Lecciones aprendidas del fallecimiento de mis padres
Mi papá era famoso en nuestra zona por ser muy buen hijo. De pequeña, a menudo lo oía decir en la mesa: “La devoción filial es la principal virtud. En tu conducta propia, primero debes ser buena hija con tus padres; eso es fundamental. Mira, hasta un cordero recién nacido sabe arrodillarse para mamar, así que quien no es buen hijo con sus padres ¡es peor que un animal! Cuando tu abuela estaba enferma, yo me quedaba despierto toda la noche con ella, noche tras noche. Es más, para cuidar de tus abuelos, ni siquiera consideré casarme hasta que los dos fallecieron”. Eso plantó la semilla de la devoción filial en mi joven corazón, y decidí que, cuando creciera, tenía que ser buena con mis padres, o si no, no tendría conciencia. A los diecisiete años, el PCCh arrestó a mi papá por su fe en Dios Todopoderoso y lo condenó a dos años de reeducación a través del trabajo. Yo trabajaba fuera de casa entonces. De vez en cuando, visitaba a mi papá en el campo de trabajo, le llevaba comida y enviaba a casa lo que quedaba de mi sueldo para ayudar. Después de casarme, les compraba a mis padres ropa, sorpesas especiales y cosas así cada Año Nuevo chino. Más tarde, empecé a creer en Dios y realizaba mi deber lejos de casa. Mis padres me apoyaron mucho e incluso me dieron dinero. Me sentía muy mal por ello y pensaba: “Mis padres me criaron, así que ahora debería ser yo quien los cuidara. En lugar de eso, siguen cuidando de mí…”. En aquel entonces, siempre esperaba que el PCCh colapsara para poder volver a casa y cuidar bien de mis padres en su vejez. Pero la persecución del PCCh a los cristianos se hizo cada vez más severa. Nuestra familia era muy conocida en la zona por nuestra fe en Dios, y mi papá tenía antecedentes policiales, así que nos convertimos en un objetivo clave para el PCCh. En 2016, huí a un país democrático en el extranjero para creer en Dios y hacer mi deber. Siempre que tenía un momento de tranquilidad, me imaginaba a mis padres despidiéndose de mí cuando me fui del país. Ese recuerdo siempre me hacía doler el corazón. Me sentía muy culpable por no poder estar allí para cuidarlos bien, sobre todo a medida que envejecían.
En el verano de 2019, le escribí a una líder de la iglesia de mi país para preguntar por mi familia. Un tiempo después, recibí una respuesta que decía que mi papá había fallecido de una enfermedad hacía unos años. Simplemente no podía creerlo. Las lágrimas caían por mi cara sin control. La líder del equipo me leyó algunos pasajes de las palabras de Dios sobre Su soberanía, pero mi mente estaba llena de recuerdos del cuidado amoroso de mi papá en casa, y no pude asimilar nada de su plática. Cuando salí de la habitación, el cielo estaba encapotado, y era como si el mundo se hubiera quedado sin color. Regresé a mi casa sintiendo que se me había ido el alma. Mi mente estaba ocupada por el rostro cariñoso de mi papá, y él me preguntaba: “¿Qué te apetece comer? ¿Cómo te está yendo allá?”. Pero nunca volvería a oír su voz. Cuanto más lo pensaba, más destrozada me sentía, y no pude evitar romper a llorar. En esos días, los recuerdos de la bondad de mi papá hacia mí seguían inundando mi mente. Cuando estaba en la primaria, mi papá a menudo me daba dinero para chucherías y nunca me dejaba hacer las tareas del hogar. Después de casarme, mi papá me predicó el evangelio de Dios Todopoderoso. Juntos cantábamos himnos y hablábamos sobre nuestro entendimiento vivencial. Después de que me fui de casa para hacer mi deber, mis padres me apoyaron mucho y a menudo me ayudaban económicamente. Cada vez que volvía, siempre me preparaban todo tipo de comidas nuevas y deliciosas y me consentían. Mi papá había sido muy bueno conmigo y se había ido antes de que tuviera la oportunidad de retribuírselo. Sentía muchísima culpa y reproche hacia mí misma. Incluso lamenté haberme casado tan pronto y haber estado tan ocupada con mi deber que no estuve allí para ser buena hija con él. Ahora él se había ido, y yo había perdido cualquier oportunidad de enmendarlo. Mi corazón estaba lleno de arrepentimiento, culpa y reproche hacia mí misma, y no tenía corazón para mi deber. En ese momento, estábamos ensayando una escena cómica. Se suponía que yo debía abrir una puerta y gritar: “Tío, ¡ya llegué!”. Pero, durante el ensayo, abrí la puerta y grité: “Papá, ¡ya llegué a casa!”. Las lágrimas rodaron al instante por mi cara y no pudimos seguir ensayando. Durante ese período, aunque hacía mi deber todos los días, sentía el corazón hueco. Estaba distraída en todo lo que hacía y simplemente no podía encontrar energía para ensayar. Me di cuenta de que mi estado no era correcto, así que oré a Dios: “Dios, mi papá ha fallecido, y siento que he perdido mis raíces. Mi corazón está sumido en una tristeza enorme. No sé cómo experimentar esto. Por favor, guíame para entender Tu intención”.
Mientras buscaba, leí un pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a ver con claridad la muerte de mi papá. Dios Todopoderoso dice: “Si el nacimiento de uno fue destinado por su vida anterior, entonces su muerte señala el final de ese sino. Si el nacimiento de uno es el comienzo de su misión en esta vida, entonces la muerte señala el final de esa misión. Como el Creador ha establecido una serie fija de circunstancias para el nacimiento de cada persona, sin duda Él también ha organizado una serie fija de circunstancias para su muerte. En otras palabras, nadie nace por azar, ninguna muerte es repentina, y tanto el nacimiento como la muerte están necesariamente conectados con las vidas anterior y presente de uno. Cómo son las circunstancias del nacimiento de uno y cuáles son las circunstancias de su muerte están relacionadas con las preordinaciones del Creador; este es el porvenir de una persona, su sino. Como hay muchas explicaciones para el nacimiento de una persona, también debe haber necesariamente diversas circunstancias especiales para la muerte de una persona. Así, surgieron entre la especie humana distintas duraciones de la vida de las personas y distintas formas y momentos de su muerte. Algunos son fuertes y sanos, pero mueren jóvenes; otros son débiles y enfermizos, pero viven hasta la vejez y fallecen apaciblemente. Algunos mueren por causas no naturales; otros, por causas naturales. Algunos mueren lejos de casa, otros cierran los ojos por última vez con sus seres queridos a su lado. Algunos mueren en el aire, otros bajo tierra. Algunos se ahogan en el agua, otros perecen en desastres. Algunos mueren por la mañana y otros por la noche… Todo el mundo quiere un nacimiento ilustre, una vida brillante y una muerte gloriosa, pero nadie puede sobrepasar su propio porvenir, nadie puede escapar de la soberanía del Creador. Este es el sino humano” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único III). Por las palabras de Dios entendí que la vida y la muerte de todos han sido preordinadas por Él hace mucho tiempo; cada uno tiene su propio porvenir. El fallecimiento de mi papá no fue repentino. Su tiempo se había acabado. Cuando le llegó la hora de irse, se fue. Esta es una ley preordinada por Dios que nadie puede cambiar, y yo no podría haber cambiado ese hecho, incluso si siempre hubiera estado a su lado. De hecho, no es solo mi papá. Desde el momento en que nacemos, todos estamos destinados a dejar este mundo algún día. Es solo que el momento y la manera en que cada persona se va es diferente. Algunos mueren de viejos, otros se ahogan, y otros mueren de una enfermedad repentina. Estas son cosas que nadie puede predecir ni evitar. Todas son preordinaciones de Dios. Debemos someternos a la soberanía de Dios y tratar la vida y la muerte correctamente. Darme cuenta de esto trajo algo de paz a mi corazón, y poco a poco pude tranquilizar mi corazón y hacer mi deber.
En octubre de 2022, me enteré por una hermana de mi país que mi mamá también había fallecido unos años antes. Se me rompió el corazón. Recordé lo que mi mamá me preguntó cuando me fui del país: “Hija querida, ¿será que nunca más te volveré a ver antes de morir?”. Nunca imaginé que esas palabras se harían realidad. Aunque había leído algunas de las palabras de Dios sobre cómo tratar la muerte cuando mi papá falleció, y podía aceptar su partida, ese sentimiento de que “la hija quiere cuidar a sus padres, pero los padres ya no están” se hacía cada vez más fuerte. La culpa que sentía hacia mis padres era como un nudo en mi corazón que simplemente no podía desatar. En particular, cuando pensaba en cómo no estuve allí para cuidarlos cuando estaban enfermos, me sentía muy culpable, aunque no hubiera podido hacer mucho. Quizás, incluso con solo estar con ellos y leerles las palabras de Dios podría haber aliviado un poco su soledad y su dolor. Pero se fueron antes de que tuviera la oportunidad de cuidarlos bien de verdad, y no pudieron verme por última vez antes de morir. No estuve con mis padres cuando murieron, así que mis parientes seguramente me llamarían una desgraciada ingrata y dirían que mis padres habían malgastado su amor en mí. Cuanto más lo pensaba, más desdichada me sentía. Los recuerdos se repetían en mi mente, uno tras otro, como una película. En ese momento, estábamos filmando una película. Había dos tomas sencillas para las que simplemente no podía meterme en el personaje y, al final, tuvimos que dejar de filmar. Los hermanos y hermanas vieron que mi estado no era el correcto y me recordaron: “Una escena como esta no debería ser difícil para ti. Tómate un tiempo para ajustar tu estado, y lo intentaremos de nuevo más tarde”. Durante ese período, el fallecimiento de mis padres se convirtió en lo que más me dolía en el corazón. A veces, ver a hermanos y hermanas que tenían más o menos la edad de mis padres me hacía pensar en ellos. Me dolía el corazón, y empezaba a llorar sin darme cuenta. Incluso soñaba con ellos y me despertaba llorando en mitad de la noche. Luego me quedaba despierta durante horas, mientras sus rostros y voces aparecían en mi mente, y sentía que les debía mucho. Este arrepentimiento agobiaba mi corazón como una piedra pesada, hasta que un día, Dios habló sobre la verdad de ser buenos hijos con los padres, y mi corazón por fin se iluminó.
Dios Todopoderoso dice: “Algunos padres tienen la bendición y el sino de poder disfrutar de la alegría doméstica y de un hogar lleno de hijos y nietos. Esto es la soberanía de Dios y una bendición que Él les concede. Otros padres no tienen este sino: Dios no lo ha dispuesto para ellos. No tienen la bendición de disfrutar de una familia feliz ni de estar rodeados de sus hijos. Esto es la instrumentación de Dios y la gente no puede forzarla. Pase lo que pase, al final, en lo que respecta a la devoción filial, las personas deben al menos tener una mentalidad de sumisión. Si el entorno lo permite y cuentas con los medios para hacerlo, puedes mostrar respeto filial hacia tus padres. Si el entorno no lo permite y te faltan los medios, no intentes forzarlo. Esto es la sumisión. ¿De dónde proviene esta sumisión? ¿Cuál es el fundamento de la sumisión? Se basa en que todas estas cosas están dispuestas por Dios y bajo Su soberanía” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es la realidad-verdad?). “Si de verdad crees que todo está en manos de Dios, debes creer que la cuestión de las adversidades que sufren y de cuánta felicidad disfrutan a lo largo de la vida también está en manos de Dios. No va a cambiar nada que seas o no un buen hijo, tus padres no sufrirán ni más ni menos porque lo seas o no. Dios predestinó su suerte hace mucho, y nada cambiará en función de tu actitud hacia ellos o de la profundidad de los sentimientos que haya entre vosotros. Ellos tienen su propio porvenir. Al margen de que sean pobres o ricos a lo largo de su vida, de que las cosas entre ellos marchen bien o de la calidad de vida que tengan, los beneficios materiales, el estatus social y las condiciones de vida que disfruten, nada de eso tiene mucho que ver contigo. […] la mayoría de la gente elige irse de casa para hacer su deber, por un lado, por las circunstancias objetivas generales que les obligan a dejar a sus padres y hacen que no puedan permanecer a su lado para cuidarlos y hacerles compañía. No es que elijan dejarlos voluntariamente. Esta es una razón objetiva. Por el otro, en términos subjetivos, no sales a realizar tu deber para eludir tus responsabilidades hacia tus padres, sino por la llamada de Dios. Para cooperar con la obra de Dios, aceptar Su llamada y hacer el deber de un ser creado, no tuviste más remedio que dejar a tus padres; no podías quedarte a su lado para acompañarlos y cuidarlos. No los dejaste con la intención de eludir tus responsabilidades, ¿verdad? Una cosa es eso y otra haber tenido que dejarlos para aceptar la llamada de Dios y hacer tu deber; ¿acaso la naturaleza de ambas cosas no es diferente? (Sí). En tu corazón te preocupas por tus padres y los echas de menos; tus sentimientos no son vacíos. Si las circunstancias objetivas lo permitieran y pudieras permanecer a su lado mientras haces tu deber, entonces estarías dispuesto a hacerles compañía, a cuidar de manera regular de ellos y cumplir con tus responsabilidades. Pero esas circunstancias no se dan, así que debes dejarlos y no puedes quedarte a su lado. No es que no quieras desempeñar tus responsabilidades como hijo, es que no puedes. ¿No es diferente la naturaleza de esto? (Sí). Si dejaste tu hogar para eludir el deber filial y tus responsabilidades, es que no eres buen hijo y careces de humanidad. Tus padres te criaron, pero tú estás deseando levantar el vuelo y marcharte rápido y por tu cuenta. No quieres verlos y, si te enteras de que se hallan en dificultades, no prestas atención alguna. Aunque tengas los medios para ayudarlos, no lo haces; finges no haber oído nada y dejas que los demás digan lo que quieran sobre ti. Simplemente no quieres desempeñar tus responsabilidades. Esto es no ser buen hijo. ¿Pero estamos hablando ahora de lo mismo? (No). Mucha gente ha dejado sus condados, ciudades, provincias o incluso sus países para realizar el deber; ya se encuentran lejos de donde se criaron. Por si fuera poco, no resulta conveniente que contacten con sus familias por diversas razones. A veces preguntan por la situación de sus padres a gente que viene de la misma ciudad y se sienten aliviados al oír que gozan de buena salud y les va bien. De hecho, no es que no seas buen hijo. No es que hayas llegado al punto de no tener humanidad, en el que ni siquiera quieres cuidar de tus padres ni cumplir tus responsabilidades hacia ellos. Es por varias razones objetivas que no puedes cumplir con tus responsabilidades; esto no significa que no seas buen hijo” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (16)). Las palabras de Dios me ayudaron a entender que si los padres pueden disfrutar o no del cuidado filial de sus hijos depende de Su preordinación. Todos esperan tener a sus hijos a su lado y disfrutar de sus últimos años rodeados de hijos y nietos. Pero algunos padres llegan a disfrutar de la compañía y el cuidado de sus hijos, y los tienen a su lado cuando fallecen, mientras que, en otros casos, sus hijos no pueden estar allí para cuidarlos por diversas razones como el trabajo o el matrimonio, y los padres viven su vejez solos. Este es el porvenir que Dios dispone para cada uno. Nadie puede forzarlo y nadie puede cambiarlo. Era el provenir de mis padres que yo no pudiera estar allí para cuidarlos antes de que murieran, y debía someterme a las orquestaciones y disposiciones de Dios. Pero como no entendía la verdad a este respecto, estaba constantemente llena de arrepentimiento y tristeza por no haber estado con ellos. Incluso pensé que, si pudiera retroceder en el tiempo, me habría quedado a su lado y nunca me habría ido. Creía que, si hubiera estado allí para cuidarlos cuando estuvieron gravemente enfermos y fallecieron, podría haber aliviado su dolor. ¡Qué ignorante era! Solo soy un ser creado; no tengo absolutamente ningún poder para cambiar el porvenir de mis padres. Algunos padres disfrutan del cuidado de sus hijos, pero aun así sufren de enfermedades constantes, toman medicamentos todos los días y viven en la desgracia. Otros padres están sanos, pueden cuidarse solos y viven bastante bien aunque sus hijos no estén cerca. Pensé en mi abuela. Mi papá la cuidó con mucho esmero, pero eso no disminuyó ni un poco el dolor de su enfermedad, y al final, aun así, falleció por su enfermedad. Luego pensé en las enfermedades que tuvieron mis padres y en la forma en que murieron; todo eso fue preordinado por Dios hace mucho tiempo. Incluso si yo hubiera estado allí, no habrían soportado ningún sufrimiento menos, y mi cuidado no habría alargado sus vidas ni un solo segundo. Al mismo tiempo, también entendí la diferencia entre ser buena hija y ser mala hija: Si las circunstancias lo permiten, pero los hijos eluden sus responsabilidades e ignoran a sus padres cuando están enfermos o en problemas, eso es ser un mal hijo. Pero si no puedes cuidar de tus padres por circunstancias objetivas fuera de tu control, eso no es carecer de humanidad ni ser un mal hijo. Cuando estaba en casa, hacía lo que podía para aligerar la carga de mis padres. No es que no quisiera ser buena hija; tuve que huir al extranjero por la persecución del PCCh. Esto fue causado por circunstancias objetivas que lo forzaron; no es que fuera mala hija. Entender esto trajo mucha luz a mi corazón, y dejé de culparme y de sentirme triste por no cuidar de mis padres.
Más tarde, reflexioné: “¿Por qué siempre me sentía tan en deuda con mis padres?”. Mientras buscaba, leí las palabras de Dios: “En apariencia, parece que tus padres te engendraron y que fueron ellos los que te dieron la vida carnal. Sin embargo, desde la perspectiva de Dios y desde la raíz de esta cuestión, tu vida carnal no te la concedieron tus padres, porque ellos no pueden crear vida. Dicho de una manera simple, ninguna persona puede crear el aliento del hombre. El motivo por el que la carne de alguien se puede llegar a convertir en una persona es que posee ese aliento. En él reside la vida de un hombre, y es la seña de una persona viva. En la gente existe este aliento y esta vida, y sus padres no son su fuente ni origen. Lo que ocurre es que las personas nacen a través de sus padres, que las engendran; en su origen, esta es la disposición de Dios, Su predestinación. Por tanto, Dios es el Amo de tu vida, no tus padres. Él creó a la humanidad, creó las vidas que hay en ella y les insufló el aliento vital, el origen de la vida del hombre. Por tanto, ¿acaso no resulta fácil de entender la frase ‘Tus padres no son los amos de tu vida’? Tus padres no te concedieron el aliento, y mucho menos la continuación de este. Dios cuida y es soberano sobre todos los días de tu vida. Tus padres no deciden cómo transcurren estos días, si se trata de un día feliz y pasa sin incidentes, a quién conoces o en qué entorno vives a diario. Lo que sucede es que Dios te cuida a través de tus padres; ellos son simplemente las personas que Dios envió para cuidarte. Tus padres no te dieron la vida cuando naciste, por ende, ¿acaso fueron ellos quienes te dieron la vida que te ha permitido vivir hasta ahora? Tampoco es ese el caso. El origen de tu vida sigue siendo Dios y no tus padres” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). “Selecciona una familia para ti; tus antecedentes familiares, tus padres, tus ancestros, todo esto Dios lo decide por adelantado. Por consiguiente, Dios no toma estas decisiones por antojo, sino que más bien empezó esta obra hace mucho. Una vez que Dios ha escogido una familia para ti, también elige entonces la fecha en la que nacerás. Luego Dios te observa mientras naces y llegas al mundo llorando. Contempla tu llegada, te ve cuando aprendes a balbucear, cuando tropiezas mientras aprendes a caminar, paso a paso. Ahora puedes correr, saltar, hablar y expresar tus sentimientos… A medida que las personas crecen, la mirada de Satanás está fija en cada una de ellas, como el tigre que observa detenidamente a su presa. Sin embargo, al hacer Su obra, Dios nunca ha estado sujeto a limitaciones procedentes de ninguna persona, acontecimiento o cosa, de espacio ni de tiempo; hace lo que debería y lo que se propone. Durante tu crecimiento, tal vez te encuentres con muchas cosas indeseables, incluidas enfermedades y obstáculos en el camino. Sin embargo, al caminar por esta senda, tu vida y tu futuro están bajo el cuidado estrecho de Dios. Él proporciona una garantía verdadera para toda tu vida, porque está justo a tu lado, protegiéndote y cuidándote” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). “Todo lo que hace Dios por cada individuo está más allá de toda duda; Él lleva a todo el mundo de la mano, te cuida en cada momento que pasa y jamás ha abandonado tu lado. Dado que las personas crecen en este tipo de entorno y con esta clase de antecedentes, ¿podríamos decir que, en realidad, los seres humanos crecen en la palma de la mano de Dios? (Sí)” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). La razón principal por la que me sentía en deuda con mis padres era que creía que ellos me dieron la vida, me criaron y me cuidaron, así que tenía que ser buena hija con ellos. Pensaba que, si no lo hacía, los estaría defraudando por su bondad al criarme y sería una desgraciada ingrata. Por las palabras de Dios, entendí que mi vida proviene de Él. Dios nos provee a todos de la luz del sol, la lluvia, el aire y el mismísimo aliento de vida. Si Dios me quitara cualquiera de esas cosas, no podría sobrevivir. Y aun antes de que yo viniera a este mundo, Dios ya había escogido a mis padres y a mi familia, y había preordinado el entorno en el que crecería. Desde la niñez hasta la edad adulta, pasando por el matrimonio y los hijos, Dios ha estado a mi lado, velando por mí a cada paso del camino. Mis padres solo me dieron a luz y cumplieron con su responsabilidad de cuidarme, pero no tenían control sobre mi vida. Por ejemplo, cuando tenía dieciocho años, me intoxiqué con monóxido de carbono porque no sabía cómo quemar carbón, y me desmayé. Mis padres no estaban en casa, y fue un vecino quien me sacó afuera, y para cuando llegó la ambulancia, ya estaba empezando a volver en mí. Si no hubiera sido por el cuidado y la protección de Dios, habría muerto hace mucho tiempo. Darme cuenta de esto trajo luz a mi corazón. Todo lo que tengo proviene de Dios, y es Su amor lo que debo retribuir por encima de todo. También me di cuenta de que la causa principal de mi dolor era que no había calado los sentimientos carnales de la familia. De hecho, en el reino espiritual, padres e hijos son individuos separados sin ninguna relación. Es solo que Dios no quiere que la gente viva vidas solitarias en este mundo, así que Él dispone familias, padres e hijos para nosotros. Cuando una persona fallece, esa relación carnal desaparece. Y no soy solo la hija de mis padres; soy un ser creado. Cumplir el deber de un ser creado es mi responsabilidad y mi misión. Entender esta verdad hizo que mi corazón se sintiera mucho más liberado.
Más tarde, leí más palabras de Dios y obtuve algo de discernimiento sobre la idea cultural tradicional de “La devoción filial es la principal virtud”. Dios dice: “Debido a los efectos condicionantes de la cultura tradicional china, según sus nociones tradicionales, el pueblo chino cree que se debe observar una devoción filial hacia los padres, y que aquel que no cumple con la devoción filial es un hijo rebelde. Al pueblo le han inculcado estas ideas desde la infancia y se enseñan en prácticamente todos los hogares, así como en todas las escuelas y en la sociedad en general. Cuando a una persona le han llenado la cabeza de esas cosas, piensa: ‘La devoción filial es más importante que nada. Si no fuera un buen hijo, no sería buena persona; sería un hijo rebelde, la opinión pública me condenaría. Sería alguien sin conciencia’. ¿Es correcto este punto de vista? La gente ha visto muchas verdades expresadas por Dios; ¿acaso Él ha exigido que uno demuestre devoción filial hacia sus padres? ¿Es esta una de las verdades que los creyentes en Dios deben comprender? No, no lo es. Dios solo ha compartido ciertos principios. […] Satanás usa estas culturas tradicionales y estas nociones de moralidad para atar tu corazón y tu mente, haciendo que tus puntos de vista sobre las cosas se tornen absurdos y haciéndote negar a Dios y resistirte a Él en tu corazón, lo que te vuelve incapaz de aceptar las palabras de Dios; tales cosas de Satanás te han poseído y te han hecho incapaz de aceptar Sus palabras. Si quieres practicar las palabras de Dios, estas cosas entrarán en juego y causarán perturbaciones en tu interior, y te harán resistirte a la verdad y a Sus requisitos. Aunque quieras librarte del yugo de la cultura tradicional, te verás impotente para hacerlo. Tras luchar durante un tiempo, cederás. Creerás que las nociones tradicionales de moralidad son correctas y conformes a la verdad, así que rechazarás las palabras de Dios o dudarás de ellas, no aceptarás Sus palabras como la verdad y no te importará si puedes alcanzar la salvación, pues sentirás que, después de todo, aún vives en este mundo, y solo puedes tener un camino a seguir en la vida apoyándote en estas cosas. Incapaz de soportar la condena de la opinión pública, preferirías renunciar a la verdad y a las palabras de Dios, y en cambio aferrarte a las nociones de moralidad de la cultura tradicional, pasándote al bando de Satanás y poniéndote de su lado, optando por ofender a Dios en lugar de aceptar la verdad. Decidme, ¿acaso no es el hombre digno de pena? ¿No tiene necesidad de la salvación de Dios? Algunos han creído en Dios durante muchos años, pero aún no logran desentrañar el tema de la devoción filial. Sin importar cómo se comparta la verdad, no logran entenderlo. Nunca logran superar esta relación mundana; no tienen la valentía, ni la fe, ni mucho menos la determinación, de modo que no pueden amar y someterse a Dios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo conociendo las propias opiniones equivocadas puede uno transformarse realmente). A través del desenmascaramiento de las palabras de Dios, me di cuenta de que otra razón por la que siempre me sentía en deuda con mis padres era que había tomado ideas como “La devoción filial es la principal virtud” y “Una persona no filial es peor que un animal” como los principios para mi conducta propia. Pensaba que solo aquellos que eran buenos hijos con sus padres tenían una conciencia y humanidad, pero este punto de vista no está de acuerdo en absoluto con la verdad. Pensé en los santos a lo largo de la historia que renunciaron a sus padres y familias para seguir a Dios y propagar Su evangelio. Las cosas que hicieron fueron las acciones más justas de la humanidad, y Dios las aprueba y recuerda. Pero yo había sido corrompida y condicionada por la cultura tradicional, y había tratado el ser buena hija con mis padres como lo más importante de todo. Venir al extranjero para realizar mi deber como ser creado y hacer mi parte en la difusión del evangelio del reino es claramente algo positivo, pero como no cuidé de mis padres, me veía a mí misma como una desgraciada ingrata y una mala hija. Mi conciencia a menudo me reprendía, e incluso me arrepentí de haberme ido de casa tan pronto para hacer mi deber. Vi cómo estas nociones culturales tradicionales habían torcido por completo mi sentido de lo correcto y lo incorrecto. Soy un ser creado, y es perfectamente natural y justificado que haga bien mi deber. Pero después de oír que mis padres habían muerto, quedé atrapada en un estado de culpa. Estaba distraída en mi deber, no podía meterme en el personaje al actuar y no sentía ningún reproche hacia mí misma por retrasar el progreso de la película. ¡Eso era la verdadera falta de conciencia! De hecho, el fallecimiento de mis padres fue algo muy normal. Todo el mundo experimenta el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Pero yo estaba estancada en un estado de abatimiento y no podía liberarme, lo cual era una queja silenciosa contra Dios. Solo entonces vi con claridad que la cultura tradicional es una enemiga de Dios. Es veneno. Vivir según ella solo me haría más rebelde y reacia hacia Dios. Al darme cuenta de esto, vi cuán preciosas son estas verdades expresadas por Dios. Solo la verdad puede liberarme de la esclavitud y el daño de Satanás. Después de eso, oré a Dios: “Oh Dios, Satanás me ha corrompido muy profundamente. He estado atada y amarrada por la idea equivocada de ‘La devoción filial es la principal virtud’. He estado atrapada en un estado de culpa hacia mis padres, incapaz de hacer mi deber con seriedad. Ahora entiendo que este es uno de los trucos de Satanás para corromper a la gente. De ahora en adelante, deseo contemplar a las personas y las cosas según Tus palabras, buscar la verdad en todos los asuntos y aferrarme a mi deber”.
Ahora, el fallecimiento de mis padres ya no me afecta. Dedico todo mi tiempo y energía a mi deber. Reflexiono cuidadosamente sobre cada papel que interpreto y ya no dejo que mi estado o sentimientos personales se interpongan en mi deber. Aunque experimentar el fallecimiento de mis padres fue muy doloroso, llegué a entender algunas verdades. Para mí, esto fue la gracia y la salvación de Dios. ¡Gracias a Dios!