Experimenté que el juicio de Dios es la mayor salvación
En 1995, empecé a creer en el Señor Jesús. En aquel tiempo, un predicador usaba las profecías del Apocalipsis para contarnos lo maravillosa que era la ciudad santa. También decía que el Señor Jesús vendría pronto para llevarnos a nuestro hogar celestial, y que solo renunciando a nosotros mismos y entregándonos para el Señor podríamos entrar en la ciudad santa en el futuro. Me emocioné muchísimo al oír esto. Después, con mucho entusiasmo, empecé a asistir a las reuniones y a hacer ofrendas. Por más que mi esposo, o mi hermano y su esposa, intentaron detenerme, nada pudo debilitar mi determinación de seguir al Señor Jesús. Tres años más tarde, mi esposo me pidió el divorcio porque yo insistí en mi fe en el Señor. Acepté. Después de eso, ofrendé todas mis pertenencias a la iglesia y, decidida, me fui de casa para predicar y trabajar para el Señor. Dos meses después, me convertí en colaboradora, responsable de más de setenta iglesias. En el año 2000, un líder nos dijo en una reunión de colaboradores: “Ahora ha aparecido una denominación llamada ‘Relámpago Oriental’. Dicen que Dios ha regresado en la carne como Dios Todopoderoso, y que está realizando una nueva etapa de la obra. ¡Eso es imposible! Ya ni siquiera leen la Biblia. Todas las palabras de Dios están en la Biblia; no hay palabras de Dios fuera de ella. ¡Dejar la Biblia es ya no creer en el Señor! Predican por todas partes y han robado muchas buenas ovejas de todas las denominaciones. ¡Debemos ser los siervos leales del Señor y proteger a nuestros hermanos y hermanas para poder rendirle cuentas al Señor en el futuro! No deben creer nunca en el camino del Relámpago Oriental. En cuanto lo hagan, ¡habrán dejado el camino del Señor y Él los habrá abandonado!”. Al oírle decir esto, pensé: “Debo tener cuidado, aferrarme al camino del Señor y proteger al rebaño”. Después, empecé a sellar la iglesia. En cada lugar de reunión del que estaba a cargo, remarcaba una y otra vez que no se debía recibir a extraños, y que nadie debía creer en el camino del Relámpago Oriental. Al oír esto, todos los creyentes empezaron a estar en guardia contra la gente del Relámpago Oriental. Poco después, me enteré de que dos hermanas habían aceptado a Dios Todopoderoso. Fui corriendo a sus casas para convencerlas de que dieran marcha atrás. No me hicieron caso e insistieron en creer en Dios Todopoderoso. Me enfadé muchísimo y empecé a vigilar a los demás hermanos y hermanas con más rigor todavía. Luego supe que un matrimonio también había aceptado a Dios Todopoderoso. Fui deprisa a su casa y los traje de vuelta. En ese momento, yo realmente creía que por fin había rescatado a las ovejas del Señor, y que el Señor sin duda aprobaría lo que yo había hecho.
En febrero de 2002, una hermana me llevó a su casa a hablar de la Biblia con sus familiares. Hablaron de todo: desde la creación del mundo por parte de Dios a la obra de Jehová Dios en la Era de la Ley, y continuaron hasta la obra del Señor Jesús en la Era de la Gracia. Explicaron con toda claridad el trasfondo y los puntos de inflexión de cada etapa de la obra. También hablaron sobre a qué tipo de personas bendice Dios y a cuáles maldice. Su charla fue muy esclarecedora, y era algo que nunca antes había oído. Pensé que su predicación era excelente. Después, me dieron testimonio de la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Al leer las palabras de Dios Todopoderoso y escuchar la plática de los hermanos y hermanas, comprendí que la Biblia solo registra la obra de Dios en la Era de la Ley y en la Era de la Gracia. Es un libro histórico y no puede representar toda la obra de Dios. Dios siempre es nuevo y nunca viejo, y Su obra siempre está avanzando. Cuando Dios regrese en los últimos días, realizará una nueva obra que irá más allá de la Biblia. En esta etapa, Él realizará la obra de juicio y purificación, basada en el fundamento de la obra de redención del Señor Jesús, para salvar por completo a la humanidad del pecado y llevar a las personas a un hermoso destino. Que Dios Todopoderoso exprese la verdad para realizar Su obra de juicio en los últimos días cumple las profecías del Señor Jesús: “El que Me rechaza y no acepta Mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que he pronunciado, esa lo juzgará el último día” (Juan 12:48).* “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar. Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad” (Juan 16:12-13). En particular, cuando vi que Dios Todopoderoso había desvelado todos los misterios de la Biblia, que “La Palabra manifestada en carne” es el “rollo pequeño abierto por el Cordero” que se profetiza en el Apocalipsis, y que es lo que el Espíritu Santo dice a las iglesias, me di cuenta de que el “Relámpago Oriental” que yo constantemente me había negado a aceptar era, en realidad, la aparición y la obra del Señor Jesús en los últimos días. Sentí un dolor indescriptible en el corazón. Pensé en cómo, desde que empecé a creer en el Señor, había superado la persecución de mi esposo y había hecho ofrendas como la viuda pobre. Había renunciado a todo para trabajar para el Señor. Yo creía que me mantenía firme en el camino del Señor, vigilando Su rebaño con devoción. Nunca imaginé que no buscaría en absoluto cuando el Señor regresara. Me aferré ciegamente a mis propias nociones y figuraciones, creyendo que era imposible que Dios viniera en la carne, que Su obra no podía ir más allá de la Biblia, y cosas por el estilo. Con arrogancia, condené la obra de Dios de los últimos días y me resistí a ella, sellé la iglesia para impedir que los hermanos y hermanas investigaran el camino verdadero, e incluso traje de vuelta a mi antigua denominación a una pareja que ya había aceptado la obra de Dios de los últimos días. El Señor Jesús reprendió a los fariseos, diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando” (Mateo 23:13). ¿Mis acciones no eran como las de los fariseos? Yo misma no acepté la obra de Dios de los últimos días y, además, hice todo lo posible para impedir que otros creyentes la aceptaran. ¿Eso no era simplemente arrastrarlos al infierno? Había cometido mucha maldad; ¿no estaba yo también destinada a la aflicción? Mi corazón se llenó de remordimiento. Pero luego pensé que poder aceptar la obra de Dios de los últimos días era Su gracia y misericordia para conmigo. Tenía que predicar el evangelio para compensar mis transgresiones. Quizá si predicaba más el evangelio, Dios no recordaría mis transgresiones. Más tarde, llevé a una hermana conmigo para predicarle el evangelio a la pareja que yo había arrastrado de vuelta. Nunca esperé que se negarían a escuchar, sin importar lo que dijéramos. Incluso me repitieron las mismas palabras que yo había usado cuando sellé la iglesia. Me sentí aún más desconsolada y llena de arrepentimiento. Para compensar mis transgresiones, prediqué el evangelio todavía más. Soporté muchas dificultades durante ese tiempo, pero nunca me eché para atrás. Pensé: “Quizás si Dios ve mi devoción y arrepentimiento, no tomará en cuenta mis transgresiones y todavía me dará la oportunidad de ser salva”.
Un día de 2004, durante mis devocionales, leí estas palabras de Dios: “No puedo mostrar indulgencia hacia nadie que me haya perseguido, hacia cualquiera que no haya tenido ningún conocimiento de Mí (incluso antes de que se diera testimonio de Mi nombre), hacia cualquiera que haya creído que Yo soy humano o hacia quien haya blasfemado contra Mí y me haya difamado en el pasado. Aunque ahora dieran el testimonio más rotundo de Mí, no serviría de nada. Perseguirme en el pasado fue una forma de rendirme servicio, y si esas personas dieran testimonio de Mí hoy, seguirían siendo Mis herramientas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo al principio, Capítulo 85). Tras leer las palabras de Dios, me congelé en el lugar. Mi mente se quedó completamente en blanco y tardé mucho en reaccionar. Por las palabras de Dios, vi que Él no muestra indulgencia con ninguna persona que lo haya perseguido y calumniado. Aunque ahora den testimonio de Dios, aun así no pueden recibir Su indulgencia; solo pueden rendirle servicio. Pensé en cómo antes me había aferrado a mis nociones y figuraciones y no había buscado ni investigado en absoluto la obra de Dios de los últimos días. En lugar de eso, había calumniado a Dios y me había resistido a Él, había sellado la iglesia para impedir que los creyentes investigaran el camino verdadero, e incluso había hecho que gente que ya había aceptado la obra de Dios de los últimos días regresara a mi antigua denominación. Había cometido una maldad enorme; sin duda, Dios nunca me perdonaría. ¿No estaba acabada? ¿Qué buen resultado podía tener yo? Pero todavía me aferraba a un hilo de esperanza. “¿Será que lo entendí mal? Cuando Dios dijo que ‘no puede mostrar indulgencia’, ¿se estaría refiriendo a la gente que blasfemó y lo calumnió después de oír Sus palabras y conocer Su obra?”. Volví a leer las palabras de Dios con avidez, palabra por palabra. Dios había hablado muy claramente. Las personas de las que Él hablaba también incluían a quienes blasfemaban y calumniaban a Dios Todopoderoso sin haber oído nunca Sus palabras ni haberlo conocido. Solo entonces estuve segura de que yo era una de esas personas con quienes Dios no puede mostrar indulgencia. Las severas palabras de Dios me golpearon el corazón. Estaba aterrada y todo mi cuerpo se debilitó. “Parece que ni siquiera tengo la oportunidad de arrepentirme”, pensé. “No importa cuán sumisa sea en mi deber, no importa cuántas dificultades soporte, e incluso si doy el testimonio más rotundo, aun así no recibiré la indulgencia de Dios. Mi esperanza de ser salva se ha desvanecido por completo”. Durante ese tiempo, aunque seguía predicando el evangelio, en cuanto pensaba que Dios no me salvaría, me sentía increíblemente abatida y ya no predicaba el evangelio tan activamente como antes. Una vez, iba caminando con mi bicicleta por la calle, observando las muchedumbres. Pensé: “Todos ellos tienen su propio hogar. Pero ¿y yo? Cuando empecé a creer en el Señor, consideraba la iglesia mi hogar. Nunca pensé que, por no reconocer el regreso del Señor, me resistiría a Él, cometería transgresiones imperdonables y no tendría parte en el hogar que Dios ha preparado para la humanidad: el reino de Dios”. En ese momento, me sentí desolada.
Un día, leí las palabras de Dios y me conmovieron mucho, y mi estado de abatimiento cambió un poco. Dios dice: “Como ser creado, deberías realizar el deber de un ser creado. No actúes en sentido contrario a tu conciencia; lo que deberías hacer es consagrarte al Creador” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La relevancia de salvar a los descendientes de Moab). Soy un ser creado; es mi deber predicar el evangelio y dar testimonio de Dios. No podía dejar de hacer mi deber con seriedad solo porque no tendría un buen resultado. ¿No sería carecer de conciencia y razón? Después de eso, seguí predicando el evangelio. Me alegraba cuando obtenía resultados, pero en el fondo, siempre sentía cierta pesadez. Pensaba en cómo había transgredido y me diferenciaba de los demás; cuando ellos predicaban el evangelio, podían obtener la aprobación de Dios y tener la esperanza de ser salvos, pero no importa cuánto predicara yo el evangelio, Dios nunca me perdonaría. De vez en cuando, me sentía abatida.
Más tarde, leí las palabras de Dios y obtuve algo de entendimiento sobre mi estado. Dios Todopoderoso dice: “Muchos de los que siguen a Dios solo se preocupan por cómo obtener bendiciones o evitar el desastre. Tan pronto como se mencionan la obra y la gestión de Dios, se quedan en silencio y pierden todo interés. Piensan que comprender tales cuestiones tediosas no ayudará a que su vida crezca y que no les brindará ningún beneficio. En consecuencia, aunque hayan oído información acerca de la gestión de Dios, la abordan sin seriedad. No la ven como algo precioso que se debe aceptar y, mucho menos, la comprenden tomándola como parte de su vida. El propósito de estas personas al seguir a Dios es muy simple y tiene un único objetivo: ser bendecidas. Estas personas no se molestan en prestar atención a nada que no tenga nada que ver con este objetivo. Para ellas, no hay meta de la fe en Dios más legítima que obtener bendiciones; es el valor mismo de su fe. Si algo no contribuye a este objetivo, sea lo que sea, no las conmueve. Esto es lo que ocurre con la mayoría de las personas que creen en Dios actualmente. Su objetivo y su intención parecen legítimos porque, al mismo tiempo que creen en Dios, también se esfuerzan por Él, se dedican a Él, y cumplen su deber. Entregan su juventud, renuncian a su familia y su profesión e, incluso, pasan años corriendo de acá para allá lejos de casa. En aras de su meta máxima, cambian sus intereses, su perspectiva de la vida e, incluso, la dirección que buscan, pero no pueden cambiar el objetivo de su creencia en Dios. Van de acá para allá tras la gestión de sus propias aspiraciones; no importa lo lejos que esté el camino ni cuántas dificultades, peligros y obstáculos haya a lo largo de él, siguen siendo persistentes y no tienen miedo a la muerte. ¿Qué poder los impulsa a seguir entregándose de esta forma? ¿Es su conciencia? ¿Es su integridad magnífica y noble? ¿Es su determinación de combatir a las fuerzas del mal hasta el final? ¿Es su fe de dar testimonio de Dios sin buscar una recompensa? ¿Es su devoción de estar dispuestos a abandonarlo todo para cumplir la voluntad de Dios? ¿O es su dedicado espíritu de renunciar siempre a las exigencias personales extravagantes? ¡Que alguien que nunca ha comprendido la obra de gestión de Dios gaste tanta sangre del corazón es, simplemente, un milagro! Por el momento, no hablemos de cuánto han dado estas personas. Sin embargo, su comportamiento es muy digno de nuestra disección. Aparte de los beneficios tan estrechamente asociados con ellas, ¿podría existir alguna otra razón para que las personas, que nunca entienden a Dios, paguen un precio tan alto por Él? Aquí, descubrimos un problema no identificado previamente por el hombre: la relación del hombre con Dios es, simplemente, de puro interés personal. Es la relación entre el receptor y el dador de bendiciones. Para decirlo con claridad, es la relación entre un empleado y un empleador. El primero solo trabaja duro para recibir las recompensas otorgadas por el segundo. En esta clase de relación basada en el interés personal no hay afecto familiar, solo una transacción. No hay un amar y ser amado; solo caridad y misericordia. No hay comprensión; solo engaño, indignación reprimida e impotencia. No hay intimidad; solo un abismo que no se puede cruzar. Ahora que las cosas han llegado a este punto, ¿quién puede cambiar ese rumbo? ¿Y cuántas personas son capaces de entender realmente lo grave que se ha vuelto esta relación? Considero que, cuando las personas se sumergen en el alegre ambiente de ser bendecidas, nadie puede imaginar lo embarazosa y desagradable que es una relación así con Dios” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Apéndice III: El hombre solo puede salvarse en medio de la gestión de Dios). Después de leer las palabras de Dios, me sentí esclarecida y avergonzada a la vez. Mi relación con Dios era tal como Él había desenmascarado: puro interés personal. Cuando creía en el Señor, soporté la persecución y renuncié a mi familia para obtener bendiciones y entrar en el reino de los cielos. Persistí en dirigir iglesias y predicar el evangelio bajo el frío más intenso y el calor más abrasador, sin importar cuánto sufriera. Pero cuando me enfrenté a la obra de Dios de los últimos días, no solo no la busqué ni la investigué por mí misma, sino que además la condené y me resistí a ella, e incluso sellé la iglesia para impedir que los creyentes aceptaran a Dios Todopoderoso. Después de aceptar la obra de Dios de los últimos días, supe que había hecho el mal y me había resistido a Dios. Mi primer pensamiento no fue cómo arrepentirme ante Él, sino cómo podía predicar más el evangelio para compensar mis transgresiones y negociar para obtener la misericordia de Dios, a fin de que Él me diera una oportunidad de entrar en el reino de los cielos. Cuando leí que Dios “no puede mostrar indulgencia” con quienes lo habían blasfemado y calumniado, creí que, por mucho que me esforzara en mi deber, nunca recibiría la indulgencia de Dios y mi esperanza de salvación se desvaneció. Entonces me volví negativa y pasiva al realizar mi deber. De principio a fin, lo único que me importaba era recibir bendiciones. Renuncié a cosas, me entregué, me esforcé y trabajé no para perseguir la verdad o el conocimiento de Dios, sino para negociar a fin de obtener la bendición de entrar en el reino de los cielos. ¿No es esto exactamente lo que Dios puso al descubierto como “solo engaño y una indignación reprimida e impotente”? En todos mis años de creer en Dios, nunca había buscado las intenciones de Dios. Nunca había pensado en qué quería Dios que yo persiguiera, cuáles eran Sus requisitos para mí, cómo debía tener en consideración Sus intenciones y satisfacerlo, o cómo debía perseguir la verdad para lograr un cambio en mi carácter. En mi mente, perseguir la verdad en mi fe parecía algo secundario, y perseguir bendiciones parecía lo más realista. Había estado realmente cegada por el deseo de bendiciones y había estado recorriendo la senda equivocada todo el tiempo. Pensé en Pablo. Él no escuchó ni buscó mientras el Señor Jesús obraba; en lugar de eso, lo condenó y se resistió a Él, persiguió y mató a Sus discípulos, y cometió muchas acciones malvadas. Después de ser derribado por el Señor, no reflexionó en absoluto sobre sus acciones pasadas de resistencia a Dios ni sobre su esencia. Tampoco buscó conocer al Señor, sino que solo quería predicar el evangelio y ganar a más gente para expiar sus pecados. Después de haber hecho una gran cantidad de trabajo, le exigió descaradamente una corona a Dios, diciendo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia” (2 Timoteo 4:7-8). Renuncié a cosas, me entregué e hice mi deber para exigirle bendiciones a Dios; estaba recorriendo la senda de Pablo. Al darme cuenta de esto, me llené de remordimiento y reproche hacia mí misma. Lloré y oré a Dios: “Dios mío, ahora entiendo cuán despreciable y horrible soy. Aunque he estado predicando el evangelio y haciendo mi deber todos estos años, en realidad solo estaba usando mi deber para lograr mi objetivo de recibir bendiciones. Realmente no soy digna de vivir ante Ti. Dios mío, te ruego que me guíes para perseguir un cambio en mi carácter y para buscar conocerte”.
Luego, leí más palabras de Dios y llegué a entender un poco Su intención de salvar al hombre. Dios dice: “Hoy Dios os juzga, os castiga y os condena, pero deberías saber que el propósito de tu condena es que te conozcas a ti mismo. Él condena, maldice, juzga y castiga para que te puedas conocer a ti mismo, para que tu carácter pueda cambiar y, más aún, para que puedas conocer tu valía y ver que todas las acciones de Dios son justas y de acuerdo con Su carácter y las necesidades de Su obra, que Él obra conforme a Su plan para la salvación del hombre, y que Él es el Dios justo que ama y salva al hombre, y que también lo juzga y lo castiga. Si solo sabes que eres de un estatus humilde, que estás corrompido y que eres rebelde, pero no sabes que Dios desea revelar Su salvación por medio del juicio y el castigo que Él impone en ti hoy, entonces no tienes manera de experimentar cosas, ni mucho menos eres capaz de continuar hacia delante. Dios no ha venido a derribar ni a destruir a las personas sino a juzgarlas, maldecirlas, castigarlas y salvarlas. Hasta que Su plan de gestión de 6 000 años llegue a su término —antes de que revele el desenlace de cada categoría del hombre— la obra de Dios en la tierra será en aras de la salvación; el único propósito es hacer totalmente completos a aquellos que lo aman y llevarlos a rendirse ante Su dominio. […] Dios ha venido para obrar en la tierra con el fin de salvar a la humanidad corrupta, no hay falsedad en esto. Si la hubiera, Él ciertamente no habría venido a cumplir con Su obra en persona. En el pasado, Su medio de salvación implicaba mostrar la máxima misericordia y bondad, tanto que le dio Su todo a Satanás a cambio de toda la humanidad. El presente no tiene nada que ver con el pasado: la salvación que hoy se os otorga ocurre en la época de los últimos días, cuando se ordena a cada uno según su tipo; el medio de vuestra salvación no es la misericordia ni la bondad, sino el castigo y el juicio para que el hombre pueda ser salvado más plenamente. Así, todo lo que recibís es castigo, juicio y golpes despiadados, pero sabed que en esta golpiza despiadada no hay el más mínimo castigo. Independientemente de lo severas que puedan ser Mis palabras, lo que cae sobre vosotros son solo unas cuantas palabras que podrían pareceros totalmente despiadadas y, sin importar cuán enfadado pueda Yo estar, lo que viene sobre vosotros siguen siendo palabras de reproche y no tengo la intención de lastimaros o haceros morir. ¿No es todo esto un hecho? Sabed esto hoy, ya sea un juicio justo o un refinamiento y castigo insensibles, todo es en aras de la salvación. Independientemente de si hoy cada uno será ordenado según su tipo o de si todos los tipos de personas serán revelados, el propósito de todas las palabras y la obra de Dios es salvar a aquellos que verdaderamente aman a Dios. El juicio justo se realiza con el fin de purificar al hombre, y el refinamiento cruel con el de limpiarlo; tanto las palabras severas como la reprensión son para purificar y salvar” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Debes dejar de lado las bendiciones del estatus y entender la intención de Dios de traer la salvación al hombre). “Dios no ha venido a obrar en esta ocasión para derribar a las personas, sino para salvarlas en la mayor medida posible. Nadie está libre de error; si todos fueran derribados, ¿sería eso salvación? Algunas transgresiones se cometen a propósito, mientras que otras son involuntarias. Si puedes cambiar después de reconocer las cosas que haces de manera involuntaria, ¿te derribaría Dios antes de que lo hagas? ¿Así salvaría Dios a las personas? ¡No es así cómo obra Dios! Independientemente de que tengas un carácter rebelde o que hayas actuado de manera involuntaria, recuerda esto: has de reflexionar y conocerte a ti mismo. Da un giro enseguida, y esfuérzate al máximo por alcanzar la verdad; y, sin importar las circunstancias que surjan, no caigas en la desesperación. La obra que está haciendo Dios es la de la salvación del hombre, y Él no derriba de manera arbitraria a aquellos a los que quiere salvar. Eso es cierto” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Las palabras de Dios me conmovieron profundamente. Aunque Sus palabras hacia a la gente sean de juicio, condenación o maldición, todas son para salvar a las personas; para que, a partir de Sus palabras, conozcan sus propias actitudes corruptas y las impurezas en su fe, conozcan su esencia de resistencia a Dios y conozcan el carácter justo, majestuoso e inofendible de Dios, a fin de que así desarrollen un corazón temeroso de Dios. De este modo, pueden desprenderse de sus intenciones erróneas, deshechar sus actitudes corruptas satánicas y alcanzar la salvación de Dios. Yo creía en Dios, pero no lo conocía ni a Él ni a Su obra. Me resistía a Dios con mi carácter arrogante. Cuando predicaron el evangelio del reino de Dios a mi antigua denominación, no lo busqué ni lo investigué, e incluso perturbé a otros creyentes y les impedí hacerlo. El juicio y la condenación de Dios sobre mis acciones revelaron plenamente Su carácter justo. Pero cuando Dios me juzgó y condenó con Sus palabras, Él no estaba determinando mi resultado, y mucho menos sentenciándome a muerte. El propósito de Dios era que yo conociera Su carácter justo, majestuoso e inofendible, para que pudiera desarrollar un corazón temeroso de Dios. Su propósito también era que yo entendiera la naturaleza de mis acciones, reflexionara sobre la causa principal de mi fracaso, y fuera capaz de arrepentirme y cambiar. Así es como Dios me purifica y me salva. No importa lo que Dios dijera, Su esperanza era que yo reflexionara sobre mi carácter satánico rebelde y resistente a Dios y lo entendiera, para así poder arrepentirme y cambiar. Tal como dice Dios: “La obra que está haciendo Dios es la de la salvación del hombre, y Él no derriba de manera arbitraria a aquellos a los que quiere salvar. Eso es cierto”. Yo había delimitado la obra de Dios a la Biblia, condené Su obra de los últimos días y me resistí a ella, e incluso impedí que los creyentes la aceptaran. Vi que, aunque creía en Dios, no tenía ningún conocimiento de Él en absoluto. Mi carácter era extremadamente arrogante, y no tenía ni el más mínimo rastro de un corazón temeroso de Dios o humilde. Había cometido tanta maldad que Dios debería haberme maldecido y castigado. Pero Él no me trató según mis acciones malvadas. En cambio, me llevó ante Él a través del evangelio predicado por mis hermanos y hermanas, y me permitió reflexionar sobre mí misma y conocerme a través del juicio, la condenación y el desenmascaramiento de Sus palabras. Si no hubiera sido por el juicio de Dios, habría creído en Él toda mi vida y nunca habría reflexionado sobre mí misma ni me habría conocido. No habría reconocido mi naturaleza arrogante ni me habría dado cuenta de que todos mis esfuerzos y entregas eran para recibir bendiciones. Simplemente habría seguido por la senda equivocada, rebelándome contra Dios, resistiéndome a Él, ofendiendo Su carácter y, en última instancia, Él me habría desdeñado y descartado. Fue el severo juicio de Dios lo que me salvó, dándome la oportunidad de conocerme a mí misma y arrepentirme ante Él. Dios solo me juzgó con Sus palabras; no me castigó, sino que incluso me permitió disfrutar de muchísima provisión de Sus palabras y me guio para entender muchas verdades. He recibido muchísimo de Dios. Incluso el solo hecho de ser una servidora es un acto de la gracia de Dios y Su exaltación. Aunque no tenga un buen resultado y destino en el futuro, aun así debo hacer bien mi deber. Soy muy afortunada de haberme presentado ante el Creador y haber oído Su voz. Mi vida no ha sido vivida en vano. No importa cuál sea mi resultado en el futuro, ¡doy gracias y alabo a Dios!
Después de eso, leí algunas palabras de Dios más. Pude enfrentar mis transgresiones correctamente, y la senda de práctica se me hizo más clara. Dios Todopoderoso dice: “Mientras tengáis una brizna de esperanza, independientemente de que Dios recuerde o no vuestras transgresiones pasadas, ¿qué mentalidad deberíais mantener? ‘Debo procurar un cambio en mi carácter, buscar el conocimiento de Dios, no permitir que Satanás me vuelva a engañar y no volver a hacer jamás nada que cause vergüenza al nombre de Dios’. La gente está totalmente corrompida hoy en día y carece de valor. ¿Qué áreas clave determinan si pueden ser salvados y si tienen algo de esperanza? La clave es si, después de escuchar un sermón, eres o no capaz de comprender la verdad, de ponerla en práctica o de cambiar. Estas son las áreas fundamentales. Si solo sientes remordimiento y, cuando llega el momento de hacer algo, actúas como quieres, de la misma manera de siempre, sin buscar la verdad y aferrándote todavía a viejas opiniones, métodos y preceptos; no solo no reflexionas ni intentas conocerte a ti mismo, sino que empeoras cada vez más e insistes en ir por la senda de siempre, entonces no tendrás esperanzas y corresponde darte por perdido. Con un conocimiento mayor de Dios y un conocimiento más profundo de ti mismo, serás más capaz de evitar hacer el mal y pecar. Cuanto más profundo sea el conocimiento de tu naturaleza, mejor podrás protegerte y, tras hacer recuento de tus experiencias y lecciones, no volverás a fallar” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). “Si las personas quieren resolver sus malentendidos sobre Dios, en cierto sentido, deben llegar a conocer sus propias actitudes corruptas y diseccionar y llegar a conocer los errores que han cometido, los desvíos que han tomado y sus transgresiones y su negligencia. Solo de este modo serán capaces de ver claramente su propia naturaleza y de ganar conocimiento de ella. Además, deben ver con claridad por qué toman la senda equivocada y hacen tantas cosas que vulneran los principios-verdad, así como cuál es la naturaleza de dichas acciones. Más aún, deben comprender cuáles son concretamente las intenciones de Dios y Sus requisitos para ellas, por qué son siempre incapaces de actuar conforme a los requisitos de Dios, se oponen constantemente a Sus intenciones y hacen lo que quieren. Exponed estas cosas ante Dios y orad, comprendedlas claramente, y seréis capaces de modificar vuestro estado, cambiar vuestra mentalidad y resolver vuestro malentendido sobre Dios. Algunas personas siempre albergan intenciones inadecuadas independientemente de lo que hagan, siempre tienen ideas malvadas y no pueden analizar si su estado interior es correcto o no, así como tampoco discernirlo de acuerdo con las palabras de Dios. Estas personas son atolondradas. Una de las características más evidentes de una persona atolondrada es que, después de haber hecho algo malo, mantiene una actitud negativa ante la poda, e incluso cae en la desesperación al sentir que está acabada y que no puede ser salvada. ¿No es esa la conducta más lamentable de una persona atolondrada? No puede reflexionar sobre sí misma de acuerdo con la palabra de Dios ni buscar la verdad para resolver el problema cuando afronta dificultades. ¿Acaso eso no es ser profundamente atolondrada? ¿Sumirse en la desesperación puede resolver los problemas? ¿Luchar constantemente con una actitud negativa soluciona algo? Las personas deben comprender que, si cometen un error o tienen un problema, han de buscar la verdad para resolverlo. Primero deben reflexionar y comprender por qué actuaron mal, cuál era su intención y la idea inicial que las empujó a ello, por qué quisieron hacerlo, cuál era su objetivo, si alguien las animó, incitó o desorientó, o si lo hicieron de forma consciente. Es preciso reflexionar sobre estas cuestiones y comprenderlas con claridad, para así saber qué errores cometieron y lo que son ellas mismas. Si no eres capaz de reconocer la esencia de vuestras acciones malvadas ni de aprender una lección a partir de estas, es imposible resolver el problema. Muchas personas hacen cosas malas y nunca reflexionan sobre sí mismas ni llegan a conocerse; entonces ¿cómo pueden arrepentirse de verdad? ¿Existe esperanza de salvación para ellas? La humanidad es la descendencia de Satanás y, más allá de si han ofendido el carácter de Dios o no, su esencia-naturaleza es la misma. Deben reflexionar sobre sí mismas y llegar a conocerse mejor, ver claramente en qué medida se han rebelado contra Dios y resistido a Él, y si todavía pueden aceptar y practicar la verdad. Si lo entienden con claridad, sabrán cuánto peligro corren. De hecho, debido a su esencia-naturaleza, todos los seres humanos corruptos están en peligro; necesitan esforzarse mucho para aceptar la verdad y no les resulta fácil. Algunas personas han hecho el mal y han puesto en evidencia su esencia-naturaleza; otras, si bien todavía no han hecho el mal, no necesariamente son mejores que las demás, sino que sencillamente no han tenido la oportunidad ni han encontrado la situación para hacerlo. Como has cometido estas transgresiones, debes tener claro en el corazón cuál es la actitud que deberías tener ahora, de qué deberías rendir cuentas ante Dios y qué es lo que Él quiere ver. Debes discernir estas cosas a través de la oración y la búsqueda; así sabrás cómo debe ser tu búsqueda en el futuro y ya no estarás influenciado ni constreñido por los errores cometidos en el pasado. Debes recorrer la senda que tienes por delante y hacer tu deber como es debido, y no volver a entregarte a la desesperación; debes dejar atrás por completo la negatividad y los malentendidos. En cierto sentido, hacer ahora tu deber es compensar tus transgresiones y tu negligencia del pasado; esta es una aproximación negativa y no es muy deseable, pero por lo menos esa es la mentalidad que deberías tener. Por otra parte, debes cooperar de forma proactiva y positiva, hacer cuanto puedas para llevar a cabo adecuadamente el deber que te corresponde y cumplir tus responsabilidades y obligaciones. Eso es lo que un ser creado debe hacer. Más allá de si tienes algunas nociones en relación con Dios o de que reveles corrupción u ofendas Su carácter, debes resolver todo esto mediante la introspección y la búsqueda de la verdad. Debes aprender de tus fracasos y dejar atrás por completo la sombra de la negatividad” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo con la búsqueda de la verdad se pueden resolver las nociones y los malentendidos propios acerca de Dios). Por las palabras de Dios, entendí que, ya sea que Dios recuerde o perdone mis transgresiones, mientras haya un rayo de esperanza para la salvación, no debo rendirme. Solo necesito enfocarme en perseguir la verdad y un cambio en mi carácter. Esta es la senda correcta. Es un hecho que he transgredido, pero ahora, Dios no me ha entregado a Satanás ni me ha quitado mi cualificación para hacer mi deber. Puedo leer las palabras de Dios, realizar mi deber, y todavía tengo la oportunidad de perseguir la verdad y un cambio de carácter, así que no puedo rendirme. Si Dios recuerda o perdona mis transgresiones depende de Él; no me corresponde a mí adivinarlo. Todo lo que necesito hacer es perseguir la verdad. Dios no quiere que yo esté atrapada por mis transgresiones y haciendo mi deber en un estado negativo. Su intención es que yo entienda la causa de mi fracaso para poder arrepentirme y cambiar. Quiere que deje de delimitarlo con mis propias nociones y figuraciones, y que deje de tratar mi arduo trabajo como ventaja para obtener bendiciones. No importa lo que encuentre, grande o pequeño, debo contemplarlo según Sus palabras y practicarlas. Las palabras de Dios también corrigieron mis puntos de vista erróneos. Solía pensar que yo era diferente a los demás; que ellos tenían la esperanza de salvación al hacer sus deberes, pero que, debido a mis transgresiones, yo solo podía ser una servidora y nunca podría ser salva por mucho que buscara. Esto era comprender mal a Dios. Después de leer Sus palabras, entendí que todos somos seres humanos corrompidos por Satanás y todos tenemos la misma esencia de resistencia a Dios. Es solo que yo cometí ofensas contra el carácter de Dios, lo que hizo mi problema más grave. Eso es un hecho. El tiempo no se puede retroceder. Lo que Dios quiere ver es mi actitud de arrepentimiento y mis manifestaciones reales. Oré a Dios: “Dios, ahora entiendo Tu intención. Cada día que viva, perseguiré la verdad, perseguiré un cambio en mi carácter y haré bien mi deber. Me perdones o no, soy un ser creado. Incluso si me haces ser una servidora, sigo siendo un ser creado. Estoy dispuesta a hacer bien mi deber con sensatez”. Al entender esto, mi corazón se sintió mucho más tranquilo. Ahora que Dios nos ha dicho todos los aspectos de la verdad, veo que perseguir la verdad es lo más importante. Independientemente de mi resultado futuro o de cómo me trate Dios, me centraré en perseguir la verdad mientras hago mi deber y dejo que las palabras de Dios se conviertan en mi vida. Esto es lo que debo perseguir. Después de pasar por esta experiencia, he llegado a sentir realmente que el juicio de Dios es la mejor salvación para mí. ¡Gracias a Dios!