Un dolor persistente
En mayo de 2004, a Wu y a mí nos arrestaron cuando volvíamos de una reunión porque un judas nos había vendido. En la comisaría, la policía no dejaba de interrogarme, y me exigía saber quiénes eran los líderes de la iglesia y dónde estaban las ofrendas. Como me negué a hablar, cuatro o cinco agentes me rodearon, mientras me empujaban y golpeaban. Un policía me golpeó agresivamente todo el cuerpo con una vara de bambú de más de un metro de largo y del ancho de un pulgar, mientras me pisoteaba los muslos una y otra vez. Una mujer policía me dio una fuerte bofetada. Me esposaron las manos a la espalda y tiraron de ellas hacia atrás. Apenas podía respirar por la tortura; sentía que me asfixiaba. El sudor me corría por la cara, y se turnaban para golpearme e interrogarme. Sentía un dolor atroz en todo el cuerpo. Ni siquiera podía bajarme los pantalones para ir al baño; una mujer policía tuvo que bajármelos de un tirón. Vi que tenía unos moretones enormes en los muslos y a los lados de los glúteos, de un color morado oscuro, como las berenjenas. Me dolía tanto que ni siquiera podía acuclillarme. Esa noche, al ver que seguía sin hablar, me obligaron a sentarme en el suelo helado y siguieron interrogándome por turnos. No me dejaban moverme ni dormir. La parte baja de la espalda y las piernas se me entumecieron y se me hincharon por el frío. Estaba mareada y la cabeza me palpitaba de dolor. Cada vez que cerraba los ojos, un policía me gritaba. Sentía que ya no aguantaba más, que me iba a morir. Pensé: “Si no digo algo, no me van a dejar ir. No sé qué clase de tortura usarán después. ¿Puedo soportarlo? Si me torturan hasta la muerte, ¿mi fe no habrá sido en vano? ¿Cómo podré ser salvada si muero?”. Así que me inventé algo, con la esperanza de engañarlos, pero no me creyeron en absoluto y siguieron interrogándome.
Alrededor de las cinco o seis de la tarde siguiente, agentes de la Oficina Municipal de Seguridad Pública y de la Brigada de Seguridad Nacional nos llevaron a Wu y a mí a un hotel para continuar el interrogatorio. Las ventanas tenían cortinas opacas y había policías armados haciendo guardia. Al ver esto, sentí un escalofrío. Estaba aterrorizada, no sabía cómo me torturarían después. Oraba a Dios constantemente en mi corazón. La policía me separó de Wu y nos interrogaron por turnos, las 24 horas del día. Me obligaron a sentarme en una silla y no me permitían moverme ni dormir. Si cerraba los ojos, me gritaban insultos. Estaba mareada y desorientada por el tormento. Dos días después, Wu me vendió. Les dijo que yo era la responsable de trasladar las ofrendas. También vendió a varios líderes de distrito, familias de acogida y familias de custodia. Con la confesión de Wu en la mano, un agente me dijo de forma amenazadora: “No sirve de nada que no hables. Ella nos lo ha contado todo. ¿A dónde trasladaste las ofrendas? Encontraremos ese dinero, aunque tengamos que desenterrarlo. Te condenaremos de todos modos, ¡aunque no hables! La Iglesia de Dios Todopoderoso es un objetivo clave de represión para el Estado. Creer en Dios Todopoderoso perturba el orden social. Es ilegal. No nos meteremos en problemas, ¡ni aunque te matemos! Te estamos dando una paliza como esta, así que ¿por qué no viene tu Dios y te salva? ¡No existe ningún Dios!”. Luego, intentaron obligarme a blasfemar contra Dios. Cuando me negué, me dio una fuerte bofetada. Me gruñó violentamente: “¡Tenemos muchas formas de lidiar contigo! Si no hablas, te cortaremos la cara con un cuchillo y te desfiguraremos, luego te meteremos en un saco ¡y te tiraremos al río Huangpu para alimentar a los peces!”. Pensé: “Estos policías perversos son capaces de cualquier cosa. Si realmente me tiran al río, nunca nadie sabrá que morí. No quiero morir ahora mismo. Si muero, ¿no será en vano mi fe? ¿Cómo podré ser salvada entonces? Tal vez solo debería decir algo… Además, Wu ya ha hablado. No importa si lo admito o no”. A continuación, los policías me dijeron las direcciones de las familias de acogida y de custodia que Wu había identificado, junto con las descripciones y los nombres de las hermanas. Lo admití en silencio. Pero el policía me dijo: “Ella lo confesó todo y se va a casa de inmediato. Tú solo has confirmado lo que ella ya nos dijo. No has entregado a ninguna persona ni a ninguna casa. Si no lo haces, te mandaremos a la cárcel igual. ¡Será culpa tuya por tu mala actitud y por negarte a cooperar!”. Pensé que, si decía un poco más, tal vez me dejarían ir o me darían una condena más leve. Así que les di la dirección de otra hermana de acogida. En el momento en que vendí a mi hermana, sentí como si me hubieran hundido en el infierno. No puedo describir ese sentimiento. Quedé completamente exhausta. Me desplomé en el suelo, llorando sin control. Intenté agarrar un cable eléctrico para matarme, pero un policía me inmovilizó la mano con el pie. Estaba llena de remordimiento por haber vendido a mi hermana y, en mi corazón, me maldecía una y otra vez; decía que merecía morir y ser destruida. Pensé en las palabras de Dios: “Que ya no seré misericordioso con los que no me mostraron la más mínima lealtad durante los tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega solo hasta allí. Además, no me siento complacido con aquellos que alguna vez me han traicionado y mucho menos deseo relacionarme con los que venden los intereses de sus amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona. Debo deciros esto: cualquiera que quebrante por completo Mi corazón no volverá a recibir clemencia […]” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Prepara suficientes buenas obras para tu destino). Las palabras de Dios me aterrorizaban. Sentí que el carácter justo de Dios no puede ser ofendido. Había vendido a mi hermana y traicionado a Dios. Había ofendido el carácter de Dios, y Él ya no me querría. Mi vida como creyente se había acabado por completo. En ese momento, la muerte me parecía mejor que la vida.
Pero la policía seguía sin dejarme ir. Continuaron interrogándome para sacarme información sobre la iglesia. Me obligaron a sentarme en una silla las 24 horas del día, sin dejarme moverme ni dormir. Me torturaron privándome del sueño durante casi una semana. El tormento era tal que no podía comer. Al ver que estaba a punto de colapsar, la policía me llevó a un hospital para ponerme suero. Cuando regresamos, siguieron interrogándome por turnos y me mostraron fotos de hermanos y hermanas, para que los identificara. Me dije a mí misma: “Ya he ofendido el carácter de Dios y me he convertido en una judas vergonzosa. No puedo traicionar a Dios otra vez”. Así que, por mucho que me interrogaron, no dije nada. Un mes después, me condenaron a dos años en un campo de reeducación mediante el trabajo por “perturbar el orden social”. Cuando la policía nos llevaba a Wu y a mí al campo de reeducación mediante el trabajo, Wu me contó que habían arrestado a la hermana de acogida a la que yo había vendido. La soltaron después de que su familia moviera algunos hilos, pero estaba bajo vigilancia constante. Oír esto fue como si una aguja se me clavara en el corazón. Me odiaba por tenerle tanto miedo a la muerte, por vender a mi hermana y por hacer imposible que asistiera a las reuniones o hiciera su deber. Lloré y oré a Dios muchísimas veces; le supliqué que dispusiera otro entorno para darme solo una oportunidad más. Juré que, aunque la policía me torturara hasta la muerte, jamás volvería a vender a mis hermanos y hermanas. Durante mis dos años en el campo de trabajo, siempre que recordaba las palabras de Dios “Mucho menos deseo relacionarme con los que venden los intereses de sus amigos”, sentía que nunca tendría otra oportunidad de alcanzar la salvación y que terminaría en el infierno, sufriendo el castigo. Ese pensamiento me volvía sumamente negativa. El dolor atroz era peor que la muerte. Incluso sentía que morir sería un alivio para el tormento de mi alma.
Después de dos años de cárcel, me liberaron y regresé a casa, pero sentía demasiada vergüenza para dar la cara ante mis hermanos y hermanas. Me odiaba por ser una judas vergonzosa que había vendido a una hermana. Sufría un dolor mental extremo; estaba convencida de que Dios nunca me salvaría y de que estaba destinada a ser maldecida y castigada. Me desanimé, perdí toda esperanza y quería morir para que todo terminara. Un día, pensé en las palabras de Dios: “1. Si eres verdaderamente un servidor, ¿me puedes servir con devoción, sin ningún elemento de superficialidad o negatividad? […] 10. ¿Eres capaz de ser Mi leal seguidor, dispuesto a sufrir por Mí de por vida, incluso si no recibes nada?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Un problema muy serio: la traición (2)). Sus palabras fueron como un rayo de luz que atravesó la oscuridad de mi corazón, y me dieron valor para seguir viviendo. Era verdad. Que pudiera rendirle servicio a Dios en mi fe se debía a Su gracia. Aunque al final Dios no me salvara, yo debía seguir rindiéndole servicio. Al reflexionar sobre Sus palabras, recuperé un poco de fe. Anhelaba el día en que pudiera leer las palabras de Dios, reunirme y hacer mi deber con mis hermanos y hermanas otra vez. A veces, las hermanas iban a casa de mi madre para las reuniones, y yo las envidiaba por poder leer juntas las palabras de Dios. Al pensar en cuánto le debía a Dios, quería hacer lo que pudiera por la iglesia. Cuando las hermanas venían a reunirse, me quedaba vigilando afuera, atenta a los alrededores. A veces ahorraba un poco de dinero para darlo como ofrenda. Era la única forma de que mi corazón pudiera encontrar algo de alivio.
En la primavera de 2011, una hermana me encontró y me preguntó: “¿Estás dispuesta a asistir a las reuniones?”. En ese momento, me conmoví tanto que se me llenaron los ojos de lágrimas. Sabía que esto era la misericordia de Dios y que Él me estaba dando otra oportunidad. Más tarde, la iglesia dispuso que yo regara a los nuevos creyentes. Nunca falté ni un día, lloviera o hiciera sol. Solo quería rendir servicio con sinceridad para compensar mi transgresión. Siempre que leía las palabras de exhortación, consuelo o aliento de Dios, sentía que Él era como una madre amorosa que entiende nuestras debilidades, tiene misericordia de nuestra inmadurez y nos salva en la mayor medida posible, y las lágrimas me corrían por la cara. Pero en el momento en que recordaba que me había convertido en una judas y había traicionado a Dios, sentía que esas palabras no eran para mí. Dios no salvaría a alguien como yo. No estaba cualificada para recibir Sus promesas ni Su salvación. Siempre que pensaba en esto, me hundía en el abatimiento y la angustia.
En 2016, empecé a realizar el deber relacionado con textos. Una vez, leí un testimonio vivencial escrito por un hermano. La policía lo había torturado brutalmente, pero prefería morir antes que convertirse en un judas. Me sentí muy avergonzada. A ambos nos habían arrestado, pero él se había mantenido firme en su testimonio, mientras que yo había traicionado a Dios y cometido una transgresión. Si en aquel entonces yo no hubiera apreciado mi carne, ¿no me habría mantenido firme en mi testimonio al igual que él? ¿No me habría ahorrado todos estos años de tormento interior? Durante las reuniones, cuando escuchaba a las hermanas hablar sobre cómo conocían su propia corrupción en cierto aspecto, pensaba: “Solo están revelando algunas actitudes corruptas. Yo soy diferente. Vendí a mis hermanos y hermanas. Me convertí en una judas. He cometido una transgresión grave y nunca podrá borrarse. Dios no me salvará”. Después de eso, cada vez que veía materiales sobre cómo echar a los judas, me sentía abatida y angustiada, con miedo de que a mí también me echaran algún día. En el invierno de 2022, arrestaron a dos personas con las que yo había trabajado, Liu Jing y Chen Hong. Vendieron a sus hermanos y hermanas y a las familias de acogida antes de que la policía empezara siquiera a torturarlas. Chen Hong incluso vendió las ofrendas. Después, no mostraron ningún remordimiento y fueron echadas de la iglesia una tras otra. Al pensar que yo, al igual que ellas, también me había convertido en una judas y que podría ser echada algún día, me sentí muy abatida.
Aunque había estado haciendo mi deber todos estos años, mi corazón estaba constantemente angustiado y abatido por mi transgresión, y no podía encontrar liberación. Nunca busqué la verdad para resolver mi estado negativo; sentía que, para alguien como yo, bastaba con rendir servicio con sinceridad. Esto continuó hasta que leí las palabras de Dios durante mis devociones espirituales: “También existe otra causa profunda para que la gente se hunda en el abatimiento, que es que a la gente le ocurren algunas cosas concretas antes de llegar a la mayoría de edad o después de convertirse en adultos, es decir, cometen algunas transgresiones o hacen algunas cosas idiotas, necias e ignorantes. Se hunden en el abatimiento debido a estas transgresiones, debido a estas cosas idiotas e ignorantes que han hecho. Este tipo de abatimiento es una condena a uno mismo, y también es una especie de calificación del tipo de persona que son. […] las personas que han hecho estas cosas a menudo se sienten incómodas sin darse cuenta, cuando ocurre algo en particular o en algunos entornos y contextos determinados. Este sentimiento de malestar les hace caer, sin saberlo, en un profundo abatimiento, y quedan atados y restringidos por él. Cada vez que escuchan un sermón o una comunicación sobre la verdad, este abatimiento se cuela lentamente en su mente y en lo más profundo de su corazón, y se reprenden a sí mismos, preguntándose: ‘¿Puedo hacerlo? ¿Soy capaz de perseguir la verdad? ¿Soy capaz de alcanzar la salvación? ¿Qué clase de persona soy? Antes hacía eso, antes era esa clase de persona. ¿Ya no hay salvación posible para mí? ¿Me salvará Dios?’. A veces, algunas personas pueden desprenderse de su abatimiento y dejarlo atrás. Aplican su sinceridad y toda la energía que pueden reunir al cumplimiento de su deber, sus obligaciones y sus responsabilidades, e incluso dedican todo su corazón y su mente a perseguir la verdad y contemplar las palabras de Dios, y a esforzarse para comprenderlas. Sin embargo, en el momento en que se presenta alguna situación o circunstancia particular, el abatimiento se apodera de ellas una vez más y las hace sentirse acusadas de nuevo en lo profundo de su corazón. Piensan para sus adentros: ‘Ya hiciste eso antes, y eras de esa clase de persona. ¿Puedes alcanzar la salvación? ¿Tiene sentido practicar la verdad? ¿Qué piensa Dios de lo que has hecho? ¿Te perdonará por haberlo hecho? ¿Pagar el precio ahora de esta manera puede compensar esa transgresión?’. A menudo se reprochan a sí mismas y se sienten acusadas en lo más profundo de su ser, y a menudo dudan de sí mismas y se acribillan a preguntas. Nunca pueden despojarse de este abatimiento y en su corazón sienten una perpetua sensación de malestar por esa cosa vergonzosa que hicieron. Así pues, han creído en Dios durante tantos años y no parece que hayan escuchado nada de lo que Dios ha dicho ni que hayan entendido nada de ello. Es como si no supieran si alcanzar la salvación tiene algo que ver con ellas, si pueden ser absueltas y redimidas, o si están cualificadas para recibir el juicio y el castigo de Dios y Su salvación. No tienen ni idea de todas estas cosas. Como no reciben ninguna respuesta, y tampoco ningún veredicto exacto, se sienten constantemente abatidas en lo más profundo de su ser. En el fondo de su corazón, recuerdan una y otra vez lo que hicieron, lo repiten en su mente sin cesar, rememorando cómo empezó todo y cómo terminó, recordando qué pasó antes y qué ocurrió después. Con independencia de cómo lo recuerden, siempre se sienten pecadoras, y por eso se encuentran constantemente abatidas por este asunto a lo largo de los años. Incluso cuando hacen su deber, aunque supervisen un determinado aspecto del trabajo, les sigue pareciendo que no tienen esperanzas de salvarse” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Lo que las palabras de Dios dejaban en evidencia era exactamente mi estado. Desde que me habían arrestado y había vendido a mi hermana, cometiendo esa transgresión, había estado viviendo en emociones de abatimiento. Sentía que había ofendido el carácter de Dios, que seguramente Él me aborrecía y que, por mucho que yo buscara, Él nunca me salvaría. Cuando veía las palabras de aliento y exhortación de Dios, sentía que no eran para mí, sino para aquellos hermanos y hermanas que nunca habían cometido una transgresión. Cada vez que veía materiales sobre cómo echar a los judas, mi corazón se sentía ansioso e intranquilo. Sentía que, como me había convertido en una judas al igual que ellas, tal vez a mí también me echarían algún día. Aunque estaba haciendo mi deber en la iglesia, mi corazón siempre estaba cerrado a Dios, y no podía reunir nada de energía para perseguir la verdad. Me conformaba solo con rendir servicio sinceramente. Aunque había cometido la transgresión de vender a una hermana, Dios aún tuvo misericordia de mí y me dio la oportunidad de hacer mi deber. En mis momentos de dolor y debilidad más profundos, Dios usó Sus palabras para sacarme de mi negatividad y ayudarme a encontrar una senda de práctica. Dios siempre me ha estado proveyendo de la verdad y vida, pero yo no sabía lo que era bueno para mí. No perseguí la verdad con sinceridad para corresponder al amor de Dios. En cambio, malinterpreté a Dios y estuve a la defensiva contra Él, y vivía en emociones de abatimiento. Realmente no tenía conciencia ni razón. Le debía demasiado a Dios ¡y no era digna de Su salvación! Por las palabras de Dios, entendí que Él no quería que yo viviera sumida en emociones de abatimiento a causa de mi transgresión. Él quería que me liberara de sus limitaciones, persiguiera la verdad con sinceridad y emprendiera la senda de la salvación. Sabía que tenía que comer y beber más de las palabras de Dios y buscar la verdad para resolver mi carácter corrupto; no podía seguir viviendo en medio de las limitaciones de mi transgresión y retroceder debido a la negatividad.
Más tarde, reflexioné: “¿Por qué vivía en el abatimiento cuando sentía que no tenía esperanzas de ser salvada? ¿Qué carácter corrupto me controla?”. Leí las palabras de Dios: “Lo que las personas buscan al creer en Dios es obtener bendiciones para el futuro; este es el objetivo de su creencia. Todo el mundo tiene esta intención y esta esperanza, pero la corrupción en su naturaleza debe resolverse por medio de pruebas y refinamiento. Los aspectos en los que las personas no están purificadas y todavía revelan corrupción son los aspectos en los que deben ser refinadas: este es el arreglo de Dios. Dios dispone entornos para ti y te obliga a ser refinado en ellos para que puedas conocer tu propia corrupción. Finalmente, llegas a un punto en el que estás dispuesto a renunciar a tus designios y deseos y someterte a la soberanía y el arreglo de Dios, aunque signifique la muerte. Por tanto, si las personas no experimentan varios años de refinamiento, si no soportan una cierta cantidad de sufrimiento, no serán capaces de liberarse de la limitación de la corrupción de la carne en sus pensamientos y en su corazón. En aquellos aspectos en los que la gente sigue sujeta a la limitación de su naturaleza satánica y en los que todavía tiene sus propios deseos y sus propias exigencias, esos son los aspectos en los que debe sufrir. Solo a través del sufrimiento la gente puede aprender lecciones; lo que significa que puede obtener la verdad y comprender las intenciones de Dios. De hecho, muchas verdades se entienden al experimentar sufrimiento y pruebas. Nadie puede entender las intenciones de Dios, llegar a conocer la omnipotencia de Dios y Su sabiduría o apreciar el carácter justo de Dios cuando se encuentra en un entorno cómodo y fácil o cuando las circunstancias son favorables. ¡Eso sería imposible!” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Resultó que había estado viviendo en el abatimiento porque mi deseo de recibir bendiciones se había hecho trizas. Desde el principio, creí en Dios a fin de ser bendecida. Por eso era activa en las reuniones y entusiasta en mi deber. Ni siquiera me sentía limitada cuando mi esposo no creyente me obstaculizaba, me maldecía y me golpeaba. Poco después de empezar a creer en Dios, me fui de casa para hacer mi deber. Renuncié a todo para ser salvada, sobrevivir y obtener el hermoso destino que Dios ha preparado para el hombre. Una vez que me arrestaron y me convertí en una judas, creí que Dios ya no me salvaría. Al ver mi esperanza de bendiciones hecha trizas, viví en un estado constante de negatividad y ya no estuve dispuesta a perseguir la verdad. Vi que mi intención al creer en Dios era equivocada. No era perseguir la verdad, sino obtener bendiciones. No era diferente de aquellos en la Era de la Gracia que buscaban comerse el pan y saciarse. En mi fe en Dios, solo pensaba en cómo obtener bendiciones y beneficios de Él. Nunca pensé en cómo perseguir la verdad para resolver mi transgresión, ni en cómo retribuirle a Dios Su amor y salvación. ¡Carecía tanto de humanidad! Al experimentar esta revelación, finalmente reconocí los intentos de negociación y las impurezas en mi fe. ¡Realmente son asquerosos y repugnantes para Dios!
Más tarde, leí dos pasajes más de las palabras de Dios, entendí cómo tratar las transgresiones y encontré una senda para resolverlas. Dios Todopoderoso dice: “Algunas personas, tras transgredir un poco, conjeturan: ‘¿Me ha revelado y descartado Dios? ¿Me derribará?’. Dios no ha venido a obrar en esta ocasión para derribar a las personas, sino para salvarlas en la mayor medida posible. Nadie está libre de error; si todos fueran derribados, ¿sería eso salvación? Algunas transgresiones se cometen a propósito, mientras que otras son involuntarias. Si puedes cambiar después de reconocer las cosas que haces de manera involuntaria, ¿te derribaría Dios antes de que lo hagas? ¿Así salvaría Dios a las personas? ¡No es así cómo obra Dios! Independientemente de que tengas un carácter rebelde o que hayas actuado de manera involuntaria, recuerda esto: has de reflexionar y conocerte a ti mismo. Da un giro enseguida, y esfuérzate al máximo por alcanzar la verdad; y, sin importar las circunstancias que surjan, no caigas en la desesperación. La obra que está haciendo Dios es la de la salvación del hombre, y Él no derriba de manera arbitraria a aquellos a los que quiere salvar. Eso es cierto. Aunque hubiera de verdad algún creyente en Dios al que Él derribara al final, aquello que hace Dios aún estaría garantizado como justo. En su momento, te haría saber la razón por la que derribó a esa persona, para que quedes totalmente convencido. Por ahora, simplemente esfuérzate por la verdad, céntrate en la entrada en la vida y afánate por cumplir bien con el deber. ¡En esto no hay equivocación! Independientemente de cómo te trate Dios al final, la garantía es que será justo; no deberías poner esto en duda ni preocuparte. Aunque no puedas entender la justicia de Dios en este momento llegará un día en que quedarás convencido. Dios obra de manera justa y honorable; todo lo revela abiertamente. Si lo meditáis detenidamente, llegaréis a la conclusión sincera de que la obra de Dios consiste en salvar a las personas y transformar su carácter corrupto” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). “¿Y cómo puede Él absolverte y perdonarte? Eso depende de tu corazón. Si confiesas con sinceridad, reconoces realmente tu error y tu problema, reconoces lo que has hecho; ya sea una transgresión o un pecado, adoptas una actitud de sincera confesión, sientes un odio sincero hacia lo que has hecho y de verdad te transformas, si nunca vuelves a hacer ese mal, entonces, acabará por llegar un día en el que recibirás la absolución y el perdón de Dios. Es decir, Él ya no determinará tu desenlace en función de las cosas ignorantes, estúpidas e impuras que hayas hecho antes. Cuando alcances este nivel, Dios no recordará este asunto en absoluto; serás igual que las demás personas normales, sin la menor diferencia. Sin embargo, la premisa para esto es que debes ser sincero y tener una sincera actitud de arrepentimiento, como David. ¿Cuántas lágrimas lloró David por la transgresión que había cometido? Innumerables. ¿Cuántas veces lloró? Incontables. Las lágrimas que lloró pueden describirse con estas palabras: ‘Todas las noches inundo de llanto mi lecho’. No sé lo grave que es tu transgresión. Si es realmente grave, es posible que tengas que llorar hasta que tu cama flote en el agua de tus lágrimas; es posible que tengas que confesarte y arrepentirte hasta ese nivel para poder recibir el perdón de Dios. Si no lo haces, me temo que tu transgresión se convertirá en un pecado a ojos de Dios, y no serás absuelto de ella. Entonces te hallarías en problemas y carecería de sentido decir nada más sobre esto. […] Si deseas recibir la absolución de Dios, primero has de ser sincero: por un lado, debes tener una sincera actitud de confesión y, por otro, debes ser sincero y hacer bien tu deber; de lo contrario, no hay nada de qué hablar. Si puedes hacer estas dos cosas, si puedes conmover a Dios con tu sinceridad y buena fe, de modo que Él te absuelva de tus pecados, entonces serás como los demás. Dios te contemplará de la misma manera que a las demás personas, te tratará igual que al resto, y te juzgará y castigará, te probará y refinará igual que a los demás; no te tratará de manera diferente. De este modo, no solo tendrás la determinación y el deseo de perseguir la verdad, sino que Dios también te esclarecerá, te guiará y te proveerá de la misma manera en tu búsqueda de la verdad. Por supuesto, ya que ahora tienes un deseo sincero y auténtico y una actitud honesta, Dios no te tratará de manera diferente a los demás y, al igual que el resto, tendrás la oportunidad de alcanzar la salvación. Lo entiendes, ¿verdad? (Sí)” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Por las palabras de Dios, vi que Él actúa según los principios. Él simplemente no condena a las personas de forma irreversible por una sola transgresión sin darles la oportunidad de arrepentirse. Dios se fija en si podemos arrepentirnos realmente después de haber transgredido y en que nunca volvamos a hacerlo. Pensé en David, que usó su poder para tomar a la esposa de Urías. Cuando se dio cuenta de que había pecado y provocado el aborrecimiento de Dios, se arrepintió genuinamente ante Él y nunca volvió a cometer ese pecado. En su vejez, ni siquiera quiso tocar a la joven que le llevaron para calentar su cama. Su arrepentimiento no fueron solo palabras; lo demostró con acciones reales, y así recibió la misericordia y la tolerancia de Dios. Luego pensé en Liu Jing y Chen Hong, que se convirtieron en judas sin siquiera haber sido torturadas. Chen Hong incluso entregó la ubicación de más de un millón de yuanes en ofrendas. Después, ninguna de las dos mostró el menor remordimiento. Echarlas de la iglesia reveló a la perfección la justicia de Dios. La iglesia me aceptó de vuelta porque había vendido a mi hermana en un momento de debilidad, al no poder soportar la tortura. Después, me llené de remordimiento y reproches hacia mí misma, e hice mi deber lo mejor que pude, así que la casa de Dios me dio otra oportunidad. El carácter de Dios es justo y bueno, y Él trata a todos según los principios. Leí las palabras de Dios: “Nadie está libre de error; si todos fueran derribados, ¿sería eso salvación?” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Estas palabras en particular me hicieron sentir que Dios es como una madre amorosa, que usa Sus palabras para enseñarle a un hijo que se equivocó, recordarle no darse por vencido y exhortarlo a ello. Entre las líneas de las palabras de Dios, sentí Sus intenciones meticulosas, y Su tolerancia y misericordia para la humanidad. Sabía que tenía que arrepentirme realmente. Ya no podía estar atada por mi transgresión, emitir un veredicto sobre mí misma y darme por vencida a causa de ello. Tenía que hacer mi deber con todo mi corazón, buscar más la verdad cuando me sobrevinieran cosas, centrarme en actuar según los principios y usar acciones reales para compensar mi transgresión.
Más tarde, reflexioné y me di cuenta de que la causa fundamental de mi fracaso era que apreciaba mi vida y le temía a la muerte. Entonces, ¿cómo podía resolver este problema? Un día, leí un pasaje de las palabras de Dios y entendí cómo enfrentar la muerte. Dios Todopoderoso dice: “¿Cómo murieron esos discípulos del Señor Jesús? Entre los discípulos hubo quienes fueron lapidados, arrastrados por un caballo, crucificados cabeza abajo, desmembrados por cinco caballos; les acaecieron varias formas de muerte. ¿Por qué murieron? ¿Es que cometieron algún delito y fueron ejecutados por la ley? No. Propagaban el evangelio del Señor, pero la gente mundana no lo aceptó y, en cambio, los condenó, golpeó e injurió, e incluso los asesinó; así los martirizaron. No hablemos del fin último de esos mártires ni del veredicto de las acciones por parte de Dios; en cambio, preguntémonos esto: al llegar al final, ¿las formas en que afrontaron el fin de su vida se correspondieron con las nociones humanas? (No). Desde la perspectiva de las nociones humanas, pagaron un precio muy grande por propagar la obra de Dios, pero al final los mató Satanás. Esto no se corresponde con las nociones humanas, pero es precisamente lo que les sucedió. Es lo que permitió Dios. ¿Qué verdad es posible buscar en esto? Que Dios permitiera que murieran así, ¿fue Su maldición y Su condena, o Su plan y Su bendición? Ninguna de las dos. ¿Qué fue? La gente actual reflexiona sobre su muerte con mucha angustia, pero así eran las cosas. Los que creían en Dios morían de esa manera, ¿cómo se explica esto? Cuando mencionamos este tema, os ponéis en su lugar; ¿se os entristece entonces el corazón y sentís un dolor oculto? Pensáis: ‘Estas personas realizaron su deber de propagar el evangelio de Dios y se les debería considerar buenas personas; por tanto, ¿cómo pudieron llegar a ese fin y a tal resultado?’. En realidad, así fue como murieron y perecieron sus cuerpos; esta fue su forma de partir del mundo humano, pero eso no significaba que su resultado fuera el mismo. No importa cuál fuera la forma de su muerte y partida, ni cómo sucediera, así no fue como Dios determinó los resultados finales de esas vidas, de esos seres creados. Esto es algo que has de tener claro. Por el contrario, esa fue precisamente la manera en que condenaron este mundo y dieron testimonio de las acciones de Dios. Estos seres creados usaron sus tan preciadas vidas, aprovecharon el último momento de ellas para dar testimonio de las obras de Dios, de Su gran poder, y declarar ante Satanás y el mundo que las obras de Dios son correctas, que el Señor Jesús es Dios, que Él es el Señor y Dios encarnado. Hasta el último momento de su vida siguieron sin negar el nombre del Señor Jesús. ¿No fue esta una forma de juzgar a este mundo? Aprovecharon su vida para proclamar al mundo, para probar a los seres humanos que el Señor Jesús es el Señor, Cristo, Dios encarnado, que la obra de redimir a toda la especie humana que Él realizó le permite a esta continuar viviendo, una realidad que es eternamente inmutable. ¿Hasta qué punto realizaron su deber los martirizados por propagar el evangelio del Señor Jesús? ¿Hasta el grado máximo? ¿Cómo se manifestó el máximo logro? (Ofrecieron sus vidas). Eso es, pagaron el precio con su vida. […] Muera como muera una persona, no debe morir ante Satanás ni tampoco en las manos de este. Si uno va a morir, debe morir en las manos de Dios. Las personas vinieron de Dios y a Él regresan; estas son la razón y la actitud que ha de tener un ser creado” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Predicar el evangelio es el deber que todos los creyentes están obligados a cumplir). Los discípulos que siguieron al Señor Jesús fueron condenados y perseguidos por el mundo por propagar Su evangelio, e incluso fueron martirizados. Aunque su carne murió, dieron un testimonio firme y rotundo ante Satanás. Dios aprobó lo que hicieron, y sus almas regresaron a Él. Yo no lograba ver esto con claridad. Tenía miedo de que me torturaran hasta la muerte, así que, para protegerme, vendí a mi hermana y traicioné a Dios. Mi carne se libró del sufrimiento, pero los reproches de mi conciencia y el tormento en mi alma eran como una espina clavada en mi corazón. ¡Se sentía peor que la muerte! Este dolor espiritual es algo que ninguna cosa material podrá compensar jamás. Al darme cuenta de la raíz de mi fracaso, estuve dispuesta a equiparme más con la verdad en este aspecto. También tomé secretamente la determinación de que, si alguna vez me volvían a arrestar, no vendería a mis hermanos y hermanas ni a los intereses de la casa de Dios, aunque me mataran a golpes. ¡Me mantendría firme en mi testimonio confiando en las palabras de Dios!
Todos estos años, había estado viviendo en emociones de abatimiento, sin poder encontrar liberación. Fueron las palabras de Dios las que desataron el nudo de mi corazón, me permitieron desprenderme de mis malentendidos y enfrentar mi transgresión correctamente, y le trajeron liberación y libertad a mi espíritu. Oré en mi corazón: “Dios mío, ya no quiero rebelarme contra Ti. Independientemente de si tengo un buen desenlace y destino en el futuro, ya no quiero hacer mi deber por las bendiciones. Estoy dispuesta a situarme el lugar de un ser creado y hacer mi deber con sinceridad. No importa cómo me trates en el futuro, e incluso si me castigas y me maldices, esa es Tu justicia”. Después de orar, sentí una paz increíble en mi corazón. A través de esta experiencia, realmente comprendí que, por muy severas que sean las palabras de castigo y juicio de Dios, y por más que sean maldiciones o condenas, ¡Su intención siempre es salvar a las personas!