La senda para no aparentar

31 Ene 2022

Por Margarita, Corea del Sur

A principios de 2021 me eligieron líder de equipo, responsable de la labor de riego de varios equipos. Entonces pensé que me habían elegido para ese puesto por tener cierta aptitud y capacidad, por entender la verdad y la entrada en la vida mejor que la mayoría de los hermanos y las hermanas. Creía que tenía que dotarme de la verdad y volcarme en cumplir correctamente con el trabajo para que todos vieran que era capaz de hacerlo.

Al principio no conocía el trabajo, por lo que, cuando surgían cosas nuevas que no captaba del todo, se las preguntaba al líder o a los hermanos y las hermanas con quienes trabajaba. Suponía que, al ser nueva en esa labor, todos entenderían que habría cosas que no sabría y que buscar más podría ayudarme a madurar antes; así, les daría a todos buena impresión y considerarían que buscaba la verdad con sinceridad. Sin embargo, más tarde, no dejaba de toparme con muchos problemas y dudaba si preguntar. Por entonces llevaba un tiempo en ese deber; por tanto, ¿qué opinarían de mí si hacía constantemente tantas preguntas? ¿Pensarían que no tenía buen calibre, que no sabía resolver ni los problemas sencillos y que no era idónea para ese trabajo como líder de equipo? Así, después, cuando me encontraba con otros problemas que no captaba del todo, no podía dejar de pensar si valía la pena preguntarles, si era sensato preguntar. Me preocupaba que mi mentalidad pareciera simple. Si algunos problemas no me parecían complicados, no preguntaba, sino que trataba de resolverlos yo misma. En consecuencia, cada vez se acumulaban más problemas y bastantes de ellos no se resolvían a tiempo. Esto hizo que me preocupara cada vez más de que todo el mundo pensara que no era adecuada como líder de grupo. En las reuniones, sobre todo si mi líder estaba presente, al comunicar las palabras de Dios, me preocupaba constantemente: “¿Enseño de forma práctica? ¿Es puro mi entendimiento?”. Observaba las reacciones de todos tras mi enseñanza, y si alguien desarrollaba algo de lo que yo había dicho, eso significaba que mi enseñanza había llegado al corazón, que tenía esclarecimiento, que yo tenía un entendimiento puro de las palabras de Dios y podía ocuparme de ese trabajo. Pero me sentía fatal si nadie respondía cuando yo terminaba de hablar. Tiempo después, empecé a sentir que el deber me agotaba mucho. Siempre me preocupaba por todo lo que había dicho, toda opinión que había expresado, y no podía relajarme. Quería cumplir bien con el deber, pero estaba continuamente en ascuas y no maduraba ni aprendía nada.

Me presenté ante Dios para orar y buscar, y leí un pasaje de Sus palabras: “Las personas son, por naturaleza, seres creados. ¿Pueden los seres creados alcanzar la omnipotencia? ¿Pueden alcanzar la perfección y la impecabilidad? ¿Pueden alcanzar la destreza en todo, llegar a entenderlo todo, ver todo con claridad y ser capaces de cualquier cosa? No pueden. Sin embargo, dentro de las personas hay un carácter corrupto, una debilidad fatal: en cuanto aprenden una habilidad o profesión, sienten que son capaces, que tienen estatus y valor, que son profesionales. Sin importar cuál sea su verdadera valía, quieren presentarse como personas famosas o excepcionales, convertirse en figuras en cierto modo conocidas y hacer creer a los demás que son perfectas, impecables y que no tienen un solo defecto. Desean que las vean capaces, poderosas, excepcionales o como personas famosas y grandes, con una imagen importante e imponente, con la capacidad de hacer cualquier cosa y sin que haya nada que no puedan lograr. Creen que si pidieran ayuda parecerían incapaces e inferiores y la gente las despreciaría. Por eso siempre quieren mantener las apariencias. Algunos, cuando se les pide que hagan algo, dicen que saben hacerlo, cuando en realidad no saben. Después, a escondidas, lo consultan e intentan aprender a hacerlo, pero resulta que, tras estudiarlo varios días, siguen sin entender cómo llevarlo a cabo. Cuando se les pregunta cómo lo llevan, dicen: ‘¡Ya casi está, falta poco!’. Pero en su corazón piensan: ‘Todavía falta muchísimo, no tengo ni idea, ¡no sé qué hacer! No puedo delatarme, he de seguir fingiendo, no puedo dejar que la gente vea mis fallos y mi ignorancia. No puedo dejar que me menosprecien’. ¿De qué problema se trata? Sufrir solo para guardar las apariencias a toda costa. ¿Qué tipo de carácter es este? La arrogancia de estas personas no tiene límite, han perdido toda razón. No quieren ser personas promedio, no quieren ser gente corriente, gente normal, sino superhumanos, personas excepcionales o gente capaz. ¡Este es un problema descomunal! En cuanto a las debilidades, deficiencias, ignorancia, estupidez y falta de entendimiento dentro de la humanidad normal, lo ocultan todo y no dejan que otras personas lo vean; siguen simulando. […] ¿Las personas de este tipo no viven siempre en una nebulosa? ¿No están soñando? No se conocen a sí mismas, no saben quiénes son y no saben cómo vivir una humanidad normal. Nunca han hecho lo que los seres humanos deberían hacer de una manera centrada, ni han vivido jamás como una persona normal. Siempre viven en una nebulosa, de una manera atolondrada; no hacen las cosas con los pies en la tierra, sino que siempre viven según sus figuraciones. Esto es un problema. No saben cómo comportarse, y la senda de vida que han elegido es incorrecta(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Las cinco condiciones que hay que cumplir para emprender el camino correcto de la fe en Dios). Entendí un poco mi estado al recapacitar sobre esto. Me daba demasiada importancia porque creía que me habían elegido líder de equipo por tener cierta aptitud y capacidad de trabajo. Al percibirme de esa forma, me empezó a importar lo que opinaran de mí y quise demostrar cuanto antes que daba la talla. Así, cuando me encontraba con más problemas y dificultades en el deber, no podía limitarme a plantearlos, sino que siempre me preocupaba que la gente me descubriera y dijera que me faltaba aptitud y que no daba la talla. Empecé a llevar una máscara: callaba cuando surgían problemas y resolvía yo sola las cosas. Por ello, no atendía muchos problemas en mi deber, lo que demoraba nuestro trabajo y afectaba mi estado. Perdí claridad mental y comencé a confundirme en cosas que antes comprendía. Repensaba constantemente lo que enseñaba en las reuniones por miedo a que me despreciaran si no eran cosas buenas. Me sentía limitada a cada paso. Comprendí que la culpa era toda mía. Era muy arrogante e irracional y no sabía afrontar de manera adecuada mis defectos y deficiencias. Fingía continuamente para que los demás tuvieran una buena opinión de mí. De hecho, ese deber era una oportunidad que me había dado la iglesia para formarme, y de ningún modo implicaba que comprendiera la verdad ni que supiera hacer bien el trabajo. Solo tenía algo de capacidad de comprensión, pero había muchas cosas que no entendía y en las que no tenía experiencia personal. Yo no tenía nada de especial, pero me daba demasiada importancia y fingía ser una eminencia, alguien que comprende la verdad. ¡Me sobrevaloraba tanto! Lo único que debía hacer era tener los pies sobre la tierra y cumplir con mi deber, preguntando a los demás cuando hiciera falta; eso era lo realista y sensato que había que hacer.

Leí un pasaje de las palabras de Dios que me dio algunas estrategias prácticas. Dios dice: “No importa a qué problemas te enfrentes, debes buscar la verdad para resolverlos; no debes en absoluto fingir ni presentar una imagen falsa ante los demás. Ya se trate de tus deficiencias, tus carencias, tus defectos o tus actitudes corruptas, debes abrirte y compartir sobre todas estas cosas. No las mantengas en secreto. Aprender a abrirse es el primer paso para la entrada en la vida y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que hayas superado este obstáculo, será fácil entrar en la verdad. Cuando des este paso, ¿qué significará? Significará que estás abriendo tu corazón, que te estás sincerando y abriendo sobre cada parte de ti —ya sea buena o mala, positiva o negativa— y la estás sacando a la luz para que otras personas y Dios la vean, sin ocultar ni esconder nada a Dios, sin recurrir a ningún fingimiento, mentira o engaño hacia Él, y siendo igualmente sincero con otras personas. De esta manera, vivirás en la luz; no solo Dios te escrutará, sino que otras personas también verán que hay principios y transparencia en tus acciones. No necesitas ningún método para proteger tu reputación, imagen y estatus, ni necesitas ocultar ni encubrir tus errores. No es necesario que hagas estos esfuerzos inútiles. Si puedes dejar de lado estas cosas, tu vida se volverá muy relajada, libre de limitaciones y de dolor, y vivirás completamente en la luz(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Mi reflexión al respecto me ayudó a comprender que, para cumplir con el deber de forma relajada y sin ansiedad, el primer paso era aprender a sincerarme sobre mis fallos y dejar de ponerme una máscara. Tenía que practicar la verdad y ser honesta. Solo era una persona corrupta que apenas comprendía la verdad, por lo que, naturalmente, había muchos asuntos que no captaba del todo. Era totalmente normal. No había necesidad de fingir y disimular cualquier cosa en pro de mi imagen. El único modo de relajarme en el deber era renunciar al orgullo y buscar abiertamente guía y comunicación si tenía preguntas. Descubrir esto me esclareció el corazón y empecé a centrarme en practicarlo. Cuando no estaba segura de algo, tomaba la iniciativa de preguntarlo; cuando daba una opinión, era mi opinión sincera, y solo comunicaba sobre lo que sabía. Al poner esto en práctica, poco a poco empecé a entender cosas que antes no entendía, y fui capaz de descubrir y subsanar los errores en el deber. Me hice además una idea más sólida de mis propios defectos. Por fin me había dado cuenta de que es bueno que te vean tal como eres, que eso ayuda a comprender principios verdad y a descubrir los propios fallos. En este punto me sentí mucho más libre y después pude cumplir normalmente con el deber.

Poco después, a los grupos de los que era responsable les iba muy bien en la vida de iglesia y, los hermanos y las hermanas querían hablar conmigo de sus problemas, pero, sin saberlo, me había vuelto a fijar en lo que opinaba la gente de mí. Una vez, en una reunión de colaboradores, una líder planteó unos problemas de nuestra iglesia y nos pidió opinión. Pensé: “Aquí hay un montón de hermanos y hermanas y podría aportar algunas ideas específicas que demostrarían mi capacidad”. Sin embargo, reflexioné mucho sin sacar nada en limpio. Justo entonces, la líder me preguntó mi opinión. Tartamudeé un largo rato y luego sugerí algo ambiguo. Enseguida, otras dos hermanas compartieron su opinión y sus sugerencias eran opuestas a las mías. Lo que dijeron estaba muy bien razonado y la líder se mostró de acuerdo. Me sentí incómoda al instante, pues pensaba que no solo no había quedado bien, sino que había quedado mal. ¿Qué opinaría de mí la líder? ¿Creería que no tenía ni idea de algo tan sencillo, que no había madurado nada? Los siguientes días hubo problemas en los grupos de los que era responsable. Como no los entendía, debería haber buscado ayuda inmediata, pero me pregunté si no parecería que era incapaz en mi trabajo si hacía todas aquellas preguntas. ¿Acaso no se hundiría la buena imagen que me había forjado? Por otro lado, sabía que los problemas sin resolver dificultarían nuestra labor, así que improvisé una estrategia: dividir las preguntas y hacérselas a distintas personas para que se resolvieran los problemas sin que pareciera que estaba preguntando demasiado y que no sabía nada. Con este disimulo, mi estado se deterioró cada vez más. Se me nubló más el pensamiento y empecé a tener dificultades en muchas cosas. Reflexioné entonces y entendí que, al no tener ni idea de cosas que antes sí sabía, debía haber un problema con mi estado. Por ello, me presenté a orar ante Dios: “Dios mío, es obvio que tengo problemas, pero no me atrevo a ser honesta y sincerarme sobre mis fallos. Siempre quiero impresionar. ¿Por qué me cuesta tanto preguntar lo que no entiendo? Parece como si tuviera los labios sellados y es agotador cumplir así con el deber. Por favor, guíame para conocer mi corrupción y cambiar”.

Luego leí un par de pasajes de las palabras de Dios que exponían mi estado a la perfección. Dios Todopoderoso dice: “Los seres humanos corruptos saben simular bien. Hagan lo que hagan, o sea cual sea la corrupción que revelen, siempre intentan simular. Si algo sale mal o hacen algo malo, quieren culpar a los demás. Desean ser reconocidos por las cosas buenas y culpar a los demás por las cosas malas. ¿Acaso no se da mucho este fenómeno de simular en la vida real? Demasiado. Equivocarse o simular: ¿cuál de las dos cosas se relaciona con las actitudes corruptas? Simular tiene que ver con las actitudes corruptas, implica un carácter arrogante, perversidad y engaño; Dios lo detesta especialmente. […] Si no intentas fingir ni justificarte, si admites tu error, todos dirán que eres honesto y prudente. ¿Y qué te convierte en prudente? Todo el mundo comete errores. Todo el mundo tiene carencias y defectos. Y todo el mundo tiene las mismas actitudes corruptas. No te creas más noble, perfecto y bondadoso que los demás; ¡pensar de esa manera es sumamente carente de razón! Una vez que puedas ver con claridad el carácter corrupto de la gente y el verdadero rostro de su esencia corrupta, y no intentes encubrir tus propios errores ni les reproches a los demás los suyos, y seas capaz de abordar ambas cosas correctamente, solo entonces verás las cosas en profundidad, no harás tonterías y serás una persona prudente. Todos aquellos que están desprovistos de razón no son personas prudentes, son estúpidas. Cada vez que cometen un error o hacen algo absurdo y se los poda, le dan vueltas al asunto y siempre tratan de justificarse y defenderse, mientras se esconden entre bastidores. Es repugnante de presenciar. De hecho, lo que hacen les resulta obvio al instante a otras personas, pero siguen actuando con total descaro. A los demás les parece la actuación de un payaso. ¿Acaso no es estupidez? Sí. La gente estúpida carece de sabiduría. No importa cuántos sermones oigan, siguen sin entender la verdad ni ver nada tal y como es realmente. Nunca se bajan de su púlpito, pensando que son diferentes de todos los demás y son más nobles; esto es arrogancia y sentenciosidad, es estupidez. Las personas estúpidas carecen de comprensión espiritual, ¿verdad? Los asuntos en los que te muestras estúpido e imprudente son aquellos en los que no tienes comprensión espiritual y no puedes entender la verdad fácilmente. Esta es la realidad del asunto(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar la conducta propia de una persona). “Alguna gente siempre trata de ocultar su verdadero ser, siempre se blanquean a sí mismos, siempre simulan para que los demás los tengan en alta estima y no detecten sus defectos o carencias, y siempre quieren presentar ante los demás su mejor costado; ¿qué clase de carácter es ese? Eso es arrogancia, falsedad, hipocresía, es el carácter de Satanás, es algo perverso. Es similar a cómo, por mucho que los miembros del régimen satánico se peleen, se enemisten o se maten en la oscuridad, nadie puede denunciarlos o exponerlos. Temen que la gente vea su rostro demoníaco, y hacen todo lo posible para encubrirlo. En público, se esfuerzan al máximo para blanquearse, diciendo lo mucho que aman al pueblo, lo grandes, gloriosos e infalibles que son. Esta es la naturaleza de Satanás. La característica más notable de la naturaleza de Satanás son las artimañas y los engaños. ¿Y cuál es el objetivo de estas artimañas y engaños? Embaucar a la gente, impedir que vean su esencia y su verdadero rostro, y lograr así el objetivo de prolongar su gobierno. Puede que la gente común carezca de poder y estatus, pero también desea hacer que los demás tengan una visión favorable de ella, que la tengan en alta estima y le otorguen un estatus elevado en su mente. Eso es un carácter corrupto, y si las personas no entienden la verdad, son incapaces de reconocerlo. Las actitudes corruptas son las más difíciles de reconocer. Reconocer tus propios defectos y carencias es fácil, pero reconocer tus actitudes corruptas no lo es. Los que no se conocen a sí mismos nunca hablan de sus estados corruptos; siempre creen que están bastante bien. Y, sin darse cuenta, empiezan a presumir: ‘En todos mis años de fe he sufrido mucha persecución y muchísimas dificultades. ¿Sabéis cómo lo superé todo?’. ¿No es este un carácter arrogante? ¿Cuál es su intención al exhibirse? (Hacer que la gente los tenga en alta estima). ¿Qué objetivo tienen para hacer que la gente los tenga en alta estima? (Tener estatus en la mente de las personas). Cuando tienes estatus en la mente de alguien, durante tus interacciones con él te trata con deferencia y es especialmente educado cuando habla contigo. Siempre te admira y, en todas las cosas, te deja ser el primero, te cede el paso, te adula y te obedece. Te consulta y te deja decidir en todo. Y tú tienes una sensación de gozo con esto: te parece que eres superior y mejor que todos los demás. Esta es la sensación de tener estatus en la mente de alguien; a todo el mundo le gusta disfrutar de esta sensación. Por eso la gente compite por el estatus y todo el mundo desea tenerlo en la mente de los demás, ser estimado e idolatrado por otros. Si no pudieran disfrutar de ello, no irían en pos del estatus(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar la conducta propia de una persona). Meditando las palabras de Dios entendí que, entre mostrar una fachada y cometer errores, es más grave lo primero. Como nadie es perfecto, es completamente normal encontrarse con problemas y equivocarse en el deber, pero tras la fachada están las actitudes satánicas de ser arrogante, astuto y malvado. Lo que más detesta Dios es que siempre ocultes tus imperfecciones y defectos, que dejes ver solamente tu lado bueno para que te respeten y admiren. Una persona realmente prudente sabe afrontar bien sus defectos, equiparse con la verdad y compensar sus carencias. Es una oportunidad de madurar. Sin embargo, los necios e ignorantes carentes de autoconocimiento jamás pueden aceptar sus defectos. Incluso fingen, por lo que los problemas nunca se resuelven y ellos nunca maduran en la vida. Recordando mi conducta, me di cuenta de que yo era uno de los necios arrogantes delatados por Dios. Cuando empecé a lograr algunos resultados en el deber, creía que, en realidad, no era mala y que estaba a la altura de mi labor como líder de equipo. Además, sabía resolver problemas. Por estos motivos, me enaltecía enormemente y me daba mucha importancia. Por ello, ante cosas que no sabía manejar, era cauta e indecisa, pues me preocupaba decir lo que no era y hundir mi buena imagen, así que decidí expresar menos opiniones y preguntar menos. Incluso cuando sí pedía ayuda, elegía preguntas más difíciles para exhibir mis habilidades porque no quería que todos vieran mis dificultades. Incluso manipulaba las cosas y repartía las preguntas entre la gente para que no me descubrieran. Era muy arrogante, astuta y carente de autoconocimiento y fingía de varias maneras para que la gente me admirara. Vaya necia que era, aborrecible para Dios y desagradable para la gente. Ocultaba mis fallos para proteger mi reputación y estatus, con lo que dejaba sin resolver los problemas en el deber. Retrasaba el trabajo de la iglesia. ¿En qué estaba pensando? Qué despreciable y malvada era. Podría aferrarme al puesto a corto plazo a base de fingir, pero Dios lo examina todo y, tarde o temprano, me habría revelado y descartado por engañarlo y por demorar la labor de la iglesia. Se me ocurrió que los anticristos valoran sobre todo el estatus y debido a él no tienen contemplaciones ni siquiera con los intereses de la iglesia. ¿En qué se diferenciaban mi carácter y mis perspectivas sobre la búsqueda de los de un anticristo? ¿Acaso el estatus me beneficiaba en algo? Me hizo renuente a reconocer o afrontar mis fallos y perdí la razón. Ante los problemas, no quería buscar, sino fingir, y era cada vez más astuta. Así pues, terminaría en la senda de un anticristo, para disgusto de Dios, que me descartaría. Eso dañaría la labor de la iglesia y me destruiría. Me di cuenta entonces del peligro de seguir así. Era una alerta para que no continuara cumpliendo de ese modo con el deber.

Leí más palabras de Dios con una senda de práctica y me resultaron aún más liberadoras. Dios dice: “La iglesia asciende y cultiva a algunas personas, con lo cual reciben una bonita oportunidad para formarse. Eso es algo bueno. Se puede decir que han sido elevadas y agraciadas por Dios. Entonces, ¿cómo deben cumplir con su deber? El primer principio al que deben atenerse es el de comprender la verdad; cuando no entiendan la verdad, deben buscarla, y si todavía no entienden después de buscar por su cuenta, pueden encontrar a alguien que sí entienda la verdad y con el que compartir y buscar, lo cual hará que la solución del problema sea más rápida y oportuna. Si solo te concentras en dedicar más tiempo a leer las palabras de Dios por tu cuenta y en pasar más tiempo reflexionando sobre estas palabras, a fin de lograr la comprensión de la verdad y resolver el problema, se trata de un proceso demasiado lento; como dice el refrán: ‘Las soluciones lentas no resuelven las necesidades urgentes’. Si, en lo que respecta a la verdad, deseas progresar rápidamente, entonces debes aprender a cooperar en armonía con los demás, a hacer más preguntas y a buscar más. Solo entonces tu vida crecerá rápidamente y serás capaz de resolver los problemas con prontitud, sin ninguna demora en ninguno de ellos. Ya que acabas de ser ascendido y aún estás en periodo de prueba, y además no posees un auténtico entendimiento de la verdad ni la realidad-verdad —porque aún te falta esta estatura— no pienses que tu ascenso significa que posees la realidad-verdad; no es así. Se te selecciona para el ascenso y el cultivo simplemente porque tienes un sentido de carga hacia el trabajo y posees el calibre de un líder. Has de tener tal razón(La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (5)). Medité sobre esto y descubrí que la iglesia promueve y cultiva a la gente para darle la oportunidad de practicar. Eso de ningún modo implica que comprenda la verdad, sepa resolver cualquier problema y sea apta para que Dios la use. En la práctica encontrará todo tipo de problemas reales, y si sigue buscando y compartiendo, poco a poco empezará a entender distintos aspectos de los principios. Será entonces cuando podrá resolver problemas y cumplir bien con el deber. Sabía que tenía que afrontar debidamente mis fallos y saber quién era, buscar más verdades, debatir y comunicar más con los demás cuando surgiera algún problema y dedicarme a él por entero. Entonces, incluso si un día quedara claro que realmente no tenía aptitud, que no daba la talla en mi trabajo, al menos tendría la conciencia limpia. Sentí gran alivio con esa reflexión. No tenía que continuar fingiendo, sino que debía ser honesta y afrontar directamente mis fallos y defectos.

En nuestros debates posteriores en grupo, procuraba opinar honestamente. Al principio dudaba un poco por temor a decir algo equivocado y mostrar una comprensión superficial y poca aptitud. Sobre todo cuando había problemas que no captaba del todo, mis opiniones no estaban muy claras, y al terminar de hablar me empezaba a palpitar el corazón, preguntándome si alguien me descubriría. Sin embargo, me recordaba que ese era mi nivel real y que no pasaba nada si me menospreciaban. Lo importante es ser una persona honesta ante Dios y mi deber es expresar mis ideas y participar en los debates. Esa es la única manera de vivir tranquila. Después, cuando tenía preguntas en el deber, iba y preguntaba a los demás sus opiniones. De vez en cuando aún me preocupaba que me menospreciaran, pero, cuando pensaba que ocultar mis fallos para proteger mi orgullo podría dañar la labor de la iglesia, me esforzaba por apartarme de aquel impulso y pedir ayuda. Así comencé a entender cosas que antes no entendía y sentía más calma, más paz. A veces, los hermanos y las hermanas tenían una comprensión más precisa que yo y empezaba a preguntarme si todos pensaban que yo no servía, pero entendí que esa no era la forma correcta de enfocarlo. Tenía que aprender de los puntos fuertes de otros para compensar mis puntos débiles. ¿Acaso no es eso un don? Pensándolo así, no me inquietaba, y con el tiempo comencé a sentirme cada vez más libre. Agradezco a Dios que me guiara y me dejara experimentar lo libre de ser honesta, y ahora tengo más fe para poner en práctica Sus palabras.

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