y tu propia decisión deben determinar tu caso particular. No estoy aquí para inventar reglas y estipulaciones con las que haceros exigencias(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Práctica (7)). A partir de las palabras de Dios, entendí que renunciar al matrimonio por la verdad es algo valioso. Al hacer esto, tendría más tiempo y energía para realizar mi deber y perseguir la verdad. Si perdía la oportunidad de hacer mi deber debido al matrimonio, y al final no lograba obtener la verdad ni ser salva, habría perdido mucho más de lo que habría ganado. Las grandes catástrofes ya han comenzado y no queda mucho tiempo. Tengo que aprovechar este tiempo para equiparme con la verdad. En este momento, no estoy casada ni tengo ataduras familiares, así que puedo hacer mi deber a tiempo completo. Si me casara, sin duda me quedaría atrapada en casa todo el día. También soy una persona muy sentimental, así que, si el día de mañana realmente formara una familia, sin duda descuidaría mi deber por mis sentimientos, y eso arruinaría mi oportunidad de ser salva. Después de darle muchas vueltas, por fin decidí terminar con él. Cuando mi mamá se enteró, se puso nerviosa y se enojó mucho. Intentó disuadirme y me dijo: “Tu padre y yo nos estamos haciendo viejos, y mi salud no es buena. ¡No podemos cuidarte toda la vida! Conocemos a esta familia de pies a cabeza. Si te casas pronto, tu padre y yo podremos por fin quitarnos esta carga emocional de encima”. Escuchar a mi mamá decir eso me dio mucha tristeza. Mis padres se preocupaban tanto por mi matrimonio a diario que se había convertido en una carga emocional. Ya habían atravesado suficientes preocupaciones al criarme. En lugar de compartir el peso y aliviarles la presión, me estaba convirtiendo en su mayor carga. Me llené de reproches hacia mí misma, como si estuviera siendo una mala hija. Aunque este hombre era mi tipo, no le interesaba creer en Dios. Teníamos puntos de vista distintos y caminábamos por sendas diferentes. No seríamos felices viviendo juntos. Y durante los pocos meses que salimos, no sentí la alegría de estar en una relación, sino un tormento espiritual constante. Siempre me preocupaba que, después de casarnos, mi familia se convirtiera en una atadura y en un obstáculo que me frenara en mi búsqueda de la verdad y arruinara mi oportunidad de ser salva. Al pensar en esto, mi actitud se fortaleció y decidí terminar con él. Después de eso, la actitud de mi mamá hacia mí cambió. A veces, perdía los estribos y me gritaba furiosa: “¿Quién se toma creer en Dios tan en serio? ¡Lo que una joven debería hacer es casarse con alguien de buena familia y cuidar de todos, jóvenes y viejos!”. A veces, también me decía cosas feas para provocarme. Me sentía muy triste, pero no la culpaba. Como dice el dicho: “Un padre nunca se equivoca”. Yo sentía que, sin importar lo que ella hiciera, era por mi propio bien. Después de todo: “Quien bien te quiere, te hará llorar”. Solo le preocupaba mi matrimonio y, si me gritaba, era porque estaba muy ansiosa por mí. Así que me limitaba a soportarlo en silencio.

En el Año Nuevo chino y en otras fiestas, mis padres veían que las hijas de otras familias visitaban felices a sus padres, con sus esposos e hijos, mientras que yo siempre volvía a casa sola. Se veían muy preocupados y no dejaban de suspirar. Cada vez, mi mamá intentaba hacerme entrar en razón y me decía: “Mira a fulanita. Está casada y su familia política la trata muy bien. Qué maravilloso sería que encontraras para casarte a alguien de buena familia, con más gente que te cuide. Así, tu padre y yo por fin podríamos descansar. Si no te apuras y te tomas esto en serio, ¿qué vas a hacer si después no encuentras a un buen hombre? Soy tu madre. ¿Acaso te haría daño alguna vez? Solo hago esto por tu propio bien”. Al ver a mis padres tan ansiosos, preocupados y suspirando de angustia por mi matrimonio todo el día, me sentía fatal y llena de culpa. Ya era una adulta, pero seguía causándoles mucha preocupación. ¡Qué mala hija era! Más adelante, viví una experiencia que me hizo darme cuenta de que la supuesta “bondad” de mis padres hacia mí, en realidad, no era por mi bien.

Un día de 2017, mi papá se cayó de una escalera y se lastimó la espalda. Cuando llegué a casa esa noche, mi mamá me dijo enojada: “¿Sabes por qué se cayó tu padre? ¡Porque está muy preocupado por ti! Se preocupa tanto que no puede ni dormir ni comer, y el pelo se le está encaneciendo por la preocupación. Toda esta familia está enferma de preocupación por tu matrimonio. ¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¡Solo piensas en ti misma y no tienes idea de lo que es ser un padre o madre!”. Al escucharla decir eso, me sentí profundamente culpable. Mi mamá me vio agachar la cabeza en silencio y continuó: “¿Acaso no lo sabes? Como no estás casada, tu padre y yo no podemos ir con la frente en alto ante los demás. Todos los vecinos hablan de que tienes treinta años y sigues sin casarte. ¡Nos has cubierto de vergüenza a tu padre y a mí!”. Escuchar a mi mamá decir esto me dejó en shock y muy dolida. No lo entendía. Yo simplemente no me había casado; no es que hubiera hecho algo vergonzoso. ¿Cómo podía ser eso algo que no les permitiera ir con la frente en alto? Así que le pregunté: “¿En qué los avergüenza que yo no me haya casado? No he hecho nada malo. ¿No es mejor estar soltera que ser una de esas que andan por ahí con cualquiera? El matrimonio es para toda la vida. ¡No me puedo casar con cualquiera solo para que no queden mal! Además, si me casara, las cosas no funcionaran y me divorciara, ¿no les traería eso aún más vergüenza?”. Con un tono despectivo y sarcástico, mi mamá me respondió: “¿Y qué si te divorcias? ¡Pues te buscas a otro! Hoy en día todo el mundo lo hace. ¡Saber encontrar un hombre es una verdadera habilidad! Mira a tu prima. Estuvo divorciada solo seis meses y ya se encontró a uno nuevo. ¡A eso le llamo yo ser capaz! ¿Y tú qué tienes? Hasta un lisiado sería suficientemente bueno para ti”. Las palabras de mi mamá me atravesaron profundamente el corazón. No podía creer que mi propia madre pudiera decir semejantes cosas. De repente, la sentí como una completa desconocida. Regresé a mi cuarto y lloré a mares. Nunca imaginé que la madre que siempre me había mimado pudiera decir algo tan cruel. ¿Realmente lo hacía por mi propio bien? ¿Era eso amor verdadero? En medio de mi dolor, le oré a Dios: “Oh, Dios, sé que sin unas palabras tan hirientes, mi corazón nunca se habría lastimado realmente. Pero sigo sintiendo que mi mamá es quien mejor me trata. Dios mío, no sé cómo experimentar esto. Por favor, esclaréceme y guíame para que pueda entender Tus intenciones”.

Más tarde, pensé en las palabras de Dios: “¿Por qué los hijos muestran devoción filial a sus padres? ¿Y por qué los padres miman a sus hijos? ¿Cuál es el propósito que albergan todas las personas? ¿No es cumplir sus propios planes y deseos egoístas? ¿Es realmente actuar en pro del plan de gestión de Dios? ¿Es realmente actuar por el bien de la obra de Dios? ¿Es cumplir con los deberes de un ser creado?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo). “¿Quién lleva la mayor carga por su vida? (Dios). Solo Dios ama a la gente más que nadie. Los padres y familiares de las personas, ¿las aman de veras? ¿El amor que dan es verdadero? ¿Puede salvar a la gente de la influencia de Satanás? No. La gente es insensible y torpe, incapaz de ver estas cosas con claridad, y siempre dice: ‘Sencillamente no logro sentir cómo me ama Dios. De todos modos, mis padres son los que más me aman. Me pagan los estudios y me hacen adquirir una preparación técnica para que de mayor pueda lograr algo en la vida, destacar por sobre los demás y convertirme en una estrella, en alguien famoso. Mis padres se gastan mucho dinero en capacitarme y apoyarme en mi educación, escatiman y ahorran en comida. ¡Cuán grande es ese amor! ¡Nunca podré pagárselo!’. ¿Os parece amor eso? ¿Qué consecuencias tiene que tus padres te inciten a destacar por sobre los demás, convertirte en una celebridad en el mundo, tener un buen trabajo y asimilarte al mundo? Te obligan incansablemente a buscar destacar por sobre los demás, a honrar a tu familia y a integrarte a las malvadas tendencias del mundo. Como resultado, caes en la vorágine del pecado, sufres la perdición y pereces, devorado por Satanás. ¿Eso es amor? Eso no es amarte, sino perjudicarte, arruinarte. Si, algún día, te hundes tan profundamente que cruces el punto de no retorno, tan bajo que no puedas salir y desciendas hasta el infierno, solo entonces te darás cuenta: ‘Oh, el amor parental es el amor de la carne, y no es beneficioso a la hora de creer en Dios u obtener la verdad, ¡no es amor verdadero!’. Puede que no os hayáis dado cuenta aún. Algunas personas dicen: ‘No siento que Dios me ame. Me sigue pareciendo que mi madre es quien más me ama. Ella es la persona más cercana a mí en el mundo. Hay una canción que se llama “Mamá es la mejor del mundo”. Esto refleja la realidad; ¡este enunciado es totalmente cierto!’. Algún día, cuando realmente tengas entrada en la vida y hayas obtenido la verdad, dirás: ‘Mi madre no es quien más me ama, ni tampoco mi padre. Dios es quien más me ama, y Él es mi amado más querido, porque me dio la vida y siempre me guía, me provee y me ha salvado de la influencia de Satanás. Dios es el Único que provee de vida a las personas, que las guía y que tiene soberanía sobre todas las cosas’. Solo cuando entiendas la verdad y la hayas obtenido por completo, serás capaz de apreciar a fondo estas palabras(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Para ganar la verdad, uno debe aprender lecciones de las personas, los acontecimientos y las cosas cercanos). Antes, no podía aceptar de veras estos dos pasajes de las palabras de Dios. Sentía que mis padres eran las personas que más me querían en el mundo, en especial mi mamá, que había sufrido tanto para criarnos a mi hermano y a mí. Cuando me regañaba por no casarme, ¿no era eso a lo que se refiere el dicho: “Quien bien te quiere, te hará llorar”? Pensaba que mi mamá solo quería que encontrara una buena familia y fuera feliz, y que ellos eran las únicas personas en el mundo que nunca me engañarían ni me harían daño. Pero al volver a leer estas palabras de Dios tras vivir esta experiencia, por fin pude aceptarlas. Mi mamá afirmaba que lo hacía por mi propio bien, para que me casara con alguien de buena familia y fuera feliz. Pero en realidad, solo estaba pensando en su propio orgullo, para que la gente no murmurara a sus espaldas, y así poder ir con la frente en alto ante los demás. Por eso quería que me casara rápido con cualquiera que me aceptara; llegó a decir que hasta un lisiado serviría. ¡No estaba pensando para nada en mi felicidad! El amor de mi mamá tenía impurezas. Solo pensaba en sí misma y no me quería realmente. Es más, deseaba desesperadamente que me casara para poder usar el matrimonio como una trampa, para hacerme vivir una vida dedicada a atender a mi esposo y criar a mis hijos en casa, y así impedirme creer en Dios y hacer mi deber. Por fin vi que mi mamá no estaba buscando realmente lo mejor para mí; ¡estaba intentando alejarme de Dios, arrastrándome a la guarida de Satanás! Si le hubiera hecho caso de veras, habría satisfecho mi carne, pero tendría menos tiempo y energía para hacer mi deber y perseguir la verdad. Al final, habría arruinado mi oportunidad de ser salva. El punto de vista sobre el matrimonio que me inculcó mi mamá era incorrecto. Me haría faltarle el respeto al matrimonio y tratarlo, junto con el divorcio, como un juego. Ella no podía señalarme la senda correcta en la vida. Fue la verdad expresada por Dios la que me dio las búsquedas correctas en la vida. Por ejemplo, Dios nos dice que respetemos el matrimonio y que no cometamos fornicación; esta es una manifestación de la humanidad normal. Además, cumplir con el deber de un ser creado es la vida con más sentido, y solo al perseguir la verdad y un cambio en nuestro carácter podemos ser salvos y sobrevivir. A través de las palabras de Dios, vi con claridad que el amor de mi mamá por mí no era amor verdadero. Dios es quien más me quiere.

Siempre había considerado a mis padres como las personas más cercanas a mí. Nunca discerní qué hacían bien y qué hacían mal, y no sabía cómo tratarlos correctamente. No fue hasta que leí las palabras de Dios que por fin pude obtener algo de discernimiento sobre ellos. Dios Todopoderoso dice: “Un día, cuando comprendas algo de la verdad, ya no pensarás que tu madre es la mejor persona ni tus padres las mejores personas. Te darás cuenta de que ellos también son miembros de la raza humana corrupta, de que sus actitudes corruptas son todas iguales, de que lo único que los diferencia son los lazos de sangre contigo y de que, si no creen en Dios, son lo mismo que los no creyentes. Ya no los mirarás desde la perspectiva de un familiar ni desde la de tu relación carnal, sino desde el lado de la verdad. ¿Cuáles son los principales aspectos en que debes fijarte? Debes fijarte en sus opiniones sobre la fe en Dios, en sus opiniones sobre el mundo, en sus opiniones a la hora de abordar los asuntos y, ante todo, en sus actitudes hacia Dios. Si observas estos aspectos con precisión, verás claro si son buenas o malas personas. Puede que un día veas con claridad que son personas con actitudes corruptas, igual que tú, y que no son las personas bondadosas con verdadero amor por ti que imaginabas que eran, y que en absoluto saben guiarte hacia la verdad ni hacia la senda correcta en la vida. Puede que veas claro que lo que han hecho por ti no te resulta de gran provecho y que no te ayuda para nada a la hora de recorrer la senda correcta en la vida. Puede que también descubras que muchas de sus acciones y opiniones van en contra de la verdad, son de la carne y hacen que sientas desprecio, repulsión y aborrecimiento. Si llegas a ver estas cosas, entonces podrás considerar a tus padres en tu interior de la manera correcta y ya no los echarás de menos, no te preocuparás por ellos, ni serás incapaz de vivir separado de ellos; habrán concluido su misión como padres. Ya no los considerarás las personas más cercanas a ti ni los idolatrarás. En cambio, los tratarás como a personas corrientes, y en ese momento, te liberarás por completo de las ataduras del afecto y saldrás verdaderamente del afecto y del amor familiar. Una vez que te hayas alejado del afecto y del amor familiar, te darás cuenta de que esas cosas no merecen ser apreciadas. En ese punto, verás que los parientes, la familia y las relaciones carnales son obstáculos para entender la verdad y para liberarte del afecto. Verás que, debido a que tienes con tus padres esa relación familiar, esa relación carnal, que te paraliza y te descarría, crees que son los más cercanos a ti, que te cuidan mejor que nadie y que te aman más que nadie, y te vuelves incapaz de discernir con claridad si son personas buenas o malas. Una vez que te hayas alejado verdaderamente del afecto, ¿seguirás echándolos de menos con todo tu corazón, pensando en ellos y preocupándote por ellos como lo haces ahora cuando piensas en ellos de vez en cuando? No. Nunca dirás: ‘La persona sin la que realmente no puedo estar es mi madre; es la que más me ama, me cuida y se preocupa por mí’. Cuando alcances este nivel de percepción, ¿seguirás echándolos de menos tanto, al punto de llorar? No. El problema quedará resuelto(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se corrigen las propias actitudes corruptas es posible lograr una auténtica transformación). En el pasado, trataba a mi mamá como la persona más allegada a mí. Sentía que, al ser mi madre, todo lo que hacía era por mi bien. Ella siempre me presionaba para ir a citas arregladas y casarme. Aunque lo detestaba y me repugnaba, seguía yendo a esas citas según sus deseos. Ver a mis padres constantemente preocupados y ansiosos por mi matrimonio me hacía sentir culpable, y me reprochaba por no ser una hija buena y obediente. Lo cierto es que mi mamá me inculcó un punto de vista equivocado sobre el matrimonio, pero por nuestros lazos de sangre, no tenía el más mínimo discernimiento sobre ella. Dios nos dice que respetemos el matrimonio y que no cometamos fornicación, pero mi mamá trataba el matrimonio como si fuera un juego. Para ella, poder encontrar más parejas era señal de ser capaz. Mis primas, por ejemplo, no respetan el matrimonio y lo tratan como un juego, casándose y divorciándose por capricho. Mi prima mayor estaba casada, pero era amante de un hombre casado; cometía fornicación. Mi mamá no veía esto como algo vergonzoso o deshonroso; de hecho, pensaba que era una muestra de ser capaz. Yo era muy precavida con el matrimonio. No quería casarme y divorciarme a la ligera ni salir con cualquiera como hacían las demás. Por esto, mi mamá me regañaba diciéndome que era una inútil y que, al no casarme, los avergonzaba y les impedía ir con la frente en alto. Mi mamá había asimilado ideas de las tendencias malvadas y ya no sabía distinguir el bien del mal; tenía los conceptos del bien y el mal totalmente invertidos. Su perspectiva sobre las cosas estaba completamente distorsionada. Todo ese tiempo estuve cegada por nuestro vínculo familiar, y siempre pensé que todo lo que mi mamá hacía era por mi bien. Pero, en realidad, ella vivía según las reglas de supervivencia de Satanás y no podía evitar que él la engañara y lastimara. ¿Cómo iba a poder guiarme hacia la senda correcta en la vida? Solo entonces logré tener algo de discernimiento sobre mi mamá y dejé de culparme por no cumplir con sus exigencias.

En 2018, un judas me vendió por mi fe en Dios. Agentes de la Brigada de Seguridad Nacional fueron a mi casa a arrestarme, pero como yo estaba haciendo mi deber en otro lugar, eludí el desastre. Desde entonces no me he atrevido a volver a casa. Libre de la presión de mis padres para casarme, pude dedicarme más de corazón a mi deber, y logré comprender la verdad mucho mejor que antes.

En 2024, Dios compartió y diseccionó el punto de vista falaz de que “Un padre nunca se equivoca”. Me conmovió mucho cuando lo leí. Dios Todopoderoso dice: “‘Un padre nunca se equivoca’. ¿Y qué significa este dicho? Significa que, sin importar si tus padres tienen o no razón, básicamente como tú naciste de ellos y te criaron, en lo que a ti respecta, todo lo que hacen es correcto. No puedes juzgar si tienen o no razón, ni puedes rechazarlos, ni mucho menos oponerte a ellos. Esto se denomina piedad filial. Aunque tus padres se hayan equivocado, e incluso si algunas de sus ideas y puntos de vista son anticuados o erróneos, o si la manera en la que te educan y las ideas y los puntos de vista con los cuales lo hacen no son correctos ni positivos, no debes dudar de ellos ni rechazarlos, porque ya lo dice el dicho: ‘Un padre nunca se equivoca’. Cuando se trata de los padres, jamás debes discernir ni evaluar si tienen o no razón, porque en lo que respecta a los hijos, su vida y todo cuanto poseen proviene de sus padres. No hay nadie por encima de tus padres, así que, si tienes conciencia, no debes criticarlos. Por muy errados o equivocados que estén, o por muy imperfectos que sean, siguen siendo tus padres. Son las personas más cercanas a ti, quienes te criaron, la gente que mejor te trata y que te dio la vida. ¿Acaso no acepta todo el mundo este dicho? Y precisamente porque existe esta mentalidad, tus padres piensan que pueden tratarte de forma inescrupulosa y usar diversos métodos para inducirte a hacer toda clase de cosas e inculcarte distintas ideas. Desde su punto de vista, piensan: ‘Mis motivos son correctos, esto es por tu bien. Todo lo que tienes te lo he dado yo. Naciste de mí y yo te crie, así que, te trate como te trate, no estoy equivocado, porque todo lo hago por tu bien y no te lastimaría ni te perjudicaría’. Desde la perspectiva de los hijos, ¿es correcto que su actitud hacia los padres se base en el dicho ‘Un padre nunca se equivoca’? (No, no es correcto). Sin duda que no es correcto. […] ¿Cómo debemos contemplar este asunto de acuerdo con la verdad? ¿Cuál sería la forma correcta de expresarlo? ¿Son los padres los que les dan a los hijos su cuerpo y su vida? (No). El cuerpo carnal de una persona nace de los padres, pero ¿de dónde proviene la capacidad de estos de tener hijos? (La concede Dios y proviene de Él). ¿Y el alma de una persona? ¿De dónde viene? También viene de Dios. Entonces, en origen, las personas son creadas por Dios, y todo esto lo ha predestinado Él. Fue Dios el que predestinó que nacieras en esta familia. Él envió un alma a esta familia, y así naciste tú en ella; tienes este vínculo predestinado con tus padres, cosa que Dios predeterminó. A causa de la soberanía y la predestinación divinas, tus padres pudieron tenerte y tú naciste en esta familia. Así son las cosas en su origen(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (13)). “Todos los que viven en esta raza humana maligna aceptan las diversas ideas y puntos de vista que abundan en este mundo malvado, ya sea en cuanto a palabras o pensamientos, o en lo formal o ideológico, y aceptan toda clase de ideas satánicas, ya sea a través de la educación estatal o el condicionamiento de la moral social. Estas cosas no concuerdan con la verdad en absoluto. No hay verdad en ellas, y sin duda la gente no entiende qué es la verdad. Desde este punto de vista, padres e hijos son iguales y comparten las mismas ideas y opiniones. Es solo que tus padres las aceptaron veinte o treinta años antes, mientras que tú lo hiciste un poco más tarde. Es decir, dados los mismos antecedentes sociales, siempre y cuando seas una persona normal, tanto tú como tus padres han aceptado la misma corrupción de Satanás, el condicionamiento de la moral social y las mismas ideas y puntos de vista que derivan de diversas tendencias sociales malvadas. Desde esta perspectiva, los hijos son de la misma clase que sus padres. […] Y en virtud del estatus especial de los padres, los hijos deben guardar esta relación filial y cumplir con las obligaciones que tienen frente a sus padres. Esta es la única responsabilidad que tiene una persona respecto a sus padres. Sin embargo, como padres e hijos son todos parte de la misma raza humana corrupta, los primeros no son ejemplos morales para los segundos, ni son un referente o modelo a imitar para la búsqueda de la verdad por parte de los hijos, ni tampoco son un modelo a imitar en lo atinente a venerar y someterse a Dios. Ciertamente, los padres no son la encarnación de la verdad. Las personas no tienen ninguna obligación ni responsabilidad de considerar a sus padres como ejemplos morales y figuras a las que se debe obedecer en forma incondicional. Los hijos no deben tener temor a discernir la conducta, las actuaciones y la esencia-carácter de sus padres. Es decir, en lo relativo a tratar a sus padres, las personas no deben atenerse a ideas y puntos de vista tales como: ‘Un padre nunca se equivoca’. Este punto de vista se basa en el hecho de que los padres tienen un estatus especial, puesto que naciste de ellos con la predestinación de Dios y son veinte, treinta o incluso cuarenta o cincuenta años mayores que tú. Solo se diferencian de los hijos desde la perspectiva del vínculo de carne y hueso, en términos de su estatus y posición en la jerarquía familiar. No obstante, a causa de esta diferencia, la gente considera que sus padres no tienen defecto alguno. ¿Es esto correcto? Es incorrecto, irracional y no concuerda con la verdad(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (13)).

A través de las palabras de Dios, entendí que “Un padre nunca se equivoca” es una idea equivocada que Satanás nos inculca mediante la educación familiar y el condicionamiento social. Nos hace sentir que nuestros padres son las personas más allegadas a nosotros y quienes más nos quieren, por lo que deberíamos aceptar de forma incondicional todo lo que nos enseñan. Nunca nos ponemos a pensar si lo que dicen es correcto; simplemente creemos que todo lo que hacen los padres es por nuestro bien. Sentimos que los hijos no deberían juzgar si sus padres tienen o no la razón, sino limitarse a obedecer sin condiciones. Estos pensamientos e ideas hacen que escuchemos y obedezcamos a nuestros padres sin ningún principio. Esta es una devoción filial ciega, y nos lleva por la senda equivocada. Yo había estado viviendo según el punto de vista de que “Un padre nunca se equivoca”. Creía que, sin importar lo que mis padres hicieran, era por mi propio bien; que me querían más que nadie en el mundo y que nunca me harían daño. Aceptaba todo lo que decían de forma incondicional y sin principios. Nunca intenté discernir si sus normas para comportarse y actuar estaban bien o mal; solo confiaba en ellos ciegamente y los obedecía. A través de las palabras de Dios, entendí que mis padres, al igual que yo, son personas que han sido corrompidas por Satanás. Sus ideas y perspectivas también provienen de Satanás. Lo que dicen no es la verdad y no siempre es correcto. No debería obedecer a ciegas todo lo que mis padres dicen, ni tratar sus palabras ni someterme a ellas como si fueran la verdad. Pensé en cómo mi mamá creía en el Señor Jesús, pero en realidad era creyente solo de nombre. En su forma de pensar, creía que “Los hombres, al llegar a cierta edad, deben casarse; y las mujeres también”. Creía que una mujer adulta debía casarse, formar una familia y vivir una vida que girara en torno a su familia, su esposo y sus hijos; que esta era la única manera de llevar una vida normal. Veía la fe en Dios como una simple creencia, algo que no debía interferir con la vida diaria. Por eso no dejaba de presionarme para que me casara rápido y no quería que yo creyera en Dios ni realizara mi deber. A ella no le importaba la calidad humana ni la humanidad del hombre con el que yo me pudiera casar. Su actitud hacia mi matrimonio era muy irresponsable. Incluso estaba dispuesta a que me casara con un hombre discapacitado, o a que me casara y divorciara varias veces, solo para proteger su propio orgullo y evitar que la gente dijera que tenía una hija mayor soltera. Mi mamá también quería usar el matrimonio para obstaculizar mi fe en Dios. Si le hubiera hecho caso, solo me habría alejado cada vez más de Dios y, al final, habría arruinado mi vida. La obra de Dios en los últimos días para salvar a las personas es una oportunidad única e increíblemente rara. El hecho de que no esté casada y no tenga ataduras familiares, lo que me permite recorrer fácilmente la senda de la fe, es algo bueno. Poder seguir a Dios y hacer el deber de un ser creado es lo más valioso y lo que más sentido tiene. Esta fue la decisión más correcta que pude haber tomado.

Más tarde, leí más palabras de Dios y aprendí cómo debía tratar a mis padres. Dios dice: “Al tratar a tus padres, primero deberías dejar a un lado este vínculo de sangre de forma racional y discernir sobre ellos utilizando las verdades que ya has aceptado y comprendido. Discierne sobre tus padres sobre la base de sus pensamientos, puntos de vista y motivaciones con relación a cómo actuar y comportarse y sobre sus principios y formas de actuar y comportarse, lo que confirmará que ellos también son personas corrompidas por Satanás. Contémplalos y discierne sobre ellos desde la perspectiva de la verdad, en lugar de pensar siempre que son nobles, desinteresados y amables contigo; si los observas así, jamás descubrirás qué problemas tienen. No contemples a tus padres desde la perspectiva de los lazos familiares o tu papel de hijo o hija. Apártate de esta esfera y observa cómo lidian con el mundo, con la verdad y con las personas, los acontecimientos y las cosas. Además, más en concreto, fíjate en las ideas y los puntos de vista con los que tus padres te han condicionado en cuanto a cómo deberías contemplar a las personas y las cosas, y comportarte y actuar; así es como debes reconocerlos y discernir sobre ellos. De esta manera, su calidad humana y el hecho de que han sido corrompidos por Satanás se aclararán poco a poco. ¿Qué clase de personas son? Si no son creyentes, ¿qué actitud tienen hacia las personas que sí creen en Dios? Si lo son, ¿cuál es su actitud hacia la verdad? ¿Son gente que persigue la verdad? ¿La aman? ¿Les agradan las cosas positivas? ¿Cuál es su perspectiva sobre la vida y el mundo? Etcétera. Si puedes discernir sobre tus padres en función de estas cosas, tendrás una idea clara. Una vez que estas cuestiones estén claras, el estatus de elevados, nobles e inquebrantables que tienes en mente sobre tus padres cambiará. Y cuando eso suceda, el afecto maternal y paternal que ellos demuestran, junto con sus palabras y actos concretos y esa imagen elevada que tienes de ellos, ya no estarán tan profundamente arraigados en tu mente(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (13)). A través de las palabras de Dios, entendí que debo tener principios al tratar a mis padres y discernimiento sobre lo que dicen. Ellos también son seres humanos corruptos, y sus pensamientos y perspectivas están llenos de los diversos venenos de Satanás. Si lo que dicen mis padres concuerda con la verdad, puedo escucharlos. Si no, no puedo obedecer. La forma más precisa es contemplar a las personas y las cosas, y comportarme y actuar de acuerdo con las palabras de Dios. El punto de vista de mi mamá era que, si te llevas bien en el matrimonio, sigues con tu pareja, y si no, te divorcias. Para ella, poder encontrar más parejas era una señal de ser capaz. Su punto de vista sobre el matrimonio estaba distorsionado e iba en contra de los requisitos de Dios. No debería obedecerla a ciegas. Al mismo tiempo, también comprendí que el matrimonio está sujeto a la soberanía y las disposiciones de Dios; está preordinado por Él. No tiene nada que ver con las preferencias personales ni con las expectativas de los padres. No debería vivir para cumplir los deseos de mis padres, ni tratar sus expectativas como mi carga. La actitud correcta hacia mi propio matrimonio es someterme a la soberanía y las disposiciones de Dios.

Mirando hacia atrás, durante estos años estuve influenciada por la idea de que “Un padre nunca se equivoca”. Siempre pensé que todo lo que mis padres hacían era correcto y por mi propio bien, y los obedecía a ciegas. Incluso si su forma de hacer las cosas iba en contra de mis deseos, aun así actuaba en contra de mi voluntad para cumplir con sus exigencias y, cuando no podía cumplir con sus expectativas, me sentía en deuda con ellos. Fue a través de las palabras de Dios que poco a poco logré obtener discernimiento sobre la idea falaz de que “Un padre nunca se equivoca”, encontré la forma correcta de tratar a mis padres y sentí mi espíritu liberado. Ahora puedo dedicarle más tiempo y energía a mi deber, y pasar los mejores años de mi vida persiguiendo la verdad. Todo esto es gracias a la guía de Dios. ¡Gracias a Dios!

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