No puedes hacer bien tu deber si no te esfuerzas por progresar
Mi deber en la iglesia consistía en cultivar a los trabajadores evangélicos para dar testimonio. Al principio, solía orar siempre que enfrentaba dificultades, y buscaba la ayuda de hermanos y hermanas con experiencia. También me equipaba de forma práctica con la verdad y veía películas y videos evangélicos. Poco después, había captado algunos principios para predicar el evangelio y mi deber estaba dando algunos resultados. Pensé: “Aunque no soy la mejor del equipo, soy mejor que la mayoría. Con seguir así, bastará”. Vivía en un estado de satisfacción conmigo misma y complacencia. La supervisora nos recordaba repetidamente que nos equipáramos más con la verdad. Decía que era la única forma de resolver las nociones de las personas religiosas y que, si nos conformábamos con la situación actual, no podríamos lograr buenos resultados en nuestro deber. Por fuera le daba la razón, pero en mi corazón pensaba: “Para obtener buenos resultados en mi deber, no solo tendría que equiparme con más verdad, sino también buscar materiales relevantes. En cuanto a las nociones de las personas religiosas que no sepa resolver, también tendría que preguntarles a los demás. ¡Tendría que pagar un gran precio y gastar muchísima energía mental! Ya he aprendido algunos principios para predicar el evangelio y he obtenido algunos resultados en mi deber. Solamente mantener esto debería bastar. ¡Estar al límite todos los días es agotador! Además, mi salud no ha sido la misma desde que me enfermé durante la pandemia. ¿Qué pasa si acabo exhausta?”. Al pensar en esto, me volví aún más reacia a gastar energía mental en equiparme con la verdad. Una vez, al supervisar a los trabajadores evangélicos, me di cuenta de que no habían hablado para resolver las nociones de un destinatario potencial del evangelio. Como consecuencia, ese destinatario potencial del evangelio dejó de asistir a las reuniones. Más tarde, me enteré de que esto se debía a que los trabajadores evangélicos no sabían cómo resolver las nociones del destinatario potencial del evangelio. Me di cuenta de que aún tenían muchas deficiencias en su forma de predicar el evangelio y de que necesitaban más reuniones y plática. Pero entonces pensé en que yo también tenía deficiencias en este aspecto. Para hablar con ellos, tendría que preguntarles a hermanos y hermanas con experiencia, buscar materiales y ver fragmentos de películas que fueran pertinentes. Eso me llevaría muchísimo tiempo y energía. ¡Qué agotador sería! Así que, simplemente busqué un fragmento de película pertinente, se lo envié a los trabajadores evangélicos y les dije que lo resolvieran por su cuenta. Sabía que esto daría resultados limitados, pero aun así postergué la solución del problema. Más adelante, varios otros destinatarios potenciales del evangelio se negaron a unirse a la Iglesia por el mismo tipo de noción. Durante una reunión para resumir el trabajo, la supervisora me podó por hacer mi deber de forma mecánica. Dijo que me conformaba con mantenerme ocupada y que no buscaba lograr resultados. Dicho sin rodeos, estaba actuando de manera superficial y no ponía el corazón en ello. Escucharla decir eso me traspasó el corazón. De inmediato, me ardió la cara de vergüenza y deseé que me tragara la tierra. Pero sabía que era verdad; últimamente no había estado dando lo mejor de mí en mi deber y, de hecho, los resultados habían empeorado. Tenía que aceptarlo, reflexionar sobre mí misma y conocerme. Recordé un himno de las palabras de Dios que había escuchado unos días atrás: “Aunque algo no te guste, o si sufres por ello, incluso si cuestiona y presiona tu dignidad e integridad, siempre que sea algo que debas experimentar, algo que Dios ha orquestado y dispuesto para ti, debes someterte a ello y no puedes tomar ninguna decisión” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Las personas, los acontecimientos y las cosas que me sobrevienen a diario tienen el permiso de Dios. Debo aceptarlos de parte de Él y aprender lecciones. Así que oré a Dios: “Dios mío, sé que esta poda no me sobrevino por casualidad, pero no sé cuál es Tu intención. Por favor, guíame para que pueda aprender mi lección”.
Un día, leí un pasaje de las palabras de Dios y llegué a entender mi problema. Dios Todopoderoso dice: “Los falsos líderes no hacen trabajo real, pero saben comportarse como funcionarios. ¿Qué es lo primero que hacen una vez que se convierten en líderes? Comprar el favor de la gente. Adoptan el enfoque de ‘Los nuevos funcionarios quieren impresionar’. Para empezar, hacen algunas cosas para ganarse el favor de los demás y se ocupan de ciertos elementos que mejoran el bienestar diario de todo el mundo. Primero intentan causar una buena impresión en ellos, para mostrar a todos que están en sintonía con las masas, para que todo el mundo los elogie y diga: ‘Este líder se comporta como un padre con nosotros’. Entonces, asumen oficialmente el cargo. Sienten que tienen apoyo popular y que se ha asegurado su posición; entonces empiezan a disfrutar de los beneficios del estatus, como si fuera lo que les corresponde. Sus lemas son: ‘La vida solo consiste en comer rico y vestirse bien’, ‘La vida es breve; disfruta mientras puedas’ y ‘Vive hoy sin preocuparte por el mañana’. Disfrutan de cada día tal y como viene, se divierten mientras pueden y no piensan en el futuro, y mucho menos se plantean qué responsabilidades debe cumplir un líder y qué deberes ha de hacer. Predican algunas palabras y doctrinas y desempeñan algunas tareas para guardar las apariencias como una cuestión de rutina; no realizan ningún trabajo real. No están desenterrando problemas reales en la iglesia y resolviéndolos por completo, entonces, ¿qué sentido tiene que hagan tareas tan superficiales? ¿No es esto engañoso? ¿Se pueden confiar tareas importantes a este tipo de falsos líderes? ¿Se ajustan a los principios y condiciones de la casa de Dios para la selección de líderes y obreros? (No). Estas personas no tienen nada de conciencia o razón, están desprovistas de todo sentido de la responsabilidad y, sin embargo, todavía desean ostentar algún puesto oficial, ser líderes en la iglesia: ¿por qué son tan desvergonzadas? En cuanto a algunas personas que tienen sentido de la responsabilidad, si son de escaso calibre, no pueden ser líderes, y eso por no hablar de los inútiles que no tienen ningún sentido de la responsabilidad; son menos aptos aún para ser líderes. ¿Qué grado de pereza tienen estos falsos líderes glotones e indolentes? Incluso cuando descubren un problema, y son conscientes de que es un problema, no se lo toman en serio y no le dan importancia. ¡Son tan irresponsables! Aunque hablan con soltura y parezca que tengan algo de calibre, son incapaces de resolver diversos problemas en el trabajo de la iglesia, lo que lleva a que este se paralice; los problemas no paran de amontonarse, pero tales líderes no se preocupan por ellos e insisten en llevar a cabo unas cuantas tareas superficiales como una cuestión de rutina. ¿Y al final cuál es el resultado? ¿Acaso no estropean el trabajo de la iglesia, no hacen una chapuza? ¿Acaso no causan caos y falta de unidad en la iglesia? Ese es el inevitable desenlace” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (8)). Dios deja en evidencia que, cuando recién eligen a los falsos líderes, hacen algo de trabajo para guardar las apariencias, a fin de ganarse la admiración de la gente y comprar su favor. Una vez que logran su objetivo, empiezan a disfrutar de la comodidad carnal, y hacen su deber de manera superficial y solo por inercia. Incluso cuando asisten a las reuniones, solo dicen algunas palabras y doctrinas sin resolver ningún problema real. Esto hace que el trabajo de la iglesia caiga en el desorden y que ninguna de las tareas del trabajo dé resultados. Dios aborrece particularmente a los falsos líderes. Pensé en cómo, al empezar este deber, estaba dispuesta a sufrir y pagar un precio para ganarme la admiración de todos. Pero, tiempo después, cuando el trabajo mostró cierta mejora, ya no quise esforzarme más mentalmente, ni aguantar más agotamiento para equiparme con la verdad y resolver las dificultades y los problemas que los hermanos y hermanas enfrentaban al predicar el evangelio. En cambio, hacía cualquier cosa que me evitara problemas. A veces, simplemente les enviaba un fragmento de película pertinente a los trabajadores evangélicos y dejaba que resolvieran por su cuenta las nociones de los destinatarios potenciales del evangelio. Yo era justo el tipo de falso líder del que habla Dios, alguien que solo trabaja para guardar las apariencias. Vivía según venenos satánicos como: “La vida solo consiste en comer rico y vestirse bien”, “Vive hoy sin preocuparte por el mañana” y “Date los gustos en vida”. Creía que, en la vida, las personas debían saber cómo pasarla bien, vivir el presente y ser felices en el momento. Pensaba que sufrir todos los días sería perjudicarme a mí misma, que no valía la pena vivir así. Controlada por estos pensamientos y opiniones, me volví decadente y degenerada, y muy propensa a la satisfacción conmigo misma y la complacencia. Quería vivir de mis logros pasados, por pequeños que fueran, y no permitir que mi carne sufriera en lo más mínimo. Recordé mis días de escuela. Al principio, estaba dispuesta a pagar un pequeño precio para entrar en una buena universidad. Pero, en cuanto mis notas mejoraron un poco, me conformé. Ya no quería esforzarme en estudiar, así que empecé a dormir hasta tarde y a no tomarme en serio las tareas. Al final, ni siquiera logré entrar en una universidad común. Después de encontrar a Dios, seguía igual. En cuanto mi deber daba algún resultado, dejaba de esforzarme por progresar. Sentía que los principios-verdad que entendía eran suficientes y, cuando tenía tiempo libre, no quería estudiar más. Cuando los trabajadores evangélicos se encontraban con dificultades y problemas que debían resolverse, yo solo intentaba despacharlos rápido y actuaba de manera superficial siempre que podía. Era muy perezosa y falsa, y vivía sin ninguna integridad ni dignidad. ¡No servía para nada! Ahora, los resultados de mi deber estaban empeorando; esto era que Dios me ocultaba Su rostro. Si no cambiaba las cosas, al final quedaría en evidencia y me descartarían. Dios me exaltó al permitirme hacer este deber. Su intención era que me equipara con más verdad y llevara a más personas ante Él. Esta era una oportunidad para preparar buenas obras en mi deber. Pero yo no supe valorar lo que era bueno para mí y solo tuve consideración por mi carne. Ni siquiera cumplí con mis responsabilidades más básicas. ¡Estaba viviendo de una forma muy miserable! Solo quería darme una bofetada. Entonces oré a Dios: “Dios mío, Satanás me ha corrompido profundamente. Ya no quiero vivir según opiniones satánicas. Por favor, guíame para rebelarme contra mi carne”.
Después de eso, busqué materiales pertinentes y conversé con los trabajadores evangélicos sobre cómo hablar paso a paso para resolver las preguntas de los destinatarios potenciales del evangelio. Al final, sus nociones se resolvieron y aceptaron la obra de Dios de los últimos días. Al cooperar de esta manera, sentí paz y tranquilidad en mi corazón. Sentí que esto era realmente hacer mi deber. Los resultados de mi deber no solo mejoraron, sino que, lo que es más importante, al buscar realmente la verdad para resolver estos problemas, sentí la guía de Dios. Empecé a entender cómo hablar sobre nociones que antes no sabía cómo resolver.
Más adelante, leí otro pasaje de las palabras de Dios y logré una comprensión más clara de las consecuencias de no esforzarme por progresar en mi deber. Dios Todopoderoso dice: “Dios te ha concedido suficiente calibre y unas condiciones superiores, lo que te permite ver algunas cosas con claridad y ser competente para este trabajo. Sin embargo, no tienes la actitud correcta hacia tu deber; no tienes sinceridad ni mucho menos devoción y no quieres esforzarte al máximo para hacerlo bien. Esto decepciona mucho a Dios. Por tanto, si eres holgazán y siempre piensas que el trabajo que se te ha asignado es molesto y no quieres hacerlo, y refunfuñas en tu fuero interno: ‘¿Por qué me piden a mí que lo haga y no a otra persona?’, entonces este es un pensamiento necio. Cuando un deber recae sobre ti, no es un suceso desgraciado, es un honor y es la exaltación de Dios. Deberías aceptarlo felizmente y hacer el deber que te corresponde; no te llevará al agotamiento. Al contrario, si haces bien tu deber, entiendes la verdad y resuelves los problemas, te sentirás en paz y asentado en tu corazón y no habrás decepcionado a Dios. Ante Dios, tendrás fe y podrás comportarte con la cabeza bien alta. Si no has cumplido con tu deber y siempre eres negligente, esto es una transgresión y, aunque no hayas causado ninguna pérdida, esta transgresión dejará un pesar para toda la vida en tu corazón. Esta transgresión será como un agujero negro sin fondo; cada vez que pienses en ella, sentirás dolor e intranquilidad, una agonía que atraviesa el corazón. No solo no tendrás paz ni gozo, sino que, al contrario, el dolor del remordimiento y el tormento te acompañará durante toda tu vida y nunca podrá borrarse. ¿Acaso no es este un pesar eterno? ¿Y qué pasa desde la óptica de Dios? Dios se sirve de los principios-verdad para calificar este asunto, así que su naturaleza es bastante más grave de lo que a ti te parece. […] Hay quienes parecen tener sumisión al desempeñar su deber y hacen todo lo que dispone lo Alto. Pero, cuando les preguntan: ‘¿Haces tu deber de manera superficial? ¿Lo haces conforme a los principios?’, no pueden dar ninguna respuesta definida, solo dicen: ‘Hago lo que indica lo Alto y no me atrevo a correr desenfrenado cometiendo fechorías’. Al preguntarles si han cumplido con su responsabilidad, dicen: ‘Bueno, hago lo que debo hacer’. ¿Veis? Siempre tienen esta clase de actitud al hacer su deber; no tienen prisa, hacen las cosas despacio y son poco entusiastas. En realidad, no puedes encontrarles defectos, sin embargo, si cotejas su cumplimiento del deber con los principios-verdad, este resulta ineficiente y no cumple con el estándar. Y, aun así, no les importa, siguen actuando como lo hacían antes y sin hacer aquello que deberían tomar la iniciativa de hacer; no cambian en absoluto. ¿Acaso no son tozudos de una forma desvergonzada? Siempre mantienen esta actitud: ‘Puede que tengas mil planes brillantes, pero yo tengo mis propias reglas. Así es como soy. Veamos qué puedes hacerme. ¡Esta es mi actitud!’. No han hecho nada sumamente traicionero ni malvado, pero también han hecho pocas buenas obras. ¿Por qué senda dirías que caminan? ¿Es buena esta clase de actitud hacia la fe en Dios y el propio deber? (No). En la Biblia, Dios dice esto: ‘Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’ (Apocalipsis 3:16). ¿Es una buena actitud la de ser tibio, ni frío ni caliente? (No). Alguna gente piensa: ‘Si hago el mal y causo trastornos, me condenarán enseguida. Sin embargo, si hago las cosas de manera positiva y proactiva, me cansaré y, si cometo un error al hacer algo, podrían podarme o quizás incluso destituirme, ¡lo cual sería muy vergonzoso! Así que permanezco tibio, ni frío ni caliente. Cualquier cosa que me pidas que haga, la haré. Sin embargo, si no me dices que haga algo, yo no voy a intervenir. De esta manera, no me cansaré y además la gente no podrá encontrarme defectos. ¡Este enfoque es genial!’. ¿Es buena esta manera de comportarse? (No). Sabes que no es buena, así que ¿cómo debería cambiar tu práctica? Si nunca buscas caminar por la senda de la búsqueda de la verdad y aún persistes en vivir según las filosofías de Satanás, entonces estás condenado a no tener ninguna esperanza de alcanzar la salvación” (La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (11)). Después de leer las palabras de Dios, y en especial las palabras: “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” y “entonces estás condenada a no tener esperanza de alcanzar la salvación”, el corazón me dolió como si me clavaran agujas. Sentí que el carácter de Dios es inofendible. Si no lo damos todo de forma activa en nuestro deber y, en cambio, siempre nos contenemos, nos negamos a esforzarnos cuando se debe pagar un precio y siempre tenemos consideración por nuestra propia carne, entonces no estamos siendo sinceros ni estamos haciendo un trabajo real. ¡Esto solo puede perjudicar el trabajo y dejarnos con transgresiones ante Dios! ¡Esto es hacer el mal! Si no me arrepiento, no hay esperanza de salvación. Pensar en la actitud que tuve hacia mi deber durante ese tiempo me intranquilizaba el corazón. Siempre tenía miedo de sufrir y cansarme, así que no me enfocaba en equiparme con los principios-verdad. Simplemente vivía de lo que había hecho antes, contenta con cualquier resultado que obtuviera. Aunque esto era fácil para mi carne, los resultados de mi deber empeoraron. Los trabajadores evangélicos que estaba cultivando no progresaban, y muchos destinatarios potenciales del evangelio no podían presentarse ante Dios a tiempo. El daño que le causé al trabajo es algo que nunca podré compensar. Cada vez que pienso en esto, me duele el corazón. Pero esta transgresión ya se ha cometido y no se puede deshacer. Antes pensaba que, mientras mi deber diera algunos resultados y yo no causara ningún trastorno o perturbación, podía hacer mi deber sin agotar mi carne y, de todos modos, obtener bendiciones al final. Intentaba conseguir una gran recompensa por un precio bajo, tomando atajos. Fui muy escurridiza y falsa; era una de esas personas desvergonzadamete obstinadas de las que habla Dios. Dios escruta lo profundo del corazón humano. Cuando las personas no lo dan todo o no son sinceras en su deber, no están preparando buenas obras, sino que acumulan la ira de Dios y cometen acciones malvadas. Al final, Dios solo las aborrecerá y las descartará. Me aterroricé al pensar en esto, así que oré de inmediato: “Dios mío, he sido muy escurridiza y falsa, y he actuado de manera muy superficial en mi deber. No quiero seguir así. Estoy dispuesta a arrepentirme. Por favor, guíame para encontrar una senda de práctica”.
Más tarde, durante mis devociones espirituales, escuché un himno de las palabras de Dios y llegué a entender el valor y el sentido de la vida humana.
1 ¿Qué valor tiene la vida de una persona? Por una parte, se trata de cumplir con el deber de un ser creado. Consideremos una situación en la que alguien se enfrenta a una tarea que debe o está dispuesto a hacer en la vida. Tras encontrar su lugar, se mantiene con firmeza en su puesto, conserva su posición, invierte toda la sangre de su corazón y toda su energía, lo hace bien y termina aquello en lo que debe trabajar y ha de completar. Cuando se presenta finalmente ante Dios para rendir cuentas, se siente relativamente satisfecho, no alberga acusaciones ni remordimientos en el corazón. Se siente reconfortado y cree que ha conseguido algo, que ha vivido una vida valiosa.
2 Entonces, para vivir una vida valiosa y, en última instancia, lograr este tipo de cosecha, merece la pena que una persona sufra físicamente un poco y pague un pequeño precio, incluso si se enferma de agotamiento o tiene algunos problemas de salud. Cuando una persona viene a este mundo, no es para disfrutar de la carne, ni para comer, beber y divertirse. No se debe vivir para tales cosas, ese no es el valor de la vida humana ni la senda correcta. El valor de la vida humana y la senda correcta a seguir radican en lograr algo valioso y completar uno o varios aspectos valiosos del trabajo. A esto no se le puede llamar carrera, sino que recibe el nombre de senda correcta, y también se lo denomina la tarea adecuada. Vale la pena que una persona pague cualquier precio con el fin de completar algún trabajo valioso, tener una vida significativa y valiosa y perseguir y obtener la verdad.
3 Si realmente deseas perseguir un entendimiento de la verdad, emprender la senda correcta en la vida, cumplir bien con tu deber y tener una vida valiosa y significativa, entonces no dudarás en emplear toda tu energía, pagar cualquier precio y entregar todo tu tiempo y el alcance de tus días. Si durante este periodo sufres alguna enfermedad, no tendrá importancia, no te aplastará. ¿Acaso no es esto muy superior a toda una vida de bienestar, libertad y ociosidad, nutriendo el cuerpo físico hasta el punto en el que esté bien nutrido y sano, y logrando en última instancia la longevidad? ¿Cuál de estas dos opciones es una vida valiosa? ¿Cuál de las dos puede aportar consuelo y ningún remordimiento a las personas cuando al final se enfrenten a la muerte? Vivir una vida con sentido significa que habrás obtenido la verdad; tendrás consuelo y alegría en tu corazón.
La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (6)
Después de escuchar el himno, me sentí muy conmovida. Entendí que, como ser creado, solo al cumplir mi deber puedo encontrar verdadera paz y tranquilidad en mi espíritu. Esa es la única manera de vivir valiosa y con sentido. Disfrutar de la comodidad carnal se siente bien en el momento, pero después, solo es vacío; no tiene ningún sentido. Pensé en cómo no invertí nada de energía mental en mi deber, en cómo temía sufrir y cansarme y no me esforzaba por resolver los problemas. Después de eso, solía sentirme inquieta, mi conciencia me acusaba, y el Espíritu Santo me ocultaba Su rostro. No podía sentir la presencia de Dios, y mi espíritu estaba envuelto en oscuridad y dolor. Dios me exaltó al darme este deber. Debía hacer todo lo que estuviera a mi alcance para lograr buenos resultados. Pensé en Noé cuando construyó el arca. Se enfrentó a muchas dificultades y también tuvo que soportar la incomprensión de su familia, así como las burlas y calumnias de los demás. Aunque su carne estaba exhausta y fatigada, y él sentía debilidad en su corazón, cuando pensaba en que esa era la comisión de Dios, sabía que tenía que perseverar sin importar cuánto sufriera o lo difícil que fuera, así que lo hizo con todo su corazón y sus fuerzas. Al final, terminó el arca y cumplió la comisión de Dios. No puedo compararme con Noé, pero si puedo hacer todo lo que esté a mi alcance para traer a las ovejas de Dios de vuelta a Su casa a fin de que puedan recibir Su salvación, ¡qué significativo sería eso!
Más tarde, leí otro pasaje de las palabras de Dios y encontré una senda de práctica. Dios dice: “Si de verdad posees cierto grado de calibre, realmente dominas las competencias profesionales dentro del ámbito de tu responsabilidad y no eres ajeno a tu profesión, entonces solo tienes que acatar una frase, y podrás ser leal a tu deber. ¿Qué frase? ‘Pon el corazón en ello’. Si pones el corazón en las cosas y las personas, entonces serás capaz de ser leal y responsable en tu deber. ¿Es fácil poner en práctica esta frase? ¿Cómo se aplica? No significa utilizar los oídos para oír ni la mente para pensar; significa utilizar el corazón. Si una persona puede realmente utilizar su corazón, entonces, cuando sus ojos vean a alguien hacer cierta cosa, actuar de alguna manera o reaccionar de cierta forma ante algo, o cuando sus oídos escuchen las opiniones o argumentos de ciertas personas, al utilizar su corazón para reflexionar y contemplar estas cosas, surgirán en su mente algunas ideas, puntos de vista y actitudes. Estas ideas, puntos de vista y actitudes le proporcionarán una comprensión profunda, concreta y correcta de la persona o cosa y, al mismo tiempo, darán lugar a juicios y principios adecuados y correctos. Solo cuando alguien tiene estas manifestaciones de usar su corazón, se puede decir que es leal a su deber” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (7)). En realidad, Dios no le pide mucho al hombre. Lo que Él desea es nuestro corazón sincero. Siempre que las personas pongan su corazón en ello, pueden descubrir los problemas que existen en su deber; al buscar estos problemas y reflexionar sobre ellos, pueden encontrar formas de resolverlos, y los resultados de su trabajo mejorarán de manera natural. Pero si las personas no ponen el corazón en ello, ni siquiera notarán los problemas que tienen delante de sus narices. Aun con los ojos abiertos, no verán nada, y los resultados de su deber solo empeorarán. ¡Poner el corazón en el deber es tan crucial! Pensé en cómo tenía muchísimas deficiencias cuando recién empecé con este deber. Pero oraba a menudo, encomendaba mis dificultades a Dios y acudía a Él. A través de la guía de Dios, fui captando poco a poco algunos principios para hacer mi deber, y el trabajo empezó a mostrar ciertos resultados. Sin embargo, cuando me conformé con cómo estaban las cosas y me volví superficial, sin resolver los problemas que descubría, los resultados de mi deber no dejaban de empeorar. Al final, solo podía mirar cómo se perdía un destinatario potencial del evangelio tras otro. ¡Vi que no poner mi corazón en mi deber realmente nos perjudica tanto a mí como a los demás!
A partir de entonces, empecé a anotar uno por uno los problemas de mi trabajo y a poner mi corazón en reflexionar sobre ellos. Si se trataba de un problema relacionado con la actitud de un trabajador evangélico hacia su deber, buscaba palabras de Dios pertinentes para hablar sobre ellas con él. Si implicaba resolver las nociones de un destinatario potencial del evangelio, buscaba los materiales correspondientes. Si había algo que no entendía, les preguntaba a mis hermanos y hermanas, y luego hablaba con los trabajadores evangélicos para debatir cómo abordar sus nociones. Al practicar de esta manera, mi corazón se sintió muy tranquilo. Aunque experimentar esta poda fue vergonzoso en su momento, me impulsó a presentarme ante Dios y a reflexionar sobre mi actitud hacia mi deber. Al comer y beber las palabras de Dios, logré comprender un poco la raíz de mi disfrute de la carne, y aprendí que solo al cumplir con tu deber puedes encontrar verdadera paz y gozo. ¡Gracias a Dios!